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Autor: Juan Manuel Olarieta (página 31 de 60)

El Congreso vota hoy declarar nulas todas las sentencias políticas del franquismo

Más de lo mismo: Arias Navarro y Adolfo Suárez
Juan Manuel Olarieta

¿Por qué le cuesta tanto a la “democracia a la española” acabar con el franquismo, condenarlo y erradicarlo? La respuesta es sencilla: porque no puede hacerlo sin acabar consigo misma o, en otras palabras, el franquismo no se puede condenar a sí mismo.

Lo vamos a volver a comprobar hoy, cuando se vote una propuesta que abre el curso parlamentario, impulsada por el PSOE, para declarar nulas todas las sentencias y condenas políticas dictadas por los tribunales franquistas.

La iniciativa parece magnífica, sobre todo teniendo en cuenta que incluye una referencia expresa a la condena del antiguo presidente de la Generalitat de Cataluña, Lluis Companys, asesinado por un tribunal franquista en 1940.

Pero veamos algunas de las trampas más de cerca:

a) se trata de un proposición “no de ley”, es decir, que no será nunca vinculante sino sólo otro gesto puramente simbólico
b) no aclara qué entiende por “tribunales franquistas”, es decir, si sólo algunos -y no todos- los tribunales fueron franquistas
c) sólo se refiere a “condenas políticas” no a otro tipo de resoluciones judiciales, como los despidos laborales, por ejemplo

La transición sigue siendo una pesadilla, y no sólo para la historia, porque no hubo tal; si lo hubiera habido todo este tipo de polémicas se habrían acabado de un plumazo.

Pondré un ejemplo (sólo uno) para llamar la atención sobre el aspecto que esta iniciativa del PSOE pone encima de la mesa: la jurisprudencia que hoy deben tener en cuenta los tribunales en la interpretación de las leyes es la franquista y, naturalmente, es franquista.

Dicho de otra manera: aún suponiendo que podamos calificar las leyes existentes como democráticas, se interpretan de modo franquista, y esta inercia de los tribunales se puede extender a todos y cada uno de los aspectos del funcionamiento de los aparatos del Estado.

Podemos abrir los pesados tomos que compilan esa jurisprudencia y encontrarnos con sentencias, como una de 1975, del Tribunal Supremo que aprobaba el despido del maestro de una escuela que en sus enseñanzas no tenía en cuenta la existencia de dios. El Tribunal Supremo nunca cambió, sus magistrados nunca se depuraron y sus criterios para interpretar la ley tampoco, hasta el día de hoy.

Si alguien se toma la molestia de conocer las biografías de sus magistrados, encontrará que todos ellos habían hecho carrera en el franquismo, sosteniendo, apoyando y aplicando las leyes fascistas. Aparte de los enchufes y recomendaciones al uso, esos fueron sus únicos méritos para ascender. Por ejemplo, algunos de los miembros de la Sala de lo Penal en la transición habían sido Alféreces Provisionales durante la guerra o procedían de la División Azul.

Lo mismo que los fiscales, los secretarios y los abogados, los jueces habían estudiado en facultades fascistas y, si aprendieron algo, no fue otra cosa que el mismo Derecho Penal del III Reich, en manuales traducidos y traídos de Alemania, como el de Jeschek.

Los juicios celebrados por jueces fascistas, bajo leyes fascistas son todos ellos nulos porque -tanto antes como ahora- en cualquier país de esta naturaleza los jueces hacen de su capa un sayo. Por ejemplo, el juicio contra Grimau es nulo porque el auditor de guerra que redactó la sentencia había falsificado su título académico. Para declarar esa nulidad no hace falta aprobar ninguna nueva ley; las leyes franquistas también lo hubieran declarado nulo igualmente.

La Audiencia Nacional es el prototipo de tribunal fascista que se creó en falso en 1977 por decreto-ley, algo imposible tanto en la legislación franquista como en la actual.

¿Hay que seguir insistiendo en que aquí todo es falso?, ¿hay que seguir repitiendo que vivimos en medio de la mentira, el engaño y el fraude?, ¿necesitamos que otra ley “no de ley” nos lo recuerde a cada paso?, ¿hasta cuándo seguirán mareando la perdiz?

La contradicción principal

En cualquier análisis científico, uno de los problemás más importantes es dar con la contradicción principal, es decir, el motor que está influyendo de una manera más decisiva en una determinada situación. La contradicción principal expresa la esencia de dicha situación, por oposición a la apariencia de la misma, a sus elementos más superficiales.

El término “contradicción principal” no siempre aparece de la misma manera en todos los fenómenos. Así en las guerras, los estrategas militares definen a un “enemigo principal” o un frente principal de combate, cuando hay varios. La tarea de derrotar a dicho adversario es prioritaria respecto a todas las demás y a ella se subordinan las demás operaciones militares.

El ejemplo de la guerra (y otros parecidos que se podrían invocar) ponen de manifiesto que el descubrimiento de la contradicción principal no es sólo una cuestión teórica, sino también práctica: los problemas no se resuelven hasta que se aborda dicha contradicción. Es lo que a veces se llama “ir a la raíz” de la cuestión, profundizar en ella.

El reconocimiento de que en un determinado acontecimiento concure una contradicción principal pone de relieve que nunca hay una causa única, sino muchos factores concurrentes que actúan de manera simultánea o sucesiva y se influyen unos sobre otros. Es lo que la dialéctica califica como “acción recíproca”: los efectos se convierten en causas y al revés.

Del mismo modo, aunque se suele mencionar en singular, la contradicción principal no tiene que ser única; pueden ser varias. Las demás no es que no influyan o no sean importantes, sino que su peso sobre el fenómeno estudiado es menor, del mismo modo que los edificios tampoco se suelen levantar sobre un único pilar sino que tienen varios tipos de soportes.

En cualquier caso, los edificios se sostienen sobre sus pilares y vigas maestras. Su solidez depende de ellos. El resto de la construcción está bajo su influencia, de manera que para derribar un edificio basta con derribar sus pilares.

La contradicción principal da con “la clave” de una situación, a partir de la cual es posible entender el resto. Descubre la verdadera naturaleza de un problema, profundiza hasta el origen del mismo y, por lo tanto, aporta las soluciones que lo resuelven de manera definitiva o, al menos, a largo plazo, a diferencia de las medidas paliativas que actúan sobre las contradicciones secundarias: aminoran las consecuencias de un problema, pero no acaban con él.

Por ejemplo, el desempleo es una consecuencia necesaria e ineludible del capitalismo. Los seguros ayudan a paliar las consecuencias más perniciosas para los trabajadores, pero no pueden acabar con el problema. Para ello hay que acabar con el capitalismo y construir una sociedad distinta, socialista.

A veces se habla de la contradicción principal como “causa” y de la secundarias como “condiciones”, un factor que suele suponer fijo, una especie de escenario que suministra los decorados ambientales o contextuales a las verdaderas protagonistas: las causas.

No siempre la contradicción principal es la misma a lo largo del tiempo y de la historia, sino que cambia. Una contradicción principal se puede transformar en secundaria y al revés.

Dada la acción recíproca entre las causas y los efectos, descubrir la contradicción principal es muy importante porque es el factor capaz de influir sobre los acontecimientos, al tiempo que está está menos influenciado por ellos.

Así, bajo el imperialismo se califican de “hegemónicas” a un puñado de grandes potencias que son capaces de imponer sus condiciones a las demás, mientras que, en sentido contrario, éstas no son capaces de presionar a aquellas. En sus grandes líneas la situación mundial es, pues, consecuencia de las políticas implementadas por los países más fuertes, que son quienes imponen las “reglas del juego”.

Del mismo modo, no todas las corrientes de pensamiento están en un mismo plano sino que algunas de ellas son dominantes o preponderantes respecto de las demás en las distintas disciplinas: filosofía, sicología, economía, historia, etc. Mientras la ideología dominante se basta a sí misma, las corrientes minoritarias se abren camino criticándola, tomándola como referencia. La crítica es el rasgo característico de esas corrientes marginales. El blanco de dicha crítica es la ideología dominante, que es la que marca la pauta.

La contradicción principal no siempre es evidente por sí misma. Descubrir los vectores fundamentales que influyen sobre un fenómeno es uno de los más grandes avances del conocimiento. Ayuda a ordenar el cúmulo de condicionantes que pesan sobre cada acontecimiento, por lo que es lo contrario a las enumeraciones anodinas e insustanciales que suelen aparecer en los tratados académicos.

En los análisis superficiales y vulgares, todas las contradicciones se ponen en el mismo plano, o confunden a unas con otras, o se concentran en los aspectos secundarios, descuidando los más trascendentales. En el caso de la historia, la narración se llena de anécdotas, de un tipo de relatos banales, de tipo periodístico.

Los aspectos subordinados de un determinado acontecimiento se desentrañan a partir de los principales. Por ejemplo, los relatos vulgares atribuyen al asesinato en Sarajevo del heredero del trono de Austria, el archiduque Francisco Fernando, la causa desencadenante de la Primera Guerra Mundial, lo cual es falso.

La causa fueron las contradicciones entre las grandes potencias imperialistas, que exacerbaron la opresión nacional en los Balcanes, utililzando a los países de la región como mecanismo para un nuevo reparto del mundo. El asesinato de Sarajevo no fue la causa sino más bien la consecuencia de dicha rivalidad.

Si el análisis de un acontecimiento como la Primera Guerra Mundial no se centra sobre la contradicción principal, se confunden los efectos con las causas, a los victimarios con las víctimas, o se buscan soluciones técnicas (económicas, judiciales) a problemas que son de otra índole (políticos, sociales).

Las contradicciones no suelen operar, normalmente, de manera simultánea. Unas son remotas y anteceden inmediatamente en el tiempo a otras, que están más próximas al fenómeno. Incluso las contradicciones operan en cadena, unas detrás de otras o unas a través de otras. Pero la contradicción principal no se puede confundir con la más cercana en el tiempo.

El punto de vista partidista consiste en tomar posición en la contradicción principal. A dicho punto de vista no se le califica de partidista sólo porque sea subjetivo sino, además, porque el punto de partida de cualquier explicación científica es siempre parcial. Por importante que sea el reconocimiento de una contradicción como principal, es una parte del asunto que no agota la descripción. Para ello es necesario identificar también las contradicciones secundarias. El desarrollo de cualquier ciencia evoluciona, pues, de la subjetividad (de la parte) a la objetividad (al todo).

Sin embargo, en ocasiones las ciencias atraviesan etapas de tipo empírico, dominadas por descripciones exhaustivas del “cómo” (de las contradicciones secundarias), pero aún no alcanzan a responder al “por qué”, esa fase del conocimiento que Engels calificaba como “ciencia teórica” (1) en la que la investigación se concentra en averiguar la contradicción principal.

En ocasiones, cuando se trata de fenómenos sociales o de acciones humanas, la contradicción principal se expresa como “responsabilidad”, e incluso como “culpa” de una persona, de una clase social, de un gobierno o de un país. Del otro lado, identifica a las víctimas o sujetos pasivos de los anteriores.

El responsable es quien controla (o debe controlar) la situación, quien la domina (o debe dominarla). De aquí deriva la noción de “hegemonía”, que la burguesía denomina con el neologismo de “liderazgo”. Tiene varios aspectos destacables:

a) lleva la iniciativa; su comportamiento no es reactivo, es decir, no responde a una acción previa sino que la crea
b) su acción tiene un peso decisivo sobre la situación, es capaz de modelarla a su favor
c) a la inversa, está menos influido por la situación, como ya he expuesto antes
d) puede elegir, tiene opciones, mientras los demás países tienen muy pocas, una o ninguna alternativa y, si las que tienen, no les permiten optar a ellas

Aunque el predominio de fuerzas hegemónicas puede ser muy abrumador, nunca es absoluto, por lo que las explicaciones conspiracionistas son erróneas. El mundo no es una pirámide que gobierna una pequeña sinarquía de magnates, donde todos los demás son dóciles sujetos pasivos, engañados y manipulados.

La responsabilidad de unos, por importante que sea, no exime la de otros. La historia muestra muchos ejemplos de que en una guerra desigual, un ejército inferior puede derrotar a uno muy superior en fuerza, si defiende una causa justa, su estrategia es correcta y compensa su debilidad militar con otro tipo de factores, como los políticos, o en palabras de Clausewitz, “el pueblo en armas” (2), por lo que deberá comprender la guerra no como un asunto técnico-militar sino político-militar.

En la misma línea, a veces se atribuye el desmantelamiento de las organizaciones revolucionarias a la represión, es decir, a factores técnicos, (militares, policiales o judiciales), cuando lo cierto es que una organización revolucionaria, por su propia naturaleza, es indestructible. Por brutal que sea la represión, dichas organizaciones han desaparecido como consecuencia de sus propios errores y, finalmente, han acabado capitulando.

Una organización revolucionaria es siempre inferior desde el punto de vista técnico, pero es muy superior siempre desde el punto de vista político. La burguesía comete el error de creer que es posible aplastar a una organización revolucionaria con el empleo de una fuerza técnicamente superior; el proletariado comete otro si no está preparado para hacer frente a ello.

Como también ha quedado expuesto, la detección de la contradicción principal tiene un aspecto práctico y partidista para una organización revolucionaria. Aún siguiendo una línea política correcta, es imposible que una organización revolucionaria avance si no tiene en cuenta las fuerzas más importantes que condicionan la situación en su país, que son tanto internas como internacionales, y son cambiantes además.

(1) Engels, Dialéctica de la naturaleza, Madrid, 1978, pg.158.
(2) Clausewitz, De la guerra. Táctica y estrategia, Barcelona, 2006, pgs.265 y stes.

Las contradicciones interimperialistas: la crisis del Canal de Suez (2)

Tras su fracaso en Egipto, el imperialismo estadounidense queda obligado a buscarse los aliados en otra parte, por lo que crea el Pacto de Bagdad, una especie de OTAN para Oriente Medio.

Al mismo tiempo, los imperialistas restringen el apoyo a Nasser que, como los demás países no alineados, tiene que recurrir a la URSS y otros países socialistas, que comienzan a sumistrar armas a Egipto.

Otro fruto de dicha colaboración es el mayor proyecto africano de ingeniería: la presa de Asuán, que incrementaba en un tercio la superficie regada y en un 50 por ciento la potencia eléctrica instalada.

Cuando en 1956 Nasser nacionaliza el Canal de Suez a la adjudicación franco-británica sólo le quedaban 12 de un total de 99 años de explotación. ¿Por qué adelantarse?, ¿por qué no esperar un poco más? Porque Nasser necesitaba el dinero procedente de la explotación del Canal para financiar la construcción de la presa de Asuán.

El contrato del Canal tenía previsto que en un supuesto parecido, Egipto debía indemnizar adecuadamente a los explotadores, pero Nasser también tenía su estratagema: la Convención de Constantinopla impide a los agraviados acudir a ningún tribunal.

A falta de tribunales recurren a los ejércitos. Con la oposición de Estados Unidos, contra Egipto se forma una coalición entre Gran Bretaña, Francia e Israel.

El 16 de agosto de 1956, el secretario de Estado John Foster Dulles, reúne a 24 países para solucionar las contradicciones entre las grandes potencias sobre el Canal de Suez mediante un acuerdo de explotación conjunta. En setiembre 18 países aceptan el plan y el Primer Ministro australiano, Robert Menzies, queda encargado de que Nasser lo acepte por las buenas. Fracasa.

Para tratar de impedir la solución militar franco-británica, el 19 de setiembre Foster Dulles elabora una segunda oferta pero, con la oposición de Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia llevan el asunto a la ONU. Pretenden una solución “a la coreana”: que la ONU avale la guerra contra Egipto. El secretario general de la ONU, Dag Hammarskjöld, propone seis principios para un arreglo amistoso del litigio. Nasser se planta y rechaza todas las alternativas propuestas porque no hay tal litigio: el Canal pertenece a Egipto única y exclusivamente.

En una carta a Eisenhower el Primer Ministro británico, Anthony Eden, le dice que la independencia de Egipto sólo puede conducir a la “expansión soviética”, lo que en el diccionario imperialista siempre ha significado lo mismo: en su lucha por la independencia, Egipto y los demás países del mundo árabe no tenían más que un único aliado en el mundo: la URSS y el bloque de países socialistas.

Desde que los imperialistas tuvieron que ponerse de acuerdo con la URSS para ganar la Segunda Guerra Mundial, como en Yalta en 1945, empezaron a utilizar un lenguaje “leninista” y hablan de “expansión”, “influencia soviética” y “reparto del mundo”. En sus argumentaciones esos términos indican que algo que se escapa a su dominación en el mundo, lo cual es una tendencia general de la época imperialista. Su burda explicación no tiene en cuenta a los pueblos mismos, que para ellos no significan nada. Sólo entienden el mundo en términos de dominación, de fuerza y de guerra. Los pueblos se escapan a su dominación, según dicen, porque han caído bajo la de los soviéticos (o los rusos en su caso).

El 2 de setiembre Eisenhower le responde a Eden que está de acuerdo en lo que a la URSS concierne, pero que la agresión militar no impediría a Egipto acudir a su ayuda sino que tendría efectos contraproducentes: “En una generación, e incluso en un siglo, todos los pueblos del Cercano Oriente y África del norte y, en cierta medida, toda Asia y toda África se enfrentarían a Occidente de manera irreversible, sobre todo si tenemos en cuenta la capacidad de lo rusos para crear problemas […] Tenemos dos problemas, el primero concierne a la apertura permanente del Canal y a un trato justo para todas las partes involucradas. El segundo es obrar de manera que Nasser no se convierta en una amenaza hacia la paz y los intereses vitales de Europa”.

Primera parte, Tercera parte, Cuarta parte

Las contradicciones interimperialistas: la crisis del Canal de Suez (1)

Egipto es un país estratégico como pocos. No sólo es la bisagra entre dos continentes, África y Asia, sino entre dos mares, el Mar Mediterráneo y el Rojo, que abre un camino mucho más rápido para los colonialistas europeos al Océano Índico.En 1854 el francés Ferdinand de Lesseps plantea la posibilidad de abrir un canal a través de la Península del Sinaí para conectar ambos mares, de manera que en sus viajes a Asia los buques europeos no tuvieran que atravesar toda África. Para ello inventa lo que ahora llaman “globalización”: una empresa multinacional que no es ni francesa ni egipcia sino “universal” y que obtiene la concesión de las obras a cambio de su explotación durante 99 años.

Francia logra asentarse en un punto estratégico del comercio mundial y la potencia colonial más importante de la época, Gran Bretaña, queda al margen que, en un principio, se opuso a la construcción del Canal. La corona inglesa veía en el Canal impulsado por Francia una amenaza a sus intereses coloniales en África, Asia y Oriente Medio. Pero en 1875 los egipcios tuvieron que ceder sus acciones a la Corona Británica. En una brillante maniobra de despojo colonial, Gran Bretaña se hizo con el 44 por ciento de las acciones y en la práctica se transformó en su verdadera dueña, administrando y recaudando los cuantiosos pagos en concepto de derechos de paso por sus aguas, dejando de lado a franceses y particularmente a egipcios. Los británicos se apoderan así de una de las más importantes vías de comunicación con la “joya de la Corona”, la India.

Egipto aportó casi la mitad del capital necesario para realizar las obras del Canal y cuatro de cada cinco trabajadores que durante diez años estuvieron construyéndolo, eran de origen egipcio. Los campesinos (“falajin”) reclutados para las obras eran los peores pagados y debían realizar las obras más duras. Miles de ellos pagaron con sus vidas la excavación del Canal. En los años setenta del siglo XIX se utilizaron esclavos en diversas actividades, incluso portuarias. Durante decenas de años británicos y franceses negaron a los egipcios cualquier posibilidad de llegar a puestos de responsabilidad en la gestión del Canal.

En 1869 el Canal acoge la llegada de los primeros barcos. En 1888 la Convención de Constantinopla obliga a que, cualquiera que fuera su pabellón, los barcos puedan atravesar el Canal, tanto en tiempo de paz como de guerra.En 1936 el imperialismo británico estrecha el control sobre el Canal: un tratado impuesto a Egipto permite que sus tropas ocupen las orillas, que es el inicio de su militarización unilateral. Junto con el Canal, el ejército británico planta sus cuarteles en Egipto.

En 1948 el imperialismo crea el Estado de Israel y comienza la limpieza étnica de los palestinos de sus tierras. Los egipcios cierran el Golfo de Aqaba (1949) y el Estrecho de Tiran (1950), impidiendo que los buques israelíes accedan a la única salida que tienen al Mar Rojo.

Aquí hay que hacer una pausa para explicar que, frente a las posiciones consolidadas por Francia y Gran Bretaña en Oriente Medio, Estados Unidos tenía otros intereses en la zona, opuestos a los anteriores, especialmente el de quebrar el monopolio de las empresas europeas sobre el petróleo, significado último del Pacto del Quincy (1945) y del derrocamiento de Mossadegh en Irán (1953).

Para ello Estados Unidos aprovecha el proceso de descolonización que se iniciaba entonces. Esas contradicciones entre potencias imperialistas favorecen el golpe de Estado que lleva al coronel Gamar Abdel Nasser al poder en Egipto.

En marzo de 1952 Kermit Roosvelt, el jefe de CIA en Oriente Medio, se reúne con Nasser para preparar el golpe de Estado con el apoyo de la Hermandad Musulmana y explotando los sentimientos anticoloniales ampliamente extendidos entre las masas que, en realidad, no era tal; sólo se centraban en las viejas potencias: Gran Bretaña y Francia.

Estados Unidos abandona el plan porque no es necesario. Pocos meses después, el 23 de julio de 1952, Nasser lleva a cabo el golpe sin su ayuda. No obstante, la CIA aporta su experiencia para que los militares del nuevo régimen organicen su propio servicio de inteligencia e incluso redacta los programas de radio que difunden propaganda del gobierno contra Estados Unidos. Nunca la intoxicación fue tan sibilina.

Como es habitual, en Egipto los oportunistas tampoco entienden el verdadero alcance de la situación. Consideran a Nasser un peón de Estados Unidos y se burlan de él llamándole “coronel Jimmy”.

En 1952 a los británicos les quedaba un plazo de nueve años para evacuar sus tropas. A partir de entonces sólo quedaría una empresa extranjera explotando una riqueza egipcia.

Faltos de experiencia, la información de la CIA sobre Oriente Medio no era tan buena entonces como ahora, sino más bien absurda, lo que encadena los errores, uno detrás de otro. La CIA creía que el apoyo de la URSS en Egipto era la Hermandad Musulmana. Por eso con su ayuda, en 1954 Nasser organiza un atentado contra sí mismo para aplastar a la Hermandad Musulmana.

Sin embargo, la CIA comete su tercer error: se precipita al suministrar armas a Nasser esperando que, a cambio, el coronel egipcio firme un acuerdo reconociendo al Estado de Israel.

Pero el error más importante de los que cometió la CIA fue descubrir que Nasser no es el hombre de paja que ellos creían. Algunos le comparan con el turco Mustafá Kemal. El asunto es aún más serio: en medio de la Guerra Fría, Nasser se declara neutral e inicia el movimiento de los países no alineados.

Además, Nasser no admite la creación del Estado de Israel. Finalmente, no es la CIA quien ha manipulado a Nasser sino al revés. La CIA aún no era entonces lo que conocemos ahora.

Segunda Parte, Tercera Parte, Cuarta parte

La posición del proletariado frente a las contradicciones entre las potencias imperialistas

Juan Manuel Olarieta

En plena guerra mundial, en 1915, Lenin criticó un artículo publicado por A.Potresov en “Nashe Dielo” que se publicó con seudónimo dos años después en la prensa legal (*), es decir, en condiciones de censura. Se titulaba “Bajo pabellón ajeno” porque tenía por objeto establecer la posición del proletariado internacional ante el enfrentamiento de unas potencias imperialistas con otras, una situación tan debatida entonces como ahora en el seno del movimiento obrero y revolucionario internacional.

Las posiciones de Potresov se disimulaban, escribía Lenin, bajo banderas falsas, un falso marxismo y un falso internacionalismo, para lo cual recurría a algo muy típico, entonces y ahora, que era fundamentar sus argumentaciones en las tesis que Marx y Engels habían defendido en una época pretérita, la del capitalismo ascendente, llevándolas a la etapa descendente, imperialista, sin solución de continuidad.

En la guerra italiana de 1859 Marx y Engels habían tomado partido por uno de los bandos en disputa porque -decía Lenin- en aquella época la burguesía era progresista y en Europa existían importantes movimientos de liberación nacional enfrentados a grandes Estados feudales (“el mal principal”) que arrastraban a importantes masas populares (pg.151).

Lenin equipara las tesis de Potresov con las de Trotski (pgs.153 y siguientes), prototipos de seudomarxistas escolásticos que llenan sus escritos de comodines, frases y citas válidas para salir de cualquier apuro. Se podría decir que, como los curas en misa, recitan plegarias contra viento y marea, que valen lo mismo para un bautizo que para un funeral.

El marxismo es muy diferente: “El método de Marx consiste, ante todo, en tener en cuenta el contenido objetivo del proceso histórico en el momento concreto dado y en la situación concreta dada, a fin de comprender, ante todo, el movimiento de qué clase es el principal resorte de un posible progreso en esa situación concreta” (pg.146).

A diferencia de Potresov y los trotskistas, los marxistas no recurren a frases que, como se suele decir, están sacadas de contexto. Por eso Lenin escribe que en 1915 “la situación histórica objetiva es completamente distinta” de la existente 50 años antes (pg.152). Con la entrada del capitalismo en su fase imperialista, el posicionamiento de Marx y Engels no es válido (pg.145) por varias razones que deja apuntadas.

La primera es que bajo el imperialismo la burguesía ha pasado de ser una clase progresista a ser una clase reaccionaria, e incluso ultrarreaccionaria. Es una tesis leninista muy olvidada: el imperialismo conduce al fascismo.

La segunda es que el proletariado ha adquirido sustantividad política propia, de modo que no marcha a remolque de la burguesía, sino en contra suya y las guerras imperialistas no hay que analizarlas desde el punto de vista de la burguesía sino de la clase obrera (pg.146).

El internacionalismo y el punto de vista de clase, partidista, son algo “concreto” (pg.160) y consisten en la lucha contra la burguesía propia, mientras que el oportunismo adoptaba el punto de vista opuesto, nacional, consistente en la defensa de la propia burguesía frente al proletariado de otros países.

Para poner al lector en situación, Lenin plantea tanto situaciones reales del momento, como una hipótesis (pg.147): supongamos que dos grandes potencias tratan de repartirse África. Un caso así no tiene nada que ver con la época de lucha contra el feudalismo agonizante, ni hay ninguna burguesía progresista por ninguna parte. ¿Cómo confundir un movimiento de liberación nacional del siglo XIX con el reparto del mundo entre los imperialistas en el siglo XX?

El proletariado, concluye entonces Lenin, no se puede sumar a ninguna burguesía que tenga tales pretensiones. Tanto una burguesía como la otra “son las peores”, por lo que la tarea del proletariado es desear “en cada país” el fracaso de cada una de ellas (pg.147).

Bajo las condiciones del imperialismo, pues, la clase obrera está en una situación diferente a la que había a mediados del siglo XIX. En sólo 50 años habían cambiado las tareas inmediatas y las formas de lucha (pg.150) del proletariado. Hoy, desde que Lenin escribió aquello, no han pasado 50 sino 100 años y la situación objetiva ha seguido cambiando, lo cual supone admitir -con la misma claridad- que hay cosas que no han cambiado, es decir, que hay “factores determinantes” que siguen siendo idénticos a los de entonces.

Seguimos bajo la misma época imperialista a la que se refería Lenin. Seguimos bajo el peligro de que el imperialismo conduzca a una nueva guerra de dimensiones mundiales. También siguen existiendo oportunistas con los mismos planteamientos que entonces, que consisten siempre en colocarse “al lado de la burguesía” (pg.157).

A diferencia de los trotskistas, escolásticos y demás, el planteamiento que del imperialismo hace Lenin no es abstracto. Para averiguarlo no hay más que preguntar -a sensu contrario- por el planteamiento internacional de la burguesía, que no es cualquier clase de burguesía, que no es la burguesía en abstracto, sino su propia burguesía. De otra forma la clase obrera no podría transformar la guerra imperialista en guerra civil en cada país.

Yo personalmente escribo desde Madrid, y dado que este tipo de discusiones se plantean hoy en relación a países como Rusia, tengo que averiguar qué posición tiene la burguesía española frente a Rusia, a Putin, al Donbas, a Crimea, a las sanciones, a la guerra de Siria…

Si todos tenemos claro cuál es el posicionamiento de la burguesía española frente a Rusia, sabremos discernir -supongo- a un oportunista de un revolucionario de verdad, o sea, quién está al lado de su propia burguesía y quién no, o por utilizar las palabras de Lenin, quién lucha bajo un pabellón propio y quién bajo el ajeno.

(*) Lenin, Bajo pabellón ajeno, Obras Completas, tomo 26, pgs.137 a 161.

‘Los kurdos no tienen más amigos que las montañas’

Juan Manuel Olarieta

Así dice un viejo proverbio kurdo: “No tenemos más amigos que las montañas”, que es tanto como decir que los kurdos no tienen amigos; ningún amigo. No es cierto. Si en las redes sociales todos buscan amigos, en Oriente Medio no hace falta: son los amigos los que te buscan.

Los nacionalistas kurdos han encontrado a su “amigo americano”, del que esperan que les saque de un atolladero histórico, aunque quien encuentra determinados amigos, encuentra también determinados enemigos, sobre todo cuando hablamos de una guerra. Entonces, ¿quién es el enemigo común de estadounidenses y kurdos en Oriente Medio?, ¿el yihadismo?, ¿está luchando Estados Unidos contra el yihadismo en Oriente Medio?

El planteamiento de las relaciones entre imperialistas y kurdos en Oriente Medio está viciado de raíz. Quizá la mejor manera de verlo sea analizar el desarrollo de la situación en Irak, donde los kurdos fueron los grandes beneficiarios de la invasión imperialista en 2003 y la posterior explosión yihadista, tambien favorecida por el imperialismo.

Lo mismo que en Siria, a pesar de las novelas idealistas, en Irak los kurdos nunca se plantearon una batalla contra el Estado Islámico; se limitaron a defender las posiciones que Estados Unidos les entregó en bandeja tras la invasión y partición de Irak en 2003. En Rojava la Batalla de Kobane no fue un ataque a los yihadistas, sino un ataque de los yihadistas.

Cuando a partir de entonces los kurdos del PKK/PYD se lanzaron contra el Estado Islámico, las batallas se han librado fuera de Rojava, una vez que la captura de Alepo cambió el fiel de la balanza y siguiendo instrucciones de Estados Unidos.

Las relaciones entre el PKK/PYD y el gobierno regional del Kurdistán irakí son pésimas, por lo que Erdogan es gran amigo de unos kurdos y gran enemigo de los otros. Barzani mantuvo la compostura con los yihadistas mientras Turquía fue uno de sus grandes apoyos, es decir, hasta el fallido golpe de Estado del verano pasado.

Barzani empezó a movilizar a sus peshmergas con el retroceso territorial del Estado Islámico, cuyas posiciones empezó a ocupar, lo que ha generado el espinoso asuntos de los “territorios en litigio”, es decir, las zonas fronterizas que se reivindican como kurdas o como árabes.

Dichos territorios son objeto de un tratamiento especial en la Constitución irakí de 2005, que tenía prevista la celebración de un referéndum para resolver su estatuto antes de 2008. Dicho referéndum no se ha celebrado y actualmente están bajo el control del gobierno regional de Barzani, que ha llevado a cabo en ellas un proceso forzado de “kurdización” para disuadir a los refugiados árabes de que vuelvan a sus hogares.

Barzani y los peshmergas se justifican diciendo que originalmente dichos territorios eran kurdos y que Saddam Hussein llevó a cabo un proceso inverso, una “arabización forzada”.

Interesa ahora destacar dos de esos territorios, los de Kirkuk y Sinjar, que ayudan a explicar que las razones de la ocupación no son sólo de tipo nacional, sino económico.

El referéndum previsto para el 25 de setiembre comprende esos “territorios en disputa” y en el mismo no participarán los refugiados árabes que tuvieron que abandonar sus viviendas desde 2003 hasta ahora, es decir, que las cartas están marcadas, por lo que no se va a resolver ningún problema y se puede crear otro más.

Desde 2003 el busilis económico del Kurdistán irakí es el petróleo. Estados Unidos promueve la autonomía de Kurdistán para evitar que el petróleo caiga en manos de los yihadistas, al tiempo que se asegura un mecanismo de presión contra el gobierno central de Bagdad, agobiado por los gastos derivados de la guerra.

Es el “divide y vencerás” que desde siempre caracteriza al imperialismo, unido al sabio consejo de no poner todos los huevos en la misma cesta, lo que se pone de manifiesto no en la autonomía kurda sino exactamente en la autonomía financiera. ¿Quién paga los gastos del aparato del Estado en el Kurdistán irakí?

Un tercio de las reservas irakíes de petróleo están en las zonas controladas por Barzani, pero la Constitución le impide exportarlo sin autorización del gobierno central. Al mismo tiempo, éste debe entregar el 17 por ciento de los presupuestos públicos al gobierno regional. Como Bagdad no ha pagado ni un céntimo, el gobierno regional obtiene sus ingresos de la exportación ilegal de petróleo a través de… Turquía.

El gobierno central no puede pagar sus compromisos financieros porque, agobiado por el peso de la guerra, no tiene dinero para hacerlo. A partir de ahí, los kurdos han abierto las puertas a Turquía, donde refinan el petróleo a cambio de una parte del mismo. Además, han llegado las multinacionales petroleras, que hacen oídos sordos a los litigios jurídico-constitucionales: Exxon, Total, Chevron y Gazprom.

Turquía es el nudo de este enredo. Sin Erdogan no existiría el gobierno regional de Barzani, por lo que Ankara ha puesto sus condiciones: la autonomía le va bien, pero la independencia le parece demasiado.

El otro eslabón que une a Erdogan con Barzani es su mutua enemistad con el PKK, que ha alcanzado su paroxismo en la provincia de Sinjar, fronteriza con Siria, donde tras la evacuación del Estado Islámico, los peshmergas kurdo-irakíes vigilan a los kurdos del PKK/PYD, a los que consideran como una organización “turca”, es decir, que ni siquiera los consideran como parte de una misma nación.

La relación entre unos kurdos y otros no puede ser más tensa. Recientemente un comandante de los peshmergas kurdos decía que su verdadero enemigo no es el Estado Islámico sino el PKK/PYD. A su vez, estos reprochan a los otros su amistad con Erdogan.

Los peshmergas acusan al PKK/PYD de algo insólito: de mantener un acuerdo con Irán y, por esa vía, con el gobierno central de Bagdad. Es sorprendente porque el PKK mantiene una sucursal en Irán, el PJAK, que practica la lucha armada.

Sin embargo, está fuera de duda que el PKK tiene un canal de comunicación abierto con el gobierno de Teherán, por lo que las suspicacias del gobierno regional no son infundadas. Para ser más exactos, ese canal lo mantiene uno de los más importantes dirigentes del PKK, Cemil Bayik, cuyas relaciones con la facción de Öçalan no son buenas por importantes divergencias estratégicas.

Mientras desde hace años Öçalan pretende llegar a un acuerdo de alto el fuego con Erdogan, que no ha cuajado, Bayik es partidario de continuar con la lucha armada y es quien controla la frontera de Sinjar, donde recibe apoyo y financiación por parte de los iraníes.

El rompecabezas se puede seguir complicando con cuantas piezas queramos poner encima de la mesa: la alianza de Irán con la facción de Bayik cuenta con un aliado sorprendente en la Unión Patriótica del Kurdistán irakí que dirige Jalal Talabani, el enemigo histórico de Barzani…

En fin, en Oriente Medio hay tantos amigos como enemigos, en abundancia; incluso dentro de la misma familia kurda.

El Capitolio está muy cerca de la Peña Tarpeyana

Juan Manuel Olarieta

La ciudad de Roma se edificó sobre siete colinas. La más pequeña de ellas, el Capitolio, era el centro del poder político y religioso que, entonces eran casi lo mismo. En aquella cumbre había un templo consagrado a Juno, a Minerva y, sobre todo, a Júpiter, el dios de la guerra.

Cuando los generales volvían victoriosos de sus batallas se celebraba una solemne ceremonia, autorizada por el Senado. Consistia en subir con su carro desde el Campo de Marte hasta el templo de Júpiter. Era su mayor recompensa. Cuando alguien alcanzaba el Capitolio es porque estaba en la cumbre del poder y de la gloria (que es casi lo mismo).

Muy cerca del Capitolio estaba la Peña Tarpeyana (Saxum Tarpeium o Rupes Tarpeia) un acantilado donde se ejecutaba la pena de muerte empujando al condenado por el precipicio.

Hay varias narraciones al respecto. Una de ellas relata que en el año 390 antes de nuestra era, Marcus Manlius Capitolinus, miembro de una importante familia patricia, escuchó una noche los graznidos de los pavos consagrados al culto de Juno. Aunque los pavos no son pájaros, las expresiones populares no conocen de tales sutilezas biológicas: los pavos eran “pájaros de mal agüero” y su graznido era una señal de que algo malo estaba a punto de ocurrir.

El caso es que Manlius dio la alerta y, en efecto, comprobaron que, los galos se aprestaban a atacar a Roma. Sin embargo, gracias al aviso fueron vencidos y al patricio le cubrieron de honores, aunque poco después resultó defenestrado por motivos que la leyenda no aclara suficientemente. Algunos dicen que los humos se le subieron a la cabeza. El Capitolio ocupaba una posición tan elevada que Manlius se creyó por encima de todos. De ahí viene la expresión “El rey de Roma” (porque en aquella época, Roma era una república).

Comoquiera que fuese, le arrojaron por la Peña Tarpeyana. “Más dura será la caída”, sentencian desde entonces los más sabios, aunque nunca les hagamos caso. “De la gloria al fracaso no hay más que un paso”, dicen otros.

Con el tiempo la leyenda se convirtió en una alegoría que, en esencia, destaca la proximidad de los contrarios que, la mayor parte de las veces, nos los representamos como alejados uno de otro. Sin embargo, los opuestos siempre están muy cerca, no sólo cuando se trata de los de “arriba” y los de “abajo”. También ocurre en el tiempo, cuando una situación da lugar a su contraria: “Del árbol caído todos hacen leña”.

A los grandes éxitos van adheridos los más sonados fracasos.  Hace sólo unos meses el Banco Popular cotizaba por miles de millones de
euros; recientemente se vendió por un único euro. ¿Cuál era el “valor real” del Banco?, preguntaría un ingenuo.

Al respecto el 2 de octubre de 1930 Stalin escribió en Pravda un memorable artículo, titulado “El vértigo del éxito”, en el que arrojó un jarro de agua fría sobre aquellos a los que la colectivización agraria se les había subido a la cabeza y no supieron ver ni los fallos, ni los errores, ni los excesos que se habían cometido. No entendieron, dice Stalin, cuál era el “eslabón principal” de aquel gigantesco salto económico y social.

La mayor parte de los debates estériles suelen ir por esos derroteros en los que el “eslabón principal” no aparece nunca y nadie sabe en qué punto se encuentra exactamente. Unos se creen en el Capitolio y otros en la Peña Tarpeyana. ¿La botella está medio llena o medio vacía? Durante la colectivización, lamentaba Stalin, algunos se habían dedicado a descolgar las campanas de las iglesias, lo que calificaba como “contrarrevolucionario”.

Cuando uno es capaz de coger “el toro por los cuernos”, decía Stalin, el resto de cadena aparece por sí misma. Si tuviéramos capacidad para desprendernos de la manera metafísica de abordar los problemas, no preguntaríamos si la botella está medio llena o medio vacía, sino si se está llenando o se está vaciando.

Tanto la Tabla de Mendeleiev en química, como la taxonomía de los seres vivos que describe la biología, acercan lo parecido y alejan lo distinto. La Ilustración asoció la verdad a las “luces” y la mentira a las tinieblas. La verdad ilumina; resplandece tanto que cualquiera puede discernirla del engaño o el fraude. “Con la verdad se va a cualquier parte”. Es convincente por sí misma. Basta con contarla para que los oyentes nos den la razón inmediatamente.

Ese tipo de concepciones son idealistas. A diferencia de la taxonomía, en la sabana los elefantes están muy cerca de las moscas. Es la diferencia entre la literatura y el mundo real, donde todo está tan entremezclado que nos deja “atolondrados”, como decía Stalin. No es fácil separar una cosa de su contraria.

Al contrario de lo que creen los idealistas, una dilatada experiencia histórica demuestra que lo que realmente brilla no es la verdad sino la mentira. Cuando a diario leemos o escuchamos determinadas informaciones de forma reiterativa, debemos ponernos alerta; lo más probable es que sean mentira. La verdad no la sirven en bandeja de plata; hay que buscarla y eso supone un esfuerzo. Cuando tenemos nociones que parece que siempre han estado con nosotros, que las hemos ganado sin esfuerzo, debemos empezar a dudar de nosotros mismos y a hacernos preguntas.

Enaltecimiento del terror y de los terroristas de la Revolución Francesa

Juan Manuel Olarieta

El terror y el terrorismo son una creación histórica de la burguesía. Asediada por la reacción europea, en 1793 la burguesía francesa puso en marcha “desde arriba”, desde el aparato del Estado, una gran maquinaria de exterminio, perfectamente orquestada, para acabar con reyes, príncipes, marqueses, barones y, naturalmente, cardenales, obispos, prelados y monjes, en fin, las clases dominantes del Antiguo Régimen.

Su símbolo fue la guillotina y, desde entonces, la historia sabe que no hay parto sin dolor, no hay evolución ni progreso que no comporte violencia ni enfrentamiento. Las sociedades nunca han conocido ninguna transición pacífica. Toda revolución engendra una contrerrevolución y a la inversa. Los poderosos no se resignan, no ceden pacíficamente sus privilegios, sino todo lo contrario: se aferran a ellos con uñas y dientes.

Lo que hoy llaman “derechos humanos” y libertades tuvo su origen en todo lo contrario: el terror. El 10 de junio de 1794, en plena vorágine terrorista, el Comité de Salud Pública eliminó a los acusados el derecho de defensa y el derecho al recurso contra sus condenas. A esta constatación jurídica hay que añadir la política: los “acusados” formaban parte de una clase social, la aristocracia feudal. Eran “el enemigo” de clase e iban a ser privados de derechos para que los derechos pudieran triunfar en lo sucesivo.

Un abogado, Robespierre, que presidía el Comité de Salud Pública, se encargó de convencer a los diputados de que votaran a favor de aquella ley con un tono característico del que Marx se burlaría años después. Como otros personajes similares a los que la historia reservó un papel parecido, Stalin sin ir más lejos, también Robespierre ha sido injustamente tratado de “carnicero”, cuando él fue de los primeros en defender la abolición de la pena muerte. La historia es así de paradójica.

El decreto fue redactado por Georges Couthon para reducir el proceso judicial a una pura fórmula. Lo que el Tribunal Revolucionario debía decidir era muy simple, sin término medio: o el acusado sale absuelto o se le corta la cabeza.

En aquella época, los juristas como Robespierre o Couthon, tenían concepciones políticas muy claras. En un periódico, El Mercurio Universal, Couthon explicó el 12 de junio el objetivo de aquel decreto. Hasta el momento las medidas judiciales adoptadas para defender la Revolución habían sido insuficientes, escribía Couthon. Los enemigos eran mucho más poderosos de lo que cabía sospechar en un primer momento. El viejo despotismo había creado una “verdad judicial” que no era la “moral” ni “natural”. Frente a la aureola de la aristocracia y la iglesia no bastaban las pruebas ni las evidencias que se llevan a los tribunales.

Las palabras mágicas de Couthon fueron las siguientes: “El plazo para castigar a los enemigos de la patria es el tiempo de reconocerles: se trata menos de castigarlos que de aniquilarlos, decía el jurista. No hay sospechosos; lo que hay son enemigos. El exterminio de los señores feudales debía pasar de los juzgados a la tribuna política.

Es imposible sustraerse a la tentación de reproducir párrafos enteros de aquel escrito, que parece de hoy mismo: “Una Revolución como la nuestra —decía el abogado francés— no es más que una sucesión rápida de conspiraciones porque es la guerra de la tiranía contra la libertad, del crimen contra la virtud. No se trata de dar ejemplo, sino de exterminar a los satélites implacables de la tiranía o de perecer con la República. La indulgencia hacia ellos es atroz, la clemencia es parricida […] La República atacada desde su surgimiento por enemigos pérfidos y numerosos, debe golpearles con la rapidez del rayo, tomando las precauciones necesarias para salvar a los patriotas calumniados. Sólo poniendo el ejercicio de la justicia nacional en manos puras y republicanas, podrá cumplir su doble cometido”.

Fue como abrir la veda. Sólo en París, durante el verano de 1794, los verdugos de la Revolución ejecutaban 200 penas capitales a la semana. El gran escritor Víctor Hugo describió la matanza de aristócratas en su novela “El Noventa y Tres”, cuando los desarrapados viajaban de pueblo en pueblo con una guillotina rodante preguntando por los duques del lugar, o por los curas. ¿A quién hay que cortar la cabeza aquí?

Gracias al terror y al terrorismo los revolucionarios franceses trajeron al mundo las libertades y los derechos, contaminados desde entonces por aquel pecado original, del que los historiadores, los juristas y los periodistas no quieren ni oir hablar.

Les ocurre como a todos los demás mortales: quieren los derechos pero no están dispuestos a ensuciarse las manos para conquistarlos, ni para defenderlos. Que lo hagan los demás.

La islamofobia como construcción ideológica de los imperialistas de ayer, de hoy y de siempre

La intoxicación mediática funciona por inundación, según una conocida frase de Goebbels cuyo origen, sin embargo, estuvo en Estados Unidos. Es como cualquier otro abuso, de alcohol o de drogas: una pequeña dosis, una información sesgada, conduce a la pérdida del sentido de la realidad y a asociaciones de ideas que operan automáticamente en las neuronas de millones de personas en todo el mundo.

Así, por más que los medios asocien las matanzas terroristas al islam, es falso. La inmensa mayoría de ellas no tienen que ver con el islam, ni con los musulmanes, como demuestra la base de datos que desde 1970 la Universidad de Maryland mantiene sobre la violencia política y religiosa en el mundo.

Es posible concretar mucho más. Por ejemplo, en 2011 un nazi noruego, Anders Behring Breivik, mató él solito a 76 personas y nadie explicó el motivo de tal masacre: su gobierno se disponía a reconocer al Estado palestino en la inminente Asamblea General de la ONU que estaba a punto de reunirse.

Más que un atentado del islam se trataba de un atentado contra el islam o, por lo menos, contra los palestinos, o contra el conjunto del mundo árabe.

También es posible acercar aún más la lupa a aquella orgía de sangre, cuantitativamente mucho mayor que la que ha padecido Reino Unido en los últimos días. En su manifiesto, al que casi nadie prestó atención, a pesar de que lo puso en internet antes de cometer su crimen, el nazi cita repetidamente a Bat Ye’or, el seudónimo con el que Gisèle Littman-Orebi escribió en 1981 su obra “Le Dhimmi”.

Littman-Orebi ha lamentado que el nazi utilizara su obra como justificación del crimen, porque se produce una asociación de ideas, otra más, que choca con las muchas que ya inundan nuestra cabeza: aunque nacida en El Cairo, la escritora es judía. El seudónimo Bat Ye’or es hebreo y significa “La Hija del Nilo”. ¿Se inspiran los nazis en escritos de los judíos?

Incluso para aquellos que aborrezcan a los nazis, es apasionante adentrarse en esa y otras obras de “La Hija del Nilo” porque encontrará muchas reminiscencias de la islamofobia que hoy se pueden leer en cualquier medio de comunicación de gran tirada, o en las tertulias, o en las redes sociales.

Aunque la autora se suele declarar “apátrida”, es mentira: tiene nacionalidad británica y vive en Suiza. En la obra que inspiró la masacre de Oslo, denuncia la esencia de la paranoia islamofóbica, esa supuesta absorción progresiva de Europa por el mundo árabe que engendrará una entelequia a la que denomina “eurabia”. Para ser más exactos todavía: incluso en el título de sus obras, Littman-Orebi utiliza continuamente el neologismo “dhimmitud” que significa la sumisión de los no musulmanes al islam.

La autora atribuye el término al político libanés Bashir Gemayel, asesinado  casi al mismo tiempo que aparecía aquel libro. Pero Gemayel reunía en su figura dos condimentos que tienen poco que ver con la “dhimmitud”: primero, que no era musulmán sino cristiano, y segundo, que fue Presidente del Gobierno de su país, un cargo nada propicio a la sumisión. En plena guerra civil libanesa, Gemayel más bien representaba todo lo contrario: no la sumisión al islam sino la sumisión del islam dentro del mismo mundo árabe.

¿O he entendido mal y Gemayel y su partido falangista a quien eran sumisos era al imperialismo y al sionismo?

Sigamos tratando de esclarecer un poco las cosas: la muerte de Gemayel fue el magnicidio de un cristiano (libanés) cometido por otro cristiano (también libanés), es decir, que nada tenía que ver con su religión porque, aunque se empeñen en decir lo contrario, las religiones tienen muy poco que ver con este tipo de asuntos.

En internet existen dos nombres de dominio, http://www.dhimmi.org/ y http://www.dhimmitude.org, en los que uno se entera de que el neologismo procede del árabe, donde significa “proteger” o, más bien, “protectorado” si le queremos dar un significado un poco más preciso, jurídico. Durante los mil años de expansión árabe (638-1683), los conquistadores (árabes, musulmanes) imponían tratados, naturalmente inicuos, a las poblaciones sometidas (que no eran árabes, ni musulmanas) que, lo mismo que la mafia, otorgaban protección (“dhimma”) a cambio del pago de un precio (un impuesto llamado “yizia” en árabe).

Resumiendo: eso es feudalismo puro y duro, algo que a lo largo de la historia han impuesto todos los conquistadores a sus víctimas, cualesquiera que fuera la religión de unos o de otros (y si opinan lo contrario, pregunten a los americanos).

Lo mismo que todas las tendencias islamófobas que corren por los medios, “eurabia” pretende enfrentar a las dos orillas del Mediterráneo, naturalmente con el objetivo de preservar al Estado de Israel y la criminal política imperialista en Oriente Medio.

Es inútil que el lector busque en internet alguna información en castellano sobre tan vidrioso asunto, pero todo se originó en 1973 con la guerra que los israelíes llaman del Yom Kippur y los árabes del Ramadán, cuando se acabó la era del petróleo barato y los países europeos se vieron obligados a iniciar una nueva política de acercamiento a los países árabes (para sacudirse la tutela de Estados Unidos, entre otras razones).

Para “La Hija del Nilo” aquello era una claudicación en toda regla por parte de Europa: a cambio de petróleo barato, los europeos estaban dispuestos a abrir las puertas a los árabes y, por lo tanto, al islam, una religión que es sinónimo de fanatismo, que no conoce la moderación ni la tolerancia (a diferencia de los judíos o los cristianos). Los que opinamos lo contrario, somos unos ingenuos, ignorantes o incluso algo peor: traidores.

Nosotros —los traidores— somos los continuadores de otra traición, la del mito del Conde Don Julián, el de la batalla de Guadalete que en el año 711 abrió las puertas de España a los “moros” para que nos invadieran. El romancero está lleno de canciones sobre aquella “desgracia” que, durante siglos, ha recorrido los pueblos de la península de boca en boca. La España rancia, inquisitorial y fascista es la antiyihad; vivimos rodeados de “matamoros” por todas partes.

Puntualmente, desde 2007 los nazis convocan todos los años concentraciones en Aarhus, un pueblo de Dinamarca, con la excusa de la defensa de una supuesta identidad europea. Nunca ha habido nadie más europeo que los nazis, aunque en Aarhus apenas agrupen a 200 matones. Frente a ellos, los antifascistas convocan a 4.000, veinte veces más, en el mismo sitio a la misma hora, pero los primeros tienen a la prensa a su lado y de los segundos no habla nadie.

Además de Aarhus, los nazis europeos han convertido a Israel en su “Meca” particular. Desde 2011 también han iniciado sus propias peregrinaciones a Jerusalén (Al-Quds en árabe). El primero de ellos, Louis Aliot, número dos del Frente Nacional francés, se justificaba ante sus fieles diciendo que no es posible luchar contra la islamización de Europa y, al mismo tiempo, tomar partido por los árabes en Oriente Medio.

Aparentemente, los nazis, los fascistas, e incluso nuestros franquistas, siempre fueron antisemitas. No obstante, ahora parece que quieren expiar sus culpas por el “holocausto” congraciándose con “los judíos”. Pero no nos dejemos confundir de nuevo: aquí no hay moros, ni judíos, ni cristianos. No hay otra cosa que imperialismo y una tortuosa manera de justificar sus crímenes (los de antes, los de ahora y los de siempre).

En 2005 Bat Ye’or publicó su última obra “Eurabia: el eje euro-árabe” en la que sigue empeñada en convertir el Mediterráneo en un lodazal y en un mar de sangre. “Bat Ye’or escribe artículos en revistas de todo el mundo y concede entrevistas a la radio y a la televisión, además de haber pronunciado conferencias en el Congreso de los Estados Unidos y en la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas”, afirma la Wikipedia.

Nada de eso me sorprende en absoluto. Como no podía ser de otra forma, todos beben de las mismas fuentes (aunque el agua no sea potable). La obra de Bat Ye’or no sólo ha conseguido un renombre mundial entre los nazis, sino que “sus obras son ampliamente citadas y muy valoradas entre los medios de la lucha contra el terrorismo”, o sea, entre la policía, los servicios secretos, la inteligencia y el espionaje, confiesa la Wikipedia.

Tampoco eso me sorprende.

Internet es la gran cloaca del capitalismo

Juan Manuel Olarieta
A lo largo de la historia, la tecnología nunca ha sido algo puramente instrumental, ni una simple herramienta. Es un reflejo de la sociedad que la ha creado, del desarrollo de sus fuerzas productivas y, por lo tanto, de sus necesidades (económicas, políticas, sociales, culturales).

Pero no es sólo un reflejo pasivo de ella sino que, al mismo tiempo, la retroalimenta, la refuerza y la justifica.

Hoy la informática, los buscadores, los algoritmos tampoco son neutrales; reproducen fielmente la sociedad que los ha creado, sus mezquinos intereses lucrativos, su ideología clasista, su individualismo y su competitividad.

El reflejo del capitalismo en internet es ideológico, es decir, falso, distorsionado y deformado. No se trata de que todo lo virtual sea falso o una mentira. Tampoco de que sea ficción o invento, sino de que es ideológico, es decir, que lo cierto y lo falso coexisten en el mismo plano y la mayor parte de los usuarios no somos capaces de discernir uno de otro.

En los inicios de internet a los servidores se les llamó “esclavos” (en inglés “slaves”) en la jerga informática, rememorando la dialéctica del amo y el esclavo de Hegel, donde el usuario adquiere una sensación —falsa— de supremacía: es quien da las órdenes y ha adquirido la convicción de que, por ello mismo, por su condición dominante, “utiliza” el ordenador, “utiliza” su conexión a internet o “utiliza” un servidor, con el añadido de que, como cualquier negrero a la caza de esclavos, todo es gratuito y todo se puede aprovechar en su beneficio: puede ver películas, apoderarse de imágenes, descargar música, plagiar textos ajenos…

Con la informática llegó el torrente de quimeras pequeño burguesas, promovidas por “expertos” que no saben lo que tienen entre manos. Hablan de horizontalidad, transversalidad y de comunicación P2P, bidireccional, de un punto a otro, sin intermediarios, sin censura, sin límites. En internet hay sitios donde nos dejan discutir los artículos, e incluso votar a favor o en contra de ellos. Lo virtual es el imperio de la democracia en estado puro. Incluso los afiliados a Podemos, prototipo de conglomerado virtual, son el colmo de la modernidad digital: votan por internet.

El universo virtual ha logrado el sueño del capitalismo: que todo, incluidas las personas, seamos mercancías, tengamos un valor comercial y un precio. Quienes realmente nos hemos esclavizado a nosotros mismos en internet somos los miles de millones de usuarios que trabajamos muchas horas cada día, gratuitamente, al servicio de monopolios del tipo Google, Microsoft, Amazon o Tweeter.

Cada vez que visitamos un sitio o pulsamos un enlace, generamos dinero; cada vez que rellenamos un formulario para abrir una cuenta de correo electrónico, generamos dinero; cada vez que introducimos textos, fotos, música o vídeos en un servidor ajeno, generamos dinero.

Como todo universo ideológico, internet vuelve las cosas del revés. Los sirvientes son los amos, mientras los usuarios somos millones de pequeñas hormigas trabajando todos los días muchas horas sin parar y sin cobrar absolutamente nada. Los monopolios se apropian incluso de esos tan sagrados derechos de propiedad intelectual sobre los textos, las imágenes, la música, los juegos y los vídeos. Aunque las TOS (“terms of service”, condiciones de uso) digan otra cosa, esos servidores que los usuarios llenamos de contenidos, hacen con ellos lo que les da la gana: compran, venden, cambian, difunden, eliminan…

El usuario nunca es el dueño, siempre es el esclavo. A pesar del —falso— debate sobre la Ley de Propiedad Intelectual de 2014 (canon digital, tasa Google), en el universo virtual no existen las copias privadas. Aunque el usuario pague por una descarga, no adquiere nada porque no se considera como compra, sino como un alquiler permanente. Creemos que tenemos el disco duro lleno de música, por ejemplo, y seguimos vacíos; no es nuestra, no tenemos nada de nada.

Los ordenadores, las redes sociales, los programas informáticos e internet en su conjunto tuvieron un origen militar. Son, al mismo tiempo, el instrumento y el escenario de la guerra, como se pone de manifiesto en el gigantesco ataque informático desatado este mes de mayo. Los ejércitos, las centrales de espionaje y la policía se han llenado de informáticos. Su tarea es la de cualquier militar: atacar (a los demás) y defenderse (de los ataques de los demás).

La guerra no es más que la competencia en el terreno militar. Pero la competitividad capitalista está, además, en la economía, la publicidad, la política, las elecciones… en todo. Internet es la competencia llevada hasta sus últimos extremos.

Las relaciones familiares, sociales y políticas se han sustituido por las virtuales, por comunicaciones indirectas a través de un chat, un correo o un mensaje de Whatsapp. Así se crean personajes inexistentes, perfiles falsos, falsas “comunidades” e incluso partidos políticos puramente virtuales. Más de la mitad del tráfico en internet es ficticio. Ha sido creado por medios automáticos llamados “bots”.

Las redes sociales, lo mismo que Google, nos han introducido en un burbuja cerrada que luego nosotros mismos nos hemos encargado de estrechar cada vez más mediante contactos, suscriptores, grupos de interés o vínculos de afinidad. A veces los llaman “nichos”. A pesar de la invocada interconectividad, los usuarios han creado mundos fragmentados para sí mismos, aislados unos de otros.

Internet ha convertido en realidad —aparente— la gran quimera burguesa del hombre hecho a sí mismo (“self made man”). Yo me lo guiso, yo me lo como. No necesito un periódico para publicar un artículo ni una editorial para publicar un libro; ni siquiera necesito un maquetador, ni tampoco necesito saber maquetar, ni una imprenta… Hay infinidad de sitios en internet que hacen todo eso automática y gratuitamente.

Lo real se nutre de lo virtual. No son los blogs los que se informan en la prensa sino al revés. Ya no hay corresponsales. En la Guerra de Siria son muchos los medios convencionales que están acudiendo a sitios de internet, a mensajes de Twitter, a Youtube y a redes sociales como fuente de información.

La policía también se informa gracias a internet. En las aduanas de Estados Unidos preguntan a los viajeros por su cuenta de Facebook para identificarle mejor. Las empresas apenas hacen entrevistas de trabajo; te piden tu cuenta en alguna red social. Si no estás en internet, no estás en el mercado, no existes.

En los medios digitales (foros, blogs) la escritura predomina sobre la lectura. Podemos ser autores, creadores, protagonistas. Cualquiera tiene un espacio para dejar su impronta, desde un breve comentario a un texto, hasta un foro de debate o incluso un blog propio. En esta sociedad capitalismo no somos nada, pero podemos parecer grandes, con muchos seguidores y “amigos” en nuestro perfil de Facebook.

Sobre todo, internet es publicidad, “marketing”. Es la consolidación de un tiempo en el que las recomendaciones y menciones de los demás desempeñan un papel clave en la difusión de las publicaciones. El crédito de una marca comercial o la reputación de una persona dependen de su tratamiento en la red, de las apariencias, de fragmentar la información, erradicando las malas noticias y destacando las buenas. Las noticias, verdaderas o falsas, las fabrican “influencers” o especialistas contratados para ello.

En los agregadores predomina el culto al aspecto cuantitativo de la información, que se expresa en nociones tales como la “visibilidad”, la “viralidad”, el “retuit” o el “spam”. Son las “radiofórmulas” de internet, al estilo de “Los 40 Principales”, donde lo primordial es la difusión, las visitas que un sitio tiene, el “share”, la audiencia. No importa que el visitante no haya leído el contenido. Basta con que pulse el enlace, “me gusta” o “compartir”.

El capitalismo obliga a los blogs a competir unos con otros. Si la música y el arte se ponen en un escalafón, los blogs también y los partidos políticos y las empresas. En cualquier aspecto de la vida hay que ser un ganador, estar al principio. Si tienes un blog, debes lograr la gran hazaña de que Google te ponga en un primer plano, de lo contrario de conviertes en “invisible”, no eres nada. Por lo tanto, en un blog no se escribe para el lector sino para Google, como Google quiere.

El valor de un sitio o un dominio depende del número de visitas. Cada vez que entras en una página, aumentas su precio de mercado. Hay sitios que lo calculan de manera automática. ¿Sabes cuánto vale un sitio como La Haine? Lo puedes comprobar en http://urlm.es/www.lahaine.org. Supera los 16.000 dólares. Puedes seguir la cotización de una web lo mismo que cualquier valor bursátil en Wall Street: “en tiempo real”. Cada vez que visitas La Haine su valor aumenta tres céntimos de dólar.

Como en la televisión, impera lo frívolo y los tópicos. Los agregadores se llenan de noticias sensacionalistas, de ínfima calidad pero capaces de atraer visitas y, por lo tanto, publicidad. Se buscan noticias estrafalarias: famosos, fútbol, televisión… Una página de pornografía, como Pornhub, es mil veces mejor que La Haine, su precio es mil veces mayor (17 millones de dólares), es decir, es mil veces mejor. Si La Haine hablara de Messi y Cristiano Ronaldo mejoraría mucho. Así es el capitalismo y así lo refleja internet.

Es un fenómeno que, a su vez, va ligado a la ideología pragmatista que llega del mundo anglosajón: la difusión es el mayor emblema del “éxito”, cuando no es el “éxito” en sí mismo. Los “más populares”, una expresión en la que hasta la traducción es infame, están los primeros. A su vez, el “éxito” demuestra que algo funciona y, además, que es correcto, que lo hace bien, con el corolario habitual: todos deberían proceder de la misma manera. De lo contrario, eres un perdedor, que es lo peor que se puede ser.

Una marca siempre debe ser signo de actualidad y de modernidad, a diferencia del comunismo o la URSS, que son cosas del pasado, prehistoria. Internet es el culto a lo efímero: el “trending topic”, lo que aparece y desaparece de manera casi instantánea. No existe el medio ni el largo plazo. Las tecnologías de la información no promocionan los contenidos alojados en sitios estáticos, como las antiguas páginas web, sino aquellos que cambian continuamente. Por lo tanto, para poder estar entre los primeros hay que añadir contenidos continuamente al blog, que se convierte en una actividad frenética.

Ha triunfado la reputación, la marca y la imagen. Lo importante no es lo que uno es sino lo que los demás piensen o supongan, bien entendido que las marcas son artificios; no son ni dejan de ser sino que se fabrican mediante las correspondientes campañas, debidamente orientadas por los “influencers”, los que en la prensa de siempre se llamaron “creadores de opinión”, es decir, los que nos dicen a los demás lo que debemos pensar.

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