La presencia militar estadounidense es uno de los pilares de la arquitectura imperialista en Oriente Medio. Desde la década de los noventa, y con mayor intensidad tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 y las posteriores guerras en Afganistán e Irak, Estados Unidos ha consolidado una vasta red de instalaciones militares en la región. Las bases, ubicadas en países como Barein, Qatar, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí, cumplen funciones clave: proyección de fuerza, apoyo logístico, control de rutas energéticas y disuasión frente a los países menos dóciles.
Desde el Pacto del Quincy de 1945, las monarquías del Golfo financiaron la consolidación de esa infraestructura militar. Pagaron la construcción de las instalaciones o realizaron contribuciones sustanciales en forma de apoyo al padrino, es decir, participación financiera en los costos operativos y de infraestructura de las tropas estadounidenses estacionadas en su territorio.