El mito del contagio recibe otro duro golpe de la ciencia

El invento de un brote de hantavirus en un crucero en aguas de Cabo Verde ha vuelto impulsar un mito que forma parte ya de la subcultura de las últimas décadas: la doctrina del contagio.

Hace cuatro meses, un estudio científico publicado en la revista Plos Pathogens (1) lo volvió a demostrar: es muy difícil, por no decir imposible, transmitir la gripe.

Inicialmente, los investigadores estadounidenses querían estudiar la manera en que uno de los agentes infecciosos considerados responsables de la gripe, el virus A/H3N2, infectaba a los participantes en el experimento. Para su sorpresa, fracasaron por completo en su intento.

Para analizar el modo de transmisión de la gripe, un equipo dirigido por Donald Milton, de la Universidad de Maryland, montó un experimento. Reservaron una planta de un hotel y confinaron allí a cinco estudiantes infectados de forma natural con once voluntarios sanos. Su convivencia se organizó en torno a actividades que propiciaban la interacción y el contacto. Los participantes compartían objetos cotidianos y participaban en actividades de ocio conjuntas.

A pesar de la proximidad, el resultado fue que ninguno de los 11 voluntarios sanos se infectó con los 5 que tenían gripe. Los análisis serológicos y el seguimiento de los síntomas confirmaron la ausencia total de transmisión.

Según la doctrina convencional, la gripe se propaga de dos maneras: a través de aerosoles, es decir, las gotitas microscópicas que se emiten al toser, estornudar o incluso respirar, y a través de fómites, es decir, objetos inanimados y superficies inertes —las manillas de las puertas, los teléfonos, la vajilla— sobre los que se acumulan los virus.

Los defensores de la doctrina, la mayoría de virólogos, epidemiólogos e inmunólogos, discrepan sobre la importancia relativa de esas dos vías de transmisión y, para prevenirla, unos instan a usar mascarillas y mantener la distancia personal, mientras que otros propugnan el lavado de manos y la desinfección.

Independientemente de cualquiera de las dos vías, la doctrina postula que la transmisión de un virus depende de numerosos factores: la cantidad de virus excretado por la persona infectada, las condiciones ambientales, como la temperatura y la humedad, así como la duración y la proximidad de las interacciones entre los individuos.

Para identificar los factores más relevantes, los investigadores diseñaron su ensayo clínico. Al utilizar donantes infectados de forma natural, en lugar de inoculados intencionadamente, reprodujeron con la mayor fidelidad posible las condiciones de transmisión que prevalecen en la vida real.

Llevaron a cabo dos experimentos. En el primero, un único emisor compartió una habitación con ocho posibles receptores. En el segundo, cuatro emisores compartieron una habitación con tres voluntarios sanos. El entorno se controló cuidadosamente para favorecer la transmisión viral. Antes del inicio del período de confinamiento, los investigadores redujeron deliberadamente la ventilación sellando las principales entradas de aire no controladas (ventanas, puertas) para crear una atmósfera cerrada y degradar intencionadamente la calidad del aire.

Durante un período de tres a siete días, los participantes pasaron varias horas diarias en este espacio restringido. Interactuaron a muy corta distancia, especialmente durante juegos de cartas, sesiones de yoga y baile, y compartieron numerosos objetos cotidianos como bolígrafos, micrófonos y tabletas. Todo estaba meticulosamente preparado para permitir que el virus se multiplicara y propagara, desencadenando potencialmente una transmisión epidémica. Los investigadores estaban en alerta máxima para medir objetivamente el contagio (midiendo la carga viral en el aire exhalado y la saliva, analizando la calidad del aire, tomando muestras de objetos, realizando análisis de sangre, etc.), mientras que a los participantes se les instruyó para que registraran sistemáticamente la aparición de síntomas similares a los de la gripe (tos, estornudos, dolores de cabeza) y otras manifestaciones clínicas características.

La búsqueda de excusas se convierte en negación

Nada salió según lo planeado por los investigadores, ya que ninguno de los once sujetos humanos presentó síntomas similares a los de la gripe ni desarrolló anticuerpos.

Como cosecuencia de ello, los investigadores comenzaron a buscar explicaciones a su fracaso. Por ejemplo, para justificar la incapacidad del virus para propagarse, citaron primero los síntomas de los estudiantes infectados: tosían muy poco y, en consecuencia, expulsaban solo una pequeña cantidad de partículas infecciosas. Si eso fueran verdad, entonces los portadores asintomáticos no suponen ningún peligro para los demás.

Como segunda excusa para su fracaso, los investigadores citaron la excesiva calidad del aire. El hotel tenía un sistema de ventilación que no se había desactivado y que diluía rápidamente las partículas en suspensión. En sus conclusiones, escribieron que la carga viral ambiental probablemente podría controlarse simplemente gestionando el flujo de aire. Si eso es cierto, entonces las conclusiones son bastante obvias: el confinamiento es contraproducente, no hay contagio al aire libre y en una vivienda basta con ventilar adecuadamente las habitaciones para impedir el contagio.

La tercera explicación de su fracaso es más pintoresca. Mencionaron la edad de los receptores, que eran mayores de 25 años y se beneficiaban de la inmunidad adquirida tras varias décadas de exposición a diversas cepas virales circulantes, lo que los protegía mejor que a los sujetos más jóvenes.

Pero si eso fuera cierto, entonces no deberían vacunar contra la gripe a los viejos sino a los jóvenes, es decir, lo contrario de lo que pregonan los protocolos médicos actuales. Si acumular unas cuantas infecciones es suficiente para volverse inmune a la gripe de manera natural, entonces los médicos deberían dejar de recomendar el uso de mascarillas, por poner un ejemplo. Es mejor dejar que se contagien.

Es evidente que los investigadores entraron en pánico por las conclusiones de su experimento. Como las avestruces, no quieren ver que los hechos están demostrando el absurdo de las doctrinas que tienen en la cabeza.

La gripe no se transmite entre las personas

No es la primera vez que se demuestra que la gripe no se transmite entre las personas, por más que sea algo íntimamente asumido en la subcultura popular. En 2020, otro estudio publicado en la misma revista científica ya sembró la perplejidad (2).

Aquel estudio fue aún más contundente. 52 donantes se infectaron voluntariamente mediante la inhalación nasal del virus, mientras que 75 receptores no infectados se dividieron en dos grupos: un grupo de control no adoptó ninguna medida de protección y un grupo de intervención debía ponerse mascarilla, desinfectarse las manos y evitar tocarse la cara.

El objetivo era comparar la exposición únicamente a los aerosoles (grupo de intervención) con la exposición a todas las posibles vías de transmisión (grupo de control). Al igual que en el experimento anterior, los participantes permanecieron confinados durante varios días en habitaciones con condiciones propicias para las infecciones virales, con ventilación deliberadamente reducida y una alta concentración de CO2, lo que indicaba una mala circulación del aire.

En ese entorno, supuestamente propicio para el contagio, los participantes pasaron hasta 15 horas diarias juntos, jugando a juegos de mesa, viendo películas, compartiendo objetos e interactuando a corta distancia.

Todo estaba preparado para demostrar la transmisión pero, desafortunadamente, fue otro fracaso. No ocurrió nada de lo esperado. Solo hubo una infección confirmada en el grupo grupo de control y ninguna en el grupo grupo de intervención.

Como suele ocurrir con las seudociencias, cuando la realidad refuta una doctrina, tanto peor para la realidad. Para los autores, lo que falló fue el experimento. Los investigadores se autocriticaron e inventaron toda suerte de pretextos. Declararon que su experimento era estadísticamente insuficiente y que podría no reflejar con precisión la transmisión de los virus en el mundo real.

También esgrimieron la doctrina del “supercontagiador” con la que nos machacaron durante la pandemia de “covid”: no todos los individuos infectados están en igualdad de condiciones, ya que la transmisión depende de ejemplares excepcionales mucho más contagiosos que el promedio.

Esta coartada seudocientífica les resulta conveniente: les permite culpar a una pequeña fracción de la población del origen de las epidemias y postular la ausencia de “supercontagiadores” para desacreditar cualquier estudio que no arroje los resultados esperados.

El siguiente tropiezo de la microbiología mostrará que los virus no son patógenos; no son los que perjudican la salud.

(1) https://journals.plos.org/plospathogens/article?id=10.1371/journal.ppat.1013153
(2) https://journals.plos.org/plospathogens/article?id=10.1371%2Fjournal.ppat.1008704

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