Transición ecológica = economía de guerra

La ‘Barborka’ desfila delante de los pozos mineros
La congresista estadounidense Alexandria Ocasio-Cortez afirma en un mensaje que publica en su perfil de Twitter que la lucha contra el cambio climático va a requerir una movilización semejante a la de la Segunda Guerra Mundial (*).

La llamada “transición ecológica” no es otra cosa, pues, que la imposición de una economía de guerra, cuyo objetivo es que el puñado de países que hoy dominan los mercados internacionales, sigan en la misma posición y, por lo tanto, que haya países destinados a quedar subordinados a los anteriores.

Polonia es un ejemplo de ello. Las minas de carbón, la mayor parte de ellas situadas en el sur, en Silesia, son desde siempre el núcleo de su sistema económico, de su industria y sus exportaciones. Lo poco que le queda a Polonia son sus minas de carbón.

El 92 por ciento de la electricidad procede de este combustible, un porcentaje que en 1990 era el 98 por ciento. En Polonia la tasa de paro es del 15 por ciento pero en la zona minera de Silesia ronda el 5 por ciento.

Tras los años de socialismo, los mineros son trabajadores muy reconocidos. Cada año desfilan el 4 de diciembre con sus uniformes abotonados y sus penachos de plumas. Es la “Barborka”, una fiesta popular en la que los más altos dignatarios del Estado y de los partidos nunca faltan.

En Silesia las escuelas aún enseñan los oficios de la mina, pero por poco tiempo. El orgullo de clase de 110.000 mineros está a punto de desaparecer con las minas y las subvenciones de la Unión Europea. Ha llegado la economía de guerra, o sea, la transición ecológica.

El gobierno de Varsovia se ha venido oponiendo al cierre de los pozos, pero es sólo para sacar una suculenta tajada de Bruselas: 900.000 millones de euros. Es una subasta en toda regla, donde los mineros no pintan nada. La Comisión Europea está dispuesta a pagar 5.000 millones para “ayudar” a Polonia en su “transición ecológica”.

Acostumbrados a sostener el pulso industrial de todo un país sobre sus espaldas, en Silesia los mineros acabarán formando legiones de jubilados prematuros. Los barrios de Katowize y sus alrededores se verán degradados por el abandono. Los hijos vivirán de las pensiones de los padres y en las viviendas de los padres, sin ningún futuro a la vista.

Hablamos de medio millón de familias mineras, sin contar los empleos indirectos, que al principio quizá crean que una pensión es “para siempre”. Los jubilados franceses también creyeron lo mismo, hasta que Macron les sacó de su estupor.

Ahora Polonia exporta el 15 por ciento del carbón; en el futuro tendrá que importar la electricidad que consumen. Con el dinero que le saquen a Bruselas, el gobierno polaco dice que va a construir seis centrales de energía nuclear dentro de 20 años, pero es difícil decir si el dinero llegará para tanto.

En cualquier caso, Polonia seguirá por la ruta que emprendió en 1989, el camino del servilismo hacia sus amos, que son la OTAN y la Unión Europea.

“No hay un plan B”, gritan los ecologistas. Los países, como Polonia, que hayan basado su desarrollo en técnicas obsoletas (“sucias”) serán castigados y sometidos a sanciones. Es un colonialismo de nuevo cuño. Los ecologistas bloquearán la importanción de mercancías fabricadas con energías “sucias” y, finalmente, serán obligados a cerrar industrias completas, obtendrán subvenciones por ello, créditos “blancos” y “ayudas” económicas, es decir, serán reducidos a la condición de Estados mendicantes.

Será un subdesarrollo subvencionado… mientras les dure.

(*) https://twitter.com/AOC/status/1213978914709786625

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