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Autor: Juan Manuel Olarieta (página 57 de 59)

El asesinato de Kennedy 50 años después (2)

En 1959 Fidel, el Che y los demás habían llegado a La Habana e inmediatamente Eisenhower puso en marcha la Operación 40 para derrocar a los gobiernos progresistas del mundo y, más concretamente, al de la Isla caribeña. La Operación estaba dirigida por 86 mercenarios de la CIA encabezados por el vicepresidente Nixon, Allen Dulles y George H. W. Bush. No era una fuerza de choque sino el equipo de limpieza que después de derrocar al gobierno de turno estaba destinado a encargarse de los asesinatos, las torturas y las desapariciones de los revolucionarios.

Entre aquella camada negra estaba Félix Rodríguez Mendigutía, alias “El Gato”, quien poco antes de la revolución cubana, había sido uno de los policías más próximos a Batista. Cuando éste fue derrocado y huyó a Miami, Rodríguez le acompañó y se unió a la CIA para organizar la invasión de la Isla. Años después también participó en el asesinato del Che en Bolivia.

La relación de Rodríguez con George H. W. Bush fue siempre muy estrecha. En 1976, un año después de ser nombrado director de la CIA, Bush condecoró a su viejo compañero de armas en una ceremonia solemne. No importó que Rodríguez hubiera sido detenido poco antes, en 1972, por su participación en el caso Watergate. Casi era un mérito añadido.

Entonces a Rodríguez le detuvieron en compañía de Frank Sturgis, que participó tanto en Playa Girón (1961), como en el asesinato de Kennedy (1963), como en Watergate (1972). Sturgis vivió en Cuba desde 1956, donde mantuvo relaciones con Marita Lorenz, una joven alemana que trabajaba para la CIA y que, poco antes de la revolución, se había convertido en pareja sentimental de Fidel Castro. Según reconoció Fidel, Sturgis era “el mejor y más peligroso agente de toda la historia de la CIA”. A Fidel se le olvidó añadir que Sturgis, cuyo nombre originario era Frank Angelo Fiorini, también era un mafioso. En La Habana Sturgis era un asiduo de los casinos de Sam Giancana, Santo Trafficante, Meyer Lansky y los demás.

Sturgis puso a Lorenz disposición de la CIA para asesinar a Fidel. En noviembre de 1977 la alemana concedió una entrevista al “New York Daily News” en la que afirmaba varias cosas interesantes: que Sturgis y Oswald estaban en contacto, que ambos eran miembros de la Operación 40 y que estaban envueltos en un plan para asesinar tanto a Kennedy como a Fidel.

Otro de los mercenarios de Operación 40 era E. Howard Hunt, presente en los tres momentos: Playa Girón, Dallas y Watergate. E.H.Hunt exigió un millón de dólares a Nixon por tener la boca cerrada. A Hunt le pagó Bill Liedtke, socio de Bush.

Blanco y en botella: los mismos que participaron en la invasión de Playa Girón, participaron también en el asesinato de Kennedy y el robo de Watergate. Eran el último eslabón del club de los hijos de puta al que se refería Kennedy, los mercenarios y los pistoleros.

Formaban parte del doble juego. Por arriba y por abajo el Estado burgués necesita ejecutivos pulidos y ejecutores de baja estofa, la alta sociedad y los bajos fondos; jueces con toga, policías de uniforme tanto como sujetos tabernarios, sin escrúpulos. ¿Qué clase de pegamento unía a toda esa gentuza en un mismo propósito? Es lo que la película “Todos los hombres del presidente” explica al principio cuando la policía le pregunta a uno de los mercenarios sorprendidos en Watergate con la manos en la masa “¿Cuál es su profesión?”, y el detenido le responde: “Soy anticomunista”.

Ellos, no el presidente de Estados Unidos, eran quienes tenían el poder, tanto que no sólo le mataron sino que su crimen quedó impune.

Serie completa: El asesinato de Kennedy 50 años después:

— El club de los hijos de puta (1)
— El escenario del crimen: Dallas (3)
— Operación Paperclip (4)
— La aristocracia del espionaje nazi en Estados Unidos (5)
— La camarilla nazi-zarista de Dallas (6)
— El chivo expiatorio: Lee Harvey Oswald (7)
— La infiltración de Oswald en los medios progresistas (8)
— Todos los hilos conducen al mismo sitio (9)
— El asesinato del asesino (10)
— Epílogo para un crimen perfecto (y 11)
— ‘Tenemos que convencer al público de que Oswald es el verdadero asesino de Kennedy’

El asesinato de Kennedy 50 años después (1)

Ha transcurrido medio siglo del asesinato de Kennedy. El 22 de noviembre de 1963 el presidente promocionaba la renovación de su candidatura con un paseo en coche por las calles de Dallas, en Texas. Eran las 12,30 del mediodía cuando alguien ataviado con una camisa se subió a un banco frente a la caravana de vehículos y levantó un letrero escrito con esmalte negro: “Señor Kennedy, lo desprecio a usted por sus ideas socialistas”.

Inmediatamente después sonó un primer disparo, apenas audible entre el ruido de la caravana de coches. Acto seguido se escuchó otro disparo que hirió a Kennedy en la garganta. Un tercer disparo hizo blanco en la cabeza del presidente, pero aún hubo más disparos, en los que fueron heridas otras personas, como el gobernador de Texas, Connally, sentado delante de Kennedy.

— “¡Oh! ¡Dios mío! ¡Ellos han matado a mi marido! ¡Jack! ¡Jack!”, gritó Jacqueline, que desde el primer momento demostró conocer la identidad de los asesinos. Pero, ¿quiénes eran “ellos”? Sin duda se trataba de lo que Kennedy había llamado pocas semanas antes el “SOB Club” (Son of a Bitch Club), el Club de los Hijos de Puta. Pero, ¿de quién se trataba?

La versión oficial dijo entonces que el autor de los disparos fue Lee Harvey Oswald, quien actuó en solitario. No había, pues, ningún club. Pero a día de hoy lo único que se sabe con certeza es que la vesión oficial es falsa. Lo normal en estos casos. No hay más que recordar el recorrido histórico que va del hundimiento del Maine en 1898 al 11 de setiembre de 2001. Estados Unidos es un país agobiado por las mentiras oficiales como pocos.

Pero lo de menos es que el informe oficial sea mentira, 26 tomos de mentiras exactamente. Lo realmente serio es que la verdad del caso está tan enmarañada con un cúmulo de medias verdades, intoxicaciones e hipótesis que es imposible orientarse entre tan enorme volumen de información.

Cuando Oswald, el supuesto asesino, fue asesinado por Jack Ruby dos días después, cundió la sospecha de que el crimen estaba muy lejos de ser la obra de un hombre solitario, sino que había sido orquestado por los “señores de la guerra”, el “big bussines”, los grandes monopolios que contrataban con el Pentágono, la CIA, los gusanos cubanos y la Mafia, entre otros. Eran ellos los que integraban el SOB Club.

Para acallar los rumores, el vicepresidente Johnson creó la Comisión Warren. Fue como poner al zorro a cuidar de las gallinas.

Entre los integrantes de dicha Comisión estaba Allen Dulles, antiguo director de la CIA, al que Kennedy destituyó en 1961 por el fracaso del desembarco en Playa Girón. Pero cambiar al director no es cambiar a la CIA, máxima responsable del crimen. Allen Dulles no estaba en la Comisión Warren para investigar nada sino para impedir cualquier investigación.

Otro miembro de aquella farsa fue Gerald Ford, entonces diputado y luego presidente en sustitución de Nixon. Fue incluido en la Comisión porque era el soplón de Hoover. Una vez en la presidencia, Ford tomó dos decisiones que resultan otras tantas claves del enredo: puso a Bush al frente de la CIA e indultó a su antecesor Nixon por el escándalo Watergate.

Hay que hacer un inciso con Nixon. Es posible que sea uno de los hijos de puta más reconocidos del pasado siglo, pero quizá no sepamos hasta qué extremos. Uno de sus vínculos inmediatos con Kennedy fue la competencia mutua en las elecciones presidenciales de 1960.

Otro fue John J. McCloy, asesor financiero del gobierno de Mussolini y, junto con Allen Dulles, directivo del banco de Prescott Bush que estaba financiando a Hitler. En 1936 a McCloy se le solía ver en Berlín reunido con Rudolf Hess o Hermann Goering. Las fotos le muestran también sentado en el palco de Hitler viendo las Olimpiadas. Fue abogado del monopolio alemán IG Farben que fabricaba el gas utilizado en los campos de concentración para masacrar a los antifascistas presos. Al terminar la guerra, como comisario en la Alemania ocupada, McCloy protegió a los criminales de guerra, entre ellos a Klaus Barbie, el Carnicero de Lyon. Formaba parte de la Operación Paperclip, un plan para integrar a los agentes nazis en la CIA.

El presidente de la Comisión que daba nombre a la misma era Earl Warren, también presidente del Tribunal Supremo. En 1942 Warren fue elegi­do gobernador de California gracias a la financiación de los monopolios petroleros. Hablar de Dallas, el escenario del crimen, y de petróleo es una redundancia.

Al año siguiente del asesinato, la Comisión emitió un informe inverosímil que encubría hasta las evidencias más estridentes. Si al matar a Oswald se cerraron las puertas, el informe de la Comisión le echó el cerrojo. Es como si Kennedy hubiera sido asesinado dos veces.

Basta repasar las biografías de estos -y otros- zorros de la Comisión Warren para darse cuenta de quiénes eran los hijos de puta a los que se refería Kennedy, empezando por el vicepresidente Lyndon B.Johnson, un tejano que había competido con Kennedy por la nominación del partido demócrata para las elecciones de 1960.

El club de los hijos de puta no estaría completo sin mencionar que en el asesinato de Dallas aparecen implicados los cuatro presidentes de Estados Unidos que sucedieron a Kennedy: Johnson, Nixon, Ford y Bush. Los presidentes eran “todos los hombres del Presidente”.

Serie completa: El asesinato de Kennedy 50 años después:

— De la alta sociedad a los bajos fondos (2)
— El escenario del crimen: Dallas (3)
— Operación Paperclip (4)
– La aristocracia del espionaje nazi en Estados Unidos (5)
— La camarilla nazi-zarista de Dallas (6)
— El chivo expiatorio: Lee Harvey Oswald (7)
— La infiltración de Oswald en los medios progresistas (8)
— Todos los hilos conducen al mismo sitio (9)
— El asesinato del asesino (10)
— Epílogo para un crimen perfecto (y 11)
— ‘Tenemos que convencer al público de que Oswald es el verdadero asesino de Kennedy’

Antifascistas sólo a partir de las 8 de la tarde

Juan Manuel Olarieta

Hace
unos días un militante de UJC del barrio de Tetuán (Madrid) fue
agredido en la estación del metro de Estrecho. Parece ser que el
agresor, que exhibía una estética nazi-fascista, arremetió a golpes
contra el joven comunista por ir vestido con una camiseta con el lema
“Antifascista Siempre”.

Otro militante de la misma organización ya fue
agredido hace unas semanas durante las fiestas de Leganés (Madrid) por
militantes de las juventudes del PP. No sabemos si llevaba la misma
camiseta u otra diferente. Es un detalle importante para saber si nos
encontramos en presencia de una guerra estética, es decir, si en la
estética también han empezado las guerras, lo cual sería una novedad en
la historia que habría que tomar en consideración para incorporarla al
materialismo histórico.

El comunicado que con motivo de esta guerra estética
ha difundido UJC es como el muro de las lamentaciones de Jerusalén,
donde los creyentes introducen papelitos con sus buenos deseos entre las
grietas de las piedras.

Primero UJC se lamenta de que el fascista atacante
pudiera darse a la fuga sin que los guardias de seguridad hicieran nada
por impedirlo. Luego también se lamenta de que las autoridades no pongan
los medios necesarios para atajar «este tipo de situaciones», que es
una manera con la que posiblemente se quieran referir a «este tipo de
crímenes»
. O por lo menos eso creo yo, porque no me imagino que la
propia organización afectada por el crimen haya querido disminuir
deliberadamente la importancia del ataque, rebajándolo a la condición de
mera «situación».

Como no podía ser de otra forma, en el comunicado
llega finalmente esa retórica de las «condenas» que se ha impuesto en
España de un tiempo a esta parte. Es como cuando te asaltan en la calle
para que firmes un comunicado de condena. Yo siempre firmo, pero no
porque esté en contra de todo, no, sino porque no hay nada más
gratificante que sentirte en la condición de juez (independiente, claro,
por encima del bien y del mal), que es como un pequeño dios que se
dedica a investigar, juzgar y sentenciar los crímenes porque así es como
acaba con ellos, condenándolos, o sea, enviándolos al infierno.

La «condena» es un tipo de lucha no violenta que me
entusiasma especialmente. ¿Condenas la violencia de género? ¿Y al
fascismo? ¿Y la tortura? ¿Y el terrorismo? ¿Y el paro? ¿Y los recortes?
Si los problemas se resolvieran con comunicados de condena, España sería
el paraíso. El problema es que nunca han hecho caso a nuestras
«condenas», que yo sepa, y es algo muy serio porque a veces se trata
sólo de una condena vulgar y corriente, pero la mayor parte de las
veces, como en el comunicado de UJC, expresan su «más firme» condena;
nada menos. Si yo fuera una autoridad pública estaría muerto de miedo.
Pero las autoridades de este país, según parece, son unos valientes y no
tienen miedo de ir al infierno después de tantas condenas como se
emiten a diario.

La retórica del comunicado de UJC prosigue como es
habitual en estos casos: con el exabrupto del «fascismo», que se ha
puesto de moda otra vez en España. La UJC dice que el fascismo ha vuelto
a actuar impunemente en las calles de Madrid, donde vuelve a mostrar su
cara más violenta. ¿De veras esa es la cara más violenta del fascismo o
es la más violenta que conoce UJC? Yo conozco otras muchas que son aún
peores. Les harían poner el grito en el cielo y redactar muchos más
comunicados para expresar su «más firme condena».

Todo se aclara cuando UJC habla de «estética
nazi-fascista»
o califica al fascismo como una «ideología criminal». Que
se lo digan a su camarada apalizado. ¿Realmente los golpes se los
propinó una estética? ¿Una ideología quizás? ¿Fue también la II Guerra
Mundial cuestión de estética o de ideología? Y la guerra civil española,
¿tenía algo que ver con la estética o la ideología? Dicho de otra
manera: ¿qué le dolió más al joven comunista: los golpes o la estética y
la ideología de su agresor? Por ejemplo, si los golpes se los hubiera
propinado alguien con estética UPyD, ¿le hubieran dolido menos?

Pero la sangre no llega al río. El exabrupto
«fascista»
sólo aparece en este tipo de comunicados cuando la cosa se
pone fea, cuando hay agresiones, torturas, etc. Cuando eso no ocurre,
todo vuelve a la normalidad, que es siempre la democracia, las
elecciones, el pluripartidismo, las libertades y los derechos humanos.
El fascismo es de quita y pon, típico de un Estado camaleónico,
demócrata por la mañana y fascista en cuanto el sol se pone.

Si eso es así, si este Estado es camaleónico, no
cabe duda de que el lema que el joven comunista llevaba en su camiseta,
eso de “Antifascista Siempre”, es un error porque no es camaleónico, es
decir, no está a tono con este país. Debería poner: “Soy antifascista
sólo a partir de las 8 de la tarde”
. No tiene sentido serlo por las
mañanas.

Lo mismo podemos decir del agresor que, seguramente,
es otro camaleón, uno de esos demócratas de las juventudes del PP. Lo
que ocurre es que su estética y su ideología, que son fascistas, le
incitan a cometer ese tipo de ataques.

Otro de los papelitos que UJC mete en el muro de las
lamentaciones de Jerusalén es su deseo de que las autoridades atajen
estas «situaciones» tan condenables. Pero, ¿a quién reconoce UJC como
«autoridad» en este país? ¿Considera UJC que la «autoridad» es algo
distinto del mamporrero del barrio de Estrecho que vestía con estética
nazi-fascista?

Es un error que ya cometieron Stalin, Voroshilov y
compañía cuando los fascistas empezaban a atacar: no sólo no emitieron
un comunicado para expresar su «más firme condena» sino que, además,
tampoco acudieron a la autoridad de la Sociedad de Naciones para
atajarlo. Así nos luce el pelo.

Si UJC va a recoger firmas, desde ahora les digo que
cuenten con la mía (pero sólo a partir de las 8 de la tarde) y quedo a
la espera del siguiente comunicado de condena.

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Son 108 en total. Creo que están todos los que hay publicados por internet. Si alguien cree que ya dispone de todos habiéndose descargado un paquete de ellos de otro sitio web, se equivoca, puesto que dicha recopilación la llevé a cabo yo. Por lo tanto, esta es la más completa y aquí la dejo a vuestra disposición. 


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Lo específico de Juan Manuel Olarieta Alberdi -siempre pone en sus trabajos el apellido de su madre, una hermosa mujer de una energía fascinante- es su constancia e infinita capacidad de trabajo. A eso hay que sumarle la unión y unidad entre lo que es la teoría y la práctica. No hace ni dos años estuvo en la cárcel (y no por primera vez). Que estés o acabes en las cárceles españolas no demuestra per se  una ley matemática ni consagra una verdad revelada, pero sí es significativo, sobre todo cuando el enemigo de clase te ningunea y apenas hace alarde de su “triunfo”. No por desprecio, sino por no dar pábulo y propaganda. No se sacraliza tanto una línea política determinada y es por ello que acabas en los makos, sino porque apuntas al glacis del modo de producción capitalista y la manera de destruirlo que el Estado capitalista te considera un enemigo y te tiene siempre en el punto de mira. Por esto, como decía el otro, en la cárcel, aunque no siempre, afortunadamente, acaban siempre los mismos y no los charlatanes. Como diría Stalin, ese temible “ogro”, si el idioma fuera una fuerza productiva, los charlatanes de feria en el -y esto es de Blasco Ibáñez- “charlamentarismo español” serían millonarios. Este hombre -Juanma para los amigos- que, por su enorme talento, y como abogado licenciado en la jesuítica Universidad de Deusto, vívero de la burguesía vasca y española, podría haberse dedicado a esquilmar los bolsillos de los burgueses adinerados gestionando sus litigios, pleitos y pufos interclasistas para enriquecerse él y darse la gran vida, tal como la entiende la molicie burguesa, ha pasado hambre (un tío que disfruta comiendo y jamás engorda, por cierto) y dormido en las calles de Madrid y París. Ser comunista, esa “rara avis” como lo es él, no es sencillo ni un deporte ni una moda. Tiene muchos sinsabores e incomprensiones que afectan, a veces, a lo más íntimo de la persona, incluido lo afectivo, pero no necesariamente. No es un plato de gusto. Pero estoy seguro que, lo que ya para algunos correligionarios tiene muchísimo mérito, él le quita importancia. A algunos nos preocupaba su despreocupación de sí mismo. Cómo no, tiene su corazoncito pero sólo un objetivo: contribuir a organizar la Revolución, esa “utopía”. Hay quien se pasa la vida “discutiéndola”. No es su caso. ¿Cabezonería? Tal vez, pero bendita recalcitrancia.Personalmente siempre le he tenido por un genio en el sentido renacentista de la palabra. Juanma, ducho en marxismo, pega a todos los “palos”, desde la ciencia, la economía política (también estudió Económicas en Bilbao) -porque se dice “economía política” y no “economía” a secas-, la filosofía, pasando por el cálculo infinitesimal (de Engels) o, últimamente, la genética (ha escrito recientemente un trabajo rehabilitador del defenestrado Lysenko, objeto de mofa y pinpanpúm de la biología burguesa y la que pasa por no ser burguesa, o sea, “izquierdista”) hasta… el fútbol. Porque, sépase, lejos del clásico intelectual torremarfileño que abomina de los prosaicos divertimentos para las masas -opio para la chusma-, gusta del fútbol y, lo más osado, se atreve a plantear tácticas en esa teatralización de la guerra que es el fútbol. Al ajedrez jugábamos alguna partida en la demolida cárcel de Carabanchel, pero no diré quién ganaba.

Alguna vez le he dicho, en un jijijajá, que el marxismo -su pasión- se le está quedando pequeño. Le llegué a decir -con mi soma más mefistotélica que maquiavélica- que acabará investigando los tebeos que leía Marx en su infancia.

Más cosas diría de Juanma, pero sólo mencionaré una: no hay peligro de que Olarieta cree una “escuela olarietista” que vea el marxismo de una determinada manera y contribuya a los “diferentes marxismos” y sus “distintas lecturas”. ¿Es, entonces, el marxismo un dogma, una especie de “religión”, como dicen los más babosos? Si así fuera, habría Sumos Sacerdotes, profetas y predicadores, pero, de los que yo conozco, no salen en la tele y acaban con sus huesos, las más de las veces, de mala manera. Olarieta no es un autodidacta. Olarieta es marxista-leninista y, por descontado, materialista dialéctico, si sabemos realmente lo que significa este modo de analizar la Historia… y hacerla.

No creo haber hecho una hagiografía de Juanma Olarieta, más bien creo haberme quedado corto. Un hombre que jamás ha hecho una alharaca ni buscó hueco en el supermercado de las ideologías. Sólo le vi en ambones populares dirigiéndose a la clase obrera. Un tipo incorruptible e incorregible. De los imprescindibles.

Prólogo de Jon Odriozola a Las leyes de represión del anarquismo a finales del siglo XIX

El Pollo del Pinar tenía enchufe en la Audiencia Nacional

Juan Manuel Olarieta

Eligio Hernández, alias «El Pollo del Pinar», fue
magistrado, delegado del Gobierno en Canarias y fiscal general del Estado,
entre otras muchas cosas. Actualmente es abogado en ejercicio.
Cuando los crímenes de los GAL llegaron a los tribunales, en
1992 el PSOE le nombró fiscal general para que intentara tapar la podredumbre
de aquel asunto. Sólo hubo un «pequeño problema», el primero de dos
«pequeños problemas» y es que para ser fiscal general del Estado son
necesarios 15 años de ejercicio. «El Pollo del Pinar» no tenía ese
currículo, así que su nombramiento era ileGAL.
Pero no fue sólo una ileGALidad cometida por el gobierno.
Resulta que en abril de 1992 el Consejo General del Poder Judicial dijo que
aquel nombramiento ileGAL era en realidad plenamente leGAL.
En este país, ¿a quién le importa la leGALidad? El caso es
que la tarea del fiscal general del Estado es precisamente la de velar por el
cumplimiento de la leGALidad, o sea, que pusieron al zorro a cuidar de las
gallinas y también de los «Pollos». Aquí desde 1936 todo es ileGAL.
«El Pollo del Pinar» mantiene extraordinarias
relaciones con la prensa colonial de las islas. En 2012 en una entrevista en el
periódico La Provincia dijo que cuando fue delegado del Gobierno en Canarias se
convirtió en el artífice del regreso de Antonio Cubillo desde Argel.
Como buen protagonista de casi todo, en aquella entrevista
“El Pollo” hablaba en primera persona: “Yo le pedí luz verde [a Barrionuevo] y
me la dieron”.
No obstante, el delegado reconoció que hubo otro
«pequeño problema judicial» que pudo solucionar gracias a sus
enchufes en la Audiencia Nacional, donde había ejercido como magistrado:
“Me fui a Madrid y se lo pedí a Barrionuevo, que era
ministro del Interior. Él, delante de mí, llamó al fiscal jefe de la Audiencia
Nacional, porque había una causa en el Juzgado de Instrucción número 1 central
contra Cubillo, en la cual tenía decretada la prisión. Si venía, había que
meterlo en la cárcel y eso había que evitarlo”.
El fiscal se oponía a levantar la orden de prisión que había
contra Cubillo, así que el delegado del Gobierno pidió permiso a Barrionuevo
para operar por su cuenta: “Yo le pedí que me diera luz verde para tomar la iniciativa
por mi cuenta. Y me la dio. Inmediatamente, crucé la calle Génova y me fui a
ver al juez de instrucción del Juzgado número 1 de la Audiencia Nacional,
Ismael Moreno, que había sido compañero mío. Él sacó el sumario, que estaba
perdido en las estanterías… y me dijo que se le podía poner en libertad con
una fianza de 300.000 pesetas”.
Luego la periodista le hace una pregunta clave: ¿Por qué era
la causa que se seguía contra Cubillo en la Audiencia Nacional? «El
Pollo» responde: “Por una de las bombas que pusieron. Estaba procesado por
inductor, pero los autores materiales habían sido absueltos. No tenía sentido”.
Pues a Manuel Pérez le ha ocurrido lo mismo: está condenado
a 17 años de cárcel como inductor de la colocación de unas bombas en las que tampoco
aparecen los autores materiales.

¿No habrá algún lector que conozca a un delegado del
gobierno con enchufe en la Audiencia Nacional para hacer lo mismo? A ser
posible que rebaje la fianza de 300.000 pesetas a unos 2.000 euros, o así. Que
se ponga en contacto con su abogado lo más rápidamente posible. Es un poco
urgente porque el Tribunal Supremo no ha admitido el recurso contra la
sentencia de la Audiencia Nacional que le condenó por lo mismo por lo que otros
nunca llegaron ni a sentarse en el banquillo de los acusados.

La ley de la transformación de los cambios cuantitativos en cambios cualitativos

Juan Manuel Olarieta

La naturaleza y la sociedad no conocen el reposo. Todo cambia, evoluciona y se
desarrolla. Pero el materialismo dialéctico no sólo afirma la existencia del
movimiento en todos los fenómenos de la naturaleza y la sociedad sino que
describe la forma en que ese movimiento se produce.

La ley de la transformación de los cambios cuantitativos en cualitativos
explica que el movimiento de la materia, de la historia, de las sociedades y
del pensamiento, su evolución y su desarrollo, se produce por cambios que son tanto
cuantitativos como cualitativos, y que la acumulación de cambios cuantitativos
conduce necesariamente a cambios cualitativos.

Esta ley es dialéctica o, como decía Engels, recíproca (1), es decir, que los cambios
cualitativos también conducen a cambios cuantitativos. A veces este último
aspecto no se tiene en cuenta suficientemente. La distinción entre lo
cuantitativo de lo cualitativo es relativa. Los cambios cualitativos lo son en
comparación con otros, que son meramente cuantitativos. Frente a los otros, los
cambios cuantitativos se caracterizan por ser graduales, e incluso
imperceptibles, mientras que los otros son esenciales, cardinales, hasta el
punto de que se califican de saltos, que son las explosiones rápidas y
revoluciones que cambian una situación en muy poco tiempo.

Los cambios cuantitativos no se pueden menospreciar porque son tan importantes
como los cualitativos. La ley afirma que sin pequeños cambios no hay grandes
cambios y sin pequeñas luchas cotidianas no hay grandes combates históricos. No
obstante, hay personas que no acuden a las manifestaciones porque creen que
“no sirven para nada”. Tampoco acuden a las reuniones por el mismo
motivo. Para ellos ninguna movilización tiene utilidad alguna. Las pequeñas
escaramuzas les fatigan y arrojan la toalla. Quizá suponen que al día siguiente
de una manifestación contra el desempleo, el desempleo debe desaparecer. La ley
de la trasformación de los cambios cuantitativos en cualitativos afirma, por el
contrario, que para que se produzca cualquier cambio social importante las
masas deben acumular multitud de pequeñas e insignificantes experiencias por
medio de las cuales se templan y organizan de forma cada vez más consistente.

El movimiento, decía Engels, es una contradicción (2); es a la vez continuo y
discontinuo, producción y reproducción. Uno se divide en dos (cambio
cuantitativo) y dos forman uno (cambio cualitativo). No es sólo crecimiento o
aumento cuantitativo sino, además, la aparición de lo nuevo y la desaparición
de lo viejo, en donde lo nuevo surge de su opuesto: lo viejo. El desarrollo
reproduce lo ya existente y produce lo que antes no existía. Es a la vez
conservador y revolucionario. La evolución de la materia y de las sociedades
produce novedades, crea o genera nuevas cualidades y propiedades, al mismo
tiempo que crece cuantitativamente, multiplica lo ya existente, reproduce lo
anterior, surgiendo varios ejemplares distintos partiendo un mismo original.

En el movimiento aparece tanto la continuidad como la discontinuidad. Por ejemplo,
la reproducción biológica de una especie no es un puro mecanismo cuantitativo,
de multiplicación de varios seres iguales partiendo de un mismo ancestro, sino
cuantitativo y cualitativo a la vez. Los descendientes no son iguales a sus
ascendientes sino que los imitan, es decir, se parecen y no se parecen al mismo
tiempo, se parecen en algunos rasgos y difieren en otros.

Lo mismo sucede con la evolución humana, a lo largo de la cual el cerebro
creció cuantitativamente, aumentó de tamaño, dando lugar a un salto
cualitativo: su lateralización. El cerebro humano, a diferencia del de los
simios, está dividido en dos hemisferios, cada uno de los cuales está
especializado en el cumplimiento de determinadas funciones. Así, el hemisferio
derecho controla la parte de la izquierda del organismo, mientras que el
hemisferio izquierdo controla la parte derecha del organismo. Los seres humanos
son diestros o zurdos, mientras que no ocurre lo mismo con los simios porque su
cerebro no está lateralizado.

Un principio básico del materialismo afirma que lo nuevo no surge de la nada:
“ex nihilo nihil fit”. En palabras de Lucrecio, “nada puede a la
nada reducirse, ni cosa alguna hacerse de la nada”
(3). Lo nuevo surge de su contrario: de lo viejo. Algo tiene que morir para que nazca vida.

Los movimientos materiales más importantes se pueden clasificar en cuatro
tipos: físicos, biológicos, sociales e intelectuales. Cada uno de ellos tiene
características que son propias, es decir, que no se pueden reducir los unos a
los otros. Cuando los fenómenos biológicos se tratan de explicar recurriendo a
las leyes propias de la física, o cuando los movimientos sociales se intentan
reducir a leyes biológicas, se incurre en el mecanicismo, que es una variante
errónea del materialismo.

La vida también es una forma de movimiento de la materia y, por lo tanto, una
contradicción cuya contrapartida es la muerte: “La vida, por tanto, es
también una contradicción presente en las cosas y los hechos mismos, una
contradicción que se pone y resuelve constantemente; y en cuanto cesa la
contradicción, cesa también la vida y se produce la muerte”
(4). A
lo largo de la evolución el surgimiento de unas especies ha supuesto la
extinción de otras, como los dinosaurios.

En otra obra Engels reiteró la misma idea: “Ya no se considera científica
ninguna fisiología si no entiende la muerte como un elemento esencial de la
vida, la negación de la vida como contenida en esencia en la vida misma, de
modo que la vida se considera siempre en relación con su resultado necesario,
la muerte, contenida siempre en ella, en germen. La concepción dialéctica de la
vida no es más que esto. Pero para quien lo haya entendido, se terminan todas
las charlas sobre la inmortalidad del alma. La muerte es, o bien la disolución
del cuerpo orgánico, que nada deja tras de sí, salvo los constituyentes
químicos que formaban su sustancia, o deja detrás un principio vital, más o
menos el alma, que entonces sobrevive a todos los organismos vivos, y no sólo a
los seres humanos. Por lo tanto aquí, por medio de la dialéctica, el solo hecho
de hablar con claridad sobre la naturaleza de la vida y la muerte basta para
terminar con las antiguas supersticiones. Vivir significa morir”
(5).

Los dos aspectos contradictorios del movimiento son, pues, indisociables. No
existen cambios cualitativos que no hayan sido preparados por otros de tipo
cuantitativo, del mismo modo que no hay cambios cuantitativos que no conduzcan,
tarde o temprano, a cambios cualitativos.

Los movimientos no son lineales; no crecen indefinidamente ni en una única
dirección. Son esencialmente discontinuos porque en ellos aparecen rupturas.
Por ejemplo, según el principio de Paracelso, la ingesta de una misma sustancia
tiene consecuencias distintas en el organismo según la dosis cuantitativa.
Incluso provoca efectos opuestos: a pequeñas dosis una medicina es saludable
mientras que una pequeña cantidad adicional resulta letal para quien la
ingiere.

Esta ley comprende el concepto decisivo de transición, que es el punto a partir
del cual uno se transforma en su contrario. Las transiciones son las conexiones
de una cualidad con otra. Los cambios cualitativos o saltos no se producen en
el vacío sino en forma de transiciones más o menos dilatadas en el tiempo. A
estas transiciones Engels y Lenin las llamaron, a veces, “puntos de
inflexión”
. Son los momentos de ruptura en los que un fenómeno se
transforma en su contrario. Es relativamente fácil observar la diferencia entre
un fenómeno y su contrario, decía Lenin, pero no la transición entre ambos,
«y eso es lo más importante”(6). La transición es la esencia del cambio:

“El cambio es, a la vez, en esencia, la transición de una calidad a otra
o, en forma más abstracta, del ser a la no existencia; y ello contiene otra
definición diferente de la gradualidad que es sólo una disminución o un
aumento, y un aferramiento unilateral a la magnitud”
(7).

En este punto los errores posibles son dos. Por un lado, los materialistas
vulgares sólo tienen cuenta los cambios cuantitativos, algo muy corriente entre
algunos científicos que consideran que su tarea consiste sólo en medir, que
sólo hay ciencia sobre los cambios cuantitativos: “se aferran
unilateralmente a la magnitud”
, como dice Lenin.

Pero hay también quienes sólo tienen en cuenta lo cambios cualitativos. Por
ejemplo, cuando los comunistas indican las formas de transición del capitalismo
al socialismo los trotskistas les acusan de “etapismo” porque
consideran que el nuevo modo de producción es un salto súbito que es posible
recorrer de la noche a la mañana. En realidad el socialismo es también una
etapa en el recorrido hacia el comunismo que, a su vez, se compone de varias
fases. Cada una de ellas se puede recorrer más o menos velozmente, e incluso en
determinados países alguna de ellas no será necesaria o en una misma etapa se
podrá realizar simultáneamente el programa que corresponde a otra. Pero no todo
el programa se puede llevar a cabo al mismo tiempo porque ninguna revolución es
un acto sino un proceso.

Engels expuso numerosos ejemplos extraídos de la realidad para ilustrar el
funcionamiento de la ley de la transformación de los cambios cuantitativos en
cambios cualitativos. El más socorrido de ellos es la transformación del agua
del estado sólido al líquido con el descenso de la temperatura, o al vapor con
su aumento. Pero en las ciencias existen muchos otros fenómenos que ilustran la
universalidad de esta ley, como los siguientes:


El punto de Curie

Las propiedades magnéticas de los metales no son inherentes a ellos sino que cambian en razón inversa a la temperatura. Los metales ferromagnéticos van perdiendo su cualidad a medida que la temperatura aumenta. Para cada metal magnético existe una determinada temperatura, llamada punto de Curie, a partir de la cual se transforma en su contrario, en paramagnéticos (no magnéticos).

Por ejemplo, para el hierro el punto de Curie es de 770 grados centígrados. Por
debajo de dicha temperatura el hierro funciona como un imán porque
el comportamiento magnético predomina frente al comportamiento térmico. Por encima
de esa temperatura, el hierro pierde su capacidad magnética porque las
propiedades térmicas prevalecen.


La velocidad Mach

Con el aumento de la velocidad un avión encuentra una resistencia aerodinámica
que crece más que proporcionalmente, hasta que llega un punto, llamado
velocidad Mach, que coincide con la velocidad del sonido (1.029 metros por
segundo, 3.705 kilómetros por hora), a partir del cual la resistencia
aerodinámica se transforma en su contrario: no aumenta sino que se reduce.


El cambio de la atmósfera terrestre

La química conoce dos procesos opuestos, la reducción y la oxidación, según el
átomo gane o pierda electrones. Durante millones de años de evolución del
planeta, la primitiva atmósfera terrestre pasó de ser reductora, es decir,
carente de oxígeno, a su contrario, a ser oxidante.


La cuadratura del círculo

Para ilustrar la ley de la transformación de lo cuantitativo en lo cualitativo,
entre otros ejemplos, Engels toma de Nicolás de Cusa (8) la contradicción entre lo recto
y lo curvo, que procede de la milenaria polémica matemática sobre la
“cuadratura del círculo” que ha subyugado a numerosos pensadores a lo
largo de la historia. La relación entre la circunferencia (una curva) y su
diámetro (una recta) da lugar a un número de distinta naturaleza (“número
sordo”
o número real) que se describe con la letra griega п (pi) y que
aparece por los rincones más insospechados de la matemática para demostrar que
no se puede “cuadrar” un círculo, es decir, que dada la longitud del
diámetro no es posible calcular exactamente el área del círculo. Los números
reales representaban la continuidad; los enteros la discontinuidad.

La expresión “cuadratura del círculo” ha pasado luego al lenguaje
corriente para expresar la esencia de la contradicción, algo imposible de
realizar.


El postulado de continuidad de Arquímedes

Arquímedes (287-212 a.n.e.) fue uno de los primeros científicos que explicó
matemáticamente la ley de la transformación de los cambios cuantitativos en
cambios cualitativos al introducir el postulado de continuidad. Según
Arquímedes una magnitud que evoluciona de un valor a otro, a lo largo de su
recorrido toma todos los valores intermedios entre ambos. Arquímedes aludía a
dos valores extremos, siempre con el sobreentendido tácito de que tales
extremos son comparables, es decir, que sólo se diferencian cuantitativamente
y, por tanto, se puede recorrer el trayecto entre uno y otro. Una magnitud es
comparable a otra si es proporcional, si está construida a escala suya, como
los planos o las maquetas respecto del original.

El postulado de continuidad es, además, un postulado también de la
discontinuidad. A partir de entonces la matemática habla de magnitudes
arquimedeanas (o no arquimedeanas) en referencia a si se pueden comparar o no.
Entre unas magnitudes y otras no sólo hay diferencias cuantitativas sino
también cualitativas de manera que, precisamente a causa de ello, no se pueden
poner en relación ni comparar. Las arquimedeanas se pueden comparar porque son
homogéneas, pero hay otras incomparables, como el punto y la recta porque un
punto no añade nada a una recta. Del mismo modo, hay magnitudes que nada añaden
a aquellas otras a las que se unen y se las puede despreciar. En las magnitudes
no arquimedeanas no se pueden introducir las medias (aritmética, geométrica,
armónica).


La teoría del límite de Cauchy

En el siglo XIX Cauchy afinó el concepto de límite, que es una aplicación del
postulado de Arquímedes al análisis matemático que define el concepto de salto,
de cambio cualitativo.


La morfogénesis de los embriones

En el desarrollo de cualquier embrión, la multiplicación cuantitativa de las
células da lugar a su especialización cualitativa. Al dividirse una misma
célula produce tejidos completamente distintos, como el riñón o la oreja. Las
células se desarrollan, pues, de manera divergente. No sólo se crean más
células sino células distintas pertenecientes a órganos también distintos. Lo
diferente surge de lo idéntico, lo genérico se diversifica, la cantidad se
transforma en cualidad, lo uniforme se convierte en multiforme. En los
embriones de determinadas especies, como las estrellas de mar, las células que
se multiplican no se amontonan de una manera abigarrada sino en torno a ejes de
simetría (arriba y abajo, izquierda y derecha, delante y detrás). El proceso
sigue fases contrapuestas: unas, predominantemente multiplicativas
(cuantitativas), son imprescindibles para aquellas otras predominantemente
diferenciales (cualitativas).


La teoría del equilibrio puntuado

En la teoría de la evolución hay otra larga polémica entre los partidarios de
una explicación fundamentada exclusivamente sobre los cambios cuantitativos,
como Lamarck y Darwin, frente a otros que, como Cuvier y los actuales
defensores del “equilibrio puntuado”, como Stephen Jay Gould, ponen
el énfasis en los cambios cualitativos, las catástrofes y explosiones
repentinas. Ambas tesis son unilaterales. En la evolución de las especies hay
tanto continuidad como discontinuidad.


La crítica leninista de las paradojas de Zenón

Las cuatro paradojas de Zenón de Elea (495-435 a.n.e.) dieron lugar a otra de
las polémicas más importantes de la historia del pensamiento humano. El objeto
del ataque de Zenón era el movimiento, ya que defendía una concepción
metafísica del universo, inmutable y estático.

Para defender su teoría, Zenón consideraba el movimiento de una manera
discontinua, por etapas, como una suma de estados de reposo o, como decía
Lenin, describiendo el resultado del movimiento pero no el movimiento mismo:
“No podemos imaginar, expresar, medir, describir el movimiento sin
interrumpir la continuidad, sin simplificar, hacer más tosco, desmembrar,
estrangular lo que está vivo. La representación del movimiento por medio del
pensamiento siempre hace más grosera, mata –y no sólo por medio del
pensamiento, sino también por la percepción sensorial, y no sólo del movimiento
sino de todos los conceptos”
(9).

Las paradojas de Zenón ponían de manifiesto que no se puede concebir lo
discreto sin lo continuo ni lo finito sin lo infinito, que el movimiento es una
unidad de contrarios: “El movimiento es la esencia del espacio y el
tiempo. Dos conceptos fundamentales expresan dicha esencia: la continuidad
infinita y la ‘puntualidad’ (=negación de la continuidad, discontinuidad). El
movimiento es la unidad de la continuidad (del tiempo y el espacio) y de la discontinuidad (del tiempo y el espacio). El movimiento es una contradicción, una unidad de contradicciones”
(10).


Notas:

(1) Engels, Dialéctica de la naturaleza, Madrid, 1978, pg.203.

(2) Engels, Anti-Dühring, México, 1968, pg.111.

(3) Lucrecio: De rerum natura, §855.

(4) Engels, Anti-Dühring, cit., pg.112.

(5) Engels, Dialéctica de la naturaleza, cit., pg.235.

(6) Lenin, Cuadernos filosóficos, Obras Completas, tomo 29, pgs.124-125.

(7) Lenin, Cuadernos filosóficos, Obras Completas, tomo 29, pg.108.

(8) Nicolás de Cusa, La docta ignorancia, Barcelona, 1981, pgs.52 y stes.

(9) Lenin, Cuadernos filosóficos, Obras Completas, tomo 29, pgs.245-246.

(10) Lenin, Cuadernos filosóficos, Obras Completas, tomo 29, pg.244.

Cambiar algo para que todo siga igual

El materialismo histórico es una concepción científica acerca de la sociedad y de la historia que, como cualquier otra, tiene sus propios conceptos, uno de los cuales es el fascismo, que fue acuñado por la Internacional Comunista sobre la base de las tesis que Lenin dejó establecidas acerca del imperialismo, y que él mismo resumió de la siguiente manera:

“El viraje de la democracia a la reacción política constituye la superestructura política de la nueva economía, del capitalismo monopolista (el imperialismo es el capitalismo monopolista). La democracia corresponde a la libre competencia. La reacción política corresponde al monopolio […]

“Tanto en la política exterior como en la interior, el imperialismo tiende por igual a conculcar la democracia, tiende a la reacción. En este sentido resulta indiscutible que el imperialismo es la ‘negación’ de la democracia en general, de toda la democracia” (1).

Naturalmente quienes están al margen del materialismo histórico no están de acuerdo con esa y otras tesis leninistas, ni utilizan los mismos conceptos científicos, ni son capaces tampoco de criticar a Lenin, Dimitrov y la Internacional Comunista, el núcleo de cuyas posiciones es que el imperialismo es la negación de la democracia.

Una burda falsificación del parlamentarismo

Además de legalidad, los Estados se rodean de legitimidad, tanto más en cuanto que la dominación de clase se impone sobre una base social muy estrecha, como es el caso de la burguesía monopolista, cuya legitimación reposa sobre la democracia. Por consiguiente, en la época imperialista la burguesía entra en contradicción con los propios fundamentos de su dominación y trata de esconderlos bajo diferentes disfraces que, en última instancia, como decía Dimitrov, son otras tantas falsificaciones burdas del parlamentarismo (2), es decir, del binomio pluripartidismo y elecciones, lo cual conduce a ese lema tan extendido de que “tenemos el gobierno que nos merecemos” (3). En definitiva, que la responsabilidad es nuestra, como siempre, porque no votamos a la opción correcta, que siempre suele ser reformista.

Esas concepciones son intolerables. Derivan de la confusión de la legitimidad con la legalidad, que corre paralela con la del Estado y el gobierno, olvidando que lo que habitualmente se conoce como “cuestiones de Estado” están por encima de los gobiernos, los partidos y las elecciones. Es más, no cambian (casi) nunca y, sin embargo, no suelen ser objeto de atención. En palabras de Dimitrov, el fascismo no concierne al gobierno sino al Estado; no es un simple cambio de gobierno sino de la “forma estatal de la dominación de clase de la burguesía” (4).

En 1935 Dimitrov tituló su informe a la Internacional Comunista como la “ofensiva del fascismo” porque en aquel momento ese era su rasgo más característico. Históricamente el fascismo nace por la manera brutal en que la burguesía enfrenta una situación de crisis provocada por el desafío del movimiento obrero tras la Revolución de Octubre. La ofensiva fascista de la burguesía supuso, correlativamente, la defensiva del movimiento obrero, por no decir su derrota y aplastamiento, con las conocidas secuelas represivas, campos de concentración, clandestinidad, exilio, etc.

Esa situación explica los motivos por los que el fascismo nace históricamente, así como sus consecuencias, pero no la esencia del fascismo mismo como superestructura política del Estado burgués característica de la época del imperialismo. Por lo tanto, el fascismo no se identifica ni con aquella etapa, ni tampoco con alguna de las formas concretas que ha revestido en alguno de los países, por ejemplo, con el corporativismo italiano.

Ahora bien, afirma Dimitrov, no se puede establecer un esquema general sobre el desarrollo del fascismo (5) y, en cualquier caso, el partido comunista debe prever el paso de las formas defensivas a las ofensivas (6). Con tanta más razón en aquellos países, como España y Portugal, en los que el fascismo ha tenido una historia larga, que no coincide con la experiencia política de otros países, como Alemania o Italia, donde fue derrotado en 1945, es decir, en donde la experiencia fue relativamente breve, lo que ha contribuido a su mixtificación al presentarlo como un régimen excepcional, un paréntesis político, tras el cual el Estado burgués vuelve siempre a su forma “normal”, que es la democracia burguesa.

Sobre la base de la experiencia de esos países, los oportunistas consideran que el materialismo histórico está equivocado y que la historia es reversible, que la tendencia general del imperialismo es hacia la democracia burguesa. Cuando Lenin habla de una “ley histórica”, como el viraje de la democracia hacia la reacción política en la época del imperialismo, se refiere a una “tendencia” sobre la cual actúan fuerzas que operan ese sentido y fuerzas que operan en el opuesto y, aunque se pueden poner ejemplos opuestos, la tendencia dominante es la que Lenin, Dimitrov y la Internacional Comunista establecieron correctamente.

El caso de España así lo demuestra y es inconcebible que el regreso a la democracia burguesa se traslade a nuestro país, en donde el fascismo ni ha sido derrotado, ni ha tenido una historia corta. Del mismo modo que Marx y Engels pudieron desentrañar la esencia del capitalismo en aquel país, Inglaterra, el que había tenido una trayectoria más larga, la naturaleza política del fascismo se debe analizar en países como España, que es su modelo más acabado y teniendo en cuenta, como exigía Dimitrov, su evolución a lo largo del tiempo, sus cambios históricos y, muy especialmente, la transición.

¿Obstaculiza el fascismo el desarrollo de las fuerzas productivas?

En España el análisis del fascismo empieza con una vieja batalla ideológica contra las concepciones eurocomunistas de Carrillo, según las cuales el fascismo no le interesa a la burguesía, o al capital financiero, porque impide el desarrollo de las fuerzas productivas. Pero la evidencia histórica al respecto no puede ser más contundente: el fascismo es la más poderosa palanca de acumulación de capital porque somete al movimiento obrero a un régimen brutal de terror y a unas condiciones laborales leoninas. Así sucedió en España en la posguerra, donde miles de trabajadores fueron explotados en un régimen de semi-esclavitud y en donde tras el Plan de Estabilización de 1959 millones de campesinos tuvieron que emigrar, bien al exterior o bien a las ciudades. Los planes de desarrollo posteriores que el fascismo implementó convirtieron a España de un país semi-feudal a otro de capitalismo monopolista.

A veces esa misma tesis revisionista presenta otro formato, según el cual el fascismo impedía el desarrollo de las fuerzas productivas porque en la Europa democrática no admitían el ingreso de un régimen fascista como España. Esto también es rotundamente falso. Para justificar su claudicación, Carrillo y los eurocomunistas invirtieron la relación causal. Según ellos la incorporación económica formal a la Unión Europea era la causa y no la consecuencia de la integración económica. Pero España ya formaba parte integrante del mercado europeo antes del ingreso de España en la Unión Europea. En 1959 el capitalismo español se incorporó plenamente al mercado mundial y, específicamente, al europeo. La transformación monopolista de los años sesenta fue acelerada precisamente por esa inserción de España en los mercados exteriores y, más exactamente, por tres palancas fundamentales: la emigración al exterior, las inversiones de capital extranjero y el turismo.

Para llegar a dicha conclusión no es necesaria ninguna argumentación alambicada, porque es más que evidente que el capitalismo no aparca un buen negocio con un país por la naturaleza de su régimen político. Es sabido que los capitalistas de las democracias más relucientes no tienen escrúpulos en firmar sabrosos contratos con los criminales más sanguinarios, y lo mismo hizo la Unión Europea con el franquismo. Por ejemplo, el 29 de junio de 1970 la Comunidad Económica Europea, como se llamaba entonces, firmó con el gobierno franquista lo que se llamaba “un acuerdo preferencial”.

No se trata sólo del vínculo de España con Europa, sino con cada uno de los países europeos. Uno de los ejemplos más llamativos fue la construcción en 1969 de la central nuclear de Vandellós I, prevista para la fabricación de armas atómicas. El capital de la central no sólo era propiedad de una empresa mixta hispano-francesa, sino que su tecnología también era francesa. A un país capitalista como Francia, cuna de los derechos humanos, no sólo no le importaba la naturaleza fascista del régimen español sino que estaba dispuesto a dotarle de armamento nuclear.

El fascismo es consecuencia de la crisis general del capitalismo

Entre los rasgos con los que Lenin caracterizó al imperialismo destaca que en dicha fase el capitalismo entra en una etapa de crisis generalizada, que no sólo es económica sino también política. Le dedica un capítulo completo a analizar este fenómeno, que le parece “muy importante” (7). El parasitismo, la descomposición, el estancamiento, son otras tantas “tendencias” actuales del capitalismo a las que también se le pueden encontrar excepciones que confirman la regla. Las crisis económicas, como la actual, no son cíclicas, por lo que no van a encontrar salida dentro del propio capitalismo. El fascismo es la adaptación del Estado burgués a esa situación de descomposición y crisis general, es decir, tanto económica como política, que en España alcanza cotas de verdadera degeneración, como estamos comprobando a diario.

La transición española fue uno de esos ejemplos de crisis general, a la vez económica y política, del sistema de dominación burgués que el franquismo pretendió resolver no suicidándose sino sucediéndose a sí mismo. La naturaleza de un régimen político, como cualquier fenómeno social y político, no se puede estudiar recurriendo a los tópicos seudo-marxistas sobre “hegemonía”, “bloques de clases”, “alianzas entre fracciones de clase” y demás. Ese tipo de recursos vacíos lo que pretenden es encubrir los hechos que hay que poner encima de la mesa: si España fue en un tiempo un régimen fascista y actualmente es democrático burgués es porque hubo un momento en el cual se produjo una modificación en la naturaleza Estado, tan profunda que se puede caracterizar como una excepción a las leyes del materialismo histórico, e incluso más: se puede decir que el materialismo histórico ha vuelto a equivocarse de nuevo y que la historia marcha en la dirección contraria de la prevista por Lenin, Dimitrov y la Internacional Comunista.

Salvo los más recalcitrantes reformistas, hoy no hay ninguna organización antifascista -que yo sepa- que reivindique el Estado actual como una conquista propia, es decir, que afirme: “Desde 1939 nosotros estuvimos luchando por este Estado”. Más bien lo que dicen es lo contrario: “Desde 1939 nosotros estuvimos luchando contra este Estado”. Por lo tanto, el cambio producido durante la transición no fue una conquista de ninguna organización popular sino una maniobra interna del propio régimen. La historia no muestra el caso de un régimen político que se suicide, es decir, deje de ser lo que es para convertirse en otra cosa distinta. De ello se desprende que a partir de 1975 la reforma política la dirigieron los propios fascistas y que el objetivo que perseguían con ella no era el de debilitar su dominación sobre las masas populares, sino reforzarla. Por último, si los fascistas hicieron algún tipo de cambio no fue porque dejaran de ser lo que siempre habían sido, fascistas, sino porque se vieron obligados a ello por el movimiento popular que durante la transición les había puesto en una situación de crisis muy peligrosa.

Al exponer quién estaba detrás del cambio y para qué hizo el cambio, con qué propósitos actuó, hay que descartar lo obvio: efectivamente, es verdad, hubo un cambio. Ante una crisis, el régimen dominante tiene que hacer algo para salir de ella, tiene que introducir innovaciones. Lo que se trata de saber es si esos cambios tuvieron una entidad cualitativa suficiente como para alterar la naturaleza política del Estado y, además, invertir la “tendencia” política del imperialismo hacia la reacción, la destrucción de las organizaciones de clase y la liquidación de las libertades. Eso es lo que tienen que mostrar.

En ese sentido el posicionamiento de las organizaciones revolucionarias hacia la transición es significativo porque, si el materialismo histórico no se equivoca, deberíamos suponer que quienes consideran que la transición supuso una transformación cualitativa del Estado a la democracia burguesa es porque han analizado al detalle aquella época y pueden mostrar muchos ejemplos de que en España la historia se volvió del revés. Pero no es eso lo que está ocurriendo, sino más bien al contrario, la transición está fuera de la agenda de los grupos comunistas y antifascistas en España; incluso lo consideran algo superado y exótico y, por decirlo más claramente, para ellos la transición es un tabú. No han explicado lo que deberían.

El materialismo histórico no admite vacíos ideológicos, y menos en la historia más reciente, porque favorecen la penetración de la ideología burguesa entre las filas del proletariado, que es lo que viene sucediendo actualmente en España. Al no replantear la transición, el movimiento antifascista en España ha asumido como propia la argumentación de la burguesía, que habla a través de los periodistas, los historiadores y sus políticos profesionales. No es que las organizaciones revolucionarias no tengan una posición propia sobre la transición, sino algo peor: han asumido y aceptado la de la burguesía. El discurso de unos (fascistas) y otros (antifascistas) coincide plenamente: durante la transición se produjo un cambio sustancial en la naturaleza del Estado.

Esa coincidencia con la ideología dominante conduce al abandono de las armas antes de empezar el combate y le está sirviendo en bandeja a la burguesía española lo que para ella es lo más importante, su gran coartada. Los fascistas escuchan de los labios de sus enemigos de clase lo que querían oír: que son demócratas. Incluso algunos comunistas legitiman a un Estado como el español que carecía de legitimidad hasta la transición. Sin embargo, no son capaces de responder a la pregunta: ¿qué ocurrió durante la transición que fuera capaz de legitimar a un Estado que hasta entonces carecía de ella? ¿dónde está esa legitimidad? ¿en qué se fundamenta?

Esas preguntas se multiplican con las recientes propuestas reformistas acerca de la necesidad de una “segunda transición”, que seguramente pretenden que sea igual (de fraudulenta) que la primera. ¿No será que reivindican la segunda precisamente porque no ha habido una primera, es decir, porque nada cambió entonces y quieren que nada cambie tampoco ahora? El hecho es que la transición, que creían olvidada o que querían olvidar, retorna de nuevo. Está otra vez en las calles, donde se oyen cosas como “Lo llaman democracia y no lo es”. Pues si España no es una democracia, ¿qué es entonces?

La naturaleza de la represión fascista

La asimilación del fascismo a la represión es otro estereotipo erróneo: un régimen no es democrático cuando reprime poco, ni es fascista cuando reprime mucho. En España este argumento tan absurdo es reiterativo en los momentos de represión intensa, como los actuales, o cuando saltan los casos de torturas. Parece que los días que no hay detenidos se puede hablar de democracia y cuando los hay lo que corresponde es tildar al régimen de “franquista” o protestar por el “regreso a la dictadura”. Naturalmente es una frase retórica y oportunista cien por cien que demuestra que para ellos el fascismo es un arma arrojadiza, no un concepto fundamental del materialismo histórico. Como explicó Dimitrov, es un error calificar como fascismo cualquier medida reaccionaria de la burguesía (8).

La identificación del fascismo por el volumen de represión nace del propio origen del fascismo como fuerza de choque de la burguesía en la época del imperialismo para frenar el auge del movimiento obrero y revolucionario. Dado que en algunos países esa primera ofensiva del fascismo fue derrotada en la Segunda Guerra Mundial, el fascismo se identifica con sus formas coyunturales originarias, especialmente con Hitler y Mussolini, los campos de concentración, las torturas brutales o la liquidación de los derechos fundamentales.

Pero el fascismo no es consecuencia de la represión, sino al revés. Las formas de represión cambian con las formas de dominación. Hay tribunales, cárceles y policías en todos los Estados, de donde los oportunistas deducen que los tribunales, las cárceles y los policías funcionan de la misma manera. Es una opinión muy extendida que se apoya sobre comodines selectos, el principal de los cuales es la manoseada “naturaleza de clase del Estado burgués”, que acude al empleo de una represión que, en ocasiones, es incluso brutal, a pesar del carácter democrático del Estado, como ocurrió tras la Comuna de París.

Aquí hay un profundo error metodológico. El marxismo-leninismo es, como repitió Lenin, un análisis de lo concreto, de lo diferencial y, por lo tanto, de lo histórico. En todos los países capitalistas el capitalismo no es el mismo. El análisis empieza a partir del momento en el que se identifica a un país como capitalista y, sin embargo, se diferencia de otros países que también son capitalistas, es decir, cuando es capaz de establecer tanto la unidad como la diferencia de cada país.

El materialismo histórico no conoce argumentaciones que estén por encima de la historia, es decir, que se refieran a cualquier país en cualquier época. Es lo que sucede con la represión, que en este país padece el mismo vacío ideológico que la transición: también está fuera de la agenda de las organizaciones comunistas, seguramente porque la represión pasa a su lado pero no va contra ellas. Consideran preferible discutir los planes quinquenales, la coexistencia pacífica o los koljoses en la URSS que la ley de seguridad ciudadana, la ley de partidos, la de videovigilancia, la doctrina Parot, el régimen FIES, Interpol, Schengen, Echelon o las órdenes europeas de detención.

Cuando no se analiza la represión, no se analiza la historia. Donde hay una manifestación, al lado hay un policía antidisturbios. No se puede hablar de una cosa sin mencionar la otra. Una organización que no es capaz de analizar la represión, sus formas y su historia, no conoce al Estado contra el que pretende enfrentarse. Pero a esa organización no sólo le debería interesar conocer a fondo el contenido de la represión sino la naturaleza de la misma, las formas concretas que adopta porque, a veces, la represión es un acto extraordinariamente formalizado, mientras que otras los aparatos del Estado se sumergen en el funcionamiento paralelo, la tortura, las desapariciones y, en fin, los demás crímenes de Estado.

Pondré un ejemplo: en 1956 se prohibió en la República Federal de Alemania al Partido Comunista, algo que parece idéntico a la prohibición en España del PCE(r) en 2003. Sin embargo, no hay paralelismo posible, ambos fenómenos tienen poco que ver entre sí; ni Alemania es España, ni 1956 es 2003. Como corresponde a dos acontecimientos distintos, las formas no son las mismas. El KPD se prohibió tras un largo juicio ante el Tribunal Constitucional, con la parafernalia propia del caso; el PCE(r) lo prohibió un auto, es decir, una decisión de ínfimo rango de un único juez, en el que no hubo ni juicio, ni defensa, ni recurso de ninguna clase. El KPD había sido legal y luego cambió sus siglas por las de DKP y recuperó su legalidad; el PCE(r) nunca ha sido legal. El KPD nunca tuvo detenidos ni presos; el PCE(r) ha tenido unos 3.000 aproximadamente. Al KPD no le han asesinado militantes; al PCE(r) le han asesinado unos 30 aproximadamente. En fin, la prohibición del KPD responde a una situación coyuntural; la del PCE(r) es definitiva.

No creo necesario abundar en que para un comunista estudiar la represión es una práctica que consiste en luchar contra ella, y no sólo en denunciar su existencia. Tampoco me parece necesario repetir que para luchar contra un Estado hay que luchar también contra la represión de ese Estado.

Notas:

(1) Lenin, Sobre la caricatura del marxismo, Obras Completas, tomo 30, pg.98.
(2) Dimitrov, Obras Escogidas, tomo I, pg.581.
(3) “Los dirigentes que tenemos reflejan cómo somos”, dice en una entrevista el grupo musical Deff con Dos, que titula un reciente disco “España es idiota”: http://www.kaosenlared.net/component/k2/item/49241-entrevista-a-def-con-dos-%E2%80%9Clos-dirigentes-que-tenemos-reflejan-c%C3%B3mo-somos.html
(4) Dimitrov, Obras Escogidas, tomo I, pg.581.
(5) Dimitrov, Obras Escogidas, tomo I, pg.664.
(6) Dimitrov, Obras Escogidas, tomo I, pg.604.
(7) Lenin, El imperialismo fase superior del capitalismo, Obras Escogidas, tomo I, pgs.762 y stes.
(8) Dimitrov, Obras Escogidas, tomo I, pg.666.

¿Qué es la conciencia de clase? (III) El grado cero de la conciencia

La conciencia de la clase obrera es una unidad dividida en dos que Marx, a la manera hegeliana, denomina como conciencia en sí y conciencia para sí: “En principio, las condiciones económicas habían transformado la masa del país en trabajadores. La dominación del capital ha creado en esta masa una situación común, intereses comunes. Así, esta masa viene a ser ya una clase frente al capital, pero todavía no para sí misma. En la lucha, de la cual hemos señalado algunas fases, esta masa se reúne, constituyéndose en clase para sí misma. Los intereses que defienden llegan a ser intereses de clase. Pero la lucha de clase contra clase es una lucha política” (1).

El desarrollo del capitalismo, pues, crea una inmensa masa de trabajadores que en el siglo XIX aún se solía denominar en plural como “clases obreras” para destacar su carácter disperso. Lo mismo ocurría con sus organizaciones de clase. Los primeros sindicatos no agrupaban a los trabajadores por empresas sino por oficios, por lo que hoy llamaríamos profesiones, muy cercanos a los gremios de artesanos medievales: eran impresores, zapateros o sastres. No obstante, aunque carecían aún de una sólida cohesión interna, los obreros ya formaban una clase social por sus intereses comunes frente a sus respectivos patronos. Por sí misma, espontáneamente, esa condición social ya convierte a la masa de los distintos trabajadores en una clase social.

Si los obreros formaban en masas compactas, dicen Marx y Engels, no es como consecuencia de la unidad de los propios obreros sino de la unidad de la burguesía (2). En “La Ideología Alemana” Marx y Engels precisaron el concepto de conciencia de clase con otras palabras:

“Los diferentes individuos sólo forman una clase en cuanto se ven obligados a sostener una lucha común contra otra clase, pues por lo demás ellos mismos se enfrentan unos con otros, hostilmente, en el plano de la competencia. Y de otra parte, la clase se sustantiva, a su vez, frente a los individuos que la forman, de tal modo que éstos se encuentran ya con sus condiciones de vida predestinadas por así decirlo; se encuentran con que la clase les asigna una posición en la vida y, con ello, la trayectoria de su desarrollo personal; se ven absorbidos por ella. Es el mismo fenómeno que el de la absorción de los diferentes individuos por la división del trabajo […] Ya hemos indicado varias veces cómo esta absorción de los individuos por la clase se desarrolla hasta convertirse, al mismo tiempo, en una absorción por diversas ideas, etc.” (3).

La conciencia en sí aparece, pues, muy tempranamente en las primeras etapas del movimiento obrero. La adquiere el proletariado espontáneamente en su lucha por mejorar sus condiciones de vida y trabajo, es decir, en luchas de naturaleza sindical y económica. Pero aquellas luchas espontáneas de los obreros eran instintivas. En ellas los obreros actuaban en buena parte movidos por sus intereses individuales y concretos. Fuera de sus luchas contra el patrono, los obreros competían y se enfrentaban entre sí. Durante las huelgas algunos ejercían de esquiroles frente a otros. El salto desde los intereses individuales y concretos de unos pocos obreros, hacia los comunes y generales a todos ellos es en todos los países el progreso decisivo de la conciencia de clase, que se expresa en la creación de organizaciones de dicha naturaleza.

El desdoblamiento de la conciencia tiene, pues, un sentido histórico. Al analizar la evolución del movimiento obrero en cada país se observa que la conciencia de clase evoluciona desde las formas de conciencia en sí a otras que, además, son para sí. La conciencia para sí es un progreso con respecto a la anterior, una forma superior que adquiere el proletariado con sus luchas, un ejemplo, en definitiva, de la transformación de los cambios cuantitativos en cambios cualitativos. Pero aunque la experiencia histórica del proletariado acumula ambas, no puede confundirlas:

a) mientras la conciencia en sí se pone manifiesto en las luchas sindicales, la conciencia para sí aparece en las de tipo político. La conciencia para sí se expresa en el programa político del proletariado, en su estrategia revolucionaria

b) mientras la conciencia en sí es espontánea y se pone manifiesto en formas de acción más o menos improvisadas, como huelgas y manifestaciones, la conciencia para sí se planifica sistemáticamente, para lo cual es necesaria una organización de clase. La conciencia para sí se expresa también en las distintas formas de organización de la clase obrera

c) mientras la conciencia en sí la adquiere el proletariado por sus propios medios en la lucha sindical, la conciencia para sí procede de fuera porque requiere una teoría científica, el marxismo-leninismo, un añadido cualitativo que el movimiento obrero no puede obtener por sus propias fuerzas

Los oportunistas sólo tienen en cuenta uno u otro de los dos aspectos de la conciencia. Algunos de ellos los confunden y otros los separan como si fueran universos extraños entre sí. Ninguno tiene en cuenta que la conciencia no es más que una unidad que se desdobla, una unidad de contrarios y, por consiguiente, que en el movimiento obrero coexisten formas distintas de conciencia de clase. Lenin decía que lo espontáneo es el embrión de lo consciente y que hay diferentes tipos de espontaneidad (4). La conciencia de clase es, pues, un gradiente; no es que haya o no conciencia de clase, sino que hay grados diversos de conciencia que van desde los inferiores hasta los superiores, recorriendo todo su espectro. Se puede decir que existe un grado cero de conciencia, representado por el movimiento obrero espontáneo, que alcanza su punto más elevado en la conciencia para sí: el partido comunista. De uno a otro hay un salto cualitativo.

Como tendencia histórica, la conciencia de clase no retrocede sino que avanza irreversiblemente de la conciencia en sí a la conciencia para sí. Aunque esté muy extendida la opinión contraria, en la actualidad la conciencia de clase ha avanzado sustancialmente con respecto a los tiempos de Marx, Engels y Lenin. No cabe duda que la enorme experiencia acumulada por el proletariado internacional impide hoy afirmar que en alguna parte existan movilizaciones obreras en las que no aparezcan determinadas formas más o menos avanzadas de conciencia de clase. Es un importante progreso del movimiento obrero: hoy la lucha de clases no tiene que partir de cero.

Como consecuencia de ello la burguesía se tiene que enfrentar cotidianamente a un hecho consumado, lo que la ha obligado a maniobrar para confundir a la clase obrera y nublar su conciencia. Como en tantas otras tareas, también en ésta ha dispuesto de la inestimable colaboración de los oportunistas para dar marcha atrás a la historia y volver a las etapas incipientes del movimiento obrero. En este punto los oportunistas adoptan la forma de nuevos espontaneístas. Las tesis de los antiguos aún tenían alguna justificación porque procedían de una etapa en la cual los obreros aún no habían acumulado suficientes experiencias prácticas; los nuevos corresponden a un momento en el cual la espontaneidad se defiende a pesar de que la experiencia práctica contradice cada uno de sus postulados.

Antes el espontaneísmo movía los pies pero no la cabeza. Era la inconsciencia viva de la clase obrera o, a lo máximo, ponía de manifiesto una conciencia muy primitiva. El grado cero de la conciencia aún no se había convertido en una teoría, sino todo lo contrario; no era más que una práctica, el activismo ciego, inconsciente e irreflexivo. Los modernos, por el contrario, mueven la cabeza para elaborar una teoría con la in-consciencia, convirtiendo la espontaneidad en todo un proyecto de desarme y des-organización del proletariado.

Hoy la forma principal que reviste el espontaneísmo es la confusión de la organización con la clase o, por mejor decirlo, la reducción de la organización a la clase y lo que es peor: al movimiento de dicha clase. Es también el caso de quienes defienden los partidos de masas, amplios, con numerosos afiliados al estilo de la II Internacional, mientras critican a los partidos comunistas de nuevo tipo porque son “maquinarias burocráticas” alejados de las masas. Ellos quieren crear un “partido-movimiento” (5), disolver las formas de organización en las formas de actuación bajo los nombres de “coordinadoras”, “redes”, “asambleas”, “plataformas” y cualquier otro lo suficientemente ambiguo como para dispersar a las masas en un archipiélago inconexo.

Aunque los nuevos espontaneístas visten sus teorías con los ropajes de la modernidad, frente a lo que califican como “viejas concepciones dogmáticas”, lo cierto es que lo suyo es una apología del primitivismo, de las fases obsoletas del movimiento obrero. Hacen apología del atraso, de los “métodos artesanos de trabajo”, como los llamaba Lenin. Colocan al movimiento obrero en una situación de desventaja frente a la burguesía, que actúa siempre con una conciencia plena, que no dispersa sus energías sino que las centraliza y organiza de una manera meticulosa en ese dispositivo burocratizado que es el Estado, para proyectarlas incluso en la esfera internacional.

La forma de organización (o desorganización) de la clase obrera es, pues, el primer termómetro de su conciencia de clase.

En los cien años transcurridos desde que Lenin redactó el “¿Qué hacer?”, el espontaneísmo ha cambiado su naturaleza de clase. Mientras antes era una parte del movimiento obrero, actualmente es una corriente típicamente pequeño-burguesa que, entre otras cosas se caracteriza también por enfrentar lo social a lo político, e incluso por preconizar el abstencionismo, que es el mismo principio que defiende siempre la burguesía: no mezclar a los sindicatos con la política, ni a la universidad con la política, ni a la cultura con la política, etc. Dicen que las huelgas deben ser puramente económicas y que las de naturaleza política son rechazables. Es el estilo ONG, de la horizontalidad, de los alternativos, los autónomos y autogestionarios. Para la pequeña burguesía los movimientos deben ser exclusivamente “sociales” (desde abajo), jamás políticos (desde arriba) porque “la política” desune, conduce a enfrentamientos ideológicos “partidistas”, lo cual parece que no ocurre en las luchas económicas y sociales.

El rechazo de “la política” demuestra el origen de clase del espontaneísmo porque la única política que conoce la pequeña burguesía es la política burguesa, es decir, que ponen la política del proletariado al mismo nivel que la política de la burguesía. Por su naturaleza de clase, los espontaneístas no entienden que, además de esa, hay otra política, la política comunista, que está directamente enfrentada a ella y que esa es la esencia misma de la lucha de clases y, por consiguiente, de la conciencia de clase.

Los nuevos espontaneístas consideran que la conciencia de clase es inherente a la condición social del obrero como explotado, es decir, que todos los trabajadores tienen conciencia de clase por el hecho de ser obreros. La clase en sí es al mismo tiempo clase para sí. Afirman que la actuación característica de la clase obrera es la sindical y encuentran la conciencia de clase en las luchas económicas de los trabajadores. Piensan que la lucha sindical (o los “consejos de fábrica”, en su caso) debe abandonarse a sus propias fuerzas, que se basta a sí misma para llevar a la revolución.

Esta concepción es errónea. Los trabajadores sólo se convierten en una clase “para sí misma” cuando se empiezan a reunir para defender sus intereses, no de fábrica, ni de oficio sino de toda la clase social en su conjunto. Entonces ya no son los intereses del obrero frente a los del patrón (jornada, salario) sino los de una clase contra otra. A diferencia de los anteriores, que son económicos y sindicales, dice Marx, esos intereses son de naturaleza política. En la lucha de una clase contra otra lo que se resuelven son intereses políticos. La lucha política es, pues, un progreso imprescindible de la conciencia del proletariado, frente a la lucha puramente sindical o económica. El programa político de la organización de la clase obrera (o su ausencia) es, pues, el segundo termómetro de su conciencia de clase.

La conciencia para sí de la clase obrera se define, pues, por dos elementos esenciales: el programa (los fines) y el tipo de organización (los medios). Ambas forman una unidad porque en función de los objetivos perseguidos los obreros se organizan de una u otra manera. Las formas de organización sirven para poner de manifiesto los verdaderos objetivos de la organización, más allá de los que retóricamente reconocen sus documentos oficiales. “Dime de qué organización dispones y te diré qué es lo que realmente pretendes”.

Una organización limitada sólo puede tener objetivos limitados. Sólo un determinado tipo de organización de clase, el partido comunista, carece de límites de ningún tipo, ni ideológicos, ni geográficos, ni económicos, ni legales, ni militares, ni profesionales. Sólo una organización así, de características ilimitadas, está en condiciones de acabar con el capitalismo, lo cual se debe también afirmar del reverso: para acabar con el capitalismo hay que fortalecer el partido comunista, que es un tipo de organización política que no se parece a ninguna otra.

Sin embargo, es bastante corriente que a un partido comunista se le juzgue exclusivamente por su programa político, es decir, que se examine si es comunista o no. Pero tan interesante como lo anterior es examinar si es realmente un partido, es decir, una organización leninista de cuadros profesionales, plenamente dedicados a organizar la revolución socialista.

Los programas de los partidos oportunistas son retóricos, puesto que no se reconocen a sí mismos como tales oportunistas sino que, muy al contrario, pretenden aparentar algo distinto de lo que realmente son.

Por eso llenan sus declaraciones de frases revolucionarias mientras sus formas de organización están acomodadas a la vida legalista, pacífica e institucional. Es la esencia de los “anticapitalistas”, que no pretenden acabar con el régimen de explotación sino convivir bajo él en una actitud de protesta permanente. Los movimientos espontáneos no se preparan para dar la batalla a la burguesía en ningún terreno, sino para lamentarse permanentemente de sus atropellos más sangrantes.

Se trata de grupos de aficionados que dedican al movimiento sólo sus ratos libres. Su radio de acción es típicamente local, propio de pequeños círculos capaces de llevar a cabo sólo tareas muy simples que encierran a los trabajadores en una perspectiva social estrecha, dominada por lo inmediato y el corto plazo.

A diferencia de las organizaciones de masas, la tarea de un partido comunista es la de dirigir, una función que la pequeña burguesía no es capaz de entender porque, al navegar entre dos aguas, cree que existen movimientos sociales no dirigidos por nadie, es decir, autónomos, en los cuales las masas se agrupan y se dirigen a sí mismas de manera colectiva. Es un claro ejemplo de ceguera por su parte. La experiencia pone de manifiesto que en todo movimiento colectivo siempre hay una dirección, por más que no reconozca como tal. Un movimiento puede surgir espontáneamente y, de hecho, así ocurre la mayor parte de las veces. Pero al final alguien lo acaba dirigiendo; si no lo dirige el proletariado, lo dirige la burguesía.

Cuando el proletariado no dirige una lucha a través de su partido comunista, la misma acaba siendo engullida por el reformismo, que es la inercia de la lucha de clases. El espontaneísmo conduce al movimiento obrero siempre por el sendero del reformismo, el sindicalismo y el electoralismo. De ahí que mientras la burguesía perseguía a los partidos comunistas, mantenía las formas de organización más primarias de la clase obrera. Hay múltiples ejemplos históricos de esa inercia. En Inglaterra los sindicatos crearon un partido propio, el partido laborista, una organización típicamente reformista, muy diferente de las propias de la clase obrera. Lo mismo cabe decir de la Iglesia católica, que desde la encíclica “Rerum Novarum”, promovió formas “horizontales” de organización, como las cooperativas, tan apreciadas siempre en los medios reformistas.

Para defender el espontaneísmo en 1972 Eduardo Fioravanti destacó el carácter creador de los movimientos de masas, algo de lo que no puede caber ninguna duda. Ahora bien, él lo contraponía al partido comunista, cuyo objeto era “limitar”, “coartar” o “contener“ al anterior (6). Eso no podría ser posible sin desnaturalizar la esencia misma del partido comunista, que debe ir por delante y no por detrás de los movimientos de masas, es decir, dirigir, impulsar y promover la creatividad de los movimientos de masas.

Otras veces para camuflar su reformismo, los espontaneístas se refugian en el activismo ciego, característico de ese archipiélago de pequeñas organizaciones locales enfrascadas en un zafarrancho de combate permanente por las calles. No es nada distinto de la vieja y gastada consigna del revisionista Bernstein: “El objetivo final no es nada, el movimiento lo es todo”. Es el movimiento por el movimiento mismo, sin ningún programa, ni línea, ni rumbo. El activismo es aventurerismo; a lo máximo puede conducir a estallidos de rebeldía, tan fulminantes como efímeros porque el Estado burgués los aplasta con facilidad. Entre otras cosas, que por sí misma la calle no proporciona, la revolución exige organización.

Es una creencia muy extendida suponer que un movimiento revolucionario puede estallar espontáneamente o que las masas van a lanzarse a luchar por el socialismo por sí mismas, de manera que cuando eso no se produce los que opinan así se quedan perplejos y se preguntan por qué las masas no se sublevan, a pesar del paro y de las difíciles condiciones de subsistencia que padecen. Es una pregunta que ya está respondida hace muchísimos años: la experiencia histórica demuestra que sin organización y dirección, el movimiento de masas no genera revolución sino reformismo, y que si su situación es tan dura que se ven obligadas a levantarse tumultuariamente, sólo se producirán rebeliones, estallidos masivos de cólera más o menos prolongados, pero jamás revoluciones. En todo el mundo el movimiento obrero ha conocido ambas situaciones y sabe que tanto el reformismo como las explosiones de rebeldía son estériles para la revolución.

Como se observa en la actual crisis, el capitalismo conduce a las masas a una situación extrema que las obliga a salir a la calle a protestar, sin lo cual no es posible la revolución. Pero dicha situación, aunque es una condición necesaria, no es suficiente. La conciencia de clase, hay que volver a repetirlo, es una unidad que se desdobla. No basta el movimiento por sí mismo, por más radical que se muestre; además tiene que tener una dirección, un rumbo, que no está en su propio seno sino que, como dijo Lenin, procede de fuera del propio movimiento:

“El error fundamental de todos los ‘economistas’: el convencimiento de que se puede desarrollar la conciencia política de clase de los obreros ‘desde dentro’, por decirlo así, de su lucha económica, o sea, partiendo sólo (o al menos, principalmente) de esta lucha, basándose sólo (o al menos, principalmente) en esta lucha. Semejante opinión es errónea de raíz […]

“Al obrero se le puede dotar de conciencia política de clase sólo desde fuera, es decir, desde fuera de la lucha económica, desde fuera del campo de las relaciones entre obreros y patronos. La única esfera de que se pueden extraer esos conocimientos es la esfera de las relaciones de todas las clases y sectores sociales con el Estado y el gobierno, la esfera de las relaciones de todas las clases entre sí” (7).

Un avión tampoco determina por sí mismo su rumbo; la navegación aérea la dirige desde tierra la torre de control. Del mismo modo, para determinar el rumbo del movimiento de masas hace falta un partido comunista que las dirija “desde la torre de control” o, como decía Lenin, “desde fuera”. Para estar en condiciones de dirigir un movimiento de masas, un partido comunista se debe diferenciar de las propias masas y de sus organizaciones. El partido comunista es una parte pero no es el movimiento mismo; no puede dirigirlo si se confunde con él, que es otro vicio arraigado del espontaneísmo, que también fue criticado por Lenin:

“El culto a la espontaneidad origina una especie de temor de apartarnos un poquitín de lo que sea ‘accesible’ a las masas, un temor de subir demasiado por encima de la simple satisfacción de sus necesidades directas e inmediatas. ¡No tengan miedo, señores! ¡Recuerden ustedes que en materia de organización estamos a un nivel tan bajo que es absurda hasta la propia idea de que podamos subir demasiado alto!” (8).

La lucha contra el espontaneísmo es la lucha contra el oportunismo en el terreno de la organización. Cada uno de los pasos que acomete un partido comunista debe ser consciente, lo cual equivale a decir, discutido, planificado y bien meditado. A diferencia de otras, la actuación comunista no se improvisa. Es la única organización de la clase obrera capaz de explicar y argumentar no sólo sus objetivos últimos sino cada uno de sus movimientos tácticos.

Notas:

(1) Marx, Miseria de la filosofía, Madrid, 1974, pg.257.
(2) Marx y Engels, El manifiesto comunista, Obras Escogidas, tomo I, pg.31.
(3) Marx y Engels, La Ideología Alemana, Montevideo, 1959, pgs.60-61.
(4) Lenin, ¿Qué hacer?, Obras Escogidas, tomo I, pg.139.
(5) Reinaldo Iturriza López: Del partido/maquinaria al partido/movimiento, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=114484
(6) Eduardo Fioravanti: El concepto de modo de producción, Barcelona, 1972, pgs.217 y stes.
(7) Lenin, ¿Qué hacer?, Obras Escogidas, tomo I, pg.179.
(8) Lenin, ¿Qué hacer?, pg.223.

Gustavo Durán, dirigente del primer servicio republicano de espionaje en Madrid

Juan Manuel Olarieta

Gustavo Durán Martínez (1906-1969) nació en Barcelona, hijo del coronel de artillería retirado José Durán Labad. En 1921 inició sus estudios musicales en el Conservatorio de Madrid, adonde se había trasladado a vivir su familia. Siendo todavía muy joven, frecuentó los ambientes culturales de la Residencia de Estudiantes, donde conoció a Dalí, Buñuel y García Lorca, entre otros.

Entre 1928 y 1934 residió en París, donde se dio a conocer como compositor y pianista en la compañía de Antonia Mercé, «La Argentina».

Poco antes de la guerra se unió al Quinto Regimiento de Milicias donde en dos meses obtuvo el grado de comandante por su arrojo y aptitudes de mando. Sus acciones en los primeros meses de la guerra las relató Malraux en su novela «La esperanza», escondidas bajo el nombre de uno de sus protagonistas: «Manuel».

Participó el frente de su brigada en importantes batallas (Jarama, Segovia, Guadalajara, Brunete) y, al tiempo, en el Congreso de Intelectuales Antifascistas. Ilya Ehrenburg escribió entonces a la prensa soviética que Durán era un ejemplo del intelectual en armas.

En 1937 dirigió en Madrid el Servicio de Información Militar de la República durante un mes, aunque luego Indalecio Prieto, ministro de la Guerra lo sustituyó, pasando a dirigir el XX Cuerpo del Ejército Popular republicano, donde alcanzó el grado de coronel.

Al final de la guerra huyó a Inglaterra desde Denia a bordo del crucero británico Galatea, en el que también viajaba otro coronel, el traidor Segismundo Casado, dirigente del golpe de Estado de marzo de 1939 dirigido contra la República en Madrid y colaborador del espionaje británico.

En Inglaterra Durán quiso enrolarse en el ejército británico para ir de nuevo al frente, lo que no consiguió. A mediados de agosto de 1939 conoció a su esposa, Bonte Crompton, hermana de Belinda Crompton, a su vez casada con Michael Straight. Una tercera hermana, Catherine, fue pareja del escritor británico Graham Green, vinculado a los servicios de inteligencia.

Además de amigos, Durán y Straight eran cuñados. Straight era el único agente norteamericano del grupo de intelectuales vinculados a la red de inteligencia soviética de la Universidad de Cambridge de la que formaban parte Philby, Burgess, Blunt y Maclean.

Gracias a su matrimonio Durán obtuvo el permiso de residencia en Estados Unidos y en diciembre de 1942 la nacionalidad de aquel país, incorporándose en Washington al Departamento de Estado. Su primer destino fue la embajada estadounidense en La Habana que dirigía Spruille Braden.

En la capital caribeña Durán mantuvo una relación muy estrecha con Hemingway, quien le nombró en la conocida novela «Por quién doblan las campanas». Hemingway era amigo íntimo del embajador Braden y, aunque tenía animadversion hacia el FBI, al que equiparaba a la Gestapo, se prestó a trabajar en la Isla como colaborador de los servicios de espionaje para penetrar los círculos nazis y falangistas que entonces infestaban La Habana. Para ello Hemingway pidió ayuda a Durán, creando una red de 26 antifascistas, en su mayor parte republicanos españoles exiliados.

Cuando en 1945 trasladaron al embajador Braden a Buenos Aires, Durán le acompañó a su nuevo destino. En Argentina la situación política era muy tensa en aquel momento. Perón celebraba sus primeras elecciones y Durán redactó el informe donde el departamento de Estado le acusaba de nazi, proponiendo abrir contra él un tribunal parecido al de Nuremberg. Influido por el informe de Durán, el Partido Comunista de la Argentina se posicionó erróneamente contra el peronismo.

A Perón se lo sirvieron en bandeja. Pudo decir que todo era una conspiración urdida por la embajada imperialista con la complicidad de los comunistas, es decir, que la campaña procedía del exterior, de las grandes potencias del momento. Entonces los peronistas acuñaron el lema «Braden o Perón» y respondieron al documento de Washington mencionando expresamente a Durán: «¿Qué razones, sin embargo, han inducido al Partido Comunista de la Argentina a entregarse al imperialismo yanqui?», preguntaba Perón, para agregar: «El Partido Comunista ha pactado con el imperialismo yanqui por intervención del Sr. Braden, ante quien el Sr. Gustavo Durán, su agregado civil en la Embajada de los Estados Unidos y secretario privado antes, durante y después de esa época, ha intercedido más de una vez. La participación del Sr. Durán en la alianza entre el Partido Comunista de la Argentina y el imperialismo yanqui no puede ser objeto de grandes dudas».

Durán se pudo mantener en el Departamento de Estado hasta que la guerra fría cambió las reglas del juego. Desde 1938 el espionaje británico sabía que Durán era un estrecho colaborador del gobierno republicano en la guerra civil española, lo que le valía ser considerado como «
comunista». Pero hasta entonces otras necesidades más perentorias pusieron en cuarentena esa circunstancia, que salió a relucir más tarde, durante la caza de brujas del senador McCarthy, con carácter retroactivo.

En 1938 Galíndez estaba en Madrid al servicio de Irujo como funcionario del Ministerio de Justicia. Al menos desde el siguiente año hay confirmación de que era un confidente (agente DR-10) de la inteligencia militar de Estados Unidos, y posteriormente (como agente Rojas), del FBI. A través de Galíndez el FBI conoció el trabajo de Durán al frente del Servicio de Información Militar, que Walter Krivitski y quizá también Orlov, confirmaron al desertar de la URSS.

Además, Durán fue también denunciado por Indalecio Prieto, su anterior jefe, en un informe dirigido al pleno de la dirección del PSOE reunido en Barcelona en agosto de 1938 que luego se publicó como folleto. En dicho informe Prieto explicaba los motivos de su dimisión al frente del Ministerio de la Guerra, acusando a los comunistas, entre los que mencionaba a Durán, de copar los cargos de responsabilidad en las unidades militares y, en particular, del Servicio de Información Militar, una versión que ha hecho fortuna, como todas las que culpan a los comunistas.

El 28 de diciembre de 1943, desde la embajada estadounidense en la República Dominicana, Edgard J. Ruff confirmó las vinculaciones de Durán con los comunistas y, por consiguiente, con la inteligencia soviética. La fuente de Ruff no era otra que Galíndez, entonces consejero de Trujillo en la República Dominicana.

El FBI transmitió aquellas sospechas al senador McCarthy, que el 28 de marzo de 1946 abrió una causa contra Edward K. Barsky, dirigente de la red de apoyo a los antifascistas refugiados en Estados Unidos. En la investigación aparecía el nombre de Durán como militante comunista, comandante del Ejército Popular de la República y responsable de aquella red solidaria.

El senador McCarthy, y la política exterior de Estados Unidos, empezaba a caminar por la misma senda que el franquismo. En 1946 el espionaje franquista elaboró otro informe, donde Durán figuraba con el apodo de «El Porcelana». El 9 de abril el diario falangista «Arriba» publicó el informe con la apariencia de un artículo periodístico denunciando a Duran como agente del espionaje soviético.

A su vez aquel informe sirvió de base a otro de 4 de junio del coronel Wendall Johnson, agregado militar de la embajada estadounidense en Madrid.

En 1950 Durán volvió a ser investigado y tuvo que comparecer ante la comisión del senador McCarthy, quien concedía una importante tan grande a Durán que durante una cena en Nevada le dio a conocer entre los primeros cuatro agentes soviéticos: John Service, Gustavo Durán, Mary Jane Kenney y el Dr. Harlow Sharpley (Washington Post, 13 de febrero de 1950).

Acosado, Durán tuvo que dejar el Departamento de Estado y trasladar su residencia a Nueva York, donde comenzó a trabajar en la ONU. Luego vivió en Chile unos años encabezando una delegación de la Cepal. En 1960 pasó un año al frente de la misión civil de la ONU en el Congo cuando el avión en el que viajaba Hammarskjold, el secretario general de la ONU, fue saboteado.

Murió en Creta, Grecia, el 25 de marzo de 1969, donde fue enterrado.

Siguiendo a Prieto, una historiografía fabricada «ad hoc» considera que los comunistas (y sólo los comunistas) procedieron a una penetración sobrepticia en los cargos de responsabilidad de la República, aunque sólo fuera durante un mes, como es el caso de Durán. En la II República, con excepción de los comunistas, cualquiera tenía derecho a servir en la función pública.

Naturalmente, esa estúpida historiografía también considera que por encima, por debajo y al costado del PCE estaba la URSS de Stalin, máxime cuando se hace referencia a algo tan emblemático como el Servicio de Información Militar, como también es el caso de Durán.

Esa misma historiografía considera, finalmente, que quienes no se oponen a los comunistas, como es el caso de Durán, son comunistas igualmente. Es la teoría fascista de la «comisión por omisión»: no basta con no ser comunista sino que hay que oponerse a él de manera activa y militante.

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