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Día: 27 de noviembre de 2021 (página 1 de 1)

Los confinamientos han llevado el hambre a los trabajadores de Estados Unidos

Con los confinamientos decenas de millones de estadounidenses perdieron sus trabajos, sus viviendas y se multiplicó el hambre. Si la clase obrera tiene hoy un plato en la mesa es gracias a la beneficencia, la caridad y el voluntariado.

Estados Unidos es el país de las colas del hambre por antonomasia. No hablamos de miles, ni de millones, sino de decenas de millones de trabajadores que no pueden alimentarse a sí mismos ni a sus familias.

El número de personas inscritas en el Programa de Asistencia Nutricional Suplementaria (SNAP) ha aumentado en 7 millones desde hace dos años. Más de 42 millones de estadounidenses reciben actualmente cupones de alimentos. De ellos, más del 40 por cien son miembros de familias con al menos una persona trabajando. Muchos obreros que dependen de la ayuda alimentaria tienen trabajo, pero su salario no les alcanza para comprar alimentos para sus familias.

En gran parte del sur, más del 15 por ciento de las personas reciben el SNAP. En Nuevo México, el estado con el mayor uso de cupones de alimentos del país, más de uno de cada cinco residentes está inscrito en el SNAP. En respuesta al aumento del uso del SNAP, el gobierno de Biden implementó el mayor aumento permanente del valor de los cupones a principios de este año. Con este aumento, una familia de cuatro miembros puede recibir ahora hasta 835 dólares al mes en prestaciones del SNAP.

La red de bancos de alimentos del país también se está empeñando a fondo para que la población no muera de inanición. Al comienzo del confinamiento, los bancos de alimentos distribuían 1.100 millones de libras de alimentos trimestalmente. En otoño de este año ya están distribuyendo 1.700 millones de libras.

Estas cifras son una acusación devastadora contra el capitalismo estadounidense. En el país más rico del mundo, con más multimillonarios que en cualquier otro lugar del planeta, un gran porcentaje de la población no puede comprar comida, y debe recurrir a la caridad o a la ayuda pública.

La crisis se ha visto exacerbada por las subidas de precios, como el de la carne, que ha aumentado casi un 10 por ciento en el último año. En varias categorías de alimentos, como los huevos, los precios han empezado a subir un 3 por ciento mensual, es decir, que pueden llegar a subir un 36 por ciento en un año.

La alimentación acapara una parte cada vez mayor del salario de los trabajadores. El promedio de ingresos que los estadounidenses gastan en comida (para prepararla en sus casas) se ha venido reduciendo del 14 por ciento en 1960 al 6 por ciento en 2000.

Pero no ocurre lo mismo entre la clase obrera. La quinta parte más pobre de la sociedad estadounidense gasta entre el 28 y el 42 por ciento de sus ingresos en comprar alimentos. Es la que se ve más afectada por el aumento de los precios de la comida, la vivienda y el combustible.

La ‘izquierda’ es el baluarte del Estado capitalista en crisis

Hace unos días Toby Green y Thomas Fazi publicaban unas reflexiones sobre los motivos por los cuales lo que ellos consideran como “la izquierda” estaba apoyando “todas y cada una de las medidas covid” (1).

La pandemia dura ya dos años y tiene numerosos aspectos de todo tipo, desde sociales hasta médicos, pero esa “izquierda” se está caracterizando por haberlos sostenido todos absolutamente, sin fisuras.

La explicación es que en la época del imperialismo “la izquierda” es uno de los sostenes más importantes del capitalismo en crisis. El imperialismo necesita su brazo izquierdo socialimperialista (2) y el fascismo tiene el suyo propio, que la Internacional Comunista calificó como “socialfascismo”.

Unos y otros son “de izquierdas” sólo de palabra, cuando tienen que hablar y escribir; en la práctica sostienen al Estado para que no se hunda. Son un factor de estabilización política y se han callado con los confinamientos, los estados de alarma, las patadas en la puerta, el aluvión de multas de la ley mordaza y las detenciones masivas sin orden judicial. En ellos es inútil buscar el más mínimo sentido crítico porque están volcados en el apoyo a la represión del Estado.

En España eso no es una sorpresa porque ya ocurrió en la transición, que hubiera resultado impensable sin la contribución de “la izquierda” al trabajo de chapa y pintura de un Estado envejecido que se desmoronaba.

En su charlatanería sobre la pandemia, “la izquierda” ha recurrido al mismo truco que en la transición: sacar al Estado de la ecuación para reducir el fascismo a lo que entonces se llamaba “el búnker” o, sea, a los grupos de la “ultraderecha”. Apoyaron al Estado en la transición porque “la ultraderecha” se oponía a ella.

Ahora utilizan el mismo ardid: los que se oponen a la pandemia y a las vacunas son Bolsonaro y otros como él. Le hacen el juego a “la ultraderecha”.

La mejor defensa es un buen ataque y en eso no hay quien gane a los demagogos que alimentan su reformismo con una continua retórica verbal contra organizaciones que, como Vox, sostienen todas y cada una de las medidas políticas aprobadas con el pretexto de la pandemia.

A otro perro con ese hueso.

El mejor apoyo que prestan los bocazas de “la izquierda” al Estado es la persistente devaluación de las libertades y derechos fundamentales de las personas, que si en este país han estado tradicionalmente bajo mínimos, ellos contribuyen a infravalorar aún más. Hay que confinarse, hay que ponerse la mascarilla y hay que vacunarse por motivos como la “conciencia colectiva” o la “responsabilidad social”. Las presiones y las amenazas importan menos.

Cuando el gobierno “de izquierda” se ha saltado a la torera las libertades fundamentales, al peor estilo franquista, con el estado de alarma, los confinamientos, las detenciones y las patadas en la puerta, era necesario que algún oportunista le echara un capote diciendo que eso son derechos burgueses, individualistas y egocéntricos, mientras que ellos tienen “conciencia”: piensan en el colectivo.

No servirá de nada recordar a los demagogos que la conciencia no es nada diferente de la ciencia y que la ofensiva de represión que padecemos desde hace dos años no tiene ninguna clase de apoyo en la medicina, ni en la epidemiología, ni en la virología, disciplinas de las que hasta ahora nunca oyeron hablar. Es disculpable que hace dos años no supieran lo que es una PCR, pero desde entonces han tenido tiempo para informarse un poco.

Lo que está ocurriendo con esta pandemia ni es casualidad ni es reciente. Ciertas corrientes seudomarxistas llevan cien años alimentándose de la vieja separación escolástica entre “ciencias naturales” y “ciencias sociales”, donde éstas no tienen el mismo estatuto que las anteriores, que son el canon por excelencia. Por el contrario, la dialéctica materalista sólo concierne a las ciencias de la segunda división: historia, sicología, economía… Un informe de los expertos del Banco de España se puede discutir, pero no ocurre lo mismo con uno de la Agencia Española del Medicamento. Las ciencias verdaderas, como la geometría o la física, son indiscutibles.

El imperialismo no hubiera podido desatar la pandemia con declaraciones de los políticos o los militares de la OTAN. Ha necesitado vestirla llevando a los “expertos” a la televisión y antes han necesitado situarlos en un Olimpo incalcanzable para el resto de los mortales, incapaces de entender una jerga repleta de Sars-Cov2, covid-19, omicron y demás entelequias.

En el futuro “la izquierda”, que alardea de ser un baluarte de la ciencia, se tragará también los informes de los “expertos” del Banco de España, que son siempre los mismos: hay que trabajar más y ganar menos, reducir las pensiones, contener el déficit público… Los charlatanes -que llevan dos años quedando en evidencia- se han ligado de una manera tan estrecha al capitalismo en crisis, que le acompañarán en su caída.

(1) https://unherd.com/2021/11/the-lefts-covid-failure/
(2) Lenin, El imperialismo, fase superior del capitalismo, Pekín, 1972, pg.140.

La Interpol estará dirigida por un torturador

Un torturador emiratí ha sido elegido al frente de Interpol. Se trata del general Ahmed Naser Al-Rais, un alto funcionario de la policía de Emiratos Árabes Unidos que tiene varias denuncias internacionales por actos de tortura.

El jueves el Inspector General del Ministerio de Interior emiratí fue elegido director de la Organización Internacional de Policía Criminal, con sede en Lyon (Francia). Al-Rais obtuvo una mayoría de dos tercios en la tercera ronda de votaciones de los Estados miembros de la organización.

El cargo de director de Interpol, elegido para un mandato de cuatro años, es ciertamente honorífico. El titular conserva sus funciones en su país de origen. Sin embargo, esta elección es un escándalo que ya ha provocado una ola de protestas internacionales.

El historial del general en materia de terrorismo de Estado habla por sí solo: la ONG Gulf Centre for Human Rights (GCHR) le acusa de “torturas y barbarie” contra el opositor Ahmed Mansour, el disidente más conocido de Emiratos Árabes Unidos, un país donde están prohibidos los partidos políticos y los sindicatos.

Desde 2017, cuando fue detenido por “dañar la reputación del Estado”, el ingeniero de 51 años languidece en una celda, sin ningún contacto con el exterior. Una carta abierta en la que pedía reformas democráticas le valió una condena de 10 años de prisión, al final de una parodia de juicio organizado por un Estado terrorista cada vez más represivo. Durante los últimos cuatro años, el preso ha vivido sin radio, televisión o un libro. Duerme en el suelo sobre una simple manta. Todo ello está supervisado por el nuevo director de Interpol.

El jefe de los torturadores también está acusado de malos tratos por dos personas que tuvieron la mala suerte de ser encarceladas en Emiratos Árabes Unidos. El primero es un británico aficionado al fútbol, Ali Issa Ahmad, que en 2019 tuvo la mala idea de llevar una camiseta con la efigie de Qatar, el enemigo jurado de Emiratos, mientras estaba de vacaciones en Dubai, uno de los principados emiratíes.

Fue detenido y pasó varios días en una pesadilla. Tras su regreso a Reino Unido, describió las torturas en prisión, acuchillado y privado de sueño y comida durante su breve pero doloroso encarcelamiento. “Fui torturado directamente por” órden de Al Rais, afirmó Ali Issan Ahmad.

El investigador británico Matthew Hedges sufrió un destino similar. Detenido en mayo de 2018 en el aeropuerto de Dubai, el estudiante de doctorado que acababa de pasar dos semanas en el principado fue acusado de espiar para Reino Unido. Condenado a cadena perpetua, pasó seis meses detenido antes de ser deportado por la presión británica. El trato que recibió en la cárcel es comparable, sin la tortura de los cuchillos, al de su compañero aficionado al fútbol: privación del sueño, sin acceso a un médico, condiciones de detención deplorables, etc. Todo ello por orden del Inspector General de la Policía Ahmed Naser Al-Rais.

“Estamos profundamente convencidos de que la elección del general Al-Raisi perjudicaría la misión y la reputación de Interpol y afectaría gravemente a la capacidad de la organización para llevar a cabo su misión con eficacia”, escribieron a mediados de noviembre tres eurodiputados, entre ellos Marie Arena, presidenta de la Subcomisión de Derechos Humanos del Parlamento Europeo, a la Presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen.

Esta petición no ha sido atendida, mientras que la reputación de Emiratos Árabes Unidos es cada vez peor. Los jeques están implicados en varios escándalos de escuchas telefónicas y piratería informática, y el general Al-Rais ha creado un sistema pionero de vigilancia y reconocimiento facial. Emiratos Árabes Unidos es un país sospechoso de haber pirateado el teléfono del emir de Qatar y de haber utilizado el programa Pegasus para espiar los teléfonos móviles.

El nuevo jefe de Interpol es, de hecho, una imagen perfecta de su país: cruel, cínico y criminal.

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