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Holanda se disculpará oficialmente por la trata de esclavos y su pasado colonial

Las grandes potencias imperialistas quieren lavarse la cara por su pasado colonial. Holanda se disculpará oficialmente por su papel en la historia de la trata de esclavos. El gobierno holandés está estudiando la posibilidad de poner en marcha un fondo de unos 200 millones de euros para financiar proyectos destinados a sensibilizar a la población sobre el legado de la esclavitud.

El fondo se lanzará a finales de este año o principios del próximo, aunque por el momento, no hay ninguna declaración oficial del gobierno holandés.

En los últimos años, el debate sobre las indemnizaciones a los descendientes de los esclavos se ha reavivado. El año pasado Femke Halsema, alcaldesa de Ámsterdam, pidió disculpas por el papel de su municipio en el pasado colonial y la trata de esclavos. “Es hora de integrar la gran injusticia de la esclavitud colonial en la identidad de nuestra ciudad”, dijo entonces, durante un discurso para conmemorar la abolición de la esclavitud.

Durante su pasado colonial, Holanda tuvo siete colonias en el Caribe, incluidas Surinam y Curaçao, en Sudáfrica y en la actual Indonesia. Según un estudio del Instituto Internacional de Historia Social, los ingresos procedentes de la esclavitud aportaron alrededor del 5,2 por cien del PIB del reino en la segunda mitad del siglo XVIII.

Por ejemplo, Indonesia fue ocupada por Japón durante la Segunda Guerra Mundial. En 1945 declaró su independencia de Holanda, que la potencia europea rechazó, iniciando cuatro años de guerra, que acabó con el reconocimiento de la independencia en 1949.

La guerra fue atroz. Murieron 100.000 independentistas indonesios. El ejército colonial holandés utilizó sistemáticamente una violencia extrema para aplastar a la nueva República, mientras en la metrópoli los políticos, las autoridades civiles y militares, incluido el poder judicial, miraban hacia otro lado, toleraron e ignoraron la violencia colonial.

Pero si la crueldad extrema de los colonos holandeses en la guerra de 1945 a 1949 está ampliamente admitida, no ocurre lo mismo con toda la estapa colonial anterior, que se prolongó durante 500 años, desde la llegada de primer holandés en 1500, hasta la salida del último.

Por supuesto, también queda en un segundo plano que a lo lago de toda la etapa colonial, los indonesios resistieron la dominación metropolitana con todas las armas a su alcance.

Holanda pertenece al privilegiado “primer mundo” gracias a 500 años de saqueo colonial, del que se beneficiaron terratenientes, banqueros y comerciantes. Son los mismos que hoy se llenan la boca con fetiches como “democracia”, “libertad” y “derechos humanos”.

El Papa reconoce el genocidio cometido por la Iglesia católica en Canadá

A su regreso de Canada, en el avión de vuelta a Roma, el Papa calificó de “genocidio” las prácticas de los sacerdotes en los internados católicos de Canada, aunque durante su vista oficial de seis no utilizó dicha expresión.

Ya había pedido perdón en numerosas ocasiones a las poblaciones amerindias por el papel desempeñado por “muchos cristianos” en los internados dirigidos por la Iglesia católica.

“No dije la palabra [durante el viaje] porque no se me ocurrió, pero describí el genocidio”, dijo el Papa en el avión de regreso a Roma. Describió un genocidio que consistía en “secuestrar niños, cambiar la cultura, cambiar la mentalidad, cambiar las tradiciones, cambiar una raza, digámoslo así, toda una cultura”.

Unos 150.000 niños fueron reclutados a la fuerza en internados para niños aborígenes en Canadá entre finales del siglo XIX y la década de los noventa. Muchos sufrieron abusos físicos o sexuales, y miles nunca regresaron debido a enfermedades, desnutrición o abandono, siendo enterrados en fosas comunes.

Israel quemó vivos a prisioneros egipcios durante la Guerra de los Seis Días

El 8 de julio el periodista israelí Yossi Melman reveló detalles de un crimen de guerra cometido por el ejército israelí durante la Guerra de los Seis Días de 1967, cuando Israel ocupó Cisjordania, la Franja de Gaza, los Altos del Golán sirios y la Península del Sinaí egipcia.

Corresponsal militar, Melman dice que el ejército de ocupación israelí quemó vivos al menos a 20 soldados egipcios y al día siguiente utilizó una excavadora para cavar una fosa común y enterrar los cuerpos.

La zona de la fosa común se anexionó al kibbutz israelí Nahshon, construido en los terrenos de un barrio palestino llamado Wadi El-Latroun, a 25 kilómetros al oeste de Jerusalén y 14 kilómetros al sureste de Ramala. Según el periódico israelí Haaretz, la historia fue “suprimida y los campos pasaron a formar parte del parque Mini Israel”.

“Después de 55 años de fuerte censura”, escribió Melman, “puedo revelar que al menos 20 soldados egipcios fueron quemados vivos y enterrados por las Fuerzas de Defensa de Israel en una fosa común, que no estaba marcada ni identificada, en contra de las leyes de la guerra, en Latrun. Esto ocurrió durante la Guerra de los Seis Días.

Mientras que Melman constató que al menos 20 soldados egipcios fueron quemados vivos en ese momento, otras fuentes, entre ellas Haaretz, cifran en 80 las víctimas enterradas sin identificar y sin localizar (1).

Melman afirmó que el crimen de guerra se cometió en tierra de nadie, pero Haaretz reveló que se trataba de un barrio palestino “cuyos habitantes habían huido o sido expulsados recientemente y cuyas casas habían sido arrasadas”. Se refiere a la Nakba, la limpieza étnica de los palestinos de 1948.

El comandante del ejército israelí de la época, Zeev Bloch, que ahora tiene 90 años, dijo a Melman y a otros medios de comunicación que, en el momento de la masacre de los soldados egipcios, vio a los soldados israelíes “saquear las pertenencias personales [de los soldados egipcios muertos] y dejar la fosa común sin señalización”.

Saquear los restos y dejar las tumbas sin marcar sin notificar al Comité Internacional de la Cruz Roja es una violación del Convenio de Ginebra.

El informe de Haaretz sugiere que el ejército de ocupación israelí utilizó bombas de fósforo prohibidas para iniciar el fuego que mató a los soldados egipcios, que se habían rendido o querían huir.

Es otra violación del Convenio de Ginebra, que prohíbe matar a los soldados que están fuera de combate debido a una lesión o a la rendición.

La escena de quemar vivos y matar a los prisioneros de guerra fue espeluznante, según el testigo ocular Bloch, “estábamos avergonzados”. La masacre fue una “decisión del ejército”.

En 1995 Arye Biro contó cómo había matado a sangre fría a 49 prisioneros de guerra egipcios en 1956, e incluso dijo a los periodistas que estaba dispuesto a volver a hacer lo mismo. “No creo que sea un criminal de guerra”, añadió.

Biro afirmó que estaba protegiendo a otros que habían compartido la decisión sobre la masacre de prisioneros de guerra.

Los historiadores israelíes han revelado que las acciones de Biro no fueron ni mucho menos aisladas. El israelí Michael Bar-Zohar afirma que los asesinatos de prisioneros de guerra se produjeron “en todas las guerras de Israel” y “fueron tratados con indulgencia” y silenciados por los dirigentes.

El historiador militar israelí Aryeh Yitzhaki asegura que las tropas israelíes cometieron varias masacres durante la guerra de 1967, cuando era jefe del ejército, en las que fueron fusilados unos 1.000 prisioneros egipcios.

Entonces el jefe del ejército israelí era Ishac Rabin, al que concedieron el Premio Nobel de la Paz.

Bar-Zohar también dijo “dos cocineros con cuchillos simplemente mataron a tres prisioneros. Esta escena no deja de perseguirme” (2).

Los días 9 y 10 de junio de 1967, unos 400 prisioneros egipcios y palestinos fueron masacrados en las dunas de El-Arish, dijo Yitzhaki, y añadió que hubo otros seis o siete incidentes en los que las tropas israelíes abrieron fuego contra prisioneros de guerra.

Yitzhaki entregó a sus superiores un informe sobre los crímenes, que se guardó en una caja fuerte en el cuartel general militar. “Toda la cúpula del ejército, incluidos el [entonces] ministro de Defensa Moshe Dayan y el jefe del Estado Mayor Rabin y los generales sabían de estas cosas. Nadie se molestó en denunciarlos”, concluyó Yitzhaki.

En 1995, tres meses antes de su ejecucion, el primer ministro Ishak Rabin dijo que ejército israelí, se había ganado su “gloria como un ejército humano cuyos soldados están dotados de valores morales especiales”.

(1) https://www.haaretz.com/israel-news/2022-07-08/ty-article-magazine/.highlight/revealed-80-egyptian-commandos-buried-under-israeli-tourist-attraction/00000181-d965-d95d-ab91-ff6f1b260000
(2) https://apnews.com/article/25ac46caafc811c70c9367f04ef136fb

Irán desarticula un plan del Mosad para asesinar a científicos nucleares iraníes

Irán ha desarticulado un plan del Mosad para asesinar a científicos nucleares iraníes después de que la policía detuviera a tres espías “La detención de estos agentes del Mosad se produjo tras una complicada operación de inteligencia que duró ocho meses”, declaró Mehdi Shamsabadi, fiscal general de la provincia iraní de Sistán y Baluchistán.

El fiscal no especificó las nacionalidades de los espías. “Los acusados confesaron que algunos de ellos habían estado en contacto directo con agentes del Mosad”, dijo Shamsabadi. El caso se encuentra actualmente en fase de investigación preliminar y pronto se presentará una acusación y se enviará al tribunal.

En un comunicado publicado el 20 de abril, el Ministerio de Inteligencia iraní anunció la detención de los tres espías del Mosad. Dijo que estaban implicados en la difusión de información y documentos clasificados, y señaló que habían sido detenido por orden judicial.

En los últimos años, los científicos nucleares iraníes han sido objeto de intentos de asesinato por parte de centrales de espionaje occidentales e israelíes.

El 27 de noviembre de 2020 el coche del científico nuclear iraní Mohsen Fakhrizadeh fue objeto de una explosión y de disparos de ametralladora en Damavand Absard, a 40 kilómetros al este de Teherán.

El científico nuclear y uno de sus acompañantes fueron trasladados inmediatamente a un hospital cercano, pero no se pudo salvar.

En junio de 2012 Irán anunció la identificación y detención de todos los elementos terroristas que estaban detrás del asesinato de los científicos nucleares del país. “Todos los elementos implicados en los asesinatos de los científicos nucleares del país han sido identificados y detenidos”, anunció el Ministerio de Inteligencia iraní en un comunicado.

“Varios países, cuyos territorios e instalaciones habían sido secuestrados por los equipos terroristas respaldados por el Mosad, han proporcionado a los funcionarios iraníes información relevante”, añade el comunicado.

“En el transcurso de las investigaciones, se ha detenido a todos los demás elementos que están detrás del asesinato de los científicos iraníes Massoud Ali-Mohammadi, Majid Shahriari y Mostafa Ahmadi Roshan, así como a Reza Qashqaei, conductor de Roshan. “Algunos de los autores del asesinato de Fereidoun Abbasi, actual director de la Organización de Energía Atómica de Irán, se encuentran entre los detenidos”, añadió el ministerio.

El Ministerio de Inteligencia iraní detectó algunas bases del Mosad en el territorio de uno de los vecinos occidentales de Irán, que estaban proporcionando entrenamiento y apoyo logístico a las redes terroristas.

En el quinto atentado de este tipo en dos años, los terroristas mataron a un científico iraní de 32 años, Mostafa Ahmadi Roshan, y a su conductor el 11 de enero de 2012.

La explosión tuvo lugar en el segundo aniversario del asesinato del profesor universitario y científico nuclear iraní Massoud Ali Mohammadi, que también fue asesinado en un atentado terrorista en Teherán en enero de 2010.

El método de asesinato utilizado en ese atentado fue similar al empleado en 2010 contra el entonces profesor universitario Fereidoun Abbassi Davani -que llegó a ser director de la Organización de Energía Atómica de Irán- y su colega Majid Shahriari. Abbassi Davani sobrevivió al ataque, mientras que Shahriari cayó como muerto.

Otro científico iraní, Dariush Rezaeinejad, también fue asesinado por el mismo método el 23 de julio de 2011.

—https://www.farsnews.ir/en/news/14010401000139/Tehran-Fils-Mssad%E2%80%99s-Assassinain-Pl-agains-Iranian-Nclear-Scieniss

Juicio contra la OTAN por los crímenes de guerra cometidos en Serbia en 1999

En 1999 la OTAN bombardeó Serbia durante 78 días seguidos, contaminando al país balcánico con al menos 15 toneladas de municiones de uranio empobrecido altamente tóxicas. Los abogados serbios han presentado varias demandas contra la OTAN, pero todavía no han recibido ninguna admisión formal de culpabilidad por ls crímenes cometidos contra la población civil.

La OTAN ha respondido oficialmente a las demandas presentadas por los serbios ante el Tribunal Superior de Belgrado por el uso de munición de uranio empobrecido durante la campaña de bombardeos de 1999, alegando inmunidad judicial, según declaró Srdan Aleksic, abogado que representa a las víctimas.

En su declaración ante el tribunal, la oficina de enlace de la OTAN en Serbia dijo que la Alianza tiene plena inmunidad bajo la jurisdicción serbia sobre la base del acuerdo de 2005 entre la Alianza y la Unión Estatal de Serbia y Montenegro sobre la participación en el tránsito y el apoyo a las operaciones de mantenimiento de la paz y el acuerdo de 2006 en virtud del cual se estableció la oficina de enlace en Belgrado.

Sin embargo, ninguno de estos acuerdos concede inmunidad a la OTAN como organización, y la inmunidad no puede aplicarse con carácter retroactivo. Por lo tanto, no se puede conceder inmunidad a la OTAN por los crímenes de guerra contra civiles y por su agresión ilegal en virtud del acuerdo de 2005.

Los bombardeos causaron víctimas entre la población civil y la OTAN es responsable de la violación del derecho a la vida y de los daños causados, subrayó Aleksic, quien espera que el Tribunal Superior de Belgrado celebre audiencias sobre la cuestión en octubre.

Aleksic y el abogado italiano Angelo Fiore Tartaglia presentaron en enero de 2021 una demanda contra la OTAN por el uso de uranio empobrecido en el ataque a Yugoslavia de 1999. A principios de este año se presentaron otras dos demandas. Tartaglia ya había representado con éxito a cerca de 200 soldados italianos que murieron de cáncer o enfermaron gravemente tras estar expuestos al uranio empobrecido mientras servían en Kosovo durante la misión de mantenimiento “de la paz” de la OTAN en esa región serbia.

En septiembre de 2000 el Tribunal de Distrito de Belgrado declaró al general estadounidense Wesley Clark y al secretario general de la OTAN, Javier Solana, culpables de crímenes de guerra por el bombardeo de Yugoslavia en 1999.

Sin embargo, una revolución de colores que derrocó al presidente yugoslavo Slobodan Milosevic en octubre de 2000 hizo que se revisara el veredicto y, a finales de 2001, el Tribunal Supremo de Serbia anuló la decisión.

Serbia tiene una de las tasas de cáncer más altas de Europa, con casi 60.000 pacientes oncológicos diagnosticados cada año, y una tasa de cáncer infantil hasta 2,5 veces superior a la media europea. Los médicos serbios están convencidos de que la elevada tasa de cáncer está directamente relacionada con el amplio uso de munición de uranio empobrecido durante los bombardeos de la OTAN.

Además de los cánceres, los científicos han informado de un alarmante aumento de la infertilidad, las enfermedades autoinmunes y los trastornos mentales en las dos últimas décadas, incluido el trastorno de estrés postraumático y otros problemas psicológicos asociados a los bombardeos.

A principios de este año, la directora del Instituto Serbio de Radiología y Oncología, la doctora Danica Grujicic, declaró que los bombardeos de 1999 habían tenido un impacto devastador en la ecología de la región y que el uso de uranio empobrecido, combinado con los ataques deliberados a plantas químicas e instalaciones industriales peligrosas, había creado un desastre medioambiental que afectaba a países mucho más allá de las fronteras de la antigua Yugoslavia.

—https://dailytelegraph.co.nz/world/nato-claims-immunity-to-serbian-lawsuits-on-use-of-depleted-uranium-in-1999-bombings/

Fue el ejército ucraniano quien cometió la matanza de Bucha

Repentinamente los medios se han callado sobre la matanza de Bucha. El silencio es consecuencia del inicio de la investigación, en la que interviene la Gendarmería francesa y en la que han aparecido dardos metálicos en los cadáveres.

La campaña publicitaria contra Rusia se ha frenado en seco porque los muertos de Bucha tienen diminutos dardos metálicos de un tipo de proyectil de artillería, según los patólogos y médicos forenses. Los primeros resultados muestran que fue el ejército ucraniano quien asesinó a los civiles.

“Encontramos varios objetos realmente delgados, parecidos a clavos, en los cuerpos de hombres y mujeres, al igual que otros de mis colegas en la zona”, dijo Vladyslav Pirovskyi, un forense ucraniano. “Es muy difícil encontrarlos en el cuerpo, son demasiado finos. La mayoría de estos cuerpos son de la región de Bucha-Irpin”.

Los dardos metálicos fueron muy utilizados desde 2014 por el ejército ucraniano contra la población del Donbas. Se hallaron entre los proyectiles D-30 de calibre 122 milímetros encontrados en las posiciones de la artillería ucraniana abandonada por los militares en la República Popular de Lugansk

También encontraron dardos en la ciudad de Slaviansk, en la República Popular de Donetsk, tras un ataque de la artillería ucraniana en 2015, lo que fue ampliamente documentado en su momento (*), y que los medios silenciaron como acostumbran.

En las guerras modernas apenas se utilizan. Son una especie de metralla contenida en proyectiles de tanques o cañones de campaña. Cada cartucho puede contener hasta 8.000 dardos. Una vez disparados, los proyectiles estallan cuando una espoleta temporizada detona y explota por encima del suelo.

Suelen tener de 3 a 4 centímetros de longitud, se desprenden del caparazón y se dispersan en un arco cónico de unos 300 metros de ancho y 100 metros de largo. Al impactar con el cuerpo de la víctima, el dardo puede perder su rigidez y doblarse en forma de gancho, mientras que la parte posterior del dardo, formada por cuatro aletas, suele romperse, causando una segunda lesión.

Desde los primeros días de la guerra, la artillería ucraniana disparó fuego de artillería contra una columna rusa en la calle Vokzalnaya. El bombardeo destruyó varios barrios de la ciudad a la vez. A finales de marzo, días antes de que las tropas rusas se retiraran de la zona, volvieron a disparar, y repitieron el ataque en cuanto los rusos abandonaron las regiones de Kiev y Chernihiv.

Las investigaciones confirman que los civiles murieron como consecuencia del fuego de artillería y, como parece obvio, los proyectiles ucranianos cayeron sobre las posiciones rusas. Las tropas rusas desplegadas en Bucha no dispararon contra sus propias posiciones, como es obvio. Por lo tanto, los civiles murieron en los disparos llevados a cabo por las tropas ucranianas.

Los dardos están en los arsenales, tanto por la artillería rusa como de la ucraniana, pero el ejército ruso no ha usado obuses D-30 en esta guerra, y menos las fuerzas aerotransportadas que operaron en Bucha, que carecen de dicha munición.

Los muertos no fueron ejecutados a corta distancia, sino como consecuencia de fuego de artillería, lo cual descarta la calificación de los sucesos como un “genocidio premeditado de ucranianos pacíficos”. Numerosas pruebas, como la posición dispersa de los cadáveres, lo desmienten.

Las pruebas recogidas por los expertos durante una visita a Bucha, Hostomel y Borodianka, y revisadas por expertos independientes en armamento, demuestran que en la zona se utilizaron municiones de racimo y potentes bombas no guiadas. Mataron a un gran número de civiles y destruyeron al menos ocho edificios. Este tipo de armas están prohibidas en la mayoría de los países del mundo.

Ucrania eleva a casi 900 los civiles muertos en Bucha, mientras que la ONU habla de 50. Un equipo de 18 expertos del departamento forense de la Gendarmería francesa, junto con un equipo de investigadores forenses de Kiev, está documentando las muertes tras la retirada de las tropas rusas de la localidad.

“Vemos muchos cuerpos mutilados (desfigurados)”, dijo Pirovsky. “Muchos de ellos tenían las manos atadas a la espalda y balas en la nuca. También hubo casos de disparos de armas automáticas, como seis u ocho agujeros en la espalda de las víctimas. Y tenemos varios casos de partes de bombas de racimo incrustadas en los cuerpos de las víctimas”.

Según Neil Gibson, experto en armas del grupo británico Fenix Insight, que examinó las fotos de los dardos encontrados en Bucha, son de un proyectil de artillería ZSh1 de 122 milímetros. “Otro proyectil inusual y raramente visto”, dice Gibson. “Esta vez se trata del equivalente a la serie de proyectiles antipersonas de Estados Unidos… Funciona como un proyectil de metralla real, pero está lleno de dardos y un aglutinante de cera”.

No obstante, queda una pregunta inquietante: ¿por qué algunos cadáveres aparecieron con las manos atadas?

Los dardos fueron un arma muy utilizada durante la Primera Guerra Mundial. Lanzados por los aviones de la época para atacar a la infantería, eran capaces de atravesar los cascos. No se utilizaron ampliamente durante la Segunda Guerra Mundial.

Reaparecieron durante la Guerra de Vietnam, cuando Estados Unidos empleó una versión de las cargas de dardos, empaquetadas en vasos de plástico. Es una munición habitual en las guerras en las que ha estado implicado Israel, tanto en Gaza como en territorio libanés, ya que es particularmente eficaz en zonas en las que los adversarios se ocultan entre la vegetación.

Varias organizaciones humanitarias ha pedido la prohibición de los dardos pero, hasta la fecha, no lo han sido. Sin embargo, el uso de armas letales indiscriminadas en zonas civiles densamente pobladas constituye una violación del derecho de guerra. “Los dardos son un arma antipersonas diseñada para penetrar en la vegetación densa y golpear a un gran número de soldados enemigos”, dijo Amnistía Internacional. “Nunca deben utilizarse en zonas civiles residenciales”.

(*) https://codename-it.livejournal.com/953562.html

El mismo tipo de dardos metálicos ha seguido apareciendo en otros bombardeos de la artillería ucraniana, como el de Popasnaya, tras caer en poder del ejército ruso. En la imagen el corresponsal de guerra ruso Serguei Zenin muestra los dardos recuperados en esta última localidad.

La participación francesa en las matanzas de Ruanda de 1994

Una lectora nos envía el siguiente comentario a nuestras informaciones sobre la intervención de los colonialistas franceses en el genocidio de Ruanda:

Perdonadme que sea tan pesada, pero he vuelto a ver vuestra información sobre los informes que acusan a Francia de responsabilidades en el genocidio de Ruanda y me gustaría deciros que Survie, la ONG que propaga esa narrativa, está teledirigida desde los servicios secretos británicos (expertos en inventar historias falsas “creíbles”) y el Pentágono.
De verdad, sé que es complicado porque Francia ha tenido y tiene un rol nefasto en toda África, principalmente en sus excolonias, pero Ruanda no es una de ellas. ¿Quiso meter la pezuña porque siempre ansió traspasar la frontera de su excolonia más al sur, Congo Brazzaville, y ampliar su influencia hacia el África austral? Sí, pero el intento le salió fatal. Fue consciente en todo momento de que se enfrentaba a las potencias anglosajonas, EEUU/UK y el estado sionista, y que no podía ganar por la violencia, así que su estrategia fue apostar todo a la diplomacia y las negociaciones de Arusha, para ganar influencia, pero los hegemones la arrollaron como una apisonadora, y encima le echaron la culpa para envenenar sus posibilidades para el futuro.
No ha sido hasta 2021, cuando ha logrado besar las botas de Kagame, admitiendo esta falsa narrativa, porque sabe muy bien desde los años 90 que Ruanda es el gendarme -delegado de las US-UK corporations- de las riquezas del Congo RDC, para acceder a las materias primas congoleñas. Kagame es el principal responsable del genocidio aunque se le presentó y presenta todavía como el salvador. Financiado, apoyado y protegido en todo momento por EEUU, Uk e Israel.
De verdad que no quiero aleccionar, pero los investigadores africanos que más respeto conocen este terreno por el que se camina en los Grandes Lagos y tienen muy calados a algunos personajes franceses como esta ONG y algunos periodístas y políticos, que parecen anticoloniales, pero que son totalmente teledirigidos o tontos, como podríamos decir de muchos progresistas/pacisfistas/de izquierda españoles que defienden la OTAN y demonizan a Putin. Algunos son agentes de desinformación financiados y dirigidos y parte del aparatus de guerra del US Dep de Estado, pero otros, muchos muchísimos, solo son tontos y se creen esa narrativa a pies juntillas.
Adjunto tres páginas de un libro de Patrick Mbeko, donde habla de Survie, pero puedo haceros una lista interminable de pruebas de que no es una fuente de información de fiar. También en la página de Juan Carrero y Joan Casoliva podéis leer algo sobre esta organización.
https://l-hora.org/es/?s=Survie
Perdonadme de nuevo el rollo y espero no ofender a nadie, nada más lejos de mi intención.
Un saludo

Gracias por tu aportación, sobre todo porque los asuntos africanos, que es donde el imperialismo realmente se desnuda, interesan muy poco y es difícil atraer la atención de los lectores. En el caso de Ruanda es todavía peor porque en aquel momento, 1994, los ojos estaban puestos en la Guerra de los Balcanes.

En relación con tu comentario tenemos que decir que nuestras informaciones sobre la matanza de Ruanda en 1994 no se basan en los informes de Survie, ni directa ni indirectamente. A diferencia de otros, a nosotros las fuentes nos preocupan lo imprescindible; lo que realmente nos interesa es la información.

En el caso de Ruanda lo que afirmamos es que Francia participó en la matanza de 800.000 personas, según cifras de la ONU, a pesar de lo cual perdió el control del país. La llegada de Kagame, en efecto, relevó a los viejos colonialistas por los nuevos: Estados Unidos y Reino Unido, fundamentalmente.

Pero las responsabilidades de los nuevos no aminora la de los antiguos, que empiezan por François Mitterand, entonces Presidente de la República, y acaban en los escalones inferiores. Es cierto que las investigaciones judiciales que llevaron a cabo los jueces Bruguiere y Trevidic no son fiables porque aquí los conocemos bien en su faceta “antiterrorista”, en la que se cebaron con los refugiados antifascistas españoles.

Como hemos explicado en otra entrada, lo mismo hizo la Audiencia Nacional, darle la vuelta al asunto. “Se equivocó de genocidio”, lo que no es ninguna casualidad en tribunales de represión política bien conocidos.

Lo mismo cabe decir de otro tipo de investigaciones seudocientíficas, como la que se publicó el año pasado, diseñadas para lavar la mala conciencia: “Francia no es cómplice del genocidio”. Es una conclusión más jurídica que política. No hubo genocidio y, en consecuencia, no hubo complicidad. Pero más allá de la jerga jurídica, de lo que no cabe ninguna duda es que murieron 800.000 ruandeses y el mundo pregunta -o debería- por la responsabilidad francesa en esas muertes.

Un antiguo coronel dijo al periódico Le Monde: “Los militares [franceses] ayudaron y entrenaron a los que luego dirigieron el genocidio, aunque nadie podía imaginarlo entonces. ¿Eramos conscientes de lo que se avecinaba? No nos hicimos esa pregunta [entonces]. Por lo tanto, no tenemos nada que oponer a las acusaciones del Presidente Kagame contra Francia. Sólo podemos alegar nuestra buena fe” (1).

¿Fue sin querer?, ¿es posible matar a 800.000 personas sin mala intención?

Desde el punto de vista historiográfico, con el paso del tiempo las evidencias contra Francia se acumulan, a medida que los responsables militares comienzan a hablar y a escribir libros sobre el asunto (2). Las tropas francesas estaban en Ruanda con una única misión explícita: impedir lo que finalmente ocurrió.

Por lo tanto, a nosotros la responsabilidad de Francia nos parece bastante clara y el hecho de denunciarla no nos impide denunciar que, en efecto, los anglosajones crearon y armaron al Frente Patriótico Ruandés de Paul Kagame, que inició una guerra contra los franceses y los hutus, y que la misma culminó con el asesinato del Presidente Juvenal Habyarimana en 1994, que fue el detonante de las grandes matanzas posteriores.

Lo uno no quita lo otro.

(1) https://www.lemonde.fr/international/article/2014/04/03/l-armee-francaise-hantee-par-le-genocide-rwandais_4394681_3210.html
(2) http://editions-sydney-laurent.fr/livre/general-jen-ai-pris-pour-mon-grade/

Los últimos descubrimientos sobre el asesinato del secretario general de la ONU en 1961

En unos archivos franceses desclasificados ha aparecido una carta de la OAS (Organización del Ejército Secreto) de 1961 amenazando de muerte al Secretario General de la ONU, Dag Hammarskjöld, seis semanas antes de que muriera en un “accidente” de avión en el norte de Rodesia, la actual Zambia.

El diplomático sueco murió el 18 de septiembre de 1961, junto con otras quince personas, en un DC-6 que le llevaba a Ndola, Rodesia del Norte, para poner fin a los combates en la provincia secesionista de Katanga, en el Congo, donde luchaban muchos mercenarios franceses.

La OAS fue un grupo terrorista partidario del colonialismo francés en Argelia. Se fundó en Madrid en febrero de 1961 y, a partir de esa fecha, los atentados se multiplicaron en Argelia y en Francia. Entre 1961 y 1962 la OAS asesinó a unas 2.000 personas, en su mayoría civiles, en atentados en Francia y Argelia, e incluso intentó asesinar a De Gaulle en dos ocasiones. Tras desaparecer, volvió a Madrid, donde por encargo de los gobiernos, cometió algunos de los atentados de la transición política.

Más de sesenta años después de que su avión se estrellara en el norte de Rodesia, la muerte de Hammarskjöld sigue siendo un misterio. Las circunstancias de aquella “catástrofe aérea” nunca se han aclarado. Durante sus ocho años al frente de la ONU, de 1953 a 1961, se había ganado muchos enemigos entre las potencias coloniales. Se había distanciado de Francia y Gran Bretaña al interferir en la crisis del Canal de Suez en 1956 para conseguir un alto el fuego entre las tropas egipcias y las británicas y francesas. También fue condenado por Francia por pedir la remisión de la guerra de Argelia al Consejo de Seguridad. Estados Unidos y Reino Unido también cuestionaron su futuro al frente de la ONU.

ONU: 60 años mirando para otro lado

Desde París la OAS envió una carta a la sede de la ONU en Nueva York, a la atención de Hammarskjöld. Era una sentencia de muerte. Un facsímil de la carta estaba latente en el fondo documental del antiguo Secretario de Asuntos Africanos y Malgaches del Elíseo, Jacques Foccart. El expediente contiene la correspondencia del Servicio de Documentación Exterior y de Contraespionaje (SDECE), la antigua denominación de los servicios de inteligencia franceses de 1944 a 1982.

La primera página de la carta dice lo siguiente: “París, Sr. D. Hammarskjoeld, Sus actividades en Oriente, en el norte de África, en el Congo y en todas partes nos han demostrado más de una vez su parcialidad y su falta de objetividad. Hace poco, su forma de actuar en Túnez, tomando la causa del gángster Bourguiba, como lo hizo con el asunto de Suez, con Nasser, suscitó la indignación de toda Francia, y de todo el mundo civilizado. En el Congo el miedo que tenías a los rusos te hizo cambiar de opinión y apoyarlos. Por supuesto que tienes una deuda de gratitud con los árabes por su depravada moral, y todo el mundo sabe que te joden cada vez que estás en los países árabes. Tus fiestas de pederastia en El Cairo y Beirut y Badgad son conocidas por todos y eres una vergüenza para la raza humana. Su posición hacia los rusos está dictada por el miedo, ¿y esto es notorio? Sin embargo, si usted tiene derecho a disponer de su cu, eso es asunto suyo, pero no tiene derecho a faltar a la verdad. En consecuencia, aplicando la sentencia que se aplicó a uno de sus predecesores (el conde Berdanotte, creo) la comisión de la OEA le ha juzgado y condenado a muerte. Se adjunta la sentencia. Se aplicará pase lo que pase. De profundis”.

La segunda página ofrece la sentencia: “O.A.S. El comité directivo reunido hoy en París tras haber escuchado el informe […] sobre la actuación del Sr. Hammarskjoeld en Túnez apoyando las tesis del gángster Bourguiba, como había apoyado los principios del otro gángster Nasser durante el asunto de Suez, constatando que es urgente poner fin a su nefasta intromisión, decide: el Sr. Dag Hammarskjoeld, Secretario General de las Naciones Unidas, es condenado a muerte en el día de hoy”.

Una investigación local, empañada por las anomalías, concluyó que el accidente fue causado por un error del piloto. Al año siguiente, una segunda investigación, encargada por la ONU, se negó a emitir un dictamen. La investigación fue relanzada en 2016 por el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, tras las declaraciones de testigos africanos que siempre fueron ignoradas. Encargado de llevar a cabo la investigación, el ex juez del Tribunal Supremo de Tanzania, Mohamed Chande Othman, instó a algunos Estados miembros a “realizar una inspección exhaustiva de sus archivos, en particular los de sus servicios de inteligencia”. En su informe, publicado en 2019, concluye que hay pruebas que sugieren que el avión fue atacado por “elementos externos”.

Sin embargo, varios países clave, Estados Unidos, Reino Unido y Sudáfrica, siguen reteniendo información, afirmando que han revisado sus archivos pero que no han encontrado nada concluyente. Francia también dio largas, antes de designar a Maurice Vaisse para llevar a cabo una investigación que no investigó nada.

Los mercenarios franceses de la OAS en Katanga

Si la sentencia de muerte de la OEA estaba en poder de la inteligencia francesa, la pregunta es obvia: ¿informó el gobierno francés a la ONU y al Secretario General de las amenazas que pesaban sobre ella? Pero hay otras dudas, también de calado, relacionadas con la intervención de mercenarios franceses en la Guerra del Congo. En 1961 la OEA estaba presente en Katanga entre la veintena de soldados y ex militares enviados al país centroafricano.

En junio de 1961 la inteligencia militar de la misión de la ONU en el Congo, la ONUC, alertó sobre esa presencia de “elementos peligrosos”. El teniente coronel noruego Björn Egge, jefe de la inteligencia militar de la ONU, y Conor Cruise O’Brien, representante de la ONU en Katanga, los enumeraron en un telegrama del 20 de junio: Roger Faulques, Yves de la Bourdonnaye, Léon Egé, Edgard Tupet-Thomé, Bob Denard, Roger Emeyriat y André Bousquet.

El comandante Faulques participó en la guerra de Indochina y la batalla de Argel. Le acusaron de las torturas a los prisioneros del FLN, el movimiento independentista argelino. Volvió a ser reclutado en febrero de 1961 por el ministro de Defensa Pierre Messmer y el coronel Roger Trinquier para participar en la guerra contra el Congo.

Yves de la Bourdonnaye, paracaidista que testificó en el juicio de los insurgentes por la sangrienta “semana de las barricadas” en Argel, el 30 de enero de 1960, asumió la dirección de la célula G5 (guerra psicológica) del ejército katangés y apareció como asesor oficioso del ministro del Interior katangés, Godefroid Munongo, al que Roger Faulques estaba muy unido.

Edgard Tupet-Thomé también fue asesor del ministro de Defensa katangués, Joseph Yav, y miembro de la OAS en Francia. Antes de abandonar Katanga, los testigos le oyeron decir en voz alta en el vestíbulo del hotel Leopold II de Elisabethville, actual Lubumbashi: “¿La ONU? No hay problema. 20 kilos de plástico y yo me encargo”.

Léon Egé era un veterano del BCRA, la Oficina Central de Inteligencia y Acción que asistía a De Gaulle en Londres, que luego participó en la guerra de Indochina. Le amenazó al coronel Egge en el consulado francés en Katanga, junto con Tupet-Thomé y La Bourdonnaye. Le llamaron “el último bastión de la influencia blanca en África”. Según el telegrama que envió Egge, los tres mercenarios consideraban “a todos los blancos de la ONU como traidores a su raza. Pronto entrará un cuchillo aquí”.

Dos días después del accidente que costó la vida a Hammarskjöld, Egé escribió desde Salisbury, ahora llamada Harare, la capital de Zimbabue, a un representante de Katanga en París informándole de la muerte del secretario general de la ONU. Era miembro de la OAS y reclutaba de mercenarios en Portugal.

Liquidar a los dirigentes de la ONU

El 30 de agosto de 1961, Conor Cruise O’Brien advirtió a sus superiores que su adjunto, el francés Michel Tombelaine, un antiguo periodista con fama de ser muy izquierdista, había recibido amenazas. “El siguiente mensaje acaba de llegar en un sobre, con matasellos de Elizabethville», escribió Cruise O’Brien. La carta decía: «28 de agosto de 1961 – Tombelaine UN Elisabethville. Ultimátum de 48 horas para abandonar Katanga o de lo contrario. O.A.S./Katanga”.

La amenaza se agravó unos días después. Ello precipitó una intervención armada de la ONU, preludio de 18 meses de violentos combates ocasionales entre las fuerzas de paz y los mercenarios katangueses. El 6 de septiembre de 1961, una secretaria local con la cara hinchada, Therese Erfield, se refugió en la sede local de la ONU y denunció que su amante, un mercenario francés llamado Henri-Maurice Lasimone, la había golpeado y amenazado con matarla, y que formaba parte de un grupo mercenario recién formado dirigido por el comandante Roger Faulques. Su intención, dice Therese Erfield, era colocar bombas de explosivo plástico contra los edificios de la ONU.

Según un relato de los servicios de inteligencia de la ONU, el grupo elaboró una lista de dirigentes de la ONU que debían ser asesinados, entre los que se encontraban Cruise O’Brien y Tombelaine. No se menciona al jefe militar de la ONU, el general irlandés Sean Mac Eoin, pero en la mañana del 17 de septiembre, su DC-6, el mismo que iba a transportar a Hammarskjöld esa misma tarde, fue blanco de disparos de ametralladora cuando despegaba de Elisabethville.

La conexión con el gobierno racista sudafricano

Las circunstancias del accidente apoyan la hipótesis de que la OAS fue responsable, aunque sea parcialmente. En la noche del 17 al 18 de septiembre de 1961, cuando el avión se estrelló en la selva, un joven sudafricano que pasaba por allí en moto, Wren Mast-Ingle, se acercó a los restos, para ser inmediatamente tiroteado por los mercenarios blancos que le precedían. Se fijó en los vistosos uniformes de los individuos y sus extrañas gorras con solapas. Confrontado 58 años más tarde con diversos tipos de uniformes camuflados, identificaría sin lugar a dudas las vestimentas que llevaban los paracaidistas franceses en Argelia y sus típicas gorras Bigeard.

Un veterano belga de Katanga, Victor Rosez, también vio esas vestimentas en la comisaría de Ndola unos días después del accidente. Media docena de mercenarios vestidos de civil los habrían entregado, de forma hilarante, a los complacientes agentes de policía de Rodesia del Norte.

Más tarde, una serie de testimonios enterrados durante mucho tiempo en los archivos belgas, británicos, suecos y de la ONU mencionarían también a un pequeño grupo de mercenarios franceses vistos en los alrededores de Ndola en el momento del accidente.

El 5 de abril de 1962, el antiguo Director de Información Pública de la ONU, el australiano George Ivan Smith, asesor de Hammarskjöld, escribió a Conor Cruise O’Brien: “Estoy cada vez más convencido de que hubo un vínculo directo con la OAS”. En diciembre siguiente, el diario escocés The Scotsman, al reseñar las memorias de Cruise O’Brien, recientemente publicadas, escribió sobre él que “sigue considerando posible que Hammarskjöld y su escolta fueran asesinados por miembros franceses de la OAS”.

“Ahora entiendo que durante todo este tiempo un comando de guerra psicológica dirigido por el notorio comandante francés Faulques estaba estacionado en Ndola”, escribió Knut Hammarskjöld, sobrino de Dag, al diplomático George Ivan Smith el 5 de febrero de 1963, en una carta.

Muchos años después, el 19 de agosto de 1998, en Sudáfrica, el arzobispo Desmond Tutu, reveló el descubrimiento en los archivos de los servicios secretos sudafricanos, de un complot en 1961 contra el avión de Hammarskjöld en el que participaron el MI5 británico, la CIA estadounidense y el director de esta última, Allen Dulles. El complot incluía una empresa de fachada, el Instituto Sudafricano de Investigación Marítima, una bomba escondida en el avión y un grupo de mercenarios en tierra comandados por un hombre conocido como “Congo Red”.

La comisión sudafricana entregó los documentos al Ministerio de Justicia, donde desaparecieron.

En 1961 Francia y el régimen sudafricano de apartheid adoptaron la misma posición ante la descolonización del Continente Negro y apoyaron militarmente a Katanga. Los mercrenarios franceses pasaron por Johannesburgo de camino a Elisabethville, donde se encontraron con sus homólogos afrikáners. El 9 de abril de 1962, George Ivan Smith escribió a Conor Cruise O’Brien: “Este mercenario francés, Lasimone, hablaba de un plan a largo plazo de Faulques para obtener apoyo a gran escala del extremo sur del continente. Por todo lo que pude corroborar, probablemente estaba en contacto con los estrategas de Salan y preveía las dificultades que se avecinaban para la OAS, cuando se agotaran las armas y las municiones”.

Maurin Picard https://afriquexxi.info/article4967.html

El paraíso de los criminales de guerra: Estados Unidos

La impunidad por los crímenes de guerra es muy peculiar en un país, como Estados Unidos, que tiene la más alta tasa de encarcelamiento del planeta. Casi la cuarta parte de los presos del mundo están en las cárceles de Estados Unidos. Pero parece que no hay leyes suficientemente fuertes para encerrar a los criminales de guerra, que disfrutan de patente de corso.

Estados Unidos ha creado una zona de libre criminalidad. Ningún acto que cometan, no importa lo extrajudicial o ilegal que pueda ser, los llevará a responder ante un tribunal de justicia. Fundamentalmente, tienen total impunidad. Poco importa que hablemos de una gran operación extrajudicial de la CIA para secuestrar a “sospechosos de terrorismo” (que con bastante frecuencia han resultado ser civiles inocentes) y trasladarlos a las cámaras de tortura de algún brutal país aliado o al sistema de “sedes clandestinas” fuera del ámbito de una justicia normal.

Nadie ha sido castigado por acciones como ésas. Cuando es necesario, los funcionarios de la seguridad nacional recorren los pasadizos secretos del poder para movilizar a abogados que reinterpretan los textos legales para que encajen con sus gustos.

Nada más impresionante que el procedimiento obviamente ilegal de la tortura, eufemísticamente llamada “técnica de interrogatorio mejorada”, que ha sido utilizada contra prisioneros indefensos en el sistema global de prisiones secretas. ¿Desea usted crímenes de guerra? Después del 11-S, Washington podría haber exhibido el logo “Nosotros somos los crímenes de guerra”.

Desde la campaña presidencial [de 2016], los crímenes de guerra vuelven a estar en la agenda de Estados Unidos. En los últimos tiempos los funcionarios estadounidenses se han salido con la suya, y en el caso de la guerra con drones hoy continúan saliéndose con la suya. Aun así, no hay nada como la embriagadora combinación de la carrera por la presidencia de un “populista” republicano y la histeria nacional producida por el terrorismo para hacer que los estadounidenses quieran más de esas “técnicas mejoradas de interrogatorio”. Esto es lo que normalmente sucede, como vienen sosteniendo desde hace mucho tiempo los críticos, si los crímenes de guerra no se llevan a los tribunales.

Cuando en agosto de 2014 Obama admitió al fin que “hemos torturado a alguna gente”, agregó una advertencia. “Es necesario que se entienda y acepte”, dijo, la historia reciente de la tortura en Estados Unidos. “Como país, tenemos que hacernos responsables de ello para tener la esperanza de que en el futuro no volveremos a hacerlo”. Centrando la responsabilidad de la tortura en todos nosotros, “como país”, Obama evitaba que los torturadores tuvieran que responder por sus actos.

Desgraciadamente, la “esperanza” –así, sin más– no pone freno a una guerra criminal; ni el propio Presidente tuvo en cuenta su advertencia. Durante siete años su gobierno no hizo otra cosa que ayudar a que Estados Unidos se hiciera “responsable” de la tortura y de otros crímenes de guerra. El país miró hacia otro lado cuando debió pedir cuentas a quienes habían puesto en marcha y realizaban operaciones de tortura a gran escala en las “sedes clandestinas” distribuidas por todo el mundo. Nunca presentó cargos contra quienes ordenaron torturar en Guantánamo. No enjuició a nadie, mucho menos a altos funcionarios del gobierno Bush.

Ahora, en el interminable periodo anterior a las elecciones presidenciales de 2016, nos han ofrecido algunas extrañas humoradas épicas y nos prometen más de lo mismo. En ese espectáculo tan estadounidense, los candidatos republicanos se lanzan unos contra otros en un frenético esfuerzo por ser vistos como el aspirante con más posibilidades a la hora de ignorar la lánguida esperanza del Presidente y en lugar de ello “volver a hacerlo en el futuro”. Como resultado de la puja, están prometiendo cometer todo tipo de crímenes, desde la tortura hasta el asesinato de civiles, unas promesas por las cuales el dirigente de cualquier otra nación sería llevado a un tribunal internacional acusado de ser un criminal de guerra. Pero el de “criminal de guerra” es una acusación reservada exclusivamente para la gente de detestamos, no para nosotros. Parafraseando al ex presidente Richar Nixon: si lo hace Estados Unidos, no es un crimen.

En la estela de los brutales atentados de París y San Bernardino, las promesas abiertamente expresadas de cometer futuros crímenes no han hecho más que hacer crecer la franqueza. Ted Cruz garantiza que “destruiremos totalmente al Califato Islámico”. ¿Cómo lo haremos? “Lo someteremos a bombardeo de saturación hasta que no quede nada”, es decir, “saturaremos” de bombas una zona de modo que cualquier cosa o ser viviente sea totalmente destruido. De esa campaña de bombardeo contra el Califato Islámico habló Cruz a una multitud entusiasmada en la Rising Tide Summit: “No sé si la arena puede resplandecer en la oscuridad, pero encontraremos la manera de hacerlo” (es muy difícil no tomar estas palabras como una referencia al uso de armas nucleares, pese a que en la atmósfera de bravuconadas de la actual campaña republicana indudablemente ninguna de las propuestas presentadas sea fruto de un pensamiento minucioso).

Es evidente que el bondadoso neurocirujano pediátrico Ben Carson piensa de la misma manera. Cuando en el último debate de los candidatos republicanos, Hugh Hewitt, moderador de la CNN, insistió sobre si acaso él era lo suficientemente “duro” para “dar el visto bueno a la muerte de miles de niños y civiles”, Carson respondió “Entendió bien, entendió bien”. Incluso expuso una futura campaña contra el Califato Islámico en la que podrían morir “miles” de niños como ejemplo del severo amor que algunas veces debe mostrar un cirujano cuando está frente a un caso difícil. Es como decirle a un niño, le aseguró a Hewitt, “vamos a abrirte la cabeza para sacar el tumor”. Ningún niño se siente feliz en este momento. Tampoco les caigo bien cuando digo eso. Pero después me aman”. Presumiblemente, lo mismo les pasará a “los inocentes niños muertos en Siria”, una vez que superen el shock de haber muerto.

El enfoque de Jeb Bush trajo a colación lo que, en los círculos republicanos, pasa por un matiz en la discusión de la futura política de los crímenes de guerra. Lo que Washington necesita, argumentó él, es “una estrategia”, y lo que caracteriza al gobierno de Obama es una excesiva preocupación por las sutilezas de la ley internacional. Tal como lo dijo él, “Necesitamos quitar los abogados de la espalda de los guerreros. Ahora mismo, con el presidente Obama, hemos creado… un estándar tan exigente que es imposible tener éxito en la lucha contra el Califato Islámico”. Mientras tanto, Jeb se ha rodeado de una camarilla de conocidos neocons que ofician de “asesores” –personas como Paul Wolfowitz, ex subsecretario de Defensa en tiempos de George W. Bush, o Stephen Hadley, ex asesor en Seguridad Nacional de Wolfowitz, quienes planificaron y defendieron la guerra ilegal de Estados Unidos contra Irak que desembocó en una guerra regional con devastadoras consecuencias humanitarias.

En su primera actuación como su comandante en jefe, Trump declaró sin pestañear que él volvería a utilizar la tortura. “¿Aprobaría la bañera?”, preguntó a una multitud entregada en un mitin en Columbus, Ohio, el pasado noviembre. “Podéis apostar el culo que lo haría. En cuanto sea presidente”. Tratándose de Trump, esto no es más que el comienzo. Aseguró a sus seguidores, sin precisar pero enfáticamente, que él “aprobaría más que eso”, dejando librado a su imaginación si acaso pensaba otros atroces procedimientos, como exposición ininterrumpida a sonidos a todo volumen, privación de sueño, sencillamente la muerte de prisioneros, o lo que la CIA acostumbra llamar delicadamente “rehidratación rectal”. Mientras, cada vez que surge la cuestión de la tortura, él machaca: “No os engañéis. Funciona, ¿vale? Funciona. Solo un estúpido diría que no funciona”.

Solo un estúpido –como, quizás, uno de los integrantes de la Comisión de Inteligencia del Senado de Estados Unidos que durante años estudió cuidadosamente los nefastos documentos sobre la tortura de la CIA, a pesar de la falta de disposición, la oposición y la directa interferencia (incluyendo la intrusión en los ordenadores) de la Agencia– diría eso. Pero, ¿por qué fastidia tanto discutir sobre la eficacia de la tortura? La cuestión, ha dicho Trump, es que la mera existencia del Califato Islámico indica que alguien necesita ser torturado. “Si no funciona”, le dijo a la multitud de Ohio, “de cualquier modo se lo merecen”.

Pocos días después, un triunfalista Trump avanzó aún más lejos en el territorio de la guerra criminal. Se declaró preparado para golpear de verdad al Califato Islámico donde más le duele. “Otra cosa que pasa con los terroristas”, le dijo a Fox News, “es que hay que eliminar a sus familiares; cuando coges a un terrorista, hay que eliminar a su familia. Ellos se preocupan por la vida de su familia, no nos engañemos. Cuando dicen que no se preocupan por sus familiares, tú debes matarlos”. Porque es un hecho muy conocido –al menos en Trumplandia– que no hay nada que haga que las personas sean menos violentas que matar a sus padres y a sus hijos. Y eso, ciertamente, no importa; cuando Trump defiende esa política, ese asesinato es un crimen.

El problema con la impunidad

Nada que no se sepa en este país, pero el denominador común de las amenazas presentes en todas esas propuestas de respuesta al Califato Islámico no es solo la típica línea dura del Partido Republicano. Cada una de ellas representa una grave violación de las leyes estadounidenses, de la ley internacional en caso de guerra y de las convenciones que Estados Unidos ha firmado y ratificado tanto durante gobiernos republicanos como demócratas. La mayor parte de los planes debatidos en la campaña electoral –tanto los republicanos como los demócratas– para derrotar al Califato Islámico se han enfocado solo en las cuestiones instrumentales: ¿Qué es lo que funcionará: el bombardeo de saturación, la tortura o hacer que resplandezca la arena en la oscuridad?

Candidatos y periodistas por igual han ignorado lo más importante: si, dada la situación, no estamos acaso viviendo en un país que se ha concedido a sí mismo un permiso respecto de la cuestión de los crímenes de guerra. El bombardeo de saturación en ciudades, la tortura de prisioneros y la tierra arrasada están contra la ley. De hecho, se trata de crímenes graves. El hecho de que ni siquiera los críticos de estos procedimientos sean incapaces de percibir estas acciones como crímenes de guerra sin duda puede atribuirse, al menos en parte, a que nadie –excepto algún personal militar de poca importancia o denunciante de la CIA que haya hablado públicamente sobre la agenda de torturas de la Agencia– ha sido procesado en Estados Unidos por la sorprendente serie de delitos cometidos en la llamada Guerra Contra el Terror.

El presidente Obama dispuso el escenario para este fracaso en enero de 2009, muy poco después de su primera investidura. Le dijo a George Stephanopoulos, de ABC News, cuando se trata del posible procesamiento de funcionarios de la CIA por la política estadounidense de torturas, “Necesitamos mirar hacia delante y no tanto hacia atrás”. Le aseguró a Stephanopoulos que él no quería las “personas extraordinariamente talentosas” de la Agencia “que están trabajando muy arduamente para mantener la seguridad de los estadounidenses… sientan de pronto que se deben pasar todo el tiempo mirando por encima del hombro y buscarse un abogado”. Tal como sucedió, lo de contratar un abogado nunca fue un problema. Al final, el ministro de Justicia Eric Holder rechazó presentar cargos contra cualquier funcionario de la CIA y cerró los dos únicos procesos abiertos por el departamento de Justicia. Tampoco necesitaron desperdiciar ni un centavo en abogados ninguno de los altos funcionarios responsables del programa de “interrogatorios mejorados”, entre ellos el presidente George W. Bush, el vicepresidente Dick Cheney, el secretario de Defensa Donald Rumsfeld y el director de la CIA George Tenet; cada uno de ellos está ahora publicando alegremente su autobiografía. O, en el caso de Jay Bybee y John Yoo, autores de los más infames “memorándums sobre tortura” del departamento de Justicia, están prestando servicio como juez federal u ocupando un bien remunerado puesto en la Facultad de Derecho de Universidad de California, Berkeley, respectivamente.

Posiblemente movido por la frustración por el último fracaso del gobierno de Obama a la hora de actuar, Human Rights Watch (HRW) publicó el 1 de diciembre de 2015 un informe de 153 páginas titulado “No más excusas”. En él, la organización hace una detallada relación de los delitos específicos del programa de tortura de la CIA por los cuales una docena de funcionarios del gobierno de Bush deberían haber sido llevados a juicio y procesados. HRW señalaba que, de hecho, esos enjuiciamientos no eran una cuestión discrecional. Debían responder ante la ley internacional (aunque los supuestos criminales hayan gobernado la última superpotencia del planeta). Por ejemplo, la Convención Contra la Tortura de Naciones Unidas, un tratado clave firmado por Estados Unidos en 1988 (durante la presidencia de Ronald Reagan) y ratificado finalmente en 1994 (durante la presidencia de Bill Clinton), conmina especialmente a nuestro país a tomar “medidas legislativas, administrativas, judiciales u otras igualmente efectivas para prevenir el ejercicio de la tortura en cualquier territorio bajo su jurisdicción”.

No importa si se está librando una guerra o si hay descontento interno. La Convención es explícita: “No podrá invocarse ninguna circunstancia excepcional para justificar el empleo de la tortura, sea un estado de guerra, una amenaza bélica, una inestabilidad política interna o cualquier otra emergencia pública”.

Siempre que se utilice la tortura habrá una violación de ese tratado; eso la convierte en un crimen. Cuando es ejercida contra prisioneros de guerra, también se violan las Convenciones de Ginebra de 1949, por lo tanto se comete un crimen de guerra. No hay excepciones.

Sin embargo, cuando Obama reconoció que “torturábamos a algunas personas”, reclamaba una excepción para la tortura estadounidense. Nos advirtió contra la posibilidad de reaccionar exageradamente. “Es importante que no seamos mojigatos respecto del duro trabajo que esos muchachos han hecho en el pasado”, dijo refiriéndose a los equipos de torturadores de la CIA. Obama invocó el miedo de Estados Unidos –del mismo tipo del que estamos viendo una vez más después de lo de San Bernardino– como una circunstancia atenuante y nos recordó lo asustados que estábamos todos –incluso los agentes de la CIA– en los días posteriores al 11-S.

Da la casualidad, más allá de lo que puedan creer el ex profesor constitucionalista de la Casa Blanca o el constructor de hoteles Donald Trump, que la tortura continúa estando fuera de la ley. El hecho de que la población esté asustada por los posibles terroristas no cambia las cosas. Después de todo, es debido en parte a que la gente hace cosas terribles cuando está asustada que aprobamos leyes, de modo que –cuando el miedo nos nubla la mente– podamos recordar lo que decidimos que era lo correcto cuando los tiempos eran menos aterradores. Es por eso que la Convención Contra la Tortura dice “No podrá invocarse ninguna circunstancia excepcional” para excusar semejantes actos.

Pero la Convención de Naciones Unidas es solo un tratado, ¿no es cierto? No es realmente una ley. De hecho, cuando Estados Unidos ratifica un tratado pasa a integrar el cuerpo legal estadounidense, según dispone el Artículo VI de nuestra Constitución, que declara que la Constitución en sí misma y “todos los tratados celebrados o que se celebren bajo la autoridad de Estados Unidos, serán la suprema ley del país; los jueces de cada Estado estarán obligados a observarlos, a pesar de cualquier cosa en contrario que se exprese en la propia Constitución o las leyes de cualquier Estado”.

Por lo tanto, aunque de verdad funcione la tortura, continuará siendo ilegal.

Los crímenes de guerra para los años venideros

¿Qué hay de las otras propuestas que hemos escuchado de boca de los candidatos republicanos? Algunas de ellas son ciertamente crímenes de guerra. “Bombardeo de saturación” es una metáfora que describe una auténtica pesadilla producida por el poder aéreo (como muchos vietnamitas, laosianos y camboyanos la vivieron en nuestras guerras en Indochina), implica la saturación de toda una zona con la cantidad suficiente de bombas como para que no quede nada en pie, sin tener en cuenta la vida de quienes puedan estar allí. Es ilegal en el contexto de las leyes de la guerra porque no distingue entre civiles y combatientes.

Dado que el bombardeo aéreo no había sido inventado cuando en 1907 se firmaron las Convenciones de La Haya, el bombardeo de saturación no se menciona específicamente en la lista de “medios de hacer daño al enemigo, asedios y bombardeos” prohibidos. No obstante, en el meollo de las Convenciones de La Haya, como también en las leyes y costumbres de la guerra, está presente la crucial distinción entre combatientes y civiles. La destrucción total de una zona poblada con el fin de eliminar a un puñado de militares viola el antiguo e internacionalmente reconocido principio de proporcionalidad.

En otra vergonzosa excepción, Estados Unidos nunca ha ratificado el párrafo agregado, en 1977, a las Convenciones de Ginebra que pone específicamente fuera de la ley el bombardeo de saturación. El Protocolo Adicional 1 se refiere concretamente a la protección de los civiles durante las acciones bélicas. Excepto los aliados de Estados Unidos como Turquía e Israel, 174 países han ratificado el Protocolo 1, que convierte explícitamente el bombardeo de saturación en un crimen de guerra.

Si Estados Unidos no ha ratificado el Protocolo 1, ¿significa eso que tiene la libertad de violar sus disposiciones? No necesariamente. Cuando la gran mayoría de los países asumen este acuerdo lo convierten en una “ley internacional de usos”, es decir, un conjunto de principios que tienen fuerza de ley, aunque no estén escritos ni ratificados. La Comisión Internacional de la Cruz Roja lleva una lista de esas reglas de uso. Una parte de ellas establece explícitamente que los “ataques indiscriminados”, entre ellos el “bombardeo de zona”, son ciertamente ilegales en el contexto del derecho consuetudinario.

La promesa del senador Cruz de averiguar si la arena resplandece en la oscuridad, presumiblemente mediante el empleo de armas nucleares, violaría las prohibiciones de la Convención de La Haya de 1907 sobre la utilización de “armas venenosas o con venenos” y sobre el uso de “armas, proyectiles diseñados para que produzcan sufrimiento innecesario”. Importa tanto que Estados Unidos no haya ratificado esta convención de hace más de un siglo como que la Constitución tiene más de 200 años de edad. Ante la sugerencia de Jeb Bush de que quitaremos los abogados “encaramados en la espalda de los guerreros”, ambas siguen siendo la ley de la tierra.

El que parezca no tener fuerza de ley en Estados Unidos que la descripción de un posible futuro de crímenes de guerra pueda enardecer a multitudes frenéticas en esta temporada política representa un notable fracaso de la voluntad política, particularmente de la disposición del gobierno de Obama de llamar como tal al crimen y actuar en consecuencia. En el ámbito mundial, es más un fracaso del poder que de la ley. Obviamente, procesar por crímenes de guerra a un ex autócrata africano o a un dirigente serbio es muy diferente y de una proporción inmensamente menor que llevar a los tribunales a altos funcionarios de la única superpotencia del planeta. Esto se ha hecho mucho más difícil porque, durante el gobierno de George W. Bush, Estados Unidos informó al mundo de que nunca ratificaría los acuerdos para crear el Tribunal Penal Internacional.

A la luz de San Bernardino

Human Rights Watch publicó su informe el pasado 1 de diciembre [de 2015]. Al día siguiente, el matrimonio formado por Syed Rizwan Farook y Tashfeen Malik atacó una fiesta en el Departamento de Salud Pública de San Bernardino (California) donde Farook trabajaba. Él y ella asesinaron a 14 personas antes de ser abatidos por la policía. Fue un crimen horrible; aparentemente –al menos en parte–, ambos habían sido motivados por el Califato Islámico, presente en las redes sociales (aunque de ninguna manera recibieran órdenes del Califato Islámico). Como es lógico, el informe de HRW desapareció de la vista del público como una piedra caída en un estanque. El informe incluye recomendaciones clave: que se designe un fiscal especial para investigar y llevar a juicio a los responsables de las prácticas de tortura en la CIA y que las víctimas de las torturas estadounidenses tengan garantías de resarcimiento judicial en tribunales de Estados Unidos, algo que en ambos casos fue rechazado ferozmente tanto por el gobierno Bush como por la de Obama, pese a que se trata de una exigencia clave de la Convención Contra la Tortura de la ONU.

Finalmente el año terminó y la maquinaria del miedo empezó a funcionar otra vez. Y, por parte de quienes aspiran a guiarnos, los estadounidenses recibieron el recordatorio de que ningún precio es demasiado alto cuando se trata de pagar nuestra seguridad… en la medida que sean otros quienes paguen. Para 2016 se espera más de lo mismo.

Sin embargo, es precisamente ahora, cuando estamos más asustados, el momento en que nuestros dirigentes –de hoy y del futuro– no deberían alimentar nuestros miedos. En lugar de eso, deberían recordarnos que hay algo más valioso –y más fácil de conseguir– que la seguridad perfecta. Deberían alentarnos a no tratar de logra una cobarde exención de las leyes de la guerra, sino a ser valientes y atenernos a ellas. Por lo tanto, éste es el reto: ¿seremos esta vez capaces de tener el valor de resistir a la maquinaria del miedo? ¿Tendremos la voluntad de llevar a juicio los crímenes de guerra del pasado y prevenir aquellos que nuestros candidatos proponen a viva voz? ¿O permitiremos que nuestro país siga siendo eso en lo que se ha convertido: una terrible y aterradora excepción en el cumplimiento de la ley internacional?

Rebecca Gordon http://www.tomdispatch.com/blog/176087/tomgram%3A_rebecca_gordon%2C_american_war_crimes%2C_yesterday%2C_today%2C_and_tomorrow

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