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Autor: Juan Manuel Olarieta (página 29 de 60)

Una democracia de mala calidad pero democracia al fin y al cabo

Juan Manuel Olarieta

En una entrevista (1) el magistrado Joaquim Bosch, portavoz de Jueces para la Democracia, expresa una opinión bastante común: la de que ahora tenemos menos libertad que en los ochenta o los noventa.

Es un criterio curioso: la libertad es una magnitud cuantitativa que se puede medir con la báscula del frutero, aunque nunca nos dicen cuál es la “vara de medir”. Padecemos un déficit de libertad o de derechos. Lo mismo que la potencia de un bólido, España está al 65 por ciento de su libertad… o quizá menos, pero eso quizá habría que preguntárselo a los que están en la cárcel, como Junqueras, o en el exolio, como Puigdemont. ¿Qué porcentaje de libertad tienen ellos? Y si ellos no tienen ningúna, ¿qué libertad tenemos los demás? La respuesta me parece evidente: tenemos la libertad que nos dejan.

Otros lo expresan de una manera muy diferente, cualitativa. Hay diferentes tipos de democracias: unas son de alta y otras baja calidad (2). El imperialismo promociona este tipo de disquisiciones lingüísticas para consumo de universitarios perezosos. En 2010 la Fundación Konrad Adenauer apoyó un estudio sobre la calidad de la democracia en Bolivia (3).

A veces ese mismo tipo de argumentos se venden con otro formato: hay libertad, pero está -más o menos- restringida, limitada… Los derechos son como los presupuestos públicos: también se pueden recortar.

Son diferentes maneras de marear la perdiz, buscar eufemismos… Justificar lo injustificable. Cualquier cosa antes que llamar a las cosas por su nombre.

Algunos, como Beiras, van más allá. De manera demagógica hablan de “fascismo” y dicen que es culpa “del gobierno del PP”. Con otro gobierno habría menos represión, nos aseguran.

Otros creen que el problema de los “recortes” es la ley mordaza y aclaran, además, que fue aprobada por el gobierno PP. Quizá con otro gobierno no habría mordaza. La ley mordaza se llama oficialmente Ley de Seguridad Ciudadana y sustituye a otra Ley del mismo nombre aprobada por el PSOE (ley Corcuera o de la “patada en la puerta”), que su vez sustituye al decreto-ley de seguridad ciudadana de 1979 aprobado por la UCD, que a su vez hereda a la Ley de Orden Público franquista de 1959, de manera que al aprobarse la ley mordaza en 2014, se pudieron leer cosas que merece la pena recordar, como la siguiente:

“Una ley más dura que la de Franco … La nueva Ley de Seguridad Ciudadana (Ley Mordaza) nos retrotrae a la época más oscura de España, con sanciones desorbitadas … La ley aprobada ayer nos retrotrae al más crudo franquismo, pues se podría decir que la ley de Orden Público aprobada en 1959 por el general Franco tiene aspectos más suaves que la reforma aprobada ayer en el Congreso de los Diputados”(3).

El problema es que los oportunistas sólo viven el momento y ni tienen memoria ni quieren que los demás la tengamos y la conservemos. Pero ese tipo de leyes se suceden las unas a las otras y el franquismo está en la raíz de todas ellas, lo cual no depende de ningún gobierno, ni de ningún partido, ni de la UCD, ni del PSOE, ni del PP.

El Tribunal de Estrasburgo no sólo acaba de condenar a España por las torturas practicadas a dos detenidos. Es la novena vez que, además, condena por algo que es aún peor: por no investigar nada, mantener y ascender y condecorar a los torturadores. Es evidente: aquí la tortura tiene carta blanca.

Es posible que a algunos eso les parezca poco y piensen que debían haber torturado más, o torturar a más detenidos… El caso es que un Estado donde no sólo se tortura sino que se encubren y se niegan es -todo él- cómplice de las torturas. No caben medias tintas: es un Estado torturador, que se identifica con las torturas de sus funcionarios.

El año pasado un informe del Comité Europeo para la Prevención de la Tortura del Consejo de Europa volvió a la carga con la misma denuncia y, además, en una visita detectó un látigo, palos, sogas e instrumentos de tortura en las salas de interrogatorios de una comisaría de Madrid. Un espectáculo así no sólo nos recuerda la verdadera naturaleza del Estado en el que vivimos; nos trae de nuevo a la Inquisición, a la que tampoco abandonamos nunca.

(1) http://www.huffingtonpost.es/2018/02/15/joaquim-bosch-tenemos-menos-libertad-ahora-que-en-los-80_a_23362601/
(2) http://www.elcomercio.com/opinion/democracias-baja-calidad.html
(3) http://cordopolis.es/micronopio/2014/12/12/una-ley-mas-dura-que-la-de-franco/

Operación Cóndor: cuando la burguesía transforma en tópico la verdad histórica

Pinochet y el rey Juan Carlos de Borbón
Juan Manuel Olarieta

El tópico es la mejor manera de digerir una verdad histórica que resulta incómoda para el discurso ideológico de la clase dominante. La encuadra en un marco de referencia donde la puede manejar.

Por ejemplo, en 2016 el periódico francés Le Monde (*) definía el Plan Cóndor de una manera tópica, como un plan conjunto de seis dictaduras sudamericainas para eliminar a los oponentes políticos de izquierda.

Es sorprendente la enorme capacidad de los plumíferos de la burguesía para resumir un acontecimiento tan significativo del siglo XX en una frase simple y sencilla que, naturalmente, tiene capacidad de penetración y es la que circula ahora mismo.

Sin embargo, toda ella es absolutamente falsa; de principio a fin:

a) el Plan Cóndor no concierne únicamente a Latinoamérica
b) no concierne sólo a las dictaduras, ni es consecuencia de ellas
c) su objetivo no era eliminar sólo a los oponentes políticos de izquierda

El primer documento del Plan Cóndor del que hay constancia documental es de diciembre de 1975, pero un informe reservado del Comité de Relaciones Externas del Senado de Estados Unidos, fechado en 1979 y basado en archivos de la CIA, deja constancia de que en 1974 ya se planificaron los primeros crímenes que, por lo demás, debían cometerse en Europa y no en América Latina.

En septiembre de 1974 el ministro de Defensa de Allende, el general Carlos Prats, y su esposa, fueron asesinados en Buenos Aires cuando explotó una bomba bajo su coche.

Aparte de llamar la atención sobre le fecha, dejamos al criterio del lector si el general Prats y su esposa formaban parte de la oposición a los golpistas chilenos y si, además, pueden ser calificados “de izquierda” cuando el general también ocupó el mismo cargo en el gobierno anterior.

Dos agentes de la CIA (USA) y la DINA (Chile), Michael Townley y su mujer Mariana Callejas, confesaron su participación en el crimen, que no pudo llevarse a cabo sin la complicidad de Argentina.

En octubre de 1975, el vicepresidente de Allende y dirigente de la democracia cristiana chilena, Bernardo Leighton, y su mujer, sobrevivieron a un intento de asesinato en Roma.

Un demócrata cristiano y su esposa no se pueden calificar como “oponentes políticos de izquierda” y el escenario queda muy lejos de América Latina. Nunca se hubiera podido ejecutar sin la complicidad de la OTAN, la Unión Europea e Italia.

En Tucumán, Argentina, se cometieron numerosos crímenes dentro del llamado “Operativo Independencia”, una acción criminal que tuvo lugar en febrero de 1975, 13 meses antes del Golpe de Estado del 24 de marzo de 1976. Hasta la fecha se han juzgado a 17 asesinos por 266 asesinatos, dentro de las cuales había seis mujeres embarazadas.

El escenario es Argentina, pero es anterior a la dictadura de Videla. El terrorismo de Estado no es, pues, consecuencia de la dictadura militar. En el juicio sobre el caso el fiscal pidió expresamente que en la sentencia se debía declarar que “en la provincia de Tucumán, durante la implementación del Operativo Independencia, no existió un conflicto armado interno”.

En septiembre de 1976 fue asesinado en Washington Orlando Letelier, ministro de Defensa y de Relaciones Exteriores del gobierno de Allende,  y a su secretaria, Ronni Moffitt. Las investigaciones pusieron al descubierto las primeras piezas del Operativo Cóndor que, como es obvio, no quedaban circunscritas a Latinoamérica.

El ministro fue asesinado mediante un coche bomba colocado por Townley y un grupo de terroristas cubanos anticastristas. Una semana después de su muerte, el hombre del FBI en el Cono Sur, Robert Scherrer, envió un cable a su cuartel general en el que ya aparecía el nombre del operativo y sus fases sucesivas.

Los grupos especiales de los países miembros, decía el documento, deberían viajar por cualquier parte del mundo hacia países no miembros, para llevar a cabo operaciones de castigo, incluido el asesinato.

El Plan Cóndor llegó a España, donde la DINA intentó secuestrar a miembros del MIR que se habían exiliado. En junio de 1980 Noemí E. Giannetti de Molfino, madre de la Plaza de Mayo exiliada en Perú, fue secuestrada en Lima, y tras un largo viaje (Bolivia, Argentina, Brasil y España) apareció en un hotel madrileño envenenada por la Triple A.

Todo este tipo de crímenes no se pudieron cometer sin la complicidad de los países en los que se cometieron, por ejemplo sin la complicidad del gobierno español, que dejó pasar por la frontera a los secuestrados y a su secuestrada y jamás investigó el crimen de Gianetti.

Los crímenes del Plan Cóndor, como todos los crímenes fascistas, no tienen por objeto matar a militantes de “la izquierda”, sino que son indiscriminados. Su objetivo es sembrar el terror, que es la esencia misma del fascismo.

(*) http://www.lemonde.fr/ameriques/article/2016/05/28/en-argentine-quinze-ex-militaires-condamnes-pour-le-plan-condor_4928072_3222.html

Alienación, cortina de humo, fábrica de sueños

La película “Cortina de humo” (Wag de dog) del director Barry Levinson, estrenada en 1997, es un fiel retrato del modo en que funcionan en Washington las altas esferas: poco antes de las elecciones, acusan al presidente de Estados Unidos de la violación de una menor, un asunto que amenaza con hundir la candidatura para su segundo mandato.

Antes de que el escándalo trascienda, la Casa Blanca prepara la típica cortina de humo. El asesor Conrad Brean (Robert De Niro) desvía la atención de los votantes creando una “historia” ficticia: la guerra contra Albania.

Con la ayuda de Stanley Motss (Dustin Hoffman), un famoso productor de cine y televisión afincado en Hollywood, Brean reúne un gabinete de crisis que trama un conflicto universal muy distinto de los vistos hasta entonces.

Ya saben lo que son los famosos “efectos especiales” en el cine: sustituyen el mundo real por el virtual. La película está basada en una novela de Larry Beinhart que se parece demasiado a la realidad, ya que su estreno coincidió con el Caso Monica Lewinsky y una nueva intervención de Estados Unidos en el Golfo Pérsico.

Además de los medios de comunicación, el cine (la fábrica de sueños) es el mejor ejemplo moderno de lo que Marx calificaba como alienación. Los vemos cada día día cuando preguntamos a nuestro colega: “Pero tú, ¿en qué mundo vives?” Deberíamos repetirnos la pregunta a nosotros mismos: ¿realmente sabemos en qué mundo vivimos?

La película muestra que la capacidad de los medios de comunicación y el cine para contar “historias” no se detiene. Según avanza la trama, el contrincante del presidente no desmiente la farsa sino que la da por terminada. Entonces los farsantes suben un peldaño en la escalada de engaños: crean la continuación de la “historia” por medio de un héroe (que nunca puede faltar en Estados Unidos).

Sí, la guerra que nunca empezó ya ha terminado. Pueden sentirse aliaviados porque han ganado los de siempre, los buenos, pero ha quedado un soldado atrapado tras las líneas enemigas…

La angustia vuelve a atrapar a los consumidores y productores de noticias.

La trama se complica cuando los productores eligen mal al héroe, que no resulta tan heroico como en la gran pantalla, sino todo lo contrario, un criminal que muere antes de aparecer triunfalmente, dar ruedas de prensa, aparecer en los platós, las portadas de las revistas…

Pero tanto Hollywood como la CNN pueden convertir un funeral en otro “show” más para seguir manteniendo la farsa hasta el final de tal manera que los pecados del presidente se mantengan en un segundo plano.

Es verdad que siempre hay quien no se deja engañar y sabe que detrás de una frase mil veces repetida hay una mentira. Pero incluso los que nadan contra la corriente, se dejan arrastrar por ella: es más fuerte. Tienen que entrar al trapo de las cortinas de humo, los bulos y ficciones como la guerra contra Albania, las armas de destrucción masiva, los tirantes con la bandera “nacional” que causaron la muerte a un “patriota” en Zaragoza…

Igualdad: ‘Díme de qué presumes y te diré de qué careces’

Pocos principios como la igualdad han tenido un mayor apoyo en toda clase de papeles, como las declaraciones internacionales de derechos humanos, constituciones, leyes, reglamentos…

Es una palabra que está en boca de todos. A veces lo llaman “igualdad de oportunidades”. La sociedad debería ser igualitaria o, por lo menos, mucho más igualitaria que ahora.

Desde su primer artículo la Constitución establece la igualdad como “un valor superior del ordenamiento jurídico”. El artículo 9.2 obliga a todas las instituciones públicas a promoverla para que sea “real y efectiva”. El artículo 14 dice que todos somos iguales “ante la ley” o, dicho de otra manera, “la ley es igual para todos”.

Sin embargo, el año pasado el Tribunal Supremo criminalizó los retuits, de tal manera que alguien introduce un determinado contenido en la red social que nadie considera como un delito, pero otro lo reproduce y le condenan a una pena de prisión. Exactamente el mismo contenido, el mismo vídeo, es delito para uno pero no para otro.

Así es la igualdad: las mismas palabras no siempre son delito; depende de quién las pronuncie.

Antes la igualdad se refería a los ricos y pobres, pero ahora el “género” lo ha fagocitado todo. En 2007 el gobierno de Zapatero aprobó una ley “para la igualdad efectiva de mujeres y hombres”. No se conforma con cualquier clase de igualdad, sino quiere que sea “efectiva”, es decir, que la igualdad es (debe ser) una política.

Aquí no puede faltar de nada. No ahorramos en leyes y más leyes. Hace unos días 26 colectivos del movimiento LGTBI y sindicatos han exigido al Congreso la aprobación de otra ley más de igualdad, esta vez para el colectivo LGTBI.

La igualdad es uniformidad; contradice la diversidad. Queremos que el mundo sea como nosotros porque eso es lo mejor (para nosotros y, por lo tanto, para todos). Nosotros somos los mejores, pero queremos que ellos (los “desfavorecidos”) también mejoren. En fin, nos gustaría que los demás fuesen un espejo de nosotros mismos.

La igualdad se convierte entonces en uniformidad, aunque suele surgir una duda: si se debe uniformar por arriba o por abajo. Normalmente no son los amos los que quieren igualarse a los esclavos, sino al revés.

Por ejemplo, cuando se trata de igualdad de género, el feminismo burgués pretende que las mujeres ocupen cargos de responsabilidad en condiciones paritarias con los hombres, es decir, mandar, estar arriba. En una palabra, ejercer la misma clase de dominación que ahora ejercen los hombres.

Ocurre algo parecido con el Tercer Mundo. No sólo las personas: todos los países son (deben ser) iguales. Los habitantes del Tercer Mundo deben tener lo mismo que nosotros tenemos. Las mismas cosas y los mismos derechos.

Hay muchas personas y muchas ONG en el mundo que viven gracias a que las normas sobre igualdad son papel mojado, lo mismo que hay infinidad de asociaciones religiosas a pesar de que dios no existe. Ambas funcionan de la misma manera: siembran la ilusión de que, a pesar de los pesares, todos somos hijos de dios y, por lo tanto, hermanos. Luego la igualdad es posible y, además, necesaria.

Las ONG están dopadas con subvenciones para fomentar el fetiche de la igualdad. Algunas lo llevan incluso en su nombre: Igualdad Animal, Acción para el Desarrollo y la Igualdad, Accion Social por la Igualdad, Confederación Nacional de Mujeres en Igualdad, Asociación de Hombres por la Igualdad de Género (Ahije), Asociación por la integración e igualdad del minsuvalido (Aspimip)…

En 2014 se unieron 50 de ellas para denunciar a la ONU el desmantelamiento de las políticas de igualdad en España. El escrito se refería, sobre todo al dinero, que no debe faltar nunca y que, como es natural, no va destinado a los desfavorecidos sino a los profesionales que se dedican a la igualdad en cuerpo y alma.

Entre las ONG lo más significativo no son las que ya hay, sino las que faltan. Por ejemplo, no conozco ninguna ONG que promocione que los patronos sean iguales a los obreros, o al revés, que los obreros sean iguales a los patronos.

Tampoco se han creado una ONG para que los emigrantes sean iguales a los españoles, o al revés: para que los españoles sean como los emigrantes.

Con la igualdad ocurre lo mismo que con la corrupción: no hay quien se oponga a ella. No hay ningún partido que defienda la desigualdad como no hay ningún partido que defienda la corrupción.

La pregunta es inevitable: ¿cómo es posible que con tantos esfuerzos, tanta dedicación política y social y tanto dinero, siga sin haber igualdad y ninguna perspectiva de reducirla?

Las políticas, las normas y las ONG que promueven la igualdad no se han redactado para que la haya, ni siquiera para que haya más igualdad, sino que son un fetiche, un cartel para poner en un escaparate a la vista de todos y llenar de esa manera la boca de los charlatanes, los abogados, los programas de los partidos políticos, las tertulias, los cursos académicos, las facultades de derecho…

De la igualdad y las leyes sobre la igualdad se podría decir aquello de “Díme de qué presumes y te diré de qué careces”. A medida que el mundo predica más la igualdad es más desigual.

Stalin y Eisenstein: un debate abierto sobre cine, historia y batallas políticas

Por aquí es demasiado pedir que alguien sea capaz de escribir algo mínimamente sensato sobre la URSS sin incurrir en una imbecilidad tópica. Ha sido el caso de las reseñas sobre el genial cineasta soviético Serguei Eisenstein, en las que nunca falta una mención a la censura impuesta por Stalin sobre la película “Iván el Terrible”, por una razón obvia: Stalin se veía asimilado a un Iván cuyo apodo lo decía todo. Terrible.

Ninguno de los que escriben esas bobadas tiene ni la más lejana idea de quién fue Iván el Terrible, aunque imaginarán que sería una versión rusa a medio camino entre Calígula y Robespierre. Es como preguntarles si saben quién fue Juana la Loca o si realmente creen que estaba loca. Sin embargo, les consta fechacientemente que Iván el Terrible sí era realmente terrible, que a Stalin le molestaba que le compararan con él y que eso es precisamente lo que pretendía hacer el sibilino de Eisenstein…

En la URSS los debates sobre el arte y la literatura siempre fueron particularmente enconados porque no son otra cosa que los mismos debates políticos metamorfoseados. Esos debates se recrudecieron tras la Segunda Guerra Mundial y Stalin tuvo un papel protagonista en ellos, cuidadosamente silenciado por Jruschov y los suyos a partir de 1953.

Un reflejo de ese debate es el denostado artículo de Zdanov sobre arte y literatura, en el que -además de Stalin- participaron Molotov, Eisenstein y Cherkasov, que es -por cierto- el actor que encarna a Iván el Terrible en la película de Eisenstein.

No es sencillo resumir los términos del debate, pero hay que empezar diciendo que la comparación con el Iván el Terrible no le podía importar lo más mínimo a Stalin porque prefería eso a que le comparan con Pedro el Grande o Catalina la Grande porque mientras estos seguían los cánones occidentales, el zar Iván era un “oriental” y eso a Stalin le parecía bien. No tenía ese tipo de complejos.

Dentro del debate, los participantes estaban de acuerdo en cosas que aquí muchos también pondrían encima de la mesa. El principal de ellos es que para un revolucionario el arte no es un fin en sí mismo (“ars gratia artis”, el lema de la Metro Goldwyn Mayer) sino que está al servicio de las masas y no de los directores, los productores, los actores o los exhibidores.

El segundo es que eso no justifica cualquier mediocridad panfletaria, sino todo lo contrario. El debate de 1947 tenía por objeto elevar la calidad artística del cine soviético, tanto como su contenido político, ideológico e histórico. El PCUS reprocha a Eisenstein que en la segunda parte de la película Ivan el Terrible muestra su ignorancia de la historia que relata, lo cual en un país capitalista no importa, pero en la URSS era fundamental. ¿O debían los comunistas admitir que una película transmitiera cualquier clase de falsedades sobre el pasado con la excusa de que se trata de ficción?

Eisenstein no pintaba al ejército de Iván IV, o Iván Grozni, como le llamaba el PCUS, como un ejército (“oprichnina”) progresista sino como una banda de matones y al propio zar como una especie de Hamlet, un hombre dubitativo, lo cual no era cierto.

Después de criticar la película, el PCUS pasa a criticar al Ministerio de Cinematografía y a su ministro Bolchakov, que “gasta mucho dinero en el cine pero no hace nada por mejorarlo”. El ataque continúa por los vidriosos temas del amiguismo y el compadreo, tan típicos del arte y los artistas, incluso los soviéticos:

“Los trabajadores del arte deben comprender que quienes adoptan una actitud irresponsable y superficial respecto a su trabajo se arriesgan a situarse fuera del alcance del arte soviético progresista, porque las exigencias culturales y las exigencias del público soviético se han desarrollado. El gobierno continuará cultivando entre las personas el buen gusto y estimulará la exigencia sobre las obras de arte”.

Que el PCUS no estuviera de acuerdo con la película y la criticara, no significa que hubiera censura, porque también criticó otras películas de Eisenstein, incluidas las más coocidas, como La Huelga, Acorazado Potemkin, Octubre y La Línea General, todo lo cual está cabalmente documentado entre los acuerdos aprobados. Incluso se conservan actas de las entrevistas de la dirección del PCUS (Stalin, Molotov y Zdanov) con los cineastas.En una de ellas Stalin se disculpa con ellos, que le habían escrito y no había podido responderles de la misma manera. El inicio de la reunión demuestra que no se trataba de censura sino de crítica y que la decisión sobre la película era de los propios cineastas: “¿Qué pensáis hacer con la película?”, una vez recibida la crítica, les pregunta Stalin. Eisenstein le responde que han decidido dividir la segunda parte en otras dos. Pero, ¿habéis estudiado la historia?, insiste Stalin. “Más o menos”, le contesta el cineasta.

Era lo peor que le podía decir. Stalin se da cuenta de que a Eisenstein le pasa como a tantos otros: no tiene ni la más remota noción de lo que tiene entre manos. Ni se ha molestado en documentarse sobre un acontecimiento fundamental en la historia de Rusia que Stalin le detalla, insistiendo en la importancia de la “oprichnina” de Iván el Terrible, que marca el fin de los ejércitos feudales y el surgimiento de un ejército regular, moderno, avanzado.

Cuando Stalin le indica a Eisenstein que ha pintado dicho ejército como si fuera el Ku Kux Klan americano, el cineasta le suelta un chiste: los del Klan llevaban capuchón blanco y nosotros lo hemos puesto negro.

Las actas no dejan lugar a dudas del contenido del debate, así como el tono del mismo, que en ocasiones es de risa. Molotov le reprocha a Eisenstein que ha tratado de hacer un retrato sicológico de Iván el Terrible. Stalin añade que Iván fue un zar “extramadamente cruel” pero que deberían haber explicado los motivos de ello.

Como todos los documentos originales del PCUS, las actas no tienen desperdicio y el lector salta de una sorpresa a otra, como cuando Stalin le recuerda a Eisenstein que en aquella época el cristianismo desempeñó un papel progresista.

El actor Cherkasov admite que la crítica les ha ayudado y que tras recibirla otro director de cine, Pudovkin, había realizado una buena película sobre el almirante Najimov. “Estamos convencido de que nosotros no lo haremos peor”, añade el actor, quien dice que está trabajando sobre la figura de Iván el Terrible tanto en el cine como en el teatro. “Estoy enamorado de este personaje y pienso que nuestra alteración de las escenas será correcta y verídica”, concluye.

En un momento dado, Eisenstein pide un voto de confianza: la primera parte nos ha salido bien y eso nos indica que podemos hacerlo bien también en la segunda, y lanza una pregunta muy significativa: “¿Hay más instrucciones sobre la película?” Es algo muy inusual para lo que estamos acostumbrados, aunque mucho más sorprendente le resultará a más de uno la respuesta de Stalin: “Yo no te doy instrucciones sino que te expreso la opinión de un espectador”.

La segunda parte de la película no fue censurada. Quedó inconclusa porque Eisenstein no pudo acabarla ya que murió pocos meses después de esta reunión.

‘Fake’: la lengua es compañera del imperio ahora, antes y siempre

No es ningún milagro que la palabra “fake” se haya introducido en todos los idiomas del mundo, en todos, en muy poco tiempo, lo que vuelve a dar la razón a Nebrija cuando en el siglo XV afirmó que “la lengua es compañera del imperio” en la primera gramática de la lengua castellana.

Hablamos exactamente como la OTAN nos está enseñando y, como es lógico, no sabemos muy bien lo que decimos, ni de lo que estamos hablando. Además de imperialista, “fake news” es una expresión militar que se entiende mejor etimológicamente. La palabra “fake” procede del alemán “fegen” y no es exactamente “falso” ni “tramposo” sino todo lo contrario: se refiere a algo limpio, lustroso y bello cuando por sí mismo no es así sino que se ha embellecido de manera artificial, o se ha limpiado o maquillado convenientemente.

Así es la “política informativa” de la OTAN y de todas las fuerzas dominantes que hay en el mundo. Presentan las noticias de una manera lustrosa, de la misma manera que nosotros recogemos nuestra vivienda y pasamos la aspiradora cuando llegan los invitados a comer.

Desde siempre, la “política informativa” de la OTAN forma parte del “arte de la guerra” y de todos los ejércitos del mundo. La prensa y los periodistas no son otra cosa que altavoces de sus amos, perros cada vez mejor amaestrados, más fieles y más obedientes.

La primera noticia falsa es, pues, evidente: no hay tal noticia porque no hay nada nuevo que contar al respecto. Alarmarse porque circulen noticias falsas es el primer fraude al lector. Siempre las ha habido.

La segunda ley de la información sigue a la primera: quien más noticias falsas pone en circulación es quien tiene más poder y quien está más cerca del poder, que son las grandes cadenas de intoxicación, la televisión, la radio y la prensa.

Lo que la reciente campaña contra las “fake news” pone de manifiesto es la tercera ley de la intoxicación: tapar la boca al adversario porque las grandes cadenas tienen miedo al ridículo, como fue el caso del Brexit en 2016 y las elecciones presidenciales en Estados Unidos, una derrota que aún no han asimilado.

Para matar dos pájaros de un tiro, la OTAN y sus caniches en las redacciones de las grandes cadenas, como buenos oportunistas que son, llevan el agua a su molino: la culpa de la proliferación de mensajes falsos y, por lo tanto, de que las previsiones electorales no hayan salido como querían, es de Rusia. Rusia es sinónimo de mentira; lo ruso es falso porque procede de Rusia.

La última pata de esta mesa es internet, del que nadie dice que es un invento del Pentágono, monopolizado por Estados Unidos y sus grandes empresas informáticas que, después de cumplir con el papel adscrito de llevar las redes sociales a todas y cada una de las personas del mundo, les corresponde una segunda función: imponer los contenidos depurándolos y abrillantándolos para que sólo circulen noticias auténticas y veraces.

En internet impera eso que llaman “viralidad”, que es como las radio fórmulas o los 40 Principales, es decir, la música que ellos suponen que nos gusta a nosotros. En las redes sociales la viralidad sustituye a los medios. No hay intermediarios. La difusión de las noticias requiere que haya millones de personas que, como pequeñas hormigas, repitan exactamente los mismos contenidos una y otra vez, que son la mejor demostración de lo que el marxismo califica como “ideología dominante”, “fetichismo” y “alienación”.

Si no hay tales hormigas, la OTAN se las inventa haciendo exactamente eso que imputa a los rusos: crear personajes en internet de tal manera que, lo mismo que en el teatro o el cine, parezcan creíbles. Esos personajes, creados por ordenador, se encargan de repetir el mensaje hasta que llega a todos y cada uno de los rincones del mundo.

Es la Operación Voz Fiable (“Operation Earnest Voice”) que el general Petraeus puso en marcha en 2010. Mientras el mensaje de la OTAN se multiplica exponencialmente en las redes sociales, hay que acallar las mentiras que proceden de Rusia. Es la esencia de la batalla emprendida en todo el mundo.

El 1 de enero ha entrado en vigor en Alemania una ley que amenaza con multas a los que difundan noticias falsas, sean rusos o no, para lo cual ha creado una policía de cazarecompensas en internet que vigilan ciertos blogs sospechosos. La Primera Ministra May también ha creado la 70 Brigada, compuesta por 1.500 tarados que se dedican a censurar, calificar contenidos y detectar a los que reproducen contenidos rusos. Incluso Vietnam tiene ya una unidad militar, la Fuerza 47, compuesta por 10.000 sabuesos que rastrean la red lo mismo que los perros olfatean las meadas de la calle.

En el futuro vamos a ser muy afortunados: por primera vez en la historia, el mundo se va a ver libre de mentiras y de mentirosos.

Una homilía ‘odiosa’ y otras patrañas típicas de la politiquería más reciente

Juan Manuel Olarieta
Maduro ha pedido la apertura de una investigación para determinar si una homilía del obispo Victor Hugo Basabe constituye un “delito de odio”.

El obispo pronunció su arenga el domingo tras una procesión que conmemoraba el 162 aniversario del milagro de la Divina Pastora. En ella le pedía a la virgen que librara a Venezuela de la peste de la corrupción política, que ha llevado al país “a la ruina moral, económica y social”.

Maduro considera que estas palabras “pretenden generar enfrentamiento entre los venezolanos: violencia, muerte, exclusión y persecución” y demuestran la “maledicencia” de los jerarcas católicos, “su maldad, su veneno, su odio, su perversidad”.

Como se ve, el incidente acapara todos los ingredientes de un sainete ridículo, cuajado de los eufemismos típicos de la politiquería actual, un mal que sacude a todo el mundo, empezando por ese lugar llamado Hispanistán.

En Venezuela a los chavistas no se les ha ocurrido otra cosa que apuntarse a la moda del “odio”, que desempeña hoy la misma función que la piedra filosofal, el éter, el flogisto y tantas otras entelequias que lo mismo sirven para un roto que para un descosido.

Hay pócimas que todos los males curan, lo mismo que hay otras que todos los males causan. El odio pertenece a esta última especie y lo explica casi todo, empezando por los atentados yihadistas y acabando por la halitosis. No hay cretino que no haya aprendido rápidamente a recurrir a los “delitos de odio”.

El antídoto contra el odio es el amor. Las cosas en este mundo irían mucho mejor si los seres humanos nos amáramos los unos a los otros, en lugar de odiarnos, si fuéramos comprensivos, benévolos y… políticamente correctos, impecables, cínicos, hipócritas, falsos…

Esos famosos “delitos de odio” nunca existieron; son un invento moderno para acabar con la libertad de expresión, especialmente en ese “cajón de sastre” que es internet.

Originariamente el “odio” fue un recurso que se introdujo en los tratados internacionales de la posguerra como un límite a la libertad de expresión, correctamente impuesto para la protección de las minorías nacionales, religiosas o sexuales.

No creo que sea necesario aclarar que esa protección se debe a que la mayoría ejerce un poder que la minoría no tiene y, como muy bien dicen los anarquistas, “el poder corrompe”.

Sí es necesario afirmar que no tienen razón los que creen que el ejercicio de un derecho, y más de un derecho fundamental, les habilita para hacer o decir cualquier cosa. Todos los derechos tienen límites, incluidos los derechos fundamentales.

Recordarlo es una obviedad en la que se empeñan los fiscales hispánicos en todos los juicios inquisitoriales que tienen abiertos contra la libertad de expresión.

Ahora bien, cuando alguien se extralimita en el ejercicio de un derecho fundamental, no comete un delito necesariamente; lo que significa es que no ejerce un derecho, que es muy distinto para cualquiera, salvo para un inquisidor con mala baba.

En su sentido jurídico, para que haya “odio” tiene que estar en juego la protección de una minoría. Sin embargo, cuando los fiscales, los policías o el mismísimo Tribunal Supremo, hablan de odio es para proteger a la mayoría, o sea, a sí mismos, de las críticas de una minoría. Han vuelto a darle la vuelta a la tortilla otra vez.

“Con la Iglesia hemos topado Sancho”, dijo el Quijote, el mismo que curaba sus heridas con bálsamo de Fierabrás. Ahora esa misma Iglesia puede decir: “Con los chavistas hemos topado”.

No se puede resolver en los juzgados lo que no se ha resuelto en las calles

Juan Manuel Olarieta
Por primera vez en la historia, una jueza de Bergara, en Gipuzkoa, abrió una causa para investigar los crímenes cometidos por los franquistas tras la guerra. Ahora ha llegado otro juez y le ha dado el carpetazo, sin más ni más, no vaya a ser que nos enteremos de algo que no debamos saber. Hay crímenes que tienen que quedar impunes porque los comete el propio Estado que los debe juzgar.

No es la primera vez, ni será la última, que alguien pretende resolver en los juzgados lo que no ha resuelto en las calles. Le ocurrió a la hija de Julián Grimau, dirigente del PCE asesinado en 1963 tras un consejo de guerra nulo porque infringía las propias normas franquistas.

Es necesario recordar que no hicieron una parodia de juicio contra Grimau por ser un dirigente del PCE en la posguerra sino por su papel durante la guerra civil; como a tantos otros. A diferencia de sus enemigos, los franquistas sí tienen memoria histórica y juzgan a los demás por dos motivos: el primero es que ganaron la guerra y el segundo es que la siguen ganando, es decir, porque no ha existido ninguna clase de transición sino la continuidad del mismo régimen impuesto por la fuerza de las armas en 1939.

Por lo tanto, es mentira que en la transición acabara algo y que la lucha contra el fascismo perdiera su significado histórico. Si así fuera, hubiera habido un cambio, una amnistía, una rehabilitación de los antifascistas y una condena -siquiera simbólica- de los criminales que desataron una guerra civil y siguieron matando aún más después de ella.

La guerra civil sigue y seguirá martirizando la conciencia de todos y cada uno de los que tienen un mínimo de ella porque ni se ha resuelto ni se va a resolver jamás por las vías que algunos pretenden: sacando los cadáveres de las cunetas y dándoles una “cristiana sepultura” en otro lugar.

Tampoco se va a resolver en ningún juzgado porque para eso habría que cambiar los juzgados, cambiar los jueces, cambiar los fiscales, cambiar las leyes, cambiar la constitución y cambiar la jurisprudencia o, en otras palabras: derrotar al fascismo, hacer una revolución.

Es la podredumbre de la conciencia actual -de quienes aún tienen algo de eso- lo que hace que aquí impere un estilo tabernario de hablar con grandes palabras de las que muy pocos se esfuerzan por saber el significado, de manera que a cualquier género podrido le llaman amnistía, o genocidio, o independencia judicial, o constitución, o democracia, o libertad, o separación de poderes.

No nos esforcemos en exigir a este Estado que investigue nada porque al final de esa investigación lo primero que va a aparecer ya lo sabemos: el delincuente es el propio Estado, y nadie se pone al soga al cuello a sí mismo y menos todo un Estado fundado sobre el crimen, el saqueo, la represión y el silencio.

Lo segundo que va a aparecer es propio de los amantes de lo jurídico (“doctrina de la fruta del árbol envenenado” lo llaman en Estados Unidos) y también es harto sabido: todas las normas e instituciones derivadas de un acto nulo, como el del 18 de julio de 1936, son nulas, no tienen ningún valor. Ni antes ni ahora. Cabe añadir que por los actos nulos no transcurre el tiempo; no prescriben. Seguirán siendo nulos siempre.

Por eso los republicanos siempre hablaron del franquismo como un régimen “de facto”. También en esto tenían razón.

El magnicidio de Gaitán: por qué la OEA nació en un reguero de sangre y mentiras

En la crónica contemporánea de los grandes crímenes, sólo hay uno a la altura del de Kennedy: el del político colombiano Jorge Eliécer Gaitán, asesinado en 1948.Aquellos días se inauguraba en la capital colombiana, la IX Conferencia Panamericana, en la que nació la Organización de Estados Americanos (OEA).

Ambos acontecimientos están íntimamente relacionados. A la cumbre asistieron los cancilleres de todos los países de América Latina, así como las personalidades políticas del momento, invitadas con todos los honores propios del caso.

La figura estelar de la reunión era el general George C.Marshall, impulsor del plan que lleva su nombre para rescatar al capitalismo en Europa tras la Segunda Guerra Mundial.

Entre las personalidades presentes sólo había una única y significativa excepción: “El Negro” Gaitán, llamado así despectivamente por la oligarquía por sus rasgos africanos.

En aquel momento Colombia estaba en medio de una campaña electoral y Gaitán era el candidato del Partido Liberal, al que todos daban como seguro ganador.

En aquel momento en Estados Unidos se acababa de crear una nueva organización criminal que luego se haría famosa, la CIA, cuyos tentáculos se extendían por el mundo entero.

En el proyecto de la OEA había dos concepciones concurrentes. Los países latinoamericanos querían que, lo mismo que la ONU, la OEA formara parte del movimiento descolonizador que concediera la independencia a Puerto Rico y devolviera el Canal de Panamá y las Islas Malvinas.

Gaitán formaba parte de esta corriente. Nunca se cansó de repetir que mientras Estados Unidos le daba a Europa un Plan Marshall lucrativo, lo único que América Latina podía esperar del Norte era su oposición a los movimientos reivindicativos de las masas populares.

De ahí que, junto a la reunión, se convocara un congreso paralelo de estudiantes latinoamericanos, con reivindicaciones abiertamente antimperialistas y democráticas. Fidel Castro, entonces un desconocido de 20 años, formaba parte de la delegación cubana de aquel congreso y fue detenido.

Gaitán se interesó por la reunión de los estudiantes y se entrevistó con Fidel. Según contó el dirigente cubano, prometió participar en su clausura en un acto multitudinario en el estadio de Cundinamarca.

Pero Estados Unidos tenía otros planes. La OEA debía consolidar Latinoamérica como su “patio trasero”, un baluarte del cerco trabado en la posguerra contra la URSS y, en consecuencia, abandonar cualquier atisbo descolonizador.

En la tarde del 9 de abril de 1948 Gaitán fue asesinado de varios disparos y, como en el caso de Kennedy, la CIA también buscó un chivo expiatorio: Juan Roa Sierra, un lumpen de 21 años de edad, que había sido conserje de la embajada del III Reich en Bogotá durante la Segunda Guerra Mundial.

Pero el genuino sabor de la CIA no se acababa ahí: lo mismo que Lee Oswald en 1963, el supuesto asesino fue a su vez asesinado o, más bien, linchado por la multitud para garantizar su silencio.

Otra semejanza con los magnicidios al más puro estilo gringo: el gobierno colombiano contrató a una comisión investigadora de Scotland Yard para concluir que el pistolero, había actuado por cuenta propia. Roa fue uno de esos inverosímiles “lobos solitarios”. Caso cerrado.

Pero la CIA es la mayor máquina de propaganda que ha conocido la historia y faltaba el segundo pilar del crimen: imputárselo a la URSS, a Stalin y a los comunistas.

El general Marshall informó a la Conferencia Panamericana que el asesinato había sido organizado por los comunistas para sabotear la OEA. La embajada de Estados Unidos alertó sobre inminentes planes insurreccionales de los comunistas en Centro y Sur América.

Una autoridad indiscutible, como el director de la CIA, Roscoe H. Hillenkoetter, repitió el bulo y, como en las armas de destrucción masiva de 2003, engañó a los congresistas de su país, motrándoles documentos que evidenciaban una conspiración comunista para sembrar el caos en Bogotá y sabotear la Conferencia Panamericana.

El Presidente colombiano, Mariano Ospina Pérez, siguió las instrucciones de sus amos al pie de la letra. Acusó a la URSS y a los comunistas colombianos del magnicidio y rompió las relaciones diplomáticas con Moscú.

Cuando comenzó el “bogotazo”, el estallido insurreccional, los tiroteos e incendios que recorrieron Colombia también se imputaron a los comunistas, agentes a sueldo de Moscú.

La burda intoxicación imperialista nunca se ha apagado, pero tras la Revolución Cubana cayó un espía de la CIA, John Mepples Spirito, que confesó haber sido enviado a Bogotá en 1948 para participar en el asesinato de Gaitán.

Cuando se van a cumplir 70 años del magnicidio, Estados Unidos, que ha desclasificado algunos de los papeles secretos del asesinato de Kennedy, se niega a hacer lo propio con los de Gaitán, que siguen siendo secretos porque siguen afectando a su sacrosanta “seguridad”. ¿También afectan a la “seguridad” de la OEA?

“Bogotazo”: disturbios por todo Colombia tras el asesinato de Gaitán

Afortunadamente Franco murió en la cama

Alfredo Remírez
Juan Manuel Olarieta
El franquismo es exactamente igual al régimen actual. También entonces existía libertad de expresión y también estaba garantizada por la Constitución (Leyes Fundamentales las llamaban) del momento. El artículo 12 del Fuero de los Españoles decía: “Todo español podrá expresar libremente sus ideas mientras no atenten a los principios fundamentales del Estado”.

El artículo 20 de la Constitución actual es parecido y en cada juicio los fiscales -que son hijos de sus padres políticos- insisten una y otra vez, en repetir una obviedad: los derechos fundamentales siempre tienen límites. Antes y ahora la libertad de expresión no puede atentar contra los principios fundamentales del Estado.

Como el Estado de 1939 es el mismo de ahora, los principios que limitan los derechos también son los mismos. Por eso las cunetas de las carreteras siguen siendo fosas comunes para los republicanos y no se ha podido revisar ni una sola causa incoada por los tribunales franquistas.

Hay que reconocer, sin embargo, que algunos nombres sí han cambiado, lo mismo que ha ocurrido con los nombres de las calles. Pero también es necesario recordar que, cualquiera que sea su nombre, la calle es la misma.

Algunos tribunales fascistas también han cambiado de nombre. Uno de ellos antes se llamaba TOP y ahora Audiencia Nacional. El TOP enviaba a los detenidos a la cárcel por “propaganda ilegal”; ahora la Audiencia Nacional lo llama “enaltecimiento del terrorismo”. El resultado es el mismo: la cárcel. Es el caso de Alfredo Remírez, un preso político del que nadie habla, encarcelado por emitir sus opiniones en internet.

Los tribunales fascistas no es que estén “manipulados” políticamente, sino que son órganos políticos y, en consecuencia, siempre funcionan de una manera discriminatoria.

Por ejemplo, contar un chiste sobre Carrero Blanco es un delito. Sin embargo, contar un chiste sobre Franco no lo es. La jurispridencia del Tribunal Supremo hace tiempo que ha transpasado el límite del ridículo: es peor atacar al subalterno (Carrero) que al jefe (Franco).

Es un caso único en los anales de la represión política cuyo origen es que, a diferencia de su valido, Franco murió en la cama. Afortunadamente eso nos permite criticarle, burlarnos, insultarle y despreciarle. Si hubiera sido ejecutado, como merecía, sería otra de esas “victimas del terrorismo” a las que la jurispridencia ha puesto por encima de la historia. No podríamos humillar a un criminal, como Franco, porque las leyes, los fiscales y los tribunales le protegerían.

El artificio político se repite en todas y cada una de las casi 500 causas abiertas por la Fiscalía de la Audiencia Nacional sólo en este año, fruto de su fiebre inquisitorial que tiene a la policía -incluida la policía foral de Navarra- muy atareada, pendiente de los blogs, las pintadas, los carteles, los mensajes de móvil, las fotos, los vídeos, los raperos, las pancartas, las pegatinas…

Sin embargo, hay oportunistas que sólo se acuerdan de San Bárbara cuando truena. Es la quintaesencia de su oportunismo político. Afirman que sólo hay represión cuando los medios hablan de represaliados como Cassandra, o César Strawberry, o los 12 raperos de La Insurgencia. De esa manera quieren dar a entender que la represión política es esporádica, ocasional, y le lavan la cara al régimen actual.

La represión política es política y, por lo tanto, discriminatoria. Todos los años la fiscalía abre cientos causas por “enaltecimiento del terrorismo” y cierra otras tantas, y no es posible averiguar por qué sucede una cosa u otra. Le basta con capturar a unos pocos cabezas de turco, conejillos de Indias en los que se pueden cebar para intimidar a todos los demás. Como Alfredo Remírez, sin ir más lejos.

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