Enemigo a las puertas

A Rusia le ocurre como a la izquierda abertzale. De la misma manera que ETA no acabará nunca, la URSS tampoco. Los fascistas y los imperialistas nunca cambian su monólogo y resucitan al Cid Campeador cada vez que necesitan que libre sus últimas batallas después de muerto. Siempre seguirán echando en cara a unos que son el brazo político de una entelequia ya desaparecida, y a los otros que son los albaceas de Stalin.

En enero Hillary Clinton dijo que la nueva URSS podría renacer con nuevos nombres, como por ejemplo Unión Aduanera o Unión Euroasiática y el incombustible Zbigniew Brzezinski, antiguo consejero de seguridad nacional de la Casa Blanca, expresaba esta idea de forma más concreta: “Sin Ucrania, Rusia dejará de ser un imperio, con Ucrania se convertirá automáticamente en un imperio”.

Ucrania es «la última batalla de la Guerra Fría», escribe por su parte Andrei Iliashenko (*) como si nada hubiera cambiado, aunque también dice que el golpe de Estado marca el comienzo de una «nueva etapa» en las relaciones de Occidente y Rusia. Entonces cabe preguntar por qué precisamente ahora se ha abierto esa «nueva etapa», ya que todo parece indicar que la «novedad» no es tal sino más de lo mismo, o sea, la guerra (no sabemos si fría, caliente o templada).

Iliashenko cree «poco probable» que el golpe de Estado en Ucrania desemboque en una guerra mundial, ya que considera que el problema se reduce a determinar por dónde van a pasar las «nuevas fronteras», es decir, como tantos otros cree que es posible redibujar los mapas de Europa pacíficamente.

Como en 1914, todos miran hacia otro lado y quieren que los demás hagamos lo mismo. Para ellos Ucrania aparece atenazada entre Rusia y la Unión Europea, como si sus intereses fueran dispares. Todo parece indicar lo contrario. El gobierno de Schröder avaló un préstamo gigantesco de la banca alemana (pública y privada) a Gazprom poco antes de ceder los bártulos a Merkel en 2006. «Putin da trabajo a Schröder», titulaba el diario El País.

En efecto, Rusia y Alemania (o sea, la Unión Europea) no es que tengan intereses comunes sino que tienen los mismos intereses. Pero eso no explica la «nueva etapa» a la que se refiere Iliashenko sino todo lo contrario. Parece una continuación de la misma. ¿En que ha cambiado la situación desde 2006? En que entonces aún no se había construido el gaseoducto del Mar Báltico, Nord Stream, una obra faraónica que es propiedad de capitales rusos y alemanes casi a partes iguales.

Los mapas y las fronteras los dibujan los oleoductos y los gaseoductos. Gazprom suministra la cuarta parte del gas que Europa necesita y una tercera parte del que necesita Alemania. Cuando antes de 2021 Merkel desenchufe todas las centrales nucleares, la dependencia de Alemania del gas ruso aumentará aún más.

Para transportar el gas a Europa Rusia ya no necesita ningún intermediario, como Polonia o Ucrania. Cuando hace diez años en Ucrania estalló la «revolución naranja» la postura de Rusia fue endeble porque entonces el gas pasaba por su territorio. Ahora ya no dependen de ella. En eso consiste la «nueva etapa»; eso es lo que ha cambiado en estos últimos 10 años.

Los imperialistas son quienes verdaderamente tienen memoria histórica, y la tienen bien presente. Quienes se opusieron a la construcción del gasoducto fueron Polonia y Ucrania y cuando se inauguró en 2011 el ministro polaco de Asuntos Exteriores, Radoslav Sikorski, lo comparó con el Pacto Molotov-Von Ribbentrop de 1939. A buen entendedor…

Cuando se estaba construyendo el gaseoducto en la prensa se podían leer cosas como que uno de los mayores perdedores sería Ucrania porque «ya no podría seguir presionando a Rusia» con los cortes de suministro a los que estaban tan acostumbrados y de los cuales la intoxicación informativa europea culpaba a Rusia. ¡Cómo no!

De todas maneras es una idiotez suponer que era Ucrania quien estaba presionando a Rusia. Quien lo hacía era Estados Unidos, que es quien realmente ha orquestado el golpe de Estado en Kiev con el propósito de introducir una cuña -otra más- entre Rusia y la Unión Europea. Desde 2009, al mismo tiempo que Albania, Ucrania está a las puertas de la OTAN y en su suelo tienen previsto instalar el escudo antimisiles que, como recuerda Iliashenko, anula la principal ventaja militar de Rusia: los misiles con base en tierra.

Hay otro aspecto en el que Iliashenko también tiene razón: el golpe de Estado en Ucrania no va a desencadenar la nueva guerra mundial en ciernes. Sólo es un aperitivo.

(*) Andréi Iliashenko, Ucrania: la última batalla de la Guerra Fría, RBTH, 10 de marzo de 2014, http://es.rbth.com/opinion/2014/03/10/ucrania_la_ultima_batalla_de_la_guerra_fria_38145.html

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