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Autor: Juan Manuel Olarieta (página 44 de 59)

Ni victoria ni derrota, sino todo lo contrario

Juan Manuel Olarieta
El viernes el director de la CIA John Brennan dijo ante el Consejo de Relaciones Exteriores que Estados Unidos no pretende el hundimiento del gobierno de Damasco porque dejaría el campo libre al Califato Islámico, y mencionó a Rusia expresamente para decir que Putin tampoco lo quiere.
Las palabras de Brennan suscitan dos tipos de conclusiones, de las que eliminaré toda referencia al hecho de que el Califato Islámico no es otra cosa que un brazo de los propios imperialistas.
La primera de ellas es que teníamos razón todos los que hemos venido asegurando que en Siria no había una «oposición moderada», es decir, que a partir de 2011 la alternativa a Al-Assad es el Califato Islámico y que la excusa imperialista de apoyar a la oposición moderada sólo servía para justificar el apoyo al Califato Islámico.
En una interesante entrevista en Alfadaiya, la televisión siria, el periodista libanés Nasser Kandil aseguró (1) que la atención puesta en los crímenes atroces del Califato Islámico ha sido tan intensa que a su lado el Frente Al-Nusra parece una organización moderada, o lo que es lo mismo: el Califato Islámico ha dejado a la rama siria de Al-Qaeda como una organización moderada.
Naturalmente que en Siria siempre ha habido una oposición al gobierno baasista, duramente reprimida. También es cierto que las reivindicaciones populares que desencadenaron las movilizaciones de 2011 eran y son justas. Pero me parece indiscutible que en 2011 el imperialismo se puso a la cabeza de la lucha contra el gobierno de Al-Assad y desencadenó una guerra, lo que cambió completamente la situación y, con ella, la naturaleza de la propia lucha contra el gobierno baasista.
De las palabras de Brennan se desprende que hoy no hay una tercera posición. No hay más alternativa al gobierno de Damasco que el Califato Islámico y que mientras esa situación no cambie, la batalla está planteada en esos términos y la posición del imperialismo está muy clara: aunque hablen de «oposición moderada» apoyan al Califato Islámico, apoyan el terrorismo y cada uno de sus horrendos crímenes.
La segunda deducción que se desprende de las palabras de Brennan es que, lo mismo que en otras regiones del mundo, desde Afganistán hasta Libia, al imperialismo no le interesa que en Siria ganen unos u otros. Ni siquiera le interesa ganar la guerra; lo que le interesa es la guerra misma. Es la política del caos controlado o, como dice algún medio, el «equilibrio dentro de la crisis».
Las palabras de Brenan me recuerdan a las que pronunció John Kerry en una reunión celebrada en julio de 2013 en el Palacio de Congresos del Mar Muerto, en Jordania: «Queremos evitar una situación de vencedores y vencidos en la region».
Este tipo de declaraciones explican mejor que nada las paradojas de las guerras, unas recientes y otras no tanto, en Oriente Medio, el norte de África y el Sahel: el imperialismo promueve el terrorismo fundamentalista al mismo tiempo que «lucha» contra él o, dicho en otras palabras, el imperialismo necesita sus propios enemigos en ciertas regiones del mundo. Necesita un cierto tipo de enemigos, aquellos que cumplen un cierto papel, que no es precisamente el de la lucha contra el imperialismo.
Ahora bien, en Oriente Medio funciona desde siempre el juego de las siete sillas: siempre hay un perdedor y la derrota del Califato Islámico en Siria va a tener una primera consecuencia inevitable: la de reconocer la victoria del gobierno de Damasco, que no sería más que el principio de otra serie de victorias en cadena, como la de Irán y, naturalmente, la de Hezbollah.
Por lo tanto, un desenlace así de la guerra de Siria llegaría muy lejos. ¿Qué pensarán en Tel-Aviv del fortalecimiento de Irán y Hezbollah?
Pero no sólo perdería Israel sino también los países del Golfo y, en particular, Arabia saudí, y sería su segunda derrota en muy poco tiempo. Ya había perdido en 2012 en Yemen.
En la entrevista Kandil sostiene que Turquía sería uno de los países más perjudicados por el nuevo reparto de cartas en Oriente Medio. La victoria kurda en Kobani es lo que Turquía había tratado de evitar. Por eso nunca formaron parte de la coalición internacional. Para la revista Newsweek (2), Turquía había instrumentalizado a los takfiristas para derrotar a los kurdos. Turquía está en el bando perdedor y acabará perdiendo Kurdistán. Tras su victoria los kurdos salen victoriosos, pierde el Califato Islámico, pierde Turquía… y posiblemente pierda también el gobierno de Damasco.
La derrota del Califato Islámico en Kobani pone en evidencia todas sus limitaciones y, lo que es peor, marca una pauta. No es fácil explicar qué motivos les llevaron a atacar la ciudad fronteriza kurda, pero es evidente que no fueron de tipo confesional. No tenían nada que ver con su salafismo. Pero tampoco tenía ningún sentido apoderarse de Quneitra o Tikrit.
La pregunta es relevante porque John Kerry había reconocido que Kobani no tenía un carácter estratégico (3). Sin embargo, para asaltar esa ciudad, el Califato Islámico tuvo que abandonar puntos que sí eran estratégicos, como Idleb o Alepo. Algunos dicen que quisieron obtener un paso fronterizo hacia Turquía. Pero ya tenían otros dos.
Hay quien sostiene que era una táctica de distracción, que el verdadero objetivo era atracar Bagdad, o bien que Kobani atrajo la atención hacia otras acciones de mayor envergadura en Irak.
Según Kandil el objetivo del Califato Islámico fue acercarse a Irbil, la capital del Kurdistán irakí, lo que tampoco tiene ningún objetivo confesional. Pero para el Pentágono Irbil, como Samarra, es un «muro de fuego», la línea que no se puede cruzar sin el debido salvoconducto.
No cabe duda de que la victoria kurda en Kobani ha fortalecido a Massud Barzani, el dirigente del autoproclamado Estado independiente kurdo de Irak. «La resistencia siria vencerá», aseguró Barzani. «Saldremos de esta guerra como vencedores». Pero los que se apuntan la victoria no son los kurdos de Siria sino los de Irak, las marionetas de Israel. Nada menos que 12 dirigentes kurdos le han rendido pleitesía a Barzani. Ya no es necesario que los takfiristas se hagan con Kobani.
Pero, ¿por qué han sido los kurdos irakíes los que se han apuntado la victoria en Kobani, y no los sirios?
Los policías de todos los países se preguntan: después de la derrota, ¿qué ocurrirá con los terroristas del Califato Islámico?, ¿a dónde irán?, ¿volverán a Londres?, ¿a París? A los del Califato Islámico no los quieren ni en Ryad, donde los jeques rezan para que la guerra de Siria no se acabe nunca. Es la manera de mantenerlos entretenidos.

(1) Alfadaiya, 9 de noviembre, https://www.youtube.com/watch?v=hpRL3c5Qm_Q
(2) ISIS Sees Turkey as Its Ally: Former Islamic State Member Reveals Turkish Army Cooperation, 7 de noviembre de 2014.
(3) Pourquoi Kobané n’est pas une ville stratégique pour les USA, http://tempsreel.nouvelobs.com/monde/20141009.OBS1700/pourquoi-kobane-n-est-pas-une-ville-strategique-pour-les-usa.html

La ley de la pauperización creciente

Hasta la crisis de 2007 la burguesía engañaba a los estudiantes de las Facultades de Economía asegurando que el capitalismo había creado una sociedad de abundancia que, además, nunca tendría fin. A diferencia del siglo XIX, vivíamos en la era del consumo y el bienestar.

Una vez más, las teorías burguesas se han dado de bruces con la realidad. Ya no engañan a nadie, por lo que todos vuelven sus ojos hacia Marx, quien demostró que el capitalismo es sinónimo de pauperismo, no como consecuencia de la crisis sino como una tendencia general e inevitable, es decir, como una auténtica ley del capitalismo. Marx la calificaba como una ley general de la acumulación capitalista.

El pauperismo no es un problema de nivel de vida, de comparación puramente cuantitativa de una época histórica con otra sino que tiene varias facetas distintas, de las que se pueden destacar tres.

1. El pauperismo internacional

El pauperismo supone, en primer lugar, un empeoramiento en las condiciones de existencia de los países dependientes. Son muchas las cifras que periódicamente se exhiben sobre esta cuestión, a cada cual más dramática y escandalosa. Con ello se demuestra que la diferencia entre las metrópolis imperialistas y los países dependientes se ensancha a pasos agigantados y que, además, las condiciones de existencia en estos países se deterioran progresivamente, con consecuencias que son sobradamente conocidas y no necesitan nigún tipo de aclaraciones.

El verdadero problema de los países dependientes no es sólo la carestía; no se trata de que no tengan sino de que deben. Con la crisis la deuda exterior de muchos países se ha multiplicado, asfixiando cualquier posibilidad de escapar del dogal en que están atrapados por las grandes potencias. La deuda exterior es un instrumento de dominación. Aprovechando su situación ruinosa, las potencias imperialistas y sus instituciones financieras (Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional) vienen imponiendo draconianas políticas de ajuste.

De ese modo, mientras los países dependientes padecen toda suerte de calamidades, cada vez más monstruosas, entre las grandes potencias aparecen sectores parasitarios y rentistas que acaparan fabulosas riquezas.

En las metrópilis imperialistas el pauperismo es compatible con la existencia de un reducido sector de obreros aristócratas. El imperialismo es un sistema de soborno de una parte de los trabajadores, de creación de una aristocracia obrera corrompida y cómplice de las maniobras de los monopolistas. Las crecientes dificultades del capital necesitan de auxiliares suyos dentro de las filas obreras: de los reformistas, de los sindicatos amarillos y otros colaboracionistas. El capitalismo actual ha entrado en su fase imperialista, caracterizada por la agonía, la decadencia y la putrefacción de todo el tejido social. En el plano político esta fase última del capitalismo sustituye la democracia por el fascismo, la paz por la guerra, la libertad por la reacción. La descomposición penetra por todos los poros de la sociedad y no deja ámbito exento de la podredumbre burguesa.

2. La pauperización de la clase obrera

En segundo lugar, bajo el capitalismo el proletariado experimenta un proceso creciente de pauperización, es decir, es cada vez más pobre. El principio establecido por Marx, según el cual el salario se fija por la cantidad necesaria para la reproducción de la fuerza de trabajo, no se puede identificar con la ley de bronce de los salarios, con el mínimo fisiológico imprescindible para el sustento cotidiano del trabajador. Para Marx los salarios oscilan entre un mínimo de mera supervivencia y un valor real por encima de él, ya que no depende sólo de las necesidades físicas, sino también de las necesidades sociales, tal como se hallan históricamente determinadas (1).

Las necesidades de la clase obrera son sociales, también las impone el capitalismo. Lo que los burgueses califican de incremento en el nivel de vida no es más que un cambio histórico en la estructura del gasto, del consumo de la clase obrera. El porcentaje que los trabajadores dedican a alimentación por ejemplo, se ha reducido, pero el resto no les sobra y no lo pueden ahorrar porque si el gasto ha cambiado es porque las necesidades han cambiado, y además de alimentarse los trabajadores tienen otras necesidades tan imprescindibles como la alimentación. Si disponen de lavadora no es en concepto de lujo o para mejora de su bienestar sino porque no pueden lavar la ropa en el río más próximo. El cambio en la estructura del gasto demuestra un cambio en las necesidades de los trabajadores y no una mejora en su situación objetiva.

La condición material de la clase obrera no es hoy mejor que hace 150 años; es simplemente distinta porque el capitalismo ha creado necesidades distintas. Desde ese punto de vista no cabe duda que la situación de la clase obrera sigue siendo la misma: el salario sigue siendo una medida de las necesidades de reproducción de la fuerza de trabajo. Las previsiones de Marx sobre la proletarización y el empobrecimiento creciente de la clase obrera son, pues, absolutamente exactas y responden a leyes inexorables del capitalismo. La condición de la clase obrera empeora con el avance del capitalismo.

La acumulación tiene que incrementar el sector de la producción dedicado a fabricar bienes de consumo; una parte de la acumulación se tiene que destinar a incrementar el capital variable; el desarrollo de ese sector dedicado a la fabricación de bienes de consumo es también fundamental porque contribuye a abaratar el coste de la mano de obra. Esta es la clave para analizar la cuestión de la pauperización de la clase obrera: el sector dedicado a la fabricación de medios de producción crece más rápidamente que el dedicado a fabricar bienes de consumo, pero eso no significa que éste no crezca en absoluto.

El que los salarios reales aumenten no significa que no sea válida la ley general de la acumulación capitalista; sólo significa que ha aumentado el valor de la fuerza de trabajo o, lo que es lo mismo, que han aumentado sus necesidades de reproducción. Cada vez las necesidades son mayores y cada vez, por tanto, hay menos posibilidades de satisfacerlas: “Justamente porque la producción crece, y en la misma medida en que esto sucede, se incrementan también las necesidades, deseos y pretensiones, y la pobreza relativa puede crecer en tanto se aminora la absoluta” (2). La prueba más evidente de ello es que los trabajadores no pueden ahorrar, que sus ingresos se consumen casi diariamente. Si los obreros pudieran ahorrar cantidades importantes de dinero, no irían a trabajar y eso es justamente lo primero que ocurre cuando les toca la lotería. Está comprobado, por ejemplo, que los salarios no pueden subir indefindamente, porque por encima de un determinado nivel salarial, los obreros lo que hacen es reducir su jornada de trabajo o aumentar su periodo de vacaciones. El capitalismo necesita permanentemente un volumen de población en busca de empleo y eso sólo es posible cuando no tienen otra cosa que ofrecer que su fuerza de trabajo, cuando el proletariado está desposeído de toda propiedad sobre los medios de producción: “La existencia de una clase que no posee nada más que su capacidad de trabajo es una premisa necesaria para que exista el capital”, dice Marx (3).

Hay toda una serie de indicadores estadísticos para demostrar la pauperización creciente de la clase obrera. La evolución de los salarios reales se utiliza para comprobar la evolución en el tiempo de la remuneración de los trabajadores. Así en España, entre 1994 y 2007 se produjo una caída importante de los salarios reales, es decir, perdieron poder adquisitivo de forma sistemática: se empobrecieron.

Pero las estadísticas burguesas tienen su trampa. El nivel de los salarios es un promedio de la remuneración de los trabajadores ocupados. Por tanto, no tiene en cuenta a los desempleados ni, en consecuencia, al volumen de los desempleados. De aquí se deduce que si se calculara el salario medio sobre la base de toda la fuerza de trabajo, esté ocupada o no, el descenso de los salarios resultaría verdaderamente vertiginoso.

Desde 2009 España no publica la tasa de cobertura del desempleo, es decir, la relación entre el número de parados registrados y los que reciben algún tipo de prestación, pero a partir de la crisis es obvio que el número de parados va en la dirección opuesta a las prestaciones que percibían. Como consecuencia de ello, más de 4 millones de parados registrados oficialmente no cobra ninguna clase de prestación.

Mucho más grave es el descenso del salario mínimo en términos reales. En los años ochenta perdió un 10 por ciento de su poder adquisitivo. En 2003 los trabajadores que percibían este salario tenían la capacidad adquisitiva correspondiente a 1975.

En España este salario mínimo afecta a unos 400.000 trabajadores en activo y a un número importante de parados que cobran el seguro de desempleo. El 27 por ciento de los trabajadores cobra salarios por debajo del mínimo, es decir, menos de 800.000 pesetas al año y casi tres millones de personas perciben ingresos inferiores a esa cuantía.

3. La pauperización relativa de la clase obrera

Si la pauperización se analiza relativamente, el acierto de la ley marxista es indiscutible, porque confirma la creciente penetración de las relaciones de producción capitalistas en todas las esferas de la vida y la desaparición de los modos de vida independientes, de la pequeña producción, del comercio individual y de las profesiones liberales, que es justamente la situación que, como hemos visto, se ha producido.

Relativamente, la situación de la clase obrera con respecto a la burguesía es infinitamente peor que hace siglo y medio; el abismo entre las condiciones de vida de ambas clases se ha ensanchado. Hay muchos más trabajadores que antes y muchos menos capitalistas pero, sin embargo, la parte de la renta que corresponde a los capitalistas crece, mientras se reduce la que corresponde a los trabajadores. El capitalismo exhibe un dramático contraste entre las condiciones de vida del proletariado y la gigantesca acumulación de riquezas alcanzada, de la cual únicamente pueden beneficiarse un puñado de oligarcas. La burguesía impide que el desarrollo de las fuerzas productivas se utilice para mejorar la calidad de vida y de trabajo de millones de trabajadores, que tienen vedado el acceso al tiempo libre, a la cultura, a los servicios y a la mayor parte de las posibilidades de expansión personal creadas bajo el capitalismo. Pero este modo de producción no puede entenderse de otra forma, no podría funcionar elevando los salarios y el consumo de las masas, disminuyendo la explotación y generalizando el disfrute de las riquezas obtenidas.

Marx explicó las razones por las que, aún en el supuesto de que crezcan los salarios reales de los trabajadores, se produce un empobrecimiento relativo: “Un aumento sensible del salario presupone un crecimiento veloz del capital productivo. A su vez, este veloz crecimiento del capital productivo provoca un desarrollo no menos veloz de riquezas, de lujo, de necesidades y goces sociales. Por tanto, aunque los goces del obrero hayan aumentado, la satisfacción social que producen es ahora menor, comparada con los goces mayores del capitalista, inasequibles para el obrero y con el nivel de desarrollo de la sociedad y los medimos, consiguientemente, por ella, y no por los objetos con que los satisfacemos. Y como tienen carácter social son siempre relativos […] Por tanto, si con el rápido incremento del capital, aumentan los ingresos del obrero, al mismo tiempo se ahonda el abismo social que separa al obrero del capitalista, y crece, a la par, el poder del capital sobre el trabajo, la dependencia de éste con respecto al capital […] Si el capital crece rápidamente, pueden aumentar también los salarios, pero aumentarán con rapidez incomparablemente mayor las ganancias del capitalista. La situación material del obrero habrá mejorado, pero a costa de su situación social. El abismo social que le separa del capitalista se habrá ahondado” (4).

Una comparación entre la evolución de los ingresos de burgueses y obreros tiene que tener en cuenta la evolución de la productividad que, al crecer, aumenta la parte de la plusvalía de la que se apropian los capitalistas. Como Marx previno, aunque los salarios suban, la productividad sube siempre mucho más; así en España entre 1975 y 1993 los salarios crecieron a un ritmo anual de 1’9 por cien mientras la productividad creció al 2’6 por ciento anual, por lo que los capitalistas se van quedando cada vez con una parte mayor de la producción.

Los capitalistas también se van quedando cada vez con una parte mayor de la renta nacional. La participación de los salarios en ella mide la situación relativa de los trabajadores en relación con las demás clases sociales. En España a principios de los ochenta los asalariados recibían el 73 por ciento de la renta, mientras que en 1992 el porcentaje bajó al 69 por ciento y en 2010 era sólo el 61 por ciento.

La creciente precariedad en el empleo es también otro indicador del empobrecimiento alcanzado por los trabajadores, ya que les impide realizar cualquier tipo de planes de futuro, dado su incierto porvenir laboral.

Los contratos basura, que no dan derecho al cobro del seguro de desempleo, suman medio millón, bajo las denominaciones de contrato de aprendizaje, en prácticas o a tiempo parcial. Los trabajadores a tiempo parcial cobran un 23 por ciento menos.

La creciente movilidad geográfica de los trabajadores es otro índice del progresivo deterioro de las condiciones de vida y trabajo de la clase obrera forzando a muchos trabajadores al desarraigo, al nomadismo.

La frustración profesional de los titulados es otro rasgo que ha aparecido en los últimos tiempos: sólo el 22 por ciento de los titulados trabaja en el oficio para el que se les ha capacitado; la mayoría o están en el paro o desempeñan tareas no cualificadas. Los académicos que afirman la creciente cualificación de la mano de obra en base al dato de que un porcentaje cada vez mayor de los obreros tienen estudios, silencian que, en realidad, esos estudios no tienen nada que ver con el trabajo que realmente desempeñan.

Este empobrecimiento brutal de las masas obreras anuncia el final próximo del capitalismo: “Para oprimir a una clase -escribieron Marx y Engels- es preciso asegurarle unas condiciones que le permitan, por lo menos, arrastrar su existencia de esclavitud. El siervo, en pleno régimen de servidumbre, llegó a miembro de la comuna, lo mismo que el pequeño burgués llegó a elevarse a la categoría de burgués bajo el yugo del absolutismo feudal. El obrero moderno, por el contrario, lejos de elevarse con el progreso de la industria desciende siempre más y más por debajo de las condiciones de vida de su propia clase. El trabajador cae en la miseria y el pauperismo crece más rápidamente todavía que la población y la riqueza. Es, pues, evidente que la burguesía ya no es capaz de seguir desempeñando el papel de clase dominante de la sociedad ni de imponer a ésta, como su ley reguladora, las condiciones de existencia de su clase. No es capaz de dominar, porque no es capaz de asegurar a su esclavo la existencia, ni siquiera dentro del marco de la esclavitud, porque se ve obligada a dejarle caer hasta el punto de tener que mantenerle, en lugar de ser mantenida por él” (5).

(1) Marx, El Capital, Fondo de Cultura Económica, III-50, págs. 793-794.
(2) Marx, Manuscritos, Filosofía y economía, Alianza Editorial, pág. 60.
(3) Marx, Trabajo asalariado y capital, en Obras Escogidas, tomo I, pg. 77.
(4) Marx, Trabajo asalariado y capital, en Obras Escogidas, tomo I, pgs. 80 y 84.
(5) Marx y Engels: Manifiesto Comunista, en Obras Escogidas, tomo I, págs. 30-31.

El arte de la guerra sicológica según la CIA

Juan Manuel Olarieta

A comienzos del siglo XIX, Felix Walker, representante de Carolina del norte ante el Congreso de Washington, comenzó a exponer un largo y pretencioso discurso para satisfacer a sus votantes y demostrarles que se preocupaba por defender sus intereses. Los demás diputados le pidieron que abreviara y él dijo que no estaba hablando para el Congreso, sino para Buncombe, una localidad de Carolina del norte cuyo nombre («bunkum», en inglés) quedó desde entonces como sinónimo de charlatanería.

En 1923 el escritor William E. Woodward retomó la palabra a la inversa, «debunk», para describir la tarea de «eliminar la paja» o la palabrería de un libro o un discurso. Si la exposición no se caracteriza por el vacío sino por la falsedad, entonces el término «debunk» es el intento de ridiculizarlo, más que de criticarlo.

El «bunkum» y el «debunk» se alimentan uno del otro. Ambos son criaturas de una ideología típicamente estadounidense que, como no podía ser de otra forma, ha desembarcado por todo el mundo. El «bunkum» es ese discurso y esa rueda de prensa oficial que no dice nada. El «debunk» cree que el discurso no está vacío sino que encubre algo.

Pero los papeles de ambos son como la negación de la negación, intercambiables, como en el siglo XII había escrito el gran Averroes: la refutación de la refutación. Hay quienes defienden cualquier entuerto, normalmente delirantes conspiraciones secretas, y también quijotes que se afanan en deshacerlos, acusando a los anteriores de «magufos».

En abril de 1967 la CIA complicó aún más las cosas. En un memorándum lanzó una campaña para combatir a quienes que desconfían de los discursos oficiales, que resultarían desacreditados como «conspiranoicos», que es casi una enfermedad siquiátrica. Los que buscan tres pies al gato deben ser presentados como personas perturbadas o exaltados.

Sin embargo, en 1976 los partidarios de las conspiraciones ganaron la partida. Una petición del New York Times apoyada en la Ley de Libertad de Información encontró la conspiración. El memorándum estaba marcado como «psych», una abreviatura para las operaciones sicológicas (desinformación) y CS, que indica a la unidad de la CIA encargada de las actividades clandestinas.

La CIA elaboró el memorándum poco después del asesinato de Kennedy. Como consecuencia del escepticismo generalizado hacia el informe oficial de la Comisión Warren, la CIA remitió una directiva a los principales organismos vinculados al espionaje. Se titulaba «Lucha contra las críticas al informe de la Comisión Warren» (*) y en ella ya se hablaba claramente de la necesidad de crear el término «teoría de la conspiración» para desacreditar a quienes criticaban las acciones clandestinas que el espionaje llevaba a cabo en todo el mundo.

El objetivo de la CIA era explícito: había que «desacreditar las declaraciones de los teóricos de la conspiración para impedir su circulación en otros países». Medio siglo después Bush siguió ese mismo guión en su discurso ante la ONU sobre los atentados contra las Torres Gemelas de 2001: «Nunca vamos a tolerar esas escandalosas teorías del complot sobre los ataques del 11 de setiembre. Son mentiras maliciosas que tratan de desacreditar la implicación de los propios terroristas y devolver la culpabilidad contra nosotros».

Para impedir la difusión de versiones alternativas, la CIA propuso varias medidas, la primera de las cuales consistía en «no iniciar una discusión sobre la conspiración cuando no sea pública». En caso contrario, cuando una versión contradictoria empieza a alcanzar una difusión preocupante, hay que contratar lo que califica como «agentes de propaganda» para contrarrestar las críticas. La CIA también propone entrar en contactos amistosos con las élites (políticos y editores) para subrayar que:

a) la investigación oficial ha sido profunda y exahustiva
b) las imputaciones de quienes critican la versión oficial carecen de fundamento serio
c) dar pábulo a sus teorías es hacerle el juego a la oposición, es decir, a los comunistas
d) no hay conspiración porque cuando intervienen muchas personas es imposible que se pongan de acuerdo para guardar silencio
e) los conspiranoicos son personas sin estudios, o bien no tienen una preparación académica equiparable a los que defienden la versión oficial
f) que los conspiranoicos no son imparciales sino más bien propagandistas o militantes que se dejan llevar por su causa, por ideas preconcebidas o financiados por terceros

Con el transcurso del tiempo, el manual de la CIA sigue vigente. En referencia a los atentados contra las Torres Gemelas, Obama utilizó un lenguaje muy característico: «No hay que debatir sobre las opiniones. Hay que tratar sobre los hechos». Los hechos tienen, pues, el carácter de indiscutibles, sobre todo si se trata de los que ellos ponen encima de la mesa.

Cuando el primer ministro británico David Cameron se refirió al mismo asunto, el 11-S, equiparó al «Truth Movement» (Movimiento por la Verdad) con una ideología extremista, que es «la madre del terrorismo», añadió. Los que buscan la verdad, esos a los que Sócrates llamó «filósofos», forman parte del «entorno». Peores que los propios terroristas.

(*) CIA Document 1035-960 concerning criticism of the Warren Report, http://www.jfklancer.com/CIA.html

Syriza no se baja los pantalones…

… siempre los llevó a la altura de los tobillos. Que nadie hable luego de «traición» porque Syriza nunca trató de engañar a nadie. Lo dijo bien claro desde el primer minuto. Que los demás se engañaran a sí mismos y trataran de engañar a terceros, es bien distinto.

Nada más hacerse cargo del Ministerio de Finanzas, Yanis Varufakis dijo que nadie podría forzar a Grecia a salir del euro. Es, pues, evidente: Syriza no tenía ninguna intención de abandonar la moneda única, e incluso se resistiría a ello a pesar de las presiones.

El gobierno de Syriza se ha comprometido, además, a hacer frente a la deuda contraída con el Fondo Monetario Internacional. Quieren pagar hasta el último céntimo a todos los especuladores internacionales que han comprado la deuda griega.

En fin, Tsipras, Varufakis y Syriza están llenos de las mejores intenciones. Nadie les puede reprochar nada. No quieren reformar nada porque saben que no pueden hacer nada, que las decisiones están muy lejos de su alcance, y mucho menos albergan la más mínima veleidad anticapitalista.

Entonces los problemas comienzan cuando tratan de cuadrar el círculo mágico, que al ser imposible, se queda en palabrería, en declaraciones oficiales. Ese círculo mágico lo describió Varufakis cuando hace un par de años preguntó en una conferencia cómo es posible que a un parado un banco le conceda un préstamo. Lo que el parado necesita no es un préstamo sino trabajo. Una vez que tenga trabajo se le puede conceder un préstamo.

El trabajo del parado se llama crecimiento económico, pero Varufakis también ha dicho que eso no depende de Grecia, sino de la Unión Europea y, naturalmente, para que la Unión Europea crezca Alemania tiene que cambiar su política económica, que es el caballo de batalla del reformismo que centra sus iras sobre Merkel. Si Alemania lanzara un plan de reactivación económica, el problema de la deuda quedaría resuelto en toda Europa.

El planteamiento me parece algo extraordinariamente llamativo, el mundo al revés: no se trata de que Alemania presione a Grecia, sino de que Grecia presione a Alemania. “Grecia puede obligar a Europa a que cambie”, dijo Varufakis el 20 de enero en una entrevista al diario financiero francés La Tribune. ¿Hablaba en serio?

Son las famosas secuelas de aquel «Otro mundo es posible» que consiste en suponer que no es necesario cambiar casi nada porque basta con modificar la política económica, como el New Deal de hace 80 años. A su vez, para cambiar la política económica de un país basta con cambiar de gobierno. Para ello lo que debemos hacer es votar a los Syrizas locales, ese desfile de nuevos partidos que sueñan con hacerse con un hueco bajo el sol.

Para coleccionar votos hay que lanzar un mensaje bien sencillo que no falla nunca y que consiste en decir a las masas lo que quieren escuchar: que es posible un empate, o sea, que de la crisis del capitalismo se puede salir sin que nadie salga perjudicado, ni los obreros ni los capitalistas, ni los pensionistas ni los bancos, ni los acreedores ni los deudores, ni los importadores ni los exportadores… Nadie absolutamente.

Varufakis lanzó un jarro a agua fría sobre la espalda cuando nos dijo que sus pretensiones no llegaban ni siquiera a la altura del New Deal de hace 80 años. Nada de gasto público y nada de inversión pública: todo va a depender de los capitalistas particulares. A ellos debemos encomendarnos para salir del atasco, es decir, a los mismos que nos han metido en él. Por eso Varufakis siempre ha dejado claro que Syriza no tenía ninguna intención de revertir las privatizaciones, es decir, el saqueo de la propiedad pública que los gobiernos de Grecia han llevado a cabo durante años para pagar las deudas.

Cuando un nacionalista como Varufakis habla de inversión privada, se refiere a la inversión extranjera, o lo que es lo mismo: Syriza prefiere poner a Grecia en manos de extranjeras antes que en manos públicas.

¿Qué debe hacer Grecia para que los especuladores internacionales inviertan allá y no en otro país? Convertirlo en un paraíso atractivo para la voracidad monopolista con bajos salarios, despido libre, trabajo precario, reducción de las prestaciones sociales,  incremento de la jornada de trabajo, etc.

Es verdad que eso ya lo han puesto en práctica los anteriores gobiernos griegos sin recurrir a Syriza. Pero si aún queda algún margen para apretar el cinturón a la clase obrera, les corresponde a ellos ponerlo en marcha. Ese es el papel que le corresponde desempeñar a Syriza en Grecia, el mismo de siempre. El capitalismo no cambia y el reformismo tampoco.

La era de la salud pública nació en la URSS

El concepto y, sobre todo, la práctica de la salud pública no han existido siempre sino que son una conquista de la Revolución de Octubre. Algo tan sencillo como esa práctica cotidiana y actual que consiste en acudir a un centro médico para cuidar nuestras enfermedades gratuitamente se la debemos al esfuerzo de los bolcheviques. La atención médica ha existido siempre… para unos pocos privilegiados; la atención a los obreros, los campesinos y la población, en general, sólo existen desde 1917 y sólo existirá en el futuro si somos capaces de defenderla al menos con tanta energía como pusieron otros en conseguirla.

La primera red sanitaria general de la historia fue obra de Nikolai A. Semashko, fundador del partido bolchevique y primer comisario (ministro) de Sanidad desde 1918 hasta 1930. En su libro sobre la “Protección de la salud en la URSS”, publicado en 1934, Semashko estableció tres principios básicos que debía reunir el servicio soviético de salud: unidad en la organización, participación de la población en la totalidad del trabajo de protección de salud y medidas profilácticas, es decir, la prevención.

La sanidad soviética, por tanto, no era un servicio especialmente destinado a los obreros y campesinos sino una tarea en cuya planificación participaban activamente los sindicatos obreros, las cooperativas agrarias, los soviets y la población en general, es decir, millones de personas que atendían y eran atendidos por la red sanitaria más grande que nunca se había puesto en funcionamiento, alcanzado a cada uno de los rincones de la extensa URSS, incluidos los más alejados y remotos.

La implantación del modelo de medicina soviética en el mundo capitalista fue obra del suizo Henry E. Sigerist que, entre otros, impartió cursos en el Instituto de Historia de la Medicina de la Universidad John Hopkins de Estados Unidos. Sigerist viajó varias veces a la URSS y estudió meticulosamente su sistema sanitario, del que se convirtió en su divulgador más entusiasta: “Los estudios que he hecho durante tres veranos en la URSS -escribió- fueron quizás los más inspiradores de toda mi carrera. Admito francamente que estoy impresionado por todo lo que vi, por el esfuerzo honesto de una nación entera para darle atención médica a todo el pueblo”. El médico suizo siempre reconoció honestamente las aportaciones pioneras de la revolución socialista a la medicina mundial, que describió en su libro “Socialized Medicine in the Soviet Union” publicado en Nueva York en 1937.

Durante la I Guerra Mundial Sigerist fue movilizado como médico del ejército francés, lo que le permitió comprender el carácter imperialista de aquella terrible masacre y, a la vez, valorar la trascendencia histórica de la revolución de 1917: “Un nuevo orden político, económico y social ha nacido de allí y ha modificado muy profundamente las formas de la atención médica […] Puesto que la salud es un bien al que todos tienen derecho el servicio médico es gratuito […] La medicina preventiva tiene prioridad decisiva […] El servicio médico se lleva a la población cada vez más por centros médicos, dispensarios, policlínicos […] La cultura física se ha hecho popular […] Lo que está sucediendo allá es el inicio de un nuevo período de la historia de la medicina”.

Médico e historiador de la medicina, Sigerist se convirtió en un socialista convencido. Sin llegar a ser nunca un marxista militante, gracias al estudio de la medicina se apercibió de que el socialismo era una forma superior de vida para la humanidad. Para el médico suizo el sistema sanitario soviético no sólo era un modelo válido de atención sanitaria que había que llevar al mundo entero; era algo mucho más importante que eso: la sanidad soviética culminaba una larga evolución histórica de los servicios de salud.

En 1938 escribió el artículo “Medicina socializada” para la “Yale Review” donde decía que “el pueblo tiene derecho a la atención médica y la sociedad tiene la responsabilidad de cuidar a sus miembros […] Cada ciudadano debe tener una asistencia médica gratuita, los médicos, como los demás trabajadores de la salud, deben recibir un salario”. La salud no es sólo un problema técnico de asistencia al enfermo sino que se promueve activamente proporcionando condiciones de vida decentes, buenas condiciones de trabajo, educación, cultura física y formas de esparcimiento y descanso.

En 1943 en su libro “Civilization and desease” (Civilización y enfermedad) escribió que el mundo se disponía a dar el paso “de la sociedad de competencia a la sociedad de cooperación; irá hacia el socialismo”. La obra incorpora importantes tesis del materialismo histórico sobre la enfermedad en dos capítulos en los que analiza los determinantes materiales y económicos de la enfermedad. El libro le convirtió en un referente para los estudiantes y jóvenes médicos progresistas de todo el mundo. El 30 de enero de 1939 la revista “Time” ya había publicado su retrato en portada, calificándole como el historiador de la medicina más importante del mundo.

A través de Sigerist la influencia de la medicina soviética alcanzó a Estados Unidos. Con la ayuda de conocidos investigadores, el médico suizo creó la “American Soviet Medical Society”, que presidió Walter B. Cannon, amigo de Pavlov y profesor emérito de Fisiología de la Universidad de Harvard. La asociación editó la revista “The American Review of Soviet Medicine”. La promoción de la comprensión entre los pueblos era su modo de ayudar al intercambio cultural y científico.

Sin embargo, durante la caza de brujas de la posguerra fue ferozmente atacado por la Asociación Médica Norteamericana y el círculo más reaccionario de estudiantes de medicina de la Universidad Johns Hopkins. Fue purgado por la Comisión del Servicio Civil Gubernamental, lo que le impidió ocupar cargos públicos en lo sucesivo. Entonces decidió regresar a Suiza, donde comenzó a redactar su obra cumbre “Historia de la Medicina”, de la cual llegó a publicar el primer volumen.

Por influencia de la Revolución de Octubre y de Sigerist, en Inglaterra también apareció un movimiento en favor de la nueva medicina social y en 1930 Major Greenwood fundó la Asociación Médica Socialista que influyó decisivamente en el programa sanitario del partido laborista. Posteriormente con la ampliación del campo socialista en 1945 y la llegada del partido laborista al gobierno, los obreros británicos pudieron disfrutar de una red pública de atención sanitaria como la que ya disfrutaba la URSS desde hacía décadas.

Desde Suiza, Sigerist hizo varios viajes a Londres que culminaron en las Conferencias de Health-Clark en 1952, pronunciadas en la Escuela Londinense de Higiene y Medicina Tropical. Hasta su muerte en 1957 la ingente obra de Sigerist, que llena las bibliotecas de las facultades de medicina, inspiró la creación del nuevo sistema público de salud británico y otros parecidos en el mundo entero.

El remate de este proceso que se inició en la URSS también acabó en la URSS, en 1978, en Alma-Ata, durante la asamblea de la Organización Mundial de la Salud, cuando el bloque de países socialistas logró aprobar una resolución en la que, por primera vez, se definía a la medicina como un servicio público, con un único voto en contra: el de Estados Unidos. En medicina este principio se conoce como la Declaración de Alma-Ata y dice lo siguiente: “El pueblo tiene el derecho y el deber de participar individual y colectivamente en la planificación y aplicación de su atención en salud”.

Hoy en cada dispensario médico, hospital o clínica pública del mundo siguen latiendo -inmortales- los principios de la Revolución de Octubre y su éxito al llevar a toda la humanidad algo tan preciado como es la salud.

(artículo publicado por vez primera en 2010)

La crisis del régimen del 78

Juan Manuel Olarieta

Dos periodistas muy envejecidos, Miguel Ángel Aguilar en la televisión y Juan Ramón Lucas en internet, han saltado a degüello, como si fueran talibanes, contra la tesis de Podemos acerca de la crisis del régimen del 78, una expresión bastante feliz, por lo demás, mucho más expresiva que lo de la «casta». Sólo cabe esperar y desesperar con que sean consecuentes con lo que dicen.
Lo que molesta a Aguilar y a Lucas no es tanto el reconocimiento de la crisis, que es evidente, como la expresión «régimen» que -según ellos- minusvalora la transición, es casi despectivo. Sin embargo, nunca protestan cuando en España los medios convierten a Cuba en «el régimen castrista», a la República Popular y Democrática de Corea en «el régimen norcoreano», a Venezuela en «el régimen chavista» y a la URSS en el «régimen bolchevique». Por lo tanto, no está mal pagar a los intoxicadores con un poco de su propia medicina.
El empleo de la expresión «régimen» tiene, además, una connotación de temporalidad, algo efímero que puede (e incluso debe) ser sustituido por otro, por otro «régimen» y por eso hay quienes hablan de una «segunda transición», lo cual supone reconocer que ha habido una primera y que esta segunda va a ser igual (de fraudulenta) que la anterior.
El franquismo también fue un régimen y en 1978 no fue sustituido sino reforzado por otro. No hay más que leer las propias normas oficiales con las que se llevó a cabo ese refuerzo, como la Ley para la Reforma Política de diciembre de 1976, por poner sólo un ejemplo. Las propias declaraciones oficiales dejaron claro que se trataba de «mejorar» el franquismo para evitar su desmoronamiento. Durante décadas casi todos colaboraron en aquella maniobra, pero especialmente lo que se llamó «la oposición». Los únicos que no se engañaron fueron ellos mismos que, si alguna vez fueron realmente oposición, se pasaron a la colaboración, se incorporaron a aquello contra lo que habían luchado formando un maridaje de intereses turbios que, finalmente, se ha venido abajo porque era extraordinsariamente endeble: no se basaba en otra cosa que el dinero, el manejo del dinero y los cargos desde los que se le puede meter la mano en el dinero. De esa manera el régimen de 1978 se convirtió en un gran soborno que sólo podía durar mientras hubiera dinero.
Reconoce Lucas en su artículo que «algo falló desde el origen». ¿Algo? Lo que falló fue el origen, o sea, todo. «Lo que mal empieza, mal acaba» y este regimen se arrastra por el suelo como los limacos, dejando tras de sí un asqueroso rastro de babas. Lucas dice que Monedero insulta «la memoria de los que aquí pelearon por la democracia». Pues yo no me siento insultado por Monedero sino por Lucas y por todos los que como él llaman democracia a cualquier cosa, como este régimen de 1978, porque es lo que disfraza su traición. Los demás luchamos entonces por la democracia (y por otras reivindicaciones) y seguimos ahora luchando por lo mismo, es decir, no hemos parado de luchar.
La manipulación de Lucas es doble. En la época de la transición -reconoce- no sólo se creyó lo de la «democracia» sino, además, que era «perfecta». ¡Hace falta ser torpe! Pero ahora se ha dado cuenta de que no lo es, asegura.

Sin embargo, el problema no es que sea «imperfecta» sino que no es tal democracia, ni lo ha sido nunca. No he escuchado a nadie gritando por la calle indignado que esta democracia no es perfecta, sino algo muy distinto: «Lo llaman democracia y no lo es». Lo llaman democracia y no lo ha sido nunca.

No obstante, desde 1978 ha cambiado algo importante: antes teníamos enfrente a los fascistas; ahora tenemos enfrente, además, a los socialfascistas. Antes la caja registradora la manejaban los falangistas, mientras que ahora vemos enfangados a los «sindicalistas» de UGT con los ERE, a los de CC.OO. con sobresueldos, a los de… No hay ninguna organización institucional que se haya librado de la corrupción, lo cual no es de ahora sino de siempre. Ese fue el precio que cobraron por participar en la farsa de la transición. Por eso precisamente algunos la llaman «traición» y otros no se conforman con haber padecido una sino que quieren otra.

Sobre los nuevos acuerdos ‘de paz’ firmados en Minsk

Los nuevos acuerdos “de paz” firmados en Minsk, la capital de Bielorrusia, han dado lugar a una ola de pesimismo en ciertos medios, decepcionados por lo que consideran poco menos que como un “abandono” por parte de Putin de los combatientes del Donbás, que sería el segundo tras los anteriores firmados en setiembre.

Los acuerdos también supondrían un balón de oxígeno al gobierno fascista de Kiev, cuando estaba a punto de demoronarse ante el avance de las milicias, que pueden perder en los despachos lo que han ganado en el campo de batalla a costa de tantos sufrimientos.

Francamente, ese punto de vista se cae por su propio peso porque nadie cree, ni siquiera quienes los critican, que dichos acuerdos, lo mismo que los firmados en setiembre, se cumplan. Entonces, ¿dónde está el problema?

El problema es que ese punto de vista pone de manifiesto un error de enfoque, propagado por los medios anglosajones o reactivo frente a ellos. No tienen en cuenta otras fuentes de información de otros países, que expresan el punto de vista de sus burguesías respectivas. Los árboles no dejan ver el bosque. Los medios anglosajones han puesto la guerra de Ucrania bajo el microscopio y descuidan los aspectos fundamentales de la misma, a saber, que no es otra cosa que un capítulo de la guerra imperialista en ciernes.

Los pesimistas no tienen en cuenta que la botella está medio llena: en las conversaciones de Minsk había un gran ausente, Estados Unidos, lo cual debería hacernos reflexionar, porque hay pocos asuntos mundiales en los que no se haya admitido la participación de Estados Unidos, sobre todo si Rusia está por medio.

En un debate en la cadena de televisión alemana ARD, el embajador de Estados Unidos Kornblum, general de la OTAN, por cierto, dijo en referencia a Ucrania: “Nada se puede solucionar sin la intervención de Estados Unidos”. Le responde el presidente del Parlamento Europeo, el alemán Schulz, de la siguiente manera: “Quiero insistir en el hecho de que Estados Unidos no son vecinos de Rusia y esta guerra no tiene lugar a las puertas de Estados Unidos. Quiero insistir en el hecho de que es un problema europeo y creo que Estados Unidos se debería mantener a una distancia respetuosa”.

En la guerra de Ucrania no se tiene en cuenta la política de bloques que está dibujando con bastante claridad. Lo mismo que la mayor parte de los países del antiguo Telón de Acero, Ucrania es una cuña entre Rusia y Alemania que ha introducido Estados Unidos. Pues bien, los acuerdos “de paz” han sacado a Estados Unidos de la resolución de la guerra, si quiera de una manera formal.

El tratamiento de esta guerra está, además, lleno de eufemismos típicamente periodísticos, tales como “conflicto” u “hostilidades”, que eluden mirar los hechos de cara. Sin embargo, la incorporación de Ucrania y demás países del este de Europa a la OTAN no sólo está dirigida directamente contra Rusia sino que es una amenaza inmediata de guerra nuclear. Cuando hablo de guerra imperialista me refiero, pues, a ella, y no a ninguna clase de eufemismos. No puede haber lugar a equívocos. Son los términos que se están imponiendo en Europa. El 11 de febrero Johannes Stern, de WSWS.org, escribió una reflexión sobre un artículo publicado en Der Spiegel el 8 de febrero con un título que no requiere de mayores explicaciones: “Crisis OTAN-Rusia: vuelve el espectro de la guerra nuclear”.

Por la propia naturaleza de esta guerra, quien se opone a la entrada de Ucrania en la OTAN no es sólo Rusia sino también los países de Europa occidental, empezando por Alemania. En diciembre el representante de Ucrania ante la Unión Europea se puso a chillar histérico por unas declaraciones del ministro alemán de Asuntos Exteriores, Stenmaier, contra la entrada de Ucrania en la OTAN: “¡Nadie puede impedir a Ucrania entrar en la OTAN!”, gritó, a lo que el alemán le respondió con absoluta flema: Sí, Ustedes pueden pedir la entrada, e incluso la Alianza les puede invitar a hacerlo, pero cada uno de los 27 países miembros tenemos un derecho de veto para impedirlo.

La balanza ha empezado a desnivelarse a favor de Rusia, no solamente en Francia (Hollande, la izquierda, Sarkozy, la derecha) sino en toda Europa. Sin ir más lejos, esta misma semana el omnipresente Stenmaier hablaba de imponer sanciones… ¡a Ucrania!, lo que volvió a sacar de quicio al gobierno de Kiev, que llamó al embajador alemán para pedirle explicaciones.

Los acuerdos de Minsk no son más que una tregua en la marcha inexorable hacia la guerra, de la que nadie quiere ni oir hablar, ni siquiera todas esas “vanguardias” de medio pelo que tanto abundan, a pesar de que en Estados Unidos todos y cada uno de los medios político-militares influyentes no hablan de otra cosa.

La marcha inexorable hacia la guerra nuclear se concreta en la petición de armas por parte del gobierno de Kiev y en las presiones de Washington para que se envíen, para lo cual el Pentágono les ha dado prepuesto: 3.000 millones de dólares. Los acuerdos “de paz» que ha firmado el gobierno de Kiev impiden -de momento, sobre el papel- que ese arsenal llegue hasta el suelo europeo.

¿Por qué? Por lo que en tiempos de la guerra fría se llamaba “el desfase” y que hace unos días Paul McAdams, del Ron Paul Institute volvió a recordar: si hay guerra se volverán a carbonizar ciudades como Bruselas, Munich o París, pero no Los Ángeles o Washington. Dudas de este calibre hicieron que en los sesenta Francia abandonara la OTAN y pusiera en marcha sus propios planes nucleares. En caso de guerra nuclear, ¿arriesgaría Estados Unidos una ciudad como Chicago para salvar a otra como Hamburgo? La experiencia de las dos guerras mundial del pasado siglo suscita preguntas de este tipo: si hay una guerra nuclear, ¿quién paga los platos rotos y quién cobra el arreglo?

Por todos los rincones del mundo Estados Unidos se ha lanzado en pos de la guerra porque su experiencia histórica no puede ser más favorable. Para ellos la guerra es otro negocio más. Debe su supremacía mundial a dos guerras, ganó ingentes cantidades de dinero con ellas y ninguna se desenvolvió sobre sus calles.

Ante las cámaras de la televisión alemana el 8 de febrero el embajador Kornblum volvió a repetir la monserga sobre la presencia del ejército ruso en los combates del Donbás. El 13 de febrero el secretario general de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa, Lamberto Zannier, le desmentía. Pero lo mejor fue la respuesta del general Kujat, antiguo presidente del Comité Militar de la OTAN, en sus mismas narices: “Si las fuerzas regulares rusas participaran en esta guerra [la de Ucrania], el asunto se acabría en 48 horas [… Si] cometemos la estupidez de entrar en esta guerra, no seríamos capaces de ganarla, perderíamos y eso sería catastrófico”.

Introducción al estudio de la impostura política

Estoy casi completamente convencido de que la mayor parte de los lectores, así como la mayor parte de esta sociedad, entiende que los políticos son «todos» unos impostores, cualquiera que sea el partido al que pertenezcan, y al referirse a «todos» piensan -sobre todo- en aquellos que están o quieren estar en las instituciones oficiales.

Sin embargo, en la Facultad de Ciencias Políticas de Somosaguas, en Madrid, no hay una asignatura llamada «Impostura», no hay cursillos, tesis doctorales, ni manuales sobre impostura que se podrían titular algo así como «Teoría y Práctica de la Impostura Política».

Por lo tanto, con este tratado pretendo que se abra una nueva cátedra en dicha Facultad y que me inviten a pronunciar una conferencia a fin de que a mi ya dilatado currículum pueda añadir la condición de «profesor asociado» de la Universidad Complutense, ya que este manual es histórico: estoy a punto de inventar una nueva ciencia.

Naturalmente que toda ciencia tiene precedentes, que la gente modesta, como yo, tiene que poner de manifiesto porque, además, de esta manera mostramos nuestra erudición, que siempre queda muy bien. Debo consagrar, pues, este primer tomo de la nueva ciencia a esos genios que se anticiparon a mi descubrimiento. Se trata de Molière, que en 1664 estrenó su conocida comedia titulada Tartufo, cuyo subtítulo lo explica todo: Tartufo o el impostor.

La palabra «tartufo» es hija de las peores familias semánticas. Tiene sinónimos como falaz, falso, fariseo, felón (traidor), artificioso, judas, mentiroso, camaleón, desleal, truhán, capcioso, comediante, hipócrita, insidioso o jesuita. En francés hay otros muchos sinónimos de tartufo que no sabría traducir, como “escobar” o “patelin” que designan a quienes exhiben una amabilidad fingida con la que seducen a los demás para ocultar su verdaderas intenciones, que nunca son buenas.

Marx diría que la impostura es un caso de fetichismo, un desdoblamiento en el que hay dos personajes en la misma persona, el que aparece y el que hay que descubrir. En francés «tartuffe» es el nombre de la trufa, ese champiñón que hay que buscar escondido bajo la tierra. En castellano decimos que algo está “trufado” cuando resulta de la mezcla de ingredientes diversos. Se opone a la “pureza”, que nos gusta porque no tiene aditivos, colorantes, ni conservantes. Lo auténtico es lo simple.

No debe extrañar que la representación de la comedia de Molière fuera prohibida en su momento, considerándola como un ataque brutal a la religión. El arzobispo de París llegó a amenazar con la excomunión a cualquiera que la representara o escuchara. Los beatos, los devotos y los meapilas han sido siempre el prototipo del impostor.

Sin embargo, Molière no sólo se refería a la religión sino también a la política. Entonces, como ahora, muchos asimilaban los sinónimos de tartufo al de político e impostor. Pero el argumento de la comedia no es exactamente el personaje de Tartufo sino los que le rodean. ¿Cómo es posible que no se den cuenta de que es un impostor?, ¿por qué logran engañar a la gente?, ¿por qué suman tantos votos?

El Tartufo es lo que antes en los colegios católicos llamaban el «director espiritual». Es un guía, un dirigente o un «líder» como dicen hoy los anglosajones. El genial Molière le describe a la perfección. Las masas no siguen a un tartufo porque sea listo, o porque sea más listo que el común de las personas, a las que siempre tomamos por idiotas. No es listo, diría Molière: es un listillo, que es bastante diferente.

Como él mismo reconoció, Molière es deudor del teatro de Lope de Vega y en el Tartufo francés revive la picaresca española. El listillo es un engañabobos; se aprovecha del buen corazón de la gente corriente, de las necesidades que tienen las personas humildes y sencillas que no han entrenado su malicia.El Tartufo es, además, un payaso. Para interpretar el personaje, Molière vestía de bufón ridículo y eso no hay que perderlo de vista: lo mismo que los curas, los dirigentes políticos no son más que unos payasos de traje y corbata. No cabe duda de que hacen reir a los espectadores, pero el objetivo de Molière era claramente político e iba mucho más allá: ¿ayudaría la burla a encontrar la trufa escondida bajo la tierra?, ¿cómo lograr que el espectador se aperciba del engaño de que es objeto por parte del impostor?

En el siglo XVII el truco era dios, el paraíso, el pecado original, la virgen María y los arcángeles. En el siglo XXI el truco es Felipe VI, el estado de derecho, las elecciones, el parlamento y la constitución.

En este tratado no perderé ni un minuto en contarle al lector lo que sabe de sobra: detrás de su falsa devoción religiosa (o política), la intención oculta de Tartufo es quedarse con la herencia. Siempre el dinero. Ya lo dijo el ministro Zaplana, otro impostor de libro: él había llegado a la política para forrarse. Sólo le faltó añadir: los votantes me importan una mierda, y los que no votan ni te cuento.

Si a un bufón le quitas el maquillaje no encuentras otra cosa más que esa. En el caso de Pujol es la herencia de su padre, en el otro es una declaración complementaria a Hacienda que olvidó incluir en su momento, a veces son recalificaciones de terrenos, o tarjetas opacas, o contratos blindados, o cuentas en Ginebra, o rescates bancarios, o cursillos de formación, o la prima de riesgo, los bonos subprime, o las cláusulas suelo, o…

Como todo manual, el de la impostura (política) acaba en la economía (también política). Pero esa es una materia que corresponde a otra facultad universitaria, por lo que debo terminar mi nueva ciencia aquí mismo.

Las constantes de la política exterior soviética (y2)

Juan Manuel Olarieta

La política soviética en Afganistán demuestra las constantes fundamentales del conjunto de su política exterior a lo largo de un siglo, que no ha cambiado sustancialmente porque, a pesar de la caída de la URSS, el enfrentamiento es el mismo. Desde la guerra civil, y con excepciones efímeras, la URSS se tuvo que mantener en una situación estratégica defensiva, lo cual indica una abrumadora superioridad de fuerzas por parte del imperialismo, bien entendido que cuando a partir de 1945 me refiero a «fuerzas» aludo también al armamento nuclear.
En la lucha de clases, tanto si se trata de la política interior como de la exterior, quien tiene la hegemonía no sólo dicta las reglas del juego sino que pone a los demás a la defensiva. No es posible sustraerse a esa situación, como le ocurrió a la URSS a lo largo de toda su historia. Los imperialistas llevaron la guerra civil al interior de la URSS, impusieron el bloqueo y la dejaron fuera de la Sociedad de Naciones durante más de una década.
Las reglas diplomáticas no sólo se pueden cambiar sino que la URSS logró cambiarlas en 1945 a costa de 35 millones de muertos, una guerra como jamás ha conocido la historia y la devastación absoluta del país. A la URSS los imperialistas no le regalaron nada y al mundo tampoco. Si durante varias décadas hubo etapas de paz relativa sobre la faz de la Tierra, fue única y exclusivamente gracias al esfuerzo de la URSS, de los demás países socialistas, del movimiento obrero mundial y de la lucha del Tercer Mundo.
No obstante, los cambios de la posguerra no alteraron sustancialmente la correlación de fuerzas, que siempre fue favorable al imperialismo, lo cual explica, además, la consolidación del revisionismo en el interior del PCUS y, finalmente, la destrucción que propició de la propia URSS. El revisionismo no es otra cosa que una capitulación ideológica y política ante la burguesía y el imperialismo, consecuencia de una correlación de fuerzas desfavorable. «El pescado se pudre a partir de la cabeza», decía mi abuela. Progresivamente desde 1956 la influencia y la presión imperialistas se transmiten a todas las esferas económicas, sociales, militares y diplomáticas de la URSS y demás países socialistas.
La diplomacia soviética estuvo siempre a la defensiva en todos los terrenos y, como cualquier estratega reconoce, las ofensivas soviéticas, incluidas las que se produjeron en el terreno militar, no fueron otra cosa que contrataques. Respondieron al principio de que no hay mejor defensa que un buen ataque. Los planteamientos pacifistas que sostienen lo contrario son absurdos; no se puede planificar una guerra sólo para detener los golpes del enemigo y no para devolvérselos, escribió Clausewitz (1).
Afganistán no fue un ataque sino un contrataque soviético basado en una defensa anticipada de las líneas fronterizas, idéntica a otras muchas que se sucedieron a lo largo de la historia de la URSS, como las de la guerra civil, la guerra de Finlandia, el levantamiento húngaro o la Primavera de Praga. Sin embargo, por su propia forma de desencadenarse, los «historiadores» exponen este tipo de acciones fuera de contexto, como si fueran algo por sí mismas. Entonces hablan de agresión o de expansión. Hablan del ataque pero no del contrataque. Ven una ofensa donde sólo hay defensa.
La guerra de Afganistán es el mejor ejemplo de ello. El ejército soviético interviene masivamente en 1979 por los mismos motivos por los que invervino en el mismo lugar 60 años antes. Lo explicó Lenin en 1919 en respuesta a un cuestionario que le envió un periodista estadounidense en 1919, en el que menciona expresamente a Afganistán: la política bolchevique hacia los países musulmanes, dice Lenin (2), se basa en el mismo principio a un lado y otro de la frontera: la autodeterminación.
La URSS nunca dejó de intervenir en Afganistán y afirmar que en dicha intervención hubo algún interés imperialista o económico es una verdadera estupidez, quizá tanto como decir que actuó desinteresadamente o con meros objetivos altruistas. La URSS actuó en interés mutuo, es decir, de ambos países. Por lo tanto, también actuó en provecho propio, algo que no pueden decir los imperialistas porque, a diferencia de la URSS, sus políticas están en contradicción con los intereses de los pueblos oprimidos del mundo entero.
Hay que consignar también que la URSS no actuó en interés de un partido «prosoviético», el PDPA, como dice la propaganda imperialista, sino en interés de Afganistán, por lo que la política soviética hacia Afganistán se mantuvo bajo diferentes gobiernos locales.
Plantear la ocupación soviética de una manera unilateral, sin tener en cuenta el aspecto fundamental, que es la propia presión imperialista, es un error casi tan grande como centrar el objetivo en Afganistán y no en la propia URSS: atacando Afganistán el imperialismo atacaba a la URSS. El objetivo no era Afganistán sino la URSS. La propia envergadura de la Operación Ciclón demuestra que de ninguna forma estaba destinada a alterar la correlación de fuerzas en un país tan frágil como Afganistán. Hasta la fecha de hoy la Operación Ciclón ha sido la mayor operación de la CIA en toda su historia, la más larga y la más costosa.
La Operación Ciclón se basaba en viejos proyectos similares del imperialismo que nunca se habían llevado a cabo porque hasta ese momento sus prioridades estaban en otras regiones, como Vietnam. No cabe duda de que la derrota del imperialismo en 1975 es el detonante inmediato para la puesta en marcha de la intervención en Afganistán. El imperialismo retrocedió en el Extremo Oriente para centrarse en Asia central, una región que le situaba a las puertas tanto de la URSS como de China.
En la posguerra se habló del «cordón sanitario» que el imperialismo había impuesto en torno a la URSS, si bien se hacía referencia a las bases militares cercanas a la frontera en las que los misiles de largo alcance y la aviación imperialista tenían una enorme capacidad de penetración en suelo soviético con armamento nuclear. Esta política agresiva supuso un cambio radical en la política exterior de Estados Unidos, la llamada doctrina Truman, que habilitaba para intervenir militarmente fuera de sus fronteras en tiempos de paz.
Pero el aspecto militar era sólo una parte de aquel cordón sanitario. El otro era la creación a un lado y otro del perímetro soviético de disturbios internos cuya naturaleza dependía del recorrido geográfico de las dilatadas fronteras. Un estudio de las mismas muestra la existencia de dos cuerdas, una primera en Europa oriental, donde tras el Telón de Acero Estados Unidos mantuvo y alimentó la subsistencia del nazismo. Una segunda seguía el curso del Mar Negro y atravesando el Caúcaso y Asia central llegaba hasta el Extremo Oriente, donde Estados Unidos alimentó las corrientes fundamentalistas, panislamistas, panturquistas, entre otras.
La Operación Ciclón no es otra cosa que una reedición de los viejos proyectos imperialistas de atacar a la URSS por el Cáucaso manipulando fuerzas religiosas. Simétricamente el llamado «expansionismo» soviético y ruso tampoco es otra cosa que una maniobra defensiva: el intento de apagar los incendios que el imperialismo fue provocando al otro lado de su perímetro fronterizo.
Con plena legitimidad alguien se preguntará si la diplomacia de un país depende de la naturaleza política del Estado, una duda especialmente relevante en referencia a la política exterior de la URSS y de Rusia. La respuesta sólo puede ser afirmativa: en efecto, la política exterior de Rusia cambió radicalmente en 1917 tras la llegada de los bolcheviques al gobierno, no sólo por lo que ya explicó Lenin sino por el propio Decreto de Paz aprobado por el primer gobierno revolucionario.
Es más, los bolcheviques no sólo cambiaron la política exterior de Rusia sino que cambiaron radicalmente toda la política exterior practicada hasta entonces a lo largo de la historia, lo que se resume en varias conquistas, la más importante de las cuales es el derecho de autodeterminación de las naciones, y a los distraídos hay que recordarles que este derecho empezó por la propia URSS en todos los sentidos posibles, pero especialmente en el de que la URSS no sólo se ganó su derecho a decidir sino algo mucho más importante, su derecho a existir, lo que en 1945 costó pagar un precio muy elevado: enterrar millones de cadáveres.
La posguerra fue un reconocimiento por parte del imperialismo no sólo de la existencia sino también de la fortaleza de la URSS. El III Reich no derrotó, y mucho menos fulminantemente, al ejército soviético, como ellos habían calculado. El Tratado de Yalta, el famoso «reparto del mundo» del que habla la propaganda imperialista, fue ese reconocimiento, al que siguió la creación de la ONU y el derecho de veto que conquistó la URSS.
A ello se sumaron los movimientos de liberación nacional, también enfrentados al imperialismo y que contaron con el respaldo de los países socialistas, e incluso se calificaron a sí mismos como socialistas.
Estas victorias condujeron a suponer que el bloque socialista había ganado un estatuto tal que la «contradicción principal» en el mundo era la que enfrentaba al capitalismo con el socialismo y la URSS se arrogó la representación de dicho bloque, con consecuencias lamentables, como la firma en 1963 del Tratado de No Proliferación Nuclear que está en el origen de las hoy tan invocadas «armas de destrucción masiva», cuya naturaleza Enver Hoxha explicó claramente en aquel mismo momento:
«La línea que sigue Jruschov se ajusta a la política de los imperialistas norteamericanos y está a su servicio. El tratado ‘sobre la no proliferación de armas nucleares’, firmado últimamente en Moscú, es un tratado concebido y dictado por los norteamericanos y aceptado sin ninguna modificación por Jruschov. Los imperialistas norteamericanos quieren el monopolio de las armas nucleares. Jruschov se lo dio. Los norteamericanos hablan de la ‘paz’, también lo hace Jruschov que es un lacayo de la burguesía, pero entre tanto los norteamericanos se preparan para la guerra, aumentan sus stocks de bombas atómicas para sí y para sus amigos, mientras que Jruschov desarma a sus amigos y, con su pacifismo, desarma a los pueblos. Esto significa acudir en ayuda de los norteamericanos»(3).
La fortaleza y el reconocimiento internacional de la URSS no apaciguó al imperialismo sino que le obligó a cambiar de estrategia, poniendo en marcha la «doctrina de la contención» de Kennan, antiguo diplomático estadoundense en Moscú, que abandonaba al posibilidad de acabar con la URSS mediante ataques militares, que siempre habían acabado en otros tantos fracasos: «El antagonismo soviético-norteamericano -escribió Kennan- podía ser grave sin que hubiese que recurrir forzosamente a la guerra para resolverlo», lo cual hay que entender en el nuevo sentido que Kennan quiere darle a la guerra, que ya no es la «guerra total» sino sólo una «guerra limitada»(4). El arquitecto de la «guerra fría» definía así la nueva política del imperialismo a partir de 1945. La URSS no tendría tregua en ningún caso.
Por consiguiente, es obvio que la política exterior depende de la clase en el poder; no es la misma con la burguesía que con el proletariado, bajo el capitalismo que bajo el socialismo. Pero depende también de muchos otros factores y, fundamentalmente, de la presión del imperialismo. La experiencia demuestra, además, que esos factores han tenido un carácter determinante, que a pesar de los importantes retrocesos, el imperialismo seguía siendo la fuerza hegemónica y que el bloque socialista y los movimientos de liberación nacional eran mucho más endebles de lo que parecía a primera vista. En la lucha contra el imperialismo las victorias de la revolución siempre se obtuvieron en países periféricos y, por importantes que fueran, no eran capaces de desequilibar la balanza de fuerzas a escala mundial.
En contra de toda la experiencia histórica acumulada, a partir de 1956 los revisionistas al frente del PCUS ponen en marcha una cascada de concesiones al imperialismo que, como explicaba Enver Hoxha, estimulan aún más la agresividad de Estados Unidos. Ni siquiera la última de sus concesiones, el desmantelamiento de la propia URSS, les resulta suficiente porque, a pesar de las declaraciones solemnes de la Guerra Fría, para el imperialismo nunca se trató de la naturaleza de clase del Estado soviético sino del propio Estado, cualquiera que fuera. Así lo demostró la etapa de Yeltsin durante 10 años al frente de Rusia. Estados Unidos no se va tomar ni un respiro hasta lograr despedazar a Rusia, algo que no logró el III Reich con la URSS. Ese ha sido siempre el objetivo de la guerra de Afganistán, de la del Cáucaso y de la de Ucrania.
El grado de desarrollo alcanzado por el imperialismo en la actualidad deja muy poco margen de actuación para aquellos países que, como los Brics, buscan otras alternativas para sacudirse el yugo asfixiante de Estados Unidos. Esas alternativas son otros tantos contrataques. Calificarlos de agresividad y de expansionismo es ocultar la otra media mitad que, finalmente, es siempre la determinante.

(1) Karl von Clausewitz: De la guerra. Estrategia y táctica, Barcelona, 2006, pg.253
(2) Lenin, Respuesta a las preguntas de un periodista norteamericano, Pravda, 25 de julio de 1919.
(3) Hoxha: Reflexiones sobre China, Tirana, 1979, pg.57.
(4) George F. Kennan: Memorias de un diplomático, Barcelona, 1971, pgs.246 y 254.

La ocupación soviética de Afganistán (1)

Para el movimiento comunista internacional la ocupación militar de Afganistán que llevó a cabo el ejército soviético en 1979 es, después de la guerra de Corea, uno de los episodios más oscuros del siglo pasado, un alarmante síntoma de bancarrota. Unos lo interpretan como un deber internacionalista ante el llamamiento del propio gobierno afgano. Para otros es la mejor demostración del carácter imperialista (o socialimperialista) de la URSS. En cualquier caso, se trata del cómodo manejo de un cliché para salir del atolladero lo mejor posible.

La intervención soviética deriva del propio carácter del país, de su pertenencia al movimiento de los no alineados, así como de su inserción estratégica en Asia central junto con otro países, especialmente Pakistán.

Como todos los del Tercer Mundo, Afganistán surge en el pasado siglo como una creación artificial, con fronteras dibujadas por los imperialistas (línea Durand) que reparten a las poblaciones arbitrariamente y, por consiguiente, provocan un problema nacional, especialmente con los pashtunes. Ese tipo de problemas dividen a los países y los enfrentan con sus vecinos, por lo que son estimulados por las potencias imperialistas.

Además, Afganistán es “tierra de nadie”, una región que no es ni el Imperio Británico (India y Pakistán), ni el Persa (Irán), ni el zarista (Rusia, URSS). Su surgimiento explica las relaciones privilegiadas que mantuvo con la URSS desde la Revolución de Octubre:

a) el gobierno de Kabul contribuyó junto al ejército rojo en el aplastamiento de la contrarrevolución blanca y de los “basmaci” durante la guerra civil rusa, que en parte se desenvolvió en suelo afgano

b) Afganistán y la URSS firmaron en 1920 uno de los primeros tratados internacionales de la historia en los que se reconoce el derecho a la autodeterminación de las naciones

c) desde su fundación en 1955, Afganistán formó parte del bloque de países no alineados.

Casi en ese mismo momento se producen otros dos acontecimientos fundamentales: Pakistán se separa de la India y el imperialismo crea CENTO, una especie de OTAN en Asia central uno de cuyos puntales, además de Pakistán, es Irán, en donde es aplastada la revolución nacionalista de Mossadegh (Operación Ajax).

Durante la guerra fría Afganistán es un país atrapado y aislado por el imperialismo. Su único aliado es la URSS, que se encarga de mantener el Estado y, en particular, el ejército. Desde 1956 hasta 1978, la URSS proporcionó a Afganistán 1.265 millones de dólares en ayuda económica y aproximadamente 1.250 millones de dólares de ayuda militar. El 60 por ciento del comercio exterior afgano es con la URSS.

Lo mismo que su vecino, Pakistán es otro Estado artificioso que se separa de la India por motivos religiosos, al constituir su población con mayoría musulmana, mientras que comparte con Afganistán una parte de la población pashtún, lo que es motivo de fricciones entre ambos.

Frente a dos vecinos no alineados, India y Afganistán, Pakistán se convierte en el más fiel vasallo del imperialismo en Asia central cuyo ejército dispone, además, de un arsenal nuclear.

Frente a vecinos muy poderosos, el Estado afgano es débil y sobrevive volcado hacia el exterior y de espaldas a su propia población. La ayuda soviética y las ventas de gas sufragan los presupuestos públicos y crean una burbuja en Kabul, la capital, de clases urbanas separadas del mundo rural. En esa burbuja es donde se crea el Partido Democrático del Pueblo Afgano (PDPA), que agrupa a los medios más avanzados del país, a su vez estrechamente ligados a la URSS. Dicho partido es tan artificial como el propio país. Está radicalmente escindido en dos facciones: Jalq (“Nación”) y Parcham (“Bandera”). La primera es mayoritaria y de origen pashtún; la segunda es minoritaria y de origen darí.

Kabul no es más que una pequeña urbanización en medio de una sociedad feudal, rural y patriarcal, en la que, sin embargo, sobrevivía una organización de tipo comunal en la cual:

— el 80 por ciento de la población es analfabeta
— casi dos millones de habitantes son nómadas o seminómadas
— más de la mitad de las tierras no se pueden cultivar

La inmensa mayoría la población vive en la miseria. En 1972 se produjo una de las hambrunas más dramáticas de la historia, en la que murieron millones de personas.

En Afganistán, lo mismo que en muchos países del Tercer Mundo, la fragilidad del Estado convierte a los golpes palaciegos en la forma de relevar al gobierno. En 1973 uno de esos golpes sustituyó a la monarquía por la república, poniendo a la cabeza del Estado al general Mohamed Daud, provocando el primer flujo de exiliados políticos hacia Pakistán, como el tayiko Ahmed Shah Massoud y el pastún Gulbuddin Hekmatyar.

En un contexto de inestabilidad creciente, el 17 de abril de 1978 el gobierno asesina en Kabul a Ali Akbar Kaibar, destacado dirigente del PDPA, y una manifestación espontánea de más de 10.000 militantes de dicho Partido acaba en una redada policial en la que encarcelan a los dirigentes Nur Mohammad Taraki, Babrak Karmal y Hafizulá Amín. Temiendo que los asesinaran en masa, los militantes del Jalq en el ejército atacan el palacio presidencial, asesinan a Daud y el 28 de abril toman el poder.

Hafizullah Amin

Hafizullah Amin

Nur Mohammad Taraki es elegido Presidente de la República y Hafizulá Amín ejerce de primer ministro. Ambos son dirigentes de Jalq y ponen en marcha un programa avanzado de reformas democráticas:

— separan la religión del Estado
— inician una campaña de alfabetización en la que por primera vez en las escuelas se enseña en las lenguas nativas de los alumnos y asisten mujeres
— implantan la reforma agraria
— erradican los cultivos de opio
— eliminan los impuestos elevados contra la población
— legalizan los sindicatos
— imponen un salario mínimo
— promueven la igualdad de derechos para las mujeres: permiso de no usar velo, transitar libremente y conducir automóviles, abolición de la dote, integración de mujeres al trabajo y a estudios universitarios, así como a la vida política con cargos públicos (7 mujeres fueron elegidas al parlamento).

Se trata más bien de una declaración de buenas intenciones que de realizaciones inmediatas, especialmente en el campo, donde varias medidas encuentran una fuerte oposición.

Al mismo tiempo, el gobierno desata una intensa campaña represiva. Cuarenta de los generales y aliados políticos de Daud, entre ellos dos antiguos primeros ministros, son ejecutados. También hubo muertos, encarcelados y desaparecidos entre los fundamentalistas. La represión alcanza a Parcham, que fue perdiendo influencia y Babrak Karmal, su dirigente, tuvo que exiliarse en Praga.

El gobierno y Jalq están muy lejos de tener una línea política coherente. La política represiva parece más bien responsabilidad del primer ministro Amín, a quien Taraki delega una parte importante del poder. También hay evidencias muy sólidas de que Amín era un agente de la CIA desde sus tiempos de estudiante en Estados Unidos, lo que explicaría alguna de sus acciones al frente del gobierno.

A comienzos de los años sesenta Amín cursaba estudios de doctorado en la Universidad de Columbia y Winsconsin en una época en la que la CIA reclutaba sus agentes entre los estudiantes extranjeros. El presidente de la Asociación de Estudiantes Afganos en Estados Unidos, Zia H. Noorzay, trabajaba para la CIA y más tarde se convirtió en Ministro de Hacienda de Afganistán. Uno de los estudiantes afganos a quien Noorzay y la CIA trataron en vano de reclutar, Abdul Latif Hotaki, declaró en 1967 que un buen número de los funcionarios clave del gobierno de Afganistán que estudiaron en Estados Unidos eran de la CIA. Aunque se dijo que en 1963 Amin se convirtió en dirigente de la Asociación de Estudiantes Afganos, no se ha podido corroborar. Sin embargo, se sabe que, en parte, la Asociación se financió con dinero procedente de la Fundación Asia de la CIA, a la que Amín estuvo asociado.

El encargado de negocios de la embajada de Estados Unidos en Kabul, Bruce Amstutz, se reunía frecuentemente con Amín. En circunstancias normales, esos contactos pasarían desapercibidos, pero había una guerra civil y, al mismo tiempo que hablaba con un contendiente, Estados Unidos armaba al otro bando. Amin también se reunía en secreto con Pakistán y China. El corresponsal de The Guardian, Jonathan Steele, escribió (1) que Amin reconoció haber recibido dinero de la CIA antes de 1978. El embajador británico en Moscú Braithwaite señaló que después de varias reuniones con Amin, incluso el embajador estadounidense preguntó a Bush padre, entonces director de la CIA, si le tenía en su nómina (2).

El 14 de febrero de 1979 un comando fundamentalista secuestra en Kabul al embajador de Estados Unidos, Adolph “Spike” Dubbs, antiguo embajador en Moscú, exigiendo la liberación de tres presos. Antiguo embajador en Moscú, a Dubbs le nombraron tras llegar el PDPA al poder para reconducir los acontecimientos. Más claramente: Dubbs empieza a dirigir los primeros planes de la CIA en Afganistán.

El secuestro es una provocación a la que se añaden varias circunstancias oscuras de varios personajes oscuros que el tiempo no ha logrado aclarar suficientemente. Tras la caída de la URSS los documentos desclasificados del KGB demuestran que:

— Estados Unidos pide al gobierno de Amín que negocie con los secuestradores
— el responsable del KGB en Kabul se opone y recomienda el asalto
— Amín se niega a negociar, ordena el asalto y los fundamentalistas asesinan al embajador
— la ejecución inmediata de los fundamentalistas asegura su silencio

En marzo cae el sha de Irán y Jomeini llega al poder. Al mismo tiempo, en Herat, una ciudad fronteriza entre ambos países, estalla una sublevación militar dirigida por oficiales fundamentalistas del ejército.

Para reprimir la revuelta, el ejército afgano recurre a la ayuda de los pilotos soviéticos. No fue tan sangrienta como la pintó la propaganda imperialista y los “historiadores”. La ciudad de Herat no fue bombardeada, ni hubo miles de víctimas afganas. El número total de bajas soviéticas parece no haber sido superior a tres.

Tras el levantamiento de Herat se amotinaron otras guarniciones. La inestabilidad era galopante y forzó al gobierno a reclamar a la URSS ayuda militar trece veces entre enero y setiembre. Todas las peticiones fueron rechazadas. Como explicó un funcionario soviético: “Hemos estudiado cuidadosamente todos los aspectos de esta operación y hemos llegado a la conclusión de que si nuestras tropas se desplegaran en el país, la situación en Afganistán no sólo no mejoraría sino que empeoraría seriamente”. No obstante, los soviéticos incrementaron el número de asesores y comenzaron a elaborar los planes de contingencia шторм333 (Storm333) para la utilización a gran escala de fuerzas terrestres.

Como respuesta a la intervención soviética, los imperialistas desencadenan la llamada Operación Ciclón, que refuerza su presencia en Islamabad (Pakistán), desde donde comienzan a organizar y entrenar a los talibanes. La escalada militar se inició, pues, bastante antes de la entrada del ejército soviético en diciembre de 1979. El consejero norteamericano de seguridad de la época de Carter, Zbigniew Brezinsky, reconoció que la intervención imperialista “empezó el 3 de julio de 1979 cuando el presidente Carter firmó la primera directiva sobre la asistencia clandestina a los oponentes del régimen pro soviético de Kabul” (3). En sus memorias el antiguo director de la CIA Robert M. Gates confirma que “la intervención de la CIA se produjo 6 meses antes de que las tropas soviéticas entraran en Afganistán el 24 de diciembre de 1979” (4).

La responsabilidad de Amín en el control del gobierno afgano se puso de relieve en setiembre, cuando ordena el asesinato de Taraki, lo que hizo cambiar de opinión a los soviéticos. A finales de diciembre la 40 División del ejército soviético con 80.000 soldados y 3.800 tanques y vehículos blindados penetra en el país. Su misión no era ayudar a Amin sino ejecutarlo. Al tiempo que entraban por el norte, tropas especiales atacan el palacio presidencial en Kabul. En una batalla larga y sangrienta, habitación por habitación, Amín fue finalmente acorralado y ejecutado.

Le sucedió Babrak Karmal, dirigente de Parcham recién llegado de su exilio en Praga, que puso en marcha una política errática.

(1) Ghosts of Afghanistan: The Haunted Battleground, Portobello Books, Londres, 2012.
(2) Afgantsy: The Russians in Afghanistan, 1979-89, Oxford University Press, 2011.
(3) Nouvel Observateur, enero de 1998.
(4) Duty: Memoirs of a Secretary at War, Alfred A. Knopf, 2014.

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