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Israel promueve a los terroristas sirios

La reivindicación del Frente Al-Nosra, la filial de Al-Qaeda en Siria, del atentado que el lunes costó la vida a cinco científicos nucleares sirios en un barrio de Damasco, confirma que dicha organización terrorista actua por encargo de Israel.

Los científicos trabajaban en el centro de investigaciones nucleares de Barzeh en condiciones de absoluta discreción, por lo que sólo un servicio de espionaje ha podido obtener información sobre sus movimientos.

No es la primera vez que los dirigentes y científicos sirios son el blanco de ataques terroristas. El Frente al-Nosra es un instrumento en manos del Mossad desde hace mucho tiempo. Los terroristas se benefician de la ayuda logística de Israel para organizar asesinatos y secuestros. Con la ayuda del Mossad, fueron capaces de identificar y asesinar a los mejores pilotos del ejército de Siria, adiestrados para volar en los aviones más avanzados del ejército. También han atacado los centros de estudio e investigación científica de Siria.

Desde el comienzo de la crisis, el ejército y las fuerzas de seguridad de Siria han detenido a muchos miembros del Frente Al-Nosra, algunos de los cuales iban equipados con los sistemas más modernos de comunicaciones, observación y captura de imágenes. Estos dispositivos funcionan conectados a los satélites. Los servicios de inteligencia rusos y chinos han confirmado los informes de los sirios, que encontraron pruebas de que Estados unidos e Israel están directamente relacionados con estos crímenes.

Fuentes iraníes (*) imputan al general estadounidense Richard Cliffeland de la coordinación de este tipo de operaciones. El rastro de su equipo, que trabaja para la CIA, se ha descubierto varias veces en los asuntos relacionados con el entrenamiento de terroristas para llevar a cabo acciones selectivas contra de Siria. Para infiltrarse en el interior del país, los terroristas cruzan la frontera con Jordania, o pasan por los altos del Golán, ocupados por Israel.

El Mossad ha creado centros de operaciones y campos de entrenamiento en Jordania, Turquía y el Kurdistán iraquí para ayudarles. La capacitación la proporcionan las fuerzas israelíes Maglan, especializadas en ataques contra aeropuertos, y una unidad del ejército israelí se especializa en ataques y asesinatos selectivos.

Pero la ayuda del régimen sionista al Frente Al-Nosra no se limita a la formación. En muchos casos acompañan a los comandos dentro del territorio sirio, y han desempeñado un papel directo en los atentados y asesinatos cometidos por los ellos. La presencia de agentes israelíes es especialmente necesaria en las operaciones que el Frente Al-Nosra ejecuta contra las bases militares y centros de investigación y estudios científicos. Los servicios de inteligencia sirios han identificado varios supuestos de esta cooperación en Homs, Daraa, Ghoutta oriental y Al-Ghalamoun.

Los operativos del Frente Al-Nosra en los que asesinaron a los pilotos de la aviación siria fueron un ejemplo evidente de la connivencia entre el régimen sionista y los terroristas. Estas operaciones fueron organizadas en 2011 y costaron la vida de seis pilotos, técnicos y oficiales del ejército del aire. De hecho, fue con los ataques contra el personal de la fuerza aérea soria, como se hizo famoso el Frente Al-Nosra. Los agentes israelíes colaboraron con ellos. Más tarde, ayudados por agentes del Mossad, los terroristas asesinaron el general Abdallah Al-Khaledi y secuestraron y decapitaron a otros pilotos de las fuerzas aéreas de Siria.

La siguiente víctima de estas operaciones orquestadas por el régimen sionista fue el general Nabil Zaghib, responsable del programa balístico de Siria. En Alepo, los terroristas asesinaron al doctor Samir Roqaya, ingeniero aeronáutico. En 2012 el Frente Al-Nosra le secuestró y torturó hasta la muerte. Luego publicó un vídeo en el que mostraba su cuerpo, con señales de tortura. Con la ayuda del Mossad, el Frente Al-Nosra también atacó bases militares, instalaciones de radar y las defensas antiaéreas del país, como el centro de la DCA siria en Borj al-Sultan, y en otras regiones del país, así como en Ghoutta oriental o en Daraa.

El régimen de Tel Aviv es el máximo beneficiario de las acciones de Al-Nosra. El 14 de enero el diario israelí Yediot Aharonot publicó un artículo que confirma la complicidad entre los terroristas y el Mossad: «No es necesario ser un experto en inteligencia para saber que las operaciones de asesinato y sabotaje fueron llevados a cabo por individuos que están bien entrenados y altamente equipados. Estas operaciones también han logrado los objetivos comunes de los servicios secretos de varios países cuyos intereses están relacionados con los acontecimientos en Siria».

(*) Qui a tué les savants atomistes syriens?!, Irib, http://french.irib.ir/analyses/chroniques/item/348332-isra%C3%ABl-instrumentalise-le-front-al-nosra-pour-assassiner-les-savants-syriens

La mafia contra el movimiento obrero

Juan Manuel Olarieta

A través del cine la ideología dominante ha hecho creer que la mafia tenía comprados y sobornados a los policías, jueces, fiscales y políticos de Estados Unidos en los años veinte, cuando en realidad sucedía todo lo contrario: la mafia es un instrumento de los grandes capitalistas para impedir la organización sindical y política del proletariado. Una de las facetas más conocidas de los mafiosos ha sido siempre el asesinato de los dirigentes obreros, la disolución de manifestaciones y reuniones sindicales, la organización del esquirolaje, etc.

La multinacional Ford utilizó hasta 1940 un ejército de 3.000 pistoleros con la misión de impedir que sus trabajadores organizaran sindicatos. De él formaba parte el lumpen, ex-policías, ex-boxeadores, gangsters y gran número de presidiarios, que la empresa sacaba de la cárcel, previo pago de fuertes fianzas, para contratarlos como matones. En una extraordinaria obra de investigación el danés Henrik Krüger ha demostrado los estrechos vínculos que siempre han existido entre la mafia y el fascismo, aliados en la lucha contra el movimiento obrero y comunista internacional (1).

En la Segunda Guerra Mundial el Ejército norteamericano reorganizó y reforzó la mafia siciliana para preparar el desembarco en aquella isla. Su objetivo era impedir que los comunistas tomaran el poder en Italia tras la liberación y situar a los mafiosos en los cargos públicos. En esta función colaboró Vito Genovese, gángster conocido y fascista apenas disimulado, de modo que tras la guerra pudo regresar a Estados Unidos, donde se le exculparon los asesinatos que había cometido, reconociendo expresamente el Ejército en el juicio «los servicios prestados a la nación». Al respecto escribe Catanzaro:

«El Gobierno aliado, que necesitaba apoyarse en las fuerzas locales para gobernar, no encontró nada mejor que terratenientes, separatistas y mafiosos. La reconquistada autonomía de acción de los grupos mafiosos fue otro elemento que contribuyó a dar importancia a los conflictos políticos y sociales en Sicilia. En este proceso la mafia tendría también amplios espacios para reafirmarse con prepotencia […]

«Así, muchos mafiosos se convirtieron en alcaldes de los municipios de la Sicilia ocupada […] Como alcaldes, los mafiosos reanudaron sus antiguas funciones de ‘brokers’ entre gobierno aliado y población. Pero no volvieron a ejercer sus funciones tradicionales sólo con este puesto; hacen de intérpretes para los mandos militares, ocupan cargos importantes, como Vito Genovese en Nola y desempeñan funciones relevantes que los sitúan de nuevo en los enlaces críticos de las relaciones entre autoridades políticas y población […]

«Esta posición les permitió asumir otra vez funciones de mediación que se extendían del sector político al económico. La economía de guerra había abierto increíbles oportunidades para los cohechos y el mercado negro, al que se dedicaron plenamente los elementos mafiosos aprovechando su situación privilegiada ante el gobierno aliado de ocupación.

«La impunidad y la protección de las que gozaban los mafiosos se demuestra en episodio de las investigaciones llevadas a cabo por un agente del ejército norteamerica­no en relación con Vito Genovese. Genovese había vuelto a Italia para huir de las imputaciones que se le hacían en Estados Unidos y se había convertido en uno de los jefes indiscutibles del hampa desde el periodo fascista hasta 1944 año en el que fue arrestado. Tras su detención hubo una serie de presiones y episodios poco claros que demostraron que Genovese, pese a ser responsable de robos en los almacenes del ejército norteamericano, disfrutaba de apoyos importantes… El asunto acabó nueve meses después con su embarque para Norteamérica, donde más tarde conseguiría nuevamente la libertad»(2).

En la invasión de Sicilia estuvo Irving Brown, que entonces era un joven teniente de la OSS encargado de las relaciones con la mafia y, por lo tanto, con Lucky Luciano, el jefe del clan al que la Casa Blanca agradeció su contribución al esfuerzo bélico de la Segunda Guerra Mundial en pleno juicio en 1954. Bajo la protección de Brown, de la OSS y luego de la CIA, Luciano organizó a través de Cuba la importación de heroína a los Estados Unidos en la posguerra.

Aquella heroína procedía de Marsella, donde la mafia tenía el mismo origen mediterráneo, corso en este caso, y el mismo objetivo. Desde 1930 en Marsella los diferentes clanes mafiosos se repartieron sabiamente las afinidades políticas. Mientras la relación de los hermanos Guerini con el partido socialista francés siempre fue muy estrecha, la rama de Spirito y Carbone se arrimó a los fascistas, aportando las hordas de matones que se dedicaban a tirotear las manifestaciones obreras y antifascistas.

La división se mantuvo durante la Segunda Guerra Mundial. Mientras los Guerini optaron por la resistencia, los otros dos fueron colaboracionistas. Pero en 1943 la guerrilla antifascista voló por los aires el tren en el que viajaba Carbone y Spirito tuvo que huir a España tras la Liberación. Los Guerini se quedaron con el monopolio del crimen organizado, especialmente de la prostitución, que siempre fue su gran especialidad. Ellos controlaban los garitos, clubes de alterne, hoteles, salas de baile y bares.

Según el historiador Alfred McCoy, el pacto de la mafia marsellesa con el Estado francés incluía una condición básica: la heroína no se podía quedar en el interior de Francia. McCoy también ha descrito muy gráficamente la instrumentalización política de los mafiosos corsos en Marsella:

«Los fascistas franceses los utilizaron para combatir a los manifestantes comunistas en la década de 1930; la Gestapo los utilizó para espiar a la resistencia comunista durante la Segunda Guerra mundial; y la CIA les pagó para romper las huelgas de los comunistas en 1947 y 1950. La última de estas alianzas demostró ser la más importante porque es la que dio a los corsos una posición suficientemente fuerte como para hacer de Marsella después de la guerra, la capital de la heroína del hemisferio occidental y el cimiento de una asociación de largo plazo con los traficantes de drogas de la mafia»(3).

En 1945 el comisario de policía Robert Blemant llegó a un acuerdo con los Guerini para ampliar el negocio: les pasó los expedientes de los colaboracionistas para chantajearles, apoderarse de las apuestas y el contrabando de tabaco, y extender los tentáculos a lo largo de la Costa Azul. De esa manera los hermanos corsos amasaron una fortuna gigantesca y su asociación con los socialistas se estrechó aún más: fueron los más fieles colaboradores de Gaston Defferre, alcalde casi eterno de Marsella y patrón de la socialdemocracia francesa. El servilismo del hampa era total. Los mafiosos no sólo ejercían de guardaespaldas de Defferre en los actos públicos sino que pegaban los carteles de los socialistas por las calles.

Marsella es una ciudad con fama de radicalismo político desde los tiempos de la Revolución Francesa. En el mundo entero La Marsellesa es el himno revolucionario por antonomasia. En los años cuarenta era la segunda ciudad de Francia, después de París, y tenía el núcleo obrero más importante. En la posguerra el ayuntamiento lo dirigieron los comunistas hasta la llegada de Defferre en 1947. Una de las tareas encomendadas a la mafia corsa consistió en aniquilar al Partido Comunista que, con casi el 40 por ciento de los votos, era la primera fuerza política de Francia.

Pero Marsella también es la Chicago francesa. El 10 por ciento de la población marsellesa es de origen corso. No obstante, detrás de los corsos y de la socialdemocracia, era la recién creada CIA la que movía los hilos. El interés del imperialismo estadounidense derivaba de la situación estratégica del puerto de Marsella que, además de la vía de comunicación con el norte de África, servía de enlace con Indochina, en plena guerra de descolonización. A Marsella se la conocía como la «Puerta de Oriente». Eran los tiempos en los que las fronteras de Francia llegaban hasta el sudeste asiático, la fábrica de la heroína, que tanto de los colonialistas franceses como luego Estados Unidos siempre utilizaron como instrumento de guerra.

Al mismo tiempo la CIA promovió una escisión de la CGT, creando el sindicato amarillo Fuerza Obrera, que puso a disposición de los socialistas, que carecían de influencia entre los trabajadores franceses. En un artículo publicado en 1967 en el Saturday Evening Post, el antiguo director del Departamento de Asuntos Internacionales de la CIA, Thomas W. Braden, reconoció que sin la intervención del imperialismo estadounidense la historia de la posguerra en Europa hubiera sido muy diferente. La estrategia del imperialismo, escribió Braden, consistió en «utilizar a la izquierda para derrotar a la izquierda».

A través de Lucky Luciano, la CIA encomendó a los hermanos Guerini la organización de la denominada «French connection», el transporte de la heroína que llegaba a Marsella desde Indochina con destino a Estados Unidos y escala en Cuba. Durante años el puerto de Marsella fue el centro mundial más importante del transporte de heroína. Era un recorrido de doble dirección: la heroína circulaba en un sentido y las armas en el sentido contrario. Una parte de las armas acabaron en Palestina en manos de los sionistas, que entonces empezaban a organizar sus primeras matanzas. Una parte del dinero se utilizó para financiar a la socialdemocracia francesa, a su periódico Le Populaire y al «sindicato» Fuerza Obrera. Cualquier cosa que no oliera a comunismo, pero sobre todo el anticomunismo más feroz.

Hasta 1972 la CIA no creó un banco, el Banco de Crédito y Comercio Internacional, dedicado específicamente a lavar el dinero procedente del tráfico internacional de drogas. Hasta entonces todo era mucho más sencillo: el dinero de la heroína francesa pasaba por una cuenta bancaria abierta en Suiza a nombre de Pierre Ferri-Pisani, socialista, dirigente portuario de Fuerza Obrera, corso y conocido rompe-huelgas.

Pero la organización de aquel dispositivo político mafioso, además de los nombres franceses, los tenía también estadounidenses porque desde entonces en todos estos asuntos empezó a mandar la CIA, que no sólo actuaba directamente sobre el movimiento obrero, sino también a través de los sindicatos AFOL y CIO (4). De ahí que intervinieran figuras, hoy desconocidas, a medio camino entre el sindicalismo y el espionaje, como Jay Lovestone, James Jesus Angleton y, sobre todo, el mencionado Irving Brown. La coordinación corría a cargo de John Phillipsborn, agregado sindical de la embajada de Estados Unidos en París.

También estaba un joven William Colby, quien llegaría a la cúspide de la CIA participando en estos enredos. Al cabo de los años, recordando aquellos tiempos, Colby equiparó a la CIA con la Orden de los Templarios: aunque hubiera que vender drogas, lo más importante era salvar la libertad de occidente de las tinieblas comunistas. El fin justifica los medios.

En la posguerra la CIA llenó Marsella de espías con varias tareas sobre el terreno. Pero en 1947 una de ellas, la aniquilación del Partido Comunista, se volvió perentoria al estallar el Otoño Rojo. Cuando los comunistas perdieron la alcaldía, los burdeles de la mafia se reabrieron, sacaron a los matones de la cárcel y subieron los precios de los tranvías, desencadenando una movilización popular que se prolongó durante un mes, paralizando el tráfico portuario e interrumpiendo el gran negocio de la heroína y el contrabando de tabaco.

En Marsella la diferencia entre un policía y un mafioso era sutil. El gobierno había depurado a los antidisturbios de antifascistas para reclutarlos entre los pistoleros de los bajos fondos. Como recuerda McCoy:

«Merced a sus relaciones con el Partido Socialista, la CIA envió agentes a Marsella y a un equipo de especialistas en guerra psicológica que trató directamente con los jefes de las organizaciones corsas a través de Guerini. La CIA suministró armas y dinero a los corsos para que atacaran a los piquetes y hostigaran a los principales dirigentes sindicales comunistas. Durante el mes de la huelga, los gángsteres de la CIA y los CRS [antidisturbios] depurados maltrataron a los piquetes y asesinaron a varios huelguistas».

En la mañana del 12 de noviembre, siguiendo órdenes de los socialistas, los hampones apalearon a los concejales comunistas dentro del propio ayuntamiento. La noticia corrió como la pólvora y una multitud de 40.000 personas se concentró delante del consistorio. Entonces los matones de la mafia se pusieron en primera línea a apalear y aterrorizar a los manifestantes por las calles.

Por la tarde, los piquetes respondieron de la misma manera: se fueron al barrio de Ópera, donde los hermanos Guerini tenían sus burdeles, con el objetivo de clausurarlos. Uno de ellos era Vincent Voulant, un joven obrero del metal, militante de las juventudes comunistas y antiguo miembro de la resistencia antifascista durante la ocupación de Francia por los nazis. Desde uno de los garitos uno de los Guerini disparó contra él un certero tiro mortal. Muy pocos días después el sumario se archivó, exculpando a los mafiosos del crimen.

La indignación se adueñó de toda la ciudad y la huelga se generalizó. La ciudad quedó paralizada. Al día siguiente el diario comunista La Marseillaise afirmó que actuando de acuerdo con la mafia, los concejales socialistas habían restablecido los viejos métodos fascistas en la alcaldía. Se produjo un cruce de acusaciones. Defferre mintió y dijo que no conocía a los Guerini, pero un primo de los corsos era redactor del diario Le Provençal que él dirigía…

La CGT convocó una huelga general que alcanzó a tres millones de trabajadores en toda Francia. La CIA organizó el traslado de esquiroles italianos para que trabajaran en el puerto de Marsella, escoltados por los pistoleros de la mafia. Los piquetes sindicales no pudieron paralizar la actividad portuaria por completo. A pesar de la huelga la mafia siguió cargando armas y descargando heroína. La represión hizo el resto. A primeros de diciembre fue asesinado Sylvain Bettini, un obrero portuario, antiguo resistente y deportado en el campo de concentración de Dachau, que fue asesinado por la policía de un disparo por la espalda.

La huelga acabó con una dura derrota del movimiento obrero marsellés. El Estado francés y, sobre todo, su ministro del Interior, el socialista Jules Moch, supo a quién le debía un favor. Los hermanos Guerini estuvieron las décadas siguientes cobrándose aquella factura de 1947. Es la política de la «vista gorda»: la policía había que lanzarla contra los trabajadores, no contra la mafia.

La consecuencia de aquello fue que, tras la Revolución China de 1949 y la descolonización del sudeste asiático, Marsella dejó de ser sólo un punto del tránsito de la heroína para convertirse en la fábrica mundial de la heroína, que adquirió justa fama dentro del comercio internacional por su elevada pureza. Hasta que los químicos corsos entraron en acción, la heroína sólo alcanzaba un 70 por ciento de pureza; los laboratorios marselleses patentaron la fusión de la pasta a 229 grados centígrados para elevar la pureza más allá 95 por ciento. Un prodigio de perfección técnica de los hermanos Guerini para envenenar al mundo entero con el visto bueno del Estado francés, de los socialistas, de la CIA y de…

(1) The Great Heroin Coup: Drugs, Intelligence & International Fascism, South End Press, 1980, http://es.scribd.com/doc/43675049/The-Great-Heroin-Coup
(2) El delito como empresa. Historia social de la mafia, Taurus, Madrid, 1992, pgs.184 a 186.
(3) The Politics of Heroin in Southeast Asia. CIA complicity in the global drug trade, Harper & Row, 2003, pg.25, http://knizky.mahdi.cz/52_Alfred_McCoy___The_politics_of_heroin_in_Southeast_Asia.pdf
(4) Cfr. George Morris: La CIA y el movimiento obrero, México, 1967.

La crónica negra de algunos asesinatos científicos

Hoy un asalto armado a un autobús en un barrio de Damasco ha costado la vida a cinco personas, de las que dos de ellas, han sido identificadas como ingenieros atómicos. Aunque las fuentes periodísticas no apuntan hacia los posibles responsables del crimen, es obra del Mossad, y no es la primera que vez que asesinan a científicos árabes e iraníes de alto nivel.

Los asesinatos y las extrañas muertes de determinados científicos es algo mucho más corriente de lo que suponemos, hasta el punto de que en internet hay varias páginas -más o menos conspiranoicas- que hacen seguimientos de las noticias que aparecen sobre este tipo de crímenes.

En los años ochenta, más de 70 investigadores y expertos que trabajaban para Marconi, Plesey y otras empresas punteras en materia de armamento que formaban parte de la “Guerra de las Galaxias” emprendida por Reagan, murieron en Inglaterra en extrañas circunstancias, la mayor parte de ellos por suicidio aparente.

El oficio de microbiólogo parece ser la especialidad de más alto riesgo. En el accidente del vuelo MH17 que sobrevolaba Ucrania en julio de este año fallecieron Glenn Thomas y varios especialistas mundiales en el virus del Ébola. Parecía el peor momento para tener un accidente, si es que fue un accidente…

El 12 de noviembre de 2001 encontraron en estado de coma a Benito Que, especialista en enfermedades infecciosas, en una calle próxima a su laboratorio de la Universidad Médica de Miami, donde trabajaba. La prensa dijo que había sido agredido por cuatro personas armadas con bates de béisbol, pero cuando falleció unos días después, la versión oficial dijo que murió por «una enfermedad».

El microbiólogo Don C. Wiley desapareció cuatro días después de que su colega apareciera en estado de coma. Primero encontraron su coche en Menfis con el depósito lleno y las llaves de contacto puestas, y luego su cuerpo en el río Mississippi, a 500 kilómetros de distancia. Estaba a punto de irse de vacaciones con su familia. Wiley era un inmunólogo especialista en pandemias de gripe, SIDA y Ébola.

El 18 de julio de 2003 David Kelly apareció muerto en un bosque cerca de su casa. Kelly era experto en armamento de destrucción masiva del gobierno británico, trabajó para la ONU como inspector especializado en armas biológicas y efectuó 37 misiones de control en Irak. Su trabajo en la ONU le valió incluso una nominación al Premio Nóbel de la Paz.

Entonces se preparaba la invasión de Irak y era necesaria una coartada para dar carnaza a los medios de comunicación: las armas de destrucción masiva. Al margen de los micrófonos, Kelly denunció a la prensa que el informe de enero de 2002 en el que los servicios secretos británicos afirmaban que Irak disponía de armas de destrucción masiva era un mentira del primer ministro, el laborista Tony Blair, para proporcionarle una justificación para invadir Irak.

El espionaje encontró la fuente que filtraba las informaciones y una vez sabido llegó el cadáver. Inmediatamente Tony Blair pidió al jurista Lord Hutton que realizara una investigación urgente, que nunca se completó, aunque Hutton publicó unas conclusiones en enero de 2004 según las cuales el científico se había suicidado cortándose la muñeca con un cuchillo de jardinería.

Para terminar de aclarar el asunto, Hutton prohibió la difusión de los datos de su historial médico, autopsia y pruebas de toxicología durante 70 años, nada menos, con la excusa de “proteger la privacidad de la familia de Kelly”.

Sin embargo, en octubre de 2010, para poner fin a la constante especulación, el gobierno tuvo que desclasificar los archivos de Hutton, apareciendo detalles tan curiosos como que el cuchillo con el que se cortó las venas no tenía sus huellas dactilares…

Según el libro del diputado británico Norman Barker, “The Strange Death of David Kelly”, la policía conocía de antemano la existencia de un plan para asesinar a Kelly, pero dejó que siguiera su curso.

Una pocas horas antes de su muerte Kelly envió un correo electrónico a una periodista en la que le advertía que estaban “jugando muchos actores oscuros”.

El aparente suicidio de Kelly ocurrió dos días después de ser interrogado en la Cámara de los Comunes, donde dijo que había advertido a Tony Blair de que en Irak no había armas de destrucción masiva.

Después se confirmó lo que ya se sabía: en palabras de la revista Time, eran armas de “desaparición masiva”. Kelly tenía razón y Blair (y Bush y Aznar, el Trío de las Azores) era un farsante.

Una mentira rebotó contra la otra: ni había armas ni Kelly se había suicidado. Por lo tanto, lo mataron para taparle la boca. ¿O no sucedió así?

Pero de paso, matad también al mensajero: la muerte de Kelly causó una disputa entre el gobierno y la “auntie” BBC, que no acabó con la dimisión de Blair sino con la del presidente y el director general de la cadena de televisión.

Tomamos nota: en esta sociedad, o mientes o mueres.

La UNICEF y la OMS esterilizan masiva y encubiertamente a las mujeres africanas

El martes 4 de noviembre la Asociación de Médicos Católicos de Kenya denunció en un comunicado público que en una vacuna contra el tétanos administrada a 2,3 millones de niñas y mujeres había encontrado un antígeno que les provoca abortos espontáneos. Esta vacuna la administraron la Organización Mundial de la salud y la UNICEF.

“Hemos enviado seis muestras de todo Kenya a unos laboratorios del sur de África. Han dado positivo al antígeno de la hormona HCG”, dijo el doctor Muhame Ngare del Mercy Medical Center de Nairobi, portavoz de la Asociación de Médicos Católicos de Kenia.

El doctor Ngare denunció que “la campaña no tenía el propósito de erradicar el tétanos neonatal sino que era un ejercicio coordinado de esterilización masiva con una vacuna que regula la fertilidad. La prueba se presentó en el Ministerio de Salud antes de la tercera ronda de vacunaciones, pero fue ignorada”.

No es ninguna novedad. Desde hace décadas los países africanos son un laboratorio para experimentar en vivo con planes médicos de esterilización en masa, mutaciones genéticas, vacunas, infecciones y virus. Se trata de proyectos de las multinacionales farmacéuticas, e incluso militares algunos de ellos, que cuentan con el apoyo de la Organización Mundial de la Salud, la UNICEF y ONG, y están financiados por fundaciones con supuestos fines caritativos y altruistas, especialmente la Fundación Gates.

En la actualidad la fundación de Bill Gates, un malthusiano declarado, es el mayor contribuyente a los presupuestos de la Organización Mundial de la Salud. Entrega más dinero a este organismo que Estados Unidos y Gran Bretaña. Hace unos años su directora, Margaret Chan, reconoció que su presupuesto estaba siendo restringido, por lo que se veía obligada a tener en cuenta “los intereses de los donantes”.

Supuestas campañas mundiales de vacunación contra el tétanos o la meningitis encubren proyectos imperialistas de esterilización masiva de las mujeres del Tercer Mundo, es decir, de exterminio de la población. En India fueron esterilizadas cerca de 4,6 millones mujeres entre 2013 y 2014.

En muy diversos países, tanto de África como de Asia o Latinoamérica, las congregaciones católicas y los islamistas son los que más han destacado en la denuncia de estos planes de aniquilación.

—https://www.lifesitenews.com/news/a-mass-sterilization-exercise-kenyan-doctors-find-anti-fertility-agent-in-u

Israel sometió a los palestinos a trabajos forzados

Yazan al-Saadi

Con el paso del tiempo,  poco a poco, se ha ido exponiendo una gran parte de las circunstancias siniestras y oscuras de la limpieza étnica sionista de Palestina a finales de la década de 1940. Un aspecto -poco estudiado ni tratado en profundidad- es el internamiento de miles de civiles palestinos en al menos 22 de los campos de concentración y trabajo, dirigidos por los sionistas, que existieron de 1948 a 1955. Ahora podemos conocer un poco más sobre los contornos de este crimen histórico gracias a la extensa investigación llevada a cabo por el gran historiador palestino Salman Abu Sitta y el miembro del Centro Palestino de recursos Badil, Terry Rempel.
El estudio -que será publicado en el próximo número de la revista Journal of Palestine Studies– se basa en las casi 500 páginas de los informes del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), escritos durante la guerra de 1948, que han sido desclasificados, puestos a disposición pública en 1996 y descubiertos por casualidad por uno de los autores en 1999.
Además, los autores han reunido los testimonios de 22 antiguos presos palestinos de esos campos civiles, a través de entrevistas que han llevado a cabo ellos mismos en 2002, o documentados por otros en otros momentos.
Con estas fuentes de información, los autores, como ellos dicen, han reconstruido una historia más clara de la forma en que Israel capturó y encarceló a «miles de civiles palestinos como trabajadores forzados» y los explotó «para sostener su economía en tiempo de guerra«.

A la búsqueda del crimen

«Me topé con este pedazo de la historia en la década de 1990 cuando estaba reuniendo material y documentos de los palestinos», dijo Abu Sitta Al-Akhbar. «Cuanto más profundizas, más descubres que los crímenes han ocurrido, que no se han registrado y que no son conocidos».
En aquella época Abu Sitta fue a pasar una semana a Ginebra para visitar los archivos del CICR, que se acababan de inaugurar. Según él los archivos se habían puesto a disposición del público tras las acusaciones de que el CICR había tomado partido por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Era una oportunidad que no podía dejar pasar, mostrar que el CICR había registrado los acontecimientos que tuvieron lugar en Palestina en 1948. Fue allí donde cayó sobre el archivo que trataba la cuestión de los cinco campos de concentración dirigidos por los israelíes.
Entonces decidió buscar testigos o antiguos presos y entrevistar a los palestinos en los territorios de la Palestina ocupada, Siria y Jordania. «Todos ellos han descrito la misma historia y su experiencia real en esos campos», dice.
Inmediatamente le asaltó una pregunta: por qué en la historia había tan pocas referencias sobre estos campos, sobre todo cuando se ha aclarado, gracias a sus investigaciones, que estos campos habían existido y que hubo más de cinco.
«Muchos antiguos presos palestinos vieron el concepto de Israel como un enemigo peligroso, por lo que pensaron que su experiencia de trabajo en estos campos de concentración no era nada en comparación con otra tragedia más grande: la Nakba. La Nakba lo eclipsó todo», explicó Abu Sitta.
«Sin embargo, cuando profundicé en el período de 1948-1955, encontré más referencias como Muhammad Nimr al-Jatib, que fue el imán de Haifa, que transcribió entrevistas con alguien de la familia al-Yahya que estuvo en uno de los campos. Pude localizar el rastro de ese hombre en California y pude discutir con él en 2002», añadió.
Lenta pero firmemente Abu Sitta fue encontrando otras referencias, como la información de un judío llamado Janud, que escribió una tesis de doctorado en la Universidad Hebrea sobre el asunto, y los relatos personales del economista Yusif Sayigh, que contribuyeron confeccionar mejor el alcance y la naturaleza de aquellos campos.
Después de más de una década, Abu Sitta y su coautor, Rempel, pudieron finalmente presentar sus hallazgos al público.

De la carga a la oportunidad: los campos de concentración y de trabajo

El establecimiento de campos de concentración y de trabajo tuvo lugar después de la proclamación unilateral del Estado de Israel en mayo de 1948.
Antes de aquel suceso, el número de palestinos cautivos en manos de los sionistas era bastante reducido, ya que, como se afirma en el estudio, «los dirigentes sionistas concluyeron rápidamente que la expulsión forzada de la población civil era la única manera de crear un Estado judío en Palestina con una mayoría judía lo suficientemente grande como para que fuese ‘viable'». En otras palabras, para los estrategas sionistas, en las fases iniciales de la limpieza étnica, los presos fueron una carga.
Aquellos cálculos cambiaron con la proclamación del Estado de Israel y la participación de las fuerzas armadas de Egipto, Siria, Irak y Transjordania, después de que tuviera lugar el grueso de la limpieza étnica. A partir de aquel momento, «las fuerzas israelíes comenzaron a capturar prisioneros, tanto soldados árabes regulares (para un eventual intercambio), y -de manera selectiva- civiles palestinos no combatientes en buen estado de salud».
El primer campamento fue el de Ijlil, en torno a 13 kilómetros al noreste de Jaffa, en la aldea palestina destruida Ijlil al-Qibiliyya, vacía de población, a comienzos de abril. En su mayoría Ijlil se componía de tiendas de campaña, con cientos y cientos de presos, clasificados como prisioneros de guerra por los israelíes, rodeados de alambre de espino, torres de vigilancia y una puerta con los guardias.
Con las sucesivas conquistas de Israel y el consiguiente aumento del número de presos, se crearon otros tres campos. Son los cuatro campos «oficiales» que los israelíes han reconocido y que el CICR visitó activamente.
En el estudio se señala: «Los cuatro campamentos estaban sobre o eran anexos a instalaciones militares puestas en marcha por los británicos durante el Mandato. Se utilizaron durante la Segunda Guerra Mundial para que el internamiento de los prisioneros de guerra, alemanes, italianos u otros. Dos campos -Atlit, creado en julio a unos 20 kilómetros al sur de Haifa, y Sarafand al-Amar, en el centro de Palestina- ya habían sido utilizados en la década de 1930 y 1940 para la detención de inmigrantes ilegales».
Atlit fue el segundo campo más grande después de Ijlil; podía albergar hasta 2.900 presos, mientras que Sarafand tenía una capacidad máxima de 1.800 presos y Tal Letwinksy, cerca de Tel Aviv, a más de 1.000.
Los cuatro campos estaban administrados por «antiguos oficiales británicos que habían desertado de sus filas, cuando las fuerzas británicas se retiraron de Palestina a mediados de mayo de 1948», y los guardias y el personal administrativo de los campos eran antiguos miembros del Irgún y del grupo Stern, dos grupos calificados como organizaciones terroristas por los británicos antes de su marcha. En total, los cuatro campos «oficiales» empleaban 973 soldados.
Un quinto campamento, llamado Umm Jalid, fue instalado en el sitio de otra aldea vaciada de población, cerca de la colonia sionista de Netanya; incluso se le asignó un número oficial en los registros, pero nunca tuvo estatuto «oficial». Podía albergar a unos 1.500 presos. En contraste con los otros cuatro campamentos, Umm Jalid fue «el primer campamento creado exclusivamente como campo de trabajo» y «el primero de los campos ‘reconocido’ para ser cerrado […] a finales de 1948″.
Además de estos cinco campos «reconocidos», había al menos otros 17 «campos no reconocidos» que no fueron mencionados en las fuentes oficiales, pero que los autores han descubierto a través de muchos testimonios de prisioneros.
«Al parecer, muchos» [campos], dicen los autores, [fueron] «improvisados o ad hoc, a menudo se coponían de una comisaría, una escuela o la casa del notable de la aldea», que podía contener de unas decenas a 200 presos.
La mayoría de los campos, oficiales o no, se situaban dentro de las fronteras del Estado judío propuesto por las Naciones Unidas, «a pesar de que al menos en cuatro [campos no oficiales] -Beersheba, Julis, Bayt Daras y Bayt Nabala- estaban en el Estado árabe asignado por las Naciones Unidas», y otro estaba dentro del «corpus separatum» de Jerusalén.
El número de presos palestinos no combatientes «superó ampliamente» al de soldados árabes las fuerzas armadas regulares o verdaderos prisioneros de guerra. Citando un informe mensual de julio de 1948, escrito por el jefe de la misión del CICR Jacques de Reynier, el estudio indica que de Reynier señaló que «la situación de los internos civiles se había ‘confundido totalmente» con los prisioneros de guerra, y que las autoridades judías ‘trataban a todos los árabes entre los 16 y los 55 años de edad como combatientes y los encerraban como prisioneros de guerra'». Además, el CICR descubrió que entre los presos de los campos oficiales 90 prisioneros eran hombres mayores y 77 eran jóvenes varones de 15 años de edad o menos.
El estudio destaca las declaraciones del delegado del CICR Emile Moeri en enero de 1949 sobre los prisioneros de los campos: «Es doloroso ver a esas pobres gentes, en particular a los ancianos, que han sido arrancados de sus aldeas y enviados sin motivo a estos campos, obligados a pasar el invierno en tiendas de campaña húmedas, lejos de sus familias; los que no son capaces de sobrevivir en estas condiciones mueren. Niños (de 10-12 años) también están en esa situación. Del mismo modo, algunos enfermos que padecen tuberculosis languidecen en los campos en condiciones que, aunque correctas para personas con buena salud, les conducirán sin duda a la muerte si no encontramos una solución a este problema. Desde hace mucho tiempo hemos exigido a las autoridades judías la liberación de estos civiles enfermos que necesitan tratamiento y que se les ponga al cuidado de sus familias o en un hospital árabe, pero no hemos recibido respuesta».
El informe señalaba que «no existen cifras precisas sobre el número total de civiles palestinos detenidos por Israel durante la guerra de 1948-49» y parece que las estimaciones no tienen en cuenta los campamentos de «no oficiales», ni el traslado frecuente de presos entre los campos en funcionamiento. En los cuatro campos «oficiales», el número de presos palestinos nunca superó los 5.000, según los datos de los archivos israelíes.
Basándonos en la capacidad de Umm Jalid y en las estimaciones de los «campamentos no oficiales», el número total de presos palestinos se podría situar en torno a los 7.000, y tal vez mucho más, indica el estudio, si tenemos en cuenta una nota escrita en su diario el 17 de noviembre de 1948 por David Ben-Gurion, uno de los principales dirigentes sionistas y primer ministro de Israel, que habló de «la existencia de 9.000 prisioneros de guerra en campamentos administrados por Israel».
En general, las condiciones de vida en los campamentos «oficiales» estaban muy por debajo de lo que se consideraba adecuado en el derecho internacional de aquella época. Moeri, que visitado constantemente los campos, informó de que en noviembre de 1948 en Ijlil «la mayoría de las tiendas estaban destrozadas», de que el campo «no estaba listo para el invierno», las letrinas no están cubiertas y la cantina no ha funcionado durante dos semanas. Aparentemente, refiriéndose a la situación que existía, declaró que «las fruta siempre es defectuosa, la carne es de mala calidad [y] las legumbres son escasas».
Además, Moeri informó de que él mismo vio «las heridas de la violencia» de la semana anterior, cuando los guardias dispararon a los presos, hiriendo a uno de ellos y moliendo a golpes a otro.
Como muestra el estudio, el estatuto civil de la mayor parte de los presos era claro para los delegados de la CICR en el país, que informaron de que, con toda certeza, los hombres capturados «no habían estado nunca en el ejército regular». Los presos que habían combatido, dice el estudio, fueron «sistemáticamente asesinados por una bala con el pretexto de que habían tratado de escapar».
Cuando no los masacraban, las fuerzas israelíes se centraban siempre en los hombres aptos, dejando atrás a las mujeres, los niños y los ancianos, continuado esa política incluso después de que los niveles de enfrentamiento militar disminuyeran. En su conjunto, como lo muestran los archivos israelíes y cita el estudio, «los civiles palestinos constituían la gran mayoría (el 82 por ciento) de las 5.950 personas clasificadas como internos en los campos de prisioneros de guerra, mientras que los palestinos (civiles y militares) sólo constituían el 85 por ciento».
El secuestro y encarcelamiento a gran escala de civiles palestinos parecen corresponder a campañas militares israelíes. Por ejemplo, una de las primeras redadas importantes tuvo lugar durante la Operación Danj, cuando 60-70.000 palestinos fueron expulsados de las ciudades centrales de Lydda y Ramleh. Al mismo tiempo, entre una cuarta y una quinta parte de la población masculina de esas dos ciudades que tenía más de 15 años de edad, fue enviada a los campos.
La mayor redada de civiles tuvo lugar en las aldeas del centro de Galilea, capturados durante la Operación Hiram, en el otoño de 1948.
Un superviviente palestino, Moussa, describió a los autores lo que vió entonces: «Nos capturaron en todas las aldeas de los alrededores: al-Bina, Deir al-Asad, Nahaf, al-Rama, y Eilabun. Se llevaron a cuatro hombres jóvenes y dispararon contra ellos […] Nos llevaron a pie. Hacía calor. No podíamos beber. Nos llevaron a al-Maghar [aldea drusa palestina], después a Naalal [colonia judía] y a continuación a Atlit».
Un informe de las Naciones Unidas de 16 de noviembre de 1948 corrobora el testimonio de Moussa; indica que 500 palestinos «fueron llevados a marchas forzadas y en vehículos al campo de concentración judío de Nahlal».
La política de atacar a civiles, especialmente los hombres «aptos», no fue una coincidencia, según el estudio, el cual establece que «con decenas de miles de judíos, hombres y mujeres, llamados al servicio militar, los internos civiles palestinos eran un complemento importante de la mano de obra judía civil empleada en virtud de la legislación de emergencia en apoyo de la economía de Israel», que incluso los delegados del CICR señalaron en sus informes.
Los presos fueron obligados a realizar obras públicas y militares, tales como el drenaje de los humedales, a trabajar como empleados, recolectar y transportar los bienes saqueados a los refugiados, remover las piedras de las casas palestinas demolidas, pavimentar las carreteras, cavar trincheras militares, enterrar a los muertos y muchos más.
Como lo describe en el estudio un antiguo preso palestino llamado Habib Mohamed Alí Jarada: «Nos obligaban a trabajar todo el día a punta de pistola. Por la noche, dormíamos en tiendas de campaña. En el invierno, el agua se filtraba por debajo de nuestras camas, hechas de hojas secas, cartones y pedazos de madera».
Otro preso de Umm Khaled, Marwan Iqab al-Yehiya, declaró en una entrevista con los autores: «Tuvimos que romper y transportar piedras todo el día [en una cantera]. Como alimento cotidiano teníamos una patata por la mañana y la mitad de un pescado seco por la noche. Molían a golpes a quien desobedeciera las órdenes». Ese trabajo se entremezclaba con humillaciones de los guardias israelíes; Yehiya habla de presos «alineados y obligados a desnudarse, como castigo por la fuga de dos presos durante la noche».
«Los adultos y los niños [judíos] del kibbutz vecino venían a observarnos, alineados y desnudos, y se reían de nosotros. Para nosotros era terriblemente degradante», agregó.
En los campos los abusos de los guardias israelíes eran sistemáticos y generalizados. El objetivo principal eran los aldeanos, campesinos así como los palestinos de las clases bajas. Lo hicieron así, dice el estudio, porque los presos instruidos «conocían sus derechos, tenían el suficiente coraje para hablar con sus secuestradores y se resistían a ellos».
Lo que también es un apunte interesante del estudio es la manera en que la filiación ideológica entre los presos y sus guardias afectó a sus relaciones mutuas.
Consigna el testimonio de Kamal Ghattas, que fue capturado durante el ataque israelí a Galilea: «Hemos tenido un altercado con nuestros carceleros. 400 de nosotros nos hemos sublevado contra 100 soldados. Trajeron refuerzos. A tres de mis amigos y a mí nos metieron en una celda. Nos amenazaron con disparar contra nosotros. Durante toda la noche cantamos el himno comunista. Nos trasladaron a los cuatro al campo de Umm Khaled. Los israelíes temían por su imagen en Europa. Nuestro contacto con nuestro Comité central y el Mapam [Partido Socialista de Israel] nos salvó… Conocí a un oficial ruso y le dije que nos habían secuestrado de nuesotras casas, aunque no éramos combatientes, lo que constituía una violación de los Convenios de Ginebra. Cuando él supo que yo era comunista, me tomó en sus brazos y me dijo: ‘Camarada, tengo dos hermanos en el Ejército Rojo. ¡Viva Stalin!, ¡Viva la Madre Rusia’«.
Los palestinos menos afortunados fueron sometidos a actos de violencia, incluidas las ejecuciones arbitrarias y la tortura, sin recurso. Las ejecuciones siempre se perpetraron con el pretexto de «intento de fuga» real o supuesta por los guardias.
Las ejecuciones se hicieron tan corrientes que un antiguo preso palestino de Tel Litwinsky, Tewfik Ahmed Juma Ghanim, dijo: «Los que se negaban a trabajar eran asesinados a tiros. Dijeron que habían intentado escapar. Los que pensamos que íbamos a ser asesinados, reculamos ante de los guardias».
Tras la fuerte presión del CICR y otras organizaciones, a finales de 1949, los presos palestinos fueron liberados progresivamente, pero las liberaciones tuvieron un alcance limitado y se concentraron en casos específicos. Los prisioneros de los ejércitos árabes fueron liberados en un intercambio de prisioneros, pero los presos palestinos fueron expulsados unilateralmente al otro lado de la línea del armisticio sin comida, ni provisiones, ni refugio, y se les obligó a caminar y no volver jamás.
Hasta 1955 la mayoría de los civiles palestinos encarcelados no fueron finalmente liberados.

Un crimen permanente

La importancia de este estudio tiene multiples facetas. No sólo revela las numerosas violaciones de la ley y los convenios internacionales de la época, tales como el Reglamento de La Haya de 1907 o los Convenios de Ginebra de 1929, sino que también muestra cómo los acontecimientos modelaron al CICR a largo plazo.
Debido a que el CICR se enfrentó con un protagonista israelí agresivo que no quería atender ni respetar el derecho internacional y los convenios, el propio CICR tuvo que adaptarse a lo que consideró como los medios más prácticos para asegurar que se respetaran los más elementales derechos de los presos civiles palestinos.
En el informe final, el estudio cita a Reynier: El CICR «ha protestado muchas veces afirmando el derecho de esos civiles a disfrutar de su libertad, a menos que sean culpables y juzgados por un tribunal. Pero tácitamente tenemos que aceptar su estatuto de prisioneros de guerra porque de esa manera se benefician de los derechos que la Convención les otorga. De lo contrario, si no estuvieran en los campos, serían expulsados [a un país árabe] en el que, de una u otra manera, sin recursos, llevarían una vida miserable de refugiados».
A final de cuentas, simplemente el CICR y otras organizaciones fueron ineficaces, mientras que impunemente Israel ignoró las condenas, con la cobertura diplomática de las principales potencias occidentales.
Y lo que es más importante aún, el estudio arroja luz sobre la magnitud de los crímenes de Israel tras su nacimiento brutal y sangriento. Y «todavía tenemos mucho que decir», como dice la última línea del estudio.
«Es increíble para mí y para muchos europeos que han visto mis pruebas», dijo Abu Sitta, «que en Palestina se abrieran campos de trabajos forzosos, tres años después de haber sido cerrados en Alemania, y que fueran gestionados por guardias judíos que habían sido prisioneros de los alemanes».
«Que mala imagen para el espíritu humano, cuando el oprimido copia al opresor contra la vida de los inocentes», agregó.
Esencialmente el estudio muestra los fundamentos y principios de la política israelí hacia los civiles palestinos, que se presenta en forma de secuestros, capturas y detenciones. Ese crimen continúa a día de hoy. Basta leer los informes de centenares de palestinos detenidos antes, durante y después de la última guerra de Israel en la franja de Gaza este verano.
«Gaza es hoy un campo de concentración, en nada diferente de los del pasado», concluye Abu Sitta.

Fuente: Al-Akhbar, http://english.al-akhbar.com/content/israels-little-known-concentration-and-labor-camps-1948-1955

El partido de los mártires

Salam Adil (1924-1963)
Juan Manuel Olarieta

Si a la manera usual medimos la fuerza de un partido comunista por el número de sus militantes, el de Irak fue el más fuerte de Oriente Medio. En la manifestación del Primero de Mayo de 1959 un millón de obreros y campesinos desfilaron bajo sus banderas -y no había otras- por las calles de Bagdad. En aquella época, bajo el gobierno del General Kassem (1958-1963), había 3.500 organizaciones campesinas, de las que un 60 por ciento estaban dirigidas por los comunistas.

Eso es lo que algunos entienden por «fuerza» y no cabe duda de que lo es, sobre todo si, como sucedía entonces en Irak, el partido comunista carecía de rivales: era la principal fuerza organizada, en donde la palabra «organizada» es tan importante -al menos- como la «fuerza». ¿O hemos de entender como fuerza la aglomeración multitudinaria de gente en un concierto de música?

La verdadera fuerza es la organización, algo que no depende sólo de los militantes sino también de la lucha de clases, es decir, que independientemente de la represión que ejerza la burguesía, el proletariado tiene que asegurar la organización de sus fuerzas o, dicho con otras palabras: la vanguardia no puede quedar a merced de la burguesía.

Es lo que sucedió en Irak en 1963, cuando un golpe de Estado de la CIA y sus tentáculos «nacionalistas» locales (baasistas, panarabistas, nasseristas) derribaron al gobierno del General Kassem. No se puede decir que entonces se iniciara la persecución de los comunistas, que ya existía con anterioridad, sino que se intensificó brutalmente. Los «nacionalistas» lanzaron la famosa Proclama Número 13 llamando al exterminio de los comunistas. El Secretario General del Partido Comunista, Husain Ahmad al-Radi, conocido clandestinamente como Salam Adil, fue detenido y torturado hasta la muerte. Las cárceles se llenaron y miles de militantes fueron asesinados en tiroteos callejeros, emboscadas en las montañas o interrogatorios salvajes. En todo el mundo el Partido Comunista de Irak fue conocido como el partido de los mártires, una página legendaria no sólo del movimiento comunista internacional sino de los propios obreros y campesinos de Irak, en cuya memoria la resistencia comunista adquirió un carácter realmente mitológico, y aún pervive.

Pero la posguerra en España ya había demostrado que el exterminio de los comunistas es una tarea imposible. Se trataba de algo más sutil: de doblegarles, forzándoles a que renegaran de sus principios, de su programa y de su ideología, popularizándose entonces una expresión árabe, Al-Baráa, que puede traducirse como «La Renuncia». Si no era posible acabar con los comunistas, había que lograr que renegaran de sí mismos. Los golpistas sabían que después del XX Congreso del PCUS los tiempos eran favorables: si los soviéticos habían renegado, los irakíes no se iban a quedar atrás.

La lucha interna por mantener la identidad comunista en tan difíciles circunstancias de clandestinidad, exilio y cárcel dio lugar a una vasta labor cultural cuya mejor expresión quizá sea el poema de Mudhaffar al-Nawwab escrito en la cárcel en árabe dialectal, es decir, en un leguaje revolucionario que utilizaba expresiones populares. El poema Al-Baráa se hizo tan célebre en todo el mundo árabe, que el gobierno le añadió al escritor tres meses de cárcel adicionales. Se trata de una carta que la madre y la hermana de un comunista preso le escriben para animarle a mantenerse firme en defensa de sus principios y de su dignidad. Acaba de la siguiente manera:

Hijo mío, estréchame entre tus brazos
y cuenta los cabellos blancos que he adquirido al cuidar de tí hasta esta hora.
Pon tus manos en mis cabellos blancos
y jura por mi noble leche materna, gota a gota,
y por la poca vista que me queda,
Dime:
«No claudicaré, tú eres mi madre
y este es mi Partido,
el orgullo de mi padre, que ni él ni yo hemos dejado caer»
.
Dime:
«No destruiré un Partido
que he construido con mis propias manos»
.

El comunismo no está sólo en las obras escogidas de Lenin, sino en la cultura de la resistencia que ha expandido por los cinco continentes con canciones, con pinturas, con teatro, con novelas que forman parte de la historia de un movimiento obrero pletórico de héroes perseguidos, encarcelados, torturados y asesinados por eso que la madre hace jurar a su hijo en el poema: por no renunciar.

Pero demos ahora un salto de medio siglo en la historia de Irak: en julio de 2003, sólo tres meses después de la ocupación de Irak por el imperialismo, se produjo un vergonzoso acto histórico cuando el virrey de la Casa Blanca en Bagdad, Paul Bremer, incluyó a Hamid Majid Musa, secretario general del Partido Comunista entre los 25 cipayos del gobierno provisional. A otro dirigente, Mufid al-Jazairi, le nombró ministro de Cultura, cargo que siguió ocupando en el gobierno títere entre junio de 2004 y marzo de 2005.

En 1959 votaban a los candidatos comunistas hasta los estudiantes de las facultades de teología islámica; en las «elecciones» de enero de 2005 no obtuvieron ni el 1 por ciento de los votos.

El Partido Comunista de Irak no fue destruido ni por el imperialismo ni por sus agentes locales: se autodestruyó a sí mismo. Sucedió lo que el poema de Al-Nawwab trataba de impedir: los comunistas renegaron de sus principios, de su ideología y de su programa. Los llorones se justificarán echando balones fuera («la culpa fue de la represión, o del imperialismo, o de la guerra») pero en Irak, como en cualquier otra parte, los comunistas saben que su verdadera fuerza no es su número sino su ideología, su programa y su estrategia y que cualquier intento de liquidación empieza por ahí: por Al-Baráa.

Los comunistas irakíes destruyeron al partido de los mártires con sus propias manos y, como a los demás, les costará reconstruirlo, sobre todo si creen que su «fuerza» radica en su número, es decir, en llenarlo de afiliados indolentes, fatigados, acobardados y -sobre todo- renegados. «Un partido se fortalece depurándose», le escribía Lassalle a Marx en 1852, o sea, hace un siglo y medio que el movimiento obrero sabe estas cosas (o debería).

Cómo se inventó la mentira del genocidio de Pol Pot en Camboya (y 3)

Voy a la plaza del mercado, a un paso de los restaurantes, a 50 kilómetros de Phnom Penh, en el río Bassac. He llegado con mi chófer y un intérprete, que es un antiguo experto en remoción de minas y ha trabajado para el CMAC (centro camboyano de acción contra las minas).

Estamos frente a dos ancianas, todas ellas septuagenarias y no muy de lejos de los 80 años.

En Phnom Penh, casi nadie está dispuesto a hablar acerca de las atrocidades cometidas por Estados Unidos. Pero en todo el país, en el campo, la población aún está indignada y, al mismo tiempo, muy agradecida a todos aquellos que están dispuestos a escucharles.

Puedo ver las lágrimas en los ojos de una de las mujeres. Su nombre es Tang Vilim, es una vendedora. Comienza su breve discurso, su lamento, hablando rápidamente, como si tuviera miedo de que paráramos y nos fuéramos a marchar:

“Perdí a mis seres queridos durante el bombardeo de 1972. ¡Todavía siento rabia, indignación! Todavía estoy esperando respuestas, a pesar del tiempo transcurrido. Quiero saber por qué. ¿Por qué Estados Unidos lanzó aquellas bombas sobre nosotros. ¡Mataron a tanta gente sus bombas! Yo todavía lo recuerdo: era una mujer joven entonces, ahora tengo 76 años de edad. ¿Qué habíamos hecho? ¿Cuál fue nuestro pecado? Hasta ahora… hasta ahora, dondequiera que vaya, aquello ¡nunca me deja tranquila! Continúo planteándome a mí misma esas mismas preguntas en mi espíritu”.

Y el mismo lamento en la segunda anciana:

“La gente todavía no entiende… Quieren saber por qué. ¡Quieren que el gobierno de Estados Unidos asuma su responsabilidad! Hay cráteres por todo el país. Algunos están llenos pero otros aún están abiertos. Este país está lleno de cráteres”.

Vamos más lejos, hasta la frontera con Vietnam; hasta el punto de cruce del río Bassac, en Chrey Thum.

Justo al lado del puesto fronterizo hay varios cráteres, pero a los guardias no les gusta hablar de este asunto. Caminamos a lo largo de la frontera y mi guía se acuerda una vez más de la época en la que él trabajaba para las instituciones de desminado:

“Camboya está plagada de bombas, ‘granadas’ y minas. Algunas datan de la época de los Jmeres Rojos, pero la mayoría son restos de aquellos tapices de bombas arrojadas por la Fuerza Aérea de Estados Unidos. Usted puede encontrarlas por todas partes, desde aquí a las regiones occidentales del país, alrededor de Siem Reap y al norte…”

Es comprensible, este tema es explosivo y siempre suscita arrebatos apasionados y lágrimas.

A nuestro regreso a Phnom Penh, me acoje uno de los dirigentes del hotel La Plantation. Ya es de noche, pero había oido hablar de mi trabajo en el campo y ha decidido esperarme.

“Creo que lo que ustedes hacen es muy importante”, comienza. Debemos tratar de entender por qué nuestro país ha sido bombardeado tan duramente. En mi pueblo natal cayeron tantas bombas, hay tantos cráteres. Se lo ruego, si usted tiene tiempo vaya allá: al pueblo de Chea Lea, en la comuna de Chealea, Bateay distrito, provincia de Kampong Cham…”

Al otro extremo del mundo, en Toronto, Canadá, un eminente abogado internacional, Christopher Black, ha escrito este artículo en respuesta a lo que se ha dicho sobre las víctimas en Camboya:

“Los procesos por crímenes de guerra contra los dirigentes del Jmer Rojo, que son promovidos por Estados Unidos, son juicios farsa para estigmatizar de nuevo a los comunistas y utilizarlos como chivos expiatorios para los millones de camboyanos que fueron asesinados por los bombardeos americanos sobre ese país. Lo que necesita el mundo es procesar a los dirigentes y funcionarios estadounidenses que cometieron crímenes de guerra al bombardear masivamente Vietnam, Laos y Camboya (tuvimos el Tribunal de Crímenes de Guerra de Bertrand Russell, en los años 70, pero no pudo ejecutar sus sentencias)”.

A finales de julio de 2014, el tribunal apoyado por las Naciones Unidas celebró una audiencia preliminar para dos antiguos altos dirigentes de los Jmeres Rojos: el Jefe de Estado, Khieu Samphan, de 83 años de edad, y Nuon Chea, de 88 años de edad, el brazo derecho de Pol Pot.

Por supuesto, nadie es tan ingenuo como para esperar que los dirigentes de Estados Unidos puedan ser juzgados algún día por el asesinato de millones de personas en el conjunto de Indochina.

Geoffrey Gunn, un eminente historiador australiano, autor de muchos libros sobre Asia y profesor emérito de la Universidad de Nagasaki, está dispuesto en la actualidad a resituar a los Jmeres Rojos en su contexto histórico.

Para cerrar el período tal como sucedió, el 12 de julio de 2014, en una ceremonia a la que asistieron la Reina Mónica, viuda de Sihanuk, el actual Rey Sihamoni, el primer ministro, Hun Sen, los miembros del gabinete y diplomáticos extranjeros, las cenizas del padre del Rey fueron enterrados en una “stupa” [NdT: arquitectura budista que se encuentra en Asia, que es a la vez una evocación sin representación de Buda y un monumento para conmemorar su muerte. Muchas de estas estructuras contienen reliquias] del Palacio Real.

Cuando condujo a su país a la independencia en 1954, la política exterior neutral de Sihanuk no resultó aceptable para Washington. Después del golpe de estado en Phnom Penh, en marzo de 1970, apoyado por Estados Unidos, el secretario de Estado americano Henry Kissinger y el presidente Richard Nixon desencadenaron sobre el campo y el pueblo de Camboya, la ofensiva de bombardeos más intensa y letal de la historia humana. Hasta el punto de que desde el cielo esta tierra, que normalmente es verde, parecía un paisaje lunar en ruinas un par de años después.

En consecuencia, Sihanuk aprobó la guerrilla apoyada por el mundo rural (los Jmeres Rojos), teóricamente marxistas, pero fanáticos en su rabia hasta tal punto que convirtieron al país en un vasto “campo de masacres”.

La rueda de la historia ha girado, pero ¿cuáles son las lecciones que se pueden aprender si no es que hay que hacer justicia plenamente, no sólo en los tribunales extraordinarios (el “tribunal de genocidio” de Phnom Penh, apoyado por la ONU), sino también para acusar a todos los culpables, cualquiera que sea su origen.

El libro de Albert J.Johnman, “El caso Camboya, genocidios contemporáneos: causas, casos, consecuencias”, define el movimiento en los siguientes términos:

“La ideología de los Jmer Rojos combina elementos del marxismo con una versión extrema de nacionalismo y xenofobia jmer. Se mezclan una idealización del imperio de Angkor (802-1431) y un miedo existencial por la supervivencia del estado camboyano, que históricamente había sido liquidado por las intervenciones de vietnamitas y siamesa…”

Este “elemento marxista” se refiere principalmente a la cúpula de la organización, en particular a Pol Pot, que se había radicalizado en los cafés parisinos, aunque no es fácil saber hasta qué punto estaba bien versado en la teoría marxista. En general, el rendimiento académico en Francia había sido tan lamentable que nunca se había acercado, siquiera de lejos, a la obtención de un diploma, y se vio obligado a regresar a Camboya sin graduarse. A pesar de todo, como señala Geoffrey Gunn, algunos miembros del círculo de París, como Khieu Samphan, Hu Nim, Hu Yuon, Phou Chlou (el secretario de Pol Pot) fueron capaces de elaborar tesis sobre economía política; sin embargo, los Jmeres Rojos estuvieron lejos de ser versados en ninguna ideología.

De mi entrevista con un eminente profesor de la Universidad de Beijing (que no quiere que su nombre aparezca) es claro que en realidad China nunca acogió la etiqueta de “maoísta” de los Jmeres Rojos sino de una manera muy restringida:

“De alguna forma era vergonzoso… tanto su teoría y su práctica, tales como, por ejemplo, su decisión de enviarnos arroz mientras su propia gente moriría de hambre…”

El antiguo director de “Reuters” en Irak, el periodista de investigación británico, Andrew Marshall, se estableció en Phnom Penh. Tiene una opinión clara acerca de los Jmeres Rojos y de la manera en que la propaganda occidental y asiática los presentaron, a sabiendas, de una manera distorsionada:

“El movimiento Jmer Rojo jamás fue ni socialista ni comunista. Se creó sobre un auténtico odio de los pobres hacia las élites de Phnom Penh, que siempre les había tratado como basura. Y se construyó sobre un enorme resentimiento hacia Estados Unidos, que bombardearon Camboya como nunca antes ningún país había sido bombardeado. Fue un movimiento creado por la furia popular. Los que habían sido víctimas se convirtieron en verdugos, con el único deseo de destruir a las ‘élites’. Las familias que habían sido aplastadas, asesinadas, querían venganza… Y cuando lo hicieron el Jmer Rojo se convirtió en el ‘ejemplo’ utilizado por las élites del sureste de Asia para demonizar el poder popular; ocurrió en Tailandia  especialmente, pero no sólo allá”.

Finalmente, se desató una propaganda occidental sin restricciones, instrumentalizaron a los Jmeres Rojos hasta el punto de convertirlos en uno de los pilares de su cruzada anticomunista mundial.

Una fuerza rural simple, ebrios de frustración, harapienta y sin ninguna instrucción, que no era otra que la fuerza de las víctimas del tapiz de bombas, de las torturas y desplazamientos forzados, los Jmeres Rojos fueron “elevados” a la categoría de máquina de matar comunista, tan mítica como perfecta.

Sin embargo, la paradoja subsiste: no fue China ni ningún otro país comunista los amigos más cercanos de los Jmeres Rojos durante sus últimos años; fue Estados Unidos, entonces en plena Guerra Fría contra el bloque soviético, así como en plena guerra de terror contra Vietnam y Laos. Después de distanciarse del leninismo y abrazar, al menos teóricamente, el maoísmo, Washington dio a los Jmeres Rojos un apoyo diplomático pleno, así como otras formas de apoyo.

Después de que Vietnam liberara Camboya, tras la ofensiva de la Navidad de 1978, salvando quizá millones de vidas, el gobierno de Estados Unidos adoptó una posición que resultó decisiva, “exigiendo el regreso del gobierno legítimo” a Phnom Penh. Ese gobierno legítimo no era otro, a los ojos de Washington, que el de los Jmeres Rojos.

Sólo entonces se produjo la errónea invasión de castigo de Vietnam por China, seguida de la propaganda de antivietnamita, patrocinada por Occidente y, de hecho, fabricada por él.

Lograron blanquear completamente los crímenes contra la humanidad que Estados Unidos había cometido en Camboya. Mientras en el campo las personas conservan la memoria todavía lúcida, Phnom Penh ha olvidado convenientemente todos esos crímenes.

Mientras Andrew Marshall y yo estábamos almorzando juntos en Phnom Penh, con una estrella del periodismo local, la señora Bopha Phorn, Andrew le preguntó sin rodeos: “¿Que nación es la que el pueblo de Phnom Penh odia más?”

Sin dudarlo respondió: “La vietnamita”.

Lo hago casi cada dos años. Vengo a Camboya y busco respuestas. Alquilo un coche y los servicios de un intérprete, y me hundo muy profundo en medio del campo.

Casi nadie lo hace. La mayoría de los “trabajos universitarios”, así como el enfoque de los “periodistas de investigación” se hace en los bares y oficinas de Phnom Penh, así como la mayoría de los trabajos similares sobre Indonesia, hechos en Yakarta y Bali.

Fuera de la capital, la gente es abierta y está dispuesta a hablar. De hecho, tienen una necesidad desesperada de hablar. Y contrariamente a Phnom Penh, donde la gente sólo pregunta pero sufren para dar una respuesta, la gente de campo de Camboya sabe lo que tiene que contestar.

En julio de 2014, mientras íbamos hacia Anlong Veng, hice un experimento: le peddí a mi amigo que nos detuviéramos en cualquier aldea a lo largo de la carretera, a unos 100 kilómetros de la capital. Sólo más tarde descubrí que el nombre de el lugar en donde habíamos interrumpido nuestro viaje esta vez era Prei Saak.

Entramos en aquella humilde aldea y le pregunté a la primera mujer, que conocimos en un estrecho sendero que conduce al campo, si todavía había minas o bombas en la zona.

“Por supuesto”, contestó ella. Su nombre era Señora Leun. “Hace dos días volaron 8 minas. Una institución de desminado… Desde entonces se han encontrado más incluso. Aquí, los niños pueden llevaros”.

¿Fue herido algún pariente suyo?

“Mi marido tuvo un accidente. Y mi cuñado quedó herido. Estaba desbrozando un poco el bosque para la siembra de yuca y algo explotó bajo de sus pies, y ha perdido una pierna. Mi marido tenía la cara y el cuerpo destruido por una explosión, hace un par de años”.

Yo le pregunté si eran “granadas” estadounidenses que se conservan en los campos desde los bombardeos masivos de Camboya, o si se trata de minas de tierra dejadas por los Jmeres Rojos.

No estaba segura. Pensó que se trataba de material americano, pero no podía estar segura de ello.

Lo cierto es, por el contrario, es que casi cada ciudad y pueblo de este país sufre desde hace décadas, desde que que Estados Unidos lanzara su monstruosa campaña militar de desestabilización.

En 2006 alquilé un coche robusto con conductor y traductor (la misma persona que desempeña las dos funciones al mismo tiempo) que me habían recomendado; tomamos dirección hacia el sur, sobre la ruta 3, y luego fuimos todavía más hacia el sur por la 31, tan lejos como nos llevara, y giramos a la izquierda, a Vietnam. No es el paso principal de la frontera, ni siquiera un pasaje que se les permite usar a los extranjeros. No hay ninguna carretera asfaltada aquí, sólo un camino de tierra con baches profundos, rodeado de campos de arroz, con pueblos miserables y búfalos acuáticos. Ningún otro coche más que el nuestro ha circulado por la zona; los lugareños van a pie o se desplazan en bicicletas antiguas. Como en 2014, cuando he visitado otros pasos fronterizos en las zonas rurales de Vietnam, llovía, y el suelo del coche raspaba contra la arena. Mi chófer juraba que no tenía ni idea de lo que estábamos haciendo en este rincón perdido y abandonado por Dios.

Finalmente, llegamos al final de la carretera; un río perezoso, una ciudad tranquila, el último punto de control antes de la frontera, con un guardia somnoliento: Prek Kres. Pocos metros más allá estaban las casas de la primera aldea situada en territorio vietnamita.

En el pasado comenzaron aquí las primeras escaramuzas entre los Jmeres Rojos y Vietnam, y es uno de los puntos por donde el ejército vietnamita invadió Camboya, sin duda, salvando a varios millones de personas de una muerte segura, como ya he mencionado anteriormente. Pero entonces Occidente decidió considerar esta acción como una invasión y una ocupación, invirtiendo todos los hechos. En el clima de guerra fría que imperaba en ese momento, y desde el punto de vista de sus intereses geopolíticos, para Estados Unidos fue preferible sacrificar un par de millones de vidas camboyanas más que permitir ningún tipo de influencia vietnamita (y soviética) en la región.

No tuve problemas para encontrar al Señor Sek Cuuin, el alcalde de Prek Kres. Nos sentamos en la mesa, fuera de su casa, y parecía feliz de compartir sus recuerdos.

“Este enorme charco de agua que se ve en el medio de la carretera, es lo que queda del tapiz de bombas de los americanos”, explicó. “Rellenamos el hueco pero cuando llueve siempre hay un charco de agua en este lugar, no sé por qué. Esta zona fue intensamente bombardeada durante la guerra por los B-52. Si usted se introduce en el campo podrá ver pequeños lagos en todas partes. Es lo que sucede tras las lluvias intensas. Esos lagos son cráteres de bombas”.

Nos dimos una vuelta por el pueblo. Nos observan niños con los pies descalzos. La gente se reúne, pregunta qué diablos nos ha traído hasta aquí. Junto a un muelle primitivo hay vehículos de fortuna estacionados completamente tuneados para ser descargos de un barco mercante a otro una tradicional.

“Aquí siempre ha habido problemas”, explica el alcalde. “Hubo escaramuzas fronterizas, bajo el régimen de Lon Nol y también después, cuando los Jmeres Rojos tomaron el poder en 1975. Vivían 700 familias en esta ciudad; de ellos 400 fueron reasentados a la fuerza en otro lugar. Cuando los Jemeres Rojos llegaron, salté al río y nadé para salvar mi vida. La mayoría de las 300 familias que se quedaron intentaron huir a Vietnam, y Prek Kres se convirtió en un pueblo fantasma, un puesto de avanzada del ejército de los Jmeres Rojos, que comenzaron a atacar a los pueblos vietnamitas más allá de la frontera”.

“El ejército vietnamita cruzó esta frontera en 1979. Poco importa lo que digan ahora, casi todo el mundo fue feliz y dio la bienvenida a sus tropas. Aquellos que habían sobrevivido y habían permanecido en esta ciudad simplemente se alinearon a lo largo de la carretera y agitaron el brazo para animar a los soldados vietnamitas, y lloraron. Toda la región -el país entero- había quedado asolado, destruído por los Jmeres Rojos, como antes que ellos lo había sido por los bombardeos de Estados Unidos y por el desplazamiento de los refugiados. Los vietnamitas preservaron a esta nación de una aniquilación completa. Y cuando tomaron Phnom Penh, era obvio que los asesinatos en masa y la tortura iban a terminar. Pero ya sabe Usted lo que sucedió después; el reconocimiento se evaporó y el nacionalismo ganó terreno. Y los países extranjeros insistieron en que no fue una liberación sino una ocupación. Si usted repite lo que los dirigentes quieren escuchar, a usted le pagan. Pero puede Usted preguntar a cualquiera, excepto a los miembros de los Jmeres rojos, lo que sentían en 1978 y 1979: quedaron en libertad, fuimos salvados y, de repente, nos dimos cuenta de que podíamos sobrevivir”.

Pregunté al alcalde cómo comparaba en la actualidad a Vietnam con Camboya. Después de todo, sobre el papel, Camboya es un ejemplo de éxito, la democracia pluripartidista. Él sonrió irónicamente:

“Sí, ahora tenemos muchos partidos políticos. Pero los partidos políticos no se comen, no llenan el estómago. Aquí todo está corrupto. El gobierno vietnamita ha logrado ofrecer un bienestar mayor a sus habitantes. Especialmente a los que son pobres, y en esta parte del mundo, casi todo el mundo es pobre. Todo lo que puedo decirle es que cuando tenemos hambre o estamos enfermos, no vamos a Phnom Penh, cruzamos la frontera y nos vamos a Vietnam. Ellos saben que somos jmeres pero no les importa; nos ayudan. Allá ellos creen que deben ayudar a quienes tienen hambre o están enfermos, independientemente de su nacionalidad. La gente de allí tiene un gran corazón”.

Ahora estamos en 2014 y le planteo una pregunta a mi amigo Song Heang, mientras viajamos por la noche, a través de la campiña del oeste de Camboya.

“Dime: ¿mataron los soldados vietnamitas a los camboyanos en 1978 y 1979?”

“Sí”, contestó él.

“¿Mataron a muchos?”

Permanece en silencio durante un buen rato. Reflexiona: “Era una guerra… Pero sinceramente: no, no muchos. Hubo un par de combates… La norma de los vietnamitas fue la de no atacar a los civiles”.

“Entonces, ¿por qué?”, pregunté. Pero los dos sabíamos que se trataba de una pregunta retórica.

En un momento dado, cuando nos acercamos a la medianoche, nos detuvimos en un oscuro pueblo para comprar agua y algo de frutas de la región.

Algo se rompe en Song Heang, y de repente comienza a hablar con voz alterada, movido por una emergencia:

“Usted no entiende, no sabe hasta qué punto este país es terrible en realidad… hasta qué punto se convirtió en terrible. Los ricos son tan ricos. Mientras que los pobres son tan pobres, y ahora no tienen ninguna educación, están en la ignorancia más absoluta, hasta el punto de que no saben nada de la corrupción y el hedonismo de las ‘élites’ en Phnom Penh. Una vez más la situación vuelve a ser similar a la de hace más de cuatro décadas. ¿Sabe lo que son las escuelas de aquí? A veces sólo hay un profesor para una clase de 100 alumnos. Y a la atención médica: aquí es simple, si usted es pobre, usted va a morir. Y algunas de nuestras ‘familias tradicionales’: amputan las piernas y los brazos a sus hijos, de sus bebés, y los llevan a través de la frontera, con esas terribles heridas e infectados, a Bangkok, a mendigar”.

Durante un rato seguimos en silencio.

“¿Qué tipo de Camboya quieres?”, le pregunto.

“Una Camboya donde los niños reciban una educación gratuita y de calidad, donde las personas reciban atención médica gratuita, donde la cultura sea importante y apoyada por el Estado, donde las personas sean iguales…”

“Es el socialismo”, le digo. “Estamos hablando de una Camboya socialista o comunista…”

Él vacila. “¿De verdad?”

“Sí. Eso es lo que estamos tratando de construir en toda América Latina, en China…”

“Pero eso no es lo que los Jmeres Rojos trataron de lograr, ¿no?”

“Por supuesto que no”, me responde.

Afuera se hace de noche.

“Ya veo… Eso no es lo que nos dice Occidente… Así que… según parece… todo está jodido”, concluye.

Estoy de acuerdo con él.

Nos detenemos en el siguiente pueblo, vamos a comprar cerveza Angkor, y allí, en el arcén de la carretera, nos hacemos más filósofos, a la antigua manera de los soviéticos.

André Vltchek, Cambodia and Western Fabrication of History, CounterPunch, 1 de agosto de 2014

Primera Parte | Segunda Parte

Cómo se inventó la mentira del genocidio de Pol Pot en Camboya (2)

Actualmente en Phnom Penh hay nuevos centros comerciales y un sinnúmero de vehículos de lujo, nuevos o usados, para los muy ricos y los muy corruptos.

La ciudad está totalmente comprometida en el camino del capitalismo, un poco como en Yakarta, otra pesadilla urbana de Asia. Excepto que al menos Phnom Penh dispone de algunos impresionantes chalets coloniales franceses, hermosos bancos creados a lo largo del río, así como galerías y museos, muchos de los cuales son de alta calidad.

Pero su aglomeración de aproximadamente 2,2 millones de habitantes, no tiene red de transporte público (salvo un par de autobuses), y sus sistemas de salud pública y educación están en un estado espantoso.

Desde hace muchos años, el primer ministro dictatorial y brutal, Hun Sen, un antiguo comandante de batallón de los Jmeres rojos, es un campeón del “libre mercado y la democracia liberal pluripartidista”. Aunque le crítica periódicamente por diversas violaciones de los derechos humanos, Occidente se muestra satisfecho en general con su «fundamentalismo” de mercado, tal y como se aplica en el país, así como con la casi ausencia de políticas sociales coherentes.

Durante años, he visto cómo un gran número de “asesores”, en particular de la Unión Europea, “conformaban el rumbo” de la economía de Camboya y la sociedad camboyana en general.

Eso, por supuesto, incluye también su historia. Esos consejeros dicen ciertas cosas en público y otras cuando las puertas están cerradas.

Hace ocho años escribí: “En uno de los cafés frecuentados por expertos extranjeros, la atmósfera es relativamente relajada. Los funcionarios de Naciones Unidas y Estados Unidos beben cerveza, sujetando de la mano a su ‘segunda esposa’ local; se relajan después de una dura jornada de trabajo en esta caótica capital. Realizan varias tareas en este país que una vez estuvo marcado por algunos de los peores actos de violencia experimentada por la especie humana. Algunos están a cargo del desminado de los campos; otros están tratando de convencer a la población local de que entregue sus armas, que todavía son numerosas y son una de las razones de la alta tasa de criminalidad”.

Pero muchos de ellos están aquí para asesorar al gobierno y a un sinnúmero de ONG sobre la manera de gestionar la economía y el Estado. Está claro que la mayor parte de las veces este tipo de consejos son “proyectos” basados exclusivamente en teorías favorables al libre mercado. Como resultado, sólo una proporción muy pequeña de los beneficios del crecimiento económico se encuentra en los bolsillos de los pobres que, sin embargo, son la gran mayoría de los camboyanos.

El humo de la marihuana se balancea perezosamente en el aire húmedo y viciado. Después de varios años en Camboya, estos expertos se han vuelto duros y cínicos; para ellos cada día es una lucha. Para lograr cualquier cosa en este país, es necesario corromper y atar compromisos. El lenguaje educado se ha olvidado totalmente; las conversaciones son brutalmente directas y francas.

Los clichés comunes, reservados para el público de Estados Unidos y Europa, son el blanco de la burla y el desprecio abierto durante estas reuniones informales.

“¿Que los Jmeres rojos han matado a más de un millón de camboyanos? ¡Imposible!”, se sorprende uno de los europeos de mediana edad que ha vivido y y trabajado en este país durante más de diez años. “No tenían capacidad para matar a mucha gente. Por supuesto que entre uno y dos millones de personas murieron entre 1969 y 1978, pero este número incluye a las 500.000 personas o más masacradas por el tapiz de bombas de Estados Unidos antes de que los Jmeres Rojos tomaran el poder”.

“La mayoría de las personas murieron de hambre y enfermedades”, continúa. “Además, las terribles masacres no tuvieron lugar como consecuencia de la ideología comunista de los Jmeres Rojos. Las cosas no se situaban a ese nivel. Los bombardeos masivos de Estados Unidos y la brutal dictadura de Lon Nol, apoyada por Occidente, lanzaron a unos contra otros en la población local. Mataron por venganza, no sobre una base ideológica. Los campesinos se volvieron locos a base de soportar aquellos bombardeos sistemáticos de los B-52. Muchos fueron torturados, masacrados y muchos otros han ‘desaparecido’ durante el reinado de Lon Nol. La población del campo odiaba a la población de la ciudad, a quienes acusaban de todas sus desgracias y de todos los horrores que tuvieron que soportar. Y la mayoría de los soldados y de los cuadros del Jmer Rojo procedían del campo”.

A sólo ochocientos metros del café y de las conversaciones casi “marginales” de estos expatriados endurecidos, el museo de Tuol Sleng (museo del genocidio), instalado en una antigua escuela de secundaria, narra la historia de la desenfrenada brutalidad y el sadismo de los cuadros de los Jmeres Rojos. En 2009, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) inscribió el museo de Tuol Sleng en el Registro de la “Memoria del Mundo”.

Después del 17 de abril de 1975 las aulas de la escuela secundaria Tuol Svay Prey se convirtieron en el principal centro de interrogatorio y tortura de los Jmeres Rojos, conocido como la cárcel de Máxima Seguridad 21, o simplemente S-21. Aquí es donde los hombres y las mujeres fueron encadenados y golpeados, a las mujeres les arrancaron los pezones con pinzas y les aplicaron cables eléctricos en los órganos genitales. Después de la confesión (y no tenían más remedio que confesar, para detener la insoportable tortura), la mayoría de los hombres, mujeres y niños que pasaban por esta institución del horror terminaban en el campo de exterminio de Choeung Ek, donde la ejecución era casi segura. Se dice que 20.000 personas murieron después de haber sido interrogados en S-21.

En un intento loco por dar una estructura a la barbarie, el Jmer Rojo documentaba cada caso, fotografiando a todos los hombres y las mujeres detenidos inmediatamente después de su detención, antes de la tortura, y luego tomaban fotos de algunos después de su salvaje interrogatorio.

Algunas de las imágenes más terroríficas son las que ha creado Vann Nath, un pintor y ex preso en S-21, uno de los pocos que consiguió sobrevivir, debido a su talento y su capacidad para dibujar halagadores retratos de Pol Pot y los diversos funcionarios que estaban a cargo del centro de interrogatorios. Después de la invasión vietnamita, Vann Nath llevó al lienzo sus más aterradores recuerdos: un mosaico que representa la barbarie y la brutalidad sin sentido de los interrogadores; una madre cuyo bebé es asesinado frente a sus ojos, un hombre cuyas uñas han sido arrancadas con pinzas, una mujer a la que le han cortado sus senos.

Pero en una conversación que tuvimos hace quince años incluso Van Nath insistió en que los Jmeres Rojos mataron a unas 200.000 personas en el transcurso del período en que estuvieron en el poder, una cifra que menciona también en su libro “En el infierno de la prisión de Tuol Sleng: La inquisición del Jmer Rojo en palabras e imágenes” (título original: “Retrato de una cárcel camboyana: un año en el S-21 de los Jmeres Rojos”, White Lotus Press).

Entre la mayor parte de los supervivientes jmeres con los que he hablado hay consenso en estimar que la mayoría de las personas no murieron a causa de la ideología comunista, ni por órdenes directas emitidas desde Phnom Penh con el fin de exterminar a millones de personas, sino porque los dirigentes y cuadros locales en las provincias perdieron los papeles, y acometieron venganzas personales contra la población urbana deportada y las «elites” a las que acusaron a la vez de los salvajes bombardeos americanos del pasado y del apoyo a la dictadura pro-occidental de Lon Nol, tan corrupto como feroz.

No cabe duda de que la gran mayoría de aquellos que murieron durante este período (entre uno y dos millones de personas) fueron víctimas de los bombardeos de Estados Unidos, el hambre relacionada con esos bombardeos y el hecho de convertirse en desplazados interiores (aproximadamente 2 millones de personas se han convertido en refugiados dentro de su propio país, con falta de atención médica, alimentos y tener que soportar unas condiciones de vida abominables).

Los medios de comunicación occidentales de gran audiencia no mencionan sino muy rara vez el hecho de que un número significativo de personas desaparecieron bajo el tapiz de bombas de Estados Unidos. Pero en el entorno universitario se sabía que desde mayo de 1969 la Fuerza Aérea de Estados Unidos había bombardeado secretamente Camboya utilizando B-52. A eso se le llamó “Operación Menú” (desayuno, comida, cena, merienda, postre y cena). E incluso hoy sabemos, por nuevas pruebas obtenidas por la desclasificación de documentos (en 2000 bajo el gobierno de Clinton), que la Fuerza Aérea ya había comenzado a bombardear las zonas rurales de Camboya, a lo largo de la frontera con Vietnam del sur en 1965 con el gobierno de Johnson. Los “Menús” que llegaron a continuación no fueron más que una escalada brutal en el asesinato en masa de civiles indefensos.

Ante la derrota en Vietnam en 1973, se llevó a cabo un despiadado “tapiz de bombas” para apoyar el régimen de Lon Nol. El historiador David P. Chandler escribió: “Cuando al final del año el Congreso de Estados Unidos puso fin a la campaña militar, los B-52 habían lanzado más de medio millón de toneladas de bombas sobre un país con el cual Estados Unidos no estaba en guerra, más de dos veces el tonelaje lanzado sobre Japón durante la Segunda Guerra Mundial”.

La guerra en Camboya fue conocida como “la atracción” por los periodistas que cubrían la guerra de Vietnam y los políticos americanos en Londres. Sin embargo, los bombardeos americanos sobre Camboya superaron en intensidad a todo lo que se llevó a cabo en Vietnam; en 4 años mataron a casi 500.000 soldados y civiles en el territorio de este pequeño país. Como he mencionado anteriormente, esto también fue debido a que alrededor de 2 millones de refugiados habían huido del campo a la capital.

La barbarie de los bombardeos, el desplazamiento de millones de personas y el resentimiento contra el régimen pro-occidental corrompido en Phnom Penh, allanaron el camino para la victoria de los Jmeres Rojos y una feroz campaña de venganza.

No fue un «genocidio comunista”; el Imperio fue el que asesinó a millones de víctimas en Indochina, con total impunidad y sin ningún respeto por esa “despoblación”; la venganza ciega y brutal de aquellas personas desesperadas que lo habían perdido todo llegó después.

André Vltchek, Cambodia and Western Fabrication of History, CounterPunch, 1 de agosto de 2014

Primera Parte | Tercera Parte

Cómo se inventó la mentira del genocidio de Pol Pot en Camboya (1)

En cuanto entramos en la pequeña ciudad de Anlong Veng, en el límite de las montañas de Dangrek, en el noroeste de Camboya, comienza a llover. La lluvia es fuerte pero, después de todo, es una lluvia tropical y termina tan bruscamente como empezó.Atravesamos un puente sobre un pantano y, de repente, frente a nosotros aparece un lago, hermoso e inquietante a la vez.

“Hace algunos años fue el último bastión de los Jmeres Rojos”, explica mi amigo Song Heang. “Entonces era imposible llegar hasta aquí en coche como hoy tan fácilmente. No había casas en los alrededores. Y el lago era como un pantano, imposible de atravesar”.

Hemos recorrido todo el camino hasta aquí para visitar el campamento del último jefe militar de los Jmeres Rojos, Ta Mok, el jefe del ejército, conocido como el “Hermano Número Cinco” o el “Carnicero”. Aquí es donde vivió y desde donde mandaba sus tropas.

Ta Mok, el brazo derecho de Pol Pot. Ta Mok, que dividió al movimiento poniendo a Pot bajo arresto domiciliario y a quien, muy probablemente, envenenó. Ta Mok, que dirigía un ejército de varios miles de partidarios de los Jmeres Rojos entre 1979, cuando las fuerzas vietnamitas derrocaron su movimiento del poder, y 1999, cuando fue capturado por las fuerzas gubernamentales. Ta Mok murió estando detenido en 2006 sin haber sido juzgado ni condenado.

San Reoung, el responsable de la seguridad personal de Ta Mok, el guardaespaldas que vivió con él durante años, nos espera.

Le falta la pierna izquierda, algo común entre los civiles y los combatientes camboyanos de su edad. Ta Mok también había perdido una pierna en combate.

Sólo hay una cosa que me gustaría saber de él: ¿hasta qué punto los Jmeres Rojos eran comunistas?, ¿fue esta ideología, la ideología marxista, la que atrajo a humildes campesinos a las filas del movimiento?

San Reoung piensa un momento y luego responde sopesando cada palabra: «Realmente no era un asunto de ideología, no sabíamos mucho. Yo, por ejemplo, estaba muy encolerizado con los americanos. Me convertí en soldado a la edad de 17 años. Y mis amigos también estaban muy encolerizados. Se unieron a los Jmeres Rojos para combatir a los americanos y, en particular, la corrupción de su títere, el dictador Lon Nol en Phnom Penh”.

Antes de que los Jmeres Rojos tomaran el poder, ¿la gente del campo era consciente de lo que estaba sucediendo en la capital?

“Por supuesto que lo eran. Por el enorme apoyo y el dinero que Estados Unidos dio al corrompido régimen de Lon Nol. Todo el mundo sabía a dónde iba el dinero: un sinnúmero de fiestas suntuosas, prostitutas de fantasía… Los bombardeos americanos habían aplastado nuestros campos bajo las bombas. Cientos de miles de personas murieron. La gente se volvió loca, estaba indignada. Y fue eso lo que hizo que muchos de ellos se unieran a los Jmeres Rojos”.

“¿No fue a causa de la ideología marxista?”, pregunto de nuevo.

San Reoung responde de inmediato: «No, claro que no. La gran mayoría no tenía ni idea de lo que era el marxismo, nunca habían oído hablar de él”.

Visito el campamento de Ta Mok. Entro en un viejo vagón, un centro móvil de comunicaciones utilizado por Pol Pot algunas décadas antes. Ahora está vacío y oxidado. Todo el campamento se convirtió en una especie de museo informal. Rechazo la invitación para ir a visitar los antiguos barrios en los que vivió Ta Mok. No tengo ningún interés en ello.

En cambio, observo el lago durante un buen rato.

Después de haber trabajado durante muchos años en esta parte del mundo, he llegado a comprender que todas las respuestas a las preguntas importantes acerca de Camboya y su pasado se encuentran en el campo. Durante décadas Occidente ha logrado corromper a Phnom Penh, comprando a casi todas las personas influyentes de allí para que repitieran y refinaran un relato falsificado y estereotipado.

Las ONG, los periodistas: todos hablan alto y claro del genocidio “comunista” en Camboya. Se ha convertido en un empleo bien remunerado, la fuente de un flujo interminable de financiación, una mentira compleja apoyada por la maquinaria de propaganda de las universidades occidentales y la prensa.

Los Jmeres Rojos fueron una fuerza bruta, por supuesto pero, sin duda, no un monstruo genocida “comunista”. Y no cayeron del cielo.

Le pregunto a Song Heang si lo que hemos oído en Anlong Veng es exacto. Poco a poco vamos ganando velocidad en la carretera del templo de Preah Vihear, donde lucharon y corrió la sangre, en la frontera entre Camboya y Tailandia.

Song Heang trabaja para una modesta organización benéfica australiana que construye pequeñas bibliotecas rurales para niños. Detesta a los Jmeres Rojos. Pero reconoce de inmediato que nunca hubo “comunistas” en ellos.

Tiene un buen carácter, con un temperamento ecuánime: “De niño yo vivía en la ribera del río Mekong, en el pueblo de Prek Tamak, a 65 kilómetros de Phnom Penh. Cuando los americanos bombardearon, todo se detuvo y la gente se quedó petrificada… Utilizaron aviones muy rápidos, aviones de caza; y la población local les llamaba ‘amich’: los rápidos… Entonces mucha gente se unió a los Jmeres Rojos. No sabían lo que era el comunismo. Todo lo que sabían era el horror del gobierno pro-occidental en Phnom Penh”.

Le pregunto: “¿Por qué la población de Phnom Penh no cesa de repetir que Pol Pot llevó a cabo un ‘genocidio comunista’?, ¿Por qué, como en el resto del sudeste de Asia, han demonizado a China?, ¿Y por qué Vietnam también está endemoniado?”

“Somos un país muy pobre”, dice Song Heang. “Y si la gente de Phnom Penh toca el dinero, pues bien, les encanta ese dinero, eso es todo, y dicen exactamente lo que les pagan por decir. Y Estados unidos y la Unión europea ponen sobre la mesa mucho dinero cuando quieren obtener ciertas declaraciones”.

André Vltchek, Cambodia and Western Fabrication of History, CounterPunch, 1 de agosto de 2014

Segunda Parte | Tercera Parte

Movilizaciones contra las vacunas en el norte de Colombia

El Carmen de Bolívar es una ciudad colombiana de 67.000 habitantes cercana al puerto caribeño de Cartagena de Indias que desde comienzos de este mes se ha puesto en pie con protestas y manifestaciones por un motivo poco habitual: los estragos de la vacuna contra el virus del papiloma humano.

Más de 200 niñas y adolescentes vacunadas forzosamente de la ciudad padecen los mismos síntomas: desvanecimientos, dolor de cabeza, engorde de las extremidades, manos heladas y tez pálida. El Hospital local de Nuestra Señora se ha colapsado. Algunos días han llegado a ingresar simultáneamente hasta 70 niñas.

Aunque los expertos dicen desconocer las causas del fenómeno, a los afectados no les cabe ninguna duda de que es consecuencia de los efectos secundarios de la vacuna administrada a las jóvenes. Incluso el presidente de la República, Juan Manuel Santos, se ha visto obligado a intervenir, imputando los sucesos a un «fenómeno de sugestión colectiva». Desplazado a la región como consecuencia del problema, al ministro de Salud Alejandro Gaviria le han recibido con manifestaciones en las calles. La ira de la multitud ha subido de tono cuando, para ocultar la gravedad del hecho, los expertos y los políticos les han tratado como si fueran histéricos.

En la mayor parte de la prensa colombiana el tratamiento de la noticia ha sido repugnante, como cabía esperar. «La vacuna contra VPH no afectó salud de niñas», titulaba el diario El Universal (1) haciéndose eco de los responsables del Ministerio de Salud sin que hubieran emprendido ninguna investigación.

En Colombia, la vacuna contra el virus del papiloma humano se ha administrado a 2,9 millones de jóvenes comprendidas entre los 9 y los 16 años. Se trata del Gardasil, un producto de la multinacional farmacéutica Merck que ya ha causado la muerte de tres niñas en España e incontables enfermedades en miles repartidas por todo el mundo.

En la ciudad, la imagen más corriente de las últimas semanas es la de un padre atemorizado que llevaba en ambulancia a su hija al servicio de urgencias del hospital. Sólo en el fin de semana 120 niñas han sido ingresadas en urgencias. Los afectados se empiezan a organizar y la semana pasada se manifestaron por las calles exigiendo que se formara una comisión de investigación. El alcalde de la localidad, Francisco Vega, que también es médico, ha explicado que el problema comenzó en el mes de mayo y que desde entonces se ha ido agravando progresivamente.

El gobierno ha enviado expertos que han tomado muestras de sangre de las adolescentes locales. Pero antes de saber los resultados ya han adelantado que no hay pruebas de que la vacuna de Merck sea la causante del problema y que quienes afirman lo contrario se basan en «opiniones y prejuicios». Veronica Trulin, portavoz de la multinacional Merck para América Latina se ha negado a realizar comentarios sobre lo que consideran como «especulaciones» sobre el Gardasil (2), una vacuna que -como tantas otras- también utiliza aluminio como coadyuvante.

Actualmente los laboratorios de Merck se encuentran trabajando sobre otra vacuna que sustituya a la anterior y evite sus efectos secundarios. Las estimaciones son de 10.000 afectados por los efectos del Gardasil en todo el mundo, de los cuales 142 han fallecido, la mayor parte de ellos en el Tercer Mundo cuyos habitantes son utilizados como cobayas por los laboratorios.

Varios países, como Japón, han retirado la vacuna y en noviembre del pasado año el Estado francés reconoció oficialmente que a una niña de 15 años el Gardasil le causó una reacción de inflamación aguda del sistema nervioso, obligando a la multinacional farmacéutica a indemnizarla lo cual, a su vez, provocó una avalancha de demandas judiciales. En España también se ha formado una Asociación de Afectadas por la Vacuna del Papiloma que ha interpuesto varias reclamaciones judiciales.

La vacuna no sólo tiene consecuencias indeseables sobre la salud de las jovénes sino que, además, provoca esterilidad. Hace décadas que la estrecha asociación entre numerosas vacunas y la esterilidad ha conducido a sospechar que detrás de las sucesivas campañas de la Organización Mundial de la Salud, a pesar de los variados pretextos sanitarios, se encubra una política mundial malthusiana de control de la natalidad en el Tercer Mundo.

En todo el mundo las campañas masivas de vacunación contra el virus del papiloma se explican como consecuencia de los beneficios de la multinacional que fabrica el Gardasil, cuyas ventas superan los 1.000 millones. Producir una dosis cuesta 68 centavos de dólar. Si se comprara en una farmacia su precio sería de unos 60 dólares, excepto en Estados Unidos, donde su precio es de 200 dólares. Pero el negocio no es la venta privada, que tiene un mercado muy reducio a causa del precio, sino que el Estado la imponga masiva y «gratuitamente». Colombia ha gastado 300 millones de dólares, de los cuales casi 299 millones son beneficios para la multinacional: un negocio redondo a costa de la salud de las jóvenes del país.

Una medicina sometida al capitalismo funciona al revés: descuida la atención de los enfermos y se preocupa por los que están sanos.
(1) El Universal, 30 de agosto, http://www.eluniversal.com.co/regional/bolivar/vacuna-contra-vph-no-afecto-salud-de-ninas-de-el-carmen-de-bolivar-invima-169398
(2) CBS News, 28 de agosto, http://www.cbsnews.com/news/mystery-illness-hits-girls-in-small-south-american-town/

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