Cuando Fidel Castro desveló la trama tras la muerte de Kennedy y fue tildado de conspiranoico

El 23 de noviembre de 1963, al día siguiente del asesinato de John F. Kennedy, Fidel Castro dio una charla en la radio y la televisión cubanas. Reunió, lo mejor que pudo en el tiempo de que disponía, las pruebas que había recopilado de los medios de comunicación y otras fuentes, y reflexionó sobre el asunto.

Las preguntas que planteó fueron bien elegidas: podrían servir como modelo para quienes se enfrentan a actos complejos de violencia política o situaciones inexplicables que nos rodean a menudo.

¿Hubo contradicciones y absurdos en la historia que se promociona en los medios estadounidenses?; ¿quién se benefició del asesinato?; ¿afirmaban las agencias de inteligencia saber más de lo que podían saber legítimamente?; ¿hubo evidencia de conocimiento previo del asesinato?; ¿cuál fue el principal choque ideológico en los poderosos círculos estadounidenses y cómo encajó Kennedy?; ¿había alguna facción que tuviera la capacidad y la voluntad de llevar a cabo tal acto?.

Pero debajo de las preguntas había un hecho central, tácito: Castro fue capaz de imaginar —como una posibilidad real y no una mera fantasía— que la historia promovida por el gobierno y los medios de Estados Unidos era radicalmente falsa.

Pudo concebir la posibilidad de que la matanza no hubiera sido llevada a cabo por un solo pistolero de izquierda que simpatizaba con Cuba y la Unión Soviética, sino por poderosas fuerzas de ultraderecha, incluidas fuerzas internas del estado, en los Estados Unidos.

Debido a que su marco conceptual no excluyó esta hipótesis, pudo examinar la evidencia que la favorecía. Pudo reconocer los vínculos entre quienes deseaban derrocar al gobierno cubano y tomar medidas más agresivas contra la Unión Soviética y quienes deseaban sacar a Kennedy del camino.

Inmediatamente después del asesinato, y después de que apareciera el informe de la Comisión Warren en 1964, pocos entre los líderes de la élite de izquierda en Estados Unidos compartían la imaginación de Castro, y de hecho se apartaron de su tesis.

Noam Chomsky, llegó a decir en varias ocasiones que sabía poco sobre el asunto, que tenía poco interés en él, que no lo consideraba importante y que encontraba la idea de un «alto nivel conspiración con importancia política» como algo «inverosímil en un grado bastante extraordinario», según publicó Michael Morrisay en su libro «Correspondencia con Vincent Salandria».

Más tarde diría casi exactamente lo mismo sobre los ataques del 11 de septiembre, encontrando la tesis de que la administración estadounidense estaba involucrada en el crimen «casi inconcebible», y expresando su desinterés en todo el asunto.

Ahora bien, no todos los intelectuales de la izquierda norteamericana aceptaron los informes del FBI y de la Comisión Warren sin críticas. Dave Dellinger y Staughton Lynd, por ejemplo, alentaron a los investigadores disidentes. De hecho, varios de los principales investigadores disidentes, como Vincent Salandria, Mark Lane y Sylvia Meagher, estaban ellos mismos, al menos para los estándares actuales, a la izquierda de el espectro político. Pero no formaban parte del liderazgo de la élite de izquierda en el país y, en gran medida, no contaron con el apoyo de ese liderazgo durante el período más crucial.

No obstante, esa «imaginación» de Fidel Castro Castro de lo que podrían llegar a hacer las garras imperiales de Estados Unidos era la consecuencia de lo que él había visto que realmente hacían, o intentaban hacer, a él y a su país.

Y es que el 22 de noviembre, el día en que Kennedy fue asesinado, mientras Castro se reunía con un intermediario del gobierno norteamericano que le transmitía la esperanza de Kennedy de que Cuba y Estados Unidos pronto serían capaces de elaborar un modo de convivencia pacífica, miembros de la CIA se estaban reuniendo con un cubano para planear la muerte de Castro.

Castro no podía saber en ese momento lo que sabemos ahora, es decir, que la amenaza de golpe de Estado en Brasil se produciría pronto, el 1 de abril de 1964. Y que conduciría a una ola de autoritarismo y tortura que se extendería por toda América Latina.

Por lo tanto, si tratamos de argumentar que la crítica de Fidel al relato principal del asesinato de Kennedy fue el resultado de la paranoia, la negación y una tendencia delirante a ver conspiraciones en todas partes, tendremos una discusión difícil. Casi todas las operaciones que mencionó en su charla, y varias operaciones que no mencionó, involucraron conspiraciones. Cuba estaba en el centro de un conjunto de conspiraciones reales e interconectadas.

Aplicar los criterios de Castro a lo que nos rodea actualmente, nos puede dar resultados sorprendentes.

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