El mito de las bombas atómicas contra Hiroshima y Nagasaki

El 6 de agosto de 1945 Estados Unidos lanzó la bomba atómica sobre la ciudad de Hiroshima, matando a unas 140.000 personas, civiles en su inmensa mayoría. Años de propaganda difundida por los historiadores, han intentado justificar este crimen bajo el argumento de que la dura resistencia japonés en Okinawa e Iwo Jima, hacía suponer que la invasión a las islas principales sería un baño de sangre para el ejército estadounidenses, por lo tanto, según esta tesis, la utilización de esta arma “salvaría la vida de miles de soldados estadounidenses”.

Sin embargo, aunque dicho argumento suena coherente, la realidad fue bien diferente, pues ni la bomba atómica fue utilizada para rendir a Japón, ni fue el bombardeo la razón por la que Japón se rindió.

Por muy coherente que suene el argumento estadounidense, tanto el gobierno, como el ejército estadounidense sabían que la invasión a Japón no iba a suponer un costo en vidas tan alto, en primer lugar porque el grueso del ejército imperial japonés con sus mejores tropas, se hallaba en Asia continental, en la Manchuria ocupada y el transporte de estas tropas a Japón era una tarea casi imposible.

En segundo lugar, desde la conferencia de Yalta, la URSS había acordado ayudar a los estadounidenses en el ataque a Japón, de hecho, los preparativos para la invasión ya estaban bien avanzados, por lo que, el esfuerzo de guerra no sería hecho exclusivamente por Estados Unidos y el costo sería mucho menor dada la inmensa superioridad material y numérica de los ejércitos conjuntos.

En tercer lugar, la economía japonesa estaba devastada, su producción de armamento era cada vez menor y sus tropas acusaban carencia de todo tipo de vituallas, desde medicamentos, hasta combustible, por lo que aunque firme y decidida, la resistencia japonesa no podía ser efectiva por mucho que quisiera.

En cuarto lugar, los estadounidenses estaban en posesión de los códigos de cifrado de mensajes de los japoneses, y el gobierno estadounidense estaba al tanto de que los japoneses estaban intentando negociar con la URSS su mediación para salir del conflicto y por los mismos mensajes japoneses, sabían del ruinoso estado de la economía japonesa.

Pero a Truman no le agradaban para nada los soviéticos. Quería impedir que en Japón se instaurara un régimen comunista, como había pasado ya a Polonia, lo que aumentaría muchísimo la influencia soviética en el Pacífico, un hecho intolerable para Estados Unidos (que de hecho entran en la guerra en buena medida para frenar la expansión japonesa en el mismo). Había por lo tanto que impedir la intervención de Stalin en la invasión de Japón.

Conocedor de la posesión del arma atómica y de su enorme potencia destructiva, James Byrnes que era secretario de estado de Truman, le aconsejó insistentemente utilizarla, para evitar la participación soviética, a lo que accedió, dando la funesta orden.

Pero no fue el único hecho que impulsó a Truman a tomar la decisión. También había un deseo de intimidar a los soviéticos presumiendo esta arma y su devastador poder, deseo que expresó en muchas ocasiones. De hecho desde la llegada de Truman a la Casa Blanca, las relaciones con los soviéticos se deterioraron gravemente, por lo que este arma, le daría un gran poder de negociación frente a Stalin en futuras conferencias.

Pero a pesar del bombardeo, Japón no se rindió sino hasta el 15 de agosto, 6 días después del último bombardeo sobre Nagasaki. La potencia de las bombas está fuera de toda duda y por lo mismo una pregunta queda en el aire: ¿por qué los japoneses tardaron tanto en rendirse si habían comprobado en carne propia el terror de estas armas y no había razón para pensar que los bombardeos pararían?

Según las minutas del Consejo de Ministros japonés, se esperaba la mediación soviética para obtener una paz con los aliados que les permitiera conservar el Mikado (la figura del emperador como gobernante supremo sobre todos), ya que una rendición incondicional sería inaceptable para el pueblo japonés. De hecho, tanto políticos, como historiadores, militares y ciudadanos japoneses afirman que las bombas no les amedrentaron, ya que el honor del pueblo japonés estaba en juego, por lo que por muchas bombas que Estados Unidos lanzara, Japón no se rendiría.

Desgraciadamente para Japón, la declaración de guerra de la URSS y la rapidez con que esta destruyó a la crema y nata de su ejército en Manchuria (Operación Tormenta de Agosto) lo dejaron sin nada con que negociar una rendición en términos más honrosos. Con la URSS como enemigo, ya no cabía esperar su mediación para rendirse ante los estadounidenses.

Pero el problema iba aún más allá. Si la URSS ponía pie en el archipiélago, ya no habría posibilidad alguna de conservar el Mikado. Habría habido una posibilidad muy grande de que un gobierno comunista fuese instaurado en Japón, hecho al que las élites japonesas tenían pavor (y con mucha razón después de lo acaecido con sus pares rusos después de la revolución de 1917). Por lo tanto, el escenario político había dado un vuelco total. Ahora la única esperanza de conservar su status de privilegio era pactar la rendición con los estadounidenses lo antes posible.

La catastrófica derrota de su ejército en Manchuria por parte de los soviéticos fue el hecho que finalmente empujó al Estado Mayor japonés a aceptar la rendición, ya que el 12 de agosto, a cuatro días del inicio de la ofensiva soviética, casi un millón de los mejores soldados de Japón habían sido muertos, heridos, dispersados o capturados por el ejército rojo. No había pues, posibilidad alguna de ganar y se rindieron el mismo día.

El gobierno estadounidense y sus historiadores han repetido hasta el cansancio que las ciudades japonesas fueron advertidas a través de octavillas. Es una mentira disfrazada de verdad a medias, ya que efectivamente, en muchas ciudades se tiraron panfletos que advertían de los efectos del bombardeo, pero entre ellas no se encontraba ni Hiroshima, ni Nagasaki, las cuales por cierto, fueron escogidas debido a que permanecían casi intactas a los efectos de la guerra, lo que a su vez refuerza el argumento de que el bombardeo tuvo más la misión de ser un experimento con seres humanos y un elemento disuasorio hacia las pretensiones soviéticas en Japón.

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