Juan Manuel Olarieta
La lucha del proletariado por la democracia en la etapa imperialista
Si en el siglo XIX el proletariado luchó por la democracia, cuando la burguesía estaba interesada en eso mismo, con más razón debía seguir luchando por dicho objetivo cuando la burguesía le volvió la espalda, una situación que se produjo con la entrada del capitalismo en su fase última, el imperialismo, que Lenin caracterizó por la tendencia a la reacción «en toda línea», «a la dominación y no a la libertad» (23). Como explicó luego en los prólogos a su obra «El imperialismo fase superior del capitalismo», Lenin tuvo que expresarse en un lenguaje «servil» a causa de la censura zarista, lo que le obligó a centrarse en los aspectos teóricos y económicos del imperialismo, formulando las «indispensables y poco numerosas observaciones de carácter político con una extraordinaria prudencia».
Tras la muerte de Lenin el movimiento comunista internacional tuvo que continuar el análisis en el punto en el que lo dejó, en el terreno político: ¿que consecuencias políticas tuvo la transición del capitalismo a su fase superior? La respuesta a esta pregunta la dio la Internacional Comunista sin necesidad de recurrir al lenguaje «servil» ni a la «prudencia» de Lenin gracias a la Revolución de 1917, definiendo como fascismo aquella tendencia política hacia la reacción propia de la época imperialista de la que había hablado Lenin. ¿Qué es el fascismo para el movimiento comunista internacional? En 1928, cuando en Berlín aún los nazis no estaban en el gobierno, Dimitrov respondió: «Hemos de darnos perfectamente cuenta que el fascismo no es un fenómeno local, temporal o transitorio, sino que representa un sistema de dominación de clase de la burguesía capitalista y de su dictadura en la época del imperialismo y de la revolución social» (24). El fascismo, dice Dimitrov, «no es un simple cambio de un gobierno burgués por otro, sino la sustitución de una forma estatal de la dominación de clase de la burguesía» (25). No cabe duda de que el fascismo supone bastantes más cosas, pero por ahora bastará con dejar éstas apuntadas.
La concepción comunista sobre el fascismo es la única que responde de manera precisa a su naturaleza de clase como régimen político y, desde luego, está en abierta contradicción con la que viene difundiendo la burguesía, a saber, que el fascismo es cosa del pasado, de una determinada etapa a la que denominan «periodo de entreguerras» en Europa o a países y momentos concretos de Latinoamérica. Pero hay que ser comprensivos con esas limitaciones propias de tal clase social: cuando la burguesía habla del fascismo, habla acerca de sí misma, de su forma de dominación, y cuando se mira al espejo no le gusta lo que ve; entonces vuelve a recurrir al maquillaje, a los enjuagues y disfraces. Para ella se trataría de un régimen político de excepción, es decir, una «dictadura» en el sentido clásico de la palabra que antes ha quedado expuesto, lo cual da lugar a una concepción de la historia como si de un guante reversible se tratara: los países pasan de la democracia al fascismo pero luego retornan a su «auténtico estado», que es siempre la democracia. Cuando el guante se vuelve del revés el «auténtico estado» de la democracia es la masacre, los desaparecidos, los exiliados y los torturados. Luego es tarea de los periodistas e historiadores borrar estos asuntos desagradables de la memoria histórica, como si nada hubiera pasado.
Sin embargo, para los marxistas la historia es sustancialmente irreversible. El fascismo no es, pues, el pasado sino el futuro del capitalismo. De la tendencia del imperialismo a la reacción deriva una pregunta obvia: cualquiera que sea la caracterización del régimen político de un país capitalista, en el futuro los comunistas ¿deben esperar que se amplíe el círculo de las libertades y los derechos democráticos o, por el contrario, deben adoptar todas las medidas necesarias para hacer frente a la represión, a la ilegalidad y a la clandestinidad? Dado que la represión fascista no se limita a los comunistas sino que empieza por ellos, como dice el conocido poema de Bertold Brecht, ¿no deberán poner en el primer plano de su programa la lucha por la libertad y la democracia?, ¿no deberán alertar de ello a las masas a fin de que estén prevenidas?
En su informe al VII Congreso de la Internacional Comunista, Dimitrov criticó los complejos de los comunistas polacos a la hora de reivindicar la democracia «de un modo positivo» para no despertar «ilusiones democráticas». Hoy ese complejo sigue existiendo, lo que favorece extraordinariamente el proceso de fascistización en muchos países europeos, donde los semirrevolucionarios no saben apreciar la importancia de la libertad. Les sabe a poco, seguramente porque la burguesía les concede todas las facilidades imaginables que a los comunistas les niega. Por eso ellos olvidan que Dimitrov exigía defender «palmo a palmo las condiciones democráticas arrancadas por la clase obrera en años de lucha tenaz» (26).
Como cualquier otro régimen político, el fascismo hay que analizarlo en concreto, según la historia de cada país. Como dijo Dimitrov, en cada uno de ellos el fascismo adopta variedades nacionales que los comunistas tienen que tomar en cuenta a la hora de confeccionar su programa político. En particular, si en los países más avanzados en los que triunfó la revolución burguesa el fascismo es un futuro cercano y amenazador, en aquellos otros en los que dicho proceso no se cumplimentó, el futuro se aferra al pasado y el fascismo enlaza directamente con las más negras tradiciones feudales autóctonas. Ese retorno al pasado, esa mezcla de un pasado de pesadilla con una modernidad siniestra ha sido otra fuente de paradojas y discusiones políticas dentro del movimiento comunista en muchos países. España es uno de los casos típicos, porque los 80 años de fascismo heredan a los 400 de Inquisición y no es fácil averiguar dónde acaba una y empieza el otro.
Notas:
(23) Lenin, El imperialismo fase superior del capitalismo, Obras Escogidas, tomo I, pgs.772 y 781.
(24) Dimitrov, Acerca de las medidas de lucha contra el fascismo y los sindicatos amarillos, Obras Escogidas, tomo I, pg.425.
(25) Dimitrov, La ofensiva del fascismo y las tareas de la Internacional en la lucha por la unidad de la clase obrera contra el fascismo, Obras Escogidas, tomo I, pg.581.
(26) Dimitrov, La ofensiva del fascismo, cit., pg.676.
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nadie en este país que no se haya apercibido, que no
sienta, la extrema agravación de la crisis política que padece el régimen. Uno de sus destacados plumíferos se lamentaba en estos términos no
hace mucho: «Como si Marx tuviera razón, el
desbarajuste en la infraestructura económica está provocando un descontrol creciente en la superestructura política».
las ataduras. Todas las instituciones del Estado, desde la monarquía hasta los sindicatos oficiales, no es que estén desprestigiadas, es que son el blanco de la ira popular. Los
llamados poderes públicos, el ejecutivo, el legislativo y
el judicial, andan hechos unos zorros. El gobierno de Rajoy, que no asoma más que para anunciar más explotación y más miseria, se ha ganado la inquina hasta de quienes le votaron.
«El Parlamento de la nación» y los que se dicen
«representantes del pueblo» tienen que ser defendidos por un ejército de antidisturbios, so pena de ser linchados. Las altas
instancias judiciales, andan a la greña: La
Audiencia Nacional contra el Supremo y éste contra el
Constitucional y todos ellos señalados por el Tribunal de Estrasburgo
(nada sospechoso de izquierdismo) como prevaricadores. Los presidentes de los
gobiernos autónomos ni aparecer pueden en acto público alguno sin que sean abucheados y sin que trabajadores o
estudiantes les prometan que «nuestros recortes serán a la guillotina» o «debajo de la nuez», según los casos.
creciente se le han venido a unir ahora, como era de esperar, las
reivindicaciones de las burguesías catalana y vasca. El «Estado de
las Autonomías», ideado para diluir en él las legítimas aspiraciones de los pueblos de Galicia, Cataluña y el País Vasco, se está viniendo abajo: en cuanto las cajas se han vaciado, los reinos de
taifas ya no convienen a quienes durante décadas se han
enriquecido metiendo la mano en ellas.
nacionales, especialmente la catalana. Sabe que, aprovechando la enorme
debilidad del régimen, puede ponerle contra las cuerdas y
conseguir un «concierto económico» mucho más favorable para ella. Y para lograrlo no ha dudado en atizar el fuego
del independentismo y utilizarlo como moneda de cambio en sus negociaciones con
Madrid.
de la burguesía catalana no va a renunciar, al menos
por ahora, a la «unidad de mercado» que para ella representa España (no es casual que el presidente de la gran patronal española sea catalán), lo que sí hará es amagar con exigir la independencia y al tiempo intentar que el
odio de la clase obrera y del resto de los trabajadores hacia sus explotadores
y opresores vaya dirigido únicamente contra el gobierno de Madrid e
incluso contra los «españoles» en general. Pero en algo le
han fallado las cuentas a su actual representante, el Sr. Mas. Creía que, tras su entrevista con Rajoy, sería recibido en
Barcelona en olor de multitudes. Sin embargo quienes le recibieron fueron los
trabajadores en huelga de los transportes, quienes no le obsequiaron
precisamente con pétalos de rosa. El detalle tiene su
importancia porque ha sido la burguesía catalana,
de la mano de CiU y codo a codo con el PP, la primera en desmantelar los
servicios públicos, en exigir (y seguramente redactar) una reforma laboral que ha
liquidado lo que quedaba de derechos laborales, ha impuesto leoninas
condiciones de contratación a la clase obrera de todo el Estado
español, etc. etc. Y eso lo tienen muy presente los obreros catalanes. Tal
como ha sucedido otras veces en la historia de España, es muy
posible que la lucha revolucionaria del proletariado confluya con la del
movimiento nacional, lo cual redundaría a favor de
la clase obrera de todo el Estado.
perspectiva no cabe más que oponerles una tenaz resistencia,
organizando y uniendo la fuerza de la clase obrera de todo el Estado, con
el objetivo de derribar el Estado monopolista y fascista español.
Juan Manuel Olarieta
La democracia burguesa como etapa intermedia
El materialismo histórico es el pensamiento científico más avanzado que existe para analizar la evolución de las sociedades a lo largo del tiempo. Se forjó tomando en consideración a los países europeos más adelantados de mediados del siglo XIX y los instrumentos científicos más desarrollados que Marx y Engels pudieron encontrar, por una razón que es importante tener en cuenta: porque históricamente los países avanzan en la dirección que marcan los más adelantados. Por lo tanto, al desentrañar la naturaleza de los países más avanzados del momento, Marx y Engels desentrañaron la naturaleza del capitalismo como tal.
Si tomamos a Francia como referencia, a partir de 1798 la burguesía ya tenía su propio Estado, es decir, había creado un Estado a su imagen y semejanza y se disponía a utilizarlo en provecho propio, o lo que es lo mismo, para el desarrollo del capitalismo, de la explotación y la extracción de plusvalía a gran escala. En toda Europa la burguesía pretendía hacer lo mismo que en Francia.
Pero Francia es el modelo tanto como la excepción. El debate recursivo sobre la democracia burguesa no se plantea con los países que Marx y Engels tomaron como referencia para la elaboración de sus categorías científicas; apenas se discute el capitalismo en Inglaterra o la democracia en Francia. La controversia empieza a partir de ahí con los demás países, cuando el capitalismo convive con el feudalismo o la democracia con el absolutismo. Entonces las referencias se convierten en excepciones y algunos buscan coincidencias que jamás se van a reproducir en la misma forma. En la historia no hay dos asaltos a la Bastilla ni al Palacio de Invierno.
Los agotadores debates sobre la «democracia burguesa» olvidan que se trata de una categoría histórica. Por eso abundan las recetas estereotipadas y se echa de menos el «análisis concreto de la situación concreta». Normalmente lo concreto es que el país en cuestión está atrasado con respecto a los que eran avanzadilla política en aquella época, especialmente Francia, que ya era un país capitalista antes de 1789. No se puede proceder a una extrapolación mecánica del proceso, es decir, a pretender explicar un fenómeno local complejo mediante los conceptos elaborados para un prototipo de excepción, como Francia, porque entonces se producen todo tipo de paradojas.
En los países en los cuales la revolución burguesa no se había producido o no había alcanzado las cotas de Francia, que eran la mayoría de los europeos, la burguesía tuvo que adaptarse a una situación ambigua, vacilante entre la aristocracia feudal y el proletariado. La «revolución democrático burguesa» es una etapa de la historia que expresa de manera muy concreta la penetración del capitalismo en cada país, la manera en que se articula el nuevo Estado burgués, la línea de la vanguardia del proletariado a ese respecto y la necesidad de acumular fuezas revolucionarias.
Lo que algunos partidos comunistas pretendieron con la reivindicación de la «democracia burguesa» era justamente eso, desarrollar el capitalismo, lo que da la vuelta al programa politico originario de la burguesía: para el proletariado la revolución democrática no era la culminación del proceso sino el principio del mismo, no un punto de llegada sino un punto de partida. El proletariado, escribieron Marx y Engels, acepta la revolución burguesa «como una condición de la revolución obrera. Pero ni por un instante pueden mirarla como el objetivo final» (19). De ahí que las organizaciones comunistas hayan propuesto dos programas políticos, uno mínimo, correspondiente a la revolución burguesa, y otro máximo, correspondiente a la revolución proletaria.
A partir de ahí se comprenden otras propuestas del comunismo, como que en un país pueden existir prioridades antes que la construcción del socialismo y que las mismas pueden ser tan trascendentes que requieran de toda una etapa previa o intermedia. En el materialismo histórico tan importante como el concepto de «modo de producción» es el de transición de uno a otro (20), esos momentos grises e «impuros» de la historia en los que el pasado no aparece nítidamente separado del futuro. Si, además, esos momentos se prolongan en el tiempo, si un país no se acuesta feudal y se levanta capitalista, el despiste suele ser monumental. Del mismo modo, el socialismo no «surge» de la noche a la mañana, como los champiñones después del aguacero, sino que se construye, y cualquier albañil sabe que para construir no basta poner un ladrillo encima de otro sino que hacen falta planos, andamios y hormigoneras, entre otras muchas cosas.
Otro aspecto fácil de entender es que no tiene sentido propugnar la «democracia burguesa» cuando el capitalismo ya está desarrollado, es decir, cuando está en su fase monopolista. Ahora bien, ¿significa eso que no tiene ya sentido luchar por la democracia?, ¿o más bien significa que hay que seguir luchando por una democracia que no esté lastrada las limitaciones que la burguesía ha mostrado a lo largo de la historia? ¿existe una democracia que va más allá del programa político de la burguesía?
La respuesta es afirmativa. Una vez que el proletariado maduró, formó sus propias organizaciones políticas y adquirió la suficiente experiencia, avanzó un paso más en la batalla por la democracia, que fue el que correspondió dar a Lenin: al proletariado le correspondía dirigir la lucha por la democracia llevando de la mano a la burguesía. Este sello característico del bolchevismo tampoco cambiaba la naturaleza de la situación: el proletariado seguía interesado en la democracia. En 1900 Lenin resumió la trayectoria del movimiento obrero y la tarea política «inmediata» de la socialdemocracia rusa, en el derrocamiento de la autocracia y la conquista de «la libertad política» (21). Al cabo de los años, en 1915, seguía defendiendo lo mismo: «La forma política de la sociedad en que triunfe el proletariado, derrocando a la burguesía, será la república democrática» (22).
Cuando el proletariado se pone a la cabeza de la lucha por la democracia aparece todo ese cúmulo de expresiones políticas propias del movimiento comunista internacional, como «democracia popular», «nueva democracia» y otras, que tampoco cambian sustancialmente la esencia del planteamiento: los comunistas están por la democracia y el transcurso del tiempo lo que viene demostrando es que son sus defensores más consecuentes.
Lenin insistió en que los programas mínimo y máximo no se oponen sino que se complementan y suceden a lo largo de la revolución proletaria. El programa mínimo significa que el proletariado empieza su lucha allá donde la burguesía no ha llegado ni llegará jamás. Ambos programas corresponden a otras tantas etapas de un proceso, más o menos dilatado en el tiempo. Que dichos programas no se contradicen lo demuestra también el hecho de que entre ambos es posible encontrar toda clase de situaciones intermedias que expresan (o deberían expresar) el grado de penetración del capitalismo en cada país y la correlación de fuerzas entre las clases sociales.
Por el contrario, los semirrevolucionarios consideran que ambos programas son contradictorios, crean ambigüedad y confusión. Ellos sólo quieren programas «puros», ideológicamente impecables. No entienden que una situación social de transición, que no es blanca ni negra, sino gris, exige un programa de transición. Hay semirrevolucionarios de todos los colores. Los de izquierdas se olvidan del programa mínimo porque propugnan un imposible histórico, a saber, que todos los problemas históricos que deja pendientes la burguesía, que son muchos y muy variados, se pueden resolver simultáneamente, en un instante. Los oportunistas de derechas sólo se acuerdan de uno, el programa mínimo, sólo tienen en cuenta la etapa previa y cuando la alcanzan se olvidan de pasar a la siguiente.
Notas:
(19) Marx y Engels: La sagrada familia, cit., pg.248.
(20) Lenin, Cuadernos filosóficos, Obras Completas, tomo 29, pgs.124-125.
(21) Lenin, Tareas urgentes de nuestro movimiento, Obras Escogidas, tomo I, pg.110.
(22) Lenin, La consigna de los Estados Unidos de Europa, Obras Escogidas, tomo I, pg.675.
Cuando la realidad cae por su propio peso y la gran mayoríade la población no dejamos de alarmarnos por datos como casi seis millones de
parados, un 22% de españoles viviendo bajo el umbral de riesgo de pobreza, el
40% de los hogares con dificultades para afrontar gastos imprevistos, 1’7
millones de familias con todos sus miembros en paro, o un paro juvenil que
supera el 54%, ahora, los sindicatos CCOO y UGT convocan una huelga general
para el 14 de noviembre respaldada por el PSOE, ocho meses después de la última
(la del 29-M). Cabe preguntarse si no ha habido ningún motivo en todo este
tiempo, entre una y otra huelga, para seguir ejerciendo más presión y paros en
la producción. Es lógico, también, cuando nos preguntamos si quizás los motivos
sean políticos y/o partidistas, dado que pese a la mala gestión del Gobierno
anterior sólo se le convocó una huelga general. Otra pregunta lógica que todo
el mundo nos hacemos, y quizá la más importante, es si estos sindicatos
volverán a vender a todos los trabajadores firmando pactos con el Gobierno de
turno después del parón de 24 horas que a todos nos animan a cumplir. Quizás,
la respuesta sea que su parón irrisorio y oportunista de 24 horas sirve sólo
para lavar la imagen de unos sindicatos y/o políticos frente a una sociedad
cada vez más condenada a la pobreza y la precariedad laboral. Por si fuese
poco, llaman a la huelga a los trabajadores aun sabiéndose que, gracias a sus
políticas de concertación y pacto social, ahora prácticamente se pueda hablar
de despido libre (o en el mejor de los casos de abaratamiento del mismo), de la
reducción al mínimo del poder de los convenios laborales, etc. En conclusión:
¿Qué garantías nos darán estos sindicatos mayoritarios para ir a la huelga de
24 horas? Quizás las mismas que dieron a tantas personas que ahora ocupan la
trágica cola del paro. Todo esto nos lleva a pensar que la solución no está en
parones de 24 horas para el lavado de imagen de algunos de los culpables, ni
tampoco está en que los sindicatos pidan pequeños parches o reformas en pro de
los trabajadores.
del 14-N, los C. R. P. hemos llegado a una serie de puntos en común:
1. La huelga general es una gran herramienta de lucha contra la Patronal y el
Estado, pero que los sindicatos amarillos prostituyen y hacen inocua.
2. Debe ser objetivo de los diversos movimientos y organizaciones de carácter
obrero lograr una huelga general como culminación de un proceso de luchas,
concienciación de clase y acumulación de fuerzas, haciendo de tal método algo
plenamente obrero, revolucionario e indefinido. Obrero porque la huelga general
debe ser convocada por los trabajadores y sus organizaciones verdaderamente
combativas, buscando una unidad de clase que garantice su éxito. Revolucionario
porque la huelga general debe valerse de la metodología de lucha que sea
necesaria en el momento en el que se desarrolle, sin el pacifismo pactado por
el verticalismo sindical, sin manifestaciones de índole festiva, sin
negociaciones en pro de intereses particulares y sin acatar los servicios
mínimos que desvirtúan la huelga general. Indefinido porque no se ha de marcar
un final que acote la huelga, sino que su duración debe ir en función de la
consecución de los objetivos político-económicos motivadores de la huelga,
manteniendo un pulso parando plenamente la producción hasta la victoria o
derrota (derrota que, cuando se da, suele llegar fruto de la represión,
traiciones o esquirolaje).
3. Apoyar el 14-N en los términos que plantean los sindicatos amarillos es
darles un balón de oxígeno a ellos y a sus partidos políticos (PSOE, PCE e IU),
pues pretenden sacar tajada una vez más de las desgracias del pueblo trabajador
para ganar enteros ante él. Fueron CCOO, UGT, PSOE y PCE la “parte izquierda”
necesaria para perpetuar y dar estabilidad al sistema que hoy nos tiene en tan
malas condiciones, haciéndose cómplices inseparables del mismo en multitud de
políticas destinadas a la subyugación de los obreros, tales como los Pactos de
la Moncloa o las reformas laborales.
4. Consideramos que el hecho de que los sindicatos verticales hayan convocado
para el 14-N una huelga general, va a provocar que buena parte consciente de la
clase obrera no secunde la convocatoria ante la desidia y el desprecio que se
siente hacia estos, por lo que no llamaremos esquiroles a quienes, de forma
crítica y razonada, no secunden su formato de huelga farsa, aunque por otro
lado, sí vayamos a encontrarnos los mismos esquiroles que nunca secundan nada,
ninguna huelga, ninguna lucha; no por clasificarla como farsa, sino por
puro conformismo, insolidaridad y los clásicos motivos de un esquirol
traidor.
5. CCOO y UGT no son sindicatos, son mafias
sindicales subvencionadas fuertemente por el Estado ante el que nunca serán
pujantes, son servidores de la clase dominante. Por ello, hay que decir
abiertamente que son nuestros enemigos. Hay que desenmascararles, enfrentarse a
ellos. No hablamos de que el conjunto de los afiliados a estos sindicatos
respondan al patrón de sus cúpulas, pues sabemos que hay gente honesta y
honrada en sus bases, verdaderos obreros a quienes también les corresponde
luchar contra las continuas puñaladas que desde estos sindicatos se han ido
dando a los trabajadores, por lo que llamamos a las bases de estos sindicatos a
abandonarlos, rebelándose así contra ellos y dando fuerza a un movimiento
obrero independiente y organizado, integrándose en otros sindicatos combativos
o creando asambleas en sus lugares de trabajo.
INDEFINIDA, POLÍTICA, DE CLASE Y COMBATIVA!
SINDICAL!
Juan Manuel Olarieta
¿En qué sentido es burguesa la democracia?
La tarea de los comunistas empieza justamente en el punto en el que la burguesía arroja la toalla, el punto más elevado, cuando empieza a renegar de sí misma, de sus fundamentos políticos. Cuando el proletariado reivindicó la democracia burguesa como tarea propia destacó la ineptitud política de la burguesía para remover los obstáculos que se oponían a ella. Por lo tanto, los comunistas siempre han estado interesados en la democracia, e incluso en la democracia burguesa. Con más razón aún cuando es la propia burguesía la que reniega de ella.
Ahora bien, en la lucha por la democracia no hay diferencias sustanciales entre los objetivos de la burguesía y el proletariado; no hay libertades y derechos «proletarios». El derecho de voto y el derecho de asociación política no cambian su naturaleza por que los reivindique para sí la clase obrera. Las organizaciones de clase asumieron como algo propio lo que procedía de la burguesía.
Las libertades y los derechos no son formalizaciones jurídicas sino una parte integrante de la lucha de clases. Al proletariado la burguesía no le regaló nada sino que tuvo que conquistar tanto el derecho al voto como el derecho de asociación sindical y política. No es tan difícil de entender: como escribieron Marx y Engels, quienes reivindican son quienes no tienen (16). El movimiento obrero reivindicó la democracia allá donde ésta nunca llegó, o tardó en implantarse, o lo hizo de manera limitada; el movimiento obrero disfrutó de aquellos derechos que fue capaz de defender en cada momento y en cada país. Los ganó si luchó por ellos y los perdió cuando dejó de hacerlo. Un dirigente del proletariado parisino como Blanqui, pasó la mayor parte de su vida en la cárcel; en 1847 la Liga de los Comunistas se tuvo que reunir en Londres porque estaba prohibida en Alemania; la I Internacional fue prohibida en España en 1871; poco después se dictaron las leyes contra los socialistas en Alemania; Marx, Engels y Lenin pasaron en el exilio la mayor parte de sus vidas… En fin, la historia de las revoluciones y de los revolucionarios son episodios repletos de clandestinidad, ilegalidad, fusilamientos, cárceles, torturas y persecución. En esas condiciones, ¿cómo es posible sostener que los revolucionarios no están interesados por la libertad? ¿No será más acertado decir que quien no está interesada por la libertad es la burguesía? Y si la burguesía no está interesada por la libertad, ¿no deberá interesarle al proletariado? Finalmente, ¿cómo es posible calificar de «burgués» a algo que no le interesa a la burguesía?
Es necesario volver a insistir: el proletariado lucha por la democracia y la libertad para sí mismo, para su clase, naturalmente, pero también para todos aquellos que carecen de ellas, para los sectores explotados, oprimidos, humillados y marginados por la sociedad capitalista. En la medida en que dicha sociedad está regida por una minoría en provecho de ella misma, genera esas lacras sociales, culturales y políticas. En ese contexto el programa democrático del proletariado se convierte en uno de los más poderosos instrumentos de acumulación de fuerzas, la palanca misma de la revolución. Dicho programa ha atraído atrae y seguirá atrayendo siempre, con una fuerza creciente, incluso a numerosos sectores de la propia burguesía. Este proceso constituye una ley de la historia porque «cada nueva clase instaura su dominación siempre sobre una base más extensa que la dominante con anterioridad a ella» (17). No existe otra consigna con mayor capacidad de legitimación política que la democracia. Por sí misma, justifica la revolución proletaria.
Como programa revolucionario la democracia trasciende, pues, al momento histórico en el que lo impulsó la burguesía. Cuando el proletariado instaure su dominación «sobre una base más extensa» que la burguesía, su régimen político no será nada distinto a la democracia sino su realización más plena. El «Manifiesto comunista» lo resume al proponer como «primer paso» de la revolución proletaria «la elevación del proletariado a clase dominante, la conquista de la democracia» (18). ¿Qué es, pues, la democracia? «La elevación del proletariado a clase dominante», responden Marx y Engels. ¿Y qué es la elevación del proletariado a clase dominante? La realización de la democracia.
Notas:
(16) Marx y Engels, Crítica del Programa de Gotha, Obras Escogidas, tomo II, pg.26.
(17) Marx y Engels, La ideología alemana, cit., pg.53.
(18) Marx y Engels, Manifiesto comunista, cit., tomo I, pg.42.
Juan Manuel Olarieta
Todo por la patria
El mérito histórico, realmente milenario, de la burguesía consistió en poner en primer plano a la democracia como régimen político y la revolución de 1848 representó el triunfo definitivo de la democracia como forma de gobierno en Europa central, sirviendo de ejemplo para el mundo entero.
No obstante, al llevar su programa a la práctica, la burguesía demostró que no era ella la clase capaz de conquistarla. La lucha de la burguesía por la democracia es, pues, la historia de una frustración; la teoría no tuvo su continuación en la práctica política. No es posible minimizar la importancia de este fracaso porque para la burguesía la democracia era una meta, un punto de llegada que nunca alcanzaría. Esta contradicción entre la teoría y la práctica condujo a la noción de «democracia burguesa» como la cota máxima a la que en cada país era capaz de llegar la burguesía en su lucha retórica en favor de la democracia. La «democracia burguesa» es, pues, una categoría histórica.
La burguesía no pudo cumplir cabalmente el programa político que ella mismo se había trazado, ni siquiera en los países más adelantados, por múltiples y diferentes motivos que Marx y Engels explicaron, en primer lugar, por su condición social minoritaria dentro de la sociedad capitalista: eso le impedía erigirse en representante de dicha sociedad. En 1895 en uno de sus últimos y más geniales escritos, Engels lo resumió de la siguiente manera:
«Hasta aquella fecha [1848] todas las revoluciones se habían reducido al derrocamiento y sustitución de una determinada dominación de clase por otra; pero todas las clases dominantes anteriores sólo eran pequeñas minorías, comparadas con la masa del pueblo dominada. Una minoría dominante era derribada, y otra minoría empuñaba en su lugar el timón del Estado y amoldaba a sus intereses las instituciones estatales. Este papel correspondía siempre al grupo minoritario capacitado para la dominación y llamado a ella por el estado del desarrollo económico y, precisamente por esto y sólo por esto, la mayoría dominada, o bien intervenía a favor de aquella en la revolución o aceptaba la revolución tranquilamente. Pero, prescindiendo del contenido concreto de cada caso, la forma común a todas estas revoluciones era la de ser revoluciones minoritarias. Aun cuado la mayoría cooperase a ellas, lo hacía -consciente o inconscientemente- al servicio de una minoría; pero esto, o simplemente la actitud pasiva, la no resistencia por parte de la mayoría, daba al grupo minoritario la apariencia de ser el representante de todo el pueblo» (12).
No es el burgués sino el proletario quien puede representar a la sociedad bajo el capitalismo. Por eso cuando reivindica el derecho de voto lo que exige es el sufragio «universal». Las libertades que quiere para sí las quiere también para todos aquellos privados de ellas: «Ya el ‘Manifiesto Comunista’ había proclamado la lucha por el sufragio universal, por la democracia, como una de las primeras y más importantes tareas del proletariado militante» (13).
Ahora bien, ese es un obstáculo puramente formal que atiende al derecho de representación exclusivamente, al derecho de elegir y ser elegido. Hay, además, un aspecto material: la burguesía habla en nombre de la nación («todo por la patria») pero, al mismo tiempo, desdobla lo público de lo privado (14) para poner al Estado a su servicio. Por ello, en el «Manifiesto comunista» Marx y Engels incorporan a su concepción de la democracia una noción olvidada que procede de Rousseau: no basta actuar en nombre de la mayoría sino que es necesario hacerlo «en provecho» de ella, teniendo en cuenta sus necesidades, o lo que es lo mismo: el socialismo.
No obstante, la burguesía obtuvo un diagnóstico distinto que encubría la frustración envolviéndola en el papel de celofán de sus rebuscadas elaboraciones jurídico-formales, es decir, en una abstracción nebulosa. No es que ella no pudiera sino que ninguna otra clase podría porque era un objetivo que no dependía de las clases sociales en liza. La democracia era un sueño o una aspiración irrealizable que, además, comprometía la situación de la burguesía en numerosos países en los que su correlación de fuerzas era débil frente a la aristocracia. La actuación independiente de la clase obrera en la revolución de 1848 le puso en el punto de mira de la burguesía; para ésta el proletariado pasó de aliado a enemigo, es decir, que la burguesía empezó a pensar en la lucha contra el proletariado buscando compromisos con la vieja aristocracia. En lugar de acercarse al proletariado era preferible arrojar la toalla, buscar compromisos y soluciones intermedias con los «enemigos de los enemigos».
A partir de entonces el formalismo jurídico condujo a otras ficciones: al desdoblar lo público de lo privado el Estado burgués aparece como neutral; el gobierno cambia pero el Estado sigue siendo el mismo. Es la errónea teoría del Estado como «aparato» o maquinaria. Bajo el mismo Estado (burgués) son posibles todas las formas de gobierno, todos los partidos, todos los programas, todas las creencias, etc. Por lo mismo, la burguesía cree haber edificado un Estado por encima de las clases sociales. El reformismo asume esa misma concepción para pregonar la posibilidad de «utilizar» el Estado burgués para llevar a cabo una política en provecho de la mayoría, lo cual simplifica las tareas del proletariado: si no es necesario construir un nuevo Estado, tampoco es necesario destruir el ya existente. Cuando Engels explicó el interés que tenía el proletariado en conquistar la democracia dijo todo lo contrario: «Las instituciones estatales en las que se organiza la dominación de la burguesía ofrecen nuevas posibilidades a la clase obrera para luchar contra estas mismas instituciones», lo que dio lugar a que la burguesía temiese «mucho más la actuación legal que la actuación ilegal del partido obrero» (15).
Notas:
(12) Engels, Introducción a «Las luchas de clases en Francia», Obras Escogidas, tomo I, pgs.117-118.
(13) Engels, Introducción, cit., tomo I, pg.124.
(14) Marx y Engels, La ideología alemana, Montevideo, 1959, pg.35.
(15) Engels, Introducción, cit., tomo I, pg.125.
Juan Manuel Olarieta
La democracia en el pensamiento político burgués
Dejando ahora aparte el concepto de dictadura, la teoría de las tres formas de gobierno experimenta un giro con la revolución burguesa y, en particular, con el desarrollo del pensamiento político de sus representantes más avanzados: Rousseau y Payne. Es cierto, no obstante, que hay otras versiones del pensamiento burgués, como Montesquieu, que no se pueden equiparar a las anteriores ya que, en cierta medida, continúan las tradiciones anteriores, pero como aquí lo que pretendemos es esclarecer las posiciones del marxismo-leninismo al respecto, podemos prescindir de ellas, si bien no es posible descuidar que, frente a las posiciones más avanzadas, las otras están más arraigadas en la ideología burguesa y, por consiguiente, también en la sociedad actual. Ahora bien, Marx y Engels nunca se posicionan en esta línea para iniciar su propia teoría política, sino precisamente en la de los pensadores más avanzados.
El componente político fundamental de los pensadores burgueses más avanzados de 1800 es la introducción de la democracia como forma de gobierno, es decir, la democracia como consigna y como programa político de vanguardia cuyo prototipo más conocido es la Revolución Francesa, aunque se pueden poner otros ejemplos tan buenos o mejores, como la americana, que además son anteriores. No obstante, la Revolución Francesa, como tantos otros procesos revolucionarios, no se inicia en 1789 de una manera ejemplar, es decir, democrática sino que avanza empujada por las propias fuerzas que se oponían a ella hasta alcanzar la República muy pocos años después. Lo que la burguesía empezó de una forma conciliadora, salvando a la monarquía, acabó con la cabeza del rey en la guillotina. La democracia empieza con la República. Para decirlo más claramente: la democracia empieza con el terror, con Robespierre, Saint-Just y los demás, un proceso que culmina Napoleón, quien «practicó el terrorismo, reemplazando la revolución permanente por la guerra permanente» (8).
El terrorismo burgués es la cuna de los derechos humanos; la dictadura burguesa alumbra la democracia burguesa. Luego la burguesía se avergonzó de sí misma, renegó de sus fundamentos como si ella, y no la aristocracia, hubiera sido la responsable del terror; como ha hecho en otras ocasiones, se puso a lamer sus heridas tratando de reescribir la historia y maquillar los acontecimientos para ocultar lo obvio, a saber, que cualquier progreso histórico llega en medio de un baño de sangre. La burguesía intentó una transición pacífica que sus enemigos de clase trataron de impedir por los medios más brutales que tuvieron a su alcance.
Para luchar contra la reacción y alcanzar «sus propios fines políticos», la burguesía tuvo que poner en movimiento al proletariado, abriendo una etapa en la cual el proletariado no combate «contra sus propios enemigos, sino contra los enemigos de sus enemigos» (9). Hasta 1848 la burguesía llevó de la mano al proletariado y todas las formas políticas de expresión de éste son burguesas. El proletariado no era entonces una fuerza política independiente sino que prestaba o sumaba su fuerza a la de los elementos más avanzados de la burguesía, que son los republicanos, cuya consigna más importante es el sufragio universal, el símbolo mismo de la democracia, que representa el derecho de todos a votar y, por lo tanto, a decidir y a participar en las decisiones políticas.
En aquella época el voto era censitario, es decir, sólo tenían derecho a votar quienes pagaban impuestos, o sea, la burguesía. La conquista del derecho de voto por el proletariado, el sufragio universal, era un elemento fundamental para el desarrollo de su conciencia de clase, es decir, para la conversión del proletariado en una fuerza política independiente de la burguesía y la creación de partidos de clase. La burguesía crea, «a pesar de ella», las condiciones «más favorables para la unión de la clase obrera; y la unión de los obreros es la primera condición de la victoria de éstos. Los obreros saben que no se puede llegar a suprimir los modos burgueses de la propiedad manteniendo los modos feudales. Saben que el movimiento revolucionario de la burguesía contra las castas feudales y la monarquía absoluta no puede sino acelerar su propio movimiento revolucionario. Saben que su propia lucha contra la burguesía no podrá estallar más que el día en que la burguesía haya logrado triunfar» (10).
Marx y Engels lo explicaron con los conceptos de «clase en sí» y «clase para sí» (11). Como dice el «Manifiesto comunista», toda lucha de clases es una lucha política y en ella el proletariado se organiza como tal clase en un partido de vanguardia, lo que en el terreno jurídico formal se expresa en el derecho de asociación política. El vínculo entre los aspectos sindicales («clase en sí») y políticos («clase para sí») de la lucha obrera quedó sellado cuando los primeros partidos estrictamente proletarios adoptaron el nombre de «socialdemócratas».
Notas:
(8) Marx y Engels, La Sagrada familia, Madrid, 1981, pg.141.
(9) Marx y Engels, Manifiesto comunista, cit., pg.30.
(10) Marx y Engels, La sagrada familia, cit., pg.247.
(11) Marx, Miseria de la filosofía, Madrid, 1974, pg.257.
‘Las formas de dominación del Estado burgués’ es un artículo de Juan Manuel Olarieta sobre un tema que tanta confusión ha generado en el movimiento comunista del Estado español: la distinción entre la democracia (burguesa) y el fascismo.
El texto consta de 11 partes que hemos publicado en esta página y que quedan recogidas en esta entrada:
Primera parte
Segunda parte
Tercera parte
Cuarta parte
Quinta parte
Sexta parte
Séptima parte
Octava parte
Novena parte
Décima parte
Undécima parte (y última)
Juan Manuel Olarieta
2.300 años de pensamiento político arrojados a la basura
El recordatorio de los conceptos fundamentales del materialismo histórico es también imprescindible porque a partir de 1945 y durante la guerra fría el imperialismo estadounidense lleva a cabo un nuevo replanteamiento ideológico, y para impulsarlo pone en marcha un dispositivo académico que, finalmente, ha logrado su propósito sobre dos ejes fundamentales que desde entonces forman parte de la ideología dominante: la contraposición de los conceptos de «democracia» y «dictadura» y la creación de tres tipos de regímenes políticos (totalitario, autoritario y democrático). Esta verborrea ideológica no tiene nada que ver con el materialismo histórico y por eso se pueden leer artículos, como «Sobre la dictadura democrática popular» de Mao (4), que a la burguesía actual y a sus universitarios le deben resultar incomprensibles. ¿Cómo es posible que un régimen político sea una dictadura y una democracia simultáneamente?
La nueva teoría política del imperialismo estadounidense contradice la historia milenaria del pensamiento político occidental, que es el que tuvieron en cuenta Marx, Engels y Lenin en el momento de elaborar los conceptos fundamentales del materialismo histórico. Por lo tanto, se opone al materialismo histórico mismo. Desde los tiempos de Plotino, es decir, desde la Grecia clásica, hace la friolera de unos 2.300 años, en la tradición de la ciencia política que llega hasta 1945 se diferenciaban tres tipos de regímenes políticos: la monarquía (gobierno de uno), la oligarquía (gobierno de una élite) y democracia (gobierno de la mayoría). Se trata de definiciones políticas cuantitativas (minoría, mayoría) de trascendental importancia en obras de Marx y Engels como el «Manifiesto comunista», en donde destacaron que hasta la fecha, es decir, hasta mediados del siglo XIX, todos los movimientos habían sido «realizados por minorías o en provecho de minorías», mientras que el movimiento obrero lo era de la «inmensa mayoría» y «en provecho» de ella (5).
Hasta la revolución burguesa, es decir, hasta 1800 aproximadamente, en esa clasificación tripartita había otro elemento común de acuerdo en el pensamiento político occidental: que la democracia era una forma de gobierno repudiable, por lo que sólo las otras dos eran realmente válidas. Aquel rechazo hacia la democracia demostraba la naturaleza de clase del Estado porque, como escribió Marx, la democracia pone los primeros cimientos de la disolución del Estado, de cualquier tipo de Estado (6), lo mismo que el proletariado está en la raíz de la disolución de las clases sociales (7).
En ese escenario ideológico está ausente el otro concepto político básico, el de dictadura, que elabora posteriormente el derecho público romano. Dicha ausencia se debe a que la dictadura nunca se concibió como una forma de gobierno como las otras sino con un carácter transitorio. Como consecuencia de una perturbación del funcionamiento habitual del sistema político, se otorgaban poderes excepcionales a un mando, normalmente militar, para restablecer la situación al estado normal anterior. Una dictadura no cambiaba la naturaleza política del Estado, sino todo lo contrario: se decretaba para restablecer una situación previa que se había visto alterada.
Durante la revolución burguesa en Inglaterra la dictadura se reconvierte en «ley marcial» que en otros países adopta la forma de «estado de sitio» o «estado de excepción» durante los cuales los mandos militares asumen poderes extraordinarios para adoptar cuantas medidas estimen necesarias para «restablecer el orden», pudiendo violar la ley, matar y confiscar sin estar sometidos a ningún tipo de responsabilidad por ello. En España el ejemplo más característicos fueron dos leyes de 1821 que jamás fueron derogadas, por las cuales los gobernadores militares asumían la dirección de las instituciones civiles del Estado en su región, lo cual anunciaban mediante los llamados «bandos militares», es decir, por propia decisión.
Notas:
(4) Mao, Sobre la dictadura democrático popular, Obras Escogidas, tomo IV, pg.425 y stes.
(5) Marx y Engels, Manifiesto Comunista, Obras Escogidas, tomo I, pg.33.
(6) Marx, Las luchas de clases en Francia, Obras Escogidas, tomo I, pg.229.
(7) Marx, Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, cit., pg.115.