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¡Hay que volver a Gramsci!

 José Guillén

Para ninguno de los lectores debe de ser nuevo el uso que del camarada Antonio Gramsci y de su obra política hacen en la actualidad gran número de partidos políticos oportunistas y pseudointelectuales de la ciencia política. Lo cierto es que se ha creado todo un conjunto de estereotipos y de prejuicios respecto a los escritos de este genial dirigente comunista, uno de los más importantes del siglo XX, principal líder del PCI a principios del siglo pasado y ante todo un militante revolucionario consecuente que pasó años en las cárceles del régimen fascista italiano sometido a unas condiciones de vida escandalizantes y que murió a los 46 años de edad a causa de una enfermedad terrible que contrajo durante su estancia en la cárcel. Desde luego, todo un ejemplo.

Los revisionistas y oportunistas han creado de esta figura, todo un monstruo, desvirtuando su obra y usando a su favor algunas de sus más importantes contribuciones a la política como el concepto de «Hegemonía» o del «Intelectual orgánico».

Ver en Gramsci a un simple especulador filosófico es un terrible error que pretendo desmentir en el presente artículo. Gramsci siempre usó el materialismo dialéctico como la ciencia para el estudio de la realidad; fue un líder del movimiento obrero italiano que, mediante el análisis histórico de la estructura social de su país y del capitalismo, es decir, mediante el marxismo-leninismo, elaboró una obra política riquísima que es necesario que los marxistas de hoy en día tengamos en cuenta y aprendamos de ella.

En su obra «Notas sobre Maquiavelo, la política y el Estado moderno”, Gramsci analiza en profundidad la obra de Maquiavelo «Il Principe» para desmentir las falacias que sobre la obra de Maquiavelo se lanzaban, tomándole como un mero especulador y no como un político de gran importancia de su época. Gramsci lo deja muy claro en la siguiente cita: «La doctrina de Maquiavelo no era, en su época, una cosa puramente libresca, un monopolio de pensadores aislados, un libro secreto que circula entre iniciados…. Al contrario: es el estilo de un hombre de acción que quiere mover a la acción; es el estilo de un manifiesto de partido».

Para Gramsci, el «maquiavelismo vulgar» es aquel que hace todo aquello que contrariamente hacia Maquiavelo, es decir, «conoce el juego», la realidad concreta de un sistema de producción concreto y no lo enseña, si no que se lo queda para sí mismo y así elaborar toda una filosofía abstracta alejada de la realidad, pura metafísica. Los marxistas, al igual que Gramsci defendía, conocemos las reglas del juego y no nos basta con conocerlas sino que, además, debemos de transformar la realidad, debemos realizar un programa político con el conocimiento de la estructura de la sociedad en la que vivimos, para transformar esa sociedad.

Una vez dejado en claro esto, hay que tratar también que la lucha por la hegemonía, por la ruptura con las relaciones económicas imperantes y la construcción de una nuevas relaciones, económicas, políticas, culturales etc… No es una tarea de pequeños intelectuales iluminados como puede ser el caso de los Pablo Iglesias, Juan Carlos Monedero y un largo etcétera… Es una tarea de un partido revolucionario, de un partido del proletariado, el cual, armado con ese programa político que hemos mencionado antes, comienza toda una batalla política e ideológica contra las estructuras de poder del Estado. Para dejar claro esto hay que volver a citar a Gramsci: «El partido, al desarrollarse, trastorna todo el sistema de relaciones intelectuales y morales por cuanto su desarrollo significa, precisamente que todo acto es considerado útil o dañino». Cuando se refiere a útil o a dañino, se refiere a que toda obra, por ejemplo, filosófica o científica, con el desarrollo del partido, pasará a ser considerada útil o dañina para el avance de la revolución, y todas esas obras dañinas serán arrojadas al basurero de la historia, de donde nunca debieron haber salido.

Ningún pseudointelectual podrá jamás suplir la necesidad y actividad del partido, pues es el partido como fuerza dirigente de la sociedad el cual concretiza la voluntad de una clase en el programa político de esa clase, en nuestro caso, en el programa político del proletariado: «El partido, no puede ser una persona real, un individuo concreto; sólo puede ser un organismo, un elemento de sociedad complejo…. Este organismo ha sido creado por el desarrollo histórico: es el partido político, la primera célula en la que se reúnen unos gérmenes de voluntad colectiva que tienden a convertirse en universales y totales»

La actividad política individual de personas concretas, no es viable, pues sólo serviría para conseguir ciertas o concretas reformas, pero no serviría a la hora de destruir y construir todo un nuevo estado, ya que esta tarea es una tarea prolongada en el tiempo, que lleva consigo la acumulación de una gran experiencia política y, al ser una tarea prolongada, sólo puede ser llevada por un organismo formado por militantes de esa clase que han comprendido la realidad del sistema y las contradicción del capitalismo mediante el marxismo para así pasar a ser parte de la llamada conciencia de clase, es decir, del partido.

No hay que crear conciencias colectivas posmodernas ni nuevas; eso es engañar a la clase obrera, pues no hay una verificación en la realidad de estas mismas y, por tanto, juegan un papel reaccionario que atrasa el avance de la historia y el derrocamiento del Estado capitalista. Hay que partir de las experiencias políticas ya demostradas y contrastadas, pues tienen una verificación en la realidad, y partir también del análisis histórico de la sociedad en la que nos encontramos, su composición, las relaciones de producción existentes, etc. Si nos olvidamos de todo esto, lo único que haremos será engañarnos a nosotros mismos. Por ello es necesario pasar a ese trabajo, quitándonos de encima gran parte de esa política tan «novísima» por la que los nuevos pseudointelectuales y oportunistas abogan, la cual no es más que una vuelta a la metafísica más rancia.

Por esto, es necesario aprender de nuestra misma historia y de los líderes más grandes del proletariado mundial que han sabido hacer lo que antes decía. Por tanto, ¡hay que volver a Gramsci y defenderlo de todos aquellos que nos lo quieran arrebatar!

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La batalla de Lenin contra sí mismo

 Juan Manuel Olarieta

Entre 1914 y 1916 Lenin fue tomando apuntes de la lectura de varios clásicos de la ciencia y la filosofía (Aristóteles, Hegel, Feuerbach) que reunió en una colección dispersa de observaciones sobre problemas variados que se publicaron en 1933 en la URSS con el nombre de «Cuadernos filosóficos». Algunos círculos seudomarxistas, de los que forman parte trotskistas como Löwy y Dunayevskaia, manipulan esta obra para enfrentar a Lenin consigo mismo, un proyecto paralelo al de enfrentar a Marx con Engels. Es otra de esas famosas «rupturas epistemológicas» en las entrañas del propio marxismo, una tarea sutil de acoso y derribo que resulta repugnante en cuanto que se disfraza como el marxismo auténtico, que afirma haber descubierto en los «Cuadernos» no sólo algo distinto sino opuesto a «Materialismo y empiriocriticismo», otra obra de Lenin publicada apenas seis años antes. Löwy llega a decir que la ruptura de Lenin con la II Internacional no empieza por la ruptura con los mencheviques en 1902, manifestada en el «¿Qué hacer?», sino que está en los «Cuadernos», es decir, que se trata de un asunto filosófico.

Para manipular los «Cuadernos» los seudomarxistas ocultan varias datos importantes. El primero es que, a diferencia de  «Materialismo y empiriocriticismo», una obra revisada para la publicación, los «Cuadernos» son anotaciones que Lenin tomaba para su uso personal, no afinadas para la lectura de terceros. El segundo es que los «Cuadernos» también contienen notas sobre varios libros de ciencias naturales. El tercero es que en esos seis años transcurridos entre una y otra obra, Lenin no cambió de criterio, como lo demuestra el hecho de que en 1920 reeditara «Materialismo y empiriocriticismo» sin introducir ninguna corrección. No hay dos Lenin tampoco en el terreno de la filosofía. Es más: los «Cuadernos» responden puntualmente a la misma tarea emprendida en «Materialismo y empiriocriticismo».

Los seudomarxistas centran la atención de los «Cuadernos» única y exlusivamente en las notas de Lenin sobre Hegel. La tarea en la que están empeñados es la de dar marcha atrás a la historia, en este caso, a la historia de la filosofía, que siempre es la mejor manera de manipular la filosofía y, desde luego, también el marxismo. A partir de «Historia y conciencia de clase» de Lucaks el izquierdismo lleva cien años padeciendo una indigestión de hegelismo, con su correspondiente evacuación de gases filosóficos.

Creo que no hará falta insistir en la importancia de Hegel dentro de la evolución del pensamiento filosófico, del que constituye una de sus cumbres. Tampoco su específica relevancia sobre los escritos de Marx y Engels. Por lo tanto, conocer a Hegel es básico para cualquier elaboración filosófica. No obstante, quizá sí sea necesario recordar que el materialismo es lo opuesto al idealismo y que la filosofía marxista no se construye siguiendo Hegel sino contra Hegel. Los filósofos que quieren volver a él son los que nunca lo han superado, justamente en el sentido hegeliano de superar, es decir, aquellos que creen que en Hegel van a encontrar algo que no está ya en la obra de Marx y Engels porque éstos no lograron superarle.

Apenas puede concebirse algo más erróneo porque ya a finales del siglo XIX Engels volvió sobre Hegel cuando todos le habían dado dado la espalda, tratándole como a un perro muerto. El problema es que los seudomarxistas enfrentan a Engels con Marx y lo que quieren es una vuelta a Hegel de carácter idealista, diferente de la que llevó a cabo Engels.

Los seudomarxistas no podrían llevar adelante sus manipulaciones sin un esquemita de la historia de la filosofía en la que se han esfumado algunos personajes claves en la elaboración de la filosofía marxista. Es el caso de Feuerbach. La vuelta a Hegel se hace sin pasar por Feuerbach. ¿Os dáis cuenta? Nadie ha reivindicado nunca una vuelta a Feuerbach porque es una vuelta al materialismo, mientras que la vuelta a Hegel es una vuelta al idealismo, un intento de hacer pasar el idealismo alemán como si fuera un materialismo de nuevo tipo (1).

Lo mismo sucede con Lenin, que viene inmediatamente detrás de Engels, aunque a veces hay que acordarse también de Plejanov para menospreciarle, como hace Kouvelakis: Plejanov fue el inventor del «materialismo dialéctico», al que califica de «metafísica oficial de la II Internacional». Por su origen geográfico, los rusos como Plejanov son orientales y no forman parte del «marxismo occidental». A partir de ahí Plejanov (y a veces Lenin) se convierten en el muñeco de feria que tiene que soportar cualquier tipo de ataque que quieran lanzar los seudomarxistas.

Hegel es un asunto típicamente alemán. Su influencia sobre el pensamiento filosófico ruso queda fuera del esquemita de los «marxistas occidentales», sólo preocupados por lo occidental, que es lo realmente estupendo, europeo y civilizado frente a lo ruso, que es dogmático y metafísico. Pero en el esquemita falla un pequeño detalle; las cosas son al revés de como ellos las cuentan. Mientras que a partir de 1848 el pensamiento de Hegel había desaparecido en Alemania, seguía plenamente vivo en Rusia gracias al esfuerzo de demócratas revolucionarios como Herzen y Chernishevski. Además de Marx y Engels, los marxistas rusos estudiaron el pensamiento materialista de sus revolucionarios autóctonos, en donde la dialéctica era algo tan vivo que Herzen acuñó aquello de que la dialéctica es «el álgebra de la revolución».

Es más: cuando en 1891 la socialdemocracia alemana quiso rendir un homenaje a Hegel recurrió a Plejanov para que escribiera un artículo para la revista «Neue Zeit» porque los marxistas orientales aún recordaban lo que los occidentales tenían olvidado. El detalle no puede pasar desapercibido: a finales del siglo XIX los marxistas alemanes tenían que recurrir a los rusos para que les explicaran a sus propios filósofos. En aquel artículo Plejanov decía, entre otras cosas, que para un futuro próximo esperaba «un renacimiento del interés en su filosofía [la de Hegel] y especialmente en su filosofía de la historia».

La inspiración inmediata de Marx, Engels, Herzen, Chernichevski, Plejanov o Lenin fue la misma: el materialismo de Feuerbach, que es lo contrario de lo que los seudomarxistas pretenden con su retorno a Hegel y con ese «materialismo de nuevo tipo» que no es otra cosa que un idealismo vulgar y corriente encubierto bajo una repugnante prostitución de su juguete favorito, al que denominan «praxis». ¿Os dáis cuenta? La frase es ya legendaria e incuestionable: los filósofos (como Feuerbach, por ejemplo) se han limitado a interpretar el mundo, mientras que nosotros (los marxistas) pretendemos cambiarlo. Pues eso es la «praxis» y eso es exactamente el marxismo: cuando Marx dice que hay que cambiar «el mundo» todos hemos creído entender que se refería a la sociedad. Por lo tanto, tenemos que sacar del marxismo a la dialéctica de la naturaleza, ese repugnante invento metafísico de Engels, Plejanov, la II Internacional y el aún más repugnante stalinismo. Según los seudomarxistas Engels llevó tan lejos su delirio que, además, convirtió a la naturaleza en «la piedra de toque de la dialéctica», lo que Stalin recuerda en su denostado «Materialismo histórico, materialismo dialéctico». Es un mal asunto para los «marxistas occidentales» porque conduce a sostener la existencia de una dialéctica objetiva en la que no aparecen el sujeto ni la subjetividad. Ni siquiera aparece «la praxis», por lo que -según los seudomarxistas- Engels no vuelve a Hegel sino al materialismo de Feuerbach, al materialismo contemplativo.

En sus disertaciones sobre los «Cuadernos» de Lenin los seudomarxistas no responden a un interrogante: si la naturaleza está fuera de la dialéctica, ¿por qué los «Cuadernos» de Lenin incluyen textos sobre ciencias naturales? ¿No será que Lenin es más de lo mismo, o sea, que abunda en las mismas preocupaciones que Engels por la dialéctica de la naturaleza?

El materialismo que va de Feuerbach a Stalin (pasando por Engels, Plejanov y Lenin) habla de una materia que existe previa e independientemente de la conciencia, o sea, que ésta es algo derivado, secundario, y que lo primario (la primacía) corresponde a la dialéctica objetiva, que la superestructura deriva de la estructura, etc. El idealismo seudomarxista no puede admitir esto y sustituye la materia del materialismo (y de Lenin específicamente) por su peculiar interpretación de «la praxis» donde el sujeto es omnipresente. Obviamente eso no sólo no es marxismo; ni siquiera es hegelismo.

Pero al margen de Hegel, lo que interesa destacar es la sutileza de esa maniobra: el materialismo dialéctico está siendo suplantado por una cierta «filosofía de la praxis» que casi parece tener algo en común con el marxismo, aunque da verdadero asco leer lo que la filosofía burguesa pretende hacer pasar como tal. No sólo el movimiento comunista está en trance de liquidación en el mundo entero; es el propio marxismo el que está siendo atacado en su propio nombre sin que nadie salga en su defensa, sino al contrario: cualquier texto en el que aparezcan algunas palabras mágicas (praxis, fetichismo, plusvalía), merece la atención de los medios seudomarxistas y sus secuaces.





Notas:


(1) Stathis Kouvelakis: Lenin, lecteur de Hegel: hypothèses pour une lecture des “Cahiers sur la ‘Science de la Logique’ de Hegel”,
http://www.marxau21.fr/index.php?option=com_content&view=article&id=81:lenine-lecteur-de-hegel-hypotheses-pour-une-lecture-des-l-cahiers-sur-la-science-de-la-logique-de-hegelnr&catid=46:lenine-vladimir-illitch-oulianov-dit&Itemid=72


(2) Juan Mora Rubio, Notas críticas al materialismo de Engels, Dialéctica, núm. 4, 1978, pgs.107 y stes., http://kmarx.wordpress.com/2013/11/28/notas-criticas-al-materialismo-de-engels/#more-

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Un cuento antisoviético: Néstor Majno

El anticomunismo vende, crea grandes y pequeños mitos que se alimentan de sí mismos. La difusión de la narrativa antisoviética en la posguerra demuestra que lo realmente importante en la historia es la cantidad, no la verdad: repetir una y otra vez, escribir mucho y siempre lo mismo. ¿Alguien conoce una versión diferente acerca de Majno? ¿Hay documentales alternativos? ¿Libros? ¿Artículos? ¿Tesis doctorales? ¿Traducciones? Lo que hay es monotonía, distintas versiones de la misma partitura porque una vez que sabemos la verdad no es necesario nada más. La verdad es única y resplandeciente por sí misma. Su brillo ciega.
La historia tiene un problema muy serio: la escriben aquellos que menos hacen por ella. Los que hacen no escriben y los que escriben no hacen. La división capitalista del trabajo la ha convertido en un ejercicio intelectual destinado al consumo intelectual, de otros intelectuales, de profesores, de universitarios, de editoriales y de canales de televisión temáticos.
Se produce una distorsión que es evidente en el caso de Majno: cuando no hay historias que contar se inflan las migajas. El número de libros no es proporcional al número de hechos. Si los anarquistas no tuvieran a Majno, ¿qué contarían de la revolución rusa? Estarían en un serio aprieto porque Rusia es uno de esos países en los que el anarquismo ha sido bandera. Pero en la historia la cantidad nunca va con la calidad y los anarquistas aparecen muy poco en la historia revolucionaria de Rusia. ¿Dónde estaban en 1905? ¿En febrero de 1917? ¿En octubre del mismo año? No estaban pero tienen que estar y para eso recurren al cuento de Majno.
La historia está escrita con esos pequeños retazos. Majno es una anécdota de la Revolución de Octubre, una nota a pie de página. La manera de traerla a la historia es convertirla en única y lo único se convierte en importante por arte de magia. Conocemos a Majno, pero si preguntamos por los nombres de Tambov, Struk, Angel o Grigoriev, no nos suenan porque ningún otro movimiento político parecido al de Majno, en Ucrania o en Siberia, ha recibido tanta atención libresca.
En Rusia como en otras partes, los levantamientos campesinos han sido una constante desde hace siglos y la creación de unidades guerrilleras también, lo mismo que la ocupación de tierras, la formación de comunas, etc. El hundimiento del Imperio ruso en 1917 favoreció un malestar que en el campo venía de muy atrás y que, además, se vio reforzado por la guerra imperialista y, finalmente, por la guerra civil.
Ucrania entró en un caos. Fue un escenario en el que no faltó ningún trauma político. Los imperialistas alemanes y austriacos la invadieron en 1918, los nacionalistas se hicieron con las riendas de un Estado títere de unas u otras potencias, los generales blancos (Denikin, Wrangel) impusieron el terror… Pero además había otros colores, como los rojos o los verdes, cada uno con su propio ejército.
Nada de ese complejo panorama figura en ciertos libros de memorias en los que el relato es tan simple como un cuento infantil. En todo mito rural sólo hay dos bandos; los buenos y los malos. Majno es el Robin Hood ucraniano, el Príncipe de los ladrones, el bandido perseguido que robaba a los ricos para entregárselo a los pobres. El decorado se traslada del bosque de Sherwood a Huliai Polie.
Pero los cuentos de hadas no explican quiénes son los ricos y quiénes los pobres; no quieren saber nada de asuntos complicados porque es mucho más sencillo de lo que parece: los pobres somos nosotros y los ricos son ellos. En una situación así todos queremos ser pobres porque se trata de repartirnos lo que pertenece a los demás. No hace falta decir que fue así como se definió el movimiento de Majno: nosotros somos los campesinos pobres, los que estamos destinados a quedarnos con el botín.
Sin embargo, la caballería les delata. Al ejército de Majno los kulaks llevaron sus propios caballos. Los pobres ni sabían montar ni tenían caballo y, en cualquier caso, no podían permitirse el lujo de perderlo en una guerra. La caballería de Majno la integraba un sector pudiente del campesinado atenazado en medio de una guerra brutal. Ni eran la nobleza zarista, ni tampoco los parias de la tierra, los más explotados y oprimidos. Nadaban entre dos aguas. Eran la pequeña burguesía rural que se armó para defender sus propiedades, su ganado y sus cosechas.
El cuento de Majno demuestra que es más fácil destruir la vieja sociedad que construir una nueva, sobre todo cuando no hay más que utopías, cuando la revolución es de papel impreso, de periódicos y libros. Es más fácil saquear un almacén que llenarlo, para lo cual hay que producir, o lo que es lo mismo: la desagradable función de organizar, de (im)poner orden (ordenar), repartir tareas, establecer horarios, acordar salarios, en fin, la disciplina y demás cosas que no gustan a los que quieren comer sin doblar el espinazo.
El programa es bien simple: defendemos lo nuestro y nos quedamos con lo demás, para lo cual tenemos que armarnos, crear algo tan poco autogestionario como un ejército por más «verde» que lo pinten. Las personas no pueden sustituir a una mala organización porque eso lleva al personalismo y al paternalismo. Majno fue uno de tantos atamanes ucranianos, es decir, un cacique militar, un jefe carismático al que los suyos llamaban «Batko» (El Padre).
Los cuentos anarquistas embellecen algo tan feo como un ejército, dicen que lo formaban «voluntarios» y que los oficiales eran electivos… Por el contrario, no dicen que los comandantes majnovistas ejercían el derecho de veto sobre las elecciones y decisiones asamblearias y que para imponer disciplina recurrían a castigos, e incluso a la pena de muerte. La horizontalidad, la (des)organización y la mala organización no atenúan las reglas coactivas propias de la jerarquía militar, sino que conducen a los peores extremos.
No era nada diferente de ningún otro ejército. Majno creó dos fuerzas secretas de policía que llevaron a cabo numerosos actos brutales, palizas y ejecuciones sin juicio previo. Mataron a muchos prisioneros de guerra. Su policía secreta se encargaba de deshacerse de sus oponentes dentro y fuera del movimiento. Sus actividades condujeron a que durante un congreso los anarquistas le pidieran explicaciones a Majno por sus actividades: «Hemos sido informados de que en el ejército existe un servicio de contraespionaje que se dedica a acciones arbitrarias y no controladas, algunas de las cuales son muy graves, como las de la Cheka bolchevique. Nos han informado de órdenes de búsqueda, detenciones, incluso de tortura y ejecuciones».
Como en cualquier ejército, las borracheras de los soldados estaban castigadas, una norma que los oficiales de Majno aplicaban rigurosamente, excepto al propio Majno, un gran aficionado a la bebida. A una guerra no se puede ir con un pistola en una mano y una botella en la otra porque bajo los efectos del alcohol se adoptan decisiones militares precipitadas que acaban en graves tragedias.
Las borracheras de Majno y sus comandantes degeneraban en orgías sexuales en las que las mujeres no siempre participaban voluntariamente. En el Ejército Verde ellas no eran consideradas «bratishki» (camaradas) porque los campesinos ucranianos no cuestionaban las ideas dominantes en aquella sociedad sobre las mujeres -y sobre otros asuntos- sino que las compartían plenamente. A pesar del culto a la personalidad que le profesan los anarquistas, cuando estaban exiliados en París su mujer trató de matarle en una ocasión con un cuchillo, dejándole una profunda cicatriz en el rostro.
Si el Ejército Rojo lo formaban 5 millones de obreros y campesinos, el de Majno alcanzó los 30.000 en su mejor momento. Los generales zaristas siempre supieron que los anarquistas eran un fenómeno irrelevante. Jamás hubieran podido mover ni un dedo en Ucrania si el Ejército Rojo no hubiera tenido a los blancos batallando en miles de kilómetros de frentes dispersos por toda la geografía de Rusia.
Una anécdota militar se corresponde con una anécdota política. En sus memorias Majno cuenta que en 15 kilómetros a la redonda de su base de operaciones en Huliai Polie solo había cuatro comunas libertarias, más alguna otra en las comarcas cercanas. En total, entre 100 y 300 personas. El historiador anarquista Arshinov reconoce que en las comunas sólo participaron unos pocos miles de campesinos aislados en medio de un océano de varios millones de ellos, un movimiento absolutamente insignificante y no muy diferente de otros a los que nadie recuerda.
En el reino de taifas que fue Rusia durante la guerra civil, Majno regía su propio Estado como otros 30 parecidos al suyo. Pero en sus cuentos los anarquistas le cambian el nombre a las cosas. El Estado majnovista se llamó Consejo Militar Revolucionario y promulgaba leyes como cualquier otro: para censurar la prensa, para distribuir las tierras o para combatir las epidemias. Como los anarquistas son apolíticos y apartidistas ilegalizaron los partidos políticos, a excepción del suyo (al que cambiaron el nombre), de tal manera que sólo ellos podían participar en sus elecciones. Si alguien se quejaba los majnovistas exhibían las bayonetas. El historiador anarquista Paul Avrich señala: «Actuando en conjunto con los Congresos regionales y los soviets locales, de hecho el Consejo militar revolucionario formó un gobierno en el territorio circundante Huliai Polie».
Durante unas pocas semanas fue el primer Estado anarquista de la historia, el Estado que renegaba de sí mismo.
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La degeneración política del eco-pacifismo

Tanto la apertura como la clausura de los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi, en Rusia, se celebraron sin que asistiera ni un solo Jefe de Estado o dirigente político occidental. Casi ni nos hemos enterado de las competiciones porque las televisiones las han boicoteado. Por eso el artículo de la vicepresidenta del Parlamento alemán Claudia Roth, dirigente de Los Verdes, en el diario Saarbrücker Zeitung no tiene que sorprender.

Roth critica duramente a su compatriota Thomas Bach, presidente del Comité Olímpico Internacional, por brindar con Putin en la inauguración de los Juegos Paralímpicos. Lo califica como «un acto inaceptable». El motivo es Ucrania. La dirigente verde considera que Bach y Putin «se burlaron de las víctimas de Maidan y de toda la gente en el mundo que está preocupada por la situación en Ucrania». Los Juegos Paralímpicos no se hubieran debido llevar a cabo «a 500 kilómetros de la frontera con Ucrania».

La eco-pacifista alemana recuerda, además, que ya en la clausura de los Juegos Olímpicos, Bach había homenajeado «desproporcionadamente» a Putin, mientras todos los demás le rechazaban. Lo que ocurre es que cuando Roth escribe «todos» se refiere sólo a los Jefes de Estado y personalidades occidentales, no a otros, como el Presidente chino y a las dos terceras partes del mundo que no está a este lado del hemisferio y que también pertenecen a este mundo.

En las condiciones del imperialismo es cada vez más difícil ser sólo un oportunista. Hay muy poco margen entre el eco-pacifismo y el militarismo más descarado. Los Verdes se consideraron a sí mismos como los auténticos herederos de mayo del 68 y durante muchos años explotaron aquella leyenda. Nacieron en Alemania en los ochenta de una izquierda pequeño burguesa rabiosilla, alternativa y anti-OTAN, aunque recientemente hasta el diario Le Temps de Ginebra criticaba sus posturas reaccionarias en el Estado de Baden-Würtemberg, donde desde hace dos años son el partido más votado y su programa no es otro que la reacción pura y dura.

A finales del pasado año se hablaba de una alianza de los eco-pacifistas con Merkel y la coalición conservadora CDU-CSU «para formar una mayoría alternativa». Aún no se ha firmado, pero no hay que desesperar. Los que siempre alardearon de constituir un movimiento social (apolítico) son capaces de cualquier cosa por un voto más en las urnas, un escaño más o un poco más de lo que sea.

En Frankfurt Los Verdes ya dirigen el ayuntamiento en coalición con «los negros» de Merkel. Pero hubiera bastado con la propuesta de alianza para que Los Verdes rompieran otro tabú. También en Alemania se están produciendo «revoluciones» de colorines. A los eco-pacifistas ya les llaman los kaki-verdes (por lo del uniforme nazi). ¿Qué ha acabado con la virginidad seudoecologista? Que Merkel ha ordenado el cierre de las centrales nucleares.

Algún día alguien tendrá que explicar lo que los seudoecologistas nunca van a explicar, el cierre de las centrales nucleares y sus verdaderos motivos, porque no han sido ellos los que lo ordenaron cuando estaban en el gobierno, sino precisamente «los negros».

En los países imperialistas más avanzados organizaciones como Los Verdes representan a esa costra social de intelectuales, profesionales, docentes y demás capataces de la burguesía que se encuentran siempre a mitad de camino de cualquier sitio, o sea, eso que estúpidamente llaman «la clase media». Dentro de poco volverán a celebrar los 50 años de mayo del 68 y nos recordarán a quienes presentan como sus «dirigentes», momias como Cohn-Bendit que han pasado del pacifismo a un atlantismo feroz, a la justificación de las guerras y las peores agresiones de la OTAN.

Es difícil acabar con el fetichismo político. A pesar de todas las traiciones siempre habrá ingenuos que crean que un partido político es lo que él mismo dice de sí, o lo que dice su programa, o sus emblemas. En su novela «Por quién doblan las campanas» Hemingway incluye el siguiente diálogo:


– ¿Hay muchos fascistas en tu país?
– Hay muchos que lo son y no lo saben. Pero se darán cuenta en cuanto llegue el momento

El hábito no hace al monje, ni siquiera cuando es de color verde. Hay que tener cuidado con los modernos y pos-modernos, los ambiguos, los flexibles y todos esos que dicen exactamente lo que su auditorio quiere escuchar. Digan lo que digan son kakis; por eso hay que ponerles verdes.

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Enemigo a las puertas

A Rusia le ocurre como a la izquierda abertzale. De la misma manera que ETA no acabará nunca, la URSS tampoco. Los fascistas y los imperialistas nunca cambian su monólogo y resucitan al Cid Campeador cada vez que necesitan que libre sus últimas batallas después de muerto. Siempre seguirán echando en cara a unos que son el brazo político de una entelequia ya desaparecida, y a los otros que son los albaceas de Stalin.

En enero Hillary Clinton dijo que la nueva URSS podría renacer con nuevos nombres, como por ejemplo Unión Aduanera o Unión Euroasiática y el incombustible Zbigniew Brzezinski, antiguo consejero de seguridad nacional de la Casa Blanca, expresaba esta idea de forma más concreta: “Sin Ucrania, Rusia dejará de ser un imperio, con Ucrania se convertirá automáticamente en un imperio”.

Ucrania es «la última batalla de la Guerra Fría», escribe por su parte Andrei Iliashenko (*) como si nada hubiera cambiado, aunque también dice que el golpe de Estado marca el comienzo de una «nueva etapa» en las relaciones de Occidente y Rusia. Entonces cabe preguntar por qué precisamente ahora se ha abierto esa «nueva etapa», ya que todo parece indicar que la «novedad» no es tal sino más de lo mismo, o sea, la guerra (no sabemos si fría, caliente o templada).

Iliashenko cree «poco probable» que el golpe de Estado en Ucrania desemboque en una guerra mundial, ya que considera que el problema se reduce a determinar por dónde van a pasar las «nuevas fronteras», es decir, como tantos otros cree que es posible redibujar los mapas de Europa pacíficamente.

Como en 1914, todos miran hacia otro lado y quieren que los demás hagamos lo mismo. Para ellos Ucrania aparece atenazada entre Rusia y la Unión Europea, como si sus intereses fueran dispares. Todo parece indicar lo contrario. El gobierno de Schröder avaló un préstamo gigantesco de la banca alemana (pública y privada) a Gazprom poco antes de ceder los bártulos a Merkel en 2006. «Putin da trabajo a Schröder», titulaba el diario El País.

En efecto, Rusia y Alemania (o sea, la Unión Europea) no es que tengan intereses comunes sino que tienen los mismos intereses. Pero eso no explica la «nueva etapa» a la que se refiere Iliashenko sino todo lo contrario. Parece una continuación de la misma. ¿En que ha cambiado la situación desde 2006? En que entonces aún no se había construido el gaseoducto del Mar Báltico, Nord Stream, una obra faraónica que es propiedad de capitales rusos y alemanes casi a partes iguales.

Los mapas y las fronteras los dibujan los oleoductos y los gaseoductos. Gazprom suministra la cuarta parte del gas que Europa necesita y una tercera parte del que necesita Alemania. Cuando antes de 2021 Merkel desenchufe todas las centrales nucleares, la dependencia de Alemania del gas ruso aumentará aún más.

Para transportar el gas a Europa Rusia ya no necesita ningún intermediario, como Polonia o Ucrania. Cuando hace diez años en Ucrania estalló la «revolución naranja» la postura de Rusia fue endeble porque entonces el gas pasaba por su territorio. Ahora ya no dependen de ella. En eso consiste la «nueva etapa»; eso es lo que ha cambiado en estos últimos 10 años.

Los imperialistas son quienes verdaderamente tienen memoria histórica, y la tienen bien presente. Quienes se opusieron a la construcción del gasoducto fueron Polonia y Ucrania y cuando se inauguró en 2011 el ministro polaco de Asuntos Exteriores, Radoslav Sikorski, lo comparó con el Pacto Molotov-Von Ribbentrop de 1939. A buen entendedor…

Cuando se estaba construyendo el gaseoducto en la prensa se podían leer cosas como que uno de los mayores perdedores sería Ucrania porque «ya no podría seguir presionando a Rusia» con los cortes de suministro a los que estaban tan acostumbrados y de los cuales la intoxicación informativa europea culpaba a Rusia. ¡Cómo no!

De todas maneras es una idiotez suponer que era Ucrania quien estaba presionando a Rusia. Quien lo hacía era Estados Unidos, que es quien realmente ha orquestado el golpe de Estado en Kiev con el propósito de introducir una cuña -otra más- entre Rusia y la Unión Europea. Desde 2009, al mismo tiempo que Albania, Ucrania está a las puertas de la OTAN y en su suelo tienen previsto instalar el escudo antimisiles que, como recuerda Iliashenko, anula la principal ventaja militar de Rusia: los misiles con base en tierra.

Hay otro aspecto en el que Iliashenko también tiene razón: el golpe de Estado en Ucrania no va a desencadenar la nueva guerra mundial en ciernes. Sólo es un aperitivo.

(*) Andréi Iliashenko, Ucrania: la última batalla de la Guerra Fría, RBTH, 10 de marzo de 2014, http://es.rbth.com/opinion/2014/03/10/ucrania_la_ultima_batalla_de_la_guerra_fria_38145.html

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El sujeto y el objeto de la historia

Juan Manuel Olarieta

Las disquisiciones sobre el sujeto histórico o sujeto revolucionario, ampliamente difundidas por la verbena seudomarxista, son otro ejemplo de la presión intelectual -filosófica en este caso- que ejerce la burguesía sobre el proletariado y el idealismo sobre el materialismo. Como tantas otras entelequias de la burguesía, parece que tiene que ver con algo que no es ella misma y sus fantasmas.

Que nadie se confunda con estas filosofías. Como todo asunto filosófico, no es otra cosa que un asunto político transfigurado. De lo que hablamos es de política. Detrás de la filosofía cabalística de la burguesía está su ramplonería política, su mediocridad y su ineptitud. Seguimos de carnaval. En cuanto escarbas un poco, las fatigosas exégesis filosóficas dejan paso a la romería, los disfraces y chirigotas.

Más exactamente, de lo que hablamos es de la burguesía jugando al izquierdismo, o lo que es lo mismo, del izquierdismo pequeño burgués. Es, pues, más viejo que un catarro. Lenin lo explicó hace ya casi 100 años en su obra «El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo» porque en aquel momento, muy parecido al actual, la plaga estaba causando estragos. Hay que tener precaución porque el izquierdista es un sujeto contrarrevolucionario cuyas pretensiones no son otras que las de seguir vociferando dentro del propio capitalismo, al que sirve con absoluta fidelidad.

Entre otras, hay dos circunstancias que explican el auge del izquierdismo entonces y ahora. La primera es que se trataba de una reacción simétrica al derechismo de la II Internacional. La segunda es que el entusiasmo despertado por la Revolución de Octubre había llevado a las filas del comunismo a un aluvión de corrientes que traían sus propias concepciones ideológicas debajo del brazo. Eran consejistas, luxemburguistas, anarcosindicalistas y espontaneístas que representaban la quiebra ideológica de la pequeña burguesía.

Las teorías sobre el sujeto revolucionario surjen de aquella corriente izquierdista que Lenin denunció. Se trata de una entelequia del idealismo alemán, especialmente de Fichte, que el izquierdismo rescató a comienzos del siglo pasado para oponerse al revisionismo imperante en la II Internacional, en el que predominaba el mecanicismo, el determinismo económico, la omnipresencia de las fuerzas productivas y la sucesión inexorable de los modos de producción.

Si en 1900 el revisionismo se nutría exclusivamente de las famosas condiciones objetivas, un siglo antes el idealismo alemán había puesto en primer plano a las condiciones subjetivas. La historia era expresión de las aspiraciones humanas más sentidas, especialmente la libertad tal y como la entendía entonces la burguesía. Por consiguiente, la historia carece de entidad propia; es un predicado cuyo sujeto es el hombre, una abstracción (el hombre) que fabrica otra abstracción (la historia).

Se trataba, pues, de metafísica, de oponer lo activo a lo pasivo, lo natural a lo social (o artificial), la sociedad (lo privado) al Estado (lo público) o la libertad a la necesidad (el determinismo). Hay muchas dicotomías como esas -o parecidas- que desde hace un siglo los burgueses -grandes o pequeños- llevan intentando introducir en el materialismo histórico.

Los izquierdistas, como Lukacs, Korsch, Pannekoek y la Escuela de Frankfurt, llevaron al materialismo histórico las concepciones del idealismo alemán sobre el sujeto histórico, que intentaron colar bajo el nombre de sujeto revolucionario. Para ello tuvieron que falsificar también el concepto de práctica (praxis), que queda en un limbo. Para ellos la praxis es una chistera de la que te puedes esperar cualquier cosa. Lo único evidente es que ellos mantienen una concepción individualista y existencialista de la práctica, como una especie de esfuerzo o sacrificio personal (la militancia), e incluso una aventura. La praxis es siempre una praxis del sujeto. Unamuno la calificaría de «agonía» y Korsch de «lucha» pero ambos hablaban de lo mismo.

Las corrientes dominantes en la II Internacional creían que el capitalismo se hundiría fatalmente como consecuencia del estallido de sus propias contradicciones internas. Para el reformismo la historia es un engranaje ajeno a las clases sociales y a sus luchas y, por lo tanto, a los seres humanos. Es la tesis defendida también por Bujarin y después por Althusser sobre una historia sin sujetos. Para el reformismo los movimientos son puramente sociales (apolíticos) y las reivindicaciones fundamentalmente sindicales. Ante esto, los izquierdistas pusieron el acento en las cuestiones políticas, ideológicas y culturales, degenerando en una retórica vacía acerca de la conciencia, la ideología, la alienación y el fetichismo, cuyo mejor ejemplo es la denominada Escuela de Franckfurt (Adorno, Marcuse, Habermas).

Aquella polémica era por completo ajena al materialismo histórico, que ignora esa separación metafísica del objeto con el sujeto, concebidas como otras tantas abstracciones, que no cambian cuando en lugar del hombre o del sujeto ponen a las masas o a la sociedad de consumo. No salen de la filosofía de la historia típica del idealismo alemán de comienzos del siglo XIX.

La burguesía introduce una dicotomía entre el objeto y el sujeto para sostener que uno de los extremos siempre es pasivo, es decir, efecto o consecuencia del otro. Donde la II Internacional decía que la historia hace a los hombres, los izquierdistas dicen que los hombres hacen la historia. Nunca ambos interaccionan entre sí. Precisamente la práctica no es otra cosa que una interacción entre ambos o, en palabras de Sartre, «el hombre está mediado por las cosas en la misma medida en que las cosas están mediadas por el hombre». Marx criticó en Feuerbach su concepción de la filosofía como mera contemplación de la realidad:

«El defecto fundamental de todo el materialismo anterior -incluyendo el de Feuerbach- es que sólo concibe el objeto, la realidad, la sensoriedad, bajo la forma de objeto o de contemplación, pero no como actividad sensorial humana, como práctica, no de un modo subjetivo. De aquí que el lado activo fuese desarrollado por el idealismo, por oposición al materialismo, pero sólo de un modo abstracto, ya que el idealismo, naturalmente, no conoce la actividad real, sensorial, como tal».

Pero no se trataba sólo de Feuerbach sino de algo común entre los filósofos que, hasta Marx y Engels, no han hecho otra cosa que interpretar el mundo, una y otra vez. El trabajo es una forma de práctica, algo que los filósofos burgueses ignoran.

En el materialismo histórico la práctica reúne tres elementos fundamentales, sin los cuales no se puede entender:

a) la praxis es tan concreta como la historia y como los sujetos. Los sujetos pertenecen a clases sociales. Marx diría que son personas con ojos y orejas, tan concretas como los momentos en los que les ha tocado vivir, las ciudades en las que se han criado, las organizaciones con las que han combatido y las manifestaciones en las que han desfilado

b) más que activa la praxis es interactiva, es decir, el sujeto actuando sobre el objeto y el objeto sobre el sujeto, son las condiciones de trabajo (el salario, las horas, los descansos, la movilidad) tanto como el convenio colectivo (las negociaciones, las huelgas, las manifestaciones) que las modifica

a) la praxis es colectiva o social: el sujeto actúa en la historia formando parte de clases sociales, por lo que los sujetos interaccionan tanto con los que forman parte de la misma clase social como con los de la clase contraria, se agrupan con unos para enfrentarse a los otros

Decir que el hombre hace la historia es un obviedad. No hay historia sin hombres y mujeres. Pero el hombre no hace la historia igual que hace un botijo, es decir, algo de lo que no forma parte. En palabras de Marx, los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que exis­ten y les han sido legadas por el pasado.

Toda la demagogia filosófica sobre el sujeto revolucionario tiene en cuenta sólo la primera parte, «los hombres hacen su propia historia», pero se olvida de la segunda. Es la esencia del izquierdismo. La historia se hace en unas determinadas condiciones, a las que normalmente se califica de «objetivas». Esas condiciones hay que analizarlas minuciosamente porque de lo contrario eso que llaman «lucha» no es más que voluntarismo, una aventura puramente personal.

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El intelectual orgánico

Una de las aportaciones determinantes de Lenin al marxismo fue la creación de un partido de nuevo tipo, una organización política que hasta entonces no existía, desconocida incluso para el propio movimiento obrero, cuyas formas de organización eran los partidos «de masas» típicos de la II Internacional. Pero Lenin no sólo plantea un nuevo tipo de organización sino una nueva tarea para ella: la de vanguardia, es decir, la de dirigir a las masas. Pero, ¿qué es dirigir?

Encerrado en las cárceles fascistas, Gramsci utilizó un lenguaje elíptico para explicar la naturaleza de la dirección política y habló de un «intelectual orgánico», un concepto prostituido -como el propio Gramsci- por el revisionismo, que ha desviado la atención para proponer una alianza entre los obreros y los intelectuales. De aquí parece deducirse que los intelectuales son algo distinto a los obreros, otro sector social cuyo papel en el capitalismo contemporáneo pretenden determinar.

Los revisionistas han tergiversado a Gramsci lo mismo que a los demás comunistas. Lo han convertido al idealismo utópico de Platón en el que los que deben regir las sociedades son los sabios, los que tengan conocimientos, lo que en última instancia se reduce hoy a quienes tengan diplomas académicos, cursillos y másters. Es esa estúpida concepción en boga que censura a los ministros que carecen de un título colgado de la pared.

Naturalmente que Gramsci habla de otra cosa. No se refiere a los intelectuales ni a que sean ellos los que dirijan sino a que la dirección de la lucha de clases es de naturaleza intelectual. La organización, la cohesión y la actuación de una clase como tal clase, tanto de la burguesía como del proletariado, requiere una experiencia (una práctica, una habilidad) política, social, cultural, científica, militar, económica y técnica. Los conocimientos intelectuales no son el punto partida sino que derivan de esa práctica. Los comunistas se refieren a eso cuando hablan de «cuadros» y de «revolucionarios profesionales», es decir, de los militantes del partido comunista cuya profesión es la revolución proletaria. Son ellos (y no los intelectuales) quienes dirigen al proletariado. Ellos son la conciencia de la clase obrera y su dirección es de la misma naturaleza que cualquier otra forma de conciencia: intelectual.

Para explicar su función Gramsci la contrapone al tipo tradicional de intelectual, el personaje ilustrado (escritor, filósofo, artista) que, por el dominio de un habilidad especializada, se cree por encima de las clases y de sus luchas y pretende apoyarse en un auditorio nacional o internacional incluso. En el siglo XIX el prestigio y la posición de algunos escritores, como Emilio Zola en el caso Dreyfus, no sólo le independizaban del poder político sino que le permitían el ejercicio de una cierta «crítica» que, por lo demás, era una dedicación al margen de la suya. El intelectual no era un profesional ni en la defensa ni en la crítica de las clases sociales.

Gramsci se refiere a otro tipo de intelectualidad. Según el comunista italiano con el desarrollo del capitalismo los intelectuales no se limitan a interpretar la sociedad sino que la dirigen con plena conciencia de ello. El concepto de intelectual orgánico sigue la misma línea que los de conciencia de clase (Marx y Engels) y vanguardia (Lenin). La conciencia de la clase obrera es su vanguardia y como cualquier otra forma de conciencia es de naturaleza predominantemente intelectual. Si Gramsci hablaba de un «intelectual orgánico», también se puede hablar de la organización del intelecto o de la organización de la conciencia (de clase), es decir, de militantes de organizaciones que trabajan organizadamente.

No se trata, pues, de cualquier clase de elaboración teórica de esas típicas que escriben los profesores, economistas o filósofos seudomarxistas, sino únicamente de aquella que está organizada, que es colectiva, que procede de una discusión mantenida dentro de una organización y para una organización, para el cumplimiento de su papel de vanguardia, de su línea y de su programa revolucionario.

La alusión a un tipo tradicional de intelectuales por parte de Gramsci pone de relieve el cambio de su papel en la nueva etapa imperialista, que desarrolla el trabajo complejo, intelectual, frente al trabajo simple y manual característico de la fase anterior. Ya no son personalidades individuales sino un único «intelectual colectivo». Gramsci llamaba así a todos aquellos que ejercen «funciones organizativas en sentido lato, tanto en el campo de la producción como en el de la cultura y en el político-administrativo». Hay muchos más intelectuales hoy que en el pasado y, a diferencia de los tiempos de Zola, la inmensa mayoría de ellos han sido plenamente domesticados. La universidad actual es el mejor ejemplo de su sumisión. Hoy lo verdaderamente exótico es encontrar un maestro, un profesor o un catedrático con una mínima capacidad crítica.

Para Gramsci, como para el materialismo histórico en general, el «laissez faire» (la espontaneidad) no existe, la lucha de clases no es un fenómeno espontáneo sino dirigido. Las clases sociales quieren dirigirlo todo pero todo no se puede dirigir, y menos bajo el capitalismo, que es un modo de producción anárquico por naturaleza que conduce a las crisis, por lo que la tarea de la burguesía es utópica en última instancia.

En contra de lo que piensan tanto los burgueses como los anarquistas, la sociedad capitalista se orienta conscientemente y esa orientación es un fenómeno general que no concierne sólo al proletariado, sino también a la burguesía. La conducción requiere de organizaciones, de un programa, de una línea y de una ideología. En la medida en que son conscientes, las clases sociales miran al futuro más que al pasado. No improvisan sino que actúan de manera planificada y sistemática. El intelectual orgánico no es el cronista de una realidad pasada sino el diseñador de la política futura, de lo que los anglosajones llaman «policy makers»: diseñadores de políticas (económicas, sanitarias, ambientales, internacionales).

Son las formas de dirección de las clases sociales las que han cambiado porque bajo el imperialismo las sociedades han cambiado. Si Marx y Engels demostraron que el capitalismo conduce a las crisis, Lenin demostró que en su fase última las crisis se han hecho crónicas. Por consiguiente, la tarea de dirección de la burguesía es utópica por partida doble, lo cual favorece la tarea inversa del proletariado. La propia construcción de un partido de nuevo tipo por el proletariado se corresponde con la crisis, la descomposición y los cambios sociales que el imperialismo trae consigo.

A la burguesía las crisis no le deben sorprender, no puede soportar imprevistos. Por eso diseña planes para todo, tanto para emergencias meteorológicas, como militares o sanitarias; aprueba alertas amarillas, estados de alarma, planes de evacuación y salidas de emergencia ante cualquier eventualidad, lo que pone al Estado imperialista en un estado de renovación permanente. La crisis crónica ha hecho de la seguridad y la gobernabilidad sus elementos identificadores.

A pesar de su condición de vanguardia, el intelectual organizado, incluido el burgués, agrupa masas importantes, o aspira a ello al menos. Para cualquier clase social la tarea de dirección concierne a las masas, a las suyas propias, a las de su clase y a las de las demás clases. Ese es el concepto de hegemonía que también acuñó a Gramsci. Se trata de determinar quién dirige a quién, o a la inversa, qué clase social va a desempeñar un papel subalterno. No se trata sólo de saber dirigir, cómo dirigir, sino de algo aún más profundo: de saber en qué consiste dirigir, algo bien diferente -exactamente opuesto- a «dar órdenes», mandar o mangonear.

La homogeneidad de la clase es hegemonía ideológica. En cada momento el intelectual orgánico identifica los intereses de su clase y la cohesiona en torno a ellos, desarrollando una ideología que no es de naturaleza técnica ni económica, sino política porque reune los tres requisitos imprescindibles para imponer su hegemonía dentro de su clase y de las demás:

a) es consciente requiere un cierto grado de elaboración y difusión, así como la imposición de un lenguaje característico
b) es partidista, es decir, responde a los intereses de una parte de la sociedad, de una clase
c) es activa, forma un programa de acción e incluso una «ética», es decir, está destinada a la práctica

Para Gramsci todas las personas son intelectuales, en tanto que en mayor o menor medida todas emplean las facultades intelectuales de que disponen. Pero al mismo tiempo consideraba que en la sociedad no todos ejercen una función intelectual. Él se refería a quienes, como consecuencia de la división social del trabajo, se han especializado en la dirección y organización de la lucha de clases. No son analistas, ni comentaristas, del tipo de los profesores universitarios o los periodistas sino especialistas que desempeñan un papel activo y consciente al servicio de su clase.

Naturalmente, las clases sociales no dirigen de la misma manera. El proletariado dirige a través de su vanguardia y de los sindicatos y organizaciones de masas, de reuniones, de manifestaciones, de huelgas y de insurrecciones. La dirección de la burguesía es mucho más compleja y comprende partidos políticos, asociaciones empresariales, grupos de presión, fundaciones, foros («think tank»), ONG y otras.

De la misma manera que el capital monopolista no lo dirige un accionista sino un gerente profesional, el intelectual orgánico de la burguesía también es un personaje de segunda línea, un capataz, mientras que los de la primera son los que aparecen en los medios, las ruedas de prensa y los debates parlamentarios. Sus discursos los escriben otros.

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Las ambigüedades de los movimientos de liberación nacional

Por su propia naturaleza, que va más allá de las clases y de la lucha de clases, los movimientos de liberación nacional son ambivalentes, a lo cual hay que añadir la confusión que crean a su alrededor, por lo que ellos dicen de sí mismos, así como por lo que, desde fuera, los demás dicen de ellos.

Por su heterogénea composición social, los movimientos nacionales no son nada en sí mismos; no se les puede juzgar sino por su dirección, por quién dirige el movimiento nacional y contra quién -o contra qué- lo dirige. Entonces es cuando todas y cada una de las ambigüedades se esfuman.

La lucha de clases es el motor de la historia; por lo tanto, también es el motor de todas las luchas de liberación nacional. Si a los movimientos nacionales se les despoja de las típicas ambigüedades terminológicas en las que se cobijan (países, pueblos, razas), no quedan más que dos preguntas que formular: con independencia de los distintos sectores sociales que integran el movimiento nacional, ¿qué clase social lo está dirigiendo y contra qué o contra quién lo dirige?

Hay naciones y naciones. Cuando hay opresión nacional no hay una única nación, sino dos. La primera confusión de la lucha de liberación nacional es que políticamente no todas las naciones están en el mismo plano y que la distinción entre una nación opresora y otra oprimida, que parece banal, no lo es, por múltiples motivos, entre otros por el cúmulo de agravios históricos, reales o fingidos, que unas naciones acumulan contra otras. Por eso el victimismo nacional es siempre tan frecuente y las naciones opresoras se hacen pasar por lo contrario.

La lucha de liberación nacional no se puede dejar en manos de los nacionalistas precisamente porque en la opresión nacional hay dos naciones. Sólo hay un punto de vista capaz de reconocer la opresión nacional y luchar contra ella, que es el internacionalista, es decir, el punto de vista de aquella clase social que no tiene patria y cuya lucha, por consiguiente, no sólo no es nacional sino que está por encima de las naciones y del nacionalismo.

El proletariado lucha contra cualquier forma de opresión, por lo que está siempre por la liberación de las naciones oprimidas y también tiene claro contra quién y contra qué debe dirigirla, contra la burguesía, y quiénes son sus aliados, los trabajadores, cualquiera que sea su nacionalidad. Ese es el significado exacto del internacionalismo que, en las condiciones históricas actuales, o sea, en las condiciones del imperialismo, es la única manera de resolver la opresión nacional.

El proletariado está absolutamente enfrentado a cualquier forma de chovinismo procedente de la burguesía de las naciones opresoras. Mientras en las naciones oprimidas el proletariado tiene un camino que recorrer con la burguesía, en las opresoras no tiene abslutamente ninguno. Este es un aspecto en el que la clase obrera no puede admitir ninguna clase de compromisos y su batalla contra cualquier clase de chovinismo en defensa de la unidad del Estado no admite matices.

Si el proletariado no tiene patria no tiene sentido preguntar a qué «parte» del proletariado le corresponde dirigir la lucha de liberación nacional porque es una clase social que es internacional y no tiene «partes»: la liberación nacional es una tarea que incumbe, pues, tanto al proletariado de la nación opresora como al de la nación oprimida.

La lucha de liberación nacional no es ajena al proletariado, cualquiera que sea su origen nacional. Por lo tanto, el proletariado tampoco es ningún «aliado» porque la liberación nacional es parte integrante de su programa revolucionario.

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De la astrología a la astronomía

Juan Manuel Olarieta
La evolución histórica de la astrología ilustra claramente la proximidad entre la ideología y la ciencia. Sin embargo, hoy los cazadores de seudociencias se esfuerzan por separar a una de otra. Dicen que no tienen nada que ver, que la ideología y la ciencia son incompatibles, que no hay nada más alejado de un agujero negro que un horóscopo.

Pocos conocimientos ancestrales están tan incorporados a nuestro lenguaje como los astrológicos. Cuando chocamos con otro vehículo decimos que nos hemos estrellado (de las estrellas). Si hemos padecido una calamidad hablamos de un desastre (de los astros). Si alguien no está en sus cabales decimos que es un lunático (de la Luna). Como se ve, la mayor parte de las expresiones de origen astrológico denotan malos augurios, pero si un actor sobresale se convierte en un «astro» o en una «estrella».

Kepler, el fundador de la astronomía, era un astrólogo, lo mismo que otros científicos de aquella época. En una carta que le escribió en 1599 a Mästlin, su profesor, se definió a sí mismo como un «astrólogo luterano». Su biografía es un exponente de que la ciencia no se reduce a los científicos, ni siquiera a los más sobresalientes. Si no todo lo que hacen los músicos es música, tampoco podemos tomar por ciencia todo lo que digan los científicos, y mucho menos lo que digan de sí mismos.

En el Renacimiento la astrología estaba considerada como una ciencia exacta y a veces se la llamaba «matemática celestial». Cuando en 1594 Kepler se incorporó a la enseñanza de matemáticas en la escuela protestante de Graz (Austria), una parte de la asignatura se dedicaba al zodiaco y la confección de horóscopos. En su primer año como profesor, Kepler redactó un almanaque con tres profecías astrológicas que se cumplieron puntualmente: el invierno iba a ser extremadamente frío, los turcos invadirían Austria y habría un levantamiento popular.

Kepler se hizo famoso y el general Albrecht von Wallenstein le pidió que le hiciera su propio horóscopo. El astrólogo se puso a ello y lo interrumpió en 1634 con la profecía de un suceso violento, que también adivinó: Wallenstein fue asesinado el 24 febrero de aquel año.

Por su título, «Mysterium Cosmographicum» (Los misterios del cosmos), es evidente que la primera obra que publicó Kepler es a la vez ciencia y esoterismo. Tan pronto se convierte en el primer defensor de la nueva teoría de Copérnico, como afirma que en los movimientos armónicos de los astros hay un mensaje divino que el hombre tiene que descifrar.

Escribió tres obras sobre esta materia: «De fundamentis astrologiae» (en 1601), «Tertius interveniens» (en 1610) y «Astrologicus» (en 1620). Además, en San Petersburgo, donde se conservan sus manuscritos, hay más de 800 horóscopos redactados por él. Cuando en 1602 sucedió a Tycho Brahe como astrónomo imperial, el cargo comprendía la realización de horóscopos, especialmente centrados en la predicción de acontecimientos meteorológicos (aguaceros, sequías, granizo, huracanes, heladas), que afectaban a la agricultura y a la navegación maritíma y que, a su vez, dependían de las constelaciones y el alineamiento de los astros y los planetas en el firmamento.

Si la ciencia fuera tan distinta de una ideología, como la astrología, a la que se la califica hoy de seudociencia, ¿cómo es posible que ambas convivan en la misma obra de pensadores tan reputados como Kepler? Si una cosa (astronomía) y su contraria (astrología) aparecen unidas a lo largo de la historia, de las biografías y de los escritos, ¿quién se cree autorizado para separarlas?, ¿cómo separarlas? Los inquisidores del siglo XVII, lo mismo que los inquisidores de hoy, lo hacen por decreto, al estilo del que promulgó Colbert, ministro de Luis XIV, en 1666. A partir de entonces la enseñanza de la astrología se prohibió en las universidades francesas. ¿Necesita la ciencia la ayuda de la censura académica para salir adelante?

Una buena parte de los restos arqueológicos de las más antiguas civilizaciones humanas son astrológicos. La astrología es anterior a cualquier religión y las primeras religiones veneraban a los astros del cielo. Todavía hoy algunos planetas llevan los nombres de viejos dioses paganos. Hace 7.000 años la astrología creó las primeras unidades de medida del tiempo, los primeros relojes, la vara solar, y los calendarios solares. En los países islámicos miden el tiempo sólo con las fases lunares, habiéndose convertido la media luna y la estrella en el símbolo del Imperio Otomano y luego de los países de religión islámica, desde el Sáhara hasta Malasia.

La medida más conocida del tiempo son los calendarios y almanaques. La palabra almanaque procede del árabe y significa «ciclo anual». El primero que se conserva impreso data de 1475 y fue elaborado por el astrólogo Regiomontano. Los viejos almanaques se han reproducido durante siglos hasta hace muy pocos años. Además del calendario, incluían el santoral, las romerías y fiestas religiosas, el zodiaco, las fases lunares, los eclipses, las previsiones meteorológicas, los pronósticos agrícolas, poesías, refranes e incluso cuentos populares. Algo tan característicamente científico como es la medición, la transformación de lo cualitativo en cuantitativo, aparecía entremezclado con un sinfín de creencias, costumbres y celebraciones populares.

La astrología nunca tuvo nada que ver con la superchería, que hoy es su imagen de marca. Lo mismo que la medicina tradicional, fue una confusa acumulación de conocimientos profundamente arraigados entre los que siempre fue difícil discernir la verdad de la mentira y de lo que está entre ambas. La ciencia peca por exceso; no es consciente de sus propias limitaciones internas. Reconoce lo que no sabe, pero no lo que cree que sabe, lo cual es un vicio muy arraigado: alardear de aquello que se ignora, lo que alcanza su paroxismo en la ideología dominante, es decir, en ese montón de tópicos y vulgaridades, que se repiten a cada paso y son tanto más soberbios en cuanto todos (la mayoría) los tienen por ciertos.

¿De qué manera Kepler logró el desdoblamiento entre una ideología y una ciencia? De varias maneras, una de las cuales fue la autocrítica, que es la esencia misma de la ciencia. Un saber es científico porque se critica a sí mismo, se pone en cuestión, busca sus limitaciones internas y las vuelve conscientes. Es la manera en la que se desarrolla, mientras que cualquier otra forma de conocimiento acrítico, como la fe, se estanca. Kepler fue el científico que llevó a cabo esa autocrítica, iniciando la reconversión de un cúmulo abigarrado de saberes inconexos en una ciencia.

La tarea que emprendió Kepler empezó desde dentro, justamente al contrario de lo que hoy hacen quienes separan a la astrología de la astronomía. La ciencia se critica a sí misma. A partir de lo que sabía (y de lo que creía saber) Kepler creó una ciencia y con ella un método científico absolutamente riguroso.

Ahora bien, la ciencia no sólo procede de un desdoblamiento de la ideología sino que conduce a otro desdoblamiento. Si la vieja astrología estaba repleta de creencias fantásticas, la nueva astronomía tiene las suyas propias. El big bang no es una hipótesis mejor que el horóscopo de esa revista barata que está en la mesilla de la recepción del dentista, y cuando la autocrítica no aparece por ninguna parte todo vuelve a ser superchería envuelta en ecuaciones diferenciales.

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La Organización Especial en acción

El 20 de agosto de 1941, a las 11 de la mañana, un joven de 22 años al que llaman Fredo se trasladó a la estación de metro de Barbés, en París, para reconocer el lugar. No lo eligió al azar. Los oficiales de la Wehrmacht que habían ocupado la capital francesa se hospedaban en el cercano hotel Carlton y pasaban por allí con frecuencia. A esa hora de la mañana apenas había viajeros. La estación dibuja una curva y desde su emplazamiento, el jefe de estación no puede ver el vagón de primera, frente al cual había una salida a la calle.

Hasta ese día los nazis habían cumplido su objetivo militar sin ninguna clase de resistencia. Al día siguiente un comando armado de jóvenes militantes comunistas compuesto por Fredo junto con Brustlein, Zalkinov y Gueusquin se sitúan meticulosamente en uno de los arcenes de la estación. Un oficial de la Kriegsmarine, Alfonso Moser, espera la llegada del convoy. Cuando se aproxima reduciendo su velocidad, Fredo le dispara dos veces y el oficial alemán cae fulminado. El comando huye.

El operativo fue criticado por todos, incluso por el general De Gaulle, que acusó a Fredo de «terrorismo individual». En Francia la resistencia empezó contra viento y marea, en medio de reproches y críticas. Nada sucedía al azar. Unos días antes, el 19 de agosto, tras una manifestación junto a la estación de metro de Strasbourg-Saint-Denis, los alemanes habían detenido a Samuel Tyszelman y Henri Gautherot, dos jóvenes militanes comunistas, que fueron fusilados inmediatamente en el bosque de Verrières.

Poco antes el Partido Comunista había creado la Organización Especial para combatir a los nazis con las armas en la mano. Junto con Danielle Casanova y Albert Ouzoulias (coronel André), Fredo dirigía los comandos de la Organización Especial.

Uno de los que participó en el operativo de la estación de metro de Barbés era Gilbert Brustlein, otro militante de las juventudes comunistas francesas que había logrado fugarse de la prisión poco antes. El 20 de octobre de aquel Brustlein ejecutó en Nantes a Karl Hotz, el jefe de la Kommandantur. La prensa de entonces calificó a Brustlein de terrorista y a la resistencia de «bolcheviques», «judíos» y «extranjeros» destinados a los pelotones de fusilamiento.

A partir de entonces en París las acciones de los grupos de combate de la Organización Especial se suceden vertiginosamente. El 3 de septiembre Asher Semhaya dispara dos veces contra un suboficial alemán al que hiere de gravedad; tres días después André Kirschen abate a tiros al teniente Hauffmann; cinco días después Semhaya ejecuta a un oficial alemán en el Bulevar Strasbourg; dos días después Kirschen ejecuta a un suboficial de la Kriegsmarine alemana y en otro lugar otro comando de la Organización Especial acaba con la vida de dos oficiales alemanes más.

Fredo había sido panadero, ferroviario y luego obrero del metal. Militaba en las juventudes comunistas desde los 14 años y tenía una dilatada experiencia militar. Había combatido en España con las Brigadas Internacionales, donde fue herido tres veces y alcanzó el grado de subteniente del Ejército Popular de la República.

Los guerrilleros de la Organización Especial eran miembros de las juventudes del PCF y su edad rondaba los 20 años. Los llamaban «el Batallón de la Juventud» o «Grupos Ardientes».
Desde 1939 el PCF era clandestino y sus militanes se llamaban por apodos. El verdadero nombre de Fredo era Pierre Georges y Danielle Casanova era la guerrillera Vincentella Perini, una dirigente de las juventudes comunistas dotada de una extraordinaria capacidad de organización, tanto de las mujeres como de los estudiantes. Había nacido en Córcega, en 1935 participó en Moscú en el congreso de la internacional comunista juvenil y al año siguiente organizó en Francia el movimiento de solidaridad hacia los antifascistas españoles en guerra.

En 1942 fue detenida por la Gestapo junto a George Politzer y su mujer, siendo asesinada en el campo de concentración de Auschwitz al año siguiente.

Por su parte, el padre de Fredo y su cuñado fueron fusilados por los alemanes como represalia. El propio Fredo fue detenido en París el 30 de noviembre de 1942, siendo salvajemente torturado durante varias semanas, primero por los vichistas y luego por los nazis. Logró fugarse cuando le deportaban a un campo de trabajo, se reincorporó a la guerrilla y luego fue uno de los organizadores de la insurrección de París que desalojó a los alemanes de la capital francesa. Más tarde continuó la guerra con el grado de coronel del ejército francés de liberación, hasta que el 27 de diciembre de 1944 murió al estallarle una mina.

De terrorista Fredo se convirtió en un héroe de la resistencia francesa con el apodo de «coronel Fabien». En el centro de París la antigua Plaza del Combate aún lleva su nombre de guerra. Allí el gran arquitecto comunista Oscar Niemeyer edificó la que desde 1967 fue sede de un Partido Comunista que ya era irreconocible. Con el cambio de siglo organizaron en sus salones un desfile de ropa de la marca Prada…