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El aumento desenfrenado del gasto militar arrastra al euro al borde del precipicio

A principios de este mes el euro cayó a su nivel más bajo frente al dólar en unos diecisiete meses, situándose en torno a los 1,116 dólares. La debilidad se explica en gran medida por la inquietud que suscita la deuda francesa, y Francia no es Grecia: es la segunda economía de la zona euro.

En junio la deuda pública francesa estaba en unos 3.500 billones de euros, lo que equivale al 119 por cien del PIB, frente a algo más del 115 por cien registrado a finales del año pasado.

Alrededor de la mitad de la deuda pública está en manos extranjeras, lo que expone al país a flujos de capital más volátiles que si la titularidad fuera mayoritariamente nacional.

El déficit público alcanzó el 5,1 por cien del PIB el año pasado y el gobierno de Macron prevé que se sitúe en torno al 5,4 por cien este año, una cifra muy superior al límite del 3 por cien establecido por las normas europeas.

Se dispara la deuda y se dispara el coste de su devolución. La carga de los intereses aumenta automáticamente a medida que suben los tipos. Francia debe refinanciar volúmenes importantes de deuda en los próximos años. Si los tipos de interés siguen subiendo, aumentaría el coste del servicio de la deuda, se ampliaría el déficit y se alimentaría un círculo vicioso.

La rentabilidad de los bonos soberanos franceses a diez años supera a la de los bonos griegos. El coste se sitúa entre los más altos registrados desde 2010. Lo mismo ocurre con los bonos alemanes, que están a un nivel inédito desde la crisis de deuda de 2011-2012.

A pesar de la ruina económica, Francia sigue adelante con los planes de rearme militar, cuya contrapartida son los recortes presupuestarios, que recaen siempre sobre la clase obrera y afectan a las pensiones, la sanidad, la educación, la vivienda…

Para el año que viene los recortes ascienden a 54.000 millones de euros y la revisión de la ley de programación militar ha previsto créditos adicionales por valor de 36.000 millones de euros para el periodo 2026-2030.

Si Francia no puede pagar, quizá lo pueda hacer la Unión Europea. Desde 2022 el Banco Central Europeo cuenta con el Instrumento de Protección de la Transmisión (TPI), que le permite comprar bonos soberanos si considera que los diferenciales de algún país europeo se han disparado. Para que no quepan dudas: el Banco Central Europeo puede comprar deuda “sin límite máximo”.

Esta herramienta nunca se ha activado; veremos cuándo empieza a funcionar porque esa será la señal de alarma. De momento, el impacto del TPI, como las bombas nucleares, es disuasorio. Su mera existencia ya está reduciendo la carga de la deuda, por ejemplo en Italia. Cuando la deuda italiana puso al país al borde de la quiebra, se aprobó el TPI y el Banco Central Europeo no tuvo necesidad de intervenir.

Pero Francia no es Italia y el contexto financiero europeo se ha deteriorado desde 2022 notablemente, y así seguirá en el futuro a causa de un aumento desenfrenado del gasto militar.

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