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Autor: Juan Manuel Olarieta (página 26 de 60)

Aquí no hay que cambiar de gobierno, hay que cambiar de Estado

Juan Manuel Olarieta

El encefalograma de la política española es tan plano que casi todo gira en torno a la corrupción. Los partidos políticos se acusan -los unos- de ser más corruptos que los otros. Hay tantas operaciones contra la corrupción que el diccionario se ha agotado. Soy incapaz de diferenciar entre Gürtel, Malaya, Guateque, Tándem, Púnica… Perdí la cuenta allá por 2014 cuando la policía sostenía 82 operaciones contra la corrupción política que afectaban a 1.000 corruptos.

Cuando -sorprendentemente- hay algún político al que no le han pillado metiendo la mano en la caja, se dice de él que es “un buen gestor”. Si los medios quieren hacer referencia al gobierno de Estados Unidos también utilizan expresiones burocráticas como “la administración Trump” que se han metido en el tuétano de la infrapolítica moderna.

Es otra muestra más del encefalograma plano del universo en el que vivimos. Esta misma semana la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, ha dicho que la “izquierda sabe administrar” porque desde 2014 el ayuntamiento ha reducido la deuda a la mitad, es decir, porque “la izquierda” se dedica a pagar los agujeros que deja “la derecha”. Eso es tan importante que la alcaldesa saca pecho y convoca una rueda de prensa para anunciarlo.

Si un político se dedica a administrar como un apoderado, entonces queda la pregunta del millón: ¿quién es el que manda?, ¿quién tiene realmente el poder? Es imposible suponer siquiera que alguien como Pedro Sánchez es el que toma las decisiones en La Moncloa. Él no es más que un gestor y la tarea de los partidos políticos hoy es esa: admininistrar.

Los anglosajones tienen un buen dúo de vocablos para expresar esta situación: hablan de “policy” para referirse a la iniciativa y la planificación, a hacer cosas nuevas y distintas, y la “politics” que es el lodo de la politiquería, típica de Estados mediocres como España. Es el cotilleo político, los chacarrillos de taberna en los que los unos se entretienen con lo que dicen los otros.

La politiquería tiene dos componentes, superficialidad y apariencia, que en última instancia son sinónimos de falsedad. En cuanto se levanta la alfombra de la más simple administración pública aparece el laberinto de papeles, informes y organismos de expertos que rodean la toma de cualquier decisión para evitar que sea calificada de “arbitraria”, que es la esencia misma de la decisión política y de la política. Sin embargo, hoy la arbitrariedad está mal vista; contraviene el famoso “Estado de Derecho”, donde todo es previsible, está sometido a normas, reglamentos, circulares, decretos, procedimientos…

En la política moderna no importa lo que hagas, no importa si haces una cosa o la contraria; lo importante es hacerlo “bien” y eso no significa otra cosa que eso: que tomes tus decisiones siguiendo los cauces establecidos. La legalidad está por encima de todo.

En España habría que añadir un componente que diferencia a este Estado de cualquier otro del resto de Europa: una impronta cuartelera de la que no se ha desprendido desde el siglo XIX y que la derrota de la Republica en la guerra civil ha acabado consolidando. Aquí los políticos son chusqueros. “Todo por la patria”. Sufrimos un Estado edificado en torno a un ejército, y no al revés.

La falta de iniciativa, de criterio y de personalidad de los políticos alcanza tales grados que ni siquiera son capaces de escribir sus discursos por sí mismos. Para ese tipo de tareas tienen a alguien que se lo pone sobre el papel. Ellos sólo tienen que leer correctamente. Nadie les pide más.

Los políticos se arrastran pegados al suelo como los limacos. Por eso la política no cambia nada de lo que ya hay; se limita a administrar y los medios y los tertulianos no hablan de otra cosa que no sea la buena o mala administración de este o el otro.

Sigamos el hilo: en el Estado moderno la administración es tarea propia de funcionarios, que son quienes se mueven en los laberintos burocráticos de cualquier organismo público como pez en en agua y se burlan de los políticos recién llegados porque no saben ni dónde se enchufa el ordenador.

Además de funcionarios, los políticos se rodean de legiones de expertos que les asesoran en cada una de las decisiones que tienen que aprobar. Es corriente leer que un reputado catedrático de la universidad ha escrito el apartado económico del programa electoral de un determinado partido, lo cual parece que le revaloriza. Ese partido “sabe lo que hace”, dicen. En realidad, son tan ineptos que no son capaces de elaborar por sí mismos su programa, es decir, lo que quieren hacer. Hacen lo que otros dicen.

La mediocridad hispánica es típica de los fascistas. Las cadenas más reaccionarias siempre imputan a los políticos que carecen de titulación académica, lo cual es sinónimo de “falta de formación”. Por el contrario, para los mediocres la ostentación de diplomas universitarios es sinónimo de una “buena preparación”, por lo que se dedican a acumularlos y si no los tienen, los falsifican, o pagan por ellos, o sobornan a las universidades para que se los entreguen. Como buenos mediocres, son unos acomplejados. Son una cosa (borregos) pero quieren aparentar lo contrario.

Desde la transición, en España la mediocridad está considerada como una virtud: es el punto medio. Ni un extremo ni el otro. Es el centro, la UCD, el gobierno  de los subsecretarios cuyo máximo exponente fue Adolfo Suárez, ejemplo de fascista a la vez que borrego.

Aquí la política ha llegado a ser cosa de oficinistas y de papeleo. Es tan mediocre que también bosteza de aburrimiento, como cualquier otra rutina.

El laberinto burocrático es tan caótico que nadie sabe cuántos funcionarios hay en España. Según la Encuesta de Población Activa son más de tres millones, aunque el Registro Central de Personal de las Administraciones cuenta medio millón menos.

Los funcionarios en España son viejos, como la institución para la que trabajan. Sólo el 5 por ciento de ellos tiene menos de 34 años y no tardan mucho en adaptarse al medio. No les queda más remedio. Como un político, un funcionario no tiene color propio porque lo pierde en cuanto ocupa su plaza. Adopta el de la oficina donde trabaja, como los camaleones.

La mediocridad tira por la calle del medio: en España los funcionarios y los expertos se han reconvertido en políticos. Los funcionarios se infiltran en la política y los políticos en la función pública. Hay casi medio millón de políticos trabajando en los laberintos administrativos y empresas públicas, una cifra absolutamente desconocida en Europa. Es otro rasgo típico del Estado hispánico: el enchufe. El Estado recompensa y devuelve favores a determinados personajillos políticos con cargos muy bien remunerados y blindados. Naturalmente “a dedo”.

Una de las consecuencias es que en España los sueldos de la función pública son un 44 por ciento superiores a los que imperan en el sector privado, una ventaja que hay que añadir a que, como solía decirse antes, el funcionario “tiene la plaza en propiedad”. El despido es casi impensable.

En ocasiones, por pura ingenuidad, un político o un partido quiere hacer algo diferente. Pero no basta con las buenas intenciones. En las instituciones públicas no hay presupuesto para hacer cosas nuevas. Por ejemplo, en la mayor parte de los ayuntamientos el dinero se va en gastos corrientes, es decir, en hacer lo mismo que se ha hecho siempre, en mantener la rueda en funcionamiento. En Galicia la administración autonómica sólo dedica un 6,4 por ciento a inversiones.

Hay ayuntamientos que ni siquiera tienen dinero para pagar los gastos corrientes y viven de las subvenciones, es decir, que son municipios que se sostienen en pie gracias a la caridad, como los mendigos. En Madrid la comunidad autónoma tiene lo que falsamente califica como PIR (Plan de Inversiones Regionales) que sirve para pagar los gastos corrientes de los ayuntamientos sin dinero. Si el partido que dirige el ayuntamiento es diferente del que dirige la autonomía, se queda sin subvenciones; tiene que reducir actividades y en las siguientes elecciones se lo va a reprochar el bando contrario, precisamente aquellos que les han dejado sin un céntimo.

Es el encefalograma plano a escala municipal, lo justo para que las ruedas del Estado no se detengan. ¿Cómo puede un partido emprender cosas nuevas cuando a duras penas es capaz de mantener en marcha la vieja maquinaria que ya existe?

La única solución, pues, no es cambiar de gobierno sino cambiar de Estado, pero eso es algo que no se remedia con elecciones.

Venezuela: ¿cuándo empezarán los bolivarianos a dar golpes de Estado en lugar de recibirlos?

Juan Manuel Olarieta

Después de 1945 en todo el mundo el imperialismo (Estados Unidos, sus universidades, su prensa) ha reducido el lenguaje político al mínimo: si hay o no hay democracia. Un lenguaje mínimo es expresión de un pensamiento mínimo, es decir, muy fácil de inculcar en amplias masas de la población. Pero además de fácil, también se aprende rápido; no requiere matices engorrosos.

Su efecto es reduccionista: un lenguaje mínimo empobrece absolutamente la capacidad de argumentar y de discutir políticamente.

El minimalismo político es aún mucho más contundente, alcanzando lo cutre, cuando el discurso se polariza en torno al dilema de democracia o dictadura. A partir de que un país o gobierno no es una democracia, como Corea del norte, se producen varios daños colaterales.

El primero es que una dictadura se convierte en un país que no interesa nada a nadie. Aunque todo lo demás lo haga bien, el mundo le desprecia porque no es democrático. En la actualidad eso es lo único fundamental e importante, mucho más que alimentar a la población, que tenga vivienda, educación, sanidad… Es más, muchos de los gobiernos etiquetados como dictaduras se caracterizan por preocuparse de asuntos que no tienen que ver con la democracia.

Segundo, de una dictadura es posible decir cualquier imbecilidad y no quedar mal. Un tertuliano, por ejemplo, no parece gilipollas, sino todo lo contrario, cuado habla mal de dictaduras, como Corea del norte, Siria, Irán o Venezuela. Los que parecen imbéciles son los demás que defienden a países o gobiernos indefendibles.

Tercero, las imbecilidades sobre las dictaduras y los dictadores proliferan, incluso se hacen chistes (“¿Por qué no te callas”) y el país y el gobierno se convierte en un tópico del que todos pueden hablar sin saber nada.

Cuarto, desde 1945 todos presumimos de demócratas, casi nadie propone ni defiende a ninguna dictadura. “¿Dictadura? ¡Ni la del proletariado!”, decía el PCE en la transición.

A partir del simplismo, hay que seguir simplificando todavía más. Para dar o quitar la etiqueta democrática a un país o gobierno es suficiente con un único motivo: tiene que haber más de un partido, los partidos tienen que alternar entre ellos y el alterne depende de elecciones.

La falta de alternancia es sospechosa. Si los que están duran mucho en el cargo lo más probable es que no sea porque lo hagan bien sino porque no hay democracia.

Lo que haga tal o cual partido una vez que ha ganado las elecciones no es culpa del partido sino de que la gente es gilipollas, elige mal, toma decisiones equivocadas. Si en 1982 el PSOE sacó diez millones de votos prometiendo no meter a España en la OTAN, la culpa del ingreso no es del PSOE sino de esos diez millones que les votaron. ¿Acaso no sabían que les iban a engañar?

Pero el PSOE lo hizo todo bien, limpiamente, impecable, con elecciones y reféréndum. Tampoco importa que luego nadie respetara las condiciones del referéndum, es decir, que el PSOE se burlara de los millones de votantes que aceptaron el ingreso (y ya no digamos los que votaron en contra).

Por lo tanto, para evitar engaños, no basta con las elecciones sino que, además, deben ser “limpias”. Por ejemplo, si el gobierno mete a sus oponentes políticos en la cárcel, como hace España, por ejemplo, las elecciones no son “limpias”.

Por lo tanto, ¿por qué España pasa la prueba del algodón y otros países no son democráticos, aunque tengan elecciones? Porque son los demás los que te aprueban o te suspenden, como en el instituto. De ahí que, cuando un gobierno está bajo sospecha, los imperialistas mandan “observadores internacionales”, lo cual es otra diferencia importante: en una dictadura uno se avala a sí mismo; en una democracia quienes te avalan son los demás.

La “comunidad internacional” no envía observadores a España, por ejemplo, para calibrar la calidad de unas elecciones y comprobar si los candidatos pueden hacer campaña libremente (si hay libertad de expresion) o, por el contrario, si los han metido en la cárcel. Cuando en unas elecciones hay observadores hablamos de la segunda división de la democracia; tenemos sospechas, dudas…

Por eso los miran con lupa y no les permiten cosas que son corrientes en la primera división. Eso permite discriminar y normalizar lo anormal: exactamente lo mismo que convierte a España en una democracia, a cualquier otro país sospechoso lo convierte en dictadura.

La gente cutre y gregaria no va más allá; no se preocupa de exquisiteces del tipo: veamos quiénes son esos observadores, ¿serán neutrales?, ¿quién los envía?, ¿con qué propósito?, ¿quién les paga sus gastos?, ¿qué manual de limpieza electoral manejan?

Si alguien observa a los observadores pone en tela de juicio a la “comunidad internacional”, a organismos y personas de los que nadie puede dudar porque son la quintaesencia, la primera división de la democracia, como Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, la OEA, la OSCE, Zapatero, Jimmy Carter…

Ahora bien, con Venezuela se puede hacer una excepción que los cutres pasan por alto. El gobierno bolivariano ha ganado más elecciones que muchos otros del mundo y de la historia reciente pero, además, también ha superado más golpes de Estado que ninguno, por lo que yo me pregunto lo siguiente: ¿cuándo veré un golpe de Estado de los bolivarianos?, ¿cuándo meterán a la cárcel a esa chusma de criminales golpistas con una cadena perpetua no revisable?

Los bolivarianos están acomplejados por algo que “los otros”, que son sus enemigos precisamente, no van a hacer nunca, como lo vienen demostrando desde siempre: no les van a conceder la etiqueta de la democracia, como tampoco se la van a conceder a Corea del norte. En este mundo el que reparte las medallas es el general, no la tropa de línea. Los jefes dicen lo que es y lo que no es, y los demás a callarse la boca.

‘Perro ladrador poco mordedor’: hay que preocuparse de los fascistas que muerden más que de los que sólo ladran

Juan Manuel Olarieta
Para que los oportunistas le pongan a alguien la etiqueta de “fascista” tiene que ser uno de esos bocazas típico al que no le gustan las mujeres ni los homosexuales, aunque estos últimos cuando son hombres sobre todo y por el mero hecho de que, en realidad, no son tales sino “afeminados”, es decir, “casi mujeres”.

Por el contrario, cuando un fascista es un poco discreto y disimula, pasa la prueba; entonces sólo es “de derechas”. Así son los oportunistas; toda su doctrina política e ideológica no se sale del recetario de la posmodernidad, ni va más allá del seudoecologismo, el feminismo burgués, la marejada LGTB…

El pragmatismo es la seña de identidad de la política posmoderna. Los políticos se callan la bocaza en función de los sondeos, de las afirmaciones que dan o quitan votos, no en función de que tengan una opinión al respecto. Los demás, los que tienen una opinión propia, son dogmáticos, doctrinarios, como ha repetido Rajoy este fin de semana en una fiesta del PP y no se refería a sí mismo, sino a “la casta”.

Entonces Bolsonaro es un fascista, pero Macron no. En el francés todo es políticamente impecable porque su lenguaje está a la altura de la vara de medir que se utiliza en las grandes metrópolis mundiales. Lo que está ocurriendo con los “chalecos amarillos” no importa nada o, en el caso de que importe, se la califica como una crisis “ecosocial”(*) porque los oportunistas siempre llevan las cuestiones al mismo terreno pantanoso de la posmodernidad.

Sin embargo, la protesta de los “chalecos amarillos” se inicia contra una medida justificada por Macron con propósitos “ecologistas”. El auténtico “verde” es el Presidente francés y quienes protestan no cuidan el medio ambiente o no quieren hacerlo a costa de su bolsillo.

Una movilización que empieza de esa manera tiene un evidente carácter social, a partir del cual Macron ha iniciado una abierta deriva fascista que no tiene nada que ver con la posmodernidad y que, a causa de ello, los oportunistas siguen sin querer destapar por razones que son evidentes.

La primera es que los “chalecos amarillos” han iniciado la movilización más importante en Europa desde hace muchas décadas.

La segunda es que dicha movilización tiene un claro contenido político y social, que es una de las razones por las cuales ha alcanzado una dimensión que los posmodernos nunca fueron capaces de soñar.

La tercera es que, lo mismo que en Catalunya, la represión del movimiento popular no está en manos de ningún partido “ultraderechista” sino del Estado porque el fascismo es algo que concierne fundamentalmente al Estado burgués contemporáneo.

Los oportunistas se callan sobre este aspecto de lo que está ocurriendo en Francia porque intentan ocultar la verdadera naturaleza del Estado con la cortina de humo de la “ultraderecha”. Se trata, pues, de poner de manifiesto lo que el Estado hace, no lo que dicen tales o cuales bocazas fascistas.

Los 4.700 detenidos, las 1.000 condenas a penas de prisión y las 5.600 órdenes de libertad vigilada no las ha dictado ningún “ultraderechista” sino jueces, fiscales y policías, es decir funcionarios del Estado que cumplen leyes y órdenes dictadas desde arriba.

Conclusión: Francia ya tiene un buen puñado de presos políticos. Ayer en Dijon unos 50 “chalecos amarillos” lograron entrar en la cárcel donde algunos cumplen condena para exigir su liberación. Desde el asalto a la Bastilla en 1789, todo movimiento popular empieza siempre de esa manera: por exigir la salida de sus presos políticos.

Desde el inicio de las movilizaciones de los “chalecos amarillos” hay entre 2.000 y 3.000 manifestantes heridos, mutilados y apaleados. Las nuevas armas que lanzan proyectiles de caucho (“flashball”) permiten a la policía disparar a discreción causando lesiones gravísimas. A 4 manifestantes les han arrancado la mano y 14 han perdido un ojo.

De facto Francia ha decretado la ley marcial, ha puesto 80.000 policías en las calles con armamento de guerra, carros blindados, helicópteros y fusiles de asalto HK G36. Los francotiradores de la policía se apostan en los tejados con rifles de mira telescópica para disparar contra la multitud, contra los manifestantes, contra los mirones y contra los periodistas.

Jamás los periodistas habían tenido tantas bajas en sus filas; ni en la peor de las guerras han caído tantos. Los reporteros acuden a cubrir las manifestaciones vestidos al mismo estilo de los antidisturbios: con casco, gafas antigases, la nariz cubierta e incluso algunos de ellos acompañados de guardias de seguridad.

Sin embargo, a pesar de que todos los medios franceses lamentan que sus reporteros hayan sido heridos y apaleados por la policía, de lo único que hablan es de lo mismo de siempre: de la violencia de los “chalecos amarillos”.

Los oportunistas están empeñados en mantener la ficción de un “cuarto poder”, de las cadenas de intoxicación (privadas) como algo distinto del Estado (lo público) y se olvidan de datos como el siguiente: en medio de las movilizaciones de los “chalecos amarillos”, el 27 de noviembre Macron suprimió tres impuestos que pesaban sobre las cadenas de radio y televisión para convertir a los medios en complices de la represión policial.

A un diputado de LREM, el partido de Macron, se le escapó en una entrevista cuando calificó a la cadena BFMTV como “la nuestra”. Todos los medios son “los suyos”.

El moderno Estado burgués está en una guerra abierta con su propia población y se prepara para futuras guerras, siempre con la excusa de la “lucha contra el terrorismo”. Por ejemplo, tras los atentados de 2015, la policía impuso el Protocolo SIVIC que le permite acceder a los informes médicos de los pacientes hospitalizados que, según la ley, deberían ser confidenciales.

Hasta hace muy poco eso sólo era posible en casos de “terrorismo”. Ahora lo están haciendo con los “chalecos amarillos” porque el mantra del “terrorismo” es como todo: primero se justifica “en caliente” para determinados casos excepcionales y luego resulta que los “terroristas” no eran los “lobos solitarios” que creíamos, sino todos nosotros.

“El personal sanitario se está convirtiendo progresivamente en auxiliar de policía”, lamentan los médicos franceses. El moderno Estado burgués es fascista porque funciona exactamente así: todo lo convierte en un auxiliar de la policía, todos se ponen al servicio de la policía.

En un Estado, como Francia, que hace años que mete de cabeza de lleno en el fascismo, es posible escuchar con la mayor naturalidad declaraciones, como las del antiguo ministro Luc Ferry, un catedrático de filosofía de pacotilla, pidiendo a la policía que dispare sus armas de fuego contra quien se está manifestando en la calle. No quiero ni pensar en lo que habría ocurrido si alguien hubiera dicho lo mismo de los “chalecos amarillos”: que hicieran uso de sus armas contra la policía…

La represión de los “chalecos amarillos” está siendo un entrenamiento. Un Estado fascista sabe lo que le espera; es esencialmente preventivo. No sólo reacciona haciendo uso de toda la fuerza de la que se dispone, sino que se prepara para algo mucho peor y no lo oculta.

Va a crear un fichero de “violentos” a los que privará de su derecho constitucional a manifestarse. No es tan difícil de entender que basta con que el listado sea un poco extenso para que nadie pueda protestar en la calle.

Los policias podrán acudir encapuchados a las manifestaciones, pero los manifestantes no. Ni siquiera podrán taparse la nariz para no aspirar los gases lacrimógenos.

Quedan prohibidas las manifestaciones que no se anuncien previamente con la suficiente antelación…

Etcétera.

Si alguien preguntaba por lo que es el fascismo, ahí lo tiene y, como puede ver, no son palabras, ni amenazas, ni proceden de charlatanes “ultraderechistas” sino que son actos de políticos y funcionarios del Estado que cumplen cabalmente con las tareas que tienen encomendadas. “Perro ladrador poco mordedor”. Preocupémonos de quienes, como Macron, ladran poco y muerden mucho.

(*) https://dedona.wordpress.com/2019/01/19/chalecos-amarillos-preambulo-de-una-crisis-ecosocial-global-jose-bautista/

Podemos: el ‘boberío’ pone punto final a un experimento fallido

Juan Manuel Olarieta

Hace ya tiempo que los “bobos” arrastran los pies, lo que cumple el guión previsto al pie de la letra, lo mismo que el PCE cumplió el suyo durante la transición, antes de entrar en un coma muy profundo.

Estaba cantado porque ya no hay partidos políticos, tal y como se entendieron en el siglo XIX. Antes los partidos pretendían dirigir un Estado; ahora es el Estado quien dirige a los partidos. Se crean partidos “de ocasión” que, además, hacen de ello su seña de actuación política

El “boberío” forma parte de esa corriente tan extendida que hace gala de oportunismo y reniega de la idea misma de partido, poniendo en su lugar otros sustitutivos asamblearios, desde la base, plataformas, convergencias, transversales…

Podemos fue uno de esos montajes “ad hoc” que nació para reconducir un movimiento espontáneo, como el 15-M, sacarlo de la calle y llevarlo al terreno de siempre: pacífico, electoral y legalista. En los tiempos de euforia Errejón lo definió como “una máquina de ganar votos”.

Las coaliciones políticas modernas no necesitan nada más, porque el resto les viene dado por el Estado. Lo mismo que Syriza en Grecia o LREM de Macron en Francia, son chiringuitos desmontables, de quita y pon, de un solo uso, en los que es imposible encontrar una mínima propuesta de principios. Todo depende de por dónde sople el viento. No tienen nada “en común”.

Nunca hemos sabido si en Podemos son monárquicos o republicanos, o si están a favor o en contra de la OTAN. Nacieron lanzando el cebo de exigir una auditoría de la deuda y la renta básica universal, pero ahora ya nadie se acuerda de aquello; ni siquiera ellos mismos.

Podemos desaparece antes de que experimente el gran batacazo electoral que le esperaba en su terreno de juego favorito: las urnas. Los gusanos se lo están devorando. Ya nadie quiere la marca “Podemos”, pero en Andalucía el cambio de logo tampoco les ha servido para nada.

Los problemas no se solucionan cambiando el logo, por muy electoralistas que sean.

Han acabado siendo un galimatías. Por todas partes, aparecen divergencias internas. En Cantabria el Parlamento autonómico ha tenido que disolver su grupo de tres parlamentarios porque eran incapaces de ponerse de acuerdo sobre nada. En Madrid, Errejón y Carmena le han hecho la cama y preparan su propia alternativa.

En el futuro quedará como un laboratorio contemporáneo de lo que es la política moderna, esa tan detestada, mediocre y superficial, un fango en el que revuelcan por igual los políticos, los periodistas y los licenciados recién salidos de la universidad. Demasiados títulos y ninguna expriencia laboral.

Detrás los “bobos” dejan la baba, un rastro imprescindible de decepción, el mismo que en los ochenta se calificó como “desencanto”. La transición había encantado a muchos que luego había que desencantar porque no basta con devolver a su casa a los que protestan. Deben marcharse quemados, amargados y renegando de sí mismos.

Para que el fascismo suba como la espuma se tiene que crear ese microclima de desesperación que se cuece entre engaños y desengaños.

Más información:

– Casi todos los ‘bobos’ votan a Podemos (a diferencia de los ‘bonobos’)

– Fascismo y ultraderecha: un fenómeno que no se mide con la vara LGTBI
– La degeneración política del eco-pacifismo

Lo que avanza en Andalucía no es el fascismo sino la lucha antifascista

Juan Manuel Olarieta

Por razones muy comprensibles, muchos izquierdistas convencidos no entienden -ni admiten- que los trabajadores voten “a la derecha” y, como es natural, mucho menos aceptan que voten “a la ultraderecha”. Lo más “natural” es que un obrero vote, y que vote, además, “a los suyos” que son los partidos “de izquierda”, es decir, esas bandas de papanatas que llevan las siglas del PSOE o de Podemos.

No hay más que leer las montañas de artículos que han escrito los “expertos” sobre las elecciones en Andalucía para darse cuenta del cúmulo de niebla que muchos acumulan en sus cabezas. Se trata de saber si los trabajadores han votado o no a Vox, para lo cual hay que analizar cada pueblo y cada barrio y comprobar los resultados electorales.

Luego hay que despotricar de la chusma ignorante que tiene “la culpa” del auge de “la ultraderecha” porque votan a quien no deben, porque no tienen “conciencia”… A diferencia de los que votan a “la izquierda”, que lo hacen -según parece- por una elevada conciencia política… A veces no es extraño despreciar a toda una clase social explotada diciendo que “eres más tonto que un obrero de derechas” y otras estupideces parecidas.

El pensamiento burgués, que es esencialmente cutre en estos tiempos que corren, supone que los votos son representativos de la sociedad, es decir, que la reflejan. Cuando los votos se inclinan hacia “la ultraderecha” es porque la sociedad se inclina hacia ese costado. En la medida en que, a su vez, la sociedad es mayoritariamente obrera, quienes deberían ganar todas las elecciones son esos izquierdistas del tipo PSOE o del tipo Podemos.

Si no es así es porque algo falla o, mejor dicho, es porque todo falla, es decir, porque ese tipo de planteamientos con los que la burguesía se enreda la cabeza son absoluta y rotundamente falsos, como se ha demostrado cientos de veces desde que se celebran elecciones.

En fin, el cretinismo político burgués es incapaz de ir más allá de los sondeos y los recuentos, sin que jamás se detenga ni por un momento en reflexionar acerca de quienes no votan, por más que los porcentajes, como en Andalucía, se acerquen casi a la mitad del censo. De la abstención no habla nadie nunca, por elevada que sea… No vaya a ser que el tarro de las esencias salga al descubierto, como el genio de la lámpara de Aladino.

En todo este tipo de concepciones subyace también un cierto mecanicismo entre la condición social (real) y su reflejo (ideal) en la conciencia, de tal manera que el obrero (el ser social) “debe ser” o inclinarse hacia su propia clase, hacer causa común con ella. ¿No es la conciencia un reflejo de la condición de clase?, o mejor dicho ¿no debería ser así?, ¿se equivocan acaso los materialistas?

Si la sociedad burguesa funcionara de una forma mecánica, la dominación no sería posible. La minoría no podría someter a la mayoría. Para ello es necesario que una parte de la mayoría, es decir, de los trabajadores, renieguen de su clase y, en definitiva, de sí mismos, de su condición social.

En todas las sociedades que ha conocido la historia, una parte de los oprimidos juega a favor de los opresores. Una parte de los esclavos está a favor de la esclavitud. En África una minoría negra, autóctona, es la correa de transmisión del imperialismo. En las cárceles, los “cabos de vara” son presos que sostienen el régimen de los carceleros.

No es posible quebrar un sistema de dominación sin acabar con los cómplices que nos rodean y que se hacen pasar por “uno de nosotros”. El Estado burgués necesita imperiosamente traidores, renegados, vendidos… Por ejemplo, los sindicatos “amarillos” son casi tan viejos como los “rojos”. Si ese tipo de organizaciones no aparecen en el escaparate, la propia burguesía tiene la necesidad de crearlos y promocionarlos porque son imprescindibles.

No es posible emprender ninguna batalla seria contra el capitalismo sin denunciar a las garrapatas y parásitos adheridos a las luchas populares, por más que juren y perjuren que también quieren cambiar una sociedad que es injusta y que son casi como nosotros mismos: progresistas, antifascistas e incluso revolucionarios.

Es algo que el movimiento obrero conoce desde su mismo origen. No es tan complicado y tiene, además, nombres y apellidos de partidos políticos, sindicatos y personajillos de la farándula que viven del cuento, de las subvenciones y las tertulias de los medios de comunicación. Si la clase obrera no les vota, y mucho más si deja de votar, como en Andalucía, no sólo no es síntoma de un “auge de la ultraderecha” sino todo lo contrario: de que vamos avanzando.

¡Vivan las cadenas y mueran los negros!

Juan Manuel Olarieta

Lo único que no se le puede reprochar a la reacción española es que no sea fiel a sí misma desde hace siglos, al menos desde la Contrarreforma, algo que no se puede predicar de los “progres” ni de los posmodernos, tipo Errejón, que nunca sabes si son carne o pescado, pero de quienes no cabe duda que no son lo que dicen ser.
Desde la Inquisición, los reaccionarios hispánicos se gustan a sí mismos y no admiten cambios que no sean para echar el freno y regresar al pasado, cuanto más pasado mejor. Por eso España es una galaxia con mucho pasado y ningún futuro… si las cosas siguen como hasta ahora, o sea, si no hay una revolución.
Cada vez que en España ha caído la monarquía, a la reacción no le ha importado desatar una guerra civil y matar a cuantos ha sido necesario.
La diferencia es que antes no le importaba reconocerlo, mientras que ahora se ha vuelto hipócrita.
Los progresistas españoles (los de verdad, no la bazofia “progre” de ahora) siempre tuvieron que apoyarse en un desmoronamiento del Estado para empujar la historia hacia adelante.
Así ocurrió hace 200 años, cuando Francia invadió la península y los liberales (hoy denostados) aprovecharon para publicar la primera Constitución, de la que se desprendía una agradable sorpresa: los españoles tienen derechos (los mismos derechos).
Aquello no gustó nada a la reacción cavernaria, que acusó a los liberales de “negros”, es decir de lo peor que se le podía tildar a alguien en aquella época. Hoy los llamarían “terroristas”.
En aquellos tiempos la reacción no disimulaba; no le gustaba la libertad (de los demás), ni tampoco los derechos (de los demás). Su consigna era “¡Vivan las cadenas!” porque eso es lo que siempre han pretendido: poner cadenas (a los demás).
Hoy la cosa no ha cambiado. España ha cumplimentado su regreso al pasado y estamos otra vez en el mismo agujero del que nunca hemos logrado salir, en 1939, que es la fecha preferida por la reacción actual.
Lo único que ha cambiado son las invocaciones y la retórica. Hoy todo se hace en nombre de la constitución, la libertad y los derechos. También oigo hablar mucho de un concepto que hace 200 años era subversivo: la nación.
Lamentablemente hay quien cree que la nación es un concepto reaccionario, mientras que otros creen que es algo ahistórico, por encima de la historia o que siempre ha existido.
Pues bien, si hace 200 años la reacción española gritaba “¡Muera la nación!” es porque la nación (española) tenía un contenido subversivo, ligado a la eliminación de los privilegios feudales y a un programa revolucionario como la milicia nacional, es decir, al armamento del pueblo, e incluso al patrimonio nacional, o sea, la expropiación de los bienes del rey para entregárselos a la nación.
Ahora los reaccionarios le han dado una vuelta de 180 grados al asunto y se desviven por eso que ellos consideran como “la nación española”. Para ellos España es una nación que identifican con el fascismo y con los símbolos fascistas.
Por eso cuando el patán de Errejón habla de “arrebatar a la ultraderecha los símbolos nacionales” se refiere a que los antifascistas hagan lo mismo que sus enemigos, o sea, enarbolar la bandera fascista y defender la unidad del Estado.
La España antifascista no tiene nada que ver con eso. No tiene nada que ver con Errejón ni con Vox, empezando porque defiende la libertad y se atiene a un principio clave: “un pueblo que mantiene sometidos a otros, no puede ser libre”.
Hoy como hace 200 años, la España antifascista defiende los derechos de los oprimidos, los individuales y los colectivos, y jamás aceptará que quede integrada en un nuevo Estado, republicano, popular y democrático, ninguna nación que voluntariamente no quiera formar parte del mismo.

Una gangrena social: los que viven del odio de los demás (que va cada vez a más)

Juan Manuel Olarieta

Los días 12 y 13 de diciembre el Consejo General de la Abogacía organizó unas jornadas sobre los llamados “delitos de odio” que, en realidad, no eran otra cosa que una tapadera de los manejos de la Open Society. En otras palabras, el dinero de Soros convierte a los abogados en mariachis de su concierto, que en todo el mundo es exactamente el mismo.

Por eso quien abrió las jornadas fue Cristina Goñi, la delegada local de Soros, y en tal gazpacho no podía faltar Leila Nachawati, como tampoco sus típicas y desvergonzadas menciones contra Siria, donde a medida que el yihadismo es derrotado, “la impunidad avanza”.

Para Nachawati es una pena que el imperialismo y sus secuaces yihadistas estén perdiendo la guerra y lo que avance sea… la impunidad. Hay que tener la cara más dura que el cemento para decir esas cosas en público.

Pero si nos ponemos a hablar de odio, da lo mismo referirnos con el mismo desparpajo a otra “guerra”, la de Catalunya, para lo cual este año el Ministerio del Interior ha creado (tomen nota) una “Oficina Nacional de Lucha contra los Delitos de Odio”, aunque este tipo de cosas siempre hay que leerlas bien: se trata del odio de los catalanes (independentistas) al fascismo (o sea, a España, que viene a ser lo mismo).

¡Animaos! ¿Os insultan?, ¿os llaman fachas? ¡Denunciad! Tenéis un teléfono, un correo electrónico y un amable funcionario que os atenderá para tomar nota de que sois víctimas de la chusma catalanista (1). Si vivís en Oakland, no os preocupéis porque en Estados Unidos la policía también está preocupada por el odio y ha abierto una línea telefónica específica para denunciar este tipo de delitos (2).

¿No tenéis suficiente coraje? No importa. Para esos menesteres están los vividores del Movimiento contra la Intolerancia, que en mayo denunciaron por odio a Quim Torra por sus mensajes en Twitter y en octubre al historiador Agustí Colomines, dirigente de la Crida Nacional per la República. ¡Que no falten denuncias!, ¡ahora cualquier cosa se arregla con una buena denuncia!, ¡contratad a un abogado que os asesore bien!

El siguiente paso es llevar un registro de denuncias, atestados, sumarios, juicios, condenas y demás para demostrar que el odio es como el cambio climático: siempre va para arriba. La gangrenas también funcionan de esa manera: lo que avanza no es lo sano sino lo podrido, y en este perro mundo todo se pudre cada día un poco más.

En una payasada de este calibre no podían faltar las redes sociales, que es donde el odio se propaga, como el cólera en medio de la mugre. Es otro tópico, que se suele denominar como “sembrar el odio”. Así la revista Shangay titulaba el mes pasado: “El autobús tránsfobo de Hazte Oír vuelve a sembrar el odio en una ‘gira’ por toda España” (3).

Este tipo de estupideces no explican lo fundamental: por qué se propaga el odio y no la compasión o la misericordia. Los expertos nunca explican ese tipo de cosas: ¿por qué siempre se propaga lo malo y nunca lo bueno?

Pues bien, en internet ya no debe quedar más que el odioso odio y por eso Miguel Camacho, cabecilla de la “Oficina” del Ministerio de Interior previno en su charla: “Todavía queda mucho por hacer”, o sea, tenemos faena para rato, el trabajo está asegurado y, por lo tanto, buenos sueldos de por vida (siempre que el odio arrecie).

Pero del odio no sólo viven las ONG, los abogados, los funcionarios del Ministerio de Interior, la policía, la guardia civil, los municipales, las autonómicas, sino los fiscales, los jueces y toda una parafernalia de burócratas especializados en “detectar los contenidos tóxicos en las redes para poder hacer un seguimiento de los mismos”, es decir, personas que viven de echar un vistazo al ordenador cada mañana.

Cuando se trata de odio, internet añade una nueva especie de vividores, los informáticos, ese subgénero de la humanidad que cree (firmemente, según parece), como Francisco Pérez, del “Instituto Nacional de Seguridad”, que hay “soluciones tecnológicas” a los delitos de odio en la red, aplicaciones capaces de “identificar los sentimientos no solo a nivel escrito sino también a través del habla”.

A ese tipo sólo le faltó decir: si no estás seguro de los verdaderos sentimientos de tu pareja, dile que te envíe un “whatsapp” y un algoritmo descifrará su corazón. ¡Infalible!

(1) https://www.elnacional.cat/es/politica/ministerio-interior-denuncia-delito-odi_215730_102.html
(2) https://www.telemundoareadelabahia.com/noticias/destacados/Lanzan-linea-telefonica-para-denunciar-crimenes-de-odio-en-Oakland-500155161.html
(3) https://shangay.com/2018/11/06/autobus-hazteoir-odio-lgtb/

Más información:

– Odio, discurso de odio, delito de odio, grupo de odio
– Alemania censura miles de sitios de internet tras la aprobación una ley contra el odio
– Nunca podremos recoger el trigo si antes no lo separamos de la cizaña

Fascismo y ultraderecha: un fenómeno que no se mide con la vara LGTBI

Mar Garcia Puig, En Comú Podem
Juan Manuel Olarieta

Ayer me topé con un artículo “bobo” en un medio típicamente “bobo”, como ElDiario.es, firmado por Mar Garcia Puig, lingüista, editora y diputada de En Comú Podem, es decir, el currículum perfecto que corresponde a un “bobo”.
Naturalmente, el artículo es el prototipo de la ideología de dicha tribu urbana, que no parece tal porque sólo se habla de “tribu” cuando se refieren a alguien que procede de barrios marginales.
Los temas que el artículo aborda son el juguete favorito de los “bobos” en este momento: el miedo al fascismo o, mejor dicho (perdón), a “la ultraderecha” que Vox representa y “muy especialmente”, los que pertenecen al colectivo LGTBI.
No sabemos si se habrán enterado: alguien es fascista (“ultraderechista”) por su posición ideológica en materia LGTBI y, al revés, pasa al terreno del progresismo y la democracia si supera esa prueba del algodón.
Pero hay algo mucho peor que ser fascista, que es ser antimoderno, un fósil del Paleolítico, que también se define por su posición frente al movimiento LGTBI. No exactamente sobre los homosexuales, transexuales y demás, sino por quien se atribuye su representación, como es el caso.
El fascismo no se define por su política hacia el colectivo LGTBI, ni hacia los gitanos, ni los judíos, ni los moros, ni los negros, ni cualquier otra minoría, sino hacia la clase obrera y demás sectores populares oprimidos y humillados.
Dicho en román paladino: el fascismo concierne a la lucha de clases, no a las tribus urbanas. Si llega el caso, cuando los fascistas se dediquen a perseguir a los homosexuales de nuevo, lo harán con quienes puedan, que serán los sectores marginales de la sociedad. No se van a poner la soga en el cuello a sí mismos, ni mucho menos a su clase social, por supuesto.
Lo diré más claro todavía, a ver si los “bobos” se enteran de una vez: el juez de Avilés que recientemente condenó por uno de esos absurdos delitos de odio a un descerebrado que había aplaudido el asesinato del gran poeta Federico García Lorca “por maricón”, admite que los contenidos fascistas que se introducen en las redes sociales son impunes, a diferencia de los homófobos.
La sentencia desentraña las claves mistificadores de la modernidad que, como uno de esos grandes agujeros negros de las galaxias, lo devora todo. A García Lorca no lo mataron “por maricón” sino por ser republicano y antifascista. Los que 80 años después siguen enterrados en las cunetas de las carreteras, no fueron asesinados por su conducta sexual, porque el sexo no es el motor de la historia.
Hoy los jueces pueden admitir mensajes fascistas en las redes sociales, mientras los homófobos constituyen delito. Los “bobos” les siguen la corriente: se centran en aquellos aspectos de la realidad que encubren los otros, a saber, el fascismo y las clases sociales.
(*) https://www.eldiario.es/tribunaabierta/esperanza-LGTBI-frente-ultraderecha_6_843475655.html

Más información:

– https://mpr21.info/2018/11/casi-todos-los-bobos-votan-podemos.html
– La degeneración política del eco-pacifismo
 

Casi todos los ‘bobos’ votan a Podemos (a diferencia de los ‘bonobos’)

En 2000 el sociólogo estadounidense David Brooks escribió un libro titulado “Los bobos en el paraíso: la nueva clase alta y cómo lo lograron”, en el que sustituye el término “yupi” de los años ochenta por el de “bobo”.Los filólogos que gustan de remontar el Amazonas sabrán que el término “bobo” es más bien de origen francés y que sus primeras huellas se rastrean hasta la novela “Bel-Ami” de Guy de Maupassant, escrita nada menos que en 1885, por lo que la sociología sigue sin descubrir nada nuevo.

El “bobo” es el “pequeño burgués bohemio” cuyo hábitat natural es siempre la capital (Nueva York, París, Madrid). Más aún: es el viejo “burgués gentilhombre” de Molière, aquel que hablaba en prosa sin saberlo.

Quizá el “bobo” de hoy tenga un poco más de cultura; quizá sea precisamente un “cultureta”, ese tipo de esponja que absorbe y exuda la ideología dominante a través de los nuevos medios digitales, desde los videojuegos hasta YouTube. Es un gilipollas que ha pasado por la universidad y casi seguro que tiene un máster de esos que se venden  y se compran a precio de oro.

“Económicamente está a la derecha e ideológicamente a la izquierda”, dice un experto, en referencia a “la izquierda caviar”, exquisita, ese conglomerado de intelectuales que resumen lo que la contracultura ha impuesto como menú políticamente correcto y saludable: feminista, ecologista, “gay friendly”, animalista, vegano…

El “bobo” es enemigo del menú del día, alguien que se puede permitir el lujo de elegir y luego pagar la cuenta.

Una subespecie del “bobo” es el “lili” (liberal libertario) en donde la “nueva izquierda” que arrastra los pies desde mayo del 68 converge con “la ultraderecha”. Son los “ex” frustrados y fatigados, que reniegan de sí mismos, aunque no lleguen a los extremos de Sánchez Dragó o Paco Frutos. Ya no son lo que fueron. Es posible que no sean nada, pero otros más jóvenes han tomado el relevo de esa nada.

Desde Rousseau, la pequeña burguesía es el patrón de la clase media y, por extensión, de un país o de una época. El “pequebús” es la vara de medir, sobre todo en el terreno ideológico, donde la prensa sepia y las altas finanzas no tienen nada que decir. Al contrario. Los llamados “líderes de opinión” son los “bobos”.

Tienen mucho en común con el “burgués gentilhombre” de Molière. No es que aparenten algo que no son sino que no aparentan lo que son. De ahí que hayan abandonado su universo provinciano para “gentrificar” los barrios del centro de la gran capital, donde conviven de manera cosmopolita con los ancianos al borde del desahucio y los pakistaníes que reparan móviles.

Los anglosajones tienen una batería de expresiones para referirse a ellos: liberal de limusina, socialista champán, “dink” (dos sueldos y sin hijos)… Además de invadir los barrios más castizos, se han apoderado de la gastronomía popular y quieren pagar la cuenta con tarjeta de crédito, aunque eso no es lo peor: antes la cuenta dependía de la cantidad de comida, mientras que ahora es “degustación”, o sea, que pagamos más cuanto menos comemos.

En los ochenta los “yupis” votaban al PSOE. ¿A quién votan hoy los “bobos”? ¡Joder!, ¡vaya pregunta! ¿A quién va a ser? ¡A Podemos! Para tener una imagen exacta de un ”bobo“ no hay más que mirar una foto de Pablo Iglesias, Íñigo Errejon y similares. Son de esos que te los imaginas yendo en bicicleta a la oficina, por mucho que haga un frío del carajo. Pero, ¿hay algo en este mundo peor que la emisión de gases de efecto invernadero?

En las tabernas ya no se puede fumar. Si pides un vino te preguntan si quieres un reserva cosecha de 1998. En los restaurantes tampoco ponen cuchara sobre el mantel. Se acabaron los platos de oreja, riñones o gallinejas. Los clientes son posmodernos, bien afeitados y con gomina en el flequillo. No ves a nadie metiéndose un palillo entre los dientes. Están hipnotizados por su móvil.

Ese paisaje urbano demuestra que, en contra de lo que opinan los sociólogos, los “bobos” no son una clase social sino una tribu urbana, un modo de vida creado por lo que hoy se llaman “comics” y antes tebeos. La realidad imita al arte. A los “bobos” la infancia les dura más tiempo porque pasan el rato entre juguetes y videojuegos.

(Este artículo sobre los “bobos” continuará porque ahora me tengo que ir al foro, pero os prometo que próximamente hablaremos de otra categoría sociológica diferente, los “bonobos”, que son aquellos “burgueses no bohemios”. ¿Os habíais creído que la lucha de clases era algo simple o qué?)

Más información:
– Fascismo y ultraderecha: un fenómeno que no se mide con la vara LGTBI
– La degeneración política del eco-pacifismo

Quienes no aprendan lo que es el facismo acabarán aplastados por él

Juan Manuel Olarieta

La moda del “auge del fascismo” está siendo tan hipnótica que algunos hasta niegan que haya tal “auge”, mientras que otros niegan que sea “fascismo”.

Claro que si no es fascismo, ¿qué es lo que está en auge?, ¿acaso vivimos una orgía de libertades y derechos?

No hay “auge del fascismo”, ni tampoco “fascismo”, pero al menos hay una enorme producción intelectual al respecto que no se corresponde con nada real. ¿Por qué tanto escribir sobre el fascismo si no hay tal fascismo?

Osvaldo Drozd es de los que se suben a ese carro con un ingenioso juego de palabras típicamente sudamericano: “No todos los fachos son pardos”(*), que es como decir que no todos los fascistas son fascistas.

Así de confusa está la cosa, aunque reconozco que estoy totalmente de acuerdo con una tesis de Drozd que me subyuga: si no se caracteriza correctamente esta nueva situación se corre el riesgo de convertirse en un blanco predilecto de ella, que yo traduzco a mi manera: “Quienes no aprendan lo que es el fascismo acabarán aplastados por él”.

Para evitar el aplastamiento hay que saber identificar al fascismo, que es lo contrario de lo que hace Drozd en su artículo, donde lo oculta y lo camufla en medio del típico batiburrillo seudoprogre: la nueva derecha, las clases medias, el neoliberalismo, el totalitarismo, el corporativismo…

Ese lenguaje melifluo sustituye las categorías propias que jamás aparecen en las tergiversaciones del fascismo: monopolismo, imperialismo, militarismo, capitalismo monopolista de Estado…

El camuflaje del fascismo se hace evidente cuando Drozd nos previene contra un “uso generalizado” de la categoría fascismo, que debe quedar archivada para hablar de ciertos países europeos en los años treinta. Pura historia; nada que ver con el presente.

La manipulación y el ocultamiento de Drozd llega al punto de sostener que “el tinte reaccionario, represivo o totalitario no es un rasgo propio del nazifascismo”. Es la teoría del ventilador (“en todas partes cuecen habas”), un recurso para los momentos más apurados. ¿Acaso la democrática República francesa no aplastó a sangre y fuego al movimiento obrero tras la Comuna de París?

Conclusión: desde los tiempos de los asirios (hace 5.000 años) todas las clases dominantes han sido igualmente reaccionarias, represivas y totalitarias. Todos son iguales… El mundo no cambia tanto como nos creemos.

El que no quiere entender nada, recurre siempre a ese tipo de subterfugios que, finalmente, acaban lavando la cara al fascismo de esas dos maneras. La primera consiste en sostener que tal o cual régimen no es fascista (y por lo tanto es democrático). La segunda es recular un poco más para decir: vale, es un régimen fascista; pero los fascistas no son tan reaccionarios como se dice, también los demócratas lo son…

En materia de fascismo el sabor típicamente latinoamericano parece ser la identificación del fascismo con una determinada política económica, expuesta por Drozd de una manera ridícula: en otros tiempos el fascismo se oponía al liberalismo, hoy el neofascismo va de la mano del neoliberalismo.

En fin, al artículo de Drozd no le faltan ninguno de los tópicos de la posmodernidad y en la medida en que esos tópicos están arraigados en muchos grupos antifascistas, están destinados a convertirse en carne de cañón. O espabilan, o acabarán aplastados (y nunca sabrán por qué, ni por quién).

(*) http://socompa.info/opinion/no-todos-los-fachos-son-pardos/

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