La web más censurada en internet

Categoría: Guerra psicológica (página 42 de 45)

La cadena de televisión CNN es una de las grandes fábricas ideológicas del imperialismo

La CNN no es una simple cadena televisiva. Forma parte de la corporación de propaganda Time Warner (que concentra más de 20 medios y publicaciones impresas, como HBO, el canal musical HTV, Cartoon Networks, TNT y la revista Time, incluyendo a la CNN, entre otros). Es una de las mayores fábricas de producción de películas y programas televisivos del planeta.

Time Warner, a su vez, se fusionó con la corporación AT&T por 85.400 millones de dólares el año pasado, formando el tercer mayor conglomerado mediático y de telecomunicaciones, el cual controla aproximadamente el 33 por ciento de la infraestructura de internet, servicios telefónicos, satelitales y de producción cultural de todo el mundo.

El consejo de administración de Time Warner/AT&T está constituido por individuos conectados al Fondo Monetario Internacional, las fundaciones de la oligarquía Rockefeller, tanques de pensamiento pagados por Exxon Mobil (como el Consejo de Relaciones Exteriores), el fondo de inversión de la oligarquía Warburg (Warburg Pincus) y la empresa armamentista, AMR Corporation, además de Goldman Sachs y JP Morgan como accionistas claves. La crema del 1 por ciento más rico de los más ricos del planeta.

Estas conexiones reflejan que la CNN está integrado a la mega estructura del poder económico mundial, constituida por empresas y grandes corporaciones financieras, armamentísticas e industriales. La CNN es la vitrina para exhibir sus intereses políticos en regiones y países estratégicos para ellos, como por ejemplo Venezuela, Rusia, China e Irán, donde sus ataques han sido sostenidos, producto de los grandes intereses financieros y geopolíticos que allí circulan.

En las sucesivas guerras contra Oriente Medio, la CNN ha sido el púlpito estrella para que asesores de seguridad nacional y operadores justifiquen ante la opinión pública las intervenciones de Estados Unidos. Como es el caso de Anderson Cooper, uno de sus periodistas más famosos, que transmitió en vivo una llamada en 2011 de una mujer libia que se refugiaba de los “bombardeos” en Trípoli.

Anderson dijo después: “Si hacéis que Libia sea una zona de exclusión aérea no podrán entrar más mercenarios… Hay que actuar. ¿Cuánto tiempo más hay que esperar, cuánto más hay que ver, cuánta gente más tiene que morir?”. Luego se demostró que los “bombardeos” en Trípoli fueron fabricados. Anderson fue formado por la CIA en su juventud y días después de esta transmisión, la OTAN comenzó a bombardear -ahora sí en serio- a la población libia.

La CNN está conectada también a la división de operaciones psicológicas del ejército de Estados Unidos, a la CIA, desde la Operación Ruiseñor (Mockingbird) dirigida a controlar los medios convencionales en los años cincuenta por parte de la inteligencia estadounidense, y al sector de los llamados neoconservadores, quienes plantean el intervencionismo militar directo y unilateral para proteger a Estados Unidos de las amenazas al estatuto de gran superpotencia mundial. Una de sus principales referencias es George W. Bush.

Sus principales intelectuales y operadores (Robert Kagan, Paul Wolfowitz, John McCain, etc.) están ligados orgánicamente a la industria financiera y de las armas, y por razón lógica, son unos de los principales promotores de la guerra contra Irak, Afganistán, Siria y Libia, entre otras naciones. Son además constantemente entrevistados en reportajes y programas de opinión en la CNN, como parte de la distribución a gran escala de esa visión del mundo y de sus intereses ante la opinión pública.

En Venezuela (así como en Bolivia) la CNN también ha realizado operaciones de propaganda para manipular la realidad de país. En agosto de 2015 su corresponsal en Venezuela (Osmary Hernández) reportó supuestos saqueos y disturbios por alimentos en el estado Carabobo. Días después, Fernando del Rincón afirmó que había sido un “error” ese reportaje y que realmente los saqueos nunca sucedieron. La CNN mintió.

La corporación dueña de la CNN, Time Warner, fue uno de los principales financistas de las dos campañas presidenciales de Barack Obama con casi dos millones de dólares. Este dato que pone en relieve cómo las políticas de injerencia de la anterior administración (el Decreto Obama, leyes de sanciones, intimidación por parte del Comando Sur, etc.) contra Venezuela tuvieron su brazo mediático en la CNN.

No nos referimos entonces únicamente a corresponsales y conductores de programas mentirosos (como Osmary Hernández o Fernando del Rincón), sino a toda la estructura de poder económico mundial que tiene intereses políticos en lo que esta cadena televisiva transmite día a día, sobre todo tratándose del país con las mayores reservas de petróleo y una de las principales de gas, oro y minerales estratégicos del mundo.

—http://misionverdad.com/columnistas/cnn-en-cinco-datos-claves

Google no filtra las noticias falsas sino aquellas que el imperialismo trata de silenciar

En internet las noticias son como la horca: el ahorcado muere por la acción de su propio peso y en internet el propio usuario se engaña a sí mismo cuando instala un navegador Chrome, fabricado por Google, o cuando indaga a través del buscador del mismo nombre.

La mayor parte de los usuarios recurren a Google para buscar y tienen un navegador Chrome instalado en su ordenador, mecanismos ambos con los que se ponen la soga al cuello porque ninguno son instrumentos neutrales de información sino que forman parte de la manipulación.

Si el lector es de los que utiliza un navegador Chrome puede hacer la prueba instalando alguno de los “detectores de noticias falsas” y entrando luego en determinadas agencias de noticias, como Rusia Today, y verá que le salta una alarma, algo que no sucede si entra en la CNN.

A través de Chrome y su “detector” puede buscar en Google toda clase de noticias falsas sobre el “escándalo sexual” con el que los rusos chantajean a Trump y si pulsa el enlace comprobará que la alerta no salta nunca porque no censura noticias (verdaderas o falsas) sino sitios, es decir, que no cataloga a la noticia en sí misma sino por su fuente de procedencia (y las noticias de CNN siempre proceden de buena fuente).

No hará falta insistir en dos obviedades. La primera es que Google no alerta de las noticias falsas de la televisión, la radio, la prensa de papel o las ruedas de prensa. La segunda es que tampoco alerta de los silencios, es decir, no le avisa al usuario de que un determinado sitio se está callando algunas noticias que nunca le interesa publicar.

Google no detecta las noticias falsas gracias a ningún algoritmo o programa informático “objetivo”. Uno de los que ha elaborado un detector de noticias falsas para el navegador Chrome es el periodista Brian Feldman, del New York Magazine, que ni siquiera es informático, a pesar de lo cual lo logró en apenas una hora (1). La alerta es una aplicación de código abierto que se puede consultar en GitHub (2), donde cualquiera puede añadir sugerencias para empeorarlo aún más (si cabe).

Es como lo que hacen los padres para evitar que sus hijos menores tropiecen en internet con los sitios porno: hacen un listado de ellos. Lo mismo ocurre con las noticias falsas y la inquisidora que lo ha hecho para Google es una tipa que se llama Melissa Zimdar que asume el mismo papel que el Instituto para la Doctrina de la Fe en Roma: decir a los creyentes lo que pueden leer y lo que está prohibido.

Antiguamente en los libros que pasaban la censura, el Vaticano les ponía la etiqueta “nihil obstat” y ahora Google hace lo mismo, incluyendo en el índice de sitios prohibidos a las páginas partidistas, las satíricas, las rusas, las prorrusas… Lo mismo que la Inquisición, con el nuevo índice el 15 de noviembre Google inauguró una base de datos (2).

Cuando el internauta comete la equivocación de tropezar con uno de esos sitios prohibidos, le aparece un mensaje que dice lo siguiente:

¡Atención! Los artículos de esta página contienen probablemente informaciones inventadas, falsas o susceptibles de inducirle a error

Resultan enternecedores todos esos que tratan de impedir que cometamos errores (o más errores de los que solemos cometer a cada paso en nuestra vida). Pero si además de errores cometemos pecados, es decir, si creemos en lo que nos dicen los rusos u otros mentirosos compulsivos, el asunto es muy preocupante. En tal caso, el lector puede optar por una de estas dos opciones que le recomendamos:

a) acudir a la iglesia más cercana, confesar sus pecados, arrepentirse, pedirle al cura que le absuelva y rezar dos avemarías
b) acudir al siquiatra, tomar los somníferos que le recete y cuando despierte encienda la televisión y sintonice Tele 5

La segunda opción se explica de la siguiente manera: lo más probable es que el internauta sea un tipo morboso, o mórbido incluso, es decir, padezca ese trastorno que consiste en que basta que le prohiban algo para que lo incluya entre los sitios favoritos y quede permanentemente atrapado por la propaganda prorrusa.

El papel del siquiatra en estos casos, casi irrecuperables, consiste en lograr que, tras la correspondiente medicación, su paciente morboso colabore incluyendo en el índice de Google nuevas sugerencias, páginas erróneas, sitios mentirosos, informaciones dudosas y opiniones discutibles a fin de mejorarla y ampliarla.

(1) http://nymag.com/selectall/2016/11/heres-a-browser-extension-that-will-flag-fake-news-sites.html
(2) https://github.com/bfeldman/fake-site-alert
(3) https://docs.google.com/document/d/10eA5-mCZLSS4MQY5QGb5ewC3VAL6pLkT53V_81ZyitM/preview

La Nueva Guerra Fría de la CIA contra Rusia

El 24 de noviembre un reportaje del Washington Post circuló por las redes sociales y se hizo viral durante ese día y sobre todo el viernes 25, el cual fue la nota más leída en su página web durante esas 48 horas.

Fue legitimado por una ingente cantidad de periodistas del “establishment” y supuestos expertos en lo que llaman semiótica comunicativa, bajo el argumento de que la propaganda rusa fue exitosa en sus esfuerzos por diseminar por todas las redes “noticias falsas” durante las elecciones presidenciales en Estados Unidos.

Para esto, el periodista Craig Timberg, quien firmó la nota y asegura Paul Craig Roberts que es agente de la CIA, consultó a “expertos” que forman parte de equipos de análisis relacionados con el establishment, una universidad y una organización que ha causado controversia.

Basándose en el artículo «Cómo Rusia trata de destruir nuestra democracia”, escrita por tres autores, de los cuales uno es un operador del tanque de pensamiento neoconservador (y por lo tanto antirruso) Foreign Policy Institute, intenta argumentar con insistencia pero de manera floja que la Federación Rusa básicamente ha invadido Estados Unidos en el plano narrativo, en lo que sería una campaña de desinformación a gran escala y que ha servido para poner, el próximo enero, en la Casa Blanca a Donald Trump, a todas estas un supuesto “agente de Putin”.

Esta operación de propaganda rusa, según Timberg, ha sido previamente estudiada en sus mecanismos por la Escuela Elliott de Asuntos Internacionales de la Universidad George Washington y por la Rand Corporation, éste último calificado como el tanque de pensamiento del Pentágono.

La Escuela Elliott, por su parte, es cercana tanto en ubicación como en objetivos políticos y académicos al Departamento de Estado gringo, el FMI, el Banco Mundial, la OEA y, por supuesto, la Casa Blanca. De esta institución han egresado muchos funcionarios gubernamentales estadounidenses.

Pero quizás el más interesante, por controversial, de los organismos consultados por el periodista del Washington Post sea PropOrNot.

Presentado como “un grupo no partidista de investigadores con experiencia en política exterior, militar y tecnológica”, PropOrNot alega que las historias promovidas por esta supuesta campaña de desinformación dirigida desde el Kremlin fueron vistas en la red más de 213 millones de veces. Es uno de los datos más destacados por Timberg, quien consultó directamente al cabecilla de esta organización pero bajo la cubierta del anonimato “para evitar ser un blanco de la legión rusa de hackers habilidosos”.

Cualquier parecido del anónimo de PropOrNot con alias Garganta Profunda, el soplón del Watergate para el Washington Post que supuso el escándalo definitivo que destituyó a Richard Nixon de la presidencia estadounidense, no es mera casualidad. Asimismo, se recuerda el reciente caso de “Curveball”, alias de Rafid Ahmed Alwan al-Janabi, quien inventó los datos que usaran las agencias de inteligencia gringa e inglesa para armar el expediente de “armas de destrucción masiva” contra la Iraq de Saddam Hussein en 2003.

Durante la década de 1950, el senador Joseph McCarthy enarboló una lista negra donde aparecían ciudadanos norteamericanos con el objeto de ser acusados de comunistas y agentes de la Unión Soviética. Esto llevó a judicializar a numerosos estadounidenses en un contexto de Guerra Fría, proceso de persecución irregular llamado posteriormente “macartismo”, donde la frase de “¡Vienen los rusos!” del ex secretario de Defensa James Forrestal era más una consigna que un condimento de paranoia.

Asimismo, el Washington Post con el reportaje de Timberg publicitó una lista (llamada así: ‘La lista’) de PropOrNot, análoga a las pregonadas durante el macartismo, en la que algunos medios son expuestos y etiquetados como “prorrusos” y en su defecto como “tontos útiles” a las voluntades de Vladimir Putin.

Algunos analistas y periodistas estadounidenses críticos a las políticas del Departamento de Estado y la Casa Blanca les ha parecido curioso pero sobre todo alarmante que se publicite desde un medio como el Washington Post a una organización recién creada, sin ningún tipo de legitimidad, cuya metodología para la recolección de datos se basa en el análisis “conductual” y que culpa a diestra y siniestra incluso a colegas norteamericanos de crear “falsas noticias” en el marco de una supuesta campaña rusa, junto con la llamada “derecha alternativa”, de desinformación.

En ‘La lista’ aparecen medios financiados por el Estado ruso como la agencia Sputnik y RT, de la izquierda gringa tipo Counterpounch y Truthdig, de las tendencias conservadoras norteamericanas como Infowars y Ron Paul Institute for Peace and Prosperity, y de otras tendencias pero comprobadamente estadounidenses, como Veterans Today y Zero Hedge.

El Washington Post ha puesto a PropOrNot en el podio como un adalid de la denuncia contra Rusia, aunque acepte la alta probabilidad fraudulenta de sus “investigaciones”.

Aunque se han manifestado antecedentes de ‘La lista’, sobre todo los casos ucranianos expuestos por el periodista estadounidense radicado en la Ucrania, George Eliason, con su reportaje el Washington Post ha enarbolado en el espectro mediático lo que es de facto una realidad: la “Nueva Guerra Fría” de Estados Unidos contra Rusia.

Las consecuencias concretas aún están por verse.

Detrás de PropOrNot

El mote de “anónimo” circunda todo lo relacionado a PropOrNot. No existe información sobre quiénes son, a quiénes responde directamente y por ende quiénes son sus financistas. Lo único comprobable son sus objetivos.

Por supuesto, esta organización rechaza el calificativo de macartista, pues sólo pide con urgencia que todos esos medios sean investigados y propiamente judicializados por el FBI y el Departamento de Justicia gringo. La ironía no necesita explicación.

Aunque es difícil rastrear la identidad de los operadores y financistas de PropOrNot, algunos portales que han denunciado a la organización por haber sido involucrados en ‘La lista’ han hecho notar sus simpatías con la Ucrania gobernada actualmente por nazis.

Por otro lado, el sitio de investigación Wall Street On Parade aporta algunos datos interesantes. PropOrNot desarrolló un plugin para Google Chrome que identifica páginas con dominio hecho en Rusia. La dirección que corresponde a la aplicación tiene como origen en Santa Fe, Nuevo México, donde no hay registro alguno de la organización. Dicen los autores de la investigación que estas direcciones virtuales suelen crearse para limitar las responsabilidades de las corporaciones que quieren mantener en secreto sus principales capitales.

PropOrNot se vale de equipos de análisis como el británico Instituto Legatum y el Centro de Análisis para la Política Europea (CEPA, sus siglas en inglés), ubicado en la capital estadounidense, este último ligado financieramente a los hermanos Koch y Exxon Mobil, para sostener sus reclamos antirrusos.

El CEPA, en mayo de 2016, promovió junto con los senadores Chris Murphy y Rob Portman una discusión sobre la “sofisticada campaña de desinformación de Rusia” en Estados Unidos.

El último senador mencionado fue citado en otro reportaje de Craig Timberg, seis días luego de la nota anteriormente reseñada, confirmando la supuesta campaña de desinformación y con ello iniciando en el Congreso una respuesta “a la amenaza a la seguridad nacional estadounidense”.

En la carrera al Senado de este año, dos de los tres grandes donantes de la campaña de Portman son los bancos hegemónicos de Wall Street: Citigroup y Goldman Sachs.

Otros investigadores como Wayne Madsen, Robert Parry y alias Tyler Durden de Zero Hedge no dudan que, siendo el Washington Post el principal promotor de esta organización fantasma, tenga por origen una actualizada de la Operación Ruiseñor (Mockingbird), una acción encubierta de la CIA durante los años de la Guerra Fría.

PropOrNot también señala como proyectos relacionados a las organizaciones Bellingcat, conectada a la Usaid y a la Fundación Open Society de George Soros, y Snopes, que ha sido señalada por el mismo Wayne Madsen de ser un aparato de desinformación web de la CIA.

Ni hablar del mismo Washington Post, cuyo enlace directo con la CIA es notorio a través del dueño del periódico Jeff Bezos, quien también tiene como propiedad la página de comercio digital Amazon. Esta corporación tiene un negocio con la famosa agencia de inteligencia por 600 millones de dólares por el desarrollo de una nube informática actualmente en servicio.

El ex agente de inteligencia Steve Kangas ha puesto el foco sobre el Washington Post: “Quizás no haya periódico más importante para la CIA como The Washington Post, uno de los diarios más derechosos de los Estados Unidos. Su locación en el capitolio de la nación habilita el papel de mantener valioso personal de contacto con figuras líderes de la inteligencia, políticos y hombres de negocios. A diferencia de otros periódicos, el Post opera con sucursales mediáticas alrededor del mundo, en lugar de depender de los servicios de cable de AP”.

El escándalo del Watergate con información privilegiada que sólo podía tener un agente de inteligencia de la CIA o el FBI y la verdadera falsa noticia de que la Iraq de Saddam Hussein tenía “armas de destrucción masiva”, tuvieron como principal tribuna al Washington Post.

Una amplia nómina mediática de la CIA integra a este periódico de prestigio internacional, lo que demuestra que detrás de los titulares del Post hay una agenda política.

Una ley hecha a la medida

Analistas e investigadores como el estadounidense Eric Zuesse dan cuenta de que el reportaje del Post es tan carente de calidad periodística que el resto de medios corporativos como The New York Times y CNN no reseñaron la nota de Craig Timberg.

Sin embargo, el Congreso estadounidense no se hizo de rogar y pasó directamente, el 30 de noviembre pasado -una semana luego de la publicación en el Post-, una ley de Autorización de Inteligencia correspondiente al año fiscal 2017, donde se detallan algunos asuntos relacionados a la cobertura de lo que ellos entienden por propaganda rusa. Entre aquellos se habla, como si se tratara de premonizar:

— Establecimiento o financiamiento de un grupo fachada
— Transmisiones encubiertas
— Manipulación mediática
— Desinformación y falsificaciones
— Financiamiento de agentes con influencia
— Incitación y ofensiva de contrainteligencia
— Asesinatos
— Actos terroristas

Dicha ley fue patrocinada por Devin Nunes, republicano por el estado de California, cuya carrera política está principalmente financiada por Alphabet Inc, empresa subsidiaria de Google.

Como apuntamos en la primera entrega de esta investigación, la compañía Google es la principal promotora de la coalición First Draft, que une a diferentes medios corporativos y empresas de redes sociales e informática con el objetivo primario, entre otros, de crear una plataforma operativa de censura a nivel global.

Algunos sitios como Activist Post han denunciado esta ley, puesto que si pasa aprobatoriamente por el Senado y es firmado por el presidente de Estados Unidos, podría usarse como arma judicial para amenazar o incluso eliminar los portales que consideren de “noticias falsas”, es decir, todos aquellos que no emitan las informaciones y opiniones filtradas por los medios corporativos afines al establishment actual.

Se une a todo esto, siempre desde el Post, las concluyentes declaraciones de agentes de la CIA ante el Senado: Rusia definitivamente ha intervenido en las recientes elecciones presidenciales para ayudar a Donald Trump a ganarlas. Afirman que aunque las “noticias falsas” hicieron de las suyas, la agencia ha identificado a ciertos individuos con conexiones con el gobierno ruso que supuestamente proveyeron a WikiLeaks información sobre el personal de la campaña de Hillary Clinton.

Al parecer, una ley hecha a la medida de lo que reclaman tanto medios convencionales, como el Washington Post y el New York Times como la CIA y operadores políticos reaccionarios. Una para supuestamente lograr un mundo más seguro. Para ellos.

Más información:

— La telaraña desinformativa de la CIA
— Los altavoces del imperialismo se quedan con el culo al aire
— El diario Washington Post dirigió la red de propaganda de la CIA
— El Washington Post traiciona al traidor Snowden
— Todos los hombres del candidato Trump
— Watergate: todos los hombres del presidente (y alguno que se quedó olvidado)

Los altavoces del imperialismo se quedan con el culo al aire

El mundo es así. En las grandes metrópolis imperialistas nos pasamos el día mirándonos el ombligo en polémicas estériles, empeñadas en que las cosas sean distintas de como son. Por ejemplo, nos empeñamos en que los medios digan la verdad, algo que es inútil porque contradice su misma esencia. El capitalismo no duraría ni un minuto si los medios publicaran un mínimo esbozo de lo que realmente está ocurriendo en el mundo.

Al mismo tiempo que el capitalismo acumula capital, los medios acumulan mentiras, que se hacen cada vez más insostenibles de mantener. Se están quedando con el culo al aire, como el Washington Post, que ha rectificado la entrada que nosotros denunciamos aquí. Su editor Craig Timberg ha tenido que reconocer lo siguiente:

“El Washington Post ha publicado un artículo sobre el trabajo de cuatro grupos de investigadores que han estudiado lo que ellos dice ser esfuerzos de propaganda rusa para sabotear la democracia y los intereses de América. Uno de ellos era PorpOrNot, un grupo que insiste en su su anonimato y que ha publicado un informe identificando 200 sitios web que, según ellos, se hacen eco, voluntariamente o no, de la propaganda rusa. Un cierto número de esos sitios han replicado su inserción en la lista y algunos de ellos, así como otros que no están en la lista, han puesto en duda públicamente la metodología y las conclusiones del grupo. El Washington Post, que no nombra ninguna de esos sitios, no se compromete por sí mismo en la validez de los descubrimientos de PopOrNot sobre cualquiera de los medios y no es lo que pretendía el artículo. Tras la publicación del nuestro, PropOrNot ha suprimido ciertos sitios de su lista”.

Ya ven: incluso los intoxicadores de PropOrNot (una tapadera de la CIA) han rectificado, al menos en parte, por lo que al Washington Post no le quedaba otro remedio que hacer lo propio. Poco a poco las calumnias se están destapando. Más bien lo hacen de una manera muy rápida, cada vez más.

Pero no se trata de un único medio, ni siquiera aunque el mismo se llame Washington Post. Tampoco se trata de un error puntual en una información. La coincidencia de calumnias en todo el mundo muestra que se trata de una campaña y ahora se trata de saber quién la dirige, quién la financia y quién se supedita a participar en la misma a cambio de un puñado de dólares.

Uno de los factores que está poniendo al descubierto a los altavoces imperialistas es la prensa rusa, contra la que se ha desatado una paranoia, tanto en Estados Unidos como en Europa, donde hay un plan estratégico (llamado SratCom) para imponer la censura del que se encargará la eurodiputada polaca Anna Fotyga, de la que ya tendremos ocasionar de exponer algo en el futuro.

Que nadie se confunda; la propaganda rusa es la excusa. El objetivo es acabar con todas las formas independientes de expresión, especialmente en internet. No pueden seguir más tiempo con el culo ai aire.

(Casi) Todas las marranadas del Washington Post:

— El diario Washington Post dirigió la red de propaganda de la CIA
— El Washington Post traiciona al traidor Snowden
— Todos los hombres del candidato Trump
— Watergate: todos los hombres del presidente (y alguno que se quedó olvidado)

La policía de Nueva York elimina ‘brutalidad policial’ de la Wikipedia

Los ordenadores del cuartel general de la policía de Nueva York se han utilizado para alterar las páginas de la Wikipedia que contienen detalles de la brutalidad policial. Las páginas fueron modificadas para mostrar a la policía de una manera más favorable y reducir las querellas por mala conducta policial.

En la noche del 3 de diciembre de 2014, después que un gran jurado de Staten Island decidiera no procesar al policía Daniel Pantaleo por la muerte de Eric Garner, desde la red de ordenadores de la policía se hicieron varias alteraciones de la entrada “Muerte de Eric Garner” en la Wikipedia.

Las modificaciones incluyen el cambio del texto donde se leía “empujar la cara de Garner contra la acera” por “empujar la cabeza de Garner abajo en la acera”. Otra edición alteró el texto que decía “La práctica de agarrar por el cuello ha sido prohibida”, para leer “La práctica del estrangulamiento es legal, pero ha sido prohibida”. Otras alteraciones adicionales sugirieron que “la muerte de Garner fue por su propia culpa”.

El 25 de noviembre de 2006 funcionarios encubiertos de la policía dispararon 50 veces a tres hombres desarmados, matando a Sean Bell, cuya muerte condujo a protestas generalizadas contra la brutalidad policial. El 12 de abril de 2007 desde la sede de la policía alguien trató de borrar la entrada de Wikipedia titulada “Incidente: disparo a Sean Bell”. En la página “Artículos para eliminar” de la web, el usuario escribió: “Ya a nadie le importa, excepto a Al Sharpton”.

En tres ocasiones, entre octubre de 2012 y marzo de 2013, desde la red de ordenadores del cuartel general de la policía alguien cambió la entrada de la Wikipedia “Para-y-registra en New York City”.

En la censura la policía utilizó al menos 85 IP de sus ordenadores para editar o tratar de eliminar entradas de Wikipedia. Las revisiones realizadas desde la policía violan la política de conflictos de interés de Wikipedia cuando la edición está promovida por intereses propios.

Todas las ediciones de la policía que se han logrado documentar se hicieron de forma anónima, en lugar de usar una cuenta de Wikipedia.

—http://www.motherjones.com/mojo/2015/03/nypd-editing-wikipedia-pages-eric-garner-sean-bell

El diario Washington Post dirigió la red de propaganda de la CIA

La semana pasada, el Washington Post publicaba un artículo de un redactor de nuevas tecnologías llamado Craig Timberg, afirmando que la inteligencia rusa estaba usando más de 200 portales de noticias independientes para bombear propaganda pro-Putin y anti-Clinton durante la campaña electoral. Bajo el apasionante titular, “El esfuerzo propagandístico ruso ayudó a difundir ‘noticias falsas’ durante las elecciones”, Timberg redacta su crónica basándose en los alegatos de ProporNot, al que Timberg cita como fuente anónima.

El catálogo de supuestos canales controlados por Putin de ProporNot apesta a las calumnias macarthistas de la época de la Guerra Fría. La lista negra incluye a algunos de los portales de noticias alternativos más reconocidos de internet, incluyendo Anti-war.com, Black Agenda Report, Truthdig, Naked Capitalism, Consortium News, Truthout, Lew Rockwell.com, Global Research, Unz.com, Zero Hedge y CounterPunch, entre muchos otros.

En el apogeo de la Guerra Fría, la CIA desarrolló su propio establo de escritores, editores y publicistas (abultado hasta al menos los 3.000 individuos) que pagaba para difundir la propaganda de la Agencia bajo un programa llamado Operación Calandria. La red de desinformación estaba supervisada por el último Philip Graham, antiguo editor del periódico de Timberg, el Washington Post.

El reportaje de Craig Timberg, que es tan sólido como las pintadas anónimas dibujadas en un cuarto de baño, da lugar a la sospecha de que el Washington Post todavía sigue siendo un jugador en el mismo viejo juego que perfeccionó en los cincuenta y continuó a lo largo de las décadas culminando en su crítica feroz de 1996 contra mi viejo amigo Gary Webb y su inmaculado informe sobre el tráfico de drogas de los contras apoyados por la CIA en los ochenta. El repugnante ataque del Washington Post sobre Webb fue encabezado, en parte, por el redactor de inteligencia del periódico Walter Pincus, él mismo una viejo pluimífero a sueldo de la CIA.

Para Timberg, éste fue probablemente solo otro día más en la oficina: arrojar algunas calumnias contra la pared y ver cuales se pegan antes de pasar a su siguiente gran primicia tecnológica (cortesía de los soplos de unos cuantos adolescentes anónimos en Cupertino, donde tiene su sede Apple) sobre fallos técnicos del software en el i-Phone 7.

Para sujetos del periodismo de conductores fugados como este, sin embargo, a menudo es un asunto completamente diferente. En el caso de Webb, los ataques deplorables e infundados del Post mataron su carrera como periodista de investigación y precipitaron una depresión fuera de control que terminó con Gary quitándose su propia vida. Aunque el propio inspector general de la CIA, Frederick Hitz, confirmó más tarde el contenido del informe de Webb, el Post nunca se retractó de sus historias infamantes o pidió disculpas por arruinar la vida de uno de los periodistas más sutiles y valientes del país.

Ahora parece que el periódico está dando vueltas para otro tiroteo desde el coche.

Casi desde su fundación en 1947, la CIA tuvo periodistas en su nómina, un hecho reconocido a voces por la Agencia en su declaración de 1976 cuando George H.W. Bush relevó a William Colby, cuando afirmó que “con efectos inmediatos, la CIA no entrará en ninguna relación pagada o contractual con ningún corresponsal de noticias a tiempo completo o parcial acreditado por ningún servicio de noticias, periódico, revista, red o estación de radio o televisión de Estados Unidos”.

Aunque la declaración también subrayaba que la CIA continuaría dando la “bienvenida” a la cooperación voluntaria y no pagada de periodistas, no hay razones para creer que la Agencia realmente parase las recompensas encubiertas al Cuarto Poder.

Sus prácticas a este respecto antes de 1976 han sido documentadas hasta cierto punto. En 1977, Carl Bernstein afrontó el tema en Rolling Stone, concluyendo que más de 400 periodistas habían mantenido algún tipo de alianza con la Agencia entre 1956 y 1972.

En 1997, el hijo de un alto responsable de la CIA bien conocido en los primeros años de la Agencia afirmó categóricamente, aunque extraoficialmente, que “por supuesto” que el poderoso y malévolo columnista Joseph Alsop “estaba en nómina”.

La manipulación mediática fue siempre una preocupación primordial de la CIA, así como del Pentágono. En su “Secret History of the CIA”, publicada en 2001, Joe Trento afirma que en 1948 el hombre de la CIA Frank Wisner fue nombrado director de la Oficina de Proyectos Especiales, pronto renombrada Oficina de Coordinación de Políticas (OPC), que se convirtió en la rama de espionaje y contrainteligencia de la CIA, siendo la primera en su lista de funciones designadas la de “propaganda”.

Más adelante en ese año Wisner lanzó una operación llamada en clave “Calandria”, para influir en la prensa doméstica estadounidense. Reclutó a Philip Graham del Washington Post para llevar el proyecto en la industria.

Trento escribe que “uno de los periodistas más importantes bajo el control de la Operación Calandria fue Joseph Alsop, cuyos artículos aparecieron en más de 300 periódicos diferentes”. Otros periodistas dispuestos a promover las opiniones de la CIA, incluyeron a Stewart Alsop (New York Herald Tribune), Ben Bradlee (Newsweek), James Reston (New York Times), Charles Douglas Jackson (Time Magazine), Walter Pincus (Washington Post), William C. Baggs (Miami News), Herb Gold (Miami News) y Charles Bartlett (Chattanooga Times).

Hacia 1953 la Operación Calandria tenía una gran influencia sobre 25 periódicos y agencias de noticias, incluyendo el New York Times, la CBS o Time. Las operaciones de Wisner estaban financiadas por desvíos de fondos previstos para el Plan Marshall. Algo de este dinero fue usado para sobornar a periodistas y editores.

En su libro “Mockingbird: The Subversion of the Free Press by the CIA”, Alex Constantine escribe que en los años cincuenta, “alrededor de 3.000 empleados asalariados y contratados de la CIA estaban finalmente implicados en esfuerzos de propaganda”.

Nunca podremos recoger el trigo si antes no lo separamos de la cizaña

Para un leninista es una obviedad poner de manifiesto que desde que existe el imperialismo existe también el socialimperialismo, que es uno de sus rasgos característicos, es decir, que los imperialistas reclutan a una parte de sus peones en el interior de la clase obrera, de los sindicatos y de esos que hoy, consecuencia de la desorganización imperante, se llaman “movimientos sociales”.

El socialimperialismo, el mero uso de un disfraz, hace que muchos no sean capaces de diferenciar a un antimperialista de su contrario, porque un socialimperialista no es otra cosa que eso exactamente: un imperialista. “Aunque la mona se vista de seda, mona se queda”. Una de las tareas que persigue el imperialismo es lograr que haya quienes se dediquen a pintarle todas las monas que pone en movimiento. No es que la mona se disfrace, se vista de lo que no es, sino que siempre hay alguien que le ayuda a organizar los múltiples carnavales que se celebran en este país: el carnaval comunista, el anarquista, el independentista…

Pondré un ejemplo para que no quepan dudas de lo que estoy hablando. El 8 de octubre, es decir, hace dos meses, la Librería Traficantes de Sueños de Madrid organizó la presentación del último libro de Leila Nachawati. Para quienes no lo sepan, desde hace años dicha librería tiene fama de difundir obras progresistas, e incluso revolucionarias algunas de ellas, mientras que Nachawati es una agente de la CIA en España.

Ese tipo de actos tienen por objeto lograr que Nachawati no parezca lo que es y los miembros de la librería se prestan a ello, a partir de lo cual podemos pensar dos cosas: 1) La teoría del “tonto útil”: los libreros no se han enterado de quién es Nachawati, no saben lo que se traen entre manos, lo cual desacredita mucho su trabajo; 2) Contribuyen deliberadamente a camuflar el trabajo de los espías de la CIA en España o, dicho con otras palabras, ayudan al imperialismo.

Por su propio trabajo, los libreros deberían tener dificultades para justificarse diciendo que sólo son los “tontos útiles” del imperialismo. En medio de tanta información como difunden, es difícil creerles si dicen que no saben quién es Nachawati, cómo funciona la CIA en cada país, las redes que tiende en cada uno de ellos, a dónde va a parar el dinero de la fundación Soros y el gran número de mercenarios que están dispuestos a venderse por un puñado de dólares. ¿Es que sólo venden libros?, ¿no leen?Además de llenar el mundo de armas, el imperialismo lo llena de confusión y hay quienes nadan en ella, se sienten a gusto y la propagan, por un motivo muy sencillo de entender: “A río revuelto ganancia de pescadores”. La confusión de unos con otros sirve siempre al más fuerte, al imperialismo, y hasta el más tonto sabe que los espías siempre van disfrazados de algo que no son.

Antiguamente las “medias tintas” no eran bien vistas, pero ahora ocurre al revés: los colectivos que se mueven en la ambigüedad quedan bien en los ambientes seudoprogresistas, mientras que a otros les corresponde el papel antipático, que alguno considera incluso “insultante” y hasta “dogmático”, de poner a cada uno en su sitio. Como decía Lenin, nunca podremos recoger el trigo si antes no lo separamos de la cizaña. En cualquier lucha hay que empezar por aclarar dónde está cada cual.

Aunque resulte desagradable decirlo, es obvio que, precisamente por la ambigüedad imperante, a su vez derivada de la debilidad de la vanguardia revolucionaria, hay quien aún no sabe cuál su sitio ni, por lo tanto, el sitio de los demás. No sabe quiénes son sus adversarios ni, por lo tanto, quiénes son sus amigos, quién le puede echar una mano. Si eso ocurre muy frecuentemente a escala local, con más razón cuando aludimos a un fenómeno complejo, como es el imperialismo.

Es cierto que en cualquier crítica o denuncia, por acertada que sea, se puede medir mal, acabando en esa serie de truculencias que a veces se leen y que se justifican a sí mismas por el mero hecho de “tener razón” o de “estar en lo cierto”. No basta con tener razón sino que hay que saber hacer valer esas razones.

Sin embargo, no todo es discutible. A diferencia de la burguesía, que es pragmática y se mueve por intereses, el movimiento obrero se atiene a principios: como se dice ahora, existen determinadas “líneas rojas” que nadie, absolutamente nadie, antifascistas, comunistas, anarquistas, independentistas, puede cruzar. De lo contrario, alguno podría creer que vestirse a sí mismo con una etiqueta le da patente de corso. Pues no es así. Podemos discutir si esas líneas están más acá o más allá, pero están en algún sitio.

La lucha contra el imperialismo es, sin duda, una de esas “líneas rojas”. Esto lo digo por lo siguiente: algún lector estará pensando en quién está autorizado a trazar esas líneas, y entonces cavila mal. Piense mejor en qué es lo que las dibuja, qué es lo que en cada momento impone determinados límites a cada cual, tanto a las personas, como a los colectivos o a las organizaciones.

Pues bien, en lo que al imperialismo concierne, las contradicciones han llegado al punto que amenazan con desatar una guerra que será, sin duda alguna, devastadora. No puede haber una demarcación más evidente, que está a conduciendo a que las máscaras vayan cayendo, a que los imperialistas y sus cómplices queden al descubierto. Lo que pone a cada uno en su sitio es, pues, el propio desarrollo de la lucha de clases, el imperialismo y la guerra. Es lo que está ocurriendo desde hace cinco años con Siria, que se reproducirá luego en cualquier otro lugar del mundo, siempre con los mismos protagonistas, travestidos o no.

4 agencias de noticias controlan la información que se genera en todo el mundo

Salvo para los profesionales, raramente las agencias de noticias están en el punto de mira, pero en todo el mundo ellas son las primeras y más importantes fuentes de noticias.

Hay que entender que ambas cosas son importantes. No solamente la posibilidad de llegar hasta los medios de comunicación más recónditos (prensa, radio, televisión, internet) que beben de estas fuentes, sino también ser los primeros en saber para ser los primeros en “informar”.

Es una redundancia poner de manifiesto que bajo el capital monopolista, las agencias de noticias son otra cosa que empresas monopolistas y cuatro de ellas acaparan la mayor parte de la comunicación que se genera en el mercado de la información. Se trata de las siguientes:

  1. La Associated Press de Estados Unidos, que cuenta con 4.000 periodistas repartidos por todo el orbe, aunque todo se dirige desde Nueva York. Sus noticias llegan a 12.000 medios, lo que supone la mitad de la población mundial

  2. La agencia France Press, que es casi pública, tiene su sede en París y emplea un número parecido de periodistas. Cada día esta agencia envía 3.000 noticias y 2.500 fotos a medios de todo el mundo.

  3. La agencia Reuters es británca y de capital privado, empleando a más de 3.000 trabajadores. En 2008 fue adquirida por el canadiense Thompson, una de las 25 personas más ricas del mundo, que ha trasladado la agencia de Londres a Nueva York.

  4. La agencia de prensa alemana DPA emplea a unas mil personas en unos 100 países distintos. Es una agencia que posee editoriales en la prensa alemana y cadenas de radio. Desde 2010 su redacción es la de Axel Springer en Berlín y colabora estrechamente con la Associated Press americana.

Como es obvio, además de formar una red monopolista, estas empresas forman parte del sistema de dominación imperialista, es decir, que no informan desde el Tercer Mundo sino desde Nueva York, Londres, París y Berlín. Allí deciden lo que es noticia y lo que no lo es. En el primer caso deciden también cómo se presenta la noticia, en qué términos. Por ejemplo, califican de “rebeldes” a los que tienen ocupada una parte de Alepo y de “régimen” al gobierno de Cuba.

No es ninguna casualidad que ese tipo de tratamiento sea uniforme, es decir, que a pesar de que hay cuatro grandes monopolios informativos, todos ellos utilicen las mismas expresiones, que no tienen nada ni de neutral ni de casual, ya que son decisiones muy meditadas que se corrigen a los periodistas que redactan las primeras versiones de las noticias.

En la comunicación el tamaño sí es importante. Si una noticia aparece en primera plana es porque el acontecimiento es de relieve. Si un telediario dedica varios minutos a una noticia, amplifica su dimensión. Si repite la noticia durante varios días, atrae la atención de mucha gente y de otros otros medios. Si luego, además, organiza una tertulia o un debate sobre ello, magnifica el asunto.

Por el contrario, lo que no se divulga no existe y lo que se divulga poco es poco importante. En España los medios (y especialmente La Sexta) lograron que durante meses todo el mundo hablara de Podemos antes incluso de presentarse a las elecciones. El “tamaño” de Podemos no procedía de una votación previa; la votación procedió del tamaño que la prensa le dio a Podemos.

Hay manifestaciones que los medios han decidido que no existen con la excusa de que la participación es ínfima. Sin embargo, hay minutos se silencio a la puerta de los ayuntamientos que están en la portada de los telediarios con apenas una docena de políticos y funcionarios.

Veamos un acontecimiento que el lector ignora casi con toda seguridad: en julio de este año la Iglesia ortodoxa rusa convocó una marcha a Kiev para pedir al gobierno ucraniano la paz en el Donbás. En ella participaron 100.000 personas como mínimo, según los pesimistas, y un millón de personas como máximo, según los optimistas. La marcha tuvo escalas en Berlín y en Moscú, agrupando a gente de muchos rincones de Europa central que se concentraron en un campamento nocturno en el centro de Kiev, absolutamente abarrotado.

En un magnífico reportaje de varios días, la cadena de televisión alternativa alemana Klagemauer TV retransmitió en directo la marcha, mientras que aquí no hemos tenido niguna noticia sobre ello. Cuando a alguien se le ocurrió pedir explicaciones a una cadena de televisión suiza sobre los motivos por los cuales no había prestado la más mínima atención a dicha marcha, la respuesta fue que ninguna agencia de prensa había informado tampoco de ello. Nadie les envió imágenes y, según su corresponsal en Kiev, el asunto no tuvo tanta importancia.

¿Para quién no tuvo importancia?

De Lenin a la guerra de las galaxias

El 23 de octubre del año pasado en Odesa, la ciudad ucraniana del Mar Negro, derribaron una estatua de Lenin que llevaba décadas sobre el pedestal, para sustituirla por Darth Vader, el personaje de la película “La guerra de las galaxias”. ¿Pretendían sustituir los fascistas ucranianos la realidad por la ficción?, ¿nos obligan a elegir entre el malo de la película (Darth Vader) y el malo de la historia (Lenin)?, ¿quién es peor de los dos?

No está tan claro que la saga de películas de George Lucas sea ficción. Hace un par de años la agencia de noticias Europa Press difundía un despacho titulado “¿A qué velocidad vuela el Halcón Milenario?” (1), es decir, la nave espacial de la película. Ya no se trata sólo de una película de Hollywood sino de los medios de comunicación, que no sólo hablan de la realidad como si fuera ficción, sino de la ficción como si fuera realidad.

Era la clásica noticia imbécil con la que las cadenas de televisión abren los noticiarios para hacer publicidad encubierta del estreno de una nueva película de la interminable saga, más galáctica que el Real Madrid. Basta hacer una búsqueda en internet para darse cuenta de que la inmensa mayoría de las “noticias” de prensa sobre “La guerra de las galaxias” son una colección de banalidades convertidas en reclamos publicitarios para vender algo.

En ese mercado está la clave de que en 2012 la multinacional Walt Disney pagara 4.000 millones de dólares por la adquisición de los estudios Lucas, fundados por el cineasta que dirigió las películas galácticas. Uno de los tentáculos de los estudios, Lucas Licensing, no es más que una oficina de gestión y recaudación del dinero generado por las patentes sobre la parafernalia (“merchandising”) asociada a las películas.

En 2011 dichas patentes reportaron 3.000 millones de dólares a los estudios Lucas. Entre 1977 y 2012 las ventas de juguetes, camisetas, tazas, mochilas y demás habían alcanzado los 20.000 millones de dólares, con 4.400 millones en entradas de cine y 3.800 en DVD, VHS y demás mercancías para las tiendas de chuches, como El Corte Inglés.

La multinacional Fox estrenó “La guerra de las galaxias” en 1977 y hasta ahora la saga es la más taquillera de la historia del cine. La primera película costó once millones de dólares y, sólo en Estados Unidos, acabó recaudando más de 460.

Pero todo esto no tiene nada que ver con el cine. En las Navidades del estreno la empresa Kenner, que había comprado la patente sobre la quincalla galáctica, se vio desbordada por la demanda de chatarrería. Tuvo que expedir unos certificados que le permitían al comprador canjearlos por cuatro figuras cuando el almacén se volviera a llenar de mercancía. Al año siguiente la empresa se embolsó unos cien millones de dólares. Entre 1978 y 1985 se vendieron unos 300 millones de juguetes galácticos.

Para que le financiaran la película, George Lucas renunció a 500.000 dólares de su sueldo como director a cambio de reservarse la patente de la mercadería paralela, algo que, a mediados de los setenta, nadie valoraba en Hollywood.

La saga se retroalimenta de sí misma, de su éxito de ventas y de sus millones de víctimas abducidas por la iconografía. Tiene infinidad de seguidores en todo el mundo, a los que llaman “fans”, o sea, fanáticos porque en esta sociedad uno puede ser “fan” del Sporting de Gijón, de David Bisbal o de “La guerra de las galaxias” pero no en los asuntos políticos porque eso es extremismo, radicalismo y está mal visto. En las manifestaciones los convocantes deberían sustituir el puño en alto, que es una amenaza, por la espada láser y el disfraz de Darth Vader.

A lo largo de la vida, los “fans” nunca se liberan de algo que tiene todo el aspecto de constituir una enfermedad congénita. Es toda una técnica de ingeniería social. El capital primero lava el cerebro a los mayores para luego pasar a atacar a los niños indefensos por medio de los anteriores. Los padres sólo cuidan el cuerpo de los niños, no su cabeza. No dejan que los niños se lleven a la boca un chicle que se les ha caído al suelo pero les regalan el Halcón Milenario, un droide como C3PO o R2D2 o una máscara del clon guerrero.

No hay ningún niño al que sus familiares no le hayan torturado con algún juguete de “La guerra de las galaxias” en Navidades o el día de su cumpleaños. Pero el juguete es de plástico y no vale nada. Los precios astronómicos que pagan los incautos de los padres y familiares por un pedazo de plástico financian patentes internacionales.

Marx diría que la quincalla de “La guerra de las galaxias” no sólo tiene un valor de cambio sino un valor de uso. Las mercancías son iconos de una cultura invasora, lo mismo que las especies exóticas. Pero los ecologistas son como los padres que regalan la espada láser a sus hijos: se preocupan de los seres vivos pero no de los inertes. Nunca han cuidado el ecosistema natural.

El mercado no conoce límites. No son sólo juguetes sino toda una quincalla de corbatas, camisetas, pulseras, pijamas… En 1997 se lanzó al mercado una versión actualizada del Monopoly ambientada en las galaxias, sus personajes y sus gigantescas naves espaciales. En setiembre de cada año, puntualmente, PlanetaDeAgostini, propiedad del fascista Jose Manuel Lara, pone a la venta en los kioskos el típico coleccionable con relatos, muñecos, relojes, DVD, cromos…

Los libros, álbumes, pósters, cromos y tebeos galácticos forman un cosmos. El listado de los libros de la saga da una idea de que la bodega de carga del Halcón Milenario tendría problemas para albergar la quincalla. Con la llegada de la era Disney, muchos de esos libros han sido descartados como “inconvenientes”, pero dan para semanas y meses de lectura.

Tras los libros vienen las viejas grabaciones en VHS y Betamax que se regalaban el día de los Reyes Magos y los cumpleaños y que luego pasaban de mano en mano. La técnica nos condujo de ahí a los DVD, videojuegos…

Hay millones de mercancías-iconos que llegan a millones de víctimas en todo el mundo. Casi nadie se ha librado de aquella invasión. Posiblemente sólo nos quede pedir asilo político en Corea del norte para escapar de Luke Skywalker, Chewbacca y los antidisturbios disfrazados de clones.Los científicos, que viven en las nubes, aún se preguntan si hay vida fuera de este planeta. Precisamente donde hay más vida es allá. Es un universo, pero de patentes y derechos de autor. Los estudios de Lucas tienen una base de datos con 17.000 personajes de la saga y 20.000 años de historia a la que llaman el Holocrón. Hay material para hacer películas sin descanso. Además de una base de datos hay páginas web (2) dedicadas a desentrañar al detalle todos y cada uno de esos datos, naves espaciales, planetas, robots…

La chatarrería de “La guerra de las galaxias” es para niños, no para niñas. En la saga apenas aparecen 800 personajes femeninos, cuando deberían ser la mitad, un fallo garrafal que esperemos que Disney resuelva en el futuro hasta equilibrar los porcentajes con un número suficiente de princesas galácticas.

Gracias a “La guerra de las galaxias” el inglés ha calado entre nosotros. Antes nos referíamos así, en castellano, a la película; ahora decimos “Star wars” porque estamos a la altura de los tiempos. Nos compramos un diccionario en casa para no quedar en ridículo cuando nos hablan de ewoks, droides, jedi, sith… De ahí pasamos al manual, la gramática, los adverbios y el pretérito pluscuamperfecto del verbo to fuck…

Pero la verdadera faena es que vayas a Olot de viaje y los restaurantes tengan el menú en catalán. Hay que poner el grito en el cielo porque de lo contrario los catalanes nos acabarán imponiendo su idioma y su cultura a los españoles.

(1) https://www.europapress.es/cultura/cine-00128/noticia-velocidad-vuela-halcon-milenario-20141214113743.html
(2) https://latino.starwars.com/banco-de-datos

Los Hombres de los Cuatro Minutos

En Estados Unidos se conoce como “Los Hombres de los Cuatro Minutos” a los 75.000 agitadores enviados por el presidente Woodrow Wilson para pronunciar breves charlas en todos los teatros y cines del país durante la Primera Guerra Mundial. Wilson trataba de que la población de Estados Unidos cambiara su opinión contraria a la guerra imperialista, para forzar la intervención militar en la misma.Ha quedado como una pieza maestra en el arte de la persuasión política. El tema de sus intervenciones fue siempre el mismo: la necesidad que tenía el país de entrar en la guerra mundial y la captación de fondos para sostener a la industria de fabricación de armamento. Los guiones para esas intervenciones los suministraba el Comité de Información Pública, un organismo creado por la Casa Blanca para desarrollar labores de propaganda a favor de la guerra. Los discursos duraban cuatro minutos porque era el tiempo que se tardaba en cambiar las bobinas de las películas en los cines y, según los especialistas, el promedio de atención humana para que un mensaje calara entre los oyentes.

Al Comité de Información Pública se le conoce también como el Comité Creel, un nombre tomado de George Creel, el periodista encargado por Wilson para dirigirlo. Creel dirigió la primera gran campaña de propaganda política de la historia. Escribió un buen número de libros sobre su experiencia de esa época. En los últimos años de su vida fue un ferviente anticomunista y colaboró con McCarthy y Nixon en la “caza de brujas” de los años cuarenta y cincuenta.

En 1917 Europa llevaba ya tres años en guerra. Woodrow Wilson acababa de ser reelegido presidente de Estados Unidos con un programa político pacifista porque la población estadounidenses estaba en contra de la intervención en la guerra imperialista de manera muy mayoritaria. Pero los tiburones del capital querían entrar en la guerra a toda costa para convertirla en una gran negocio y el gobierno jugó con la “democracia” como acostumbra.

En lugar de permanecer al margen, como había prometido, se puso de parte de los grandes capitalistas, aunque antes se preocupó de que la población cambiara de opinión. Para ello puso en marcha una gran campaña de propaganda. Entre otras “herramientas”, a principios de junio de 1917 el gobierno creó los “Four Minute Men” (Los Hombres de los Cuatro Minutos).

La iniciativa procedió de un capitalista de Chicago, Donald M. Ryerson, que viajó a Washington para explicar el proyecto a Creel, que inmediatamente le encargó convertir a Los Hombres de los Cuatro Minutos en un movimiento nacional.

El 6 de abril de 1917 el Congreso de Estados Unidos declaró la guerra a Alemania y el gobierno no sólo había cambiado radicalmente la opinión de la población sino que fue mucho más allá: 14 millones de personas se presentaron voluntarias para combatir en Europa. Nunca se había visto nada semejante. Cuando en 1919 terminó la guerra, los 75.000 Hombres de los Cuatro Minutos habían pronunciado 7,5 millones de discursos, delante de 315 millones de estadounidenses y en 5.200 comunidades. Aquella agitación política únicamente le costó 101.000 dólares al erario público.Se conocen muchas de las indicaciones que el Comité Creel envió a los agitadores, que hoy los expertos en intoxicación mediática de las universidades estudian con avidez porque siguen siendo el mejor manual de propaganda política. Por ejemplo, el Comité de Información Pública les recordaba que, al disponer de sólo cuatro minutos, no había tiempo “para una sola palabra perdida”. Les recomendaba escribir y memorizar el discurso, y dividirlo meticulosamente en varias partes: 15 segundos para la apertura, 45 para describir el enlace, 15 para el llamamiento final. El manual dice:

“Nunca ha habido un discurso que no haya podido mejorarse. Nunca hay que estar satisfecho con el éxito. Trate de tener más éxito, y aún más éxito. Mantenga los ojos abiertos. Lea todos los periódicos todos los días, para encontrar un nuevo lema o una nueva frase o una nueva idea para reemplazar algo que tiene en su discurso […] Si las ideas son buenas, debe planear introducirlas en la experiencia de sus oyentes. Pero no ceda a la inspiración del momento, ni se aparte de su esquema por los aplausos. Puede agregar una palabra o dos, pero recuerde que sólo puede hablar 130, 140 ó 150 palabras por minuto y, si su discurso se ha preparado cuidadosamente para llenar cuatro minutos, no le podrá añadir nada sin quitar algo de importancia. Necesitamos su ayuda para hacer del ‘Four Minute Men’ la fuerza más poderosa para despertar el patriotismo en Estados Unidos”.

A partir de entonces en Washington comprendieron lo que había que hacer para darle la vuelta a cualquier opinión, por más arraigada que estuviera entre la población. Hoy los imperialistas no sólo tienen 75.000 agitadores sino muchos más y mucho mejor equipados con papeles, micrófonos, cine, televisores y redes sociales. Los Hombres de los Cuatro Minutos son ahora profesionales y pueden cambiar cualquier opinión que tengamos en nuestra cabeza por la contraria. Es muy posible que ya la hayan cambiado.

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