La diplomacia del megáfono entre Turquía, la OTAN y la Unión Europea

Hace un año, poco antes del intento golpe de Estado en Turquía, la revista Der Spiegel aseguraba que al Ministerio alemán de Defensa no le bastaba con la base que tiene la OTAN en Incirlik, Turquía, y que tenía intención de construir otra en el mismo país, naturalmente para “luchar” contra el Califato Islámico, que en Oriente Medio es la gran excusa que sirve para todo.

Ahora Alemania no sólo no ha construido su propia base sino que ha tenido que abandonar la de OTAN y sacar a sus tropas de Turquía, lo cual debería ser motivo más que suficiente de reflexión sobre el verdadero estado de alianza militar imperialista a la que pertenecen ambos países, Alemania y Turquía.

En mayo el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, ensayó la “cuadratura del círculo”  diciendo que se trataba de “un asunto bilateral”. La OTAN no toma partido en una disputa entre dos de sus miembros y la retirada no afecta a las actividades de la OTAN “como tal”.

El ministro de Asuntos Exteriores de Turquía, Mevult Cavusoglu, fue más explícito sobre las relaciones entre ambos países: Alemania debería cambiar su actitud hacia Ankara si pretende que continúe la colaboración mutua (¿en la OTAN?). El gobierno de Merkel debería “tratarnos como a un amigo, no actuar como un jefe”, una terminología que no se suele escuchar cuando en la OTAN se habla de “socios”.

Los aviones Tornado alemanes se han trasladado a la base de Azraq, en Jordania, un país que no es “socio” de la alianza imperialista. “Ante todo debemos organizar la retirada de manera que no haya una diplomacia de megáfono en la que intercambiemos insultos”, señaló el ministro alemán de Asuntos Exteriores, Sigmar Gabriel, a la emisora Deutschlandfunk, agregando: “No tenemos ningún interés en arrinconar a Turquía”.

A pasos agigantados, a golpe de desplantes, Turquía se ve forzada a abanonar lo que ha formado parte de sus tradiciones diplomáticas y militares desde 1945, que concluyeron el verano pasado en el intento de golpe de Estado contra Erdogan. En junio de 2016 el Parlamento alemán calificó de genocidio la matanza del Imperio otomano contra los armenios, tema absolutamente tabú en Turquía.

Pocas semanas después, aprovechando el golpe de Estado, Turquía respondió a Alemania lo mismo que a Estados Unidos. Ambos “socios” habían concedido asilo político a los militares turcos de la OTAN implicados en la intentona.

El rechazo a Alemania marca el fin de las perspectivas que siempre tuvo Turquía de ser admitido dentro de la Unión Europea. Todas las concesiones no han servido para nada, a pesar de la enorme afluencia de mano de obra inmigrante de origen turco y kurdo que hay en Alemania.

Al mismo tiempo que los soldados alemanes salían de la base de Incirclik, llegaba Putin para inaugurar solemnemente el inicio de las obras de construcción del gasoducto Turk Stream por debajo el Mar Negro. Es todo un signo de los nuevos vientos que soplan en la región, aunque no podemos perder de vista que Alemania también tiene dos gasoductos que le unen a Rusia por debajo del Mar Báltico.

También es un signo de esos nuevos vientos. La diplomacia no depende de megáfonos sino más bien todo lo contrario. Depende de los gasoductos, que son sus cordones umbilicales, y los que hay entre Alemania y Turquía pasan por Rusia.

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