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Fascistas, racistas y supremacistas en Estados Unidos

Cuesta creer que en Estados Unidos, en pleno siglo XXI, sigan siendo legales las esvásticas, los saludos nazis y realizar marchas por la supremacía blanca en las que el odio y la violencia son las atracciones principales. Un pasado manchado por el racismo y masacres en nombre de la raza blanca no han sido suficiente razón para poner límites a la libertad de expresión.

El supremacismo blanco y el terrorismo blanco siguen siendo un problema para Estados Unidos. Se hizo creer que las capuchas blancas y las antorchas, emblemas del Ku Klux Klan, quedaron enterradas en los años 60 tras la firma del Pacto International de Derechos Civiles y Políticos. Sin embargo, la realidad es muy distinta. Desde que se pusiese fin a la segregación racial en Estados Unidos, los ataques y manifestaciones por la supremacía blanca han demostrado que una alarmante parte de la sociedad sigue siendo fiel a estos pensamientos.

Muestra de ello es que el ataque terrorista más sangriento de la historia estadounidense antes del 11S fue llevado a cabo por un extremista antiestatal en nombre de la raza blanca. En abril de 1995, Timothy McVeigh hacía detonar una bomba que derribaba un edificio en el centro de Oklahoma City. El atentado ponía fin a la vida de 168 personas, incluyendo niños, y hería a casi 700 personas.

Después de más de dos décadas del atentando, el panorama no parece haber mejorado. La crisis económica, la reciente llegada de inmigrantes y refugiados en busca de un futuro mejor, así como la amenaza yihadista, han servido de excusa para la reavivación de movimientos de supremacismo blanco. La victoria de Donald Trump, además, ha creado un ambiente en el que estos movimientos se sienten cómodos para luchar por su causa. Lejos de aparecer como una figura sólida en la lucha contra el racismo, Trump ha conseguido con sus discursos de odio crear el caldo de cultivo perfecto para avivar las polaridades.

El pasado 19 de agosto se hacía evidente esta realidad. Lo que comenzaba como una “marcha pacífica” por la supremacía blanca en Charlottesville acababa con la muerte de Heater D. Heyer tras ser atropellada por un simpatizante nazi que decidió dirigir su coche a toda velocidad hacia un grupo de personas que se manifestaban en contra de la marcha Unite the Right.

Saber quiénes componen actualmente el movimiento por la supremacía blanca en Estados Unidos y qué es lo que desean puede ayudar a procurar un futuro mejor en la lucha contra el racismo.

Los orígenes del supremacismo blanco

El supremacismo blanco está tan arraigado en la historia de Estados Unidos que parece complicado determinar la fecha exacta en la que comenzó, pero parece acertado empezar con la caída de los estados de la Confederación y la creación del Ku Klux Klan.

Son motivos puramente económicos los que dan pie al racismo en el país. Las colonias europeas en Estados Unidos comenzaron a traer esclavos para potenciar la economía del país, y del siglo XVI al XIX la supervivencia de la nación dependía totalmente de ellos. Así, los estados del país, especialmente los del sur, crearon un sistema económico basado en la mano de obra no remunerada esclava que les permitía obtener ganancias exorbitantes. Pero en 1865 la derrota de los estados de la Confederación en la guerra de Secesión, la implementación de Gobiernos liderados por republicanos y el Decreto de Reconstrucción, que por primera vez en la Historia de los Estados Unidos de América liberaba a esclavos y otorgaba ciertos derechos políticos a los ciudadanos afroamericanos en el sur, acababa con la bicoca de la que tanto se habían beneficiado los sureños. Este nuevo panorama no fue aceptado con júbilo por los estados de la antigua Confederación; no bastaba con presenciar la caída de sus ejércitos, ahora también serían testigos del derrumbe de su sistema socioeconómico.

Es así como una noche de diciembre de 1865 seis jóvenes veteranos de la Confederación con ganas de matar su aburrimiento se reunían en Pulaski, Tennessee, para crear un club social secreto. Su idea inicial era crear un grupo que fuese inusual y sonase misterioso para despertar la curiosidad de unos cuantos y gastar bromas a la población afroamericana. Para ello consideraron que el nombre Ku Klux Klan (KKK), procedente de la palabra griega kuklos —de donde derivan ‘círculo’ y ‘ciclo’—, hacía la función perfecta. Por las noches cubrían sus cuerpos con sábanas y capuchas blancas y, conscientes de la fama de supersticiosos de la población afroamericana, se dedicaban a ir de puerta en puerta haciéndose pasar por militares sedientos caídos en la guerra de Secesión. Pero lo que comenzó como un pasatiempo pronto pasaría a convertirse en una organización seria, con un gran número de simpatizantes, y dejarían las bromas a un lado para apabullar a la sociedad afroamericana y hacer de su historia una macabra.

Los miembros del KKK pronto se dieron cuenta de que sus atuendos eran un mecanismo eficaz para asustar no solo a afroamericanos, sino también a la población blanca.

Del KKK al intelectualismo ‘alt right’

La historia del KKK viene marcada por tres grandes etapas que han ido adaptándose a los acontecimientos de la Historia. La primera etapa fue tras su fundación en 1865. Su objetivo principal era aterrorizar a republicanos y la población afroamericana para evitar que participasen en las elecciones y, así, que los demócratas volviesen a hacerse con las riendas del sur. En 1867 los representantes de las diferentes facciones del Klan se reunían en Nashville, Tennessee, para acordar que la filosofía de la supremacía blanca sería el credo del KKK. Esta se basa en que la raza blanca, debido a su superioridad genética, debe estar por encima de las demás razas y que para ello se deben crear sociedades puramente blancas. Pero la violencia, el descontrol del grupo y la victoria de los demócratas en los estados sureños hicieron que a finales de 1869 el Klan dejase de existir.

En los años 20 la llegada masiva de inmigrantes de Europa, la recesión económica tras la Primera Guerra Mundial, la migración de afroamericanos del sur al norte del país y la llegada de libertades políticas y sexuales hicieron que el KKK volviese a emerger. En 1915 William J. Simmons, inspirado por la película “The Birth of a Nation”, reaviva el Klan y amplía la lista de enemigos a todas las personas que no fuesen blancas o que, aun siéndolo, fueran inmorales, es decir, que llevaran a cabo prácticas contra el cristianismo protestante o antipatrióticas. Así, el grupo, debido a su mezcla explosiva de xenofobia, prejuicio religioso, supremacismo blanco y conservadurismo moral, comenzó a tener una mayor aceptación social, pues no solo apelaba a racistas, sino también a cristianos que perseguían una reforma moral que frenase la modernización desbocada del país. Pero a partir de los años 30 este momento apoteósico se vio frustrado por la Gran Depresión, las portadas de periódicos plagadas con las inmoralidades cometidas por los líderes del Klan y la multa de casi 700.000 dólares al grupo por evasión de impuestos. Las antorchas del KKK se apagaban una vez más.

En los años 50 resurge de nuevo durante el movimiento por los derechos civiles. Esta nueva etapa supone una época de transformación para el grupo. En primer lugar, se vuelve más violento que nunca; se empieza a hablar del “terrorismo blanco”. En segundo lugar, su retórica racista durante un periodo de auge para la segregación motivó a personas ajenas al movimiento a participar en sus campañas de terror. Y, en tercer lugar, la llegada de ideas nazis al país debido a la Segunda Guerra Mundial hizo que el KKK no se llevase todo el mérito en la lucha por la supremacía blanca. Grupos neonazis, paramilitares y cristianos extremistas, tan fragmentados como el KKK de esta etapa, comenzaron a trabajar reclutando a personas que el Klan falló en atraer por ofrecer un abanico reducido de posibilidades en su odio. Debido a esto, el movimiento por la supremacía blanca ha tomado desde los años 70 diferentes aspectos y direcciones.

Además, la victimización que el movimiento adopta a partir de los años 80 es un factor esencial que tener en cuenta para poder entender su ideología actual. Inicialmente, su objetivo era luchar para mantener el dominio blanco, pero, a medida que la realidad política y social comenzó a evolucionar, el movimiento supremacista también lo hizo. Vieron que luchar para prevenir su extinción parecía una causa más noble para justificar sus actuaciones. Por eso, el eslogan que hoy impera entre ellos es el de “las 14 palabras”: “We must secure the existence of our people and a future for white children”, esto es, “Debemos asegurar la existencia de nuestra gente y un futuro para los niños blancos”. Este victimismo resulta en lo que califican de “genocidio blanco”.

La extrema derecha actualmente está compuesta principalmente por supremacistas blancos, que creen que la raza blanca es biológica y culturalmente superior al resto; nacionalistas blancos, que apoyan la idea de crear sociedades exclusivamente blancas; neonazis, admiradores de Hitler y que sienten un odio especial hacia los judíos, todas las personas no blancas, la comunidad LGTB y las personas con discapacidades; facciones que siguen los valores clásicos del KKK, y el movimiento “alt right”. Este último, presente también en la manifestación de Charlottesville, es una corriente que está ganando mucho peso por considerarse el movimiento intelectual del supremacismo blanco. El termino “alt right” —derecha alternativa— fue inventando por Richar Betrand Spencer en 2008, un nacionalista blanco que aboga por una “limpieza étnica pacífica” en Estados Unidos. El éxito del movimiento viene dado por su divulgación en las redes sociales, sus memes y su presencia en internet, que permite que seguidores con diferentes creencias puedan participar de manera anónima. Apela al victimismo típico del supremacismo —consideran que la identidad blanca está en peligro y que hay que preservar los valores tradicionales occidentales— e intentan incrementar la calidad del movimiento captando a jóvenes intelectuales conservadores.

Antifas y ‘Black lives matter’: ¿sus opuestos?

Tras la manifestación en Charlottesville, son muchos los que no han tardado en asegurar que “White lives matter” (WLM), movimiento que reivindica “los derechos de los blancos”, ha surgido como oposición al racismo y la violencia del movimiento “Black lives matter” (BLM) y que los antifascistas o antifas son el grupo de la extrema izquierda homólogo a “alt right”.

Primeramente, los movimientos de “White lives matter” y “Black lives matter” no se pueden comparar. El primero es un movimiento racista y violento; el segundo, no. BLM existe porque en la actualidad la población afroamericana sigue siendo víctima de la discriminación y recibe un trato diferente que la población blanca. Sus manifestaciones son pacíficas e incluyen gente de diferentes etnias y orientación sexual. Por el contrario, WLM está liderado por grupos supremacistas, como el KKK y el Partido Nazi Americano, que lo que pretenden es crear una sociedad en la que no haya cabida a la diversidad de razas, sexualidades y culturas, por lo que en sus manifestaciones solo se verán personas blancas, occidentales y, en principio, heterosexuales. De ser violento el BLM, resultaría contraproducente para sus objetivos: optar por la violencia para acabar con la violencia sería como echar piedras sobre su propio tejado. En cambio, los defensores de WLM no necesitan hacer mérito de los medios que utilizan para conseguir sus metas para ser conscientes de su brutalidad.

Por otro lado, el presidente Trump hacía responsables de la tragedia de Charlotessville a “ambas partes”, con lo que se refería tanto a “alt right” como a una supuesta izquierda alternativa —“alt left”—. Sin embargo, aún no existe un movimiento autodenominado “alt left”; a lo que el presidente probablemente se quería referir es al movimiento antifascista —comúnmente conocido como antifa—, ­presente desde hace décadas en Europa, pero nuevo para Estados Unidos Este movimiento está compuesto por anarquistas, socialistas y comunistas que comparten una causa común: acabar con la extrema derecha y el supremacismo blanco. Es por esto que pueden dar la sensación de ser aliados en la lucha contra el supremacismo. No obstante, tampoco dudan en utilizar la violencia para conseguir sus fines y consideran que está moralmente justificado el uso de la fuerza contra la extrema derecha, por lo que al final del día, según sus detractores, no dejan de ser distintos a los defensores de los supremacistas. El Centro Legal para la Pobreza Sureña, conocido por su labor contra el racismo, afirmaba que el uso de la violencia no es la herramienta más eficaz para acabar con los racistas y antisemitas.

Pero la realidad es que, por mucho que se intente comparar BLM y los antifas con WLM, los niveles de violencia ejercidos los supremacistas impiden una comparativa objetiva.

Indudablemente, lo que más fuerza ha dado a estos movimientos fanáticos es que legalmente tienen el derecho a manifestar y hacer apología de sus creencias. La Primera Enmienda de la Constitución restringe la capacidad del Gobierno de limitar el ejercicio de la libertad de expresión; de ahí que la marcha en Charlottesville fuese totalmente legal. Las esvásticas, saludos nazis y cantos de violencia como “Fuera los judíos” o “Sangre y tierra” pueden resultar chocantes en la actualidad por los actos cometidos en nombre de la ideología que estos símbolos sustentan, pero se consideran amparados por la libertad de expresión.

Andrea Moreno http://elordenmundial.com/2017/09/25/racismo-y-fanatismo-el-supremacismo-blanco-en-ee-uu/

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Franco y las redes fascistas internacionales en la posguerra europea

Entre los mitos arraigados del franquismo, uno de los que mejor sobrevive el paso del tiempo, tanto en el imaginario popular como en los círculos académicos, es el de un régimen aislado del mundo, una dictadura singular y exclusivamente endógena, un producto político típicamente español –como la cultura íbera o la tauromaquia– y sin vínculo con la Europa resurgida de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial. Pero tras la leyenda se esconde la verdad, con sus claroscuros y su complejidad: ni el franquismo fue una dictadura autóctona –en su sentido ideológico, material y cultural– ni Franco un caudillo refractario al trato con el exterior.

En los últimos tiempos, los historiadores están poco a poco tratando de romper esa penúltima barrera de la mitología franquista: la de su sempiterno aislacionismo. “Transnational Fascism in Twentieth Century: Spain, Italy and the Global Neo-fascist Network” (Bloomsbury Academic, 2016), de los investigadores Pablo Del Hierro y Matteo Albanese, es una de esas obras que contribuye a liquidar la quimera del aislacionismo en uno de los aspectos más controvertidos de la dictadura: su simpatía hacia los movimientos fascistas resurgidos tras la caída de Hitler. Del Hierro, profesor de la Universidad de Maastricht, y Albanese, docente en la de Lisboa, muestran cómo el Estado franquista, con el propio Franco y sus ministros a la cabeza, financió con millones de liras los movimientos neofascistas italianos (primero al MSI, luego a Orden Nuovo). El franquismo, lejos de ser un actor pasivo y doméstico, se implicó en la escena internacional más de lo que se cree, se preocupó por la deriva política en su entorno cercano, en el que trataba de influir con dinero y presiones de distinto tipo, y sirvió de refugio dorado para antiguos fascistas italianos, belgas o croatas.

El estudio de Del Hierro y Albanese abarca, cronológicamente, bastante más que los años centrales del nacionalcatolicismo. Por un lado se remonta a los orígenes y primeros pasos de Falange –años 30– y los entonces incipientes contactos con el fascismo mussoliniano, y por otro se extiende hasta las décadas de los setenta y comienzos de los ochenta, cuando las conexiones entre la extrema derecha española e italiana vivieron su canto de cisne. Transnational Fascism in Twentieth Century, todavía sin traducción al español, despliega dos ideas capitales. Una de ellas, desmenuzada en los párrafos anteriores, es la de que el franquismo no permaneció al margen de la lucha por las ideas tras la Segunda Guerra Mundial; otra, que el fascismo, como ideología global, no se diluyó en el bunker de Berlín ni a la orilla del lago de Garda, sino que supo sobrevivir larvado y mutar de lenguaje, métodos y objetivos durante la posguerra europea. La Segunda Guerra Mundial fue un punto y aparte, pero también en cierta manera un punto y seguido; el fascismo es un ejemplo de cómo las ideas que contribuyeron a hacer estallar la contienda mundial sobrevivieron a su exterminio físico; y en este sentido, el régimen de Franco llegó a convertirse el nexo fundamental en el desarrollo y crecimiento de la redes de extrema derecha durante las décadas venideras.

Parte de la obra de Del Hierro y Albanese abarca la conflictiva década de 1970. Los llamados años de la estrategia de la tensión en Italia y del tránsito de la dictadura a la democracia en España. Años de atentados terroristas, secuestros, presiones políticas y temores ciudadanos en los que las relaciones trasnacionales entre el fascismo italiano y la extrema derecha española experimentaron su canto de cisne. Años sin duda violentos, pero huérfanos todavía –sobre todo en España– de una explicación histórica alejada del mito de la modélica y pacífica transición.

España debía proceder con urgencia a una revisión crítica de su transición, matar al padre, hacer como Francia con el periodo de la resistencia o Alemania con el nazismo, salvando las distancias temporales y trágicas. No se trataba, como burdamente a veces se concibe, de moralizar en el sentido contrario la transición. Hablar de régimen del 78 como un periodo sucio y turbio, carente de legitimidad; sino de introducir el bisturí del análisis histórico desprejuiciado –que no despolitizado, el matiz es importante– en lo que hasta ahora había sido una ciénaga donde, por si las moscas, era mejor no introducirse.

— Empezáis el libro con una breve pero sutil referencia al presente. Como historiadores, estáis convencidos de que para evitar el resurgimiento del fascismo en Europa hay que comprender bien su génesis y desarrollo. ¿Qué hemos entendido mal hasta ahora? ¿Cómo educar a la sociedad para prevenir de nuevo, en un contexto de populismo y ultranacionalismo crecientes, el resurgimiento de grupos fascistas?

— Nosotros creemos que la clave nos la da Umberto Eco quien en su artículo Ur-Fascism, de 1995, nos explicaba cómo las sociedades democráticas debían mantenerse alerta y no olvidar nunca lo que significa el fascismo. En su opinión, el fascismo como ideología universal no había desaparecido de Europa tras la Segunda Guerra Mundial; simplemente se había mantenido escondido a la espera de un contexto más adecuado para poder resurgir. El problema, advertía Eco, es que cuando resurgiera, lo haría de manera distinta, bajo otro envoltorio. En ese contexto, los nuevos fascistas no irían más con camisas negras, dando palizas a judíos y pidiendo que se reabriese Auschwitz. No, el fascismo podría presentarse de las formas más inocentes. En realidad, el artículo de Eco apunta a un tema de discontinuidades y continuidades. La Segunda Guerra Mundial se interpreta tradicionalmente como un turning point clásico, ya que cambió muchas cosas en el mundo occidental. Sin embargo, no todo fue cambio; numerosos elementos de la Europa de entreguerras permanecieron inalterados en nuestras sociedades. La ideología fascista constituye uno de esos casos. La guerra implicó el final de los regímenes fascistas, pero no de su ideología. La ideología sobrevivió de la mano de los propios fascistas que lograron escapar de los aliados. Gente como Leon Degrelle, Otto Skorzeny, Ante Pavelic, Gastone Gambara o Filippo Anfuso, que se refugiaron en España después de 1945 y lograron transmitir sus ideas a las nuevas generaciones. Por supuesto, esas nuevas generaciones adaptaron el pensamiento a sus propias circunstancias y al nuevo contexto internacional. Ello ha llevado a un intenso debate académico sobre cómo denominar la ideología resultante, dependiendo de la valoración de las continuidades o las discontinuidades. El término “extremismo de derecha” posee un mayor valor explicativo y tiene más rigor; sin embargo, nosotros sostenemos que no pone suficiente énfasis en el tema de las muchas continuidades entre el periodo de entreguerras y los años posteriores a 1945. Es por ello que nosotros preferimos usar el término neo-fascismo, que deja muy claro que es un fascismo evolucionado, con muchos cambios, algunos de ellos importantes, pero en el que la esencia sigue allí desde 1922. Y es nuestro deber recordárselo a la sociedad para que esté atenta y no se deje engañar por ese “fascismo de paisano” que denunciaba Eco.

— ¿Se entiende mejor la violencia terrorista, en este caso en concreto la violencia de extrema derecha, desde una perspectiva transnacional? ¿Qué aporta esta visión que no aportara la tradicional perspectiva autóctona o simplemente nacional del fenómeno?

— Otra de las premisas de las que parte nuestra investigación es que el fascismo, como ideología de vocación universal, es inherentemente transnacional. Es una manera de entender el mundo que no se puede contener exclusivamente dentro de las fronteras nacionales; el fascismo debía extenderse por todos los países hasta convertirse en un fenómeno global. De hecho, y como demostramos en el libro, la ideología fascista viajó (y sigue viajando) mucho: partiendo de Italia se extendió por todo el mundo, ganando adeptos desde Adelaida hasta Buenos Aires, desde Londres hasta Johanesburgo. Entender cómo esa ideología se mueve a través de los países y es reinterpretada por las personas dependiendo de las distintas coyunturas es una tarea fundamental para el estudio del fascismo en el siglo XX, pero también en el XXI. Asimismo, es importante comprender que el fascismo contenía en sí una interpretación de la violencia política y del terrorismo que tampoco se limitaba al espacio nacional. El jefe de los servicios secretos del régimen de Mussolini, Mario Roatta, ya había encargado el asesinato de comunistas exiliados en Francia en los años treinta a través de una red de contactos entre fronteras. Los elementos fascistas de la colonia italiana en París, Nueva York y Buenos Aires habían llevado la violencia política a las calles de sus ciudades durante la década de los veinte en un intento por universalizar la ideología fascista. En este sentido, lo que pasa en Italia en los años sesenta y en España en los setenta no es nada nuevo; el terrorismo de derechas, como parte de la ideología fascista, se mueve a través de las fronteras y los académicos debemos ser conscientes de ello si queremos entender el fenómeno adecuadamente. También es necesario aclarar que la perspectiva transnacional no niega los enfoques nacionales o locales. Los enriquece al ofrecernos otra manera de mirar a este tipo de fenómenos. En otras palabras, la clave nacional es importante para entender el fascismo y el terrorismo neofascista, pero no suficiente. En este sentido, la perspectiva transnacional es complementaria y, en nuestra opinión, enriquecedora.

— ¿Cómo explican, como historiadores, la gran paradoja del neofascismo de combinar el ultranacionalismo con el internacionalismo? ¿Qué ventajas tuvo para ellos, para su supervivencia y extensión a lo largo de las décadas, el combinar ambas?

— La ideología fascista (y (neo)fascista) es inherentemente contradictoria. Igualmente, hay que entender que el fascismo, como ideología política, es bastante más pobre que otras ideologías. Por ejemplo, si coges el anarquismo, el liberalismo o el marxismo, puedes encontrar bibliotecas enteras con sus obras fundacionales o textos de gran calado filosófico que discuten su naturaleza. El fascismo produjo mucha menos literatura de calidad; apenas sí hay libros que expliquen su naturaleza o sus principales características. Esto ha favorecido que a lo largo de los años se hayan hecho numerosas interpretaciones, también entre los propios correligionarios, y ello ha potenciado los aspectos contradictorios. Por otro lado, hay que volver a recalcar que nosotros vemos el fascismo como una ideología intrínsecamente transnacional. También su funcionamiento lo fue. Ya desde sus inicios el régimen de Mussolini creó canales para propagar la ideología por todo el mundo. En 1934 por ejemplo, las autoridades italianas organizan en Montreux la primera conferencia de partidos fascistas del mundo a la que acuden representantes de 39 países (entre ellos España). Más tarde, la Guerra Civil supone uno de los puntos álgidos del fascismo transnacional: de hecho, a España vienen voluntarios de muchos países para luchar a favor de los ejércitos franquistas: no sólo italianos, también irlandeses, alemanes, portugueses o rumanos. Sin embargo, es a partir de 1945 cuando se acentúa el funcionamiento transnacional en un mayor grado: la derrota del Eje en la guerra, y, sobre todo, la huida forzosa a otros países convence a los supervivientes fascistas de que la única manera de mantenerse vivos y, con ellos, su ideología, es operando a través de las fronteras. De hecho, si no hubiese sido por la ayuda de los regímenes de Franco, Salazar o Perón, y de los fascistas que allí vivían, esas personas no habrían podido eludir la persecución aliada. Así pues, esa generación de fascistas vive en primera persona las ventajas de operar a través de las fronteras nacionales y se convence de que vivimos ya en un mundo global donde los confines entre países importan cada vez menos; estas convicciones serán transmitidas a las nuevas generaciones de neofascistas que llevarán ya ese sello transnacional en su ADN político.

— Tradicionalmente, se considera a Franco y su régimen como un modelo profundamente aislacionista. Ustedes demuestran que no lo era, y no solo eso, sino que, en años todavía de penuria como son los primeros 50, el régimen financió los movimientos neofascistas italianos para tratar de obtener cierto beneficio político (quizá también por la nostalgia de los buenos tiempos del dictador) del asunto. Franco como mecenas del neofascismo… ¿Por qué hasta ahora no se había puesto el dedo en esta llaga? El régimen franquista como refugio de viejos luchadores fascistas… ¿No se la jugaba Franco con esto? ¿Qué beneficios obtenía de esta política? ¿Tan impune se sentía, en el plano internacional, como para hacer del país un refugio del fascismo internacional pese a la aparente vigilancia a la que las potencias internacionales tenían sometido al Estado?

— El franquismo crea ya en 1943 una narrativa de régimen meramente autóctono, que no recibe ninguna influencia del extranjero. Lo hace a sabiendas de que la Segunda Guerra Mundial se está decantando a favor de los aliados y que estos no van a ver con buenos ojos a un régimen formado con la inestimable ayuda de Hitler y de Mussolini. La solución está clara: crear una historia oficial que presente la Guerra Civil como un conflicto exclusivamente entre españoles, en el que la intervención extranjera fuera casi inexistente. Lo mismo se hace con todas las estructuras del régimen, incluyendo Falange: no existió ni influencia ni inspiración proveniente del extranjero; todo autóctono. Ahí se empieza a fraguar la leyenda del aislacionismo del país, y del Spain is different. En realidad, eso le convenía al régimen de Franco. Y obviamente, a fuerza de repetirlo esa narrativa cala en todos los sectores de la sociedad, incluyendo en el sector académico. Afortunadamente la cosa está empezando a cambiar, y los trabajos de historiadores como Ferrán Gallego, Ismael Saz, Ángel Alcalde o Javier Muñoz Soro, entre otros, son buena prueba de ello. Por otro lado, también es necesario explicar que el análisis de estos contactos transnacionales no es nada fácil desde el punto de vista práctico. Matteo Albanese y yo hemos tenido que visitar archivos de seis países para tratar de encontrar las piezas del puzle. Además, nosotros estábamos buscando documentos que normalmente brillan por su ausencia: los diplomáticos franquistas no solían dejar constancia de los pagos entregados a grupos neofascistas de otros países. En muchos casos, era como buscar una aguja en un pajar, con el agravante de que los archivos hispano-italianos funcionan bastante mal, como ya hemos dicho.

— Sobre el terrorismo de extrema derecha en España en los 70 se ha pasado, y se sigue pasando, de puntillas. ¿A qué creen que se debe esto? ¿Cierta voluntad política de olvido premeditado? ¿Miedo latente a desnudar una parte del pasado que muchos pretender obviar? ¿Sucede igual en Italia con los años de la estrategia de la tensión o allí el pasado ha sido más removido y está más normalizado?

— Respecto a la cuestión de los años 70 es necesario añadir un argumento adicional: la noción de la Transición española como un mito intocable. Yo me licencié en historia contemporánea por la UCM en el año 2004. A esas alturas, la transición era explicada por el personal docente como un proceso ejemplar y pacífico, casi inmaculado; ello venía corroborado por la mayor parte de los periodistas y políticos del país. En consecuencia, los alumnos no sentíamos la necesidad de indagar en este proceso desde una perspectiva crítica. En todo caso, estudiábamos cómo el modelo español podía ser visto como ejemplo por la comunidad internacional y exportado a otros lugares. En otras palabras, se potenciaba el estudio de la transición de manera acrítica y desde el punto de vista de las relaciones internacionales. Las cosas empezaron a cambiar con la crisis de 2008 y con el estallido de los grandes escándalos de corrupción. Ello nos convenció aún más de proseguir con nuestra investigación tratando de ir más allá del mito, al mismo tiempo que evitábamos acabar en el otro lado del espectro. En efecto, uno de los problemas de estudiar la Transición es el maniqueísmo que muchas veces permea del debate: si la Transición no fue modélica como nos dijeron, entonces fue un desastre de la que no cabe salvar nada. Nosotros simplemente nos esforzamos por buscar una imagen más moderada que se ajustara en mayor medida a la realidad de las fuentes que estábamos consultando. La Transición tuvo muchas cosas buenas. Pero admitir eso no quiere decir que la Transición fuese perfecta. No lo fue. Tuvo también muchos elementos negativos: fue violenta, injusta para con las víctimas del franquismo, y demasiado benévola con los verdugos. Integrar esos dos elementos en un relato fue nuestro desafío y creo que el de muchos historiadores a día de hoy.

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El ‘Mein Kampf’ de Hitler de nuevo en la librería más próxima

Las cadenas de televisión han anunciado a bombo y plantillo la reedición del “Mein Kampf” de Hitler. Da la impresión de que, hasta ahora, ese libro estaba prohibido, lo cual es falso.Lo novedoso no es la reedición del libro; lo realmente sorprendente es la publicidad que le han dado.

Las noticias han asegurado, además, que su “liberación” ha sido posible gracias a que este año 2016 caducan los derechos de autor. ¿Pretendió Hitler sacar un dinerillo cobrando por las ventas de su libro?, ¿realmente pensaba en eso cuando estaba en la cárcel?

Pero empecemos por el principio: Hitler no escribió el “Mein Kampf”; a lo máximo se lo dictó a Rudolf Hess y, en lo que a mi respecta, si en la obra hay alguna idea, creo que corresponde más a Hess que a Hitler.

La parafernalia de la noticia justificaba esta reedición diciendo que no se trataba de hacer propaganda del nazismo sino de presentar una obra “crítica” avalada por prestigiosos historiadores y bla, bla, bla.

Pero no creo que haya habido ningún nazi que se haya convencido de su ideología leyendo una obra que es soporífera y farragosa. Es más, no creo que los nazis se caractericen por su afición a la lectura sino, más bien, por quemar libros.

Por seguir aclarando las cosas: dudo mucho que la reedición “crítica” de cualquier otro tipo de obra política del siglo pasado obtenga nunca tal publicidad por parte de las cadenas de televisión.

Como es costumbre en ese tipo de noticias, la verdad está ausente. En España el “Mein Kampf” es una obra de libre disposición que nunca ha tenido ningún problema de censura.

La censura es un problema europeo, un asunto de mala conciencia por haber sido Europa la cuna del nazismo, de las grandes guerras y las grandes matanzas. Los europeos, que se creen a sí mismos el ombligo del mundo, necesitan la censura para exorcizar sus fantasmas porque siguen viviendo con ellos.

En otros continentes no ocurre lo mismo. Por ejemplo, hace años que en la India la Editorial Jaico y otras cinco parecidas editan una y otra vez el “Main Kampf”.

En internet el “Mein Kampf” siempre ha estado disponible. ¿Por qué se ha orquestado ahora esta campaña con el libro? Porque el fascismo está de moda, pero está de moda en Europa, donde los fantasmas obligan a disfrazar el fenómeno con otros nombres, como el de “ultras”.

En Grecia un partido nazi como “Amanecer Dorado” concurre a las elecciones y tiene representación parlamentaria.

En Croacia los ustachis están eufóricos desde la “independencia” del país y convocan grandes conciertos en el Estadio Maximir a los que acuden con sus boinas y camisas negras, al más viejo estilo.

El presidente turco Erdogan ha declarado que le gustaría ejercer los mismos poderes que tuvo Hitler y, posiblemente, de la misma manera, un indicativo de una marea de fondo que hay en los partidos parlamentarios turcos calificados púdicamente como “nacionalistas”.

Los “nacionalistas” turcos lo son casi tanto como los del Frente Nacional de Le Pen en Francia, otro partido con amplia representación institucional escondido bajo mil eufemismos que impiden llamar a las cosas por su nombre.

¿Qué os voy a contar de Ucrania, de Svoboda, de Pravy Sektor, del Batallón Azov o de la masacre de Odesa que no sepáis ya?

¿Y de Jörg Haider en Austria, donde los nazis se llaman “El Partido de la Libertad”? Es algo típico de Europa, el baluarte de las libertades por antonomasia.

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Los financieros que auparon a Hitler al poder

Durante el proceso de Nuremberg, el ministro de Economía del III Reich, Hjalmar Schacht, pidió reciprocidad: si a él le sentaban en el banquillo por financiar el hitlerismo, también deberían sentarse a su lado Ford, la General Motors y el banquero británico Norman Montagu por los mismos motivos. Pronto el servicio secreto estadounidense le visitó para ofrecerle inmunidad a cambio de silencio. A pesar de las protestas soviéticas, el Tribunal le absolvió.

El apoyo de los imperialistas anglosajones a la Alemania nazi siempre se ha tratado de mantener en secreto. Al mayor crucero fabricado por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial Hitler le puso su nombre de un financiero suizo, Wilhelm Gustloff, asesinado “en extrañas circunstancias” en Davos en 1936. Como buen suizo, Gustloff era un intermediario entre Schacht y los financieros anglosajones.

Otro fallecido en 1947 en circunstancias no menos extrañas, “problemas estomacales”, fue el general de las SS y tesorero del partido nazi Franz Schwartz poco antes de abandonar el campo de Ratisbona. Dos años antes Schwartz había quemado en la sede del Estado Mayor del partido nazi en Munich los comprobantes de las transferencias bancarias efectuadas por los capitalistas anglosajones a favor de los nazis alemanes.

A pesar de los asesinatos y las hogueras, las pruebas de la complicidad de los monopolistas estadounidenses y británicos con el III Reich han ido apareciendo. Durante 20 años el historiador italiano Guido Giacomo Preparata se ha especializado en la investigación de estos lazos. Los nazis no se financiaron a sí mismos, tampoco fueron financiados sólo por los monopolistas alemanes. Según Preparata la mayor parte de los medios procedieron del exterior y tienen nombres y apellidos sonoros. Morgan y Rockefeller promocionaron en Wall Street las acciones del monopolio químico IG Farben a través del banco Chase National. El gigante siderúrgico Krupp que impulsó el rearme alemán estuvo bajo el control de la Standard Oil de Rockefeller a través de la banca Dillon y Reid (Vereinigte Stahlwerke Alfred Thiessen).

En 1933, cuando era evidente que AEG había financiado a Hitler, el 30 por ciento de las acciones pertenecían a su socio americano, General Electric. Durante 14 años (1919-1933), asegura Panata, el capital financiero anglosajón se involucró de manera activa en la política interna de Alemania para fomentar a una organización ultrarreaccionaria a la que esperaban utilizar como peón. “Inglaterra y Estados Unidos no crearon el hitlerismo, pero sí las condiciones en las cuales ese fenómeno apareció”, concluye el historiador italiano.

El historiador alemán Joachim Fest defiende la misma tesis. En el otoño de 1923 Hitler viajó a Zurich y volvió “con un cofre lleno de francos suizos y dólares fraccionarios”. Era la víspera del llamado “golpe de la cerveza” con el que Hitler lanzó una primera tentativa de hacerse con el poder por la fuerza. El donante era sir Henry Deterding, el patrón de la petrolera anglo-holandesa Shell. No fue la única entrega. Otro de los pagos lo hizo a través del suizo Wilhelm Gustloff.

El tribunal que juzgó el golpe de Estado hitleriano reconoció que para prepararlo el partido nazi había recibido 20.000 dólares de los industriales de Nuremberg pero la estimación de los gastos era 20 vences superior a esa cifra. A pesar de que a Hitler le condenaron a cinco años de cárcel por alta traición, sólo cumplió unos pocos meses. Al salir compró la mansión Berghof y relanzó de nuevo el periódico “Völkischer Beobachter”. Desde entonces los monopolistas que sostenían a Hitler (Thyssen, Vogler, Schröder y Kirdorf) volcaron el dinero a espuertas en el proyecto nazi. Los funcionarios y provocadores nazis empezaron a cobrar en moneda extranjera. De los patrocinadores más importantes, Vogler y Schröder no eran exactamente alemanes sino más bien capitalistas estadounidenses. Su capital procedía del otro lado del Atlántico. Otro de los financieros de Hitler era Max Warburg, director de IG Farben y hermano de Paul Warburg, director del Banco de la Reserva Federal de Nueva York. Lo mismo cabe decir de Carl Bosch, jefe de la división alemana de la Ford. Todos estos grandes monopolistas siempre supieron que el “anticapitalismo” nazi era pura demagogia.

En 1931 un periodista del Detroit News viajó a Alemania para entrevistar a Hitler, un político prometedor, y quedó sorprendido por el retrato que Hitler tenía encima de su mesa de trabajo: era Henri Ford. “Lo considero como mi inspirador”, dijo Hitler al periodista americano. Pero más que un inspirador Ford era un mecenas generoso de los nazis. Ambos, Ford y Hitler, hablaban el mismo lenguaje antisemita. En los años veinte Ford pagó una edición de medio millón de ejemplares del “Protocolo de los Sabios de Sión”, el libro de cabecera de la reacción oscurantista europea. Los envió a Alemania, así como dos de sus libros “El judaísmo mundial” y “Las actividades de los judíos en América”. En 1938 el III Reich le condecoró con los más altos honores: la Gran Cruz del Águila imperial. Durante el acto Ford lloró de emoción. Desde aquel momento Ford asumió la financiación del proyecto nazi Volkswagen como fuera el suyo propio.

Cuando estalló la guerra, una ley aprobada por Estado Unidos prohibió toda clase de colaboración con “el enemigo”, pero Ford no se dió por enterado. En 1940 se negó a ensamblar los motores de los aviones de combate ingleses y su nueva fábrica en Possy, Francia, comenzó a fabricar motores para los aviones de la Luftwaffe. Las filiales europeas de Ford siguieron fabricando camiones para la Wehrmacht y su filial en Argel suministrada camiones y blindados a Rommel.

Cuando al final de la guerra la aviación aliada bombardeó Colonia sólo los edificios de Ford quedaron en pie. No obstante, Ford y General Motors obtuvieron compensación del gobierno de Estado Unidos por los daños “causados a sus propiedades en territorio enemigo”. La General Motors tenía uno de los holdings automovilísticos más importantes de Alemania, Opel, que fabricaba los camiones militares Blitz, un modelo que sirvió de base a los nazis para crear los “gazenwagen” o cámaras de gas rodantes. A comienzos de la Segunda Guerra Mundial las inversiones de las empresas estadounidenses en sus filiales alemanas alcanzaban a un todo de 800 millones de dólares, de los que 17,5 eran de Ford.

Algunos historiadores se preguntan por qué el Presidente Roosvelt envió a Suiza a Allen Dulles, uno de los jefes del servicio de inteligencia OSS, el antecedente de la CIA. ¿Trató de negociar por separado con los nazis? En enero de 1932 Hitler, entonces un político prometedor, se entrevistó con el financiero británico Norman Montagu en presencia de varios políticos estadoundenses, entre ellos los hermanos Dulles. Es posible, pero no se puede afirmar con rotundidad, que el británico se comprometiera a financiar al partido nazi de manera encubierta. La presencia de Allen Dulles así lo indica. Al fin y al cabo los Dulles estuvieron en las operaciones más oscuras del imperialismo, desde el apoyo a los nazis hasta el asesinato de Kennedy.

Las fuentes historiográficas apuntan a que desde la campaña electoral alemana de 1930, el papel de Dulles en Suiza era el de hacer llegar el dinero de los imperialistas occidentales a Hitler. También el monopolio químico IG Farben puso mucho dinero en los bolsillos de Hitler, pero IG Farben no era otra cosa que una filial de la Standard Oil de Rockefeller y fue precisamente Rockefeller quien envió a Dulles a Suiza a negociar con los nazis. Al final de la guerrra fue Dulles personalmente quien interrogó al general Wolf sobre el destino de las reservas de oro nazis. Le ordenaron recuperar al menos una parte de los gastos ocasionados.

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Las cuatro metamorfosis del Estado franquista

La muerte de Adolfo Suárez ha devuelto al primer plano a la transición por enésima vez, como los naufragios arrojan a la playa los restos de un viejo barco que se ha ido a pique. Ha sido otra lección de idealismo histórico, un desfile de los famosos personajes que la hicieron posible, es decir, de los que hicieron lo imposible porque todo siguiera igual. Para ello lo cambiaron todo. Ha ocurrido como en esos programas de la tele en los que te reforman tu casa de arriba abajo. Cuando vuelves a entrar en ella ya no parece tu casa, pero en realidad sí es tu casa, sigue siendo tu casa, es la misma casa. Pues alguno sigue sin enterarse.

Con Suárez ha pasado como con Franco. Exactamente igual. Los reportajes no han tratado sobre su muerte -que sólo interesa a su familia- sino sobre su vida, bien entendido que se trata sólo de su vida política, de Suárez como “personalidad”, aunque no tuviera ninguna personalidad, ya que se trataba de una marioneta cuyos hilos movían los militares fascistas.

La muerte de Franco resultó oportuna porque el régimen que se inició en 1939 fue “su régimen”, el franquismo, y los reformistas domesticados de aquella época -como los de hoy- se pasaron años especulando acerca de lo que podría ocurrir cuando Franco muriera porque -como bien sabe el idealismo histórico- los asuntos políticos son consecuencia de la naturaleza humana, de la vida y de la muerte y, por lo tanto, el franquismo dependía de la vida de Franco, de su estado salud. Por eso en 1974 su postrera enfermedad les puso a todos en vilo. El futuro de España dependía de una flebitis.

La transición empieza al año siguiente con la muerte de Franco, igual que el tiempo y la historia se empiezan a contar con Jesucristo. Hay una época antes de él que viene explicada en el Antiguo Testamento, y hay otra después, el Nuevo Testamento. Todo acaba y empieza con la vida y la muerte de alguien. Nada de modos de producción ni cosas parecidas. Lo que separa a una época histórica de otra son grandes personajes históricos, como Jesucristo o Franco. El franquismo era imposible e impensable con Franco muerto porque se trataba de una dictadura personalista, lo mismo que el cristianismo es una religión que ronda en torno a la vida y milagros de Cristo.

¿Es esto una estupidez? En efecto, lo es. Luego también es otra auténtica estupidez creer que la transición empezó en 1975 porque Franco se murió por culpa de una flebitis. ¿Cómo acabar con la estupidez histórica? Podemos empezar por enunciar dos preguntas. La primera es por qué empezó la transición y la segunda es cuándo empezó.

La lucha de clases es el motor de la historia y, por lo tanto, también de los cambios que se producen en los Estados, cualesquiera que sean. Los Estados cambian porque cambian las clases y las luchas de clases, interna e internacionalmente, se puede decir que casi continuamente. Son el antígeno y el anticuerpo del sistema inmunitario: uno es el espejo del otro. Lo que no es tan conocido es que los cambios de un Estado no llegan después de la lucha de clases sino que se preparan para ella, es decir, que son anteriores a los choques entre ellas.

El Estado franquista no fue una excepción, sino que también fue cambiando en vida de Franco, hasta el punto de que adelantó sus propios funerales, todo con el único fin de subsistir, de mantenerse y de sucederse a sí mismo. Los cambios más importantes fueron cuatro, que voy a enumerar sucintamente. Todos ellos tienen en común que fueron acometidos por el Ministerio de la Presidencia (hoy desaparecido) que dirigía el almirante Carrero Blanco.

El primer cambio fue una profunda reforma burocrática que acometió el régimen en los años cincuenta, durante los cuales cambió radicalmente el funcionamiento de todas y cada uno de las instituciones públicas, que daban síntomas evidentes de obsolescencia desde hacía mucho tiempo. Sin este cambio el régimen no hubiera podido emprender ningún otro.

El segundo fue el Plan de Estabilización de 1959 que acabó con la autarquía económica, incorporó a España plenamente a los mercados internacionales e inició los planes de desarrollo de los años sesenta que transformaron España de arriba abajo en un país de capitalismo monopolista de Estado.

El tercero fue el típico cambio que anticipaba los acontecimientos antes de que se produjeran: en 1969 Franco nombró a Juan Carlos como su sucesor a título de rey saltándose la línea dinástica. El príncipe heredero no sucedía a su padre sino a Franco. Esta monarquía empieza con Franco y se convierte en una pieza tan importante del franquismo como el propio Franco, hasta el punto de que el rey también sucede a Franco al frente del Ejército fascista, verdadero pilar del régimen. El rey aseguraba la continuidad del franquismo para cuando Franco muriera. La monarquía es el franquismo sin Franco.

El cuarto fue la reforma política, como se la llamó entonces, o sea, la transición en sentido estricto. Se acometió como consecuencia de un crecimiento de la lucha de clases, que aisló y puso al régimen contra las cuerdas. El operativo consistió en cambiar el decorado, lo cual aún tiene a más de uno despistado: primero les hicieron creer que el régimen franquista era de partido único y luego bastó añadir algún partido más para que pareciera otra cosa.

Puro ilusionismo, magia política. La candidez de algunos era tan pasmante que bastó cambiar de gobierno para hacerles creer que en realidad lo que había cambiado era el Estado.

La verdadera transición política consistió en lo siguiente: en que el Estado no dejó de ser franquista pero la oposición sí dejó de ser antifranquista. Y lo que es peor: seguimos exactamente igual que entonces. Los que dicen ser la oposición no son antifascistas -dicen- porque eso ha dejado de ser necesario. Ya estamos en una democracia burguesa.

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Cambiar algo para que todo siga igual

El materialismo histórico es una concepción científica acerca de la sociedad y de la historia que, como cualquier otra, tiene sus propios conceptos, uno de los cuales es el fascismo, que fue acuñado por la Internacional Comunista sobre la base de las tesis que Lenin dejó establecidas acerca del imperialismo, y que él mismo resumió de la siguiente manera:

“El viraje de la democracia a la reacción política constituye la superestructura política de la nueva economía, del capitalismo monopolista (el imperialismo es el capitalismo monopolista). La democracia corresponde a la libre competencia. La reacción política corresponde al monopolio […]

“Tanto en la política exterior como en la interior, el imperialismo tiende por igual a conculcar la democracia, tiende a la reacción. En este sentido resulta indiscutible que el imperialismo es la ‘negación’ de la democracia en general, de toda la democracia” (1).

Naturalmente quienes están al margen del materialismo histórico no están de acuerdo con esa y otras tesis leninistas, ni utilizan los mismos conceptos científicos, ni son capaces tampoco de criticar a Lenin, Dimitrov y la Internacional Comunista, el núcleo de cuyas posiciones es que el imperialismo es la negación de la democracia.

Una burda falsificación del parlamentarismo

Además de legalidad, los Estados se rodean de legitimidad, tanto más en cuanto que la dominación de clase se impone sobre una base social muy estrecha, como es el caso de la burguesía monopolista, cuya legitimación reposa sobre la democracia. Por consiguiente, en la época imperialista la burguesía entra en contradicción con los propios fundamentos de su dominación y trata de esconderlos bajo diferentes disfraces que, en última instancia, como decía Dimitrov, son otras tantas falsificaciones burdas del parlamentarismo (2), es decir, del binomio pluripartidismo y elecciones, lo cual conduce a ese lema tan extendido de que “tenemos el gobierno que nos merecemos” (3). En definitiva, que la responsabilidad es nuestra, como siempre, porque no votamos a la opción correcta, que siempre suele ser reformista.

Esas concepciones son intolerables. Derivan de la confusión de la legitimidad con la legalidad, que corre paralela con la del Estado y el gobierno, olvidando que lo que habitualmente se conoce como “cuestiones de Estado” están por encima de los gobiernos, los partidos y las elecciones. Es más, no cambian (casi) nunca y, sin embargo, no suelen ser objeto de atención. En palabras de Dimitrov, el fascismo no concierne al gobierno sino al Estado; no es un simple cambio de gobierno sino de la “forma estatal de la dominación de clase de la burguesía” (4).

En 1935 Dimitrov tituló su informe a la Internacional Comunista como la “ofensiva del fascismo” porque en aquel momento ese era su rasgo más característico. Históricamente el fascismo nace por la manera brutal en que la burguesía enfrenta una situación de crisis provocada por el desafío del movimiento obrero tras la Revolución de Octubre. La ofensiva fascista de la burguesía supuso, correlativamente, la defensiva del movimiento obrero, por no decir su derrota y aplastamiento, con las conocidas secuelas represivas, campos de concentración, clandestinidad, exilio, etc.

Esa situación explica los motivos por los que el fascismo nace históricamente, así como sus consecuencias, pero no la esencia del fascismo mismo como superestructura política del Estado burgués característica de la época del imperialismo. Por lo tanto, el fascismo no se identifica ni con aquella etapa, ni tampoco con alguna de las formas concretas que ha revestido en alguno de los países, por ejemplo, con el corporativismo italiano.

Ahora bien, afirma Dimitrov, no se puede establecer un esquema general sobre el desarrollo del fascismo (5) y, en cualquier caso, el partido comunista debe prever el paso de las formas defensivas a las ofensivas (6). Con tanta más razón en aquellos países, como España y Portugal, en los que el fascismo ha tenido una historia larga, que no coincide con la experiencia política de otros países, como Alemania o Italia, donde fue derrotado en 1945, es decir, en donde la experiencia fue relativamente breve, lo que ha contribuido a su mixtificación al presentarlo como un régimen excepcional, un paréntesis político, tras el cual el Estado burgués vuelve siempre a su forma “normal”, que es la democracia burguesa.

Sobre la base de la experiencia de esos países, los oportunistas consideran que el materialismo histórico está equivocado y que la historia es reversible, que la tendencia general del imperialismo es hacia la democracia burguesa. Cuando Lenin habla de una “ley histórica”, como el viraje de la democracia hacia la reacción política en la época del imperialismo, se refiere a una “tendencia” sobre la cual actúan fuerzas que operan ese sentido y fuerzas que operan en el opuesto y, aunque se pueden poner ejemplos opuestos, la tendencia dominante es la que Lenin, Dimitrov y la Internacional Comunista establecieron correctamente.

El caso de España así lo demuestra y es inconcebible que el regreso a la democracia burguesa se traslade a nuestro país, en donde el fascismo ni ha sido derrotado, ni ha tenido una historia corta. Del mismo modo que Marx y Engels pudieron desentrañar la esencia del capitalismo en aquel país, Inglaterra, el que había tenido una trayectoria más larga, la naturaleza política del fascismo se debe analizar en países como España, que es su modelo más acabado y teniendo en cuenta, como exigía Dimitrov, su evolución a lo largo del tiempo, sus cambios históricos y, muy especialmente, la transición.

¿Obstaculiza el fascismo el desarrollo de las fuerzas productivas?

En España el análisis del fascismo empieza con una vieja batalla ideológica contra las concepciones eurocomunistas de Carrillo, según las cuales el fascismo no le interesa a la burguesía, o al capital financiero, porque impide el desarrollo de las fuerzas productivas. Pero la evidencia histórica al respecto no puede ser más contundente: el fascismo es la más poderosa palanca de acumulación de capital porque somete al movimiento obrero a un régimen brutal de terror y a unas condiciones laborales leoninas. Así sucedió en España en la posguerra, donde miles de trabajadores fueron explotados en un régimen de semi-esclavitud y en donde tras el Plan de Estabilización de 1959 millones de campesinos tuvieron que emigrar, bien al exterior o bien a las ciudades. Los planes de desarrollo posteriores que el fascismo implementó convirtieron a España de un país semi-feudal a otro de capitalismo monopolista.

A veces esa misma tesis revisionista presenta otro formato, según el cual el fascismo impedía el desarrollo de las fuerzas productivas porque en la Europa democrática no admitían el ingreso de un régimen fascista como España. Esto también es rotundamente falso. Para justificar su claudicación, Carrillo y los eurocomunistas invirtieron la relación causal. Según ellos la incorporación económica formal a la Unión Europea era la causa y no la consecuencia de la integración económica. Pero España ya formaba parte integrante del mercado europeo antes del ingreso de España en la Unión Europea. En 1959 el capitalismo español se incorporó plenamente al mercado mundial y, específicamente, al europeo. La transformación monopolista de los años sesenta fue acelerada precisamente por esa inserción de España en los mercados exteriores y, más exactamente, por tres palancas fundamentales: la emigración al exterior, las inversiones de capital extranjero y el turismo.

Para llegar a dicha conclusión no es necesaria ninguna argumentación alambicada, porque es más que evidente que el capitalismo no aparca un buen negocio con un país por la naturaleza de su régimen político. Es sabido que los capitalistas de las democracias más relucientes no tienen escrúpulos en firmar sabrosos contratos con los criminales más sanguinarios, y lo mismo hizo la Unión Europea con el franquismo. Por ejemplo, el 29 de junio de 1970 la Comunidad Económica Europea, como se llamaba entonces, firmó con el gobierno franquista lo que se llamaba “un acuerdo preferencial”.

No se trata sólo del vínculo de España con Europa, sino con cada uno de los países europeos. Uno de los ejemplos más llamativos fue la construcción en 1969 de la central nuclear de Vandellós I, prevista para la fabricación de armas atómicas. El capital de la central no sólo era propiedad de una empresa mixta hispano-francesa, sino que su tecnología también era francesa. A un país capitalista como Francia, cuna de los derechos humanos, no sólo no le importaba la naturaleza fascista del régimen español sino que estaba dispuesto a dotarle de armamento nuclear.

El fascismo es consecuencia de la crisis general del capitalismo

Entre los rasgos con los que Lenin caracterizó al imperialismo destaca que en dicha fase el capitalismo entra en una etapa de crisis generalizada, que no sólo es económica sino también política. Le dedica un capítulo completo a analizar este fenómeno, que le parece “muy importante” (7). El parasitismo, la descomposición, el estancamiento, son otras tantas “tendencias” actuales del capitalismo a las que también se le pueden encontrar excepciones que confirman la regla. Las crisis económicas, como la actual, no son cíclicas, por lo que no van a encontrar salida dentro del propio capitalismo. El fascismo es la adaptación del Estado burgués a esa situación de descomposición y crisis general, es decir, tanto económica como política, que en España alcanza cotas de verdadera degeneración, como estamos comprobando a diario.

La transición española fue uno de esos ejemplos de crisis general, a la vez económica y política, del sistema de dominación burgués que el franquismo pretendió resolver no suicidándose sino sucediéndose a sí mismo. La naturaleza de un régimen político, como cualquier fenómeno social y político, no se puede estudiar recurriendo a los tópicos seudo-marxistas sobre “hegemonía”, “bloques de clases”, “alianzas entre fracciones de clase” y demás. Ese tipo de recursos vacíos lo que pretenden es encubrir los hechos que hay que poner encima de la mesa: si España fue en un tiempo un régimen fascista y actualmente es democrático burgués es porque hubo un momento en el cual se produjo una modificación en la naturaleza Estado, tan profunda que se puede caracterizar como una excepción a las leyes del materialismo histórico, e incluso más: se puede decir que el materialismo histórico ha vuelto a equivocarse de nuevo y que la historia marcha en la dirección contraria de la prevista por Lenin, Dimitrov y la Internacional Comunista.

Salvo los más recalcitrantes reformistas, hoy no hay ninguna organización antifascista -que yo sepa- que reivindique el Estado actual como una conquista propia, es decir, que afirme: “Desde 1939 nosotros estuvimos luchando por este Estado”. Más bien lo que dicen es lo contrario: “Desde 1939 nosotros estuvimos luchando contra este Estado”. Por lo tanto, el cambio producido durante la transición no fue una conquista de ninguna organización popular sino una maniobra interna del propio régimen. La historia no muestra el caso de un régimen político que se suicide, es decir, deje de ser lo que es para convertirse en otra cosa distinta. De ello se desprende que a partir de 1975 la reforma política la dirigieron los propios fascistas y que el objetivo que perseguían con ella no era el de debilitar su dominación sobre las masas populares, sino reforzarla. Por último, si los fascistas hicieron algún tipo de cambio no fue porque dejaran de ser lo que siempre habían sido, fascistas, sino porque se vieron obligados a ello por el movimiento popular que durante la transición les había puesto en una situación de crisis muy peligrosa.

Al exponer quién estaba detrás del cambio y para qué hizo el cambio, con qué propósitos actuó, hay que descartar lo obvio: efectivamente, es verdad, hubo un cambio. Ante una crisis, el régimen dominante tiene que hacer algo para salir de ella, tiene que introducir innovaciones. Lo que se trata de saber es si esos cambios tuvieron una entidad cualitativa suficiente como para alterar la naturaleza política del Estado y, además, invertir la “tendencia” política del imperialismo hacia la reacción, la destrucción de las organizaciones de clase y la liquidación de las libertades. Eso es lo que tienen que mostrar.

En ese sentido el posicionamiento de las organizaciones revolucionarias hacia la transición es significativo porque, si el materialismo histórico no se equivoca, deberíamos suponer que quienes consideran que la transición supuso una transformación cualitativa del Estado a la democracia burguesa es porque han analizado al detalle aquella época y pueden mostrar muchos ejemplos de que en España la historia se volvió del revés. Pero no es eso lo que está ocurriendo, sino más bien al contrario, la transición está fuera de la agenda de los grupos comunistas y antifascistas en España; incluso lo consideran algo superado y exótico y, por decirlo más claramente, para ellos la transición es un tabú. No han explicado lo que deberían.

El materialismo histórico no admite vacíos ideológicos, y menos en la historia más reciente, porque favorecen la penetración de la ideología burguesa entre las filas del proletariado, que es lo que viene sucediendo actualmente en España. Al no replantear la transición, el movimiento antifascista en España ha asumido como propia la argumentación de la burguesía, que habla a través de los periodistas, los historiadores y sus políticos profesionales. No es que las organizaciones revolucionarias no tengan una posición propia sobre la transición, sino algo peor: han asumido y aceptado la de la burguesía. El discurso de unos (fascistas) y otros (antifascistas) coincide plenamente: durante la transición se produjo un cambio sustancial en la naturaleza del Estado.

Esa coincidencia con la ideología dominante conduce al abandono de las armas antes de empezar el combate y le está sirviendo en bandeja a la burguesía española lo que para ella es lo más importante, su gran coartada. Los fascistas escuchan de los labios de sus enemigos de clase lo que querían oír: que son demócratas. Incluso algunos comunistas legitiman a un Estado como el español que carecía de legitimidad hasta la transición. Sin embargo, no son capaces de responder a la pregunta: ¿qué ocurrió durante la transición que fuera capaz de legitimar a un Estado que hasta entonces carecía de ella? ¿dónde está esa legitimidad? ¿en qué se fundamenta?

Esas preguntas se multiplican con las recientes propuestas reformistas acerca de la necesidad de una “segunda transición”, que seguramente pretenden que sea igual (de fraudulenta) que la primera. ¿No será que reivindican la segunda precisamente porque no ha habido una primera, es decir, porque nada cambió entonces y quieren que nada cambie tampoco ahora? El hecho es que la transición, que creían olvidada o que querían olvidar, retorna de nuevo. Está otra vez en las calles, donde se oyen cosas como “Lo llaman democracia y no lo es”. Pues si España no es una democracia, ¿qué es entonces?

La naturaleza de la represión fascista

La asimilación del fascismo a la represión es otro estereotipo erróneo: un régimen no es democrático cuando reprime poco, ni es fascista cuando reprime mucho. En España este argumento tan absurdo es reiterativo en los momentos de represión intensa, como los actuales, o cuando saltan los casos de torturas. Parece que los días que no hay detenidos se puede hablar de democracia y cuando los hay lo que corresponde es tildar al régimen de “franquista” o protestar por el “regreso a la dictadura”. Naturalmente es una frase retórica y oportunista cien por cien que demuestra que para ellos el fascismo es un arma arrojadiza, no un concepto fundamental del materialismo histórico. Como explicó Dimitrov, es un error calificar como fascismo cualquier medida reaccionaria de la burguesía (8).

La identificación del fascismo por el volumen de represión nace del propio origen del fascismo como fuerza de choque de la burguesía en la época del imperialismo para frenar el auge del movimiento obrero y revolucionario. Dado que en algunos países esa primera ofensiva del fascismo fue derrotada en la Segunda Guerra Mundial, el fascismo se identifica con sus formas coyunturales originarias, especialmente con Hitler y Mussolini, los campos de concentración, las torturas brutales o la liquidación de los derechos fundamentales.

Pero el fascismo no es consecuencia de la represión, sino al revés. Las formas de represión cambian con las formas de dominación. Hay tribunales, cárceles y policías en todos los Estados, de donde los oportunistas deducen que los tribunales, las cárceles y los policías funcionan de la misma manera. Es una opinión muy extendida que se apoya sobre comodines selectos, el principal de los cuales es la manoseada “naturaleza de clase del Estado burgués”, que acude al empleo de una represión que, en ocasiones, es incluso brutal, a pesar del carácter democrático del Estado, como ocurrió tras la Comuna de París.

Aquí hay un profundo error metodológico. El marxismo-leninismo es, como repitió Lenin, un análisis de lo concreto, de lo diferencial y, por lo tanto, de lo histórico. En todos los países capitalistas el capitalismo no es el mismo. El análisis empieza a partir del momento en el que se identifica a un país como capitalista y, sin embargo, se diferencia de otros países que también son capitalistas, es decir, cuando es capaz de establecer tanto la unidad como la diferencia de cada país.

El materialismo histórico no conoce argumentaciones que estén por encima de la historia, es decir, que se refieran a cualquier país en cualquier época. Es lo que sucede con la represión, que en este país padece el mismo vacío ideológico que la transición: también está fuera de la agenda de las organizaciones comunistas, seguramente porque la represión pasa a su lado pero no va contra ellas. Consideran preferible discutir los planes quinquenales, la coexistencia pacífica o los koljoses en la URSS que la ley de seguridad ciudadana, la ley de partidos, la de videovigilancia, la doctrina Parot, el régimen FIES, Interpol, Schengen, Echelon o las órdenes europeas de detención.

Cuando no se analiza la represión, no se analiza la historia. Donde hay una manifestación, al lado hay un policía antidisturbios. No se puede hablar de una cosa sin mencionar la otra. Una organización que no es capaz de analizar la represión, sus formas y su historia, no conoce al Estado contra el que pretende enfrentarse. Pero a esa organización no sólo le debería interesar conocer a fondo el contenido de la represión sino la naturaleza de la misma, las formas concretas que adopta porque, a veces, la represión es un acto extraordinariamente formalizado, mientras que otras los aparatos del Estado se sumergen en el funcionamiento paralelo, la tortura, las desapariciones y, en fin, los demás crímenes de Estado.

Pondré un ejemplo: en 1956 se prohibió en la República Federal de Alemania al Partido Comunista, algo que parece idéntico a la prohibición en España del PCE(r) en 2003. Sin embargo, no hay paralelismo posible, ambos fenómenos tienen poco que ver entre sí; ni Alemania es España, ni 1956 es 2003. Como corresponde a dos acontecimientos distintos, las formas no son las mismas. El KPD se prohibió tras un largo juicio ante el Tribunal Constitucional, con la parafernalia propia del caso; el PCE(r) lo prohibió un auto, es decir, una decisión de ínfimo rango de un único juez, en el que no hubo ni juicio, ni defensa, ni recurso de ninguna clase. El KPD había sido legal y luego cambió sus siglas por las de DKP y recuperó su legalidad; el PCE(r) nunca ha sido legal. El KPD nunca tuvo detenidos ni presos; el PCE(r) ha tenido unos 3.000 aproximadamente. Al KPD no le han asesinado militantes; al PCE(r) le han asesinado unos 30 aproximadamente. En fin, la prohibición del KPD responde a una situación coyuntural; la del PCE(r) es definitiva.

No creo necesario abundar en que para un comunista estudiar la represión es una práctica que consiste en luchar contra ella, y no sólo en denunciar su existencia. Tampoco me parece necesario repetir que para luchar contra un Estado hay que luchar también contra la represión de ese Estado.

Notas:

(1) Lenin, Sobre la caricatura del marxismo, Obras Completas, tomo 30, pg.98.
(2) Dimitrov, Obras Escogidas, tomo I, pg.581.
(3) “Los dirigentes que tenemos reflejan cómo somos”, dice en una entrevista el grupo musical Deff con Dos, que titula un reciente disco “España es idiota”: http://www.kaosenlared.net/component/k2/item/49241-entrevista-a-def-con-dos-%E2%80%9Clos-dirigentes-que-tenemos-reflejan-c%C3%B3mo-somos.html
(4) Dimitrov, Obras Escogidas, tomo I, pg.581.
(5) Dimitrov, Obras Escogidas, tomo I, pg.664.
(6) Dimitrov, Obras Escogidas, tomo I, pg.604.
(7) Lenin, El imperialismo fase superior del capitalismo, Obras Escogidas, tomo I, pgs.762 y stes.
(8) Dimitrov, Obras Escogidas, tomo I, pg.666.

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A perro flaco, todo son pulgas. La crisis política del régimen

Se puede asegurar que vivimos en medio de una crisis política permanente que no puede encontrar solución dentro de este régimen o que sólo podrá desaparecer con el régimen que la ha generado. Este es el verdadero ‘estado de la nación’, el estado natural del régimen creado por Franco y heredado por el rey y toda su corte […]

“La crisis política es una clara manifes­tación de “anormalidad“, de enfermedad de la sociedad burguesa, y más si se hace crónica, lo que corresponde indudable­mente al proceso interno de descomposi­ción o putrefacción que arranca desde su misma raíz, de sus relaciones económicas y que se extiende por todo el cuerpo social hasta alcanzar su cabeza, al Estado y a su “conciencia jurídica“. Es entonces cuando comienza a apestar”.

“La debilidad del régimen, su crisis polí­tica tiene, efectivamente, un carácter cró­nico y también estructural, que abarca a todo el aparato institucional del Estado, a su sistema de partidos, a su organización territorial, a su jefatura, etc… El repunte de la crisis económica ha contribuido, por otra parte, a que todo esto se haga más visible, más evidente. Ya se sabe, ‘a perro flaco, todo son pulgas’”

M. P. M. (Arenas): Informe Político al IV Congreso.

El colapso de la monarquía borbónica

La propia monarquía está colapsando. Es, de hecho, el eslabón más débil del ré­gimen. Al hecho de ser una monarquía im­puesta por uno de los dictadores fascistas más sanguinario, terrorista y genocida de Europa, se suma el anacronismo histórico de la institución monárquica y su carác­ter parasitario y absolutamente corrupto, como lo atestiguan los 1600 millones de euros de fortuna personal que varios me­dios internacionales le atribuyen al Bobón, por no hablar del resto de corruptelas a que parecen ser tan aficionados los miem­bros de la familia real.

En momentos en que millones de tra­bajadores de este país se encuentran al borde de la indigencia (cuando no sumi­dos totalmente en ella), sufriendo recortes de todo tipo, viendo abolidos los pocos derechos con que contábamos, esta ins­titución se hace especialmente odiosa y especialmente insostenible.

Una parte de la oligarquía financiera española contempla la “opción republica­na” (una república tan antidemocrática como la monarquía actual) para cuando las cosas se pongan feas. Son cons­cientes de la significación emocional que para los trabajadores tiene la república y creen poder valerse de esta reivindicación para “calmar los ánimos” cuando éstos se encuentren demasiado encrespados. De aquí que sea una parte de la prensa más negra y reaccionaria, como los fascistas de “El Mundo”, los encargados de publicitar esa “opción republicana” que, cier­tamente, podría contribuir a mitigar tem­poralmente el conflicto social y político en un momento determinado. Sin embargo, no todos los sectores del régimen con­templan esa posibilidad, especialmente el Ejército (“garante de la Constitución mo­narca-fascista“), entre otras cosas porque no tendría un efecto duradero, al contra­rio, abrirla una brecha en el régimen que no haría más que profundizarse.

La farsa parlamentaria también se desmorona

Pero el problema con que se encuentra el Estado no es que la monarquía sea un eslabón débil, sino que el con­junto del sistema es toda una cadena devorada por la herrumbre. Los llama­dos grandes partidos, en su alternancia a la hora de machacamos, han caído en el más absoluto descrédito. El “partido de la abstención” es siempre el vence­dor en todos y cada uno de los procesos electorales. El despego de los trabajadores hacia estos grandes partidos ha sido siempre mayoritario. Y, en estos momentos, es un despego que ya empiezan a compartir aquellos que, en su ingenuidad, creían que las farsas elec­torales servían para algo. Las medidas anti-obreras, la represión, los recortes de derechos, los innumerables casos de corrupción política que salen a la luz un día sí y otro también, están dejando a los “partidos de gobierno” en una situa­ción muy precaria.

Lo sucedido en Grecia podría repetirse aquí. Tanto los “socialdemócratas” como los conservadores -la pata izquierda y la derecha del régimen- se desplomaron en la penúltimas elecciones, y fue necesario dar un pucherazo, orquestado por los cen­tros de poder de la (des)Unión Europea, para volver a poner las cosas en su sitio. Que los dos grandes partidos que en nuestro país se han venido alternando en el gobierno se vengan abajo, es una bue­na noticia. Significaría que la crisis políti­ca está avanzando en su metástasis. El desmoronamiento del bipartidismo y, parlamenta­rio, es decir, del sistema de partidos que sustenta el régimen monarco-fascista, constituirá otro paso muy importante en el camino de la transformación social, políti­ca y económica.

El gobierno Rajoy va camino de ser el más breve de las últimas tres décadas. Y a la caída del gobierno Rajoy le podría su­ceder un gobierno de “concentración na­cional“, encabezado por el PP y el PSOE. Esto contribuirá a un mayor descrédito de estos partidos o de los que jugaran el pa­pel de “oposición“, como los neofascistas de UPyD o los babosillos de IU (a los que no cabe calificar sino de palmeros del bipartidismo). Un gobierno de este tipo nos situaría ya en un contexto, no de fascismo más o menos encubierto, como el que he­mos padecido hasta ahora, sino que las máscaras caerían definitivamente y nos enfrentaríamos a un fascismo a cara de perro, dispuesto a defender el decrépito sistema capitalista con todos los medios a su alcance, a cual más terrorista.

El fascismo abierto: solución o problema?

La represión política va a aumentar (lo está haciendo ya) hasta niveles que a la mayoría de los trabajadores les pueden resultar impensables en pleno siglo XXI. Esta represión, en forma de apaleamien­tos de manifestantes, de tortura, persecu­ción política, encarcelamientos, asesinatos por parte de la policía o grupos parapoliciales o, incluso, desapariciones, ha estado siempre presente, en un grado o en otro, a lo largo de las últimas tres décadas. Pero ocurría que este tipo de medidas sólo se aplicaban de forma más o menos quirúrgi­ca a determinadas expresiones del movimiento obrero y popular del Estado español (a nuestro Partido, a la izquierda abertzale, a las organizaciones de solidaridad con los presos políticos, a las organizaciones guerrilleras…). Podríamos hablar del caso de Jon Anza, de Juan Carlos Delgado de Codes, Francisco Javier Eizaguirre y tan­tísimos otros. Esta represión va a dejar de ser tan quirúrgica; sin duda, se va a generalizar. Y debemos estar preparados para afrontar una situación de este tipo.

Sin embargo, una vez que el régimen tome esta vía con todas las consecuencias, su crisis política alcanzaría un punto en que se tornaría ya terminal, a falta de que se dieran otros factores, como lo es la organización de un movimiento obrero y popular que estuviera en disposición de dar un vuelco a la situación, lo que des­de luego no va a ser, en el corto y medio plazo, una tarea fácil, teniendo en cuenta que la organización de este movimiento va a tener que acometerse en unas con­diciones que, por un lado, van a ser muy favorables, por cuanto los trabajadores son cada vez más conscientes de cuáles son las causas de los males que pade­cemos y de cuáles son las soluciones a los mismos, pero también, por otro lado, muy complicadas debido a los niveles de represión a los que aludimos.

Aunque no debemos olvidar que, como se apuntaba en el ya citado Informe Político de nuestro IV Congreso, “el régimen ya no puede evitar que los mismos medios bár­baros, terroristas, que utiliza para combatir al movimiento revolucionario acaben más tarde o más temprano volviéndose contra él. Ya no vivimos en los tiempos tenebrosos en que podían ocultar y quedar completa­mente impunes todos los crímenes, atrope­llos y abusos del poder”. Todas las medi­das represivas que pueda ejecutar, van a obstaculizar durante un tiempo el avance del movimiento obrero y popular, pueden frenar momentáneamente el proceso de transformación política, social y económica en que estamos inmersos; pero no podrán abortarlo de ningún modo y, en última ins­tancia, ganarán para la causa revoluciona­ria a más y más sectores del pueblo. Es decir, la vía del regreso a los orígenes se presenta como la única salida posible para el régimen, pero es una salida que conduce a una situación aún peor, infinitamente más peligrosa para su supervivencia.

El barco se hunde. Sálvese quien pueda

Y por enésima vez vuelve a ponerse en tela de juicio la sacrosanta unidad de la patria española. España es una cárcel de pueblos y, en un momento como el actual, las tendencias soberanistas van a cobrar nuevos bríos en las nacionalidades del Estado. ¿Quién quiere permanecer en un barco que se hunde sin remisión?

Ya es una consigna común entre diversos sectores nacionalistas la de que la salida de la crisis para las nacionalidades pasa por la realización de su independen­cia. Es una consigna que, por lo demás, es totalmente falaz, a no ser que esas na­cionalidades pretendan, junto con la con­secución de la independencia, trasladarse a algún otro planeta de la Vía Láctea que no sea éste en el que habitamos, en el que la crisis del sistema capitalista está presente hasta en la última aldea de la Melanesia. No obstante, es una consigna que puede calar en amplios sectores sociales de esas nacionalidades y puede también tener como consecuencia no sólo la tentativa de separación, sino la materia­lización de la misma, lo que también pue­de verse facilitado por el agravamiento de las contradicciones interimperialistas y la posibilidad de que España se convierta en territorio a repartir en función del de­sarrollo de esas contradicciones entre las grandes potencias imperialistas.

Nuestro Partido siempre ha hablado del peligro de balcanización del Estado español. Este peligro persiste. Y no sólo persiste: puede cobrar nuevos bríos en una situación en la que el Estado no es que no sea capaz de impedir la soberanía de las nacionalidades a las que oprime desde hace siglos, sino que parece ser to­talmente incapaz de conservar su propia soberanía en tanto que Estado.

De un tiempo a esta parte, es un lugar común decir que el poder de decisión so­bre lo que ocurre en esto que llamamos España se encuentra cada vez menos en Madrid y más en ciudades como Berlín o Washington. En ocasiones, hay una cierta exageración en estas afirmaciones. Pero hay no poca verdad en ellas. Y esto tie­ne unas consecuencias muy importantes de cara a la cuestión territorial: ¿cómo va a poder el Estado español contener las tendencias soberanistas de las nacio­nalidades cuando él mismo se muestra incapaz de mantener el tipo en el ámbito internacional, siendo en este terreno prác­ticamente un guiñapo al que todo dios vapulea?

Por otra parte, ya lo hemos dicho muchas veces, desde el punto de vista de la lucha revolucionaria, no podemos sino alegrarnos de que al Estado se le multipliquen los problemas. Cuanto más débil se encuentre, más sencillo resultará derrocarlo.

Además, los comunistas somos firmes defensores del derecho de autodetermi­nación de las nacionalidades oprimidas y, por lo tanto, no tene­mos el menor reparo, y tampoco hay la menor contradicción en re­lación a los principios que defendemos, en apoyar los procesos de liberación nacional que se puedan producir y concretar al calor de un contexto como el ac­tual. Aunque también decimos que los pro­blemas de los trabajadores de cualquier nacionalidad no se van a resolver con la creación de este o el otro nuevo Estado, sino únicamente sobre la base de la des­trucción del capitalismo y de la revolución socialista.

Algo más sobre la cuestión de la soberanía

La pérdida de soberanía del Estado es­pañol, y su supeditación cada vez mayor a los designios marcados por las grandes potencias imperialistas es un hecho. ¿A qué se debe este proceso? ¿Cuáles son sus causas?

España siempre ha sido un país capitalista de segunda o casi de tercera fila, lo que ha venido determinado por su particular desarrollo (o subdesarrollo) his­tórico, político, económico, cultural… Es algo completamente natural que, en un contexto de agudización de la crisis capi­talista, un país de estas características se vea en la obligación de agachar el hocico y plegarse a lo que decidan los que sí tie­nen poder (económico, militar, etc.) en la arena internacional

Pero en esta cues­tión de la pérdida de soberanía, cuando se parte de posiciones revolucionarias o con­secuentemente pro­gresistas, hay que hilar muy fino, si no se quie­re caer en el melifluo chovinismo que, a ve­ces, se nos cuela por la puerta de atrás sin que nos apercibamos de ello. Este riesgo exis­te y ya hay quienes pretenden hacer de la recuperación de la soberanía el caballo de batalla del momento. Nos referimos a IU y a no pocos sectores que forman eso que hemos dado en llamar el “reformismo ra­dical“. Éste es un camino peligroso, en el que el riesgo de desorientarse y desbarrar es muy grande.

Lo primero que debemos tener claro es que los trabajadores, por el hecho de malvivir en una sociedad capitalista, ca­recemos de cualquier soberanía. Ésta la ostenta la clase burguesa, la clase de los explotadores, que son los que manejan las riendas del Estado. Por lo tanto, no­sotros no podemos perder lo que no tene­mos, por mucho que manden en Bruselas por muy poco que mande Madrid.

Quien está perdiendo soberanía es la oligarquía financiera española y su Estado, y los trabajadores no podemos sino alegrarnos de que esto sea así. Estamos hablando en este artículo de la crisis política del régimen; pues bien, ésta es otra manifestación de esa crisis: no sólo se encuentra corroído por las mil y una contradicciones que arrastra desde su nacimiento, sino que ya no es capaz de mandar ni en su propia casa y son otros los que le dictan gran parte de las medi­das que debe aplicar.

Lo que las organizaciones revolucionarias y los movimientos democráticos y populares no podemos hacer bajo ningún concepto es convertirnos a estas alturas de la película en defensores de la sobera­nía del Estado burgués y de su régimen, como están haciendo ciertos grupos que incluso se autodenominan marxistas. Cuanta más soberanía pierda, mejor, por­que más clara verán los trabajadores y los sectores populares la necesidad de derrocar un Estado que carece de todo margen de maniobra y que sólo se dedica a aplicar las medidas que otros le impo­nen, haciéndolo, además, de la única manera que sabe y puede hacerlo: a golpe de porra y de terrorismo de Estado.

Por supuesto que los revolucionarios defendemos la soberanía de los pueblos; pero eso, la soberanía de los pueblos y, más concretamente, la de la clase obrera y del resto de los trabajadores, no la so­beranía de cuatro parásitos explotadores. Y la soberanía de los pueblos, sólo puede materializarse con el derrocamiento de los Estados burgueses, sean éstos mucho, poco o nada soberanos, con la toma del poder político por parte de la clase obrera en alianza con otros sectores populares. De aquí que haya que andarse con pies de plomo cuando hablamos de esta sobe­rana cuestión. Hay que utilizarla sin duda en la agitación y en la propaganda, para poner de manifiesto que el Estado espa­ñol no es ni tan siquiera el famoso gigante con los pies de barro de Mao, sino apenas un muñeco de trapo lleno de remiendos con el que juega el susodicho gigante; pero teniendo muy claro en qué medida se deben y se pueden utilizar y con qué sen­tido ciertas consignas o planteamientos.

El desmoronamiento de la ideología burguesa y la necesidad del Partido

Al final, toda esta cuestión que estamos tratando aquí nos conduce a una conclu­sión muy simple: la ideología burguesa se está desmoronando, están cayendo los mitos en que ésta se sustenta: el pretendido carácter democrático del Estado burgués, la sociedad de consumo, el estado de bien­estar y los mitos particulares de la ideolo­gía burguesa made in Spain: la transición modélica, la monarquía como garante de la democracia y otras tonterías similares.

El Estado burgués se muestra como lo que es. Marx y Engels ya lo definieron hace muchos años como el consejo de administración del capitalismo o, en su dimensión represiva, como una banda de hombres armados al servicio del capital. En cuanto a la sociedad de consumo, cada vez más sectores sociales están siendo excluidos de la misma. La máxima capitalista de “consume y no pienses” ya no surte ningún efecto. Falta un elemento de la ecuación: si a los trabajadores ya no les está permitido consumir porque care­cen de medios para hacerlo, ya sólo les queda pensar y actuar en consecuencia.

Y ahí se le complican mucho las cosas al capitalismo. ¿Y qué decir del Estado de bienestar? Lo están desmontando piedra a piedra. Y, al hacerlo, el capitalismo se está privando de un colchón fundamental con el que contener el conflicto social

¿Pero pueden todas estas circunstan­cias conducirnos a una situación revolucio­naria por sí mismas, espontáneamente? Es evidente que no. Hace falta la organiza­ción que, a partir de esas circunstancias, nos conduzca a la situación revolucionaria.

Y esta organización, como no puede ser de otro modo, es el Partido Comunista, es de­cir, nosotros, los cuatro gatos y un tambor que estamos empeñados en que en este país se dé nada más y nada menos que una revolución socialista. Sin la labor del Partido, no hay ni revolución ni cambio posible. ¿Quién va a llevar a cabo ese cambio o esa revolu­ción? ¿Un movimiento espontáneo, sin un claro programa revolu­cionario? ¿Ese batibu­rrillo de grupos seudocomunistas que pulu­lan por ahí, a cual más confuso, oportunista y desorientado?

Sólo nuestro Partido puede transformar la crisis económica, social, política e ideoló­gica en una crisis revolucionaria. Aunque, para llegar a esto, antes debemos resolver no pocas cuestiones, como lo es la reorganización del Partido en todos los planos, la reconstrucción de sus organismos, la formación de los nuevos militantes, la cap­tación de otros muchos que, literalmente, y no es ninguna fanfarronada, están es­perando a que les demos la oportunidad de trabajar con nosotros (y debemos bus­car los medios de llegar a ellos). Y ésta, ciertamente, es la tarea del momento. Sin embargo, toda esta situación por la que es­tamos atravesando va a facilitamos mucho el trabajo, siempre, claro, que no come­tamos más imprudencias y errores de los estrictamente inevitables.