La aparente contradicción entre el «pánico» del sector inmobiliario y la apuesta récord del mayor gestor de fondos buitre del mundo por España se resuelve al entender que su apuesta no es por el mercado residencial tradicional que el decreto del gobierno dice querer proteger, sino por sectores y activos que la propia regulación deja fuera o incluso incentiva. BlackRock no está comprando pisos para alquilarlos a familias; está reconfigurando su estrategia hacia nichos de mercado paralelos y hacia la deuda y el capital de las grandes empresas españolas.
La mayor parte de los 104.000 millones de euros que BlackRock tiene en España no están en vivienda residencial, sino en los mercados financieros que la nueva ley no toca, esto es renta variable (es el mayor inversor del IBEX 35), deuda soberana española (26.000 millones de euros) y deuda privada.
El propio responsable de BlackRock para Iberia lo expresó con claridad: «España es nuestra principal apuesta desde el punto de vista del mercado» , destacando el crecimiento económico, el superávit por cuenta corriente, la inflación controlada y «el buen comportamiento del mercado laboral«. La apuesta es macroeconómica, no micro-inmobiliaria.
De hecho, en lo que al sector inmobiliario se refiere, este fondo apunta fundamentalmente al flex living (alquiler flexible de corta y media duración) o la vivienda de lujo. De hecho, el gobierno del PSOE y SUMAR vendieron en 2024 a Blackrock y el Grupo LAR el antiguo edificio del Ministerio de Hacienda en María de Molina (Madrid) por 204,7 millones de euros, para construir 153 viviendas de lujo a 16.000 euros el metro cuadrado y una residencia de estudiantes también de lujo para 400 personas. Este modelo no está sujeto a límite alguno, y el precio de adquisición que tuvieron estos promotores era todo un pelotazo.
Para ello, el cálculo de Blackrock es doble, o incluso triple. Busca un refugio regulatorio en la Comunidad de Madrid, donde gobierna el PP y se sienten cómodos, pero a la vez mantiene una relación privilegiada con el gobierno del PSOE y SUMAR. BlackRock es, simultáneamente, acreedor del Estado (deuda pública), socio del Estado (empresas participadas) y comprador del Estado (activos públicos). Esta relación estructural es mucho más profunda que la normativa sobre vivienda.
De hecho, el PSOE ha presumido públicamente de esta relación. Y el papel de SUMAR ha sido un espaldarazo a todo esto, ya que su aparente oposición ha sido ineficaz en el plano material y, dialécticamente, contraproducente: ha reforzado la posición del fondo.
Por ejemplo, SUMAR pidió formalmente al Gobierno que impida la entrada de BlackRock en empresas estratégicas como Naturgy, Red Eléctrica o Enagás. El portavoz económico de Sumar, Carlos Martín, llegó a advertir que el «creciente poder» del fondo «amenaza nuestra autonomía». Sin embargo, el resultado práctico ha sido el opuesto: el Consejo de Ministros autorizó la compra del 20% de Naturgy por BlackRock pese al supuesto rechazo de la marca de Yolanda Díaz.
La crítica pública de SUMAR cumple una función paradójica: refuerza a BlackRock al presentar su presencia como un mal necesario que el propio Gobierno «progresista» es incapaz de frenar.
Cuando se califica a BlackRock de «fondo buitre» y a su CEO español de «lacayito» y «sanguijuela», no está debilitando al fondo, sino construyendo su imagen de poder omnímodo. Al señalar que «su creciente poder amenaza nuestra autonomía», los de Díaz transmiten la idea de que BlackRock es un actor tan poderoso que ni siquiera un Gobierno «de izquierdas» puede hacerle frente.
Son mensajes calculados, porque esta estrategia comunicacional del gobierno de coalición refuerza una narrativa que no moviliza contra el fondo, sino que naturaliza su presencia como una fuerza inevitable.
La oposición de SUMAR a BlackRock es funcional al propio BlackRock. Le permite operar en España con la coartada de que existe una fuerza política que «alerta» contra él, mientras el Gobierno que la integra le abre las puertas. Dialécticamente, SUMAR no niega a BlackRock: lo integra en el paisaje político como un actor incuestionable, y esa integración es precisamente la forma más sofisticada de refuerzo.