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El origen de la subcultura carbónica

La evolución de la ideología climática (4)

Hacia mediados del siglo XIX la ciencia ya disponía de algunos de los elementos fundamentales para elaborar una teoría embrionaria sobre el clima, aunque sólo ha llegado a desarrollar piezas inconexas de ella, de las que se pueden poner dos ejemplos que se corresponden con otros tantos nombres que, por derecho propio, figuran entre los más grandes de la ciencia de aquel siglo.

El francés Joseph Fourier es uno de ellos y pertenece a la primera mitad del siglo. Además de su obra maestra, la “Teoría analítica del calor”, publicada en 1822, el científico napoleónico prestó mucha atención al clima terrestre en otras obras. De no ser por las limitaciones científicas de su tiempo, se le podría considerar incluso como el fundador de la climatología y hay quien, como el IPCC, le considera como el descubridor del “efecto invernadero”.

No obstante, Fourier no demuestra nada, ni lleva a cabo ningún experimento, ni descubre nada nuevo. Trata de explicar fenómenos ya conocidos anteriormente, especialmente el de Saussure, sobre el que apunta lo siguiente: “El calor del Sol, que llega en forma de luz, posee la propiedad de penetrar las sustancias sólidas o líquidas diáfanas, y la pierde casi enteramente cuando se convierte, por su comunicación a los cuerpos terrestres, en calor radiante oscuro”. Esta distinción entre calor luminoso y calor oscuro, añade Fourier, “explica la elevación de temperatura causada por los cuerpos transparentes” (1).

En dicho pasaje no existe nada de lo que hoy el IPCC y algunos historiadores de la ciencia tratan de dar a entender:

1. Fourier no se refiere sólo a la atmósfera, sino también a la hidrosfera y al hielo polar
2. Lo que trata de explicar es el motivo por el cual el calor no se dispersa hacia el espacio exterior sino que se acumula en la superficie terrestre, es decir, el gradiente vertical de temperatura de Saussure así como la relativa uniformidad de la temperatura de la que, naturalmente, no conoce su evolución en el tiempo, aunque supone que se enfría progresivamente
3. El científico francés considera a la atmósfera como un todo y no diferencia entre unos u otros componentes de ella, una tarea que llevó a cabo Tyndall en 1861: no todos los gases de la atmósfera absorben y emiten calor en la misma medida, considerando que el vapor de agua era el más influyente (2)
4. Fourier no tiene una noción clara de lo que es el “calor oscuro” y su interés se centra casi exclusivamente en su absorción por la atmósfera, descuidando la emisión
5. Pero lo más importante es que Fourier suponía -erróneamente- que el calor era un fluido y sabía que era una opinión controvertida. Hay varias hipótesis al respecto, añade, ante lo cual reacciona como la mayor parte de los científicos: no sabemos lo que es el calor pero podemos describir cómo se disipa (3).

Con la climatología de Fourier se cumple el principio de que para falsificar la ciencia hay que falsificar también su historia. El francés está siendo instrumentalizado para inculcar que la hipótesis del “efecto invernadero” no es reciente, lo cual es falso.

El segundo científico que expresa las paradojas de la ideología climática es el sueco Svante Arrhenius, al que le atribuyen una de esas leyes contundentes de la física cuya formulación no deja lugar a dudas: si las emisiones de CO2 a la atmósfera crecen geométricamente, la temperatura crecerá aritméticamente. En un artículo de 1896 el sueco Arrhenius ilustró gráficamente esa ley por la analogía con un invernadero (4).

Por lo tanto, desde Fourier, en el transcurso de casi un siglo el planteamiento climático había cambiado. Ya no se trataba de explicar la retención del calor en la superficie de la Tierra sino el cambio en su temperatura.

El interés de Arrhenius por el cambio de temperatura forma parte de la defensa de su tesis sobre la panespermia: la vida en la Tierra no tiene un origen temporal sino que preexiste desde siempre en todo el universo y seguirá existiendo indefinidamente. Ahora bien, en 1863 el físico alemán Clausius le había dado un vuelo absurdo al segundo principio de la termodinámica, según el cual la equiparación de temperaturas conducía a la “muerte térmica del universo”, de donde deriva todo el conjunto actual de elucubraciones acerca de la entropía, la irreversibilidad, la teoría del caos y otros.

Acertadamente Arrhenius criticó a Clausius apoyándose en las glaciaciones, que mostraban la posibilidad de que los procesos térmicos fueran reversibles. Es más, Arrhenius pensaba que la Tierra se enfriaba y, en consecencia, para retardar el fantasma de una futura glaciación y la “muerte térmica del universo”, había que invertir un fenómeno natural para hacerlo reversible artificialmente. Siguiendo a Tyndall, Arrhenius consideró que el CO2 atmosférico era la clave para ello, no obstante su carácter residual.

Así comenzó la subcultura carbónica. Según Arrhenius si el CO2 explica la retención de calor en la superficie de la Tierra, el aumento de su concentración en la atmósfera aumentará también la temperatura. Más CO2 retiene más calor. La manera de retrasar la futura glaciación es emitir más CO2. Se trataba de algo diferente, un problema práctico: cómo frenar la futura caída de las temperaturas. Con el científico sueco estaba naciendo la “ingeniería climática”, que ponía el acento en la capacidad humana para alterar el clima de la Tierra de manera artificial. Es una doctrina al alcance de la mano. La humanidad puede alcanzar la troposfera, pero no la superficie solar. Es más fácil alterar la atmósfera que los rayos procedentes del Sol.

La “ingeniería climática” es algo más bien propio de las cábalas de la ciencia ficción que de la ciencia propiamente dicha, pero en la misma medida en que algunos científicos se fueron convenciendo de que podían modificar el clima, la ideología del enfriamiento se convirtió en una pesadilla, similar a la actual del calentamiento. El químico alemán Walter Nernst propuso quemar carbón, pero no para incrementar la temperatura de una vivienda sino la de toda la atmósfera. En 1938 el ingeniero inglés Guy Stewart Callendar insistió en lo mismo porque el incremento de CO2 en la atmósfera era beneficioso para retrasar la siguiente glaciación.

Las tesis de Callendar no eran en nada diferentes de las de Arrhenius, aunque su propagación fue notablemente mayor y durante años el aumento de las temperaturas como consecuencia de las emisiones crecientes de CO2 se conoció como “Efecto Callendar”.

Al aludir a los crecimientos geométricos y aritméticos, Arrhenius añade otro problema nuevo de medición: la sensibilidad climática. ¿Cuánto CO2 habría que enviar a la atmósfera para aumentar un grado la temperatura? Para ello antes habría que calcular la cantidad de CO2 que hay en la atmósfera. Aunque el científico sueco introduce varias cifras, no mide nada, ni tampoco demuestra nada; ni siquiera lo intenta porque, siguiendo de nuevo a Tyndall, todos sus experimentos los lleva a cabo con el vapor de agua de la atmósfera.

Los científicos empezaron a interesarse por la capacidad de los diferentes gases atmosféricos para absorber los rayos infrarrojos y surge así el diluvio de mediciones que meten a la climatología en una ratonera: el laboratorio. Tyndall había inventado un espectrómetro diferencial capaz de detectar la absorción de rayos infrarrojos por pequeñas cantidades de gas encerradas en un tubo de ensayo.

Por un lado, no todos los gases atmosféricos absorbían la radiación infrarroja; por el otro, el vapor de agua, la humedad del aire, era capaz de bloquearla por sí misma. El CO2 no absorbía ninguna longitud de onda que no fuera también absorbida por el vapor de agua. Su concentración en la atmósfera es tan pequeño comparado con el del vapor de agua, que su efecto es irrelevante. Es el “efecto de saturación”, el mismo que tendría en un salón de tiro las capas sucesivas de rejillas interpuestas entre la bala y el blanco. A medida que se incrementa el número de rejillas o su densidad, es más difícil que una bala alcance su blanco, hasta que llega un punto en que se hace imposible. A partir de ahí es inútil interponer más rejillas.

Para demostrar el “efecto de saturación”, en 1900 Knut Angström y su colaborador Herr J. Koch hicieron un experimento enviando radiación infrarroja a través de un tubo de 30 centímetros de largo lleno con una determinada concentración de CO2. Luego redujeron la concentración en un tercio y la cantidad de radiación absorbida apenas cambió. En contra de la hipótesis de Arrhenius, a partir de un determinado punto, la emisión adicional de más CO2 no absorbía más radiación y, por lo tanto, no calentaba la atmósfera.

Tras el experimento, la revista que expresaba el punto de vista de los meteorólogos estadounidenses, Monthly Weather Review, advirtió expresamente de que la hipótesis de Arrhenius era falsa (5).

La temperatura de Marte parece confirmar el “efecto de saturación”. La atmósfera del planeta rojo se compone casi en su totalidad de CO2. La cantidad de CO2 en Marte es 50 veces mayor que en la Tierra, a pesar de lo cual la temperatura en la superficie oscila entre -90 grados centígrados y -30 grados.

La validez del experimento sobre el “efecto de saturación” permaneció 50 años, hasta que la Guerra Fría llevó a los aviones de espionaje a las capas altas de la atmósfera. De la mano de los militares, los científicos volvieron a romper otra vez la unidad de la atmósfera, descubriendo que no sólo se componía de gases diferentes sino que no era la misma arriba que abajo. En los estratos más elevados hay menos vapor de agua que en los inferiores.

La atmósfera no es un invernadero; tampoco hay en ella ningún invernadero ni nada parecido. A efectos climáticos, la atmósfera se compone de varios subsistemas y estratos que interaccionan entre sí de manera continua, lo mismo que con una masa sólida (continentes) y otra líquida (océanos).

Gracias también a los militares, en los años cuarenta se desarrolló la espectrofotometría de infrarrojos, que le permitió al canadiense Gilbert Norman Plass descubrir en 1956 que el vapor de agua y el CO2 no superponen sus efectos porque el vapor agua no puede absorber todo el espectro de radiación infrarroja (6). Las balas de determinado calibre no pueden ser frenadas por las rejillas del vapor de agua, pero sí por las del CO2. El “efecto de saturación” no existe; el CO2 es un “gas de efecto invernadero”. Aunque en la atmósfera haya estratos muy secos, el CO2 suple la escasez de vapor de agua y, por lo tanto, aumenta la capacidad de absorción de la radiación infrarroja.

Plass obtuvo sus conclusiones con la ayuda de un ordenador, lo que anunciaba la llegada de una nueva era para la ciencia que había comenzado en 1945, una mezca explosiva de militarismo, laboratorios y ordenadores que sirve para explicar el calentamiento de la Tierra, mientras guarda silencio sobre el enfriamiento de Marte.

(1) Fourier, Mémoire, cit., pg.573.
(2) John Tyndall, On the absorption and radiation of beat by gases and vapour, and on the physical connection of radiation, absorption and conduction, Philosophical Magazine, 1861, 22:167-194, pgs.273 y stes., http://web.gps.caltech.edu/~vijay/Papers/Spectroscopy/tyndall-1861.pdf
(3) Fourier, Théorie, cit., pg.18
(4) Svante Arrhenius, On the Influence of Carbonic Acid in the Air upon the Temperature of the Ground, Philosophical Magazine and Journal of Science, vol.41, 1896, pgs. 237-276. http://www.trunity.net/files/108501_108600/108531/arrhenius1896_greenhouse-effect.pdf
(5) Monthly Weather Review, Knut Ansgström On Atmospheric Absorption, ftp://ftp.library.noaa.gov/docs.lib/htdocs/rescue/mwr/029/mwr-029-06-0268a.pdf
(6) Gilbert N. Plass, The Carbon Dioxide Theory of Climate Change, Tellus, 1956, vol. 8, núm. 2 pgs. 140 y stes.

Serie completa:
– La evolución de la ideología climática
– Una de las mayores revoluciones científicas: el descubrimiento de las glaciaciones
– El segundo principio de la termodinámica: entre la ciencia y el mito
– El clima se pone a las órdenes del comandante científico de la Guerra Fría: Roger Revelle
– La ideología climática ha triunfado porque está promovida por el imperialismo

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El segundo principio de la termodinámica: entre la ciencia y el mito

Antoine Lavoisier
La evolución de la ideología climática (3)

Juan Manuel Olarieta

En la segunda mitad del siglo XVIII Lavoisier dio otra sacudida a las doctrinas imperantes, tanto sobre el aire como sobre el calor. El aire no era un elemento elemento simple, como se había creído hasta entonces, sino compuesto por los gases diferentes que integran la atmósfera. La combustión no es otra cosa que una oxidación. En en lenguaje actual, la quema de carbón o cualquier otro de los llamados “combustibles fósiles”, de los que el carbono es un elemento integrante, al combinarse con el oxígeno del aire, da lugar a otro gas, el CO2 o dióxido de carbono.

Pero el calor ni siquiera es un elemento. Lavoisier no fue de capaz de sustituir las concepciones imperantes sobre el calor por una teoría correcta. El químico francés se limitó a derribar la muralla: el calor no es una cosa, ni compuesta ni simple y, a partir de ahí, las doctrinas vigentes no podían ser más confusas. A comienzos del siglo XIX se impuso la concepción ondulatoria de la luz, que vibraba en un medio rígido e imponderable de propiedades extrañas, el “éter lumínico”, un elemento que nunca ha sido hallado.

Al mismo tiempo, el electromagnetismo y la óptica se separaban de la termodinámica, como si la luz ya no tuviera relación con el calor. Las nuevas ciencias, que trataban fenómenos no mecánicos, no se podían explicar con los viejos recursos de la física de Newton, como puso de manifiesto Fourier en 1822: “Existe una clase muy extensa de fenómenos que no se producen por fuerzas mecánicas, sino que resultan solamente de la presencia y la acumulación de calor. Esta parte de la filosofía natural no se puede reconducir a las teorías dinámicas, tiene principios que le son propios y se fundamenta en un método parecido al de las demás ciencias exactas” (1).

Sin embargo, en 1842 Mayer, Joule y Grove formularon la noción de “equivalente mecánico del calor”, de donde se desprende que el calor es un tipo especial de fuerza, una energía intercambiable con cualquier otra (2). Hasta entonces hubo un vacío importante en una ciencia emergente, como la termodinámica.

El tercer pilar que se suma antes de 1800 a las concepciones climáticas vigentes es la atmósfera, un descubrimiento que debemos a otro suizo, Horace Benedict de Saussure. En cierta medida la temperatura en la superficie de la Tierra dependía de la atmósfera y, como se sabía gracias a Lavoisier y otros, de los diferentes gases que la componían.

El suizo llevó a cabo mediciones de las temperaturas en la alta montaña, que son mucho más bajas de las que se toman en los valles. La temperatura cambia en la horizontal y también en la vertical. El aire frío de las cumbres, que es más denso que el caliente, no desciende, por lo que la temperatura no se iguala entre ambos puntos, un efecto que se discutió en las décadas siguientes. Si en determinadas situaciones el calor se acumula, estamos en presencia de un fenómeno que necesita una buena explicación, porque se podía volver del revés: si el calor no se disipa, ¿por qué la Tierra tampoco se calienta hasta extremos insoportables?

A partir de entonces, las estimaciones de temperatura se llevaron de los Alpes a los círculos polares y de ahí al espacio exterior, que en 1838 Claude Pouillet calculó en -142ºC. Hoy sabemos que la cara de la Luna a la que el Sol no llega tiene una temperatura de unos -240ºC. Estas observaciones contradecían las concepciones tradicionales, que en 1822 Fourier enunció de la siguiente manera:

“Cuando el calor se distribuye de forma desigual entre los diferentes puntos de una masa sólida, tiende a ponerse en equilibrio, y pasa lentamente de las partes más calientes a las que lo son menos; al mismo tiempo se disipa por la superficie y se pierde en el medio o en el vacío” (3).

Es el segundo principio de la termodinámica, heredero de las concepciones tradicionales y milenarias de los seres humanos. En otras palabras, significa que al abrir una nevera el frío se disipa y al abrir un horno lo que se disipa es el calor. El movimiento del calor equipara las temperaturas entre dos sitios distintos. Según la termodinámica, lo que nunca ocurre es que al abrir la nevera suba la temperatura del frigorífico. Lo mismo cabe pensar del calor que acumula un invernadero, aunque para ello sería necesario que estuviera bien cerrado; como la puerta de un horno.

Hacia 1800 William Herschel descubrió el “calor oscuro” (4), que hoy llamamos “rayos infrarrojos”, un hallazgo que el científico (y revolucionario) italiano Macedonio Melloni desarrolló en 1831, seguido luego por la estadounidense (hoy olvidada) Eunice Foote en 1859 y el irlandés John Tyndall en 1861, lo que rompía otra unidad del pensamiento antiguo: la luz tampoco era un elemento simple sino un espectro de diferentes emisiones, cada una de las cuales tiene una temperatura diferente.

Además del Sol, hay otras fuentes de calor. Todos los cuerpos emiten y absorben radiaciones. La temperatura depende de la radiación y, a su vez, la radiación depende de la temperatura (ley de Stefan-Boltzmann). La Tierra también es una fuente de calor que emite (y absorbe) radiación lo mismo que los gases de la atmósfera. A pesar de sus gélidas temperaturas, también el éter transmitía calor a la Tierra, escribió Pouillet en 1838, un recorrido opuesto al que cabe esperar. La termodinámica y la climatología empezaron a vivir de espaldas una de otra. La primera se preocupaba de la dispersión del calor y la segunda de lo contrario.

La ciencia siempre ha digerido muy mal esa paradoja. Si un invernadero tiene las ventanas abiertas, ¿cómo es posible que acumule calor?

(1) Fourier, Théorie analitique de la chaleur, París, 1822, pgs.13 y 14
(2) Engels, Dialéctica de la naturaleza, cit., pgs.33, 158 y 222
(3) Fourier, Théorie, cit., pg.2
(4) Engels, Dialéctica de la naturaleza, cit., pg.228

Serie completa:
– La evolución de la ideología climática
– Una de las mayores revoluciones científicas: el descubrimiento de las glaciaciones
– El origen de la subcultura carbónica
– El clima se pone a las órdenes del comandante científico de la Guerra Fría: Roger Revelle
– La ideología climática ha triunfado porque está promovida por el imperialismo
 

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Una de las mayores revoluciones científicas: el descubrimiento de las glaciaciones

La evolución de la ideología climática (2)

Juan Manuel Olarieta

El “siglo de las luces” puso los cimientos para acabar, uno a uno, con el cúmulo de concepciones climáticas dominantes hasta la fecha, de manera que a mediados del XIX el castillo de naipes había caído por completo.

Con la invención del termómetro, a partir de siglo XVII la temperatura empezó a gozar de mediciones cuantitativas en puntos muy diversos, como las cuevas, donde los rayos del Sol no penetran y las diferencias de temperatura oscilan mucho menos. Sin embargo, se produce otro hallazgo significativo: con la profundidad el frío no aumenta sino que se transforma en su contrario: calor. De ahí y del volcanismo se deducía que la Tierra atesoraba su propio calor interno, geotérmico, independiente del Sol. A partir de un determinado punto de la vertical, cada 32 metros la temperatura aumenta un grado, escribió Fourier (1).

Naturalmente esas estimaciones se referían a la litosfera, la parte sólida de la Tierra; en los océanos con la profundidad la temperatura desciende. Sin embargo, el océano siempre quedó fuera del círculo de interés y de las mediciones porque era irrelevante desde el punto de vista económico. Cuando se habla de temperatura se supone que se refiere a una medición en tierra firme y durante siglos no se conoció otra que esa.

En su origen el planeta era una bola de fuego que, como cualquier otro astro, estaba sometido a las leyes inexorables del enfriamiento progresivo, una tesis a la que Buffon le dio la vuelta: a partir del enfriamiento cuantitativo de la Tierra era posible medir su edad. Hasta el siglo XVIII se había calculado que dios creó la Tierra unos 4.000 años antes, según establecían los primeros relatos bíblicos. Buffon demostró que “la palabra de dios” era equivocada y que había que empezar a superar las mediciones del tiempo en años, décadas y siglos. Nacieron los “eones” o grandes eras geológicas de millones de años marcadas -entre otros factores- por el clima.

Por más que hoy sepamos que los cálculos de Buffon tenían errores muy groseros, cambiaron por completo la comprensión de la humanidad y de la ciencia acerca del tiempo, hasta el punto de que el científico francés jamás tuvo la oportunidad de exponer públicamente sus concepciones porque la Universidad de La Sorbona se sometió al canon cristiano y le censuró. Como escribió Engels, “la tradición es una fuerza no sólo en la Iglesia católica, sino también en las ciencias naturales” (2). Cuando hace diez años se destaparon los correos internos de la unidad climática de la Universidad East Anglia se volvió a comprobar que la represión y la manipulación forman parte integrante de la ciencia y la divulgación científica.

A pesar de la censura, Buffon llevó a cabo varios experimentos basados en el enfriamiento de la corteza terrestre que, afortunadamente, consignó meticulosamente en sus manuscritos, que se han conservado hasta la actualidad, una labor continuada luego por otros científicos, como Lord Kelvin, que siguieron realizando cálculos sobre la edad de la Tierra partiendo de la base de su enfriamiento progresivo.

Para concebir el clima hay que pensar geológicamente en eones, no en años. También hay que medir y desde Buffon el aspecto cuantitativo del clima fue adquiriendo una importancia creciente. Al mimo tiempo, el desarrollo de las fuerzas productivas perfeccionó los instrumentos de medida, hasta llegar a los satélites actuales. Hay más mediciones, pero también mediciones distintas cualitativamente. Se toman medidas de temperaturas en lugares muy distintos unos de otros, desde tierra firme hasta los océanos y la atmósfera, a diferentes altitudes, etc.

En su sentido científico, climático, la medición de una temperatura no es un “hecho” como se supone vulgarmente, sino una estimación, un promedio, que se puede calcular estadísticamente de maneras diferentes. Tiene una naturaleza cuantitativa y cualitativa a la vez.

Casi al mismo tiempo que escribe Buffon, a finales del siglo XVIII se lleva a cabo en Suiza uno de los descubrimientos más importantes de la ciencia. En el fondo de los valles alpinos, los geógrafos observan cantos rodados que habían sido arrastrados por unos glaciares que, con el transcurso del tiempo, retrocedieron. En aquella época Louis Agassiz le dio su forma más acabada al descubrimiento de que algunas de las grandes eras geológicas del pasado habían sido mucho más frías que las actuales.

La temperatura del planeta no había sido siempre más elevada que en la actualidad, sino al revés y, lo que es más importante: la historia del planeta se podía describir como una sucesión de épocas de frío y calor en el que las primeras, las épocas glaciares, eran dominantes, más largas y más intensas que las otras, llamadas interglaciares. Por fin se descubrió que la época actual era interglaciar y, por lo tanto, más cálida que su precedente.

A pesar de su importancia, el descubrimiento de las glaciaciones no logró acabar con la tendencia dominante en la ciencia, que siguió siendo la de un enfriamiento gradual y progresivo, entre otras razones porque, a diferencia de lo que suelen explicar en las universidades, la ciencia es un cúmulo complejo y contradictorio de conocimientos y, en el caso del clima, prevaleció una disciplina emergente, la termodinámica, que mantuvo el canon tradicional que había imperado desde la Antigüedad. Desde mediados del siglo XIX la ciencia se convierte en un “reino de taifas”: destroza el mundo real en pedazos y no es capaz de recomponerlo de nuevo. Cuando los químicos y los físicos suplantan a los geógrafos y los geólogos, la climatología se transforma en una auténtica pesadilla. El laboratorio sustituye a la naturaleza.

Como cualquier otro fenómeno periódico, las glaciaciones introdujeron la contradicción dialéctica, fenómenos de la naturaleza que abren el camino a sus contrarios, que son la esencia misma de las percepciones inmediatas que la humanidad tiene acerca de un clima, que es esencialmente oscilante. Las temperaturas nunca se modifican de manera lineal, ni en cantidad ni en signo. No sólo suben y bajan sino que se transforman en su contrario de la noche al día y con las estaciones del año. También se modifican con los hemisferios: cuando en el norte es invierno en el sur es verano.

Otros fenómenos, como la corriente del Pacífico “El Niño” (y su contrario “La Niña”), también siguen, un ciclo temporal, que en inglés denominan como ENSO (“Southern Oscillation” u Oscilación Meridional), lo que confirma los postulados fundamentales con los que Vernadsky concebía los ecosistemas (3). No se trata de fenómenos lineales en los que cada momento es un poco más frío o un poco más caliente que el anterior. En las largas eras climáticas, “la excepción confirma la regla”. Hay fases cálidas en épocas de glaciaciones y fases frías en épocas interglaciares.

Los fenómenos cíclicos, como la temperatura, indican la intervención de numerosos factores que, además, son complejos y contradictorios, es decir, que no operan simultáneamente en la misma dirección y que son capaces de provocar efectos contrapuestos de calor y frío.

(1) Fourier, Mémoire sur les temperatures du globe terrestre et des espaces planetaires, Mémoires de l’Académie des Sciences de l’Institut de France, 1828, pg.571
(2) Engels, Dialéctica de la naturaleza, Madrid, pg.32
(3) La ecología soviética de Vernadsky, http://civilizacionsocialista.blogspot.com/2009/12/la-ecologia-sovietica-de-vernadsky.html

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La evolución de la ideología climática (1)

A lo largo de una historia milenaria, los seres humanos han sostenido concepciones contrapuestas sobre el clima de clara naturaleza ideológica, en donde se confundían de manera abigarrada numerosos conocimientos, doctrinas e hipótesis.

Hasta épocas muy recientes la humanidad no conoció las sutilezas actuales que diferencian el clima de la meteorología o el calor de la temperatura; ni siquiera sabía lo que era el calor, ni la luz, ni la combustión y, lo que es peor, las doctrinas al respecto eran erróneas.

Como es obvio, la evolución del clima sobre la Tierra a lo largo del tiempo no se corresponde exactamente con su reflejo sobre el pensamiento humano. Las ideologías climáticas siguen el mito de la caverna de Platón: un recorrido que va de la “oscuridad” a la “luz” a medida de que la humanidad se libera de sus cadenas, hasta salir al exterior y conseguir, además, que “un exceso de luz” no acabe por deslumbrarnos, es decir, que unas cadenas no sustituyan a otras.

Cualquier ideología se afirma por oposición a sus contrarias, de donde surgen las diferentes corrientes históricas que en sus rasgos más generales se pueden resumir en tres.

Las corrientes idealistas consideran el clima como una obra de la creación del universo, al modo del Génesis: en un principio la Tierra estaba sumida en la “oscuridad” hasta que dios la iluminó… hasta cierto punto porque el resto quedó sumido en las tinieblas.

La religiones presentan a dios como luz y en el Éxodo aparece ante Moisés como una “zarza ardiente”. Además de luz, dios y los seres celestiales representan el calor, que es fuente de vida.

Por el contrario, un determinado tipo de materialismo, que podemos adscribir a Demócrito, considera el calor como una cosa, algo que en nada sustancial difiere de todas las demás cosas. El mundo material, es decir, todo el universo, se compone de los mismos átomos, uno de los cuales es el fuego, por lo que la luz y el calor tienen el mismo origen material que las demás cosas que integran el universo.

En una tercera línea podemos situar a Epicuro, un materialista de un tipo diferente al anterior, más avanzado, según expuso Marx en su primera obra. La diferencia entre uno y otro se resume en el “clinamen” o, en otras palabras, la contradicción, el cambio y la dialéctica, que también están presentes en los fenómenos físicos.

En el griego antiguo clima y clinamen forman parte de la misma familia semántica, junto a otras palabras como “inclinación” o “declinación” porque la humanidad siempre tuvo claro que el clima dependía del ángulo diferente con el que los rayos del Sol y otros astros luminosos impactaban en la Tierra, lo que a veces, se definió como su “alineamiento” o posición relativa de unos con otros.

Como dicho ángulo depende de la región geográfica del planeta, en cada una de ellas el clima es diferente. La consecuencia ideológica de ello es que, históricamente, la humanidad siempre vinculó el estudio del clima más al espacio que al tiempo.

Dado que la supervivencia de los seres humanos dependía de la agricultura, básicamente, y dado también que, a su vez, la agricultura dependía del clima, los aspectos económicos dependían de los naturales. El “buen tiempo” propiciaba buenas cosechas y el “mal tiempo” creaba dificultades de aprovisionamiento, lo que expresa el carácter ideológico de las doctrinas climáticas y seudoecologistas, en general, que van unidas a una teoría económica, e incluso una política económica.

La “buena” (o la “mala”) relación del hombre con la naturaleza, el salvajismo y la civilización, es uno de los tópicos más frecuentes en la historia del pensamiento humano, que ha desatado toda clase de pronunciamientos. No obstante, el desasarrollo progresivo de las fuerzas productivas ha independizado cada vez más al ser humano de la naturaleza, que ha ido adquiriendo un punto de vista cada vez más estético de la misma, así como un complejo de intruso dentro de ella, que irá a más en el futuro.

Las ideologías climáticas han tenido siempre un tono fatalista, de tal manera que a la humanidad no le cabía sino adoptar una posición pasiva: “aclimatarse” o adaptarse al clima del lugar.

Uno de los ejemplos más conocidos de la importancia que las ideologías han otorgado al clima es “El espíritu de las leyes” de Montesquieu, escrita a mediados del siglo XVIII, que estudia la dependencia de los diferentes regímenes políticos y sociales de las diferencias climáticas que se pueden observar en la Tierra. Los pueblos originarios de regiones cálidas “casi siempre” los ha convertido en esclavos, mientras que el coraje de los de climas fríos los ha mantenido libres. “Es un efecto que deriva de una causa natural”, escribía Montesquieu. Las causas naturales, podríamos concluir, producen efectos políticos, y también: los efectos políticos derivan de causas naturales.

Las doctrinas climáticas, pues, no sólo son política económica, sino política en el sentido más estricto del término.

Al fatalismo climático le acompañó siempre un dogmatismo absoluto: todas las hogueras se acaban apagando y lo mismo ocurrirá con el Sol y demás astros, por lo que la temperatura descenderá inexorablemente y el frío se extenderá, acabando con la vida sobre este planeta.

Hasta hace muy poco tiempo, pues, los científicos defendieron la doctrina del enfriamiento climático con mucho más ardor del que ahora muestran al defender la contraria. La forma en que se producía el supuesto enfriamiento era lineal, de la misma manera errónea en que hoy se supone que se produce el calentamiento: cada año la temperatura batía sus propios registros y desciende -o sube- un poco más en todas partes al mismo tiempo.

La ruptura con la ideología dominante fue un camino tortuoso, balbuceante y lleno de paradojas. Hace 2.500 años, Teofrasto, un discípulo de Aristóteles, ya había llamado la atención sobre el “clinamen”: el clima actúa sobre la humanidad, pero la humanidad también reaciona sobre su entorno y es capaz de modificarlo.

Nadie hizo caso de aquel filósofo, entre otras razones por el escaso desarrollo de las fuerzas productivas. Sin embargo, cuando en el siglo XVIII las monarquías absolutas emprenden importantes obras públicas (canales, pantanos, carreteras, puentes), los ingenieros comienzan a desarrollar nuevas concepciones sobre lo que hoy llamaríamos estudios de “impacto ambiental”.

Aquellas primeras investigaciones sobre la “huella ecológica” extraen a los seres humanos de la naturaleza y contraponen a ambos en la forma ideológica que hoy se ha impuesto: lo artificial como enemigo de lo natural o destructor del entorno. La civilización es el pecado original, el progreso no existe porque estamos destruyendo el “paraíso terrenal”…

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Antropoceno: una fantasía seudocientífica que pugna por abrirse camino

Juan Manuel Olarieta
Mientras una ciencia se integra con mediciones, inferencias, conceptos, hipótesis y demás elementos característicos, una ideología rellena el vacío de humo. En el caso de la seudoecología moderna esa niebla es bien densa, repleta de fantasías como sostenibilidad, efecto invernadero, biodiversidad y otros mucho peores.

El neologismo “antropoceno” forma parte de esa niebla. Fue inventado en los años 80 por el ecologista Eugene F. Stopping, aunque lo popularizó a partir de 2000 el Premio Nobel de Química en 1995 Paul Josef Crutzen.

El término es más religioso que científico, al pretender volver a colocar a la humanidad en el centro del universo, a la manera de la Biblia, un papel que había perdido desde los tiempos del Renacimiento.

De esa manera la seudociencia pretende remarcar la “huella ecológica”, la influencia dominante de la humanidad sobre la biosfera y, en especial, sobre el clima. El antropoceno es, según dicen, toda una nueva era geológica que sucedería al Holoceno.

La expresión ha florecido en la literatura seudocientífica y ha tomado carta de naturaleza en ciertas corriente filosóficas y doctrinas económicas burguesas, que pretenden vestirse con unos ropajes de los que la geología carece.

En geología las divisiones y subdivisiones del tiempo en “eras” las aprueba la Unión Internacional de Ciencias Geológicas siguiendo un canon de la Comisión Internacional de Estratigrafía que sigue criterios geológicos, como la sedimentación, bioestratigráficos, como la modificación del registro fósil, y físico-químicos, como los magnéticos, entre otros.

Sólo 15 años después de difundirse el nuevo término se creó el típico grupo de presión para sacarlo adelante e introducir la nueva era geológica en la ciencia. Se llama AWG (Anthropocene Working Group) que, como es característico, tendrá que retocar los criterios vigentes hasta ahora para llevar el antropoceno a las revistas científicas y los libros de texto.

En 2016, durante el Congreso Geológico Internacional celebrado en Ciudad del Cabo, un ponente mencionó algunos aspectos estratigráficos para introducir la necesidad de abrir no una la nueva era geológica sino una “serie”, que es algo bien diferente.

Otro participante, Stanley Finney, recordó los criterios necesarios para introducir una subdivisión de la escala de tiempo geológico y señaló que el antropoceno no los poseía. El antropoceno no es una nueva era geológica; ni siquiera es una serie temporal.

A pesar de todo, a las grandes cadenas de intoxicación les faltó tiempo para lanzar las campanas al vuelo y apoyar la introducción del antropoceno, una campaña que no ha parado desde entonces. No cabe duda de que el término acabará penetrando, como tantos otros, porque tiene el apoyo de los mejores padrinos; es cuestión de tiempo. La revista “Nature” espera que en 2021 la la Comisión de Estratigrafía acabe por claudicar (*).

Mientras tanto hay que consignar el hecho de que un concepto que está fuera de la ciencia tenga tan poderosos padrinos y defensores que, sin embargo, hablan en su nombre.

(*) https://www.nature.com/articles/d41586-019-01641-5

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El fascismo es oscurantismo

Juan Manuel Olarieta

Acabamos de darnos cuenta de que en 1945 no acabó el fascismo en Europa, como nos habían asegurado. También nos hemos apercibido muy recientemente de que en 1975 no acabó el fascismo en España, como también nos habían asegurado.

El fascismo ha vuelto a estar en boca de casi todos, aunque de una manera vergonzante, mistificada y adulterada: que si ultraderecha, que si populismo, que si nacionalismo, que si extremismo… Ya no saben qué inventar para no llamar a las cosas por su nombre.

Pero ahora que el fascismo está encima de la mesa, llega la segunda cuestión, que es aún peor que la anterior: ¿qué es el fascismo?, ¿a qué llamamos fascismo?

Hay que poner el énfasis necesario en los conceptos políticos porque si a alguien le duele el oído porque tiene una inflamación (otitis), no puede ir a la consulta del médico para decirle que tiene hemorroides. Sería el mayor perjudicado por su error.

El fascismo tiene varias secuelas políticas e ideológicas, de las cuales algunas son conocidas (racismo, machismo, islamofobia) y otras no tanto. El oscurantismo es una de las menos conocidas e históricamente está relacionado con las religiones: las religiones propagan el oscurantismo.

Por eso algunos creen que los ateos se libran del oscurantismo, cuando en realidad aborrecen tanto a las religiones, así, en general, que se han desentendido de ellas, dicen que todas son iguales… Aquí impera también la regla máxima de la dialéctica materialista: es imposible luchar contra algo que se ignora; no se puede ser ateo sin conocer lo que son las religiones porque el ateísmo es la ciencia que las estudia.

Como cualquier otra ideología, las religiones son una expresión mitificada de las clases y la lucha de clases. Hasta el siglo XVII la religión y sus aditivos (la ética, la moral) eran lo que hoy calificamos como “política” o al revés: la política era una (parte de la) religión. Al cambiar su sustrato material, social e histórico, cambian también las ideologías, las religiones y las políticas.

En Europa la religión la han configurado las múltiples corrientes cristianas, especialmente el catolicismo, dirigido desde Roma. De manera simétrica y paradógica, en el Renacimiento la lucha contra el dominio ideológico de la Iglesia católica retrocedió a los tiempos previos en que no ejercía ese dominio, es decir, a la Antigüedad clásica, a Grecia y Roma. Así se acuñó la expresión “civilización grecorromana”, que tenía tintes ateos, o por lo menos laicos.

En el siglo XIX el vocabulario cambia y se introduce otra expresión (“civilización judeo-cristiana”) que desde 1948 triunfa por la asociación del sionismo con el imperialismo, unida a esa “mala conciencia” que persigue a Europa, que no sabe digerir y que en la posguerra transporta un desastre, los campos de concentración, de un sitio (Europa) a otro (Oriente Medio).

Por si aún no se habían enterado, se lo volveré a contar otra vez: la Segunda Guerra Mundial fue una lucha de los nazis (los malos) contra los judíos (los buenos), injustamente masacrados hasta un punto para el que no hay palabras truculentas suficientes; no basta decir matanza, ni masacre, ni genocidio: hay que decir exactamente Holocausto (y ponerlo con mayúsculas).

Las ideologías no escapan a la magia de la palabras, como abracadabra y los conjuros, y todo para justificar una de la políticas imperialistas con más repercusiones desde el final de la Segunda Guerra Mundial, como es la creación del Estado de Israel y el atosigante despliegue de excusas y justificaciones que ha supuesto. No hay más que leer los repetitivos documentales de bodrios televisivos como el “Canal Historia”.

Pues bien, la expresión “civilización judeo-cristiana” quiere decir que, en contra de lo que ocurrió hasta 1948, durante 20 siglos, los cristianos y los judíos tenemos unas raíces comunes, y no voy a entrar ahora a explicar la importancia que para las sociedades actuales tiene el conocer dónde están sus raíces, su terruño y su patria chica.

En otras palabras: para lavar nuestra “mala conciencia” los cristianos debemos reconocer que no hemos estado siempre enfrentados a los judíos; no les podemos reprochar cada día que mataran a Cristo porque nuestras raíces son las mismas. Los judíos no son un pueblo “deicida” sino todo lo contrario: un pueblo oprimido y perseguido. Nosotros tenemos algo de judíos y, por lo tanto, Israel también es nuestra “Tierra Prometida”.

A partir de aquí es como en Euskadi: del mismo modo que todos los vascos somos creyentes (“euskaldun fededun”), o sea, católicos de pura cepa (mucho más que los españoles), los judíos son todos sionistas. Por eso ayer el Parlamento alemán dictaminó que la campaña BDS (Boicot, Desinversiones, Sanciones) contra el Estado de Israel es “antisemita” y prontó será prohibida como una expresión de “odio”, que es el abracadabra hipermoderno de los fiscales y los jueces para hablar y tapar la boca a los demás.

Luego, si los católicos y los cristianos tenemos las mismas raíces que los judíos, también debemos ser sionistas y defender el Estado de Israel, que es el Templo de Salomón, nada menos.

A las sociedades europeas y a buena parte del mundo se le ha hecho creer desde 1948 que las sociedades cristianas somos más cercanas al judaísmo que al islam, para lo cual hay que falsificar u olvidar todos los textos religiosos, desde la Torá hasta el Corán.

Hay, sin embargo, algo mucho más importante que falsificar los textos religiosos, lo que se ha hecho muy frecuentemente, que es falsificar la historia. Las religiones cristianas, y muy especialmente, la católica, se han desarrollado en oposición y lucha contra el judaísmo, no sólo ideológicamente sino físicamente, hasta el punto de llegar a la persecución y deportación en masa. El antisemitismo es un legado que los católicos transmitieron a los nazis.

A partir de 1948 el imperialismo ha vuelto a trucar la historia, que es la tarea favorita de los académicos y universitarios estadounidenses, que han sustituido el ancestral odio a los judíos por el moderno odio a los musulmanes, todo ello acompañado de una catarata de estudios, investigaciones y libros estúpidos que pueblan las bibliotecas del mundo entero, convocan seminarios, conferencias, debates…

La capacidad ideológica que tienen los imperialistas para darle la vuelta a la tortilla por completo es, pues, inaudita. Pero si eso no es posible, son capaces de confundir, enredar y lanzar cortinas de humo continuas para distraer la atención.

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Imperialismo y rearme: los orígenes del militarismo moderno

El militarismo moderno está indisociablemente vinculado al imperialismo y al monopolismo. Desde hace un siglo los Estados capitalistas más poderosos se organizan en torno a la guerra y la han convertido en uno de los más prósperos negocios.

Es algo que se ha repetido en numerosas ocasiones, aunque raramente se explican las causas, que se diluyen equiparando a los ejércitos contemporáneos con otros cualesquiera de épocas pasadas.

A lo largo de la historia el papel de los militares en la vida civil y política siempre ha suscitado toda clase de prevenciones, por lo que en tiempos de paz las tropas se han reducido al mínimo y los gastos militares también.

Sin embargo, con la entrada del capitalismo en su fase imperialista, ya no ocurre así. Desde la Primera Guerra Mundial el capitalismo es sinónimo de guerra permanente y de gastos militares crecientes.

Para ello la burguesía tuvo que convertir la guerra en una industria, el llamado complejo militar industrial, importante en la economía no sólo por su tamaño sino porque es puntero en ciencia y tecnología. Hasta la llegada del imperialismo los presupuestos militares se consideraban como gastos, un despilfarro; hoy son inversiones de capital.

Históricamente, la burguesía también renegó de los ejércitos profesionales, incluso en Estados Unidos, tratando de sustituirlos por una milicia civil, e incluso popular, esto es, por el “pueblo en armas”. Se trata, pues, de entender la negación de la negación: de qué manera un fenómeno se transformó en su contrario.

En dicha transformación influyeron una serie de fuerzas (económicas, políticas), algunas de las cuales son conocidas. Pero ahora me interesa poner el acento en una de ellas, la ciencia, representada por el físico Robert Millikan, Premio Nóbel en 1923, para poner de manifiesto la complejidad del fenómeno.

Ni la ciencia ni los científicos están al margen de las clases y de la lucha de clases, por lo que Millikan no es una excepción. Además de físico, era un reaccionario furibundo y un racista consumado que creía en la superioridad de la raza blanca, cuyo mejor exponente era Estados Unidos, el país elegido por dios para gobernar el mundo “manu militari”.

A diferencia de los hipócritas científicos de hoy, Millikan tenía las dos cosas muy claras: la ciencia es poder y es negocio. Durante la Primera Guerra Mundial trabajó en el Ministerio de Defensa y siempre se destacó por su defensa de la aviación, que entonces era incipiente y, desde luego, puramente civil.

En el oscuro mundo de la política y la burocracia militar, Millikan conoció al comandante Henry “Hap” Arnold que trabajaba en una fuerza aérea que, en aquellos tiempos, a duras penas era tal fuerza.

Lo mismo que su “fuerza aérea”, Arnold era un marginado dentro del ejército y su situación empeoró al terminar la Guerra Mundial. Entonces pasó a la empresa privada, convirténdose en un “conseguidor” muy bien relacionado, con un pie en los monopolios y otro en el Estado (y no sólo en su aparato militar).

Por su parte, Millikan se dispuso a poner el CalTech, el Instituto Tecnológico de California, en el que trabajaba, a disposición de la industria aeronáutica, es decir, a unir la ciencia y la enseñanza al capital a través de un ingeniero, Donald Douglas, que tenía una empresa con su nombre y cuyos aviones aún lo llevan también. Millikan y Douglas convirtieron a California en el centro más importante de la aeronáutica mundial, que aún conserva.

El CalTech tenía algunas de las piezas maestras del militarismo moderno (capital, ciencia) pero le faltaba una: el ejército, es decir, el Estado, eso que luego se llamó “el sector público”, que llegó con la crisis capitalista de 1929 y el inicio de una nueva era de intervencionismo económico (capitalismo monopolista de Estado).

Hasta entonces la aviación era propia de aventureros, gente romántica aficionada a la tecnología y a las innovaciones. La mayor parte de los aviones que se fabricaban en California estaban destinados a la exportación. Para dar el salto era necesario el Estado, que llegó a finales de los años treinta de la mano del comandante Arnold convertido en general de la fuerza aérea.

Además del Estado, también era necesaria una guerra, que entonces estaba en ciernes, pero sólo en Europa. Estados Unidos necesitaba meter el hocico en ella para salir de la crisis capitalista con gigantescas inversiones públicas de capital en la industria miitar.

En un país profundamente aislacionista y desconfiado de Europa, la intervención militar era imposible sin un previo lavado de cerebro en masa de la población, una tarea que corrió a cargo de un amigo del general Arnold, Jack Warner, el dueño de los famosos estudios de cine y de buena parte de Hollywood, que comenzó a producir películas bélicas y, sobre todo, de las hazañas de la fuerza aérea.

La Segunda Guerra Mundial, los gastos militares, salvaron a Estados Unidos de la bancarrota, de modo que la fórmula contra las crisis del capitalismo quedó al descubierto. En Estados Unidos el militarismo no es consecuencia de la URSS, la Guerra Fría ni la paranoia atómica sino de que el rearme permanente logró impedir -temporalmente- el hundimiento del capitalismo. Desde 1941 la economía de Estados Unidos no ha podido dejar de matar.

Cuando el general Mattis dimitió en diciembre de su cargo al frente del Pentágono, Trump no recurrió al ejército sino a un capitalista, Patrick Shanahan, para sustituirle. Antes de ocupar su destino, Shanahan tuvo que dimitir de Boeing, la conocida empresa de aviación que es heredera de la vieja Douglas… Para una guerra imperialista no bastan militares sino que también son necesarios “emprendedores” y traficantes de armas.

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La historia siempre llega con retraso

Juan Manuel Olarieta

Al principio de todo, es decir, en 1939 la guerra civil no se llamó así porque había sido bendecida por dios para librar a los españoles del comunismo. Fue una cruzada o, al menos, es lo que enseñaban los libros de historia que, como toda historia, es “partidista”, es decir, que toma partido, en este caso por los vencedores. La cruzada se reivindica a sí misma. No se pueden repudiar las muertes que han sido sacralizadas.
Después llegó una época en que la historia cambió. Fue a finales de los sesenta con obras de gran éxito editorial como “Los cipreses en Dios”. Se empezó a hablar de guerra civil en el sentido más propio de la palabra porque aquello había sido una guerra fraticida, entre hermanos. Fueron los tiempos de la “reconciliación nacional” que prepararon la transición.
Los españoles, seamos fascistas o antifascistas, somos hermanos ante todo y los hermanos no se deben pelear nunca. La guerra civil se negó a sí misma porque, como todo derramamiento de sangre, las guerras no son buenas, sacan lo peor del ser humano. Ambas partes cometieron horrendos crímenes. Si unos eran malos, los otros no le fueron a la zaga.
Entonces los campos se dividieron. Algunos antifascistas se traicionaron a sí mismos. Se lo creyeron porque lo necesitaban para su claudicación. Pero sobre todo era imprescindible para el otro bando, los fascistas, que no se lo creyeron sino que se aprovecharon de ello para ocultar las raíces de su legitimidad, que están en la guerra civil, es decir, en una masacre.
La reconciliación nacional y la transición aparentaron sellar una cadena de pactos de los que la mayor parte de las veces sólo se habla para referirse a los de la Moncloa, la Constitución, los Estatutos de Autonomía o los pactos sociales.
Es falso. No hubo más que un único pacto que fue el del silencio, el de enterrar la memoria histórica para siempre y el de arrojar tierra encima de las tumbas y de las cunetas.
Cuando hablamos de pacto caemos en el error de suponer, además, que los firmantes, los fascistas y antifascistas, están equiparados, que firman sentados sobre una mesa de negociaciones. En la transición no hubo nada de eso. Unos (antifascistas) claudicaron frente a los otros (fascistas), con el agravante de que esta vez no necesitaron ser derrotados porque se vencieron a sí mismos.
Pero la historia no se puede cerrar en falso. No se puede tapar ni con mentiras ni con ocultaciones, como explicaron Marx y Engels, por lo que llegó el momento de la memoria, de rescatar la verdad y exhumar los cadáveres.
Como la verdad es revolucionaria conduce a la revolución, por lo que el partidismo vuelve, esta vez del lado de los antifascistas, aunque con 80 años de retraso.
Al partidismo sobre la guerra civil le está siguiendo -inevitablemente- el de la guerrilla antifranquista, también con retraso. Los maquis ya no son delincuentes; los delincuentes fueron los franquistas. La historia avanza -inexorablemente- y está llegando ya a los campos de concentración, los fusilamientos y la lucha clandestina porque la posguerra fue aún peor que la guerra.
Después le tocará el turno a la transición y dentro de algunas décadas la historia dirá otra verdad partidista y revolucionaria: que la transición no fue ni modélica ni pacífica, que hubo quienes lo dieron todo por continuar la lucha antifascista en las condiciones más difíciles, que fueron perseguidos y asesinados por los mismos de siempre y que a ellos se le sumaron los vendidos y los renegados de todos los colores.
La historia te lo da y te lo quita todo, pero siempre con retraso. Esa es la diferencia entre ella y la política, entre el pasado y el presente, entre la teoría y la práctica, entre la retaguardia y la vanguardia.
A diferencia de los revolucionarios, los académicos pueden esparar, no tienen prisa. Los documentos y los legajos tardan en perder su secreto para llegar a los archivos. Hay otros que jamás aparecerán, pero la lucha no puede esperar sentada a que lleguen los arqueólogos. Ni siquiera puede esperar a las bibliotecas porque no es lo mismo hacer la historia que escribirla.
Para hacer historia a cada cual le basta con saber que ha tomado el camino correcto (que es el de la lucha), que está con las masas porque son ellas quienes la hacen y no las élites, los personajillos y los fantoches que la televisión encumbra en cada momento.
Esto es lo elemental, lo que todos saben o deberían saber. Sin embargo, a cada paso nos encontramos con lo contrario: con toda esa calaña que desprecia e insulta a las masas porque no votan a quien deberían, mientras elogian al primer patán que aparece ante los micrófonos. Pues bien, el futuro no pertenece a éstos sino a aquellos, los despreciados. Son ellos quienes hacen la historia y son ellos los que merecen toda la atención.
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La ideología verde: una tara de la modernidad

Juan Manuel Olarieta

La seudoecología moderna es una colección de tópicos éticos y estéticos que poco tienen que ver con la ciencia, es decir, con la ecología científica. Como cualquier otra ética o política, para resultar válida debe reflejar fielmente “lo que hay” antes de pasar a ofrecer una alternativa diferente para el futuro.
Ocurre como en cualquier otro fenómeno ideológico: si no sabemos “lo que hay”, tampoco podemos cambiarlo. Si hay una enfermedad (paso número uno), para poder curarla (paso número tres) hay que tener una diagnóstico de ella (paso número dos).
Por su propia esencia, una ideología no puede cumplir con ninguno de esos tres pasos y la seudoecología actual es uno de los mejores prototipos en los que podemos analizar una ideología cualquiera como si de un laboratorio se tratara.
En las religiones, por ejemplo, es típico que hablen del “más allá” porque es una forma de tapar el “más acá” y desconectar ambos: no es posible traer aquel paraíso a esta tierra.

Lo mismo ocurre con las ideologías verdes, que se ocupan de lo que nos espera y no tanto de lo que ya tenemos encima.

Lo que diferencia a la religión de la seudoecología no es el presente sino el futuro o, mejor dicho, el contraste entre el presente y el futuro. En una religión el presente es malo y el futuro bueno, mientras que en las ideologías verdes el presente es malo y el futuro peor.
Como el mañana es tan negro, la seudoecología resulta conformista, a pesar de su apariencia “contestataria”. A uno le dan ganas de no moverse del sitio, porque no sólo estamos destruyendo la naturaleza sino a nosotros mismos como especie. ¡Carpe diem! Nos quedan dos telediarios.
Ahora bien, no hay que desesperar porque toda ética busca una salida desesperadamente, que no va a ser fácil porque hasta ahora hemos sido unos pecadores empedernidos. “La transición energética es la apuesta para evitar la extinción”, dice Marc Romera en la web del Ayuntamiento de Barcelona (1). Tras el pecado llega la redención (pero sólo si uno se arrepiente).
La ecología es una disciplina científica que estudia la naturaleza y al hombre como parte integrante de ella. La seudoecología, como cualquier ética, es algo diferente. Argumenta -con más o menos fortuna- sobre la reacción del hombre “contra” la naturaleza.
Una ideología no analiza sino que juzga y casi todo lo que el hombre hace sobre su entorno es “malo” (malo por naturaleza) porque la destruye, la agota, la contamina… En la naturaleza el hombre es un intruso; es tan malo que agrede a la “Madre Tierra” que, como cualquier otra madre, es sagrada.
A cada paso, el discurso verde suplanta los conceptos científicos por otros ideológicos o estéticos, como lo puro (naturaleza “virgen”) y lo impuro (residuos), las energías limpias (solares) contra las sucias (carbón), lo sostenible frente a lo insostenible, lo renovable frente a lo que no lo es… Unas son buenas y otras no; unas son bonitas (reservas de la biosfera) y otras son feas (fábrica con chimenea).
La diferencia entre la bondad y la maldad es tan grande que en los grandes almacenes no faltan mercancías con etiquetas verdes que venden mucho más, son respetuosas con el entorno, el medio ambiente, no contaminan, son reciclables… Este tipo de comercio expresa el grado de penetración que la ideología burguesa ha alcanzado en amplios sectores de la población, sobre todo en los que pueden pagar un poco más de precio por algo un poco menos contaminante.

La crisis del capitalismo no ha llegado a las industrias verdes. En las calles ya corren coches eléctricos y, según el equipo de investigación “Next 10”, en 2008 se invirtieron en California 3.300 millones de dólares en tecnologías “limpias”.

Lo explicó Bill Gates con el cinismo que le caracteriza: “No importa que la ciencia se equivoque; habremos creado una nueva economía y nuevos empleos”. La burguesía sabe, pues, que sus políticas verdes no tienen que ver con ninguna ciencia sino con una “nueva economía”, es decir, con rentabilidad, beneficios y plusvalías.

En 2007 Thomas Friedman, editorialista del New York Times, acuñó la expresión “New Deal Verde” porque las propuestas seudoecologistas para liberarnos del apocalipsis son, en realidad, política económica, una nueva reconversión industrial e incluso una cierta forma de planificación capitalista. 
Otro periódico aún más lamentable, “El Confidencial”, titulaba así un artículo reciente: “Cambio climático: Cuenta atrás para 2030: Lo que necesita España” (2). Tenemos que recurrir a ese tipo de prensa para que nos indique lo que realmente necesita “España”.
Como cualquier otra ética, además de un componente de clase, la ideología verde también tiene otro componente de “compromiso”, una especie de programa seudomilitante, reividicativo o, como se dice ahora, “activista”. Por ejemplo, el programa del PSOE habla de “Transición energética y lucha contra el cambio climático”. Cuando aparece el medio ambiente parece que al PSOE aún le queda un motivo para “luchar” (3).
La seudociencia ha puesto a la naturaleza en el centro del universo. No hay problemas más serios y trágicos que los que conciernen al clima, la desforestación, la sostenibilidad… “Se considera que el desafío más importante que enfrenta la humanidad en el siglo XXI es resolver el problema del calentamiento global”, asegura la Wikipedia (4).
Todo el mundo debe dejar lo que tiene entre manos para empezar a preocuparse por la verdadera tragedia que nos aguarda.
(1) http://ajuntament.barcelona.cat/lafabricadelsol/sites/default/files/fds_marc_romera_cast.pdf
(2) https://www.elconfidencial.com/empresas/2019-04-14/energia-transicion-energetica-electricidad-ree-bra_1930778/
(3) http://www.psoe.es/gobierno-para-el-cambio/transicion-energetica-y-lucha-contra-el-cambio-climatico/
(4) https://es.wikipedia.org/wiki/Transici%C3%B3n_energ%C3%A9tica
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Antifascismo

El fantasma de ‘la ultraderecha’ lo ha promocionado ‘la izquierda’ domesticada

El difunto Mitterrand y el Partido Socialista francés lanzaron en 1982 una operación de promoción del Frente Nacional, “la ultraderecha” francesa, que ahora ha cambiado su nombre. Para ello invirtieron considerables recursos económicos y mediáticos.

En Francia se ha publicado una abundante documentación al respecto, con la correspondiente polémica.

En 1994 varios autores del Partido Comunista publicaron el libro “La mano derecha de Dios” en el que relataban con cierto detalle aquella obra de ingeniería política y social. En internet se pueden leer varias páginas extractadas (1).

En las elecciones legislativas de junio de 1981 y en las cantonales de marzo del siguiente año “la ultraderecha” francesa tuvo un 0,2 por ciento de los votos. El Frente Nacional no interesaba absolutamente a nadie en Francia. Ningún canal de televisión se tomó la molestia de viajar al congreso que celebraron.

Jean Marie Le Pen protestó por ello, pero no se dirigió a las televisiones sino al Elíseo: en Francia no se estaba respetando el pluralismo político, escribió a Mitterrand en una carta.

El Presidente le respondió personalmente el 22 de junio por la misma vía. Los “ultras” tenían razón: “Es lamentable que el congreso de un partido sea ignorado por la radio y la television. No pueden ignorar su obligación de pluralismo. Por lo tanto, el incidente que está denunciando no debería volver a ocurrir. Pero pido al Ministro de Comunicaciones que llame la atención de los responsables de las empresas de radio y televisión sobre la infracción que usted me ha mencionado”.

La misma cúpula de la República tomó cartas en el asunto porque Mitterrand era el más demócrata de todos los demócratas. Por algo había sido un fiel servidor del régimen fascista de Vichy durante la ocupación alemana.

El gobierno “socialista” presionó para obligar a los medios de comunicación a dar al Frente Nacional una visibilidad de la que había carecido hasta entonces.

Lo recordó luego Annik Beauchamps, que trabajaba en el primer canal de la televisión pública: “Alain Chaillou y yo recibimos la orden de invitar a Jean Marie Le Pen a las noticias de las 23.00 horas, y era una orden lo suficientemente precisa como para obligarnos a obedecerla”.

En 2007 Yvan Blot escribió otro libro sobre la “trampa” urdida entre Mitterrand y Le Pen (2), lo que aquí llamaríamos “la pinza”.

También Le Pen admitió que la “omertá” que había contra el fascismo en Francia se rompió gracias a Mitterrand (3). Fue el origen de eso que ahora se llama “visibilidad”: si no te ve nadie, nadie te puede votar. A partir de entonces comenzó el famoso “auge de la ultraderecha” en Francia. En marzo de 1983 Le Pen fue elegido concejal de Paris y su carrera ya no se detuvo.

Pero los “socialistas” hicieron algo mucho más importante en favor de “los ultras”: en 1985 cambiaron la ley electoral para que fuera “más representativa”, es decir, para que al año siguiente el Frente Nacional obtuviera 35 escaños.

Si alguien quería saber los motivos del auge del fascismo, el racismo, la xenofobia, el populismo y demás, ahí tiene que buscar una explicación.

Dos fasacistas en la Guerra de Argelia

Como buenos fascistas, Mitterrand y Le Pen se conocían desde hacía años, desde los viejos tiempos de la guerra por la liberación de Argelia, cuando el primero formaba parte del gobierno en París y el otro era un paracaidista en Argel.

Aquella guerra engendró dentro del ejército colonial una camarilla golpista, la OAS, encabezada por el general Raoul Salan. El abogado que defendió al general cuando fue juzgado por un consejo de guerra, fue Jean Louis Tixier-Vignancourt, quien también ocupó un alto cargo en el gobierno fascista de Vichy.

El abogado asumió la defensa de Salan a petición de Mitterrand porque más que amigos, ambos eran correligionarios.

Pues bien, en 1965 Tixier-Vignancourt se presentó a las elecciones presidenciales con Le Pen como director de campaña y en la segunda vuelta, pidió el voto a favor de… Mitterrand.

A partir de entonces se selló un pacto entre el Partido Socialista, encabezado por Mitterrand, y “la ultraderecha”, incluidos los colonialistas nostálgicos de la “Argelia francesa”.

Cuando desde el gobierno “la izquierda” francesa comenzó a implementar la política de “la derecha”, se generó la consabida desmoralización por parte de ese marasmo de incautos, ingenuos e infelices que prolifera por todas partes.

Entonces a aquella política la llamaban “rigor” y ahora la llaman “recortes”.

Ocurrió en Andalucía lo mismo que en Francia: antes que votar a una mala copia de “izquierdas”, algunos electores prefieren votar al original, a los genuinos representantes “ultras”.

(1) http://michel.delord.free.fr/maindroite.pdf, http://lepcf.fr/LA-MAIN-DROITE-DE-DIEU
(2) Mitterrand Le Pen: le piège. Histoire d’une rencontre secrète, Rocher, 2007
(3) Le Pen raconte Mitterrand, Le Point, núm. 2015, 28 de abril de 2011

‘Cuando se preocupan de los ricos más que de los pobres,
yo, François Mitterand, digo que eso no es justo’
(cartel con el que el Partido Socialista francés ganó las elecciones presidenciales de 1981)