El papel contrarrevolucionario de los ayatollahs chiítas durante el golpe de Estado de 1953 en Irán

El ayatollah Abol Ghassem Kashani
Los últimos documentos desclasificados por Estados Unidos sobre su intervención en el golpe de Estado de la CIA contra el primer ministro iraní Mohamad Mossadegh son unas mil páginas, que demuestran que los desmentidos oficiales procedentes de la Casa Blanca eran falsos.

Es lo primero que hay que consignar: la política que escuchamos no es la verdadera; ésta hay que buscarla en las cloacas, en los subterráneos del Estado donde nadie mira.

Pero las mentiras no son sólo las que emitieron los portavoces institucionales en 1953, sino que se han prolongado desde entonces hasta ahora: durante 65 años. Como ven un engaño muy prolongado, lo suficiente como para que una parte de la documentación haya sido cribada y destruida.

Pero de ahí hay que extaer otra conclusión para la actualidad: dentro de 65 años sabremos que lo que hoy dicen la Casa Blanca y sus corifeos también es mentira. Si en 1953 el engaño les resultó tan fructífero por la complicidad de los medios, ¿por qué no repetir el fraude una y otra vez?

La segunda evidencia que debemos consignar es que la CIA y el MI6 no actuaron en defensa de la democracia y demás zarandajas con la 1que justifican sus crímenes: derrocaron a un dirigente que no sólo había sido elegido en las urnas sino que era laico.

Pero ese es otro tópico. Lo importante es recordar que en aquellos tiempos las cosas tenían de otra factura. El ayatollah Abol Ghassem Kashani, la personalidad religiosa y política más importante de la época, que durante décadas la jerarquía eclesiástica chiíta ha presentado como partidaria de Mossadegh y de la nacionalización del petróleo, expresó a la CIA su temor hacia el Tudeh, el Partido Comunista de Irán, al que Mossadegh no era capaz de hacer frente, según el ayatollah.

Lo que hasta hoy mismo han contado los religiosos chiítas es, pues, falso, tan falso —por lo menos— como las declaraciones oficiales de Estados Unidos y, además, hay otro elemento común: ambos, los imperialistas y los chiítas mantenían una comunicación muy fluida. ¡Cómo pasa el tiempo! Algunos documentos muestran a los chiítas pidiendo financiación a la CIA.

Sello iraní de Kashani
Pues bien: en 1953 la participación de los movimientos chiítas contra Mossadegh fue decisiva para el triunfo del golpe. Por lo tanto, el discurso que dio Rohani en enero recordando elogiosamente al Primer Ministro destituido y fundando el nueva nacionalismo iraní sobre su figura, no resiste el examen histórico.

Por lo mismo, el retrato que de Kashani esboza la Wikipedia tampoco responde a la realidad cuando dice que “tuvo un papel destacado en el proceso de nacionalización del petróleo en Irán”.

La nacionalización del petróleo por Mossadegh fue, como no podía ser de otra manera, uno de los detonantes del golpe. Tras la posguerra los imperialistas repartieron los yacimientos de Oriente Medio entre Aramco (propiedad de petroleras estadounidenses) y lo que entonces se llamaba Anglo-Iranian Oil Company, actual British Petroleum, en donde su nombre oculta que el petróleo no era británico sino iraní.

Sin embargo, la omnipresencia del petróleo en cualquier viraje histórico que tiene que ver con Oriente Medio, hay que matizarla mucho. En 1953 la nacionalización que llevó a cabo Mossadegh sólo afectó a la petrolera británica, no a las estadounidenses, que es el motivo por el cual Truman fue reticiente al golpe de Estado que le proponían los británicos.

Es más, mientras Aramco no tuvo inconveniente en compartir una parte de las rentas del petróleo con Riad, hasta el punto de que acabó en manos saudíes, los británicos se negaron por completo a hacer algo parecido con Teherán.

Más importante que el problema petrolero es situación estratégica, en plena Guerra Fría, de Irán en la frontera sur de la URSS y Asia central. En 1945 el Ejército Rojo salió de Irán por su propio pie. Los que no salieron nunca —hasta 1979— fueron los imperialistas (y lo tuvieron que hacer “por las malas”). Irán es uno de sus más grandes fracasos. El transcurso del tiempo entre 1953 y 1979 lo que prueba es aquello de que “más dura será la caída” para los imperialistas.

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