El cambio climático según China

En China la ciencia no parece ser la misma que en occidente, al menos en lo que al clima se refiere. El principal especialista chino en climatología, Ding Zhongli, vicepresidente de la Academia de Ciencias, sostiene que no hay pruebas científicas fiables de la interdependencia entre el aumento de las temperaturas y la concentración atmosférica de CO2. La temperatura también está determinada por la radiación solar.

Si se observan los cambios en el clima del planeta de los últimos 10.000 años, las temperaturas actuales son normales, escribió en la revista Earth Science Magazine. Pero Ding Zhongli va más allá. ¿Por qué las grandes potencias defienden una teoría científica tan dudosa? Porque su verdadera intención no es limitar el aumento de la temperatura mundial, sino limitar el crecimiento económico de los países emergentes.

Las políticas económicas de países como China, Rusia e India no pueden admitir, pues, las propuestas “verdes” que quieren imponer las grandes potencias occidentales. El Presidente chino Xi Jinping repite una y otra vez que todos los países tienen derecho a un “desarrollo económico y social”, al que añadió el adjetivo “sostenible” para no dañar demasiado los oídos de los más sensibles.

Hay países que quizá puedan buscarse otras alternativas, pero para la mayoría, el desarrollo económico significa quemar más carbón y, por tanto, emitir más CO2 a la atmósfera. La moderna “lucha contra el cambio climático” conduce al decrecimiento y, por lo tanto, a la postración perpetua de los países del Tercer Mundo.

Pero junto a los argumentos económicos están los estratégicos: la energía no es sólo un mercado sino un sector clave de la economía, sobre todo para los países que, como China, dependen de la importación y, en consecuencia, de terceros países. China se ha convertido en el mayor importador mundial de petróleo y pronto se convertirá en el mayor importador mundial de gas licuado, cuyas remesas aumentan todos los años.

La Nueva Ruta de la Seda cumple la función prioritaria de acceso a las fuentes exteriores de energía. Por encima de todo, China tiene que asegurarse de que dispone de toda la energía que necesita y para ello diversifica las fuentes existentes y busca otras alternativas. Además de garantizar el suministro, la diversificación de fuentes energéticas asegura su independencia política ante las grandes potencias.

China es el mayor productor mundial de los llamados “gases de efecto invernadero”. Si el CO2 provocado por la industria hiciera subir la temperatura mundial, el cierre de las centrales eléctricas de carbón y la construcción de innumerables turbinas eólicas y plantas solares en la Unión Europea no servirían para nada. Las emisiones de CO2 no dependen de la Unión Europea sino de China. Hace ya quince años, el país asiático superó a Estados Unidos en emisiones y no deja de ampliar su ventaja. Si China no está en el barco de los salvadores del clima, el ahorro en otros países será en vano.

Por eso las grandes potencias tienen que comprometer al gobierno de Pekín en su “lucha contra el calentamiento”, lo mismo que las ONG y los burócratas de la ONU. Los dirigentes chinos han alimentado esa ilusión, sobre todo desde que en 2016 Trump desvinculó a Estados Unidos de los Acuerdos de París. A Washington el clima le dejó de interesar desde el momento en que ninguno de los acuerdos internacionales firmados hasta la fecha han logrado comprometer a China a frenar su crecimiento económico.

A partir de la nueva postura de Estados Unidos, China se dispuso a rellenar el vacío… con retórica. Se convirtieron en estandartes de la “lucha contra el cambio climático”. La agencia pública de noticias Xinhua calificó la decisión de Trump de “enorme revés” en la batalla mundial contra el cambio climático, y lamentó que Estados Unidos se desvinculara de “la aspiración común de la humanidad de un futuro con bajas emisiones de carbono”.

China mantuvo la compostura, como era de esperar, de puertas afuera. En el Congreso del Partido Comunista de 2017, Xi Jinping aseguró que su país “tomará un asiento de conductor en la cooperación internacional contra el cambio climático”. Había aparecido otro motivo: como los acuerdos internacionales no obligan a ningún país en desarrollo, como China, a reducir sus emisiones de CO2, las grandes potencias han recurrido al soborno en forma de subvenciones. Había 100.000 millones de dólares para repartir a cambio de las reducciones y China quiso apoderarse de una parte de ese dinero, aunque no lo consiguió, ni lo va a conseguir en el futuro, entre otras cosas porque Trump se encargó de cerrar el grifo.

Quienes mejor lo saben son los propios dirigentes chinos, que a duras penas mantienen ya la retórica climática. “Objetivamente, seguimos siendo un país en vías de desarrollo”, dijo a los periodistas Xie Zhenhua, enviado especial de China para el clima, en la cumbre de Katowice. A Xi Jinping el cambio climático le importa un bledo. Lo que mira por la mañana, después de levantarse de la cama, son los índices de crecimiento económico, no los de CO2. Así lo demuestran 30 años de política climática china, expuesta tanto en los foros internos como en los internacionales.

Actualmente China planifica la construcción de 259 gigavatios de nuevas centrales eléctricas de carbón y sigue disparando en todas las direcciones: desarrolla las energías convencionales y las renovables, lo mismo que la energía nuclear.

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