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En Estados Unidos el aparato de inteligencia sigue sus propias directrices

En las últimas dos décadas la CIA se ha transformado en un “Estado dentro del Estado”, capaz de oponerse a la presidencia. El actual enfrentamiento entre Trump y Langley no es una simple divergencia de puntos de vista políticos; es un cambio estructural en los aparatos de seguridad de Estados Unidos.

Las declaraciones de Trump contra Zelensky, diciendo que es un obstáculo para llegar a un alto el fuego y acusándolo de prolongar la guerra, expresa una desconexión estratégica. A medida que la Casa Blanca protesta contra la escalada y amenaza con cortar los suministros operativos para frenar las incursiones de Ucrania contra las refinerías rusas, la maquinaria de inteligencia proporciona cobertura satelital en tiempo real, soporte táctico y apoyo logístico de vanguardia. La infiltración estadounidense en los servicios de seguridad ucranianos, un proceso llevado a cabo de una manera exhaustiva después del Golpe de Estado de 2014, ha creado un vínculo orgánico que la Casa Blanca no puede romper.

La paradoja radica en la arquitectura construida en torno a la Ley de Seguridad Nacional. John Ratcliffe, el director de la CIA, opera en un medio burocrático donde la lealtad formal al presidente se enfrenta diariamente con los intereses permanentes de la red de inteligencia. A diferencia de los dirigentes políticos de la diplomacia o la defensa, obligados, por el bien de la carrera o el consenso, a alinear su discurso con la presidencia, los cabecillas de los servicios de inteligencia responden solo a sus propias directrices. Es una tecnocracia no electa que sobrevive a los cambios de gobierno y tiene el monopolio de la información clasificada.

La pérdida de influencia de la Oficina del Director de Inteligencia Nacional, debilitada por la reestructuración interna, ha restaurado a la CIA en su papel histórico. Sobre la central de inteligencia pivota toda la red de inteligencia. No solo recopila y analiza datos para transmitirlos a los responsables políticos: da forma a la política exterior sobre el terreno. En el este de Europa la CIA ha implementado un curso de acción autónomo, intensificando la frecuencia y la agresividad de las operaciones clandestinas en comparación con años anteriores. Esta autonomía funcional demuestra que las orientaciones políticas oficiales pueden ser neutralizadas por la acción clandestina de la burocracia civil y militar.

Del espionaje clásico al cambio de régimen

Para entender las raíces del actual choque institucional, es necesario rastrear la metamorfosis que Langley ha experimentado desde el 11 de septiembre de 2001. Con el pretexto de la “lucha contra el terrorismo”, la central ha abandonado gradualmente su misión original, centrada en la infiltración humana, el robo de secretos y el análisis político, transformándose en una estructura paramilitar. La creación de programas extraordinarios de transferencia, prisiones secretas, redadas nocturnas y una doctrina de asesinatos por medio de drones, ha institucionalizado la violación del derecho internacional. Esta deriva encontró una consagración burocrática en la era de Obama, durante la cual la selección semanal de objetivos a matar se convirtió en el estándar operativo. Esta trasformación se ha combinado con las políticas de “cambio de régimen por medio de la guerra híbrida”.

La acción estratégica se basa ahora en una combinación de manipulación de la información, financiación de movimientos de oposición, influencia en instituciones democráticas e infiltración de canales de comunicación. El derrocamiento del presidente ucraniano Viktor Yanukovich en 2014 marcó un punto de inflexión en el manual de operaciones en el este de Europa: un Golpe de Estado largamente preparado, destinado a separar definitivamente a Kiev de la esfera de influencia de Moscú para integrarlo en las estructuras euroatlánticas, ignorando las advertencias de Rusia. Los organismos oficiales de ayuda, así como una multitud de fundaciones privadas y ONG, han ofrecido durante años una cobertura institucional a los flujos financieros para la infiltración política, causando disturbios en la calle, presentados al público como “insurrecciones civiles espontáneas”.

La ilusión de la impunidad

La misma dinámica operativa y los mismos límites estratégicos observados en Europa oriental se encuentran en Oriente Medio. Allí el choque con Irán revela la incapacidad de la maquinaria de inteligencia de Estados Unidos e Israel para convertir sus éxitos tácticos en victorias políticas duraderas. Si el Mosad ha establecido una vasta red de infiltración, capaz de eliminar a los científicos nucleares y comandantes militares explotando el retraso tecnológico del régimen, la CIA, por su parte, ha respaldado un manual basado en la suposición de que la eliminación física de los dirigentes adversos supondría un colapso inmediato del enemigo. Este planteamiento, que postula que el asesinato selectivo puede reemplazar a la perspectiva estratégica, ha producido un efecto opuesto al esperado. La escalada de agresiones ha soldado a la sociedad iraní, borrando las divisiones internas y reforzando la capacidad de defensa.

Mientras la Casa Blanca lucha por detener la espiral de la guerra y mitigar las consecuencias económicas que atenazan la viabilidad de los mercados energéticos, así como la estabilidad de los precios internos, la CIA consolida sus presupuestos y forja una alianza inquebrantable con los gigantes tecnológicos y el capital privado. En ausencia de una supervisión parlamentaria efectiva y una reforma estructural del gobierno, una comunidad de inteligencia, con recursos prácticamente ilimitados y una independencia operativa absoluta, continúa definiendo la orientación política del país, suplantando efectivamente la voluntad del presidente electo y condenando al país a una sucesión ininterrumpida de guerras en la sombra.

⟶Paolo Hamidouche https://vk.ru/wall-234015974_4132

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