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La ciencia se está convirtiendo en una cloaca

Juan Manuel Olarieta

En el mundillo científico un artículo pasa a formar parte del acervo de conocimientos cuando se publica en un medio especializado, para lo cual previamente, debe ser censurado o avalado por terceros, de los que se supone que tienen conocimientos para hacerlo. No basta escribir un buen artículo científico sino que es necesario que los colegas te den la palmada en el hombro. Se supone que este absurdo procedimiento otorga las garantías necesarias sobre el contenido de una publicación científica y creo que no es necesario decir que algo que no se publica no es ciencia; ni siquiera existe.

Una dilatada experiencia viene demostrando que, a pesar de las revisiones, el fraude científico avanza inconteniblemente y que no alcanza sólo a quien redacta el artículo científico sino también a quien lo revisa. Hay sectores capitales del conocimiento y teorías científicas muy en boga que no son otra cosa que fraudes de muy diversa factura.

Es muy preocupante que chorradas monumentales como la “teoría del big bang” tengan tamaña difusión en muy amplios círculos científicos. Pero si, además, afectan a la medicina, es como para echarse a temblar. Pues bien, en junio la revista “The Lancet”, una de las más acreditadas en ciencias de la salud, calificó como falsos a la mitad de los artículos publicados. Están jugando con la salud de la humanidad.

Tras una investigación interna, el 18 de agosto la editorial Springer retiró de la circulación 64 artículos de los que se suponía que previamente habían sido revisados por especialistas. En realidad, no habían sido revisados por nadie, pero no porque la revista no quisiera hacerlo sino porque el fraude se ha institucionalizado de tal manera que los autores de los artículos eran capaces de engañar a los editores, a los lectores, a las instituciones y, en definitiva, al público. A todo el mundo.

Hace unos meses la revista BioMed Central retiró 43 artículos y el año pasado el editor SAGE Publications retiró otros 60 de la revista “Journal of Vibration and Control” porque había detectado la existencia de una red ficticia de revisores en la que los autores evaluaban sus propias publicaciones y los de sus colegas con nombres falsos.

El blog Retraction Watch ha detectado 230 artículos científicos fraudulentos en los últimos tres años y ante esta situación, más de un científico o profesor universitario hace como el avestruz y argumenta siempre lo mismo: que el fraude es residual, que son muy pocos los artículos retirados en comparación con la ingente cantidad de publicaciones, del orden de decenas de miles.

Están muy equivocados. Cualquiera que sea el volumen cuantitativo, hoy la ciencia no es capaz de diferenciar la verdad de la mentira. Es el propio procedimiento el que está viciado. El fraude ya no afecta sólo al que escribe un artículo sino que se ha extendido al que lo revisa: el 15 por ciento de los fraudes científicos los cometen los revisores, que es como decir que el autor del crimen es el policía encargado de investigarlo.

El fraude se dispara en los autores, en las universidades, en las publicaciones, en las revisiones, en las editoriales y amenaza con devorarlo todo. Se han creado agencias especializadas que escriben un artículo científico, le ponen tu nombre, lo revisan y lo publican por un módico precio para engordar tu currículum, de manera que puedas ascender en el escalafón, lo mismo que esos sargentos chusqueros que se jubilan de coroneles del ejército.

La situación es tan rocambolesca que puede ocurrir que un artículo que se ha retirado de una publicación contenga una aportación positiva de su autor, pero no haya sido revisado de la manera comúnmente aceptada en la actualidad.

Eso que hoy llaman “ciencia” es como la pescadilla que se muerde la cola. Retroalimenta sus propios vicios. Nadie habla del dinero que envuelve a la ciencia actual, ni de las miserias políticas y académicas que también la rodean. Nadie ha cuestionado que las editoriales científicas sean empresas privadas, cuyo interés es el beneficio y no la ciencia. Nadie habla de que dichas empresas son monopolistas, es decir, que la mayor parte de las publicaciones dependen de muy pocas editoriales. Nadie ha criticado aún que el futuro de la ciencia, las verdaderas innovaciones, jamás van a salir a la luz mientras dependan de censores o revisores. Muy pocos reconocen la asfixia que rodea a quienes están obligados a competir y a publicar, al precio que sea, para trepar o simplemente para mantenerse en el candelero.

En mayo un portal de información económica decía que los fondos invertidos en biotecnología eran los más rentables de la bolsa. Es sintomático. En algunas universidades ya no hay una carrera de biología sino de biotecnología. Son muchos los que están confundiendo la ciencia con la ingeniería. Pero son muchos más los que ignoran que sobre disciplinas como la biotecnología planean los fondos buitre y que esos fondos buitre crean buitres. ¿Qué esperan de un ave de rapiña?

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Hay que empezar a llamar a las cosas por su nombre

Juan Manuel Olarieta

La ideología dominante se desarrolla en un lenguaje propio y característico. Una manera de imponer la ideología dominante es imponer el lenguaje en el que se expresa. Si un discurso o un texto no adopta ese lenguaje es incorrecto, erróneo y no se puede ni se debe expresar. El lenguaje dominante es, pues, un caso de censura y, lo que es peor, de autocensura.

El tabú es una parte importante de la censura. Para poder expresarse y transmitir su opinión, el hablante debe -necesariamente- hablar sobre determinados asuntos y no sobre otros, es decir, crea lagunas y silencios sobre los que nadie dice nada. Es como si una parte de la realidad hubiera dejado de existir.

Todos deben hablar sobre lo mismo. Pero eso tampoco es suficiente: todos deben utilizar determinadas expresiones, y no otras. Por ejemplo, no se debe hablar jamás de clase obrera. En un telediario nunca oirás la palabra “obrero”; hay que decir “empleado” o, a lo máximo, “operario”. Tampoco oirás muchas otras palabras, como “imperialismo”. En la censura de las palabras está la censura de las ideas.

Este fenómeno se rige por una ley de proporcionalidad inversa: a medida que un medio de comunicación tiene una mayor difusión se expresa en un lenguaje menos diverso, y al revés. Por lo tanto, los medios de comunicación de masas expresan siempre las mismas ideas y ocultan siempre las ideas opuestas.

Bajo la forma de eufemismos, siempre ha existido un lenguaje característico de la ideología dominante. Hoy se le llama lenguaje políticamente correcto y es una imposición surgida en Estados Unidos en los años ochenta. Es, pues, un fenómeno profundamente reaccionario e imperialista.

Los periodistas, universitarios y políticos han extendido ese lenguaje, convirtiéndolo en un fenómeno ideológico de masas. Forman los libros de estilo que imperan en todas las redacciones de los medios (televisión, radio, prensa), convertidos en manuales y diccionarios de consulta. Son doctrina. En ellos se contiene la ideología del imperialismo contemporáneo.

Las palabras no surgen por casualidad. Por ejemplo, en España para hablar de ETA durante décadas se utilizaron numerosas expresiones diferentes, hasta que en 1987 se impuso una definición única, “banda terrorista”, seguida al pie de la letra por todos y cada uno de los medios de comunicación. ETA no podía ser tanto como una “organización” porque parece algo estructurado; era una simple “banda”. Tampoco se la podía calificar de “separatista” porque tenía connotaciones políticas, mientras que ETA no pretendía otra cosa diferente que matar.

El fundamento teórico del lenguaje políticamente correcto es la hipótesis de Sapir-Whorf, según la cual el habla influye sobre la percepción, la memoria, el razonamiento y la conducta. Cambiando las palabras se cambia la visión y la valoración de la realidad. No es necesario cambiar el mundo; basta con hablar de él con otras palabras.

La ideología dominante es desigual, un estado permanente de presión intelectual, y se refiere -además- a una desigualdad real, que existe en la sociedad (racial, sexual, nacional, clasista) y que pretende encubrir, es decir, trata de aparentar igualdad donde hay desigualdad. Por eso los eufemismos son especialmente ridículos cuando se refieren a los oprimidos, como el de llamar “nativos americanos” a los indios, porque un indio es alguien despreciable y por eso decimos “hacer el indio” cuando alguien tiene un comportamiento ridículo.

Las necesidades de un lenguaje así derivan de que en la dominación los indios son los designados. No llamamos a los indios tal y como ellos se llamaban a sí mismos, de la misma manera que la Unión Soviética nunca existió en la jerga de los medios de comunicación burgueses. Para el imperialismo la Unión Soviética siempre fue Rusia. Si la burguesía se apodera y lo expropia todo, es normal que también se apodere de los nombres de las cosas y de las personas.

Desde luego que lo característico de la ideología dominante es que el fenómeno inverso no existe. Los blancos hablan de los indios pero los indios no hablan de los blancos. No utilizamos las expresiones indígenas para hablar del “hombre blanco”, al que no llamamos “rostro pálido”. El lenguaje de los dominados no existe y, si existe, no se propaga. No es que el oprimido no exista, lo que no existe es la opresión. Por ejemplo, en un Estado democrático, como España, ni existe la opresión nacional, ni existe siquiera ese lenguaje.

El reformismo se ha apuntado a la ofensiva de lo políticamente correcto porque como no se puede cambiar la realidad, lo que que quiere cambiar es la manera de referirse a ella. Pero ese no es el único efecto de lo políticamente correcto: además, ese tipo de lenguaje encubre la realidad, la disimula. Es el efecto eufemístico. Al mismo tiempo que camufla la realidad, el hablante (periodista, político, universitario, tertuliano) disimula su condición fascista y reaccionaria detrás de un lenguaje indirecto, sutil, empalagoso.

De esa manera lo políticamente correcto es inatacable, crea lugares comunes, neutros, tópicos, como los derechos humanos, la tolerancia, la diversidad, el pluralismo o la justicia universal. Nadie puede ofender ninguno de esos principios sin exponerse a una marginación y a convertirse en el saco de los golpes y los insultos: extremista, fanático, populista, fundamentalista, ultraizquierdista…

Lo políticamente correcto está por encima de las ideologías, no es burgués ni proletario, de izquierdas ni de derechas. No es “anti” nada, no está contra nadie, es respetuoso con todos y no tiene enemigos porque no hiere a nadie. Su lema es “respeto tu opinión pero no la comparto”. Sobre todo no es racista, ni machista, ni homófobo, ni xenófobo. Por eso habla de la ciudadanía, de la gente, de la multitud…

Que la burguesía sea políticamente correcta es lo suyo. Pero la falta de corrección queda equiparada al garrulismo, una condición que el oprimido quiere disimular imitando al opresor. La ideología dominante no sólo extiende a los oprimidos las ideas sino también extiende el lenguaje en el que las mismas se expresan. Entonces los oprimidos se expresan igual que los opresores, en los mismos términos.

Es consecuencia del complejo de inferioridad de todos los oprimidos. Los garrulos queremos ser finos y como nos han acomplejado, cuando vamos al médico no decimos “tetas” sino “pechos”, olvidando que sólo tenemos un pecho pero que, en cambio, tenemos dos tetas. No nos damos cuenta de que caemos en la pedantería y la hipocresía. A veces necesitamos hablar en un lenguaje que no es el nuestro para que nos den un trabajo, por ejemplo. No queremos que nuestro lenguaje callejero denote nuestra ínfima extracción social y nuestra “incultura”. Nos avergonzamos de nosotros mismos porque a nuestra cultura ellos no la consideran como tal: la califican como todo lo contrario, como incultura.

Dejémonos de chorradas. Seamos nosotros mismos: directos, francos, transparentes. Llamemos a las cosas por su nombre. Hablemos de nosotros mismos, de nuestros problemas, de lo que nos preocupa y de lo que nos interesa.

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La lucha contra la opresión nacional es una parte de la lucha contra el imperialismo

Juan Manuel Olarieta

El 20 de agosto el sitio Vilaweb publicó un confuso artículo titulado “Dret d’autodeterminació: les deu preguntes clau” (Derecho de autodeterminación: las diez preguntas clave) que se caracterizaba por reducir el derecho a la autodeterminación a su aspecto jurídico.

Si fuera así, la exposición de Vilaweb no sólo sería jurídicamente correcta sino que se podría calificar de impecable. También es impecable en el sentido de que en el texto queda claro que la cuestión nacional es, en realidad, una cuestión internacional.

Sin embargo, induce a la confusión porque el derecho a la autodeterminación no es la autodeterminación misma, lo mismo que el derecho de manifestación no es una manifestación.

¿Por qué Vilaweb procede de esa manera?, ¿por qué reduce la autodeterminación a un derecho? Sin duda, porque la burguesía catalana quiere el derecho de autodeterminación pero no la autodeterminación. Quiere la autodeterminación por la vía pacífica, “por las buenas” y de momento no está dispuesta a hacer nada más por ello.

En favor de la burguesía catalana hay que decir que, por el momento, eso ya sería un paso importante, nada desdeñable, si estuviera dispuesta a seguirlo hasta el final.

Esa misma “vía pacífica hacia la independencia” es lo que está permitiendo que el fascismo esté reaccionando en su contra de la manera en que lo está haciendo, bajo la batuta de los servicios militares de espionaje, empezando por las recientes declaraciones de Felipe González y otras acciones que vendrán después, entre las que sobresalen las amenazas de todo tipo.

La burguesía (la catalana y la de Madrid) tiene muy claro lo que la constelación de colectivos populares y progresistas (dentro y fuera de Catalunya) aún no han aprendido, a saber, que la autodeterminación real no es una modificacion fronteriza, ni consiste en cambiar las aduanas, ni en repartir otros pasaportes, sino que supone un enfrentamiento con el fascismo, con el Estado reformado en 1977 y, en definitiva, su destrucción. La independencia de Catalunya no sólo cambiaría a Catalunya sino a España entera.

Para que eso ocurra la burguesía catalana tendrá que dar pasos adelante que ahora mismo no quiere dar porque comprometen su propia situación. Esos pasos adelante sólo los puede dar -y los dará efectivamente- el proletariado porque es una clase social que, a diferencia de la burguesía, no tiene nada que perder tampoco en ese terreno.

De ahí que el movimiento independentista en Catalunya tenga también ese carácter masivo y popular, que ha obligado a la burguesía a ponerse a la cabeza a regañadientes, para impedir una explosión social, parecida a las que conoció en el siglo XX.

Hasta la fecha la burguesía catalana no ha ido más allá no sólo por su condición de clase sino por otra razón adicional: porque, como he dicho, la cuestión nacional es, en realidad, una cuestión internacional o, dicho en términos leninistas, porque la lucha contra la opresión nacional es una parte de la lucha contra el imperialismo.

En este punto es donde el artículo de Vilaweb descarrila por completo. Al más puro estilo burgués reconvierte la cuestión nacional de tal manera que no es ya una lucha contra el imperialismo sino algo intrínseco al imperialismo mismo, para lo cual tiene que falsificar la historia de los procesos independentistas más recientes, cuyo modelo es el de Kosovo.

Vilaweb no se pregunta por qué “España reconoce el derecho del pueblo del Kosovo a la autodeterminación” y no el de Catalunya. La respuesta no puede ser más sencilla: Kosovo es un Estado creado por el imperialismo, no un ejemplo de ejercicio de la autodeterminación.

Tampoco se pregunta por qué “durante el siglo XXI en Europa han aparecido tantos Estados nuevos”, y la respuesta sigue siendo sencilla: porque los imperialistas se están repartiendo el mundo, es decir, troceándolo y apoderándose de sus despojos.

Dice igualmente Vilaweb que “Sudán reconoce en la constitución el derecho del Sudán del sur a autodeterminarse”. Pero tampoco es que el sur se haya autodeterminado sino que el imperialismo y el sionismo han creado otro Estado para mantener a Sudán en la misma situación que Irak o Libia. ¿Es eso lo que pretenden Vilaweb y la burguesía catalana?, ¿esos son sus modelos?, ¿Kosovo?, ¿Sudán del sur?

La burguesía catalana no quiere la independencia; quiere cambiar la dependencia, sustituir a España por otro patrono. Eso significa que para que la burguesía catalana se enfrente realmente al Estado fascista español tiene que haber un patrono dispuesto a dividir España, del mismo modo que ha dividido anteriormente a otros en el mundo, e incluso en Europa, como Yugoeslavia o Checoslovaquia, y se hace imprescindible precisar además lo siguiente: toda división supone un reparto de los despojos (nacionales o no) que resulten de ello.

Eso la burguesía (la catalana y la española) también lo sabe, a diferencia de los movimientos populares y progresistas (dentro y fuera de Catalunya). Sabe, además, que ese patrono imperialista, que no es otro que Alemania, aparecerá dentro de muy poco tiempo para “luchar contra la opresión nacional en España”. Por eso vivimos en un “impasse” ahora mismo, mientras unos y otros afilan sus cuchillos, en Barcelona pero también en Madrid.

¿Cuál debe ser la posición del proletariado dentro y fuera de Catalunya en ese proceso? No pueden caber dudas: en la medida en que la lucha independentista, además de justa, está dirigida contra un Estado fascista, como el español, la clase obrera dentro y fuera de Catalunya debe defender la lucha por la independencia y esforzarse al máximo por ponerse a la cabeza de la misma, demostrar que es el defensor más consecuente de los legítimos derechos nacionales.

Pero el proletariado tiene su propia línea, sus propios métodos de organización y de lucha, su propia ideología, de tal manera que no puede admitir, como hace Vilaweb, que en Bolivia haya unas supuestas “naciones indias” que tienen también su propio derecho de autodeterminación. Eso es una estupidez, como ya demostró el gran dirigente comunista Mariátegui hace más de 80 años. ¿O a la burguesía catalana le gustan las reservas indígenas de Arizona o Dakota?, ¿es ese acaso su modelo de independencia?

(*) http://www.vilaweb.cat/noticies/dret-dautodeterminacio-les-deu-preguntes-claus/
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El pendón que reinó en España

Juan Manuel Olarieta

Maria Luisa de Borbón y Parma fue Reina de España gracias a que con 14 años de edad se casó con su primo Carlos IV. Entre los siglos XVIII y XIX se convirtió en una pieza fundamental de la Corte madrileña. Su marido el Rey Carlos IV era un vago al que sólo le gustaba cazar. Lo demás, incluidos los asuntos públicos, le importaba una mierda, así que fue Maria Luisa quien se puso al timón de la monarquía española.

Como buena Reina, una de las tareas en la que puso más empeño fue la de engendrar descendencia que garantizara la continuidad de la Corona española. En total María Luisa tuvo 24 embarazos, de los que nacieron 14 hijos vivos, dos de ellos gemelos, y otros 11 abortos. Por lo tanto, pasó una gran parte de su vida embarazada, lo cual es lógico: la función de una Reina es esencialmente reproductiva. Consiste en parir.

No obstante, tuvo dos problemas. El primero fue que sus hijos fallecían durante la infancia. El otro era que ninguno era del Rey, su primo. Durante su exilio Maria Luisa informó a su confesor, Fray Juan de Almaraz, que “ninguno de mis hijos lo es de Carlos IV y, por consiguiente, la dinastía Borbón se ha extinguido en España”.

El más conocido de los amantes de la Reina fue su guardaespaldas, Manuel Godoy, a quien nombró consejero privado y en 1792 Primer Ministro. En su testamento, Maria Luisa no dejó su fortuna a sus hijos, entre ellos el Rey, sino a su amante porque para una Borbón el amor de verdad nunca fue el de su familia, Borbones como ella, sino el que se intercambia entre las sábanas.

El futuro rey Fernando VII no nació hasta 1784. Al enterarse de que no era hijo de su padre, encerró al fraile Juan de Almaraz en el castillo de Peñíscola, donde murió para que no trascendiera que la dinastía borbónica se había acabado.

El Rey, pues, no era hijo de su padre, lo que en una monarquía es un problema muy serio. Quizá precisamente por ello, en 1808 Fernando VII dio un golpe de Estado contra el Rey. A Maria Luisa aquello le pilló en medio. Con el Rey no tenía ninguna relación, ni como marido ni como primo. Pero con su hijo tampoco, así que tuvo que exiliarse (llevándose las joyas de la Corona) cuando el golpista se hizo con el poder y desde Francia utilizó sus artimañas monárquicas para que Godoy, su amante, pudiera salir de la cárcel.

La Reina hablaba sin abrir apenas la boca porque perdió casi toda su dentadura y utilizaba una prótesis postiza, que alguna vez sacó de la boca en medio de la más glamurosa cena de gala. Aquellos dientes podridos eran una metáfora de la propia monarquía española, justo cuando al otro lado de los Pirineos la guillotina segaba los pescuezos de la francesa.

En las tabernas de Madrid la pareja real siempre fue el hazmerreir de todos: el Rey era el primo (en el más amplio sentido de la palabra). ¿Veía los cuernos de los ciervos que cazaba pero no los que llevaba sobre su cabeza? Por su parte, la Reina era un pendón, lo cual era peor aún. Siempre fue conocida por su colección de amantes, lo cual entonces no estaba bien visto, sobre todo en una Corte provinciana y cotilla como Madrid. El gran poeta Espronceda la calificó como “la impura prostituta”.

Las cofradías de Semana Santa llaman “simpecado” a sus pendones, pero en aquellos tiempos no había mayor pecado que ser un pendón, una condición asociada exclusivamente a la mujer promiscua.

Sin embargo, Maria Luisa no era una puta por su promiscuidad. Todo lo contrario. Fue una adelantada a su tiempo, una heroína. Fue una puta porque fue Reina. Al fin y al cabo el papel de una Reina es el de procrear, para lo cual -en aquellos tiempos- era necesario el contacto sexual. Para cumplir exactamente con lo que se esperaba de ella, Maria Luisa tuvo que llevar una doble vida. Nunca hubiera podido tener descendencia -y sostener la monarquía- con un Rey con el que carecía de intimidad.

Más que un pendón, Maria Luisa fue una mujer “pública” en el más amplio sentido de la palabra. La fulana es la monarquía, que lleva siempre una doble vida. Es la hipocresía misma. La realeza compra, vende y alquila mujeres por puros intereses políticos. La vida privada y la intimidad van por otros derroteros.

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Las feministas que defienden la opresión de la mujer

Juan Manuel Olarieta
Desde hace décadas los escritos de la feminista Christine Delphy son de una lucidez tan sorprendente que pasarán desapercibidos, sin duda alguna. Su última obra “Separate and Dominate: Feminism and Racism After the War on Terror” tiene todos los ingredientes para asestar el tiro de gracia a ese feminismo burgués, ramplón, que nos traen desde las facultades estadounidenses de sociología. Un aperitivo se pudo leer el otro día en el diario británico The Guardian (*).

El tema lleva los peores ingredientes imaginables, islamismo y feminismo, cocinados en un país como Francia, donde la laicidad es una religión. Es un asunto del que en España no se puede hablar porque aquí nunca hemos degustado lo que es un Estado democrático. La cosa es aún peor en esa fauna atea empeñada en una guerra de ideas. Sólo de ideas. Se trata de quienes rechazan las religiones (todas ellas por igual) y la gente religiosa… por sus ideas. No se trata de criticar, porque para criticar hay que saber. Para criticar una religión hay que saber lo que es una religión. El rechazo simplifica mucho las cosas.

Por el contrario, los vínculos de una República laica, como Francia, con la religión son apasionantes, el escenario perfecto, y Delphy lo desmenuza con una sencillez asombrosa, remontándose a los viejos tiempos de Napoleón, cuando los sacerdotes (reverendos y rabinos) se convirtieron en funcionarios a sueldo de la República laica, hasta 1905 cuando todos ellos (sacerdotes, reverendos y rabinos) se tuvieron que buscar las habichuelas por sí mismos, para acabar con la islamofobia presente, plasmada en la ley de 2004, que prohíbe a las musulmanas acudir a la escuela con el fulard o “hijab”, reconvertido por la jerga periodística en el “velo islámico”, símbolo de la opresión de la mujer, en general, de la mujer islámica en particular.

La polémica sobre el “hijab” forma parte de algo mucho más general: la incompatibilidad del islam con el progreso, la democracia, los derechos humanos, la tolerancia, la civilización (“occidental”), etc. El islam, una religión, se transmuta en algo bastante diferente, nacional, el mundo árabe, que pasa a ser racial cuando desprecia a los moros, es decir, a los de piel morena, los que son casi negros…

La salsa que adereza ese indigesto plato es el miedo, que es siempre el reverso de la ignorancia: aquello que desconocemos nos desconcierta y nos produce miedo pero, al mismo tiempo, nuestra cultura está tan impregnada de fascismo que nos impide aprender para superarlo. Entonces el islam es un sinónimo de riesgo, amenaza, peligro, fanatismo, yihadismo… El fascismo y el miedo nos dictan que el islam es una religión que va a acabar con nuestra identidad para convertirnos en otra cosa distinta de la que somos.

Pero el castellano tiene 4.000 palabras de origen árabe. Un país como España ha sido islámico durante siete siglos, más tiempo que cristiano… ¿A qué hay que tener miedo?, ¿a unas ideas religiosas?

España permanece fiel a sus esencias desde los tiempos de la expulsión de los moriscos, “el acto más bárbaro de la historia del hombre”, escribió Richelieu, que era un cardenal cristiano. España ya era islamófoba en el siglo XVI. No necesita recibir lecciones de nadie. Pero Francia es distinta. En Francia la laicidad ha dejado de ser un principio democrático para convertirse en su contrario.

Los profesores de derecho también engañan a sus alumnos. La libertad religiosa significa que el Estado no interviene en la religión, ni la religión en el Estado. Significa también que todas las creencias tienen el mismo derecho a expresarse. Finalmente, significa que entre (o mejor, contra) las múltiples creencias religiosas está su opuesto: el ateísmo. Para criticar y luchar contra las religiones hay que dejar que se expresen y se manifiesten como tales, como lo que son.

Pero, como expone sutilmente Delphy, la laicidad se ha reinterpretado en Francia para reducir la religión al ámbito privado, según esa típica escisión burguesa entre lo público y lo privado. La religión es algo privado. Si las musulmanas quieren ponerse un “hijab” en la cabeza, que lo hagan dentro de su casa, pero no en la escuela. Se pueden expresar si llevan el pelo de color azul, cresta, o coleta, se ponen trenzas o rastas, o pendientes de aro, o zapatos de tacón alto, o se pintan los labios, o se maquillan las pestañas… Cualquier cosa menos el maldito “velo” porque eso, a diferencia de lo otro, forma parte de lo más íntimo.

Por eso, si una mujer musulmana quiere llevar su “velo” no lo puede hacer en la escuela; debe quedarse en su casa. Eso es lo que el movimiento “feminista” francés ha vendido como progresista para la mujer, un movimiento que, por su naturaleza burguesa, siempre tiene la palabra “igualdad” en la boca.

Pero las “feministas” no esperaron a la ley de 2004. Muchos años antes en sus reuniones no aceptaban mujeres que portaran fulard porque lo reconvirtieron en un “símbolo de opresión” y porque ese tipo de mujeres -y sólo ellas, al parecer- choca con la manera en la que ellas entienden su “feminismo” de pacotilla. Por alguna razón -no bien explicada- “feminismo” e islam eran incompatibles. Más bien, el islam es el enemigo de “la mujer” (tal y como el feminismo burgués entiende a “la mujer”).

Para justificar lo injustificable, continúa Delphy, las “feministas” argumentan que las jóvenes llevan el fulard obligadas por sus maridos, sus padres o sus hermanos y el remedio a tal imposición está en que se queden en casa con sus maridos, sus padres o sus hermanos… fregando, limpiando y planchando, en lugar de estudiando y leyendo.

¿Están oprimidas las mujeres que llevan un fulard en la cabeza? ¡Naturalmente! Pero, ¿es el fulard lo que las oprime? ¡No! Las oprime el capitalismo, las oprime el colonialismo, las oprime el racismo… Las oprimen muchas cosas, incluida su religión, el islam. ¡Naturalmente! Pero de la misma manera que algunos están empeñados en una guerra contra ideas (que desconocen), otros y otras lo convierten en una guerra contra los símbolos y los emblemas: molinos de viento, en definitiva. Confunden el significante con el significado.

En Francia la batalla contra el “hijab” puso de manifiesto que el feminismo burgués no lucha contra la opresión sino que forma parte de ella. No es nada distinto a ella. Por eso, la represión del fulard ha logrado lo que se proponía: ahora se ven más mujeres con la cabeza cubierta que nunca, e incluso con el rostro completamente tapado.

Es posible que con sus tonterías los cretinos distraigan la atención. Pero la burguesía sabe lo que tiene entre manos. No lucha contra molinos de viento. El objetivo de la burguesía francesa nunca fue el de impedir el porte del “velo” por las mujeres musulmanas en la escuela, sino extender su uso en todas partes. La burguesía francesa ha logrado que lo que las feministas calificaban como un signo de opresión se haya convertido en su contrario: en un signo de defensa de la propia identidad. El ataque a una parte de la población más oprimida la ha arrojado en brazos de la religión y del fanatismo.

Objetivo cumplido. Todo gracias al feminismo burgués, que es un racismo que se viste con los ropajes de la secularización, del progreso… e incluso de la liberación de “la mujer” (tal y como la burguesía entiende a “la mujer”).

(*) Christine Delphy, Feminists are failing Muslim women by supporting racist French laws, 20 de julio, http://www.theguardian.com/lifeandstyle/womens-blog/2015/jul/20/france-feminism-hijab-ban-muslim-women
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El hombre del clavel

Nikos Beloyannis
Juan Manuel Olarieta
Durante la Segunda Guerra Mundial y la ocupación nazi de Grecia, Nikos Beloyannis fue uno de los comunistas que dirigió la lucha armada contra el fascismo. Nació en Amaliada, en el Peloponeso, en 1915, en el seno de una familia acomodada y estudió Derecho en Atenas.

En los años treinta fue detenido y encarcelado en la prisión de Akronauplia por el régimen fascista de Metaxas. Tras la ocupación nazi de Grecia en 1941, los fascistas griegos le pasaron al preso a los nazis alemanes.

En 1943 se fugó de la cárcel, incorporándose al ELAS, el Ejército Popular de Liberación Nacional, en el Peloponeso, con Aris Veluchiotis. Luego, durante la guerra civil griega fue comisario político del DSE, el Ejército Democrático de Grecia. Tras la derrota de la guerrilla comunista, en 1949 fue uno de los últimos en abandonar el país.

En junio de 1950 regresa clandestinamente al interior de Grecia para reorganizar el Partido Comunista, entonces ilegalizado. Le detienen el 20 de diciembre de aquel mismo año, acusado de ser un espía de la Unión Soviética. Además le detuvieron a su compañera, Helli Ioannidu, que se encontraba embarazada en aquel momento. Su hijo nacerá en agosto del siguiente año.

Hasta el momento del juicio, el 19 de octubre de 1951, le encerraron en una celda de castigo iluminada día y noche. Los fascistas orquestaron en Atenas el típico montaje judicial, para el que llevaron a casi 100 comunistas al banquillo. Uno de los jueces era Georgios Papadopulos que, poco más tarde, entre 1967 y 1974, dirigió la dictadura militar.

Beloyannis negó todas las acusaciones e insistió en el carácter patriótico de la lucha armada durante la resistencia contra la ocupación nazi (1941-1944), la intervención británica (1944-1946) y la posterior guerra civil (1946-1949). El 16 de noviembre el consejo de guerra le condenó a muerte a él y a otros 11 comunistas.

El 15 de febrero de 1952 se repitió la farsa judicial ante el Tribunal Permanente del ejército. Esta vez era 28 el número de acusados, entre ellos Helli Ioannidu, la compañera de Beloyannis. Las nuevas acusaciones volvían a ser de espionaje, por el descubrimiento el 14 de noviembre de varias radios clandestinas en Falera.

Durante el juicio, las fotos muestran al dirigente comunista con una sonrisa en los labios y un clavel rojo en la mano, una imagen que dará la vuelta al mundo y quedará inmortalizada por Picasso. Desde entonces los claveles rojos se convirtieron en otro de los símbolos del movimiento obrero y revolucionario internacional.

A pesar de las movilizaciones internacionales en contra del montaje judicial, el 1 de marzo de 1952 el Tribunal Militar Permanente volvió a condenar a muerte a Beloyannis.

Fue ejecutado en el campo de Gudi en la madrugada del 30 de marzo de 1952, un domingo, cuando no se ejecutaba la pena de muerte. Con él murieron ante el pelotón de ejecución, otros comunistas valerosos, como Dimitris Batsis, Nikos Kalumenos e Ilias Argyriadis.

En 1980 Nikos Tzimas rodó la película “El hombre del clavel” con música de Mikis Theodorakis sobre la vida y la muerte de Beloyannis. En el este de Berlín se levantó una estatua en su memoria y en Hungría se bautizó una ciudad con su nombre que durante décadas albergó a los refugiados políticos griegos que tuvieron que huir de su país por su lucha contra el fascismo.

Beloyannis, “El hombre del clavel”, no sólo fue un ejemplo de la lucha de los comunistas contra el fascismo en todo el mundo sino, además, un símbolo de los crímenes del imperialismo durante la Guerra Fría.

Retrato de Picasso
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El imperialismo alemán está llegando a la encrucijada

Juan Manuel Olarieta

Lo que tiene que ver con Alemania le lava la cara al reformismo europeo, que se puede presentar con un marchamo progresista del que carece absolutamente. Los aspavientos reformistas esconden la lucha de clases, la presentan desde un punto de vista nacional que reproduce a escala europea esa dicotomía norte-sur que tanto juego le viene dando desde hace unos años: la culpa de los problemas del sur procede del norte.

Además, con las continuas alusiones a la crisis de Grecia el reformismo europeo trata torpemente de esconder la crisis interna de la Unión Europea.

Finalmente, los ataques que el reformismo dirige contra Alemania ponen de manifiesto la estrategia de Estados Unidos en Europa, de la que ellos, los reformistas, forman parte. Las nuevas organizaciones reformistas que han surgido en el sur de Europa, del tipo Syriza y Podemos, son el ariete que va a utilizar Estados Unidos para mantener sometida a Alemania.

La mayor parte de los planteamientos actuales sobre el imperialismo y sus rivalidades internas, incluidos los rusos, coinciden en meter en el mismo paquete a las “potencias occidentales”, un bloque del que forman parte Estados Unidos y Alemania que, como es habitual, “son iguales”, o “son lo mismo”, o “son parecidos”. Es la sempiterna simetría de los imperialistas, en donde las fisuras no aparecen por ningún lado.

Casi es ridículo empezar recordando que Alemania perdió la Segunda Guerra Mundial y que el país fue ocupado militarmente. La Fuerza Aérea de Estados Unidos se apoderó de las antiguas bases de la Luftwaffe, que se convirtieron en una prolongación del territorio de Estados Unidos.

Pero en una guerra no basta con vencer; luego hay que humillar al derrotado, hacerle sentir su inferioridad. Además de la ocupación, Alemania fue dividida en dos Estados, lo cual fue responsabilidad única y exclusivamente del imperialismo, que impuso sus planes a pesar de que la Unión Soviética se opuso a la partición.

A lo largo de toda la Guerra Fría el estatuto subordinado de Alemania dejó de estar justificado por la derrota en la Segunda Guerra Mundial y adquirió un carácter nuevo, para el cual se inventó una nueva excusa: el cerco a la Unión Soviética. No obstante, los hechos no cambiaron: Alemania seguía siendo un país ocupado y humillado.

Su subordinación estratégica se plasmó en el Estatuto de las Tropas de la OTAN de 1951 (SOFA), el Contrato de Establecimiento de 1954 y el acuerdo complementario al SOFA de 1959. Los acuerdos de la posguerra crearon privilegios exorbitantes para Estados Unidos y para sus tropas, que disfrutan de una libertad de movimiento sin límites y pueden utilizar calles, edificios públicos y áreas de entrenamiento. Los vuelos de los aviones de la Fuerza Aérea estadounidense sobre Alemania no están sujetos a control y no pueden ser registrados. Los aviones de Estados Unidos tienen permiso para aterrizar en cualquier lugar de Alemania y en cualquier momento, por ello pueden utilizar aeropuertos civiles como conexiones para los transportes militares a utilizar en cualquier crisis que se desencadene en cualquier lugar del mundo.

Alemania tuvo que renunciar, pues, a la soberanía y jurisdicción sobre su territorio, incluyendo los crímenes cometidos por las tropas de ocupación o sus miembros civiles. Incluso están exentos de cualquier responsabilidad por los daños causados por las maniobras militares.

En 1990 la excusa de la Guerra Fría también se agotó. Ya no existía la URSS. Tampoco existía la República Democrática Alemana. Sin embargo, la situación sigue siendo la misma: Alemania es un país militarmente ocupado.

El elemento definitorio y capital de aquel momento fue la firma por Gorbachov del Acuerdo dos-más-cuatro, que no sólo puso al desnudo -por si cabían dudas- la política soviética sino también la rusa actual, es decir, demuestra la continuidad de una política exterior seguida en Europa desde 1945 de una forma coherente. Aquel acuerdo estableció -entre otras cosas- que, a pesar de la reunificación alemana, en el territorio de la antigua República Democrática Alemana no se podría establecer ninguna fuerza armada extranjera, ni bases aéreas, ni armas nucleares.

En lo que concierne a la ocupación militar, Alemania no es, pues, un país reunificado y aquel estatuto militar de la antigua República Democrática Alemana fue el que la URSS logró en otros países, como Austria, y el que trató de obtener en todos los demás del este de Europa. El contraste no puede ser más claro con la política imperialista de constituir un “cordón sanitario” en torno a la URSS y luego a Rusia, hasta el punto de que durante una visita a las tropas acantonadas en la base de Ramstein en 2009 Obama dijo: “Alemania es un país ocupado y lo seguirá siendo”.

Hoy hay más soldados estadounidenses estacionados en Alemania que en cualquier otro país del mundo. Alemania tiene el 28 por ciento del total de las bases estadounidenses en el extranjero. Más de la mitad de las bases estadounidenses en Europa están en suelo alemán.

Pero en la actualidad ni la Segunda Guerra Mundial ni la Guerra Fría pueden servir de excusa al imperialismo estadounidense para mantener su despliegue militar en Alemania. La única excusa es la propia Alemania, mantenerla sometida a las órdenes de Washington.

Alemania no ha denunciado los tratados de posguerra. Tampoco parece que quiera salir de ese estado de postración. Es verdad que ha iniciado unas protestas muy tímidas y que el espionaje en internet (Prism en 2013 y el actual que ha salpicado a la propia Merkel) ha levantado la ola anti-estadounidense más importante desde 1945, lo cual favorece el distanciamiento.

La cuestión que se plantea es si en el futuro las contradicciones entre ambas potencias van a menguar o si, por el contrario, se van a intensificar. En mi opinión esto último es lo que va a ocurrir: un mayor alejamiento entre ambas potencias y la ruptura del “statuo quo” de la posguerra en Alemania. Su consecuencia será el acercamiento de Alemania a Rusia.

En ese proceso Berlín tendrá que afrontar una fortísima campaña de intoxicación propagandística procedente de Estados Unidos, que es la que ahora ha empezado. El núcleo de esa campaña anti-alemana tomará el camino más corto: equipararla al III Reich. Ahí es donde Estados Unidos les reserva a los reformistas del sur europeo, del estilo Syriza y Podemos, el papel estelar. Hoy en Europa no hay nada más “progresista” que arrojar todas las culpas sobre Alemania.

Por su parte, Alemania sabe que tiene un caballo de Troya en su interior y que no son sólo las bases militares de Estados Unidos, sino también los países como Grecia o España. No le bastará sólo con desembarazarse de los primeros. También tendrá que sacar fuera de la Unión Europea a Grecia y España. Eso es lo que significa el famoso Grexit.

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Manuela Carmena o el gusto de reformar para mejorar

Juan Manuel Olarieta

Hay personas, como Manuela Carmena, la actual alcaldesa de Madrid, cuya biografía resume en sí misma la evolución de un país. En su caso, se trata de alguien que empezó de abogada y acabó de jueza, empezó atacando y acabó defendiendo, empezó en la oposición y acabó en el poder. En las elecciones de 1977, las primeras elecciones “libres”, ya se presentó en las listas del PCE para el Congreso. No se le puede acusar de incoherencia. Ella siempre quiso lo mismo que el PCE: mejorar lo que había, bien entendido que lo que había era el franquismo, el cual ha mejorado tanto desde 1977 que para algunos ha quedado irreconocible.

En su biografía hay también todo un recorrido de lo que ha sido y es el ejercicio de la abogacía en España. Hasta 1977 los despachos de los abogados, que entonces aún se llamaban “laboralistas”, servían de centros de reunión de organizaciones ilegales, como Comisiones Obreras, algo que hoy sería impensable. Entonces aún había abogados; hoy lo que hay son mercenarios (“profesionales” los llaman) y si queda algún abogado está en la cárcel o en vías de entrar en ella por hacer lo que siempre han hecho los abogados: defender una causa.

Antes de llegar al Consejo General del Poder Judicial, uno de los máximos “poderes” del Estado, Carmena fue durante años jueza de Vigilancia Penitenciaria en Madrid, un tipo especial de cargo que apareció con la transición para reconocer que desde el siglo XIX los jueces jamás habían cumplido con una de las obligaciones que la ley les imponía: impedir los horrores y arbitrariedades que se cometían en las cárceles.

Una cárcel resume los dilemas del reformismo, que incluso se justifica con argumentos como éste: estamos de acuerdo, hay que acabar con las cárceles o hay que sacar a los presos de ellas, pero mientras eso no se produce ¿qué hacemos?, ¿nos quedamos de brazos cruzados mientras los presos sufren? Para justificarse el reformismo opone lo inmediato a lo mediato. Una cosa impide la otra y a los demás nos toca oir que somos testimoniales, que hablamos mucho pero no hacemos nada, y cosas parecidas. El reformismo tiene la urgencia de demostrar que es posible cambiar las cosas y que hay que hacerlo. En el caso de las cárceles, no se trata de que los presos salgan a la calle sino de que tengan sus derechos dentro de ellas, sus visitas, sus permisos de fin de semana y su progresión de grado.

El reformismo no muestra su verdadero rostro hasta que la lucha de clases los pone en su sitio. La huelga de hambre de 1988 de los presos políticos del PCE(r) y de los GRAPO le estalló en las manos a Carmena, que quiso hacer lo que le gusta al reformismo: ponerse en medio en un papel típico de juez y árbitro. Ni con unos (el gobierno) ni con otros (presos políticos). Nada más empezar la huelga promovió una negociación entre las dos partes que acabó con un acuerdo que puso fin a la protesta y ella se convirtió en garante de los mismos y de que se cumplirían de manera cabal.

Pero manejándose entre fascistas, los acuerdos no sirven para nada. El gobierno del PSOE se los saltó de la manera que acostumbraba. No sólo todo había sido papel mojado, sino que el garante hizo lo mismo: no dio señales de vida, no hubo tal garantía. Todo había sido un engaño para ganar tiempo. Entonces los presos políticos tuvieron que reanudar la huelga, esta vez a tumba abierta, lo cual condujo a la muerte de Jose Manuel Sevillano. La huelga se prolongó durante meses de manera terrible durante una larga agonía en la que los presos fueron atados a las camas de los hospitales y alimentados a la fuerza, lo cual está considerado como una forma de tortura por la Asociación Médica Mundial.

Nadie pareció darse por enterado. ¿Dónde estaba el reformismo, los derechos y las garantías? Estaba donde está siempre: junto a la policía. Cuando los presos políticos fueron llevados a los hospitales para demostrar que el asunto no era carcelario sino sanitario, para que agonizaran lo máximo posible, Carmena se presentó en el lecho mortal acompañada de la policía con un ultimátum: les dijo a los presos que o bien aceptaban “voluntariamente” que les alimentaran por vía intravenosa, o bien en caso contrario tendrían que hacerlo a la fuerza, con las muñecas atadas a la cama.

El reformismo iba acompañado de la policía. En aquel momento la alternativa no era ya que el gobierno cumpliera con sus compromisos. El fascismo y el reformismo hicieron causa común y demostraron que eran los dos brazos de la misma barbarie. No había nada que mejorar sino más de lo mismo. Había que torturar a los presos por las buenas o por las malas.

Si en 1988 Carmena no fue capaz de cumplir con aquello a lo que se había comprometido, no se por qué extraña razón ahora debemos esperar algo distinto de ella o de cualquier otro como ella. Hace unos pocos días murió Charles Pasqua, antiguo ministro francés del Interior, a quien pertenece una frase que allá es célebre: “Las promesas de los políticos sólo comprometen a quienes las escuchan”.

Si siguen escuchando los cantos de sirena, es posible que cuando quieran darse cuenta amanezcan atados de pies y manos al potro de la tortura.

Fuente: https://opiniondeclase.wordpress.com/2015/07/07/manuela-carmena-o-el-gusto-de-reformar-para-mejorar/

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Los estragos de la medicina colonialista

Juan Manuel Olarieta
En 1937 el químico Arthur Ewins sintetizó en Londres el compuesto MB800, que luego será llamado pentamidina y en Francia lomidina.

Tras la Segunda Guerra Mundial, el caucho era una materia prima estratégica, una de las más codiciadas por las potencias imperialistas. Francia la obtenía en colonias africanas como el Congo belga, el África ecuatorial francesa, Camerún o Guinea.

No obstante, había una escasez de fuerza de trabajo local. Las condiciones de explotación de los bosques diezmaban a los africanos obligados a trabajar en las más duras condiciones imaginables. Eran víctimas de la tripanosomiasis, también conocida como la enfermedad del sueño que transmitía la mosca tsetsé.

El colonialismo llamó en su auxilio a la medicina y en 1948 se celebró en Brazzaville una conferencia africana sobre la referida enfermedad, a la que se calificó como “endémica”. Acudieron médicos británicos, franceses, belgas, sudafricanos y portugueses, que acordaron vacunar masivamente a los trabajadores africanos con la nueva sustancia química.

Fue el primer programa internacional de aplicación masiva de la medicina en África y tuvo el consiguiente coro de entusiasmo por los grandes avances de la ciencia y el progreso de la humanidad en la erradicación de las enfermedades. Salieron a la palestra los grandes santones de la “ciencia”, a los que ahora nadie recuerda, pero que entonces eran las estrellas más relucientes del firmamento: profesores universitarios, altos funcionarios de salud pública, eminentes doctores… La ciencia tenía en sus manos el medicamento que iba a salvar a África.

La campaña publicitaria no estuvo exenta del repugnante tufo colonialista, en el que las potencias imperialistas no pretendían extraer las mayores cantidades posibles de caucho sino liberar a los pobres africanos de una plaga. Todo era desinteresado, gratuito… y preventivo, es decir, no sólo se aplicaba a los enfermos sino también a los sanos.

A dichas notas características de la campaña de vacunación hay que añadir otra más que, naturalmente, es lógica teniendo en cuenta que no se trataba de un vínculo entre el médico y el paciente sino más bien entre el colonizador y el colonizado: la vacunación era obligatoria para los trabajadores africanos. Aunque ellos se empeñaran en enfermar, los colonialistas los querían sanos. De lo contrario, se quedaban sin caucho.

La primera alerta saltó en 1954, pero no tuvo el eco publicitario de la campaña previa de éxtasis: 28 africanos murieron como consecuencia de las vacunas de lomidina. En otros casos, las inyecciones no tenían los efectos milagrosos que habían anunciado los médicos. No sólo no era eficaz sino que, además, era peligrosa. Las inyecciones provocaban infecciones bacterianas que evolucionaban hacia la gangrena en las extremidades, que luego había que amputar.

Los africanos empezaron a resistirse a las vacunaciones forzosas y fueron acusados de ser unos ignorantes, unos supersticiosos y de estar influenciados por los hechiceros. Uno de los objetivos de la colonización era el de esforzarse por sacarles del atraso, llevarles la civilización y la modernidad. Pero los africanos nunca lo vieron de la misma manera. Por eso cuando en los años sesenta África fue liberándose del colonialismo, se liberó también de aquellos médicos, de sus recetas y de sus crímenes.

En un reciente libro el investigador francés Guillaume Lachenal (1) ha relatado aquella historia que, hasta la actualidad, ha quedado en el silencio, como tantos otros crímenes del colonialismo. Aquellos fatuos catedráticos de la universidad de mediados del siglo pasado esconden cadáveres bajo relucientes batas blancas. De la euforia inicial pasaron al olvido y al recordarlos ahora la ciencia muestra uno de sus muchos ridículos.

La lectura de la obra demuestra que -entonces y hoy- la medicina es un instrumento de dominación imperialista. En Francia ha causado un importante revuelo. La periodista Catherine Simon ha reseñado el libro para el diario Le Monde (2). En castellano apenas Clarín en Argentina se ha hecho eco de la publicación (3). Seguimos padeciendo la enfermedad del sueño. Es mejor no espabilar.

Notas:

(1) Guillaume Lachenal, Le médicament qui devait sauver l’Afrique. Un scandale pharmaceutique aux colonies, Éd. La Découverte, Paris, 2014.
(2) Catherine Simon, Le virus de la bêtisse coloniale, Le Monde, 24 de octubre de 2014
(3) Como conejillos de la farmacopea occidental, http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/conejillos-farmacopea-occidental_0_1240675936.html
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Una docena de tesis sobre la crisis del capitalismo en Grecia

La crisis económica de Grecia es una manifestación de la crisis del capitalismo y no tiene ninguna solución dentro sino fuera del capitalismo que la ha engendrado, es decir, construyendo el socialismo. Las crisis económicas no tienen culpables. Con otros personajes y con otras políticas distintas, la crisis hubiera estallado exactamente igual.

2. En su etapa imperialista, las crisis del capitalismo son siempre crisis internacionales, conciernen a todos los países capitalistas. No hay países capitalistas que no estén en crisis. Pero sus manifestaciones son más agudas en aquellos países más frágiles, como Grecia, entre otros motivos porque las potencias más fuertes tratan de perder menos trasladando los perjuicios sobre ellos.

3. En los años ochenta la crisis de la deuda estaba en los países del Tercer Mundo. Ahora se ha trasladado al corazón de Europa. Los préstamos internacionales no se conceden para que se devuelvan en billetes de curso legal, porque es imposible, sino para crear Estados agradecidos, sometidos, dóciles, sumisos y necesitados de un segundo préstamo para pagar el primero.

4. El deudor perfecto no es el que paga sino que el que no paga. La economía burguesa nos confunde. El deudor que paga se libera. ¿Es eso lo que quiere el imperialismo? No. Lo que quiere son deudores que no paguen, porque son los que siempre están pagando. Pagan con decisiones políticas. Por eso los Estados deudores votan en la ONU lo que le dicen sus acreedores.

5. En el caso de Grecia, como en el de los demás países, la alternativa a la bancarrota económica comprende necesariamente la salida de la OTAN. Grecia entró en el euro por las presiones de Estados Unidos, para lo cual el banco Goldman Sachs falsificó la contabilidad del país, lo cual era sobradamente conocido por todos los países e instituciones financieras europeas.

6. A pesar de que Grecia y Turquía forman parte de la OTAN, Estados Unidos ha venido alimentando la rivalidad entre ellos, que alcanzó su máxima expresión durante la guerra de Chipre en 1974. Ambos países han padecido sucesivos golpes de Estado y están fuertemente militarizados. No obstante, el mayor perjudicado por dicha rivalidad es Grecia, entre otros motivos por su forzada pertenencia a la eurozona.

7. La crisis de Grecia no es, pues, exclusivamente económica sino también política e internacional y no saldrá de ella sólo con más préstamos ni más cambios en la política económica. Hace tiempo que Grecia ha llegado al final del túnel, lo que ha llevado a la bancarrota de todo el sistema político y de los partidos tradicionales en que siempre se ha sustentado.

8. La oligarquía griega sabe que Syriza no es su tabla de salvación, pero ante el agotamiento y la falta de alternativas viables para sus intereses, el reformismo tiene que gestionar la mendicidad internacional con promesas y frases sonoras. Las deudas engendran dependencias y subordinaciones que van mucho más allá de la bochornosa negociación de una suspensión de pagos. Grecia no tiene nada que ofrecer a Bruselas porque ya lo ha dado todo. No se puede exprimir más. Ha llegado a su tope.

9. Como organización reformista, el único proyecto de Syriza es apelar a la beneficencia internacional, convertir a Grecia en un país mendigo y pedigüeño para que el capital financiero europeo demuestre, una vez más, su buen corazón, que no es tan desalmado como lo pintan. En su rebuscada jerga financiera a las limosnas las llaman reestructuraciones, quitas, rebajas de los intereses y aumento de los plazos para pagar lo que no se puede ni se podrá pagar nunca. Grecia padece y seguirá padeciendo en el futuro una condena a cadena perpetua, la de devolver el dinero prestado, que sólo acabará cuando acabe con el capitalismo.

10. A la troika, Merkel, Draghi, Lagarde y demás no les gusta jugar el papel de buitres carroñeros que les ha tocado en suerte. Preferirían demostrar su generosidad, aumentar las propinas de los camareros y arrojar unas monedas a los hambrientos para que compren una barra de pan. Pero los millonarios benefactores saben que allá donde lanzan un hueso se llena de perros y donde tiran unas migas se llena de palomas. Detrás de Grecia van de cabeza los demás mendigos europeos a extender su mano, empezando por España.

11. Los mendigos nunca tienen suficiente, y el papel de las ONG y los reformistas en Grecia, en España y en otros países es el de quejarse de la tacañería del capital financiero. Aunque sus cajas fuertes rebosan de dinero, sólo regalan migajas. Han reconvertido la crisis del capitalismo es una crisis humanitaria. En el futuro inmediato, en Grecia y en España nos aguardan las interminables lamentaciones de quienes piden caridad y a veces incluso la exigen a gritos. Con las masas sumidas en la miseria, los más radicales dicen que hay que repartir la riqueza, no los medios con los que se produce.

12. Una crisis humanitaria afecta a todos. Por eso los reformistas no hablan de clases sociales sino de la ciudadanía y de la gente. Su proyecto es nacional. Pretenden convertir a los países deudores en albergues nocturnos para desamparados. Quieren ser la voz de todo un país, quejarse de que quienes nos mantienen sometidos están lejos de nosotros, en Bruselas, en Berlín o en Wall Street. Nos llaman a luchar contra siglas, fantasmagorías que nadie conoce y contra las que se puede despotricar sin compromiso alguno. ¿Quién puede oponerse a una protesta contra el FMI, el BCE o la OMC?