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Los narcos del cartel de Guadalajara son uno de los tentáculos de la CIA

El lunes la Marina mexicana anunció la detención del narco Rafael Caro Quintero, dirigente del cártel de Guadalajara. Los medios de comunicación presentaron la noticia a la manera habitual, como uno de esos “golpes” al tráfico de drogas.

La CNN recuerda que ordenó el secuestro, tortura y asesinato del agente de la DEA Enrique “Kiki” Camarena en 1985 y que tiene un orden de extradición a Estados Unidos (1). En fin, parece un capítulo más de la “guerra contra las drogas” que, como todas las demás, encabeza Estados Unidos.

En 1985 el asesinato de Camarena creó una grand tensión entre México y Estados Unidos porque, según Reagan, el gobierno mexicano encubría a los asesinos, lo que llevó al cierre de la frontera.

Ante las presiones, México detuvo a Caro Quintero y le condenó a 40 años de prisión por el asesinato, aunque le liberó en 2013. En aquel momento la cadena estadounidense Fox y la revista mexicana Proceso destaparon el asunto: Caro Quintero era un pistolero a sueldo de la CIA, además de narco, y asesinó a Camarena por encargo de sus jefes. En otras palabras, fue la CIA quien mató al agente de la DEA.

En 1985 Camarena fue uno de los primeros en descubrir el plan de la CIA para financiar a los contras nicaragüenses con dinero procedente del narcotráfico, es decir, la conexión Irán-Contra. Es más, según cuenta un antiguo agente de la DEA, Héctor Berrellez, “la CIA ordenó la captura y tortura de Kiki Camarena, y cuando lo mataron nos hicieron creer que había sido Caro Quintero para encubrir sus actividades ilegales [de la CIA] en México”.

Berrellez también afirma que agentes de la CIA estuvieron presentes durante la tortura de Camarena, que duró más de 30 horas (2).

Phil Jordan, que dirigió del Centro de Inteligencia de El Paso, aseguró a los medios que “la CIA estaba involucrada en el movimiento de drogas desde Sudamérica a México y a Estados Unidos”.

En el secuestro, tortura y asesinato de Camarena participó el narcotraficante hondureño Ramón Matta Ballesteros y su empresa SETCO, que trabajaba para la CIA y el Departamento de Estado, según un informe del Congreso de 1988. El informe afirma que las agencias de inteligencia estadounidenses tenían conocimiento del papel de SETCO en el tráfico de drogas.

Un año después del asesinato de Camarena y de que Matta Ballesteros fuese procesado por intervenir en el crimen, el Departamento de Estado pagó 185.924 dólares a SETCO. Los pagos se hicieron entre enero y agosto de 1986.

Tosh Plumlee, uno de los pilotos que utilizaba la CIA, afirmó públicamente que las operaciones de tráfico de drogas y armas “fueron aprobadas por el gobierno federal, controladas desde el Pentágono. La CIA actuó en algunos casos como nuestro equipo de apoyo logístico”.

Por su parte, Berrellez sostuvo que “el piloto que llevó a Caro Quintero a Costa Rica [para ayudarle a escapar tras el asesinato de Camarena] era un empleado contratado” por la CIA.

En el mundo no se mueve ni un gramo de cualquier droga sin el aval de la CIA.

(1) https://cnnespanol.cnn.com/2022/07/18/quien-es-rafael-caro-quintero-orix/
(2) http://internacional.elpais.com/internacional/2013/10/15/actualidad/1381793663_393256.html

Los talibanes declaran a Afganistán un territorio libre de drogas

El martes, en la primera conferencia de prensa tras la captura de Kabul, el portavoz talibán condenó la censura de Facebook y anunció que el Emirato Islámico de Afganistán será ahora un país libre de drogas.

Zabihullah Mujahid dijo que toda la producción de opio y heroína, dirigida por el ejército estadounidense durante las últimas dos décadas, terminará y el país volverá a ser un país libre de drogas como lo era antes de la invasión estadounidense.

“Habíamos dejado la producción de medicamentos en 2001. Esto es algo que haremos. Afganistán estará ahora libre de drogas”, dijo.

“Necesitamos cultivos alternativos y esperamos acabar con esta lacra”, continuó, señalando que acogería con agrado la ayuda internacional para desarrollar un nuevo modelo agrícola para el país.

En la primera conferencia de prensa de los talibanes, Mujahid también prometió la paz en el país y garantizó todos los derechos bajo la shariah.

Durante la ocupación militar, las tropas estadounidenses se encargaron de proteger los campos de opio, lo que causó una gran controversia entre los talibanes, estrictamente religiosos, así como entre los occidentales, que vieron las calles inundadas de heroína.

Estados Unidos y sus aliados ganaron miles de millones con la producción y venta de heroína durante los 19 años de ocupación de Afganistán. La mayoría de los distribuidores vinculados a la CIA se han pasado al fentanilo chino, lo que significa que la reducción de sus beneficios por la pérdida de la Guerra de Afganistán será mínima.

Mientras tanto, el diario italiano Corriere Della Sera cuenta las cosas al revés: la guerra de Afganistán la han ganado los narcos; los talibanes están entre los narcotraficantes más poderosos del mundo (*).

(*) https://www.publico.es/politica/afganistan-no-ganado-islamismo-ganado-heroina.html

Traficantes de drogas con bata blanca y permiso para extender recetas legales: los médicos

Un nuevo documental de la HBO titulado “El crimen del siglo” indaga en empresas farmacéuticas, como Purdue, que recurrieron al soborno, la publicidad engañosa y las mordidas a los políticos para convertir a millones de personas en adictos a los analgésicos.

Nos hemos habituado a una clasificación arbitraria entre drogas, fármacos y alimentos que está vigente desde hace un siglo y no tiene otro fundamento que las decisiones políticas y económicas de Estados Unidos, que se extienden a todo el mundo.

Como cualquier cártel de narcos, las empresas farmacéuticas comercializan opiáceos altamente adictivos, aunque su actividad es legal, a diferencia de los otros, condenados a la ilegalidad.

Pero fumar un canuto de hashís no tiene más ni peores efectos secundarios que la inyección de una vacuna contra el coronavirus, ni que la ingesta de cualquier otro fármaco legal. No es fácil descubrir la diferencia entre un médico y un camello. Los narcotraficantes tampoco emplean métodos muy diferentes de las empresas farmacéuticas, como los sobornos o los enchufes políticos.

A lo largo de casi cuatro horas el documental de HBO pone al descubierto la devastadora sobreproducción de opioides en Estados Unidos y retrata a las empresas farmacéuticas y a los médicos que dispensan las recetas como parte de un cártel institucionalizado de camellos: narcotraficantes con bata blanca.

Las empresas farmacéuticas se han convertido en un riesgo importante para la salud pública. Inventan nuevas enfermedades para vender los medicamentos que las curan, un negocio que alcanza cotas elevadas cuando dichas enfermedades se califican como “crónicas”. Fabrican nuevos medicamentos cada vez más agresivos a medida que las patentes de los tratamientos antiguos expiran y sus beneficios se agotan.

La eficacia de los opioides para el tratamiento del dolor agudo y los cuidados paliativos es bien conocida, pero hasta hace no muchos años un dolor era sinónimo de algo temporal. Ahora los opioides se recetan de manera rutinaria, a largo plazo y a un número cada vez mayor de pacientes.

Ante las cámaras, un antiguo heroinómano cuenta que le utilizaron como conejillo de indias, recetándole una dosis diaria de pastillas equivalente a 200 dosis de heroína. En otro caso, a una mujer cuya familia dijo que llevaba una vida feliz y funcional sólo con paracetamol, se le recetaron altas dosis de una serie de opiáceos y relajantes musculares que la dejaban regularmente inconsciente. Un día, su marido la encontró muerta cerca de un teléfono con el que había intentado pedir ayuda.

La “epidemia de opioides” de Estados Unidos fue precedida de una campaña en la que los “expertos” afirmaban que la mayoría de los estadounidenses estaban “infratratados”. La epidemia de dolor dio lugar a una epidemia de opioides que alcanzó a millones de personas. Los pacientes se convirtieron en adictos, y al revés: muchos adictos se pasaron a los opiáceos legales.

No cabe ninguna duda de que el capitalismo es una fábrica que sufrimiento y que la sociedad moderna tiene aversión al dolor. Es un cóctel explosivo. Muchos consideran que el dolor es peor que la muerte. Cualquier experiencia negativa, cualquier sufrimiento, se considera perjudicial para la salud. La sociedad prefiere permanecer anestesiada, dejar de sufrir, por supuesto, pero también dejar de sentir.

—https://www.rt.com/op-ed/523862-big-pharma-us-opioids/

El papel de la CIA en el tráfico de drogas durante la Guerra de Vietnam

A las 7:30 a.m. del 16 de marzo de 1968, la Fuerza de Tareas Barker asaltó la pequeña aldea de My Lai en la provincia de Quang Nai, Vietnam del Sur. Dos escuadrones acordonaron la aldea y otro, dirigido por el teniente William Calley, la ocupó y luego, acompañado por oficiales de inteligencia del ejército estadounidense, comenzó a masacrar a todos los habitantes. Durante las ocho horas siguientes, los soldados estadounidenses mataron metódicamente a 504 hombres, mujeres y niños.

El difunto Ron Ridenhour, que fue el primero en denunciar la masacre, dijo años después: “Sobre My Lai había helicópteros tripulados por todo el personal de la brigada, la división y la Fuerza de Tareas. Los tres niveles de la cadena de mando sobrevolaban literalmente el pueblo mientras se producía la masacre. Se necesita mucho tiempo para matar a 600 personas. Es un trabajo sucio. Estos tipos estuvieron sobrevolando desde las 7:30 de la mañana, cuando la unidad aterrizó por primera vez y comenzó a desplegarse en aquellas chozas. Permanecieron allí durante al menos dos horas, a 500 pies, 1.000 pies y 1.500 pies”.

El encubrimiento de esta operación comenzó casi desde el principio. El problema no fue la masacre en sí: las encuestas realizadas justo después del suceso mostraban que el 65 por ciento de los estadounidenses aprobaban la acción de Estados Unidos. Más bien, el encubrimiento fue para ocultar el hecho de que My Lai era parte del programa asesino de la CIA llamado Operación Fénix. Como escribe Douglas Valentine en su brillante libro “The Fénix Program”, la masacre de My Lai formaba parte de Fénix, el programa antiterrorista inventado apresuradamente que daba salida a los miedos reprimidos y a la ira de los hombres supermotivados de la Fuerza de Tareas Barker. Con el pretexto de neutralizar las infraestructuras, ancianos, mujeres y niños se convirtieron en el enemigo. Fénix hizo que disparar a un niño vietnamita fuera tan normal como disparar a un gorrión desde un árbol. Los objetivos procedían de información espuria proporcionada por agentes encubiertos vengativos, en violación del acuerdo de que la información recogida a través del censo no se proporcionaría a la policía. El desencadenante de la operación fue el suministro de una lista negra.

La Operación My Lai fue desarrollada por dos hombres en particular, Paul Ramsdell de la CIA y el coronel Khien, jefe de la provincia de Quang Nai. Operando bajo la tapadera de la Usaid (Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional), Ramsdell dirigió el programa Fénix en la provincia de Quang Nai, donde se encargó de preparar listas de presuntos dirigentes, organizadores y simpatizantes del FLN (Frente de Liberación Nacional, llamado “Vietcong” por los estadounidenses). Ramsdell pasó estas listas a las unidades del ejército estadounidense que llevaron a cabo las masacres. En el caso de My Lai, Ramsdell le dijo al oficial de inteligencia de la Fuerza de Tareas Barker, el capitán Koutac, que “cualquiera en esa zona era considerado un simpatizante del VC [Vietcong] porque no podías sobrevivir en esa zona a menos que fueras uno de los simpatizantes”.

Ramsdell había derivado esta creencia del coronel Khien, que tenía sus propias razones. Por un lado, su familia había sido duramente golpeada por la ofensiva del Tet lanzada por el FLN a principios de año. Además, el FLN había perturbado gravemente sus negocios. Khien era conocido como uno de los dirigentes más corruptos de Vietnam del Sur, un oficial que ganaba dinero de todo, desde el fraude en las nóminas hasta la prostitución. Pero, al parecer, de donde más obtuvo fue de la venta de heroína a los soldados estadounidenses.

Para la CIA, la necesidad de encubrir su participación en la masacre de My Lai se convirtió en algo primordial en agosto de 1970, cuando el sargento David Mitchell, miembro de la Fuerza de Tareas Barker, fue juzgado por matar a docenas de civiles vietnamitas en My Lai. Mitchell afirmó que la operación de My Lai se llevó a cabo bajo la supervisión de la CIA. El abogado de la Agencia, John Greaney, logró impedir que los abogados de Mitchell emitieran citaciones a cualquier personal de la Agencia. A pesar de estas maniobras, la CIA y los mandos militares temían que la verdad saliera a la luz, por lo que el general William Peers, de la inteligencia del Ejército de Estados Unidos, fue encargado -por así decirlo- de enderezar la situación.

Peers había sido anteriormente miembro de la CIA, y sus vínculos con las operaciones de la agencia en el sudeste asiático se remontaban a la Segunda Guerra Mundial, cuando supervisaba el Destacamento 101 de la OSS, el campo birmano, que a menudo operaba bajo la apariencia del comercio de opio. Peers también había sido jefe de la CIA en Taiwán a principios de la década de 1950, cuando la agencia apoyaba al dirigente exiliado del Kuomintang, Chiang Kai-shek, y a su secuaz Li Mi. Peers había ayudado a diseñar la estrategia de pacificación de Vietnam del Sur y era un buen amigo de Evan Parker, el oficial de la CIA que dirigía el Icex (Intelligence Coordination and Exploitation), la estructura de mando que supervisaba Fénix y otras operaciones de asesinato encubiertas. No es de extrañar que la investigación de Peers no encontrara pruebas de que la CIA fuera responsable de la masacre y que, en cambio, atribuyera la tragedia a las acciones incontroladas de los soldados rasos y los oficiales subalternos de la Fuerza de Tareas Barker.

‘Todos fueron torturados hasta la muerte’

Inmediatamente después de My Lai, las encuestas mostraban un 65 por ciento de aprobación del pueblo estadounidense, pero es poco probable que ese entusiasmo hubiera sobrevivido a los crudos hechos de la Operación Fénix. Por ejemplo, Bart Osborn, un oficial de inteligencia del ejército estadounidense que recogió los nombres de los sospechosos de Fénix, declaró ante el Congreso en 1972: “Nunca conocí a un detenido en todas estas operaciones que permaneciera vivo al final de su interrogatorio. Todos murieron. Nunca se ha establecido con certeza que alguna de estas personas estuviera de hecho cooperando con el VC [Vietcong], pero todas murieron, en su mayoría fueron torturadas hasta la muerte o arrojadas desde un helicóptero”.

Uno de los intentos más extravagantes de proteger a los verdaderos instigadores de My Lai tuvo lugar durante las audiencias del Congreso de 1970, dirigidas por el senador Thomas Dodd (padre del actual senador estadounidense por Connecticut). Dodd intentó culpar a My Lai del consumo de drogas de los soldados estadounidenses. Se le ocurrió la idea después de ver un artículo de la CBS que mostraba a un soldado estadounidense fumando marihuana en la selva después de un tiroteo. El senador convocó inmediatamente audiencias de su subcomité sobre delincuencia juvenil, y su personal se puso en contacto con Ron Ridenhour, el hombre que había denunciado por primera vez la masacre, antes del informe de Seymour Hersh. Ridenhour llevaba mucho tiempo intentando demostrar que My Lai había sido planificado desde arriba, por lo que aceptó testificar con la condición de que no se le planteara la descabellada teoría de que las drogas fueron las responsables de la masacre de más de 500 personas.

Pero nada más entrar Ridenhour en la sala, Dodd comenzó a hacer declaraciones sobre las propiedades de la marihuana tan extravagantes que el propio Harry Anslinger habría aprobado. Ridenhour no se pronunció, denunció el proceso y dijo fuera de la sala que “Dodd estaba tratando de apilar las pruebas”. Nadie mencionó las drogas en My Lai después de que ocurriera y, sin embargo, buscaban una excusa. A muchos, muchos estadounidenses les gustaría encontrar una razón para esta masacre que no sea una orden dada por el mando”.

Aunque Dodd estaba dispuesto a culpar simplemente de la masacre de My Lai a las drogas y pasar página, la prensa empezó a centrarse en el tema del consumo de drogas en Vietnam por parte de las fuerzas estadounidenses. La atención prestada a este asunto llevó a una delegación del Congreso a visitar Vietnam. Estaba dirigida por el representante Robert Steele, republicano de Connecticut, y el representante Morgan Murphy, demócrata de Illinois. Estuvieron en Vietnam durante un mes, hablaron con soldados y médicos, y volvieron con una conclusión sorprendente: “El soldado que va a Vietnam”, declaró Steele, “corre un riesgo mucho mayor de convertirse en un adicto a la heroína que en una víctima de combate”. Se calcula que hasta 40.000 soldados en Vietnam eran adictos a la heroína. Más tarde, una investigación del New York Times estimó que el recuento podría ser aún mayor, tal vez hasta 80.000.

Naturalmente, el Pentágono prefería una cifra menor, estimando el número total de heroinómanos entre 100 y 200. Pero para entonces, el presidente Nixon había empezado a sospechar del flujo de cifras emitidas por el Departamento de Defensa y envió al asesor de política interior de la Casa Blanca, Egil Krogh Jr., a Vietnam para obtener otra opinión. Krogh pasó poco tiempo con los generales, pero fue al campo donde observó a los soldados encendiendo abiertamente porros y pipas tailandesas, y presumiendo de la pureza de la heroína que consumían. Krogh volvió con la noticia de que al menos el 20 por ciento de los soldados estadounidenses eran consumidores de heroína. Esta cifra impresionó a Richard Nixon, que comprendió inmediatamente que, si bien los estadounidenses podían estar dispuestos a ver morir a sus hijos en el frente de batalla contra el comunismo, les entusiasmaría mucho menos la noticia de que cientos de miles de esos mismos hijos volverían a casa convertidos en heroinómanos.

El zorro al cuidado de las gallinas

En parte como respuesta a estos hallazgos, Nixon reclutó a la CIA para su guerra contra las drogas. El hombre que la Agencia eligió para proponer como coordinador con la Casa Blanca fue Lucien Conein, un veterano de la estación de la CIA en Saigón, donde había participado en el golpe de 1963 que había visto al presidente survietnamita Ngo Dinh Diem asesinado junto con su hermano Ngo Dhin Nhu. (Los Diem fueron considerados por el presidente Kennedy y sus asesores como insuficientemente contundentes en la prosecución de la guerra. Lo que la CIA propuso, los generales survietnamitas locales lo ejecutaron, y los Diem murieron en una lluvia de balas de ametralladora). En el momento de su muerte, Nhu era uno de los mayores traficantes de heroína de Vietnam del Sur. Su proveedor era un corso que vivía en Laos llamado Bonaventure Francisci.

El propio Lucien Conein era de ascendencia corsa y, como parte de su trabajo de inteligencia, había mantenido vínculos con gánsteres corsos en el sudeste asiático y en Marsella. Su función en el equipo de lucha contra la droga de la Casa Blanca parece haber sido, más que implementar una interdicción eficaz de los suministros de drogas, proteger las actividades de la CIA relacionadas con el narcotráfico. Por ejemplo, una de las primeras recomendaciones de la CIA -un reflejo instintivo, de hecho- fue montar una “campaña de asesinatos“ contra los señores de la droga del mundo. La CIA argumentó que sólo había un puñado de señores de la heroína y que sería fácil eliminarlos a todos. Un memorando de la Casa Blanca de 1971 recuerda este consejo de la Agencia: “Con 150 asesinatos selectivos, toda la industria de fabricación de heroína puede caer en el caos”. En esa lista había conjuntos relativamente pequeños y otros que no tenían ninguna conexión con las fuerzas del Kuomintang respaldadas por la CIA y que controlaban suministros cruciales fuera de los Estados Shan. Esta discreción no era nueva, ya que existía un acuerdo entre la Oficina de Narcóticos y Drogas Peligrosas de Anslinger (precursora de la DEA) y la CIA para no enviar agentes de Anslinger al sudeste asiático, a fin de no perturbar los complejos acuerdos de la CIA en la región.

Otro método defendido por Conein era contaminar las reservas de cocaína de Estados Unidos con metedrina, para que los consumidores reaccionaran violentamente administrándose la mezcla y se volvieran contra sus proveedores. No hay pruebas de que ninguno de estos planes -el asesinato o la adición de metedrina- se haya utilizado nunca. Pero la Agencia consiguió convencer a la administración Nixon de que sus esfuerzos de erradicación debían dirigirse a Turquía y no al sudeste asiático, intentando sustituir el comercio de opio por una exportación alternativa, ayudando a los productores de opio de Anatolia a construir fábricas de bicicletas.

La CIA era muy consciente de que Turquía sólo suministraba entre el 3 y el 5 por ciento del suministro mundial de opio en bruto en ese momento. De hecho, la Agencia había realizado una investigación interna. Calculaba que el 60 por ciento del opio que circulaba en el mercado mundial procedía del sudeste asiático, y sabía dónde se encontraban los cuatro mayores laboratorios de heroína de la región, en pueblos de Laos, Birmania y Tailandia. Este informe llegó al New York Times, que publicó sus principales conclusiones, sin darse cuenta de que estos pueblos estaban todos cerca de las estaciones de la CIA, con los laboratorios dirigidos por personas pagadas por la CIA.

El mayor alijo de heroína capturado en Francia era de la CIA

En abril de 1971 los vínculos de la CIA con los reyes del opio del sudeste asiático estuvieron a punto de provocar un gran enfrentamiento internacional. El príncipe heredero Sopsaisana ha sido nombrado embajador de Laos en Francia. A su llegada a París, el príncipe anunció con enfado que parte de su extenso equipaje había desaparecido. Culpó a los funcionarios del aeropuerto francés, que prometieron dócilmente devolverle su propiedad. De hecho, las maletas del príncipe habían sido interceptadas por las aduanas francesas, tras recibir un aviso de que Sopsaisana transportaba heroína de alta calidad. Su equipaje contenía 60 kilos de heroína, por valor de 13,5 millones de dólares, la mayor incautación de droga de la historia de Francia. El príncipe había planeado enviar su cargamento de droga a Nueva York. La agencia de la CIA en París convenció a los franceses para que mantuvieran el asunto en secreto, pero el príncipe no recuperó su droga. No importaba nada. Sopsaisana regresó dos semanas después a Vientiane, la capital de Laos, donde encontró un suministro de drogas casi inagotable.

¿Qué sentido tenía que la CIA protegiera al mayor narcotraficante capturado en suelo francés? El opio utilizado para fabricar las drogas del príncipe se había cultivado en las tierras altas de Laos. Había sido comprada por un general hmong, Vang Pao, que comandaba la base aérea secreta de la CIA en Laos, y procesada en heroína de alto grado en laboratorios justo al lado del cuartel general de la CIA. La heroína fue trasladada a Vientiane por la compañía aérea privada de Vang Pao, compuesta por dos C47 que le entregó la CIA.

Vang Pao era el dirigentes de una fuerza de 30.000 hmong pagada por la CIA, que en 1971 estaba formada principalmente por hombres jóvenes, que luchaban contra las fuerzas comunistas del Pathet Lao. Los hmong tenían fama de feroces, entre otras cosas por un conflicto secular con los chinos, que en el siglo XIX los expulsaron a Laos tras confiscar sus campos de opio en Hunan. Como dijo un hmong a Christopher Robbins, autor de Air America: “Dicen que somos un pueblo al que le gusta pelear, un pueblo cruel, enemigos de todos, que cambiamos de región todo el tiempo y que no somos felices en ningún sitio. Si quieres saber la verdad sobre nuestro pueblo, pregúntale al oso herido por qué se defiende, pregúntale al perro pateado por qué ladra, pregúntale al ciervo perseguido por qué cambia de montaña”. Los hmong practicaban la agricultura de tala y quema, con dos cultivos: el arroz y el opio, el primero para la subsistencia y el segundo con fines medicinales y comerciales.

Vang Pao nació en 1932 en una aldea laosiana llamada Nong Het. A los trece años, sirvió como intérprete para las fuerzas francesas que entonces luchaban contra los japoneses. Dos años después luchó contra las incursiones del Viet Minh en Laos durante la primera guerra de Indochina. Se formó como oficial en la Academia Militar Francesa de Saigón, convirtiéndose en el hmong de mayor rango de la Real Fuerza Aérea de Laos. En 1954 Vang Pao dirigió un grupo de 850 soldados hmong en una misión infructuosa para relevar a los franceses sitiados en Dien Bien Phu durante su derrota en Vietnam.

El coronel francés Roger Trinquier, que se enfrentaba a la reducción del presupuesto francés para operaciones encubiertas e inteligencia locales, había reunido a los hmong en un ejército subsidiario. “El dinero del opio”, escribió más tarde, “financió a los maquis [mercenarios hmong] en Laos. El opio se transportaba en un DC-3 a Cap St. Jacques [una base militar francesa a sesenta millas al sur de Saigón] en Vietnam y se vendía. El dinero se puso en una cuenta que se utilizaba para alimentar y armar a los guerrilleros”. Trinquier añadió cínicamente que el comercio “estaba estrictamente controlado aunque estuviera prohibido”. El coronel Antoine Savani, director local francés de la Segunda Oficina, supervisó la comercialización en Saigón. Savani, un corso vinculado a los sindicatos de la droga de Marsella, había reclutado a la banda del río Bin Xuyen, en el bajo Mekong, para que dirigiera los laboratorios de heroína y los almacenes clandestinos de opio, y vendiera el excedente al sindicato de la droga de Córcega. Esta empresa, llamada Operación X, funcionó de 1946 a 1954.

Ho Chi Minh contra el narcotráfico

Ho Chi Minh hizo de la oposición al comercio del opio una parte fundamental de su campaña para expulsar a los franceses de Vietnam. El dirigente del Viet Minh dijo, y esto era perfectamente correcto, que los franceses estaban fomentando el consumo de opio entre el pueblo vietnamita como medio de control social. “Un pueblo drogado”, declaró Ho, “tiene menos posibilidades de levantarse y deshacerse del opresor”.

Durante la Segunda Guerra Mundial, los oficiales de la OSS que trabajaban para expulsar a los japoneses del sudeste asiático habían entablado una relación cordial con Ho Chi Minh, observando que el dirigente del Vietminh hablaba inglés con fluidez y conocía la historia estadounidense. Ho citó de memoria largos pasajes de la Declaración de Independencia y amonestó a los oficiales de inteligencia, diciendo que los nacionalistas vietnamitas, desde Lincoln, habían pedido a los presidentes estadounidenses que les ayudaran a expulsar a los colonialistas franceses. Al igual que con las fuerzas de Mao en China, los agentes de la OSS en Vietnam se habían dado cuenta de que las bien entrenadas tropas de Ho eran un aliado esencial, más eficaz y menos corrupto que el ejército del Kuomintang de Chiang Kai-shek y las fuerzas pro francesas en Indochina. Cuando Ho contrajo la malaria, la OSS envió a uno de sus agentes, Paul Helliwell, que más tarde dirigiría la Compañía de Suministros de Ultramar de la CIA, para tratar al comunista enfermo. Al igual que Joe Stilwell, sobre Mao, muchos militares y personal de la OSS recomendaron que Estados Unidos apoyara a Ho tras la expulsión de los japoneses.

Al llegar a Vietnam en 1945, el general estadounidense Phillip Gallagher pidió a la OSS información detallada sobre Ho. Un agente de la OSS llamado Le Xuan, que más tarde trabajaría para la CIA durante la guerra de Vietnam, obtuvo un expediente sobre Ho de un nacionalista vietnamita. Le Xuan le pagó con una bolsa de opio. El archivo reveló a las agencias de inteligencia estadounidenses que Ho había pasado largos periodos de tiempo en la Unión Soviética, una revelación que prohibiría cualquier futuro apoyo estadounidense a su causa. Más tarde, Xuan se volvió contra la CIA, fue a París en 1968, reveló sus servicios a la Agencia y denunció su política asesina en Vietnam.

En 1953 el coronel Edwin Lansdale, entonces asesor militar de la CIA en el sudeste asiático, descubrió el contrabando de opio de la Operación X de Trinquier. Lansdale afirmó posteriormente que había protestado por el papel de Francia en el comercio de opio, pero que le habían aconsejado que se callara porque, según sus palabras, exponer “la operación sería una gran vergüenza para un gobierno amigo”. De hecho, el director de la CIA, Allen Dulles, quedó muy impresionado con la operación de Trinquier y, previendo el momento en que Estados Unidos tomaría el relevo de los franceses en la región, comenzó a canalizar dinero, armas y asesores de la CIA al ejército hmong de Trinquier.

El santuario del comercio de drogas de la CIA: Laos

Los acuerdos posteriores a Dien Bien Phu, firmados en Ginebra en 1954, decretaron que Laos debía ser neutral y estar fuera de los límites de todas las fuerzas militares extranjeras. Esto tuvo el efecto de abrir Laos a la CIA, que no se consideraba una fuerza militar. La CIA se convirtió en el actor principal e indiscutible de todas las empresas estadounidenses en Laos. Una vez en esta posición de dominio, la CIA no está sujeta a ninguna interferencia del Pentágono. Lo que el agregado militar en Laos, el coronel Paul Pettigrew, expresó muy claramente, cuando aconsejó a su sustituto en Vientiane en 1961: “Por el amor de Dios, no derroques a la CIA o te encontrarás flotando, con la cabeza en el agua, en el Mekong”.

Desde el momento en que se firmaron los Acuerdos de Ginebra, el gobierno de Estados Unidos se empeñó en socavarlos y en hacer todo lo posible para impedir la investidura de Ho Chi Minh como presidente de todo Vietnam, a pesar de que las elecciones habrían dejado claro que era la elección de la mayoría de los vietnamitas, como admitió el presidente Dwight D. Eisenhower en una frase que se ha hecho famosa. Eisenhower y sus asesores decretaron que el estatus de neutralidad de Laos debía ser revertido. Sobre el terreno, esto significaba que el gobierno neutral del primer ministro Suvanna Phouma, que mantenía relaciones amistosas con el Pathet Lao, iba a ser derrocado por la CIA, cuyo candidato preferido era el general Phoumi Nosavan. La Agencia fijó elecciones en 1960 en un intento de legitimar su poder. También en 1960, la CIA inició un refuerzo sostenido de Vang Pao y su ejército, suministrándole armas, morteros, cohetes y granadas.

Tras la victoria de John F. Kennedy en 1960, Eisenhower le advirtió que el próximo gran campo de batalla en el Sudeste Asiático no sería Vietnam sino Laos. Su consejo fue escuchado, a pesar de que Kennedy había despreciado inicialmente a Laos como “un país que no merecía la atención de las grandes potencias”. En público, Kennedy pronunció L-AY-o-s, pensando que los estadounidenses no se unirían a la causa de un lugar que significa “piojo”. En 1960 el ejército de Vang Pao contaba con sólo mil hombres. En 1961 el “ejército clandestino“ había aumentado a 9.000 personas. En el momento del asesinato de Kennedy, a finales de 1963, Vang Pao tenía unos 30.000 soldados. Este ejército y su fuerza aérea fueron financiados en su totalidad por Estados Unidos con 300 millones de dólares, administrados y supervisados por la CIA.

El primer asesor de la CIA de Vang Pao fue William Young, el misionero bautista convertido en oficial de la CIA mencionado anteriormente. Young no tenía problemas con el comercio de opio de las tribus hmong. Tras la marcha de Young en 1962, la CIA pidió al francés Trinquier que volviera como asesor militar de los hmong. Trinquier acababa de terminar un período de servicio en el Congo francés y aceptó servir como tal durante unos meses, antes de la llegada de una de las figuras más notorias de esta saga, un estadounidense llamado Anthony Posephny, conocido como Tony Poe.

Cortar las orejas a los laosianos a cambio de dinero

Poe era un oficial de la CIA, un ex marine estadounidense que había sido herido en Iwo Jima. A principios de la década de 1950, trabajó para la Agencia en Asia, primero entrenando a miembros de la tribu tibetana Khamba en Colorado (violando así la ley que prohíbe las actividades de la CIA en Estados Unidos), antes de traerlos de vuelta para recuperar al Dalai Lama. En 1958 estuvo en Indonesia durante el primer intento de derrocar a Sukarno. En 1960 entrenaba a las fuerzas del Kuomintang para asaltar China. A continuación, se mutiló la mano derecha tras un contacto imprudente con la correa del ventilador de un coche. En 1963 se convirtió en asesor de Vang Pao e inmediatamente buscó nuevos incentivos para reforzar el compromiso de los hmong con la causa de la libertad. Anunció que pagaría una prima en metálico por cada par de orejas de miembros del Pathet Lao que le entregaran. Dejó una bolsa de plástico en la puerta de su casa, donde se colocaron las orejas, y exhibió su colección colgada de una cuerda. Para convencer a sus más bien escépticos superiores de la CIA, especialmente a Ted Shackley en Vientiane, de que sus recuentos eran exactos, Poe grapó una vez un par de orejas a un informe y lo envió al cuartel general.

Este método de cálculo, inspirado en los utilizados en las masacres de los indios americanos, no era tan infalible como Poe imaginaba. Él mismo dijo más tarde que, tras visitar el país y encontrar a un niño sin orejas, le dijeron que el padre del niño se las había cortado “para conseguir dinero de los estadounidenses”. Poe había enmendado entonces su reclamación, pidiendo la cabeza completa del Pathet Lao, alegando que la había conservado en formol en su dormitorio.

El hombre, descrito por un asociado como un “psicópata adorable”, dirigía operaciones al estilo Fénix en aldeas de Laos cerca de la frontera con Vietnam. Los equipos se llamaban oficialmente “unidades de defensa interna”, aunque el propio Poe se refería a ellos más cándidamente como “equipos de cazadores-asesinos”. Poe afirmó posteriormente que fue expulsado de Long Tieng porque se opuso a la tolerancia de la CIA con el tráfico de drogas de Vang Pao, pero parece que quería adoptar el estilo francés de supervisión directa del comercio de opio. En una entrevista televisiva filmada en su casa del norte de Tailandia, Poe dijo en 1987: “No se les puede dejar correr sin una cadena. Es como cualquier animal o bebé. Tienes que controlarlos. Vang Pao era el único con un par de zapatos cuando lo conocí. ¿Por qué iba a necesitar Mercedes, hoteles y casas si antes no los tenía? ¿Por qué dárselo a él? Estaba ganando millones. Tenía su propia manera de vender heroína. Tenía su dinero en cuentas bancarias estadounidenses y suizas, y todos lo sabíamos. Intentamos vigilarlo. Comprobamos todos los conductores. Le llevábamos gratis a Tailandia. Los llevaban en avión [los cargamentos de opio] a Danang, donde los recibía el número dos de [el entonces presidente de Vietnam del Sur] Dhieu. Era una relación contractual, como la de los banqueros y empresarios. Una organización maravillosa. Simplemente una mafia. Una gran mafia organizada”.

Cuando Poe abandonó esta zona de Laos en 1965, la situación era tal y como la describió veinte años después. Los militares al servicio de la CIA recogían y enviaban opio en aviones de la CIA, que ahora volaban bajo la bandera estadounidense. “Sí, vi esos ladrillos pegajosos cargados a bordo y nadie dijo nada”, dijo el piloto de Air America Neal Hanson en una entrevista filmada a finales de la década de 1980. Era como su propiedad personal. Éramos una aerolínea libre. Alguien se subiría a nuestro avión y lo llevaríamos. Al principio, era el avión más pequeño el que iba a las aldeas periféricas y lo traía [el opio] de vuelta a Long Tieng. Si cargaban algo en el avión y nos decían que no miráramos, no mirábamos”.

150 pistas de aterrizaje para los aviones que cargan el opio de la CIA

La Operación Air America desempeñó un papel importante en la expansión del mercado del opio. Los fondos de la CIA y de la Usaid (Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional) se utilizaron para construir más de 150 pistas de aterrizaje cortas, conocidas como “lima”, en las montañas cercanas a los campos de opio, abriendo estos lugares remotos al comercio de exportación, y asegurando también que esas exportaciones fueran a Vang Pao. El jefe de la AIF en esta área en ese momento, Ron Rickenbach, dijo más tarde: “Yo estaba en las pistas. Mi país se encargó de proporcionar los aviones. Estuve en las zonas donde se cultivaba el opio. Yo personalmente fui testigo de cómo se cargaba en los aviones de Air America. Nosotros no creamos la producción de opio. Pero nuestra presencia lo aceleró drásticamente”. En 1959 Laos producía unas 150 toneladas. En 1971 la producción había aumentado a 300 toneladas. Otro impulso a la producción de opio, gran parte del cual se destinaba en última instancia a las venas de los estadounidenses que entonces luchaban en Vietnam, fue el suministro de arroz por parte de la Usaid a los hmong, lo que les permitió dejar de cultivar este alimento básico y utilizar la tierra para cultivar amapolas.

Vang Pao controlaba el comercio de opio en la región de la Llanura de las Jarras de Laos. Al comprar la única cosecha vendible, el general pudo ganarse la lealtad de las tribus de las colinas mientras llenaba su propia cuenta bancaria. Solía pagar 60 dólares por kilo, 10 dólares más que el precio habitual, y comprar la cosecha de una aldea si, a cambio, ésta le proporcionaba reclutas para su ejército. Como explicó un jefe de aldea, “los oficiales meo [es decir, hmong] con tres o cuatro galones venían de Long Tieng a comprar su opio. Llegaban en helicópteros americanos, de dos o tres en dos. El helicóptero los dejaba aquí por unos días y ellos caminaban a las aldeas, luego volvían aquí y por radio pedían a Long Tieng que enviara otro helicóptero para ellos y que trajeran el opio.

John Everingham, fotógrafo de guerra australiano, que entonces estaba destinado en Laos y había visitado la aldea hmong de Long Pot, relató lo siguiente a finales de la década de 1980: “Me dieron la cama de invitados en la casa de un jefe de aldea del distrito. Al final, tuve que compartirla con un militar, que luego supe que era un jefe del ejército de Vang Pao. Me despertó un montón de gente haciendo ruido a los pies de la cama, donde se había colocado un montón de cosas negras y viscosas sobre hojas de bambú. Y el jefe de la aldea lo pesaba y pagaba una suma bastante considerable. Esto duró varias mañanas. Descubrí que era opio crudo. Todos llevaban uniformes americanos. El opio fue llevado a Long Tieng en helicópteros de Air America, bajo contrato con la CIA. Sé que poco después de la formación del ejército de Vang Pao, los militares tomaron el control del comercio de opio. Esto no sólo les hizo ganar mucho dinero, sino que también ayudó a los aldeanos que realmente necesitaban vender su opio, lo cual era difícil en tiempos de guerra. Obviamente, los militares pagaban un muy buen precio porque los aldeanos estaban muy ansiosos por vendérselo”.

A principios de la década de 1960, el comercio de Long Tieng funcionaba así: el opio se enviaba a Vietnam a través de Laos Commercial Air, una compañía aérea dirigida conjuntamente por Ngo Dinh Nhu y el corso Bonaventure Francisci. Nhu, hermano del presidente survietnamita Diem, había presidido la proliferación de los fumaderos de opio de Saigón con el fin de asegurarse puntos de venta para sus propias operaciones. Pero tras el asesinato de los hermanos Diem, el mariscal Nguyen Cao Ky, el hombre elegido por la CIA como nuevo dirigente de Vietnam del Sur, comenzó a transportar opio desde Long Tieng en aviones militares vietnamitas. (Ky había sido anteriormente jefe de la Fuerza Aérea de Vietnam del Sur). Un hombre de la CIA, Sam Mustard, testificó sobre esto en las audiencias del Congreso en 1968.

En el lado laosiano, el general Phoumi había puesto a Ouane Rattikone a cargo de todas las operaciones relacionadas con el opio, y sus tratos dieron como resultado el desembarco de aproximadamente una tonelada de opio al mes en Saigón. Sin embargo, por sus servicios, Rattikone sólo recibía unos 200 dólares al mes del parsimonioso Phoumi. Con el apoyo de la CIA, Rattikone se rebeló y en 1965 fomentó un golpe de estado contra Phoumi, llevando a su antiguo jefe al exilio en Tailandia. Rattikone quiso entonces poner fin al contrato con la compañía corsa Air Laos, que, a pesar del nombramiento del mariscal Ky, seguía haciendo negocios. El plan de Rattikone consistía en utilizar la Real Fuerza Aérea de Laos, financiada en su totalidad por la CIA. Llamó a los envíos de opio de la fuerza aérea nacional “requisas militares”. Pero el comandante, Jack Drummond, a cargo de las operaciones aéreas, se opuso a lo que consideraba un uso logísticamente ineficiente de los T28 de la Real Fuerza Aérea de Laos y decretó que la CIA proporcionaría un C47 para los transportes de droga “si accedían a no utilizar los T28”.

Esto es precisamente lo que ocurrió. Dos años después, en 1967, la CIA y la Usaid compraron dos C47 para Vang Pao, que creó su propia compañía de transporte aéreo, a la que llamó Xieng Khouang Air, conocida por todos como Air Opium.

Cuando la CIA decidió ofrecer a Vang Pao su propia línea aérea, el jefe de la agencia de la CIA en Vientiane era Ted Shackley, un hombre que había empezado en el Proyecto Paperclip de la CIA, que reclutaba científicos nazis. Antes de llegar a Laos, Shackley había dirigido la agencia de la CIA en Miami, donde había orquestado repetidas incursiones terroristas e intentos de asesinato contra Cuba y se había asociado con emigrantes cubanos locales, que a su vez estaban muy involucrados en el tráfico de drogas. Shackley era un firme partidario de comprar la lealtad de los clientes de la CIA mediante una política de asistencia económica, a la que llamaba “la tercera opción”. La tolerancia -incluso el apoyo activo- al comercio del opio era, pues, una verdadera estrategia militar y diplomática. También se sabe que prefiere trabajar con su equipo de colaboradores de toda la vida a los que despliega en los puestos adecuados.

Así, se puede seguir al equipo de Shackley desde Miami a Laos, luego a Vietnam (donde más tarde se convirtió en jefe de estación de la CIA en Saigón) y a sus operaciones comerciales privadas en América Central. Mientras Shackley estaba en Vientiane, su socio, Thomas Clines, se encargaba de los negocios en Long Tieng. Otro hombre de la CIA, Edwin Wilson, entregó equipo de espionaje a Shackley en Laos. Richard Secord supervisó las operaciones de la CIA, organizando una serie de bombardeos, que hicieron llover más explosivos sobre los campesinos y guerrilleros de la Llanura de las Jarras que lo que Estados Unidos había hecho sobre Alemania y Japón en toda la Segunda Guerra Mundial. Más tarde encontramos a Shackley, Clines, Secord y al “lanzador aéreo“ de Air America, Eugene Hasenfus, esta vez en Centroamérica, de nuevo en el centro de las actividades cómplices de la CIA en el tráfico de drogas.

Cuando Shackley se trasladó a Saigón en 1968, la guerra se había vuelto contra Vang Pao. El Pathet Lao tenía ahora la ventaja. Durante los tres años siguientes, la historia de los hmong fue una historia de marchas forzadas y derrotas militares y, a medida que la guerra en tierra se agriaba, la CIA emprendió campañas de bombardeo que mataron a más hmong. Edgar “Pop” Buell, un misionero de las colinas, escribió en una nota a la CIA en 1968: “Hace poco tiempo reunimos 300 nuevos reclutas [de los hmong], el 30 por ciento tenía 14 años. El 30 por ciento tenía 15 ó 16 años. El 40 por ciento restante tenía 45 años o más. ¿Dónde estaba la Edad Media? Te lo diré: están todos muertos”.

Una política de tierra quemada con aroma a derrota militar

Al final de la guerra, un tercio de la población total de Laos se había convertido en refugiados. Durante su desplazamiento forzoso, los hmong sufrieron una tasa de mortalidad del 30 por ciento, con niños pequeños que a veces se veían obligados a rematar a sus agotados padres, desplomados a lo largo del camino, debido a su miseria. En 1971 la CIA practicó una política de tierra quemada en el territorio hmong para contrarrestar la llegada del Pathet Lao. La tierra se inundó con herbicidas, que acabaron con la cosecha de opio y también envenenaron a los hmong. Más tarde, cuando los hmong supervivientes en los campos tailandeses informaron de esta “lluvia amarilla”, los periodistas pagados por la CIA dijeron que se trataba de pruebas comunistas para la guerra biológica. El Wall Street Journal llevó a cabo una gran campaña de propaganda sobre el tema en los primeros años de Reagan. Vang Pao terminó en Missoula, Montana. El general Ouane Rattikone se exilió en Tailandia.

El opio transportado por la CIA provocó una tasa de adicción entre los soldados estadounidenses en Vietnam de hasta el 30 por ciento, y los soldados gastaron unos 80 millones de dólares al año en Vietnam en heroína. A principios de la década de 1970, parte de esa misma heroína se introdujo en Estados Unidos oculta en las bolsas de cadáveres de soldados muertos, y cuando el agente de la DEA Michael Levine intentó detener estas operaciones, sus superiores le disuadieron, ya que esto podría haber llevado a la revelación del comercio de Long Tieng.

En 1971 un estudiante de segundo año de Yale, Alfred McCoy, conoció al poeta Allen Ginsberg en un mitin de Bobby Seale en New Haven. Ginsberg descubrió que McCoy había investigado sobre el tráfico de drogas y que conocía varios idiomas del sudeste asiático y la historia política de la región. Le animó a estudiar la participación de la CIA en el tráfico de drogas. McCoy completó su trabajo en curso y luego viajó al sudeste asiático en el verano de 1971, embarcándose en una valiente y exhaustiva investigación que arrojó resultados impresionantes. Entrevistó a soldados y oficiales en Saigón, y también conoció a John Everingham, el fotógrafo que había sido testigo de las transacciones de opio en Laos. Everingham lo llevó a Laos al mismo pueblo. Allí McCoy entrevistó a los hmong, tanto a los habitantes como a los jefes de las aldeas. Se reunió con el general Ouane Rattikone en Tailandia y entrevistó a Pop Buell y al agente de la CIA William Young.

Al regresar a Estados Unidos en la primavera de 1972, McCoy completó el primer borrador del innovador libro “Heroin Politics in Southeast Asia”. En junio de ese año fue invitado a declarar ante el Senado estadounidense por el senador William Proxmire, de Wisconsin. A raíz de este testimonio, su editor Harper & Row le pidió que fuera a Nueva York y se reuniera con el presidente de la editorial, Winthrop Knowlton. Knowlton le dijo a McCoy que Cord Meyer, un alto funcionario de la CIA, había visitado al propietario de Harper & Row, Cass Canfield, y le había dicho que el libro de McCoy suponía una amenaza para la seguridad nacional. Meyer pidió a Harper & Row que cancelara el contrato de publicación. Canfield se negó, pero aceptó que la CIA revisara el libro de McCoy antes de su publicación.

Mientras McCoy se planteaba qué hacer, el acercamiento de la CIA a Canfield llamó la atención de Seymour Hersh, entonces del New York Times. Hersh publicó inmediatamente la historia. Como escribió McCoy en el prefacio de una nueva edición de su libro publicada en 1990: “Humillada en el ámbito público, la CIA comenzó a acosarme. En los meses siguientes, mi beca federal fue investigada. Mis teléfonos fueron intervenidos. Me sometieron a una auditoría fiscal y mis fuentes fueron intimidadas”. Algunos de sus contactos fueron amenazados con ser asesinados.

El libro fue debidamente publicado por Harper & Row en 1972. Ante la reacción preocupada del Congreso, la CIA comunicó al Comité Conjunto de Inteligencia que realizaría una investigación interna bajo la autoridad del Agente General de la CIA. La Agencia envió a doce investigadores al terreno, donde pasaron dos breves semanas realizando entrevistas. El informe nunca se publicó en su totalidad, pero aquí está su conclusión:

“No hay pruebas de que la Agencia o cualquier funcionario de alto nivel de la Agencia haya sancionado o apoyado el tráfico de drogas, como parte de su trabajo. Tampoco hemos encontrado ninguna sospecha, y mucho menos pruebas, de que algún agente, miembro del personal o contacto de la Agencia estuviera involucrado en el tráfico de drogas. Con respecto a Air America, descubrimos que siempre ha prohibido, como cuestión de política, el transporte de contrabando. Creemos que su Servicio de Seguridad, al que también recurre la Corporación de Transporte Aéreo de Laos, está actuando ahora como elemento disuasorio adicional para los narcotraficantes.

“El único ámbito de nuestras operaciones en el Sudeste Asiático que nos preocupa son los agentes y funcionarios locales con los que entramos en contacto y que han estado o pueden estar involucrados de alguna manera en el tráfico de drogas. No estamos hablando de los agentes que se introducen en la industria de la droga para recabar información sobre la propia industria, sino de aquellos con los que entramos en contacto en nuestras otras operaciones. Lo que hay que hacer con estas personas es particularmente difícil, dada su participación en algunas de nuestras operaciones, especialmente en Laos. Porque su complacencia y nuestra cooperación mutua facilitan en gran medida las actividades militares de los combatientes irregulares apoyados por la Agencia”.

El informe subraya que “la guerra ha sido claramente nuestra máxima prioridad en el Sudeste Asiático y todos los demás asuntos han pasado a un segundo plano en el orden de cosas”. El informe también sugiere que no hubo consideraciones financieras que impulsaran a los pilotos de Air America a participar en el contrabando, ya que “ganaban mucho dinero”.

Los críticos del libro de McCoy se mostraron hostiles, sugiriendo que sus cientos de páginas de entrevistas e informes bien documentados eran la fabricación de rumores conspiranoicos por parte de un opositor radical a la guerra. Las acusaciones de McCoy fueron descartadas de plano en las audiencias celebradas por Church en 1975, que concluyó que las acusaciones de contrabando de drogas por parte de agentes de la CIA “carecían de fundamento”.

El propio McCoy lo resumió en 1990, con palabras que sin duda tocan la fibra sensible de Gary Webb: “Aunque me anoté un tanto, en el primer compromiso, con lo que puede llamarse un bombardeo mediático, la CIA ganó la batalla burocrática a la larga. Al silenciar mis fuentes y anunciar públicamente que detestaban las drogas, la Agencia logró convencer al Congreso de que era inocente de la complicidad en el tráfico de opio en el sudeste asiático”.

—Jeffrey St. Clair y Alexander Cockburn https://www.counterpunch.org/2017/09/29/armies-addicts-and-spooks-the-cia-in-vietnam-and-laos/

El narcotraficante y general de la CIA Vang Pao murió en Estados Unidos en 2011

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África: el último gran supermercado de drogas

África se está convirtiendo en una de las principales regiones consumidoras de drogas del mundo. En 2016 el Continente Negro tenía 1,8 millones de adictos a la cocaína y 10 millones de consumidores de otras drogas (metanfetaminas, cannabis, heroína, opiáceos).

En 2050, unos 24 millones de personas consumirán drogas, la mitad de ellas en el oeste del continente. La ruptura con el pasado se remonta a la década de 1990, cuando África dejó de ser sólo una tierra de cultivo y tránsito, papel que sigue desempeñando, especialmente para la heroína, que pasa por el continente africano en su camino hacia Estados Unidos.

Varios cárteles dividen el territorio en grandes zonas de influencia. Por ejemplo, los italianos (la Ndrangheta) están presentes en Nigeria, Costa de Marfil y Sudáfrica; los sicilianos de la Cosa Nostra en Zimbabue, Namibia y la República Democrática del Congo. Los mexicanos del cártel de Sinaloa se encuentran principalmente en África Occidental. Además, hay locales, como los Black Axe, un grupo criminal nigeriano cuyo símbolo es un hacha negra que parte una cadena atada a dos muñecas sobre un fondo amarillo.

El aumento del consumo de drogas en África se debe, por un lado, al crecimiento demográfico, a las dificultades de integración económica, especialmente de los jóvenes, y a la pobreza. La porosidad de las fronteras y la corrupción explican la prosperidad de los distintos cárteles.

Por otro lado, la debilidad de las respuestas políticas y la complicidad de los miembros del aparato estatal son factores clave. En algunos casos, la lucha contra las redes se lleva a cabo de forma violenta y conduce a un aumento de la corrupción.

En Nigeria, donde en 2018 el 14,4 por ciento de la población consumía drogas, según la ONU, frente a la media mundial del 5,6 por ciento, el Estado utiliza principalmente la represión contra los consumidores, pero hace poco contra los traficantes.

Las redes aprovechan la complicidad de los altos funcionarios para prosperar. En Guinea-Bissau, los militares participan en el tráfico internacional. El Jefe del Estado Mayor, Antonio Indjai, apoyó a una red mundial de tráfico actuando como intermediario, aceptando almacenar cocaína procedente de Sudamérica en el país en 2012. La droga se reexporta a otros países, incluido Estados Unidos. En 2013, Antonio Indjai fue detenido por narcoterrorismo.

La mayor organización de narcotraficantes del mundo: la CIA

Son hechos probados y reconocidos. La CIA financió a los sicarios de los dictadores sudamericanos, guerrillas como la Contra, con el tráfico de drogas. La demanda que había desatada en Estados Unidos, su propio país, como consecuencia de la crisis del petróleo y las primeras políticas neoliberales, fue una oportunidad que no dejaron pasar. El documental “Crack: Cocaine, Corruption & Conspiracy” explica este episodio histórico que hizo que EE.UU. pasase de 300.000 reclusos en 1980 a más de dos millones en la actualidad.

La serie de FX que ha distribuido HBO, Snowfall, es un thriller mafioso con todos los clichés del género, bastante entretenido, situado en los barrios de Los Ángeles desde donde empezó a extenderse el consumo de crack. La película “Kill the messenger” contaba la historia del periodista que destapó el tráfico de drogas en el que estaba involucrada la CIA para financiar guerrillas contrarrevolucionarias en América Latina. Un reportero, Gary Webb, que fue difamado públicamente, perdió su empleo y apareció muerto en un supuesto suicidio; supuesto pues tenía dos tiros en la cabeza, aunque había enviado cartas a sus familiares anunciando sus planes y despidiéndose.

Ahora Netflix contraataca sin ficción. Con un documental, “Crack: Cocaine, Corruption & Conspiracy”, en el que pone en perspectiva el daño que sufrió la comunidad afroamericana cuando se extendió el consumo de crack. Es un gran reportaje porque sitúa la gravedad del fenómeno en los factores complejos: Uno, la desigualdad económica y la pobreza extrema; dos, unos medios de comunicación irresponsables; tres, políticos oportunistas, y cuatro, la criminalización de sectores de la población por el color de su piel.

La solución que se dio a la segunda crisis del petróleo fue la sociedad dual. A unos sectores de la población les va bien o aceptablemente y a los que no, quedan excluidos y abandonados a su suerte, igual que sus hijos y nietos. Concretamente, el documental denuncia la eliminación de la ayuda social de medio millón de personas, los cupones de comida a un millón y los programas de comedor infantil a 2,6 millones de niños.

Esta situación coincidió con el auge de la cocaína como droga recreativa y el descenso de su precio cocinada para venderla en base. Por primera vez era asequible para las capas populares. En familias donde no había ingresos, un menor de edad pasando crack podía ganar en media hora lo mismo que en meses trabajando en el McDonald’s, donde a su sueldo mínimo de 3,5 dólares la hora, tenía que descontarle los impuestos. Fue dinero fácil para muchos de ellos y se lanzaron a su comercio sin pensar en las consecuencias. Antiguos camellos entrevistados en el documental dicen que se convirtieron en “capitalistas callejeros” y citan casos como llegar a venderle crack a sus propias madres. Un chaval espabilado solo necesitaba 200 dólares para invertir en cocaína, cocinarla y empezar así su negocio.

Tanto dinero supuso la adquisición muchas armas y las batallas entre bandas de traficantes se convirtieron en enfrentamientos entre, prácticamente, señores de la guerra. La policía también se corrompió. Salían de casos como su involucración en el tráfico de heroína de Nueva York en los 70 y volvían a meterse en otra.

Con los cadáveres tirados en la calle, los medios entraron en escena. Siguió una campaña sensacionalista como pocas que puso el acento en personajes tan dispares como las embarazadas negras. Lograron que fueran acusadas de facilitar drogas a menores a través del cordón umbilical y que muchos médicos se dedicasen a denunciar a toxicómanas en estado en lugar de asistirlas. Entretanto, la CIA era partícipe del lucrativo negocio de esa demanda de cocaína para financiar a los sicarios de las dictaduras latinoamericanas de espaldas al Congreso, que no daba su aprobación.

El resultado fue la criminalización de toda la comunidad afrocamericana. Estaban incontrolados porque se metían crack, se metían crack porque estaban incontrolados. Esta neurosis llevó a los políticos a iniciar una competición por la mano dura en las elecciones de 1986. Con leyes como la “Antidrug abuse act” se imponían penas de cárcel según los gramos que se llevase encima, pero con cierta desproporción. Un gramo de crack era un año de cárcel, como cien gramos de cocaína. La nueva ley estaba dirigida a un colectivo y la policía, básicamente, solo actuaba sobre él. Un código penal similar al de la Ley Seca, que también tenía una faceta racista al estar dirigida sobre todo a los trabajadores católicos, como los italianos, alemanes e irlandeses.

Bush y Clinton continuaron con esa espiral de mano dura. Se militarizó a la policía y se llenaron las cárceles hasta alcanzar los niveles más elevados del mundo en una supuesta democracia. Un documental de Ava DuVernay analizó este fenómeno en un extraordinario documental, 13th , en el que enlazaba la “War on drugs” (guerra contra las drogas) con el auge de las cárceles privadas, el trabajo de los presidiarios y los beneficios que obtienen de él grandes empresas, conformando un sofisticado sistema de pura y llana esclavitud que afecta, fundamentalmente, a negros y latinos.

La paradoja es que en la actualidad, cuando la epidemia de opioides ha afectado a la clase trabajadora blanca, los medios la han tratado en términos sanitarios, no criminales, denuncian los entrevistados. Por eso no es casual que Dave Chappelle comentara en uno de sus últimos monólogos que cuando ha visto a tanto blanco enganchado a la heroína por fin ha podido saber lo que sentía un blanco, porque, decía: “me da igual”.

—https://valenciaplaza.com/un-documental-sobre-como-el-crack-asolaba-las-comunidades-negras-mientras-la-cia-traficaba<

Más información:
– La CIA llenó de drogas los barrios pobres de Los Ángeles

Venezuela derriba un avión de Estados Unidos dedicado al tráfico de drogas

El ejército venezolano ha derribado un avión de narcotraficantes matriculado en Estados Unidos que había entrado ilegalmente en el espacio aéreo, según asegura Néstor Reverol, ministro de Interior del gobierno de Venezuela en un mensaje publicado en Twitter.

El avión matriculado en Estados Unidos se dedicaba al transporte de drogas y fue derribado por personal militar venezolano.

La información fue confirmada directamente por el ministro de Interior venezolano Néstor Reverol, quien explicó en un mensaje de Twitter que un avión matriculado en Estados Unidos había entrado ilegalmente en el espacio aéreo venezolano a través del Estado de Zulia.

Venezuela mantiene una alerta permanente con quienes trafican con drogas, especialmente por el espacio aéreo bajo su jurisdicción.

“Un avión de narcotráfico registrado en Estados Unidos que entró ilegalmente en el espacio aéreo venezolano a través del estado de Zulia ha sido neutralizado”, dijo el ministro Reverol en su perfil de Twitter, donde publicó imágenes del avión derribado.

“Estamos manteniendo un estado de alerta permanente. Estamos vigilando nuestro espacio aéreo para evitar que se utilice para el tráfico de drogas ilícitas desde Colombia, el mayor productor de cocaína del mundo”, dijo el ministro.

No es la primera vez que Venezuela destruye una aeronave de este tipo. El gobierno de Caracas está intensificando la vigilancia sobre las fronteras del país para garantizar que no se organice ningún tráfico ilícito, en particular desde Colombia, el mayor productor mundial de cocaína del mundo.

En julio otro avión estadounidense ya fue blanco del ejército.

En 2013 Maduro ordenó que todos los aviones dedicados al narcotráfico que cruzaban el espacio aéreo venezolano fueran derribados. La iniciativa del proyecto de ley fue de Hugo Chávez.

Estados Unidos ha sostenido la Guerra de Afganistán con los grandes traficantes de opio

La primera imagen indeleble de la guerra en Afganistán para muchos estadounidenses fue probablemente la del periodista de la CBS Dan Rather, envuelto en las voluminosas ropas de un luchador muyahidín, con el aspecto de un pariente saludable de Lawrence de Arabia —aunque con pelo que parecía recién secado con secador, como algunos espectadores señalaron rápidamente—. Desde su ladera de montaña secreta “en algún lugar en el Hindu Kush”, Rather descargó sobre su público un cargamento de sinsentidos sobre el conflicto. Los soviéticos, confió Rather portentosamente, habían puesto un precio a su cabeza de “muchos miles de dólares”. Continuó: “Fue el mejor regalo que me podían haber dado. Y que mi cabeza tenga precio era un pequeño precio a pagar por las verdades que contamos sobre Afganistán”.

Cada una de estas observaciones resultaron completamente falsas. Rather describió al Gobierno de Hafizullah Amin como un “régimen marioneta instalado por Moscú en Kabul”. Pero Amin tenía vínculos más cercanos con la CIA que con el KGB. Rather llamó a los muyahidines “los luchadores por la libertad afganos… que participaban en una lucha a muerte profundamente patriótica por su hogar”. Los muyahidines apenas estaban luchando por la libertad, en cualquier sentido con el que Rather hubiera estado cómodo, sino más bien por imponer uno de los estilos de fundamentalismo islámico más represivos conocidos en el mundo, bárbaro, ignorante y notablemente cruel para las mujeres.

Era un “hecho”, anunció Rather, que los soviéticos habían usado armas químicas contra aldeanos afganos. Esta era una afirmación promovida por el Gobierno de Reagan, que hizo la acusación de que la extraordinariamente precisa cifra de 3.042 afganos habían muerto a causa de esta lluvia química amarilla, una sustancia que había conseguido gloriosas victorias propagandísticas en su manifestación en Laos unos años antes, cuando la lluvia amarilla resultó ser excrementos de abeja altamente cargados con polen. Como Frank Broadhead señaló en el London Guardian, “su composición: una parte excrementos de abeja, más muchas partes de desinformación del Departamento de Estado mezcladas con credulidad de los medios”.

Rather afirmó que los muyahidines tenían una escasez severa de equipamiento, haciéndolo lo mejor que podían con rifles kalashnikov tomados de soldados soviéticos muertos. De hecho, los muyahidines estaban extremadamente bien equipados, al ser los receptores de armas proporcionadas por la CIA en la guerra encubierta más cara que la Agencia había jamás montado. Llevaban armas soviéticas, pero llegaron por cortesía de la CIA. Rather también mostró imágenes periodísticas que, según él, eran bombarderos soviéticos ametrallando pueblos afganos indefensos. El “bombardero soviético” era en realidad un avión de la fuerza aérea paquistaní en una misión de entrenamiento sobre el noroeste de Pakistán.

CBS afirmó haber descubierto en áreas bombardeadas por los soviéticos animales rellenos de explosivos soviéticos, diseñados para hacer volar en pedazos a niños afganos. Estos juguetes trampa de hecho habían sido fabricados por los muyahidines con el único propósito de estafar a CBS News, como un entretenido artículo en el New York Post aclaró posteriormente.

Rather recorrió de forma heroica el camino hasta Yunas Khalis, descrito como el líder de los guerreros afganos. En tonos de admiración que normalmente reserva para huracanes en el Golfo de México, Rather recuerda en su libro La cámara nunca parpadea dos veces, “la creencia en que lo correcto crea el poder puede haber estado desvaneciéndose en otras partes del mundo. En Afganistán estaba sana y salva, y golpeando a los soviéticos”. Khalis era un despiadado carnicero, con sus tropas presumiendo con cariño de su matanza de 700 prisioneros de guerra. Pasó la mayor parte de su tiempo luchando, pero las guerras no eran principalmente con los soviéticos. En vez de eso, Khalis combatía contra otros grupos rebeldes afganos, siendo el objeto de los conflictos el control de los campos de amapola y las carreteras y senderos desde ellos a sus siete laboratorios de heroína cerca de su cuartel general en la ciudad de Ribat al Ali. El 60 por ciento de la cosecha de opio de Afganistán se cultivaba en el Valle de Helmand, con una infraestructura de irrigación garantizada por USAID.

En sus informes desde el frente Rather mencionaba el comercio local de opio, pero de una forma notablemente falsa. “Los afganos”, dijo, “habían convertido Darra en una ciudad en auge, vendiendo su opio de cultivo local a cambio de las mejores armas disponibles, y después regresando a luchar a Afganistán”.

Darra es una ciudad en el noroeste de Pakistán donde la CIA había instalando una fábrica para producir armas de estilo soviético que estaba repartiendo a todos los afganos que llegaban. La fábrica de armas estaba dirigida bajo contrato por la Dirección de Inteligencia Inter-Services de Pakistán. Gran parte del opio transportado en camiones a Darra desde Afganistán se vendía al gobernador paquistaní del territorio del noroeste, el teniente general Fazle Huq. Desde este opio la heroína se refinaba en laboratorios en Darra, se colocaba en camiones del Ejército paquistaní y se transportaba hasta Karachi, para después ser embarcada a Europa y Estados Unidos.

Rather menospreciaba la reacción del Gobierno de Carter al golpe respaldado por los soviéticos en 1979, con la acusación de que la respuesta de Carter había sido tibia y tardía. De hecho, el presidente Carter había reaccionado con una gama de movimientos que deberían haber causado envidia a los halcones de Reagan que, un par de años después, le estaban atacando por ser un cobarde de la Guerra Fría. Carter no sólo retiró a Estados Unidos de los Juegos Olímpicos de 1980, sino que cortó las ventas de cereales a la Unión Soviética, para gran angustia de los granjeros del medio oeste; detuvo el tratado SALT II; se comprometió a aumentar el presupuesto de defensa de Estados Unidos en un 5 por ciento al año hasta que los soviéticos salieran de Afganistán; y reveló la doctrina Carter de contención en el sur de Asia, sobre la que el historiador de la CIA John Ranelagh dice que llevó a Carter a aprobar “más operaciones secretas de la CIA de lo que Reagan hizo más tarde”.

Carter confesó posteriormente en sus memorias que estuvo más agitado por la invasión de Afganistán que por cualquier otro acontecimiento de su presidencia, incluida la revolución iraní. La CIA convenció a Carter de que podía ser el comienzo de un impulso de los soviéticos hacia el Golfo Pérsico, un escenario que llevó a que el presidente seriamente considerara el uso de armas nucleares tácticas.

Tres semanas después de que los tanques soviéticos llegaran a Kabul, el secretario de Defensa de Carter, Harold Brown, estaba en Beijing, acordando una transferencia de armas de los chinos a las tropas afganas apoyadas por la CIA reunidas en Pakistán. Los chinos, a los que se compensó generosamente por el acuerdo, aceptaron e incluso consintieron en enviar consejeros militares. Brown consiguió un acuerdo similar con Egipto para comprar 15 millones de dólares en armas. “Estados Unidos ha sostenido la Guerra de Afganistán con los grandes traficantes de opio me contactó”, Anwar Sad recordaba poco antes de su asesinato. “Me dijeron: ‘Por favor abre tus almacenes para nosotros para que podamos dar a los afganos el armamento que necesitan para luchar’. Y les di el armamento. El transporte de armas a los afganos empezó desde El Cairo en aviones estadounidenses”.

Pero pocos en el Gobierno de Carter creían que los rebeldes tuvieran alguna posibilidad de derrotar a los soviéticos. Bajo la mayor parte de los escenarios, la guerra parecía destinada a ser una matanza, con civiles y rebeldes pagando un precio importante. El objetivo de la doctrina Carter era más cínica. Era desangrar a los soviéticos, con la esperanza de entramparles en un atolladero al estilo Vietnam. El alto nivel de bajas civiles no perturbó a los arquitectos de la intervención encubierta estadounidense. “Decidí que podía vivir con eso”, recordaba el director de la CIA de Carter, Stansfield Turner.

Antes de la invasión soviética, Afganistán apenas suponía un tema de interés para la prensa nacional, apareciendo en sólo un puñado de historias anuales. En diciembre de 1973, cuando la distensión estaba cerca de su cénit, el Wall Street Journal publicó una extraña historia en la portada sobre el país, titulada “¿Codician Afganistán los rusos? Si es así, es difícil figurarse por qué”. El reportero Peter Kann, que después se convertiría en presidente y editor del Journal, escribía que “los grandes estrategas del poder tienden a considerar Afganistán como una especie de eje sobre el que se mueve el equilibrio mundial de poder. Pero de cerca, Afganistán parece menos un eje, dominó o paso intermedio que una inmensa expansión de desierto baldío con unos pocos bazares llenos de moscas, un buen número de tribus enemistadas y mucha gente miserablemente pobre”.

Después de que la Unión Soviética lo invadiera, este páramo adquirió rápidamente el estatus de un precioso premio geopolítico. Un editorial del Journal tras la entrada soviética decía que Afganistán era “más serio que un mero paso intermedio” y, en respuesta, pedía el estacionamiento de tropas estadounidenses en Oriente Medio, el aumento de gastos militares, la expansión las operaciones encubiertas y el restablecimiento del servicio militar obligatorio. Drew Middleton, en aquel momento corresponsal del New York Times en el Departamento de Defensa, presentó un temible análisis post-invasión en enero de 1980: “La sabiduría convencional en el Pentágono”, escribió, “es que en términos puramente militares, los rusos están en una posición frente a Estados Unidos mucho mejor que como estaba Hitler contra Gran Bretaña y Francia en 1939”.

La máquina de agitprop del Pentágono y la CIA subió de marcha: el 3 de enero de 1980, George Wilson, del Washington Post, informó de que líderes militares esperaban que la invasión “ayudara a curar la resaca ‘nunca más’ de Vietnam del público estadounidense”. Newsweek dijo que el “impulso soviético” representaba “una severa amenaza” para los intereses de Estados Unidos: “El control de Afganistán pondría a los rusos a 350 millas [563 km] del Mar Arábigo, el salvavidas petrolífero de Occidente y Japón. Los aviones de guerra soviéticos situados en Afganistán podrían cortar el salvavidas a voluntad”. The New York Times apoyó la petición de Carter de mayor gasto militar y defendió los programas de misiles Cruise y Tridente, “investigación más rápida sobre el MX o algún otro misil de tierra móvil”, y la creación de una fuerza de despliegue rápido para la intervención en el Tercer Mundo, llamando a esta última una “inversión en diplomacia”.

En resumen, Afganistán demostró ser una gloriosa campaña tanto para la CIA como para el Departamento de Defensa, una fulgurante ofensiva en la que olas de crédulos y sumisos periodistas fueron enviados para promulgar la grotesca proposición de que Estados Unidos estaba bajo amenaza militar. Para cuando Reagan tomó posesión, él y su director de la CIA William Casey recibieron apoyo para su propio plan afgano intensificado desde un origen improbable, el Congreso controlado por los demócratas, que estaba presionando para duplicar el gasto en la guerra. “Fue un beneficio imprevisto” para el Gobierno de Reagan, dijo un miembro del personal del Congreso al Washington Post. “Habían recibido tanta oposición a la acción encubierta en Centroamérica y aquí viene el Congreso a ayudar y a lanzarles dinero, y ellos dicen ‘¿Quiénes somos nosotros para decir que no?”.

Mientras la CIA aumentaba su respaldo a los muyahidines —el presupuesto de la CIA para Afganistán alcanzó finalmente los 3.200 millones de dólares, la operación secreta más cara de su historia—, un miembro de la Casa Blanca del Consejo Estratégico del presidente sobre Abuso de Drogas, David Musto, informó a la administración de que la decisión de armar a los muyahidines fallaría: “Dije al Consejo que estábamos yendo a Afganistán a apoyar a los cultivadores de opio en su rebelión contra los soviéticos. ¿No deberíamos intentar evitar lo que habíamos hecho en Laos? ¿No deberíamos intentar pagar a los cultivadores si erradican su producción de opio? Hubo silencio”.

Tras lanzar esta advertencia, Musto y un colega en el consejo, Joyce Lowinson, siguieron cuestionando la política de Estados Unidos, pero vieron sus indagaciones bloqueadas por la CIA y el Departamento de Estado. Frustrados, recurrieron a la página de opinión del New York Times y escribieron, el 22 de mayo de 1980: “Nos preocupa el cultivo de opio en Afganistán o Pakistán por miembros de tribus rebeldes que aparentemente son los principales adversarios de las tropas soviéticas en Afganistán. ¿Nos estamos equivocando al hacer amistad con estas tribus igual que hicimos en Laos cuando Air America (fletada por la Agencia Central de Inteligencia) ayudó a transportar opio crudo desde ciertas zonas tribales?”. Pero Musto y Lowinson chocaron con el silencio de nuevo, no sólo de la administración sino de la prensa. Era una herejía cuestionar la intervención encubierta en Afganistán.

Más adelante en 1980, Hoag Levins, un escritor del Philadelphia Magazine, entrevistó a un hombre al que identificaba como un cargo de seguridad de “alto nivel” en el Departamento de Justicia del Gobierno de Carter y le citaba así: “Tienes al Gobierno caminando de puntillas alrededor de esto como si fuera una mina terrestre. El tema del opio y la heroína en Afganistán es explosivo… En el discurso sobre el Estado de la Unión, el presidente mencionó el abuso de drogas pero fue muy cuidadoso en evitar mencionar Afganistán, aunque Afganistán es donde las cosas están pasando ahora… ¿Por qué no estamos adoptando una mirada más crítica hacia las armas que estamos enviando ahora a bandas de narcotraficantes que obviamente van a usarlas para aumentar la eficiencia de su operación de tráfico de drogas?”.

La DEA era bien consciente de que los rebeldes muyahidines estaban profundamente involucrados en el comercio de opio. Los informes de la agencia de drogas en 1980 muestran que las incursiones rebeldes afganas desde sus bases de Pakistán contra posiciones soviéticas estaban “en parte determinadas por la plantación de opio y las estaciones de cosecha”. Los números eran crudos e imponentes. La producción afgana de opio se triplicó entre 1979 y 1982. Había pruebas de que para 1981 los productores afganos de heroína se habían hecho con el 60 por cien del mercado de la heroína en Europa occidental y Estados Unidos (éstas son cifras de la ONU y la DEA).

En 1971, en el momento álgido de la participación de la CIA en Laos, había alrededor de 500.000 adictos a la heroína en Estados Unidos. Para mediados y finales de los 70 este total había caído a 200.000. Pero en 1981 con la nueva afluencia de heroína afgana y los consiguientes bajos precios, la población adicta a la heroína aumentó hasta 450.000. En la ciudad de Nueva York, sólo en 1979 —el año en que empezó el flujo de armas a los muyahidines—, las muertes relacionadas con la heroína se incrementaron un 77 por ciento. Las únicas víctimas estadounidenses públicamente reconocidas en los campos de batalla afganos fueron algunos musulmanes negros que viajaron al Hindu Kush desde Estados Unidos para luchar en nombre del profeta. Pero las víctimas de la droga dentro de Estados Unidos desde la guerra secreta de la CIA, particularmente en las ciudades del interior, se contaban por miles, además de la indecible desgracia y sufrimiento social.

Desde el siglo XVII las amapolas de opio han sido cultivadas en el así llamado Creciente Dorado, donde convergen las tierras altas de Afganistán, Pakistán e Irán. Durante casi cuatro siglos este era un mercado interno. Para la década de 1950 se producía muy poco opio tanto en Afganistán como en Pakistán, con quizás 2.500 acres bajo cultivo en estos dos países. Los fértiles campos de cultivo del valle de Helmand en Afganistán, para los 80 bajo intenso cultivo de amapola de opio, estaban cubiertos con viñedos, campos de trigo y plantaciones de algodón.

En Irán, la situación era claramente diferente a principios de los 50. El país, dominado por empresas petrolíferas y agencias de inteligencia británicas y estadounidenses, estaba produciendo 600 toneladas de opio al año y tenía 1,3 millones de adictos al opio, solo superado por China donde, en el mismo momento, los imperialistas occidentales del opio todavía dominaban. Entonces, en 1953, Mohammed Mossadegh, el equivalente nacionalista de Irán del chino Sun Yat-sen, ganó las elecciones e inmediatamente buscó suprimir el comercio de opio. En unas pocas semanas, el Secretario de Estado de Estados Unidos John Foster Dulles estaba llamando loco a Mossadegh, y el hermano de Dulles, Allen, dirigente de la CIA, envió a Kermit Roosevelt para organizar un golpe contra él. En agosto de 1953 Mossadegh fue derribado, el shah fue instalado por la CIA, y los campos de petróleo y opio de Irán estaban de nuevo en manos amigas. La producción siguió inalterada hasta la toma del poder en 1979 del ayatolá Jomeini, punto en el cual Irán tenía un problema muy serio con el opio en términos de la adicción de su propia población. A diferencia de los caudillos muyahidines, el ayatolá era un constructivista estricto de la ley islámica en el tema de los intoxicantes: los adictos y los traficantes se enfrentaban a la pena de muerte. La producción de opio en Irán cayó drásticamente.

En Afganistán en los 50 y 60, el relativamente escaso comercio de opio estaba controlado por la familia real, encabezada por el rey Mohammed Zahir. Todos los grandes estados feudales tenían sus campos de opio, principalmente para satisfacer el consumo doméstico de la droga. En abril de 1978 un golpe populista derribó al régimen de Mohammed Daoud, que había formado una alianza con el shah de Irán. El shah había enviado dinero en dirección a Daoud —2.000 millones de dólares según un informe— y se trajo a la policía secreta iraní, el Savak, para entrenar a la fuerza de seguridad interna de Daoud. El nuevo Gobierno afgano estaba dirigido por Noor Mohammed Taraki. El Gobierno de Taraki hizo movimientos hacia la reforma agraria, por lo tanto un ataque contra los estados feudales cultivadores de opio. Taraki fue a la ONU, donde solicitó y recibió préstamos para sustitución de cosechas para los campos de amapolas.

Taraki también presionó con dureza contra la producción de opio en las zonas fronterizas dominadas por fundamentalistas, ya que éstos estaban utilizando los ingresos del opio para financiar ataques contra el Gobierno central afgano, al que veían como una encarnación malsana de la modernidad que permitía a las mujeres ir al colegio e ilegalizaba los matrimonios concertados y el precio de la novia.

Para la primavera de 1979 el protagonista de los héroes de Dan Rather, el muyahidín, también estaba empezando a surgir. The Washington Post informó que a los muyahidines les gustaba “torturar a sus víctimas primero cortando sus narices, orejas y genitales, después quitando un trozo de piel tras otro”. Durante ese año los muyahidines manifestaron particular animosidad hacia los occidentales, matando seis alemanes del oeste y un turista canadiense y golpeando con severidad a un agregado militar estadounidense. Es también irónico que en ese año los muyahidines estuvieran consiguiendo dinero no sólo de la CIA sino de Muamar el Gadafi de Libia, que les envió 250.000 dólares.

En el verano de 1979, más de seis meses antes de que los soviéticos entraran, el Departamento de Estado de Estados Unidos produjo un memorándum que dejaba claro cómo veía las apuestas, sin importar lo moderno de mente que pudiera ser Taraki, o lo feudales que fueran los muyahidín: “El mayor interés de Estados Unidos… se vería satisfecho por la muerte del régimen Taraki-Amin, a pesar de cuales fueran los reveses que esto podría significar para futuras reformas sociales y económicas en Afganistán”. El informe continuaba: “El derrocamiento de la RDA [República Democrática de Afganistán] mostraría al resto del mundo, concretamente al Tercer Mundo, que la visión de los soviéticos del curso socialista de la historia como inevitable no es correcta”.

Muy presionado por las fuerzas conservadoras en Afganistán, Taraki apeló a los soviéticos en busca de ayuda, lo que declinaron en base a que eso era exactamente lo que sus mutuos enemigos estaban esperando.

En septiembre de 1979 Taraki fue asesinado en un golpe organizado por responsables militares afganos. Hafizullah Amin fue instalado como presidente. Tenía impecables credenciales occidentales, habiendo estado en la Universidad de Columbia de Nueva York y la Universidad de Wisconsin. Amin había sido presidente de la Asociación de Estudiantes Afganos, que había sido financiada por la Fundación Asia, un grupo intermediario, o fachada, de la CIA. Tras el golpe Amin empezó a encontrarse regularmente con responsables de la embajada de Estados Unidos en un momento en el que Estados Unidos estaba armando a rebeldes islámicos en Pakistán. Temiendo a un régimen fundamentalista respaldado por Estados Unidos presionando contra su propia frontera, la Unión Soviética invadió Afganistán por la fuerza el 27 de diciembre de 1979.

Después comenzó la expansión de la CIA iniciada por Carter que tanto preocupó al experto sobre drogas de la Casa Blanca David Musto. En una réplica de lo que ocurrió tras el golpe apoyado por la CIA en Irán, los estados feudales pronto volvieron a la producción de opio y el programa de sustitución de cosechas terminó.

Debido a que Pakistán tenía un programa nuclear, Estados Unidos tenía una prohibición de ayuda exterior sobre el país. Pronto fue levantada a medida que el desarrollo de una guerra próxima en Afganistán se convertía en política prioritaria. De forma bastante rápida, sin ninguna desaceleración discernible en su programa nuclear, Pakistán se convirtió en el tercer mayor receptor de ayuda estadounidense a nivel mundial, justo detrás de Israel y Egipto. Las armas llegaban a Karachi desde Estados Unidos y eran enviadas a Peshawar por la Célula Nacional de Logística, una unidad militar controlada por la policía secreta de Pakistán, el ISI. Desde Peshawar esas armas que no eran simplemente vendidas a todo tipo de clientes (los iraníes consiguieron 16 misiles Stinger, uno de los cuales fue utilizado contra un helicóptero de Estados Unidos en el Golfo) eran repartidas por el ISI a las facciones afganas.

Aunque la prensa de Estados Unidos, con Dan Rather en primer plano, retrataba a los muyahidín como una fuerza unificada de luchadores por la libertad, el hecho —nada sorprendente para cualquiera con idea de historia afgana— era que los muyahidin consistían en al menos siete facciones en guerra, todas combatiendo por territorio y control del comercio de opio. El ISI dio la mayor parte de las armas —según un cálculo el 60 por ciento— al fundamentalista particularmente fanático y enemigo de las mujeres Gulbuddin Hekmatyar, que hizo su debut público en la Universidad de Kabul matando a un estudiante izquierdista. En 1972 Hekmatyar voló a Pakistán, donde se convirtió en agente del ISI. Instó a sus seguidores a lanzar ácido a las caras de las mujeres que no llevaran velo, secuestró a líderes rivales y acumuló un arsenal nutrido por la CIA para el día en que los soviéticos se marcharan y la guerra por el dominio de Afganistán realmente estallara.

Utilizando sus armas para hacerse con el control de los campos de opio, Hekmatyar y sus hombres instaban a los campesinos, a punta de pistola, a aumentar la producción. Recogían el opio crudo y lo llevaban a las seis fábricas de heroína de Hekmatyar en la ciudad de Koh-i-Soltan.

Uno de los principales rivales de Hekmatyar en los muyahidin, Mullah Nasim, controlaba los campos de amapolas de opio en el valle de Helmand, produciendo 260 toneladas de opio al año. Su hermano, Mohammed Rasul, defendía esta iniciativa agrícola afirmando: “Debemos cultivar y vender opio para luchar en nuestra guerra santa contra los no creyentes rusos”. A pesar de este pronunciamiento bien calculado, pasaban casi todo su tiempo luchando contra sus hermanos creyentes, utilizando las armas enviadas por la CIA para intentar conseguir la ventaja en estas luchas internas. En 1989 Hekmatyar lanzó un asalto contra Nassim, intentando hacerse con el control del valle de Helmand. Nassim luchó contra él, pero pocos meses después Hekmatyar maquinó con éxito el asesinato de Nassim cuando ostentaba el puesto de viceministro de Defensa en el Gobierno provisional afgano post-soviético. Hekmatyar ahora controlaba el opio que crecía en el valle de Helmand.

Los agentes estadounidenses de la DEA estaban totalmente informados del control de la droga por los muyahidin concertados con líderes de inteligencia y militares paquistaníes. En 1983 el enlace de la DEA con el Congreso, David Melocik, dijo a un comité del Congreso: “Puedes decir que los rebeldes hacen su dinero de la venta de opio. No hay ninguna duda sobre ello. Estos rebeldes mantienen su causa mediante la venta de opio”. Pero hablar sobre que “la causa” dependía de ventas de droga no tenía sentido en ese momento en concreto. La CIA estaba pagando por todo de todas maneras. Los ingresos del opio estaban acabando en cuentas offshore en el Banco Habib, uno de los mayores de Pakistán, y en las cuentas de BCCI, fundada por Agha Hasan Abedi, que empezó su carrera bancaria en Habib. La CIA estaba utilizando simultáneamente el BCCI para sus propias transacciones secretas.

La DEA tenía pruebas de que más de 40 organizaciones de heroína funcionaban en Pakistán a mediados de los 80 durante la guerra afgana, y había pruebas de más de 200 laboratorios de heroína funcionando en el noroeste de Pakistán. Aunque Islamabad alberga una de las mayores oficinas de la DEA en Asia, nunca se tomó ninguna acción por agentes de la DEA contra ninguna de estas operaciones. Como un responsable de Interpol dijo al periodista Lawrence Lifschultz, “es muy extraño que los estadounidenses, con el tamaño de sus recursos, y el poder político que tienen en Pakistán, no hayan conseguido romper un solo caso. No se puede encontrar la explicación en una falta de adecuado trabajo policial. Han tenido algunos hombres excelentes trabajando en Pakistán”. Pero trabajando en las mismas oficinas que esos agentes de la DEA estaban cinco responsables de la CIA que, así lo contó uno de los agentes de la DEA posteriormente al Washington Post, les ordenaron retirar sus operaciones en Afganistán y Pakistán mientras duraba la guerra.

Esos agentes de la DEA eran muy conscientes del perfil marchado por la droga de una compañía que la CIA estaba utilizando para suministrar efectivo a los muyahidines, de nombre Shakarchi Trading Company. Esta empresa de propiedad libanesa había sido objeto de una larga investigación de la DEA sobre lavado de dinero. Uno de los principales clientes de Shakarchi era Yasir Musullulu, quien en una ocasión había sido agarrado intentando entregar un cargamento de 8,5 toneladas de opio afgano a miembros del sindicato del crimen de Gambino en Nueva York. Un informe de la DEA apuntó que Shakarchi mezclaba “el dinero de los traficantes de heroína, morfina base y hachís con el de los joyeros que compran oro en el mercado negro de los traficantes de Oriente Medio”.

En mayo de 1984 el vicepresidente George Bush viajó a Pakistán para conferenciar con el general Zia al Huq y otros miembros de alto rango del régimen paquistaní. En ese momento, Bush era el dirigente del Sistema Nacional de Interdicción de Narcóticos en la Frontera. En esta última función, uno de los primeros movimientos de Bush fue expandir el papel de la CIA en operaciones de drogas. Dio a la Agencia la principal responsabilidad en el control sobre, los informadores de droga. El dirigente operativo de este grupo de trabajo era el almirante retirado Daniel J. Murphy.

Murphy impulsó el acceso a la inteligencia sobre organizaciones de droga pero se quejó de que la CIA siempre estaba dando largas. “No gané”, dijo más tarde al New York Times. “No conseguí tanta participación efectiva de la CIA como yo quería”. Otro miembro del grupo de trabajo lo dijo sin rodeos: “La CIA podría ser de valor, pero necesitas un cambio de valores y actitud. No sé de una sola cosa que jamás nos hayan dado que fuera útil”.

Bush ciertamente sabía bien que Pakistán se había convertido en el origen de la mayoría de la heroína de alta calidad que entraba en Europa occidental y Estados Unidos y que los generales con los que estaba tratando estaban profundamente involucrados en el comercio de drogas. Pero el vicepresidente, quien proclamó más tarde que “nunca negociaré con traficantes de droga en Estados Unidos o en suelo extranjero”, utilizó su viaje a Pakistán para alabar el régimen de Zia por su inquebrantable apoyo a la Guerra contra las Drogas. (Entre estas excursiones retóricas encontró tiempo, hay que decir, para extraer de Zia un contrato para comprar 40 millones de dólares en turbinas de gas fabricadas por General Electric).

Como era predecible, durante los 80 los gobiernos de Reagan y Bush hicieron todo lo posible por cargar la culpa del auge en la producción de heroína paquistaní sobre los generales soviéticos en Kabul. “El régimen mantiene una absoluta indiferencia ante cualquier medida para controlar la amapola”, declaró el fiscal general de Reagan, Edwin Meese, durante una visita a Islamabad en marzo de 1986. “Creemos firmemente que en realidad hay estímulo, al menos tácitamente, sobre la creciente amapola de opio”.

Meese sabía del tema. Su propio Departamento de Justicia había estado rastreando la importación de drogas desde Pakistán desde al menos 1982 y era muy consciente de que el comercio estaba controlado por rebeldes afganos y el Ejército paquistaní. Pocos meses después de un discurso de Meese en Pakistán, la Oficina de Aduanas de Estados Unidos detuvo a un hombre paquistaní llamado Abdul Wali mientras intentaba descargar más de una tonelada de hachís y una cantidad más pequeña de heroína en Estados Unidos en Port Newark (New Jersey). El Departamento de Justicia informó a la prensa de que Wali dirigía una organización de 50.000 miembros en el noroeste de Pakistán, pero la vicefiscal general Claudia Flynn se negó a revelar la identidad del grupo. Otro responsable federal dijo a Associated Press que Wali era un líder de los muyahidin.

También era conocido para los responsables de Estados Unidos que personas con estrechas relaciones con el presidente Zia estaban haciendo fortunas con el comercio de opio. La palabra “fortuna” aquí no es ninguna exageración, ya que uno de estos asociados de Zia tenía 3.000 millones de dólares en sus cuentas de BCCI. En 1983, un año antes de la visita de George Bush a Pakistán, uno de los médicos del presidente Zia, un herbalista japonés llamado Hisayoshi Maruyama fue arrestado en Ámsterdam empaquetando 17,5 kilos de heroína de alta calidad producida en Pakistán con opio afgano. En el momento de su arresto estaba disfrazado de boy scout.

Interrogado por agentes de la DEA tras su arresto, Maruyama dijo que él sólo era un correo para Mirza Iqbal Baig, un hombre a quien los agentes de aduanas describían como “el traficante de droga más activo en el país”. Baig tenía estrechas relaciones con la familia Zia y otros altos oficiales del Gobierno. Había sido dos veces objetivo de la DEA, a cuyos agentes se les dijo que no realizaran investigaciones sobre él debido a sus vínculos con el Gobierno de Zia. Un importante abogado paquistaní, Said Sani Ahmed, contó a la BBC que éste era el procedimiento estándar en Pakistán: “Podemos tener pruebas contra una individuo concreto, pero aun así nuestras agencias de seguridad no pueden poner las manos encima de gente así, porque sus superiores les prohíben actuar. Los verdaderos culpables tienen suficiente dinero y recursos. Francamente, están disfrutando de algún tipo de inmunidad”.

Baig era uno de los magnates de la ciudad paquistaní de Lahore, dueño de cines, centros comerciales, fábricas y una planta textil. No fue procesado por cargos de drogas hasta 1992, tras la caída del régimen de Zia, cuando un tribunal federal estadounidense de Brooklyn le procesó por tráfico de heroína. Estados Unidos finalmente ejerció la suficiente presión sobre Pakistán como para arrestarle en 1993; en la primavera de 1998 estaba en la cárcel en Pakistán.

Uno de los socios de Baig (como describió Newsweek) en sus negocios con la droga era Haji Ayub Afrid, un aliado cercano del presidente Zia, que había formado parte de la Asamblea General Paquistaní. Afridi vive a 35 millas [56 km.] de Peshawar en un gran complejo sellado por muros de seis metros de alto con alambre de concertina en la parte de arriba y con defensas que incluyen una batería antiaérea y un ejército privado de hombres de su tribu. Se decía que Afridi estaba a cargo de comprar opio crudo de los señores de la droga afganos, mientras Baig cuidaba de la logística y el envío a Europa y los Estados Unidos. En 1993 presuntamente ofreció dinero para acabar con la vida de un agente de la DEA que trabajaba en Pakistán.

Otro caso próximo al Gobierno de Zia implicó el arresto por cargos de droga de Hamid Hasnain, el vicepresidente de la mayor entidad financiera de Pakistán, el Banco Habib. El arresto de Hasnain se convirtió en la pieza central de un escándalo conocido como el “asunto de la Liga Paquistaní”. La banda de narcotraficantes fue investigada por un tenaz investigador noruego llamado Olyvind Olsen. El 13 de diciembre de 1983 la policía noruega requisó 3,5 kilos de heroína en el aeropuerto de Oslo en el equipaje de un paquistaní llamado Raza Qureishi. A cambio de una sentencia reducida Qureishi aceptó dar los nombres de sus suministradores a Olsen, el investigador de narcóticos. Poco después de su entrevista con Qureishi, Olsen voló a Islamabad para destapar a los otros miembros de la organización de heroína. Durante más de un año Olsen presionó a la Agencia de Investigación Federal (AIF) de Pakistán para arrestar a los tres hombres que Qureishi había señalado: Tahir Butt, Munawaar Hussain y Hasnain. Todos eran asociados de Baig y Zia. No fue hasta que Olsen amenazó con condenar públicamente el comportamiento de la AIF que la Agencia realizó alguna acción: finalmente, el 25 de octubre de 1985 la AIF arrestó a los tres hombres. Cuando los agentes paquistaníes atraparon a Hasnain fueron asaltados por un aluvión de amenazas. Hasnain habló de “terribles consecuencias” y afirmó ser “como un hijo” para el presidente Zia. Dentro del maletín de Hasnain los agentes de la AIF descubrieron registros de las extensas cuentas bancarias del presidente Zia además de las de la esposa e hija de Zia.

Inmediatamente después de conocer el arresto de Hasnain, la esposa de Zia, que estaba en Egipto en ese momento, telefoneó al jefe de la AIF. La mujer del presidente demandó imperiosamente la liberación del “banquero personal” de su familia. Resultó que Hasnain no sólo atendía los asuntos financieros secretos de la familia presidencial, sino también de los altos generales paquistaníes, que estaban robando dinero de las importaciones de armas de la CIA y haciendo millones del tráfico de opio. Pocos días después de la llamada de su esposa, el presidente Zia mismo estaba al teléfono con la AIF, exigiendo que los investigadores explicaran las circunstancias respecto al arresto de Hasnain. Zia pronto consiguió que Hasnain saliera bajo fianza a espera de juicio. Cuando Qureishi, el correo, subió al estrado para testificar contra Hasnain, el banquero y su coacusado pronunciaron amenazas de muerte contra el testigo en pleno juicio, suscitando una protesta del investigador noruego, que amenazó con retirarse de los procedimientos.

En última instancia el juez del caso tomó medidas, revocando la fianza de Hasnain y dándole una dura condena a prisión tras su condena. Pero Hasnain era sólo un pez relativamente pequeño que fue a la cárcel mientras generales culpables salieron libres. “Se le ha convertido en un cabeza de turco”, dijo Munir Bhatti al periodista Lawrence Lifschultz: “La CIA estropeó el caso. Las pruebas estaban distorsionadas. No hubo justificación para dejar escapar a los culpables reales que incluyen importantes personalidades en este país. Había pruebas en este caso que identificaban a esas personas”.

Esos eran los hombres a quienes la CIA estaba pagando 3.200 millones de dólares al año para dirigir la guerra afgana, y no hay persona que mejor personifique esta relación que el teniente general Fazle Huq, quien supervisó operaciones militares en el noroeste de Pakistán para el general Zia, incluyendo el armamento de los muyahidin que estaban utilizando la región como una base para sus ataques. Fue Huq quien se aseguró de que su aliado Hekmatyar recibió el grueso de los envíos de armas de la CIA, y también fue Huq quien supervisó y protegió las operaciones de los 200 laboratorios de heroína dentro de su jurisdicción. Huq había sido identificado en 1982 por la Interpol como un jugador clave en el comercio de opio afgano-paquistaní. Los líderes de la oposición paquistaní se refirieron a Huq como el Noriega paquistaní. Había sido protegido de investigaciones sobre droga por Zia y la CIA y posteriormente presumió de que con esas conexiones podía escapar “de cualquier cosa”.

Como otros narco-generales en el régimen de Zia, Huq también estaba muy relacionado con Agha Hassan Abedi, el jefe del BCCI. Abedi, Huq y Zia cenaban juntos casi todos los meses, y trataron varias veces con el director de la CIA de Reagan William Casey. Huq tenía una cuenta en el BCCI de tres millones de dólares. Después de que Zia fuera asesinado en 1988 por una bomba colocada (probablemente por importantes cargos militares) en su avión presidencial, Huq perdió algo de su protección oficial, y pronto fue arrestado por ordenar el asesinato de un clérigo chií.

Después de que la primera ministra Benazir Bhutto fuera depuesta, su sustituto Ishaq Khan liberó rápidamente a Huq de prisión. En 1991 Huq murió de un disparo, probablemente en venganza por la muerte del clérigo. El general del opio recibió un funeral de estado, donde fue elogiado por Ishaq Khan como “un gran soldado y competente administrador que jugó un encomiable papel en el progreso nacional de Pakistán”.

Benazir Bhutto había llegado al poder en 1988 entre fieras promesas de limpiar la corrupción bañada en droga de Pakistán, pero no pasó mucho tiempo hasta que su propio régimen fuera el centro de serias acusaciones. En 1989 la Administración para el Control de Drogas de Estados Unidos encontró información de que el marido de Benazir, Asif Ali Zardari, podía haber estado financiando grandes envíos de heroína desde Pakistán a Gran Bretaña y Estados Unidos. La DEA asignó uno de sus agentes, un hombre llamado John Banks, para que trabajara clandestinamente en Pakistán. Banks era un antiguo mercenario británico que había trabajado clandestinamente para Scotland Yard en grandes casos de droga internacionales.

Mientras estaba en Pakistán, Banks afirma que se presentaba como un miembro de la Mafia y que se había encontrado con Bhutto y su marido en su casa de Sind. Banks afirma también que viajó con Zardari a Islamabad, donde grabó secretamente cinco horas de conversación entre Zardari, un general de la fuerza aérea paquistaní y un banquero paquistaní. Los hombres discutían la logística de transportar heroína a Estados Unidos y Gran Bretaña: “Hablamos sobre cómo iban a enviar las drogas a Estados Unidos en un cúter metálico”, dijo Banks en 1996. “Me dijeron que el Reino Unido era otra zona donde habían enviado heroína y hachís de forma regular”. La Oficina de Aduanas Británica también había estado vigilando a Zardari por tráfico de drogas: “Recibimos inteligencia de tres o cuatro fuentes, sobre su presunta participación como financiero”, contaba un responsable británico de aduanas retirado al Financial Times. “Se informó de todo esto a la inteligencia británica”. El oficial de aduanas dice que su Gobierno no actuó en base a este informe. De igual forma, Banks afirma que la CIA detuvo la investigación de Zardari. Todo esto surgió cuando el Gobierno de Bhutto cayó por segunda vez, en 1996, bajo cargos de corrupción presentados principalmente contra Zardari, que está ahora en prisión por su papel en el asesinato de su cuñado Murtaza. Zardari también sigue acusado de malversar más de mil millones de dólares en fondos del Gobierno

En 1991 Nawz Sharif dice que mientras ejercía como primer ministro se le acercaron dos generales paquistaníes —Aslam Beg, jefe de personal para el Ejército, y Asad Durrani, jefe del ISI— con un plan para financiar decenas de operaciones encubiertas mediante la venta de heroína. “El general Durrani me dijo: ‘Tenemos un proyecto preparado para su aprobación”, explicó Sharif al periodista del Washington Post John Ward Anderson en 1994. “Estaba totalmente atónito. Tanto Beg como Durrani insistieron en que el nombre de Pakistán no sería citado en ningún lugar porque toda la operación sería llevada a cabo por terceros de confianza. Durrani después continuó mencionando una serie de operaciones militares encubiertas que tenían una desesperada necesidad de dinero”. Sharif dijo que rechazó el plan, pero cree que fue puesto en práctica cuando Bhutto recuperó el poder.

El impacto de la guerra afgana en las tasas de adicción de Pakistán fue incluso más drástico que el auge en la adicción a la heroína en Estados Unidos y Europa. Antes de que empezara el programa de la CIA, había menos de 5.000 adictos a la heroína en Pakistán. Para 1996, según Naciones Unidas, había más de 1,6 millones. El representante paquistaní en la Comisión de la ONU sobre Narcóticos, Raoolf Ali Khan, dijo en 1993 que “no hay rama del gobierno donde no esté extendida la corrupción de la droga”. Como ejemplo señaló el hecho de que Pakistán se gaste sólo 1,8 millones de dólares al año en esfuerzos antidroga, con una asignación de mil dólares para comprar gasolina para sus siete camiones.

Para 1994 el valor del tráfico de heroína en Pakistán era el doble del presupuesto gubernamental. Un diplomático occidental dijo al Washington Post en ese año que “cuando llegas a la fase en la que los narcotraficantes tienen más dinero que el Gobierno, van a ser necesarios notables esfuerzos y notables personas para darle la vuelta”. La magnitud del compromiso que se requiere es ilustrada por dos episodios. En 1991 la mayor redada antidroga en la historia del mundo ocurrió en la carretera de Peshawar a Karachi. Los funcionarios de aduanas paquistaníes se hicieron con 3,5 toneladas de heroína y 44 toneladas de hachís. Varios días después la mitad del hachís y la heroína se habían desvanecido junto con los testigos. Los sospechosos, cuatro hombres con vínculos con la inteligencia paquistaní, habían “escapado misteriosamente”, por usar los términos de un funcionario de aduanas paquistaní. En 1993 guardas fronterizos paquistaníes requisaron ocho toneladas de hachís y 1,7 toneladas de heroína. Cuando el caso se pasó a la junta de control de narcóticos paquistaní, todo el personal se fue de vacaciones para evitar verse involucrado en la investigación. Nadie fue castigado o molestado de alguna forma y los narcotraficantes salieron impunes. Incluso la CIA se vio eventualmente obligada a admitir en un informe al Congreso de 1994 que la heroína se había convertido en “la savia de la economía y el sistema político paquistaní”.

En febrero de 1989 Mijaíl Gorbachov sacó las tropas soviéticas de Afganistán, y pidió a EE UU que aceptara un embargo sobre la provisión de armas para cualquiera de las facciones muyahidines afganas, que estaban preparándose para otra fase de la guerra interna por el control del país. El presidente Bush se negó, asegurando así un período de continuación de la miseria y el horror para la mayoría de afganos. La guerra ya había convertido a la mitad de la población en refugiados, y generado tres millones de heridos y más de un millón de muertes. Las inclinaciones de los muyahidin en este punto se ilustran con un par de anécdotas. El corresponsal en Kabul de la Far Eastern Economic Review informó en 1989 sobre el tratamiento por los muyahidin de los prisioneros soviéticos: “Un grupo fue asesinado, despellejado y colgado en una carnicería. Un cautivo se convirtió en el centro de atracción en una partida de buzkashi, esa forma ruda de polo afgano en la que normalmente la pelota es una cabra sin cabeza. En su lugar se utilizó al cautivo. Vivo. Fue literalmente despedazado”. La CIA también tenía pruebas de que sus luchadores por la libertad habían drogado a más de 200 soldados soviéticos con heroína y les había encerrado en jaulas de animales donde, informó el Washington Post en 1990, llevaban “vidas de horror indescriptible”

En septiembre de 1996 los talibanes, fundamentalistas nutridos originariamente en Pakistán como criaturas tanto del ISI como de la CIA, tomaron el poder en Kabul, donde el mulá Omar, su líder anunció que todas las leyes incompatibles con la sharia musulmana se cambiarían. Se obligaría a las mujeres a asumir el chador y quedarse en casa, con segregación total de los sexos y las mujeres fuera de los hospitales, escuelas y baños públicos. La CIA continuó su apoyo de estos fanáticos medievales que, según Emma Bonino, la comisaria de la Unión Europea para Asuntos Humanitarios, estaban cometiendo “genocidio de género”.

Una ley en conflicto con la sharia que los talibanes aparentemente no tenían interés en cambiar era el mandato del profeta contra los intoxicantes. De hecho, los talibanes instaron a sus granjeros afganos a aumentar su producción de opio. Uno de los líderes talibanes, el “zar de la droga” Abdul Rashid, apuntó: “Si intentamos parar esto [el cultivo de opio] el pueblo estará en nuestra contra”. Para finales de 1996, según la ONU, la producción de opio afgano había alcanzado 2.000 toneladas métricas. Se estimaba que había 200.000 familias en Afganistán trabajando en el comercio de opio. Los talibanes tenían el control del 96 por ciento de toda la tierra afgana con cultivo de opio e impusieron un impuesto sobre la producción de opio y un peaje sobre los camiones que llevaban la cosecha.

En 1997 un granjero de opio afgano dio una respuesta irónica a la amenaza de Jimmy Carter sobre usar armas nucleares como parte de una respuesta a la invasión soviética de Afganistán en 1979. Amhud Gul dijo a un reportero del Washington Post: “Estamos cultivando esto [el opio] y exportándolo como una bomba atómica”. La intervención de la CIA había agitado su varita de nuevo. Para 1994, Afganistán, según el programa de control de drogas de la ONU, había sobrepasado a Burma como el suministrador número uno del mundo de opio crudo.

—https://www.counterpunch.org/2020/07/10/i-could-live-with-that-how-the-cia-made-afghanistan-safe-for-the-opium-trade/

Del tráfico de drogas al tráfico de medicamentos en medio de la pandemia en Colombia

Alijo de medicamentos de contrabando
En Colombia, la mayor pandemia sigue siendo la corrupción. A seis semanas de que se decretara la emergencia por la pandemia del coronavirus, las irregularidades en la contratación en los departamentos y municipios de Colombia, que destinan recursos millonarios a programas supuestamente encaminados a mitigar los efectos de la pandemia, despertaron las alamas a un nivel tal que propiciaron el lanzamiento de la estrategia “Transparencia por la Emergencia”, un trabajo articulado nunca antes visto en el país entre la Contraloría- encargada del seguimiento fiscal-, la Procuraduría -cabeza del ministerio público que sanciona a los funcionarios- y la Fiscalía -ente acusador- para hacer seguimiento de la corrupción.

Hasta ahora, los entes de control colombianos tienen en investigación 56 contratos que suman 136.000 millones de pesos (poco más de 35 millones de dólares) que concentran las mayores irregularidades identificadas, pero en total el objetivo es revisar los 31.938 contratos que se suscribieron durante la emergencia económica en todo el territorio.

De acuerdo con la Procuraduría hay 24 procesos disciplinarios abiertos en 14 gobernaciones del país, las cuales tienen a ocho gobernadores directamente involucrados, otros con miras de abrírseles procesos y funcionarios públicos de estas entidades también en la mira. En las alcaldías hay por su parte 70 casos en 56 municipios, y en las entidades del orden nacional 24 expedientes, uno de ellos contra el ministro de Agricultura y Desarrollo Rural, Rodolfo Enrique Zea Navarro, por presuntas irregularidades en Línea Especial de Crédito Colombia Agro Produce, creada por el Gobierno para dar respuesta a la emergencia sanitaria.

El caso del ministro de Agricultura es en particular destacable ya que por su condición de aforado deberá ser elevada ante el Tribunal Supremo de Justicia, máximo tribunal del país.

De acuerdo con la Contraloría el ministro deberá responder por la falta de control en los créditos subsidiados creados por el Gobierno, que destinó un total de 226.000 millones de pesos al sector (58.4 millones de dólares). De estos los pequeños productores solo recibieron 4.200 millones (1 millón de dólares), los medianos 8.300 millones (2.1 millones de dólares) y los grandes agroindustriales 213.566 millones (55.2 millones de dólares) concentrando el 90 por ciento de los recursos.

Entre los mandatarios en la mira de las autoridades ya hay dos sancionados por parte de la Procuraduría que fueron suspendidos de sus cargos por irregularidades en la gestión de la pandemia y posible desvío de recursos públicos: el acalde de Calarcá, Quindío, Luis Alberto Balcero; y el gobernador de Chochó, Ariel Palacios. El caso del alcalde Balcero de Calarcá, fue el primero de un funcionario suspendido durante la emergencia y se debió a un contrato suscrito con un comerciante del municipio, Abelardo de Jesús Echeverri, para repartir mercados a la población más vulnerable. Dicho contrato tenía un monto de 15 millones de pesos (3.879 dólares) pero terminó inflándose hasta los 396 millones de pesos (102.426 dólares).

La irregularidad se hizo manifiesta por el propio proveedor quien denunció que la firma de este contrato inflado no era suya, por lo tanto, había sido falsificada. Dicho contrato fue suscrito por la Secretaría Administrativa de Calarcá, por lo que la suspensión por tres meses ordenada por la Procuraduría no solo fue contra el alcalde Balcero sino contra el secretario titular de esta cartera, José Winser Garzón Tobaría.

La Procuraduría afirmó que separar al alcalde y su funcionario del caro era necesario pues de lo contrario “seguiría afectando principios fundamentales y esenciales que regulan la contratación del Estado”. Este caso está en indagación preliminar por parte de la Fiscalía para establecer responsabilidades penales.

Por su parte, el gobernador del Chocó, Ariel Palacios, habría participado en la firma de un contrato por 2.000 millones de pesos (517.305 dólares) que según el Ministerio Público iba en contra de las normas de contratación estatales.

Dicho contrato tiene por objeto realizar actividades relacionadas con jornadas educativas de dos horas sobre temas de limpieza, desinfección, manejo de animales, enfermedades crónicas, autocuidado, salud mental, lactancia materna, sexualidad, prevención de enfermedades y tuberculosis, todas estas enfocadas en el coronavirus. Sin embargo, la Procuraduría determinó que dichas actividades no eran prioritarias en un departamento donde la seguridad alimentaria, el pago de los salarios y la dotación de insumos al personal médico sí constituían necesidades urgentes a las que se debían destinar los millonarios recursos.

Ariel Palacios, Gobernador del Chocó, es el primer mandatario departamental en ser suspendido por un presunto caso de corrupción en el marco de la emergencia por el coronavirus Ariel Palacios, Gobernador del Chocó, es el primer mandatario departamental en ser suspendido por un presunto caso de corrupción en el marco de la emergencia por coronavirus.

Chocó es uno de los departamentos más pobres de Colombia y más afectado históricamente por la guerrilla, con una población principalmente afro, racial e indígena. Aquí se registró la primera muerte por coronavirus el pasado 26 de abril, y hay otras 13 personas confirmadas positivas.

Las gobernaciones de Arauca, Magdalena, Atlántico, Cesar, La Guajira, Vichada y San Andrés, también están bajo la lupa de los entes de control por casos similares.

El ejército no se salva

Los cuestionamientos de la Procuraduría y demás entes de control por irregularidades en el manejo de la pandemia del coronavirus también estuvieron dirigidos al ejército, institución que resultó señalada por comprar con notables sobrecostos insumos de protección como tapabocas y guantes.

El foco está puesto en el contrato 044 suscrito por el ejército, el cual fue solicitado por parte del Ministerio Público para investigación. Este contrato, suscrito con la empresa Paciffic Group and Bussines en la ciudad de Medellín por un valor de 200 millones de pesos (51.730 dólares), era para proveer tapabocas, desinfectantes, guantes y otros elementos necesarios para la pandemia.

Sin embargo, el monto por unidad de los tapabocas, que en situaciones normales no supera los 2.000 pesos (menos de un dólar) y que durante la pandemia por la gran demanda se consiguen en 20.000 pesos (5 dólares), fueron adquiridos por el Ejército a 45.000 pesos (11 dólares).

La empresa con la que se suscribió dicho contrato, que también es proveedora del Ejercito de contratos similares en ciudades como Bogotá, Tunja, Pasto o Cúcuta, tiene en su registro mercantil la comercialización de insumos de ferretería, pintura, carpintería, pero no de estos elementos de uso médico.

El ejército respondió ante la investigación de la Procuraduría negándose a enviar la documentación requerida por el ente de control alegando que dichos contratos estaban protegidos por el secreto militar, sin embargo, tras una queja del Ministerio Público elevada al Ministerio de Defensa, este último ordenó al ejército colaborar con toda la información requerida par la investigación.

Este caso ya ha resultado en tres coroneles apartados de sus cargos en Tunja y Cúcuta, los cuales estuvieron involucrados con la contratación de tapabocas N95 con presuntos sobrecostos.

Tráfico de medicamentos

En Cesar y La Guajira, departamentos vecinos ubicados al norte del país en zona fronteriza con Venezuela, comparten en el marco de la pandemia no solo los problemas en los que hoy están sus gobernadores por las presuntas irregularidades en la atención al coronavirus, sino que han sido epicentro de un alza en el tráfico de medicamentos de contrabando que ha proliferado durante la crisis.

Las indagaciones sobre irregularidades en los mercados de la Gobernación del Cesar llevaron a la Fiscalía, Contraloría y Procuraduría a realizar una inspección en la sede de la Gobernación para recolectar pruebas a finales de la semana.

La autoridad departamental, en cabeza del gobernador Luis Alberto Monsalve Gnecco, está en la mira por haber suscrito 37 contratos por un valor superior a 14.000 millones de pesos (3.6 millones de dólares) para la adquisición de 88.700 kits de mercados o bonos para redimir en establecimientos de comercio los cuales deberían estar destinados a la población más vulnerable. En todos ellos hay presuntas irregularidades por sobrecostos en alimentos que están siendo cobrados un 40 y hasta un 100 por ciento más de su valor en el mercado.

Uno de esos contratos, el primero señalado por la Contraloría, tiene un valor total de 367.140.000 por la adquisición de 2.900 kits de mercado. Lo que encontró el ente de control fiscal al contrastar los precios de los productos con la referencia de Colombia Compra Eficiente -portal del Gobierno que da un marco de precios- fue que el contrato debía costar 268 millones de pesos, encontrando diferencia de casi 100 millones, el 37 por ciento de su valor total.

Tanto el Gobernador del Cesar, Luis Alberto Monsalvo, como varios funcionarios de su administración, así como otros políticos del Cesar, han sido vinculados formalmente a la investigación por estos hechos.

En La Guajira el panorama no es muy diferente, pero tiene una particularidad: allí se viene dando un alza en el tráfico de medicamentos desde que empezó en Colombia el conteo de casos por el coronavirus.

En Maicao, municipio fronterizo con Venezuela y que concentra gran parte del contrabando que se da entre los dos países por el norte de la frontera, fueron incautados al principio de la emergencia un cargamento de medicamentos avaluados en 8.000 millones de pesos (2 millones de dólares) los cuales pretendían ser distribuidos por una cadena de red de droguerías distribuidas en La Guajira y Cesar.

Dicho cargamento desnudó una red de medicamentos piratas que funcionaba en todo el país y que se surtía con drogas traídas de Ecuador, pero también saqueando el sistema farmacéutico en departamentos como Risaralda, Nariño y Norte de Santander. Las medicinas luego eran enviadas a Cesar y La Guajira para su distribución.

Estas actividades no se han detenido, como lo demuestra la incautación a mediados de abril de un cargamento de medicinas de contrabando, procedentes de Estados Unidos que desde Venezuela pretendían ingresar por la frontera con Maicao. Dicho cargamento avaluado en 28 millones de pesos (7.242 de dólares) fue interceptado por la Policía Aduanera (POLFA).

Una fuente de la POLFA que opera en los puntos de control de Maicao contó que una de las modalidades de distribución y comercialización de estos medicamentos de contrabando involucra a funcionarios de las EPS e IPS (empresas prestadoras de salud) que son cómplices en el saqueo al sistema de salud. Además afirmó que en la frontera estos medicamentos se camuflan entre otras mercancías de contrabando que cruzan a Venezuela por los pasos ilegales y viceversa, por lo que se han incrementado los controles en todos los pasos fronterizos por parte de las autoridades aduaneras, ya que en el marco de la pandemia el tráfico de medicamentos para tratar la enfermedad viene al alza.

De acuerdo con cifras oficiales, desde que empezó el Gobierno de Iván Duque se han hecho 1.393 acciones de control contra el contrabando de medicamentos en el país.

https://www.infobae.com/america/colombia/2020/05/02/corrupcion-y-trafico-de-medicamentos-en-medio-de-la-pandemia-en-colombia-investigan-56-contratos-por-usd-35-millones/

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