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Los nuevos nómadas ya no son los viejos vagabundos de antes

Hace ya casi cinco años que recomendamos el libro de Jessica Bruder, Nomadland, que lleva el subtítulo de “La supervivencia en los Estados Unidos del siglo XXI”. Ahora queremos repasar la película dirigida por Chloe Zhao e interpretada magistralmente por Frances McDormand, en el papel de Fern, una viuda que abandona su hogar y su mundo en un pueblo de Nevada cuya única industria ha sido destruida por la crisis económica.

El capitalismo siempre se parece a sí mismo. Un siglo después vuelve “Las uvas de la ira”, aquella novela de Steinbeck que relató -como ninguna- la Gran Depresión de 1929. Entonces el banco se quedó con la pequeña granja y la familia protagonista buscaba en California una nueva “Tierra Prometida” que no existe.

En el siglo XXI los trabajadores siguen perdiendo su trabajo, luego su vivienda y, finalmente, se convierten en nómadas. Unos 20 millones de personas viven en caravanas en Estados Unidos. También son emigrantes, pero no van a ninguna parte.

En la película la protagonista se echa a la carretera en su furgoneta y pronto descubre que es una de los miles de estadounidenses ancianos obligados a llevar una vida de vagabundos. Recorren las carreteras en busca de trabajo y aparcamiento gratuito.

En una de las primeras escenas de la película, Fern consigue un trabajo temporal en Amazon y se la ve caminando por el enorme almacén, saludando con la cabeza a sus compañeros. Pero en el mundo real los trabajadores de Amazon no se pasean como Fern. Se les obliga a sostener un ritmo frenético. Los trabajadores de más edad, en particular, sufren en estas condiciones, pero -a pesar de ello- Amazon les contrata.

El monopolio logístico se ha dado cuenta del valor de estos trabajadores ancianos y errantes. Obtiene créditos fiscales del gobierno por contratarles porque pertenecen a categorías laborales desfavorecidas, exigen muy poco salario, no tienen prestaciones y no se afilian a ningún sindicato.

A diferencia del libro, que no hace concesiones, la película carga una parte de la responsabilidad sobre la propia protagonista, que rechaza las oportunidades que se le presentan. Es una nómada vocacional, muy al estilo gringo, de los viejos “hobos”, “On the road” o “Easy rider”.

El guión trata un tema inevitablemente político, pero la cineasta lo suaviza porque para hacer una “buena película” hay que rebajar su carga ideológica, sobre todo en los tiempos que corren, cuando al vaso de orujo siempre le añaden cubitos de hielo.

Así queda como una película “personal”, descriptiva más que crítica. El horror del capitalismo, que arroja a los trabajadores a la carretera, hay que verlo como una nueva oportunidad: te deshaces de todo, incluso de tu casa, y puedes ir a donde te de la gana, como Thelma y Louise. A eso le llaman “libertad”. A veces también dicen que eso es lo realmente divertido.

La precariedad es un chollo. En todo el mundo millones de personas ya han perdido la mayor parte de lo que tienen o lo han perdido todo. Los trabajadores deberían empezar a pensar en el decrecimiento, en cómo sobrevivir con lo mínimo en una condiciones económicas cada vez peores, pero con la oportunidad de ser, por fin, “libres” porque la libertad consiste en que te priven de todo lo que te mantiene atado, que son siempre cosas materiales, prescindibles.

¿A quién no le gusta viajar? En Estados Unidos todos los años hay una reunión en Quartzville, Arizona, de los nuevos nómadas que viven en autocaravanas. Se llama la “Rubber Tramp Rendezvous”. Como muestra la película, allí recibes lecciones para hacer más confortable una vieja furgoneta. No puedes sentirte solo. Hay muchos en tu misma situación, lo cual siempre es reconfortante.

Cuando te pregunten “¿A dónde vas?”, responderás que “No hay camino, se hace camino al andar”, porque hoy las personas sólo viajan para ir a algún sitio. Nadie conduce por el simple placer de conducir sin pisar nunca el freno, como los nómadas de verdad.

No es otra película distópica más; es que las utopías ahora son así. Hacen de la necesidad virtud.

Israel trata de silenciar la historia de la limpieza étnica en Palestina

Los grupos de presión de Israel en Occidente andan frenéticos estos días. Están desesperados por desacreditar y denunciar cualquier acto político o trabajo artístico que exponga la fea cara criminal de la ocupación israelí, especialmente en el mundo occidental y sus festivales, foros, universidades y medios de comunicación.

Se trata de un ataque a la libertad de expresión, que antaño fue un pilar de la democracia occidental, pero que desgraciadamente ya no lo es.

Actualmente se está llevando a cabo una feroz campaña contra la película Farha, del director jordano Darin Sallam, que narra la historia de una niña de 14 años cuyo pueblo fue brutalmente atacado por soldados israelíes durante la Nakba de 1948.

Desde su escondite, ve cómo matan a sangre fría a toda una familia, una experiencia que cambia su vida y el futuro con el que soñaba.

El ministro israelí de Finanzas, Avigdor Lieberman, ha proferido una retahíla de insultos contra la película y la cadena Netflix por planear su exhibición. Él y un grupo de organizaciones sionistas pidieron que se prohibiera la película en el Festival de Cannes por considerar que sus creadores son antisemitas, y que no fuera nominada a los Oscar, como había solicitado el Ministerio de Cultura jordano.

El cineasta israelí Alon Schwartz se enfrentó a una campaña de odio similar por su documental sobre la masacre de Latrun, en la que más de 80 prisioneros de guerra egipcios fueron quemados vivos. Sus cuerpos fueron arrojados a una fosa común que luego se pavimentó para crear un aparcamiento y ocultar así cualquier rastro del crimen.

Los grupos de presión israelíes intentan presentar a este Estado como un oasis de democracia, coexistencia, derechos humanos y libertad de expresión, negando y suprimiendo la narrativa palestina y presentándola como antisemita.

Por desgracia, esta repugnante falsificación de la historia cuenta con la complicidad de algunos gobiernos europeos -sobre todo en Londres, Berlín, París y Bruselas-, además de Washington.

Las bandas criminales sionistas desalojaron por la fuerza a más de 760.000 palestinos de sus hogares so pena de muerte antes de la Nakba de 1948, y borraron del mapa más de 450 de sus aldeas, en un plan sistemático de limpieza étnica.

Estos hechos han sido ampliamente descritos y documentados por historiadores israelíes como Ilan Pappé, basándose en testimonios personales y archivos internacionales. La película no hace nada más.

De lo que no se dan cuenta los israelíes es de que están fracasando sus esfuerzos por ocultar su sangrienta historia y las masacres que han cometido y siguen cometiendo contra personas inocentes en la Palestina ocupada, y por impedir que el relato veraz palestino llegue a distintas partes del mundo.

Europa no es el mundo, y los gobiernos europeos no son sus pueblos. Hay medios alternativos, sociales y de otro tipo, que pueden utilizarse. Lo más importante es que la nueva generación de jóvenes árabes y musulmanes -incluidos los palestinos- es muy consciente y creativa, también en las artes, los medios de comunicación y en todo tipo de soportes. Es este cambio acelerado lo que tanto preocupa y asusta a Israel.

El fracaso de sus campañas de desinformación, el amordazamiento de la libertad de expresión y la utilización del arma tóxica del antisemitismo quedaron patentes durante el Mundial de Qatar. Los equipos de televisión israelíes que se encontraban allí quedaron conmocionados por el odio que les mostraron los aficionados árabes y de otros países, incluidos los procedentes de países “normalizadores”.

La llegada al poder de un gobierno abiertamente racista y fascista bajo Benjamin Netanyahu -producto de décadas de criminalidad y supremacismo- puede ayudar a levantar el velo de duplicidad de la fea cara de Israel.

Farha llegará a todos los espectadores con principios del planeta, y el insulto antisemita no ayudará. Aunque no gane ningún premio, conquistará corazones en todo el mundo. Y si Netflix se somete a la presión sionista y lo retira -como han hecho Facebook, Instagram y Twitter al prohibir y excluir contenidos palestinos-, hay muchos otros puntos de venta a los que se puede recurrir.

El director y el equipo de producción de la película merecen todo nuestro apoyo y solidaridad frente a estas campañas nauseabundas.

Esta solidaridad, junto con el enorme apoyo a la causa palestina mostrado por los aficionados árabes y de otros países en el Mundial de Doha -que ondeaban banderas palestinas en sus partidos y se negaban incluso a hablar con los equipos de televisión israelíes- me hace confiar en que esta causa está resurgiendo, apoyada por un resurgimiento de la resistencia creativa en los territorios palestinos ocupados, y que el fin de la ocupación es sólo cuestión de tiempo.

Abdel Bari Atwan https://www.raialyoum.com/israels-war-on-the-palestinian-narrative

El FBI vigiló a Marilyn Monroe por sus opiniones políticas progresistas

En 2012 se publicaron los archivos que documentan las vigilancias del FBI sobre Marilyn Monroe. El control sobre la actriz comenzó en 1955, cuando solicitó un visado para viajar a la Unión Soviética, y se centra principalmente en sus viajes y reuniones, buscando sus vínculos con los comunistas.

El FBI nunca encontró pruebas de que fuera miembro del Partido Comunista. Sin embargo, los policías estaban especialmente preocupado por los contactos de Monroe con personas que tenían un historial políticamente progresista. Durante el maccarthismo cualquier posicionamiento crítico era equiparado al comunismo y a la URSS.

Los últimos documentos del archivo están fechados en 1973, más de una década después de su muerte por sobredosis de barbitúricos el 4 de agosto de 1962, cuando tenía 36 años de edad.

Según los archivos del FBI, Marilyn estableció contacto con el expatriado estadounidense Frederich Vanderbilt Field, que residía en México. Field había sido desheredado por su familia por sus opiniones progresistas.

En su autobiografía, titulada “De la derecha a la izquierda”, Field escribió sobre los fuertes sentimientos de Monroe por la justicia: “Nos habló de sus fuertes sentimientos por los derechos civiles”, escribió, “por la igualdad de los negros, así como de su admiración por lo que se estaba haciendo en China, su ira por la caza de brujas contra los rojos y el macartismo, y su odio a J. Edgar Hoover”, el director del FBI.

Según los archivos del FBI, el último viaje de Marilyn a México fue varios meses antes de su muerte el 19 de febrero de 1962.

Otra razón por la que Monroe fue incluida en la lista del FBI fue su relación con el dramaturgo progresista Arthur Miller, que más tarde se convertiría en su marido. En 1955 empezó a salir con Miller, que ya estaba en la lista negra por sus opiniones políticas.

En 1956 Miller fue citado por el Comité de Actividades Antiamericanas de la Cámara de Representantes tras intentar renovar su pasaporte. A principios de los años sesenta, el FBI estaba convencido de que Monroe no estaba afiliada al Partido Comunista. “Sus puntos de vista son de izquierda de manera muy positiva y concisa; sin embargo, si es utilizada activamente por el Partido Comunista, no es de conocimiento común entre quienes trabajan con el movimiento en Los Ángeles”, escribió un policía en un informer dirigido a Hoover.

La obsesión del FBI por Marilyn Monroe se basaba en el hecho de que era una de las estrellas de Hollywood más populares, con una base de seguidores de millones de personas en Estados Unidos y en el extranjero, que podrían haberse visto afectadas por sus opiniones políticas.

El comentarista de radio, Walter Winchell, llegó a emitir un artículo en el que decía que la actriz era “la favorita de la intelectualidad de izquierdas, varios de los cuales figuran como frentistas rojos”.

La propaganda de Hollywood eliminó esa imagen y la sustituyó por otra: Monroe era una “rubia tonta” que sólo atraía por su físico. Sin embargo, se trataba de una persona sensible e inteligente. Al proceder de la clase trabajadora, se mostró siempre preocupada por la igualdad y la justicia.

La trituradora capitalista la trató siempre como un objeto sexual y una máquina de hacer dinero. Finalmente acabó matándola. Sería bueno romper el cliché trillado que ha legado la propaganda burguesa.

De las Siete Hermanas a la OPEP ha corrido un río de sangre

En 2014 un avión ocupado por el director de la petrolera francesa Total, Christophe de Margerie, se estrelló y el magnate falleció. Pareció que se había producido otro de esos “accidentes aéreos”. Entonces Francia iniciaba un acercamiento hacia Rusia, algo que siempre es intolerable a los ojos de Washington, sobre todo si se trata de petróleo.

Estados Unidos saboteó el gasoducto transiberiano que debía transportar gas desde la Unión Soviética a Alemania y se podrían enumerar bastantes casos parecidos para demostrar que lo que está ocurriendo ahora mismo no es nada excepcional.

El 27 de octubre de 1962, Enrico Mattei, director del ENI, la compañía italiana de hidrocarburos, también murió cuando una bomba explotó a bordo de su avión cerca de Milán. Era un hombre de otros tiempos y el ENI, una empresa de titularidad pública, también.

Mattei apoyó a los movimientos independentistas, como el argelino, contra potencias coloniales. Se puso en contacto con los países productores de petróleo directamente, sin pasar por el filtro de las empresas petroleras privadas. Su pretensión era negociar un reparto de los beneficios por mitades. Hasta entonces, Oriente Medio había sido explotado descaradamente por las grandes empresas anglosajonas, agrupadas en un cártel al que Mattei le puso nombre: las Siete Hermanas.

Hoy las potencias occidentales se quejan de la OPEP, a la que acusan de subir los precios del petróleo de forma concertada. Eso es lo que hacían en 1962 las Siete Hermanas, que se habían repartido el mercado del petróleo el 28 de agosto de 1928 en una reunión que celebraron en un castillo escocés.

Los cabecillas de Royal Dutch-Shell, Standard Oil (más tarde Exxon) y Anglo-Persian (BP), a los que se unieron más tarde Chevron, Texaco, Mobil y Gulf Oil, acordaron las áreas de explotación, los precios y el transporte. El pacto marginó a los países productores, cuya función se reducía a suministrar petróleo abundante y barato.

Treinta años después Mattei comprometió seriamente el monopolio de las Siete Hermanas y, en última instancia, amenazó el control de Washington sobre los mercados energéticos mundiales.

Pero Mattei hizo algo aún peor: en 1959 viajó a Moscú, en plena Guerra Fría, para importar petróleo soviético y construir un oleoducto. La URSS estaba dispuesta a cubrir el 25 por cien de las necesidades energéticas de Italia a precios irrisorios (comparados con los de las Siete Hermanas). Comienza la intoxicación mediática. El New York Times le acusa de “filosoviético” y la CIA comienza a vigilarle de cerca, mientras aumentaba la presión diplomática sobre el gobierno italiano. Los proyectos del ENI se presentaron como una “grave amenaza para la seguridad de Occidente”.

Hoy las “amenazas” contra este Occidente sagrado se pagan con sanciones, pero entonces Mattei las pagó con su vida. Naturalmente, su asesinato quedó impune. Incluso entonces pocos reconocieron que se trataba de un asesinato. Los medios hablaban de un lamentable “accidente aéreo”. La investigación se cerró, 30 años después se volvió a abrir y, mientras tanto, los medios italianos, al servicio de sus amos de Washington, se han dedicado a lanzar cortinas de humo.

Tras la muerte de Mattei, pusieron al frente del ENI a Eugenio Cefis, un miembro de la logia P2 que se haría famosa 30 años después por sus vínculos con la CIA, la mafia, el Vaticano, Gladio, los servicios secretos, las finanzas, los jueces… En fin, Cefis cambió el rumbo del ENI y sometió a Italia al dictado de los que mandan en Washington.

El periodista Mauro de Mauro

Pero siempre hay quien sigue metiendo las narices en asuntos escabrosos, durante años, como el periodista Mauro de Mauro, a quien el director de cine Francesco Rossi había encargado investigar el asesinato del presidente del ENI para escribir el guión de su película “El Caso Mattei”.

De Mauro desapareció en 1970 sin dejar ningún rastro. Su cadáver no se ha encontrado y la intoxicación mediática no pierde ocasión para seguir lanzando su cortina de humo favorita, que en Italia es siempre la mafia. Sirve para tranquilizar cualquier conciencia.

La desaparición de De Mauro y las amenazas contra Rossi cambiaron el guión de la película. El cineasta dejó en un limbo a los responsables del asesinato de Mattei. Es más: no estaba demostrado que fuera un atentado. “No somos héroes”, se excusó. La película ganó la Palma de oro del Festival de Cannes de 1972.

Las falsificaciones de la historia son así de curiosas. Hoy los tribunales italianos admiten oficialmente que la muerte de Mattei fue un atentado, a pesar de lo cual los medios de comunicación siguen hablando de un “accidente aéreo”. Los fraudes consumen el subconsciente de los reporteros a base de repetirlos cada día.

Pero antes de acabar estas líneas, ya que hablamos de cine italiano, no podemos dejar de mencionar la insólita muerte de otro gran realizador, Pasolini, en 1975, cuando estaba escribiendo una novela titulada “Petróleo” y metiendo las narices donde nadie le llamaba. En Italia han comenzado a hablar las voces que dicen que los tres casos (Mattei, De Mauro y Pasolini) siguen el mismo hilo conductor.

Sólo los héroes, como Pasolini, se atreven a seguir exhumando este tipo de recuerdos, cada vez más añejos.

El Caso Mattei, película de Francesco Rossi, 1972
https://www.youtube.com/watch?v=e5ciw3yUxI0

Una película ‘comunista’ vigilada por el FBI: ‘La vida es bella’

Pocos confundirían la alegría navideña con la subversión comunista como lo hizo J. Edgar Hoover. La campaña del director del FBI para desenmascarar a los simpatizantes soviéticos entre la élite de Hollywood de la posguerra está bien documentada, pero la preocupación de su oficina por la película navideña familiar “La vida es bella” como supuesto caballo de Troya para la difusión de los valores rojos en la América Media es particularmente absurda y una acusación clásica de la época. Un episodio que debe ser recordado.

Un informe de la oficina de campo del FBI en Los Ángeles muestra que entre 1942 y 1958, más de doscientos largometrajes de Hollywood fueron investigados por la Oficina con la ayuda de informantes de la industria cinematográfica. Se investigó el contenido de las películas y el personal implicado en su producción en busca de indicios de que pudieran ser “agentes de propaganda comunista”. La industria cinematográfica estadounidense era, según Hoover y sus investigadores, uno de los principales terrenos en los que la URSS y sus aliados planeaban difundir su propaganda durante la Guerra Fría.

Muchas de las películas estudiadas tenían temas abiertamente militaristas o políticos que los agentes del FBI consideraban que promovían los ideales comunistas o socavaban los principios estadounidenses. La película de Herbert Biberman de 1942, The Master Race, en la que tres oficiales militares -un ruso seguro de sí mismo y viril, un estadounidense con sobrepeso y un británico enclenque- intentan gobernar conjuntamente una ciudad belga antiguamente ocupada por los nazis, es una elección obvia.

Sin embargo, es poco probable que el drama fantástico del director Frank Capra de 1946, que se ve en millones de hogares cada año, le parezca al espectador medio especialmente subversivo o controvertido. Entonces, ¿qué tenía “La vida es bella”, un cuento de hadas sentimental sobre un hombre de familia salvado por su ángel de la guarda, que podía poner tan nerviosos a los secuaces de Hoover?

El informe de campo de Los Ángeles presenta tres criterios por los que se puede identificar que una película tiene tendencias propagandísticas. Dos de ellos son especialmente relevantes para “La vida es bella”, ya que encarnan las dos fuerzas opuestas en la narrativa de la película. La primera es cuando “los valores o instituciones considerados particularmente antiamericanos o procomunistas se magnifican en una película”. Ejemplos: el fracaso, la depravación, el hombre común el colectivo.

Es aquí donde podemos ver la evaluación cínica del FBI sobre el héroe de la película, James Stewart como George Bailey, un desventurado soñador que sacrifica sus propias esperanzas de viajar y triunfar para mantener un pequeño pueblo y un negocio de préstamos heredado de su padre. El trabajo de la vida de George consiste en conceder hipotecas a los trabajadores del centro de Bedford Falls para que puedan comprar sus propias casas y abandonar los barrios marginales de la ciudad. Stewart pronuncia algunos de los monólogos más emocionantes del personaje en defensa de la difícil situación de la clase trabajadora -la gente que “trabaja y paga y vive y muere en esta comunidad“-, normalmente en protesta directa contra su papel de protagonista, que encarna el segundo criterio señalado por el FBI:

“Los valores o las instituciones que se consideran especialmente estadounidenses son difamados o retratados como malvados en una película. Ejemplos: el sistema de libre empresa; la riqueza industrial; el afán de lucro; el éxito; el hombre independiente”.

El avaricioso y traidor Sr. Potter, un canalla interpretado a la perfección por Lionel Barrymore, es el ogro capitalista por excelencia que pretende hacerse con el control de todas las propiedades y negocios de la ciudad y conseguir que las familias trabajadoras alquilen chabolas en los barrios marginales que posee. Bailey, el último hombre que se interpone entre Potter y el dominio total de Bedford Falls, se interpone en el camino del excepcionalismo, el individualismo y la prosperidad de la “libre empresa”. Considerado durante mucho tiempo como el estándar de oro del héroe de la pantalla estadounidense, se convierte, en la mente del FBI, en un soldado de a pie en la campaña para destruir la civilización occidental.

Por supuesto, cuando uno mira más allá de las propiedades narrativas de la película para ver a las personas involucradas, como hizo el FBI, el argumento falla. El informe afirma que los guionistas Frances Goodrich y Albert Hackett eran conocidos por estar “muy cerca de los comunistas” y, de hecho, se sabe que otros presuntos afiliados, como el escritor de la lista negra Dalton Trumbo, influyeron en el guión en su camino hacia la pantalla. Pero las dos personalidades dominantes en “La vida es bella” -el director Capra y la estrella James Stewart- no podían estar más lejos de esta ideología.

Aunque son conocidos por su trabajo con características populistas de “pequeño hombre contra el sistema”, especialmente en la película de 1939 “Mr Smith in the Senate” (Mr Smith Goes to Washington), ambos hombres eran de hecho republicanos registrados y devotos. El propio Capra había expresado abiertamente su admiración por los regímenes fascistas de Benito Mussolini y Francisco Franco. Aunque trabajó con conocidos guionistas de izquierdas como Jo Swerling, Robert Riskin y Sidney Buchman, también intentó preservar su propia credibilidad y distanciarse de las inclinaciones de sus colaboradores sirviendo como informante del FBI sobre sus colegas de izquierdas.

En última instancia, “La vida es bella” (y su recepción) es el producto de la tensión entre personalidades y agendas en conflicto; el resultado final es una historia conmovedora, sin duda, pero sin un marco ideológico explícito. Es una historia sobre la importancia de cada uno de nosotros para la colectividad, una idea básica suficientemente pura de la que los espectadores de todo tipo pueden extraer el mensaje que más les convenga.

Reflexionando sobre la investigación del FBI, John A. Noakes especula que el conflicto entre Bailey y Potter no representa la lucha del comunismo contra el capitalismo, sino más bien una “forma moribunda” de capitalismo familiar centrado en la pequeña empresa frente a una forma “más centralizada y corporativa” que acabará ocupando su lugar en la segunda mitad del siglo XX. Dicho esto, es probable que haya muchos socialistas avispados que se acerquen a ver esta película de cara a la Navidad. ¿Qué podemos aprender de ello?

“La vida es bella” se lee como el triunfo de la acción colectiva sobre el interés individual. Para estropear una película de hace setenta y cinco años: George se ve al borde del suicidio por la amenaza de quiebra y cárcel cuando un depósito de 8.000 dólares cae en manos de Potter. Lo hace porque está convencido de que todos estarían mejor si él no hubiera nacido. Pero los habitantes del pueblo, movilizados por la esposa de George, Mary (Donna Reed), finalmente le traen la salvación al reunir dólares arrugados y ahorrar dinero para compensar el déficit. Esta conmovedora muestra de apoyo mutuo tiene lugar fuera de la pantalla, ya que su ángel de la guarda, Clarence (Henry Travers), muestra a George un mundo distópico en el que él no existe para recordarle su valía.

El informe del FBI considera que Potter es un personaje “ambiguo”, pero no se redime como su predecesor y, por tanto, no interviene en la eufórica conclusión de la película. Por el contrario, es una confirmación rotunda de que el pueblo no puede confiar en los capitalistas que controlan nuestros sistemas y recursos para salvarnos; debemos mirarnos unos a otros.

“Ningún hombre que tenga amigos es un fracasado”, le recuerda Clarence a George cuando le devuelven a sus seres queridos y vecinos. Citando a James Stewart de forma totalmente inexacta en el clímax emocional de la película, se podría decir: “Feliz Navidad Frank Capra. Feliz Navidad J. Edgar Hoover. Feliz Navidad camaradas”.

—https://jacobinmag.com/2021/12/its-a-wonderful-life-fbi-hoover-red-scare-communism/

Prokofiev celebra el 60 cumpleaños de Stalin con un brindis: la cantata ‘Zdravitsa’

La cantata “Zdravitsa” es una de las mayores joyas de la música soviética y, seguramente, de la cultura humana de todos los tiempos. Combina un enorme refinamiento cultural y una elevada complejidad técnica, al mismo tiempo que destaca por su sencillez y un aire popular, típicamente soviético.

El gran pianista soviético Sviatoslav Richter, una de las principales figuras del instrumento en el siglo pasado, dijo que esta cantata no era, en realidad, una composición sino una especie de revelación.

“Zdravitsa” es lo que dicen los rusos en un brindis, equivalente de “¡Salud!”, porque Serguei Prokofiev la compuso en 1939 para celebrar de esa manera el 60 cumpleaños de Stalin.

En 13 minutos sintetizó el brindis por el cumpleaños de Stalin con una elocuencia magistral. El compositor estaba influido por una frase de Stalin pronunciada en 1935 durante un discurso en la primera conferencia de trabajadores stajanovistas: “La vida ahora es mejor, camaradas. La vida se ha vuelto más alegre”.

La frase quedó como el símbolo de una época y la Contata está construida en torno a ella. El poema son fragmentos diversos y dispersos, todos ellos de origen popular, procedentes de las diversas naciones que formaban la URSS.

Junto a Shostakovich, Prokofiev es uno de los mayores músicos del siglo pasado. Su influencia fue de tan largo alcance, que llegó hasta las composiciones cinematográficas, donde hay un antes y un después del compositor ruso.

Compuso una decena de partituras para el cine, entre ellas la de “Iván el Terrible” y “Alexander Nevski”, que es una obra maestra tanto del séptimo arte como de la música.

Murió el 5 de marzo de 1953 en Moscú, el mismo día que Stalin.

I

Nunca ha habido
un campo tan fértil
Nunca ha habido tanta alegría.
Todo el pueblo está lleno de ello.
Nuestras vidas nunca han sido
tan alegres.
Nuestro centeno nunca antes
floreció tanto.

El sol brilla sobre la tierra
para nosotros de una manera diferente.
Parece que ha visitado
a Stalin en el Kremlin.

Canto mientras amamanto a mi hijo
en mis brazos.

“Crecerás como un tallo de trigo,
rodeado de ancianos.
Stalin será la primera palabra que aparezca
en tus labios.
Entenderás el origen de esta luz brillante,
dibujarás, en tu cuaderno
un retrato de Stalin”.

Oh, el cerezo del jardín refleja la luz
como una niebla blanca.
Mi vida ha florecido ahora
como los cerezos en flor en primavera.
Oh, el sol brilla y baila
en las suntuosas gotas de rocío.

Fue Stalin quien nos trajo
esta luz, este calor y este sol.

Lo entenderás, querida.
Este calor
ha llegado a ti
a través de las colinas y montañas”.

Oh, el cerezo del jardín refleja la luz
como una niebla blanca.
Nuestra vida ha florecido ahora
como las cerezas en primavera.

II

Si mi juventud volviera,
si el río Kokshaga fluyera de repente hacia el norte,
si mis ojos brillaran,
como lo hicieron cuando yo tenía diecisiete años,
si mis mejillas se vuelven rosas, como una manzana madura,
iría a Moscú, la gran ciudad
y me gustaría agradecérselo
a José Stalin.

III

Lo ve y lo oye todo,
la forma en que vive la gente,
la forma en que la gente vive y trabaja.
Y recompensa a todos,
por sus esfuerzos.
Invita a todos,
a visitarle en Moscú.
Los recibe amablemente,
habla con todo el mundo de forma alegre y amable.

Lo ve y lo oye todo,
La forma en que vive la gente,
La forma en que la gente vive y trabaja,

Conduce a sus invitados
y los lleva a un cuarto brillante.
Ofrece a todos un asiento en las mesas de roble
y les pregunta por todo.

Los interroga y pregunta:
“¿En qué condiciones funcionan?, ¿Qué necesitan?
¿Cómo trabaja la gente? ¿Qué necesitan?
Y les da un sabio consejo”.

Lo ve y lo oye todo,
La forma en que vive la gente,
La forma en que la gente vive y trabaja.
Y recompensa a todos,
por sus esfuerzos.
Invita a todos,
a visitarle en Moscú.
Los acoge con alegría,

Los acoge con gran benevolencia
y les da un sabio consejo.

Ah, ayer cantamos canciones
y dimos una fiesta.
Pero no fue una fiesta
para la trenza de castañas,
No nos casamos con Aksinia.
Enviamos a Aksinia
a visitar a Stalin.

La vimos partir
a la capital, a Moscú.
Y la engalanamos
como una novia.

La encantadora Aksinia
pasó por las puertas del pueblo.
Era guapa de ver y bonita,
con sus nuevas y robustas botas.
La acompañamos hasta el final
de nuestro pueblo.

Y con ella enviamos
nuestro saludo a Stalin.

Lo ve y lo oye todo,
La forma en que vive la gente,
La forma en que la gente vive y trabaja
y recompensa a todos
por sus esfuerzos.
Invita a todos,
a visitarle en Moscú.
Los acoge con alegría,

Los acoge con gran benevolencia,
y les da un sabio consejo.

IV

Oh, Stalin, te has enfrentado a muchas injusticias
y has aceptado tanto sufrimiento
por la causa del pueblo.

Por protestar el zar nos aplastó.
Dejó a las mujeres sin más hombres.
Nos has abierto nuevos caminos.

Estamos encantados de seguirle.
¡Tu horizonte es nuestro horizonte, jefe de la nación!
¡Tus pensamientos son nuestros pensamientos! ¡indivisibles!

¡Tú eres el estandarte que flota sobre nuestra gran fortaleza!
¡Eres la llama que hierve nuestra sangre y nuestro espíritu!
¡Stalin!
¡Stalin!

Oda a Lenin

Poema de Pablo Neruda a Lenin, como escribiera otro a Stalin, rindiendo homenaje a dos líderes mundiales y universales del movimiento obrero victorioso. Hablaría el enemigo de clase de ‘culto a la personalidad’ y no sabe bien uno si ello obedece a complejos psicoanalíticos que envidian oscuramente en el enemigo lo que desearían tener como tótems e ídolos propios de su clase a quienes venerar sin tener que recurrir a quienes en el fondo tal vez admiren como los líderes nazifascistas Hitler y Mussolini. Pero ocurre que estos últimos fueron derrotados por una alianza antifascista en la que el papel principal fue desempeñado por el pueblo y Ejército Rojo soviético y su cabeza visible, Stalin. Algo insoportable así que, por lo tanto, había que igualar a ambos regímenes, el nazifascismo y el socialismo o comunismo y, por supuesto, insacular como ‘dictadores totalitarios’ a sus líderes, de modo que tenemos a Hitler y Stalin, tanto monta, monta tanto. Y en medio, ‘voilâ’, los demócratas y las democracias burguesas. Unas democracias burguesas como finales de la historia, y como barrera insalvable hacia el comunismo, pero no hacia una vuelta al fascismo con el que, o bien no se ha roto (caso español), o se coquetea o amenaza a las masas con volver a él, esto es, unas democracias contrarrevolucionarias. E incapaces de crear ‘héroes’ a pesar de intentarlo. Ahora los ‘protagonistas’ o son deportistas o miembros de las fuerzas represivas loando, a la mínima de cambio y si la ocasión la pintan calva, las ‘gestas’ de un guardia civil ‘salvando’ vidas de niños marroquíes en Ceuta o en un monte pelado. O unos sanitarios a quienes, luego de campañas mediáticas mareantes, se insta a aplaudir porque son ‘héroes’… olvidados a los tres días, y a fabricar nuevas heroicidades…

Ocurre que en situaciones-límite se ve de qué pasta y barro está hecha la gente. Y quién se pone del lado del pueblo y quién contra él. Y Stalin y Lenin lo dieron todo por el pueblo, y es por eso que se les adora y se les dedican odas, como hizo el poeta comunista Pablo Neruda, vate de odas a lo sencillo y lo telúrico.Como lo eran estos dos gigantes revolucionarios.

‘¿Qué es esto? -se preguntaban los obispos-, se ha movido la tierra, no podremos seguir vendiendo el cielo’.

I

Lenin para cantarte/debo decir adiós a las palabras;
debo escribir con árboles, con ruedas, con arados, con cereales.
Eres concreto como/los hechos y la tierra.
No existió nunca/un hombre más terrestre
que V. Ulianov.
Hay otros hombres altos/que como las iglesias acostumbran
conversar con las nubes/son altos hombres solitarios.
Lenin sostuvo un pacto con la tierra
Vio más lejos que nadie.
Los hombres, /los ríos/las colinas/las estepas,
eran un libro abierto/y él leía/leía más lejos que todos/más claro que
ninguno.
Él miraba profundo/en el pueblo, /en el hombre,
miraba al hombre como a un pozo
lo examinaba como/si fuera un mineral desconocido/que hubiera descubierto.
Había que sacar las aguas del pozo,
había que elevar la luz dinámica,
el tesoro secreto
de los pueblos,
para que todo germinara y naciera,
para ser dignos del tiempo y de la tierra.

II

Cuidad de confundirlo con un frío ingeniero,
cuidad de confundirlo con un místico ardiente.
Su inteligencia ardió sin ser jamás cenizas,
la muerte no ha helado aún su corazón de fuego.

III

Me gusta ver a Lenin pescando en la transparencia
del lago Razliv, y aquellas aguas son
como un pequeño espejo perdido entre la hierba
del vasto Norte frío y plateado:
soledades aquellas, hurañas soledades,
plantas martirizadas por la noche y la nieve,
el ártico silbido del viento en su cabaña.
Me gusta verlo allí solitario escuchando
el aguacero, el tembloroso vuelo
de las tórtolas,
la intensa pulsación del bosque puro.
Lenin atento al bosque y a la vida,
escuchando los pasos del viento y de la historia
en la solemnidad de la naturaleza.

IV

Fueron algunos hombres solo estudio
libro profundo, apasionada ciencia,
y otros hombres tuvieron
como virtud del alma el movimiento.
Lenin tuvo dos alas,
el movimiento y la sabiduría.
Creó en el pensamiento,
descifró los enigmas,
fue rompiendo las máscaras
de la verdad y del hombre
y estaba en todas partes,
estaba al mismo tiempo en todas partes.

V

Así, Lenin, tus manos trabajaron
y tu razón no conoció el descanso
hasta que desde todo el horizonte
se divisó una nueva forma,
era una estatua ensangrentada,
era una victoriosa con harapos,
era una niña bella como la luz,
llena de cicatrices, manchada por el humo.
Desde remotas tierras los pueblos la miraron:
era ella, no cabía duda,
era la Revolución.
El viejo corazón del mundo latió de otra manera.

VI

Lenin, hombre terrestre,
tu hija ha llegado al cielo.
Tu mano/mueve ahora/claras constelaciones.
La misma mano/que firmó decretos
sobre el pan y la tierra/para el pueblo,
la misma mano/se convirtió en planeta:
el hombre que tú hiciste se construyó una estrella.

VII

Todo ha cambiado, pero
fue duro el tiempo/y ásperos los días.
Durante cuarenta años aullaron
los lobos junto a las fronteras:
quisieron derribar la estatua viva,
quisieron calcinar sus ojos verdes,
por hambre y fuego/y gas y muerte
quisieron que muriera
tu hija, Lenin,
la victoria
la extensa, firme, dulce, fuerte y alta
Unión Soviética.
No pudieron.
Faltó el pan, el carbón, faltó la vida
del cielo cayó la lluvia, nieve, sangre,
sobre las pobres casas incendiadas,
pero entre el humo/y a la luz del fuego
los pueblos más remotos vieron la estatua viva
defenderse y crecer crecer crecer
hasta que su valiente corazón
se transformó en metal invulnerable.

VIII

Lenin, gracias te damos los lejanos.
Desde entonces, tus decisiones,
desde tus pasos rápidos y tus rápidos ojos
no están los pueblos solos
en la lucha por la alegría.
La inmensa patria dura,
la que aguantó el asedio,
la guerra, la amenaza,
es torre inquebrantable.
Ya no pueden matarla.
Y así viven los hombres otra vida,
y comen otro pan
con esperanza,
porque en el centro de la tierra existe
la hija de Lenin, clara y decisiva.

IX

Gracias, Lenin,
por la energía y la enseñanza,
gracias por la firmeza,
gracias por Leningrado y las estepas,
gracias por la batalla y por la paz
gracias por el trigo infinito,
gracias por las escuelas,
gracias por tus pequeños
titánicos soldados,
gracias por este aire que respiro en tu tierra
que no se parece a otro aire:
es espacio fragante,
es electricidad de enérgicas montañas.
Gracias, Lenin,
por el aire y el pan y la esperanza.

(Pablo Neruda, Navegaciones y regresos)

Entre la metáfora y el concepto

La poesía, dicho a modo de conclusión provisoria, es o bien arte de evasión que reivindica un estatuto propio con sus gramatiquerías y efluvios, o bien compromiso con uno y el resto. Por supuesto, conscientes de la simplificación, existen los matices estagiritas tipo «el ser se dice de muchas maneras» y los ismos: romanticismo, simbolismo, modernismo, ultraísmo, etc., etc. En última instancia, es una apuesta por «el arte por el arte» nacido de y contra los efectos antiestéticos de una inicial revolución industrial (Unamuno, que escribió versos aunque no lo parezca, abominaba las chimeneas de las fábricas). Una poesía antiburguesa en sentido estetizante. de «buen gusto», sin mezclar la literatura con la poluta realidad (el humo de esas chimeneas), al decir de, pongamos, Jean Cocteau. (Sin embargo, esa revolución industrial, esa chimeneas y esos humos, inspirarán a poetas futuristas como Marinetti, luego fascista).

A ello se opondría, lo ponemos adrede, César Vallejo, también antiburgués pero por razones diametralmente distintas, apostrofando contra lo que denominaba «literatura de pijama» o de gabinete, y echando pestes de la metafísica y la psicología (más precisamente el psicoanálisis). Nada de complejos, libidos, intuiciones (bergsonismo muy de moda que estudiara un precoz Antonio Machado) ni sueños (freudianos). El método de creación artística es y debe ser consciente, realista, experimental y científico. Y las musas son cazcarrias en los bajos del pantalón. «Soy hombre antes que español», dirá el zamorano León Felipe, aunque no le pregunten. Y el peruano
Vallejo, viajero por la Rusia revolucionaria (con cuatro chavos suyos y sin ser enviado por nadie, por ningún periódico, que era lo normal) de la que volvió (por dificultades con el idioma o por quedarse sin un kopek) entusiasmado y cambiado él mismo, tuvo que pagar un precio por su integridad: «mi dilema es el de todos los días: o me vendo o me arruino». Reacio a los artificios y malabarismos de las vanguardias (lo que sería su «Trilce»), le gustaba citar la frase del escritor norteamericano socialista Upton Sinclair: «el artista que triunfa en su época es un hombre que simpatiza con las clases dominantes de dicha época, cuyos intereses e ideales interpreta, identificándose con ellos». No hay literatura apolítica ni la habrá nunca (ni música, aunque aquí nos centramos más bien en la literatura), en otras palabras. Ni siquiera el escapista Poême du haschís de Baudelaire huyendo del Tedio, del spleen, soltando amarras con la canónica inspiración romántica sustituida por la estimulación artificial y paradisíaca. Abismado por el malditismo, Baudelaire, flanêur y revolucionario en las barricadas parisinas de 1848, se vuelve sobre sí mismo (gastada la herencia paterna) para hundirse en la destrucción; se le llamará perverso y, sobre todo, decadente. No así un Víctor Hugo, romántico, que concibe al poeta como un profeta que ilumina el porvenir, por lo tanto, con una misión sagrada, frente al sufriente bardo baudeleriano (pero ambos inoculados de druidismo). O el trovador como medium de Neruda. Kant considera a la poesía como la más sublime de las bellas artes, la más superior. El vate portugués A. Caeiro, a quien Pessoa tiene por su maestro, dirá que el mundo no existe (para el poeta genuino, se entiende) para ser pensado, las cosas sólo existen y existen, en todo caso, para ser percibidas, rematará el luso aquejado de solipsismo berkeleyano (de Berkeley). O a lo Alexander Pope, londinense, que asegura que «todo lo que es está bien». Para Nietszche, que no era poeta precisamente, el hombre usa el intelecto la mayoría de las veces para la simulación. San Juan de la Cruz, por último en esta mezcla heteróclita de númenes y daimones, se apoyará en un místico y humilde «no sé qué» al no encontrar verso cenital que lo acople a Dios que, en realidad, es una suerte de neoplatonismo no confeso que le transporte iónicamente al Uno cerrando los ojos -o poniéndolos en blanco- a todo lo externo. Un poeta místico a lo divino. Lírico puro, preñado de amor casi profano, como Santa Teresa, según se entiende la poesía al menos por Aristóteles (el Estagirita de más arriba) en su Poética y son sus cualidades: la subjetividad, su existencia en el presente y el desprecio por la lógica racional. La aversión a la lírica provendría de su negación a perderse en el tremedal ciudadano, en el mundanal ruido, ¿no es cierto? Ella no es la voz colectiva; contrariamente, es la exaltación del individuo.

II

La poeta María Ángeles Maeso dijo que es lugar común aseverar que la poesía, por el hecho de circular fuera del mercado y ante la escasez de receptores, está a salvo de servidumbre alguna, ya que su roma inserción social la mantiene impoluta y en una especie de reserva espiritual por donde fluyen los emocionantes y hermosos ríos de aguas cristalinas. No se lee poesía -continúa- porque se le tiene miedo. Porque la gran poesía desnuda las cosas. Como «palabra en el tiempo» definió Machado la poesía y oímos de escolares. Y sin embargo… Sin embargo, Platón expulsa a los poetas en el Libro X de La República de la ciudad ideal. Y lo hace por dos razones: por su distancia respecto a la verdad, y por estar dirigida al nivel inferior del alma dizque aquella parte que se encarga de la conservación a un nivel animal que se orienta al descanso, el placer y los instintos básicos, lo que no es bueno para la ciudadanía.

Platón muestra que la realidad está compuesta de ideas a partir de las cuales esta realidad se va estructurando (Roberto Vilchis). Cada cosa existente parte de una idea perfecta y verdadera. Cada una de estas ideas ha sido concebida por un creador y modificada o moldeada por un artífice, un artesano, que no es sino un imitador que utiliza la idea a su conveniencia por lo que la vuelve algo irreal, ya que no utiliza la verdadera esencia de las cosas creadas, sino que realiza su propia versión de la idea. Estos imitadores son los poetas que hacen uso de los sentimientos y las emociones, lo cual para Platón es lo que corrompe el alma enajenada por los deseos y pasiones que le alejan de la verdad quedándose en la apariencia. Así pues, los objetos sensibles no son más que débiles y pálidas semejanzas de unas realidades inmutables y eternas, que son las Ideas (ahora con mayúscula), y estas resultan accesibles sólo a la parte inteligente y razonadora del alma (que en la Edad Media se llamará «sustancia» de eco aristotélico), lo inteligible, y no lo sensible, que se adquieren por los sentidos que engañan o no son de fiar. Célebre es su alegoría de la caverna.

Platón -se ha escrito que toda filosofía es un eterno retorno a Platón- ve un peligro grande en algo que a nosotros nos parece totalmente inofensivo: la poesía. En su polis ideal quedarían fuera, discúlpese el anacronismo, Dante, Shakespeare, Goethe, Lorca, Leopardi, etc. Sucede que Platón está pensando en filosofía y como filósofo, y no poeta. Ocurre también que aunque tradicionalmente se ha afirmado que La República (380 a.C.) trata de la justicia como tema principal, y en concreto la formación del Estado, se puede aseverar que se trata de un corpus sobre la educación. Así lo entendió Eric Havelock para poder comprender mejor los ataques de Platón a la poesía y al arte.

La relación entre poesía y filosofía, entre la metáfora (poesía) y el concepto (filosofía), entre el verso y la proposición, siempre se ha desarrollado en medio de una permanente tensión entre ambas. Mientras el filósofo se propone explicitar su pensamiento de manera exacta y racional sirviéndose de conceptos, el poeta, por su parte, es hombre de imágenes y ritmos que posee una forma de expresión exaltada, inspirada y emotiva. La poesía es un saber que le viene del exterior, de la inspiración divina (enthousiasmos) y su naturaleza imitativa o mimética, o de las musas que se apoderan del alma, como erinias, o gorgonas, y la domina, y de ahí que los poetas no pueden crear cuando son abandonados por ellas porque, en fin, no les pertenece. Y, por tanto, no están orientados por el conocimiento. Platón
-ya le vamos entendiendo- considera que la poesía debe tener un carácter pedagógico, didascálico (los poetas fueron los primeros maestros). Platón considera que el mundo que debe aparecer en las composiciones poéticas es el mundo verdaderamente real, aquel que nos conduce a la virtud, no el de las apariencias, lo que le lleva a sugerir que la poesía debe imitar al mundo no como es, sino como debería ser (un mundo esquemático sin lucha de clases o un comunismo platónico de gobernantes que renuncian a la propiedad privada de motu proprio). El efecto de la imitación de la realidad se designa como mímesis. Platón tomaba la imitación como una copia pasiva y fidedigna del mundo exterior (la Naturaleza). Aristóteles transforma su teoría de la imitación. Imitar ahora consistirá en presentar las cosas más o menos bellas de lo que son. Y es que el arte imita a la Naturaleza dejando al artista libertad de enfoque. Sin embargo, el marmóreo y circunspecto Platón se mantiene en el mismo plano. Y, por ello, propone una condena a los fabricantes de imitaciones -aun en cuanto creadores, no plagiarios, entiéndase-, a los «falsificadores de la realidad», como llama a los poetas (extienda el lector, si gusta, el término a la realidad actual), y por los que se pedirá su expulsión de la polis. Entonces, en la biblioteca de la ciudad ideal platónica, ¿estarían prohibidos los poetas, y muchos más, que citamos anteriormente? Eduardo Zazo estima que la expulsión de los poetas -que muestran vicios propiamente humanos en los dioses, como les acusa Jenófanes de antropomorfizarlos: «a los dioses les achacan Homero y Hesíodo todo aquello que entre los hombres es motivo de vergüenza y de reproche: robar, adulterar y engañarse unos a otros»- sólo se entiende como crítica de la tradición oral. Leemos poesía y pensamos en Baudelaire, Cernuda, Rilke o Canetti. Pero Homero -referente como poeta para Platón- no es, como estos poetas nombrados, un poeta literario o estético. Homero es eminentemente un poeta oral. La escritura alfabética no aparece en Grecia hasta el siglo VII antes de nuestra era. En época de Platón se conocía a los poetas principalmente… de oídas, a través del oído, vale decir, apenas se los leía. El rapsoda recitaba sus yambos con acompañamiento musical (la lira, la cítara) y, acaso, baile.

La función tradicional del poeta era conocer todas las cosas humanas y divinas, cosa que nuestros poetas modernos no tienen, desde luego. Sin embargo, esta es la misión habitual y vocacional -el sofismo es otra cosa- de un poeta en una sociedad que no conoce la escritura: transmitir el saber socialmente relevante. En su época, la poesía ya no era capaz de dar a conocer todas las cosas humanas en relación a la virtud y el vicio. Ese papel le correspondía, según Platón, a la filosofía. Importa decir que el ateniense no está interesado en juzgar los méritos estéticos de la poesía, sino en desacreditar su función social y educativa. Propone una nueva paideia en la que los poetas no son necesarios. El sistema educativo tradicional griego, basado en los poetas, como se dijo, es sometido a examen y condenado (o suspendido). No han de admitirse en la ciudad más que los himnos a los dioses y los encomios a los héroes, leemos. Platón no expulsa a Baudelaire del Parnaso; expulsa a Homero y a la tradición oral poético-mimética. Si no absuelto, tenemos a Platón con circunstancias atenuantes.

III

Sin temor a exagerar, se podría aventurar que lo que obsesiona a Platón es, a tenor de su cosmovisión, el mundo de las apariencias que, en lenguaje actual, sería la ideología entendida como falsa conciencia frente a la Idea platónica o Noúmeno kantiano incognoscible (o Absoluto hegeliano) que queda más allá de los límites de la experiencia y no es accesible a la contemplación del hombre. Por un lado se irrita, y por otro desconsuela a los mortales sin jerarquía.

María Zambrano, orteguiana y platonizante, dirá que el filósofo quiere poseer la palabra, convertirse en su dueño. El poeta es su esclavo; se consagra y se consume en ella. El filósofo se dirige hacia el ser oculto tras la apariencia, mientras que el poeta se queda sumido en estas apariencias. Diferenciar realidad de apariencia, eso es conocimiento. Haciendo un paréntesis, es como una semiosis (que no es ningún virus) en que Lo Real es la palabra dicha off the record pensando que no se (te) oye por el micrófono, y la Realidad la apariencia discursivizada, narrativizada, hecha palabra y pasapuré para consumo de la plebe. La verdad está en lo dicho creyendo que no se oye y, por tanto, no tiene repercusión, y la mentira, el engaño, en lo que se dice a conciencia, a voz en grito y machaconamente, conformando, performativamente, la Realidad, lo que existe, lo que hay, volviendo a A. Pope, No se trata de lapsus exactamente. Zambrano, en otro diapasón, viene a decir que, si el poeta comunica pensamientos, verdades tales o mejores que el filósofo, lo hace sin pensar, puesto que estas vienen dadas por la inspiración que le ofrecen las musas. De suerte que el filósofo dice verdades pensando y el poeta las dice sin pensar, pues está en un estado alterado, como poseído, sisnestésico. Un trabalenguas místico, mágico, que tiene su aquel. Hegel concluirá que la filosofía piensa en conceptos y la imaginación poética en intuiciones, cada una a su manera y mediante medios diferentes. Es lo que Sócrates temía: «es de las apariencias de donde viene la persuasión, y no la verdad». El mundo se convierte en un gran teatro, en una caverna, en una representación carnavalizada con disfraces, máscaras y antifaces.

¿Apariencia y todo apariencia? El filósofo Pedro Fernández Liria nos insta encarecidamente a desterrar la idea de que la filosofía -póngase poesía- es una huida del mundo real hacia la pura vida contemplativa (¿eso quedaría para la poesía?). El filósofo -el poeta- es lo contrario del nihilista, la antítesis del poeta vulgar que simplemente se evade de una realidad que le horroriza o le aburre. De lo único que la filosofía -la poesía- representa una huida es de la apariencia y de la ignorancia. Es decir, el hombre vive en un mundo de apariencias; aunque fueran perfectos e infalibles nunca podrían conocer «lo real»; solamente podrían conocer la apariencia y la copia, no el original. Rasgar ese velo de Maya es propósito de una élite para Platón, de una aristocracia bienpensante y bienhechora. De reyes-filósofos. Y es aquí donde ya tomamos distancias del amigo Platón.

Van Morrison: bienvenido a la lista negra de herejes

Sabíamos que Van Morrison era un cantante auténtico y la pandemia nos ha descubierto que, además, es valiente. No disimula, ni hace ningún tipo de concesiones a nadie. Es inusual en el mundo moderno, cada vez más anodino y más atrofiado.

A nadie le debería extrañar que los medios de intoxicación se hayan lanzado contra él. Hasta ahora era intocable, pero la pandemia es aún más intocable. Variety, The Guardian, Los Angeles Times, Rolling Stone… Tanto los medios musicales como los generalistas han criticado su último disco, repleto de canciones críticas, incluso contra los medios de comunicación.

Nos dicen que la ignorancia es una bendición.
Supongo que para los que controlan los medios, así es.
Los dueños de los medios, controlan las historias que nos cuentan.
Si alguna vez intentas ir contra ellos, serás ignorado

Ellos controlan los mensajes, perpetúan el mito.
Siguen diciéndote mentiras. Te dicen que la ignorancia es una bendición.
Créelo todo y nunca obtendrás la verdad.
Nunca serás sabio, sabio a través de sus mentiras.

El León de Belfast, que ha cumplido 75 años de edad, apunta con el dedo y nadie se escapa al filo de su cuchillo: “¿A dónde se han ido los rebeldes?”, pregunta en una de sus canciones. En efecto, los que se llenan la boca con grandes palabras revolucionarias son los que parecen más domesticados.

Morrison no se muerde la lengua. Habla claro. Protesta contra el fascismo y critica implacablemente los toques de queda, confinamientos y demás restricciones sanitarias.

Por méritos propios ya está en la lista negra de herejes.

‘¿Por qué estás en Facebook?’

Sobre el arte

Siempre que se trata de cuestiones relativas al arte, la literatura o la estética en general, no se sabe -o por lo menos no sabe uno- por dónde empezar. Las preguntas que surgen, sobre todo desde que el capitalismo se impuso como modo de producción e imponiendo el dominio de su ideología alienadora, son casi siempre las mismas y es hasta la fecha de hoy que todavía se discuten y dilucidan con distintas palabras pero con la misma gramática. Las preguntas sobre estas cuestiones tienen mucho de bizantinas y de ganas de enredar.

No sé si fue Nietzsche quién dijo que no existen los hechos (históricos), sino las interpretaciones de los mismos, una suerte de hermenéutica (que eso es, a todo esto, el posmodernismo del que ya casi nadie se acuerda). En arte no habría “obra”, propiamente dicha, sino crítica de la misma. Pero la “crítica” es también un fenómeno del capitalismo (como las “naciones” de raíz romántica) desde que el “artesano” pasó a ser “artista”. Antes, en el Medievo, lo que había, como mucho, era eso que llamaremos “gusto” (pero también el carnaval). También en la actualidad se habla de “gusto” (artístico) pero, desde que existe el mercado capitalista, lo que privan son las “firmas”, no se compra un cuadro porque te guste, sino que se adquiere un “Picasso” o un “Van Gogh” o, en el paroxismo de la estiptiquez, un “Miquel Barceló” que ni siquiera pasó por la bohemia de cenar latas de sardinas (como los soldados de la I Guerra Mundial) como los anteriores, quienes, y es un mérito, tenían sus ideas y preocupaciones sociales aunque les faltara el mercado -y los marchantes- que luego los “descubrieron” y encumbraron.

Dentro de los parámetros burgueses, la madre de todas las preguntas (en temas que conciernen al arte) y que encierra las demás es, a nuestro juicio, la siguiente: ¿Debe el arte o, por ser más precisos, el artista, ser autónomo o heterónomo? En otras palabras: ¿libertad absoluta para el artista (“genial”, otro vocablo romántico) o pautarlo según la ideología que impere en un momento (histórico) dado? A mi modo de ver, el resto de las preguntas que han surgido se remiten a ésta.

No vamos ahora a analizar las cuestiones sino a exponerlas. Entre muchas que se nos ocurren está la del arte como comunicación. Para el dramaturgo y teórico -entre otras facetas artísticas- Alfonso Sastre, por ejemplo, la incomunicación estética es la más atroz de las incomunicaciones. Para él, no es que sea una pasión inútil (como el hombre para los existencialistas), pero entiende que el campo del arte no es un territorio autónomo pero tampoco una simple provincia o dominio de la (con mayúscula) Política, sino un predio relativamente autónomo.

Para Lenin no puede ser que el Partido (Comunista) vaya por un lado y los intelectuales y artistas por otro. Lenin era consciente de que los terrenos del arte son resbaladizos y semovientes y se prestan a polémicas interminables, sobre todo cuando no se tiene en cuenta la lucha de clases. Cuando Lenin escribió que “la literatura es lo que menos se presta a una igualación mecánica, a un nivelamiento, a un dominio de la mayoría sobre la minoría”, ¿qué quiso decir? ¿Quizá que Lenin viera en ellos, en los intelectuales, una “resistencia” -de clase siempre y el última instancia- a apostar claramente por las consignas de un partido -encima comunista- en menoscabo de su “libertad creativa“? ¿O que Lenin quería “someter” a la intelligentsia a la línea política del Partido? Ni una cosa ni otra. Lenin sabía del carácter pequeñoburgués y vacilante de los intelectuales -el propio Gorki o Lunacharski tuvieron dudas cuando las cosas “no iban bien”-, pero siempre tuvo claro que jamás cambiaría ni una coma de su línea y programa político para satisfacer ningún capricho o derecho burgués intelectual, léase la libertad de expresión entendida como algo absoluto y superior y por encima, no ya de las masas, sino de su vanguardia.

Más “simpático” y más “abierto”, o sea, menos “ortodoxo” y “monolítico”, según la jerga del revisionismo, ha pasado a la historia Trotsky, que algo y no poco escribiera sobre arte y revolución. Trotsky, en el “Manifiesto por un arte independiente” (escrito junto con el padre del surrealismo André Breton), aún admitiendo el establecimiento, en algún momento, de determinadas “medidas necesarias, temporales, de autodefensa revolucionaria”, una especie de diktat estético eventual y pasajero, afirmó que “todo está permitido en el arte”, que no se tiene que “ejercitar una dirección sobre la creación intelectual de la sociedad” en la cual, si bien las fuerzas productivas deben desarrollarse según un “régimen socialista de planificación centralizada”, para la creación intelectual, la revolución “debe, desde el principio, establecer y asegurar un régimen anárquico de libertad individual” (suponemos aquí la mano de Breton). Podría resumirse su postura de este modo: en economía, socialismo; en arte, burgués.

Contra la corriente ultraizquierdista de Bogdanov. coincidían Lenin y Trotsky en pensar que era absurda la empresa de “inventar una cultura proletaria” ex nihilo, o sea, desde la nada o que pudiera crearse en un laboratorio. Mientras Lenin consideraba el arte como un arma del Partido, Trotsky abogaría por la pretenciosa y pretendida autonomía del arte. Aquí está el debate y la contradicción imponiéndose en los terrenos de la izquierda clásica, socialdemócrata, revisionista o posmoderna, yo creo, las tesis trotskistas de carácter liberal-burgués. Podría decirse que existe, o existió, un antiintelectualismo muy propio de los países anglosajones, en especial los Estados Unidos con su filosofía pragmática -el pragmatismo- que desprecia “lo intelectual”, y otro de izquierda más consecuente que
“desconfía”, y no sin razón muchas veces, de los intelectuales y artistas en quienes ven mucho ego pequeñoburgués. . Del gran cartelista Josep Renau se decía que era un “pintor comunista” y él daba la vuelta a la frase alegando que no, que él era “un comunista que pinta”.

Para una concepción liberal del arte, éste supone una categoría suprema. El artista considera, en esta concepción, como primeros y últimos problemas las cuestiones formales del arte. Esto llevaría a la pintura abstracta (o a la poesía “pura“). Se considera la belleza como causa final del arte consistiendo la tarea del artista, simplemente, en crear -o producir- objetos bellos, es decir, consiste en decorar la existencia humana (léase burguesa). Y si de “firmas” hablamos, se trata de coleccionarlas o museizarlas.

Óscar Wilde, por ejemplo, quien propugnara una especie de “socialismo estético”, dirá que, para él, no hay obras morales o inmorales, sino obras bellas y no bellas. El escritor norteamericano, hoy olvidado, Upton Sinclair, diría a los que pensaban que el arte no tiene nada que ver con la moral, que el arte trata de cuestiones éticas, “puesto que no hay otras”. Para U. Sinclair el arte por el arte es una mentira: es la noción de que el fin del arte está en la obra de arte y de que la única tarea del artista es la perfección de la forma. Otra falacia para U. Sinclair sería el esnobismo artístico, la idea de que el arte es algo esotérico, mágico, reservado a la élite y fuera de la comprensión de las masas. En poesía hubo incluso movimientos, ciertamente minoritarios, que se jactaban de no ser entendidos por la gente y si, por algún albur, alguien les entendía, pensaban que algo habían hecho mal. Escribían para ellos mismos y sus cenáculos como diletantes, como una diversión casi deportiva. Hoy también se hace esto, sólo que sin perder de vista el mercado y las promociones de ventas, es decir, creando un “público” como algo “disponible” (available), que está ahí para ser moldeado y masajeado. Un público “líquido”.

Volviendo al tema de la autonomía del arte y la literatura, hay quien ve la obra de arte como una “nueva realidad” altamente autónoma en relación a la, digamos, realidad a secas. La autonomía de la obra de arte sería lo específico de una relación entre el artista y el mundo a través de su obra. Según esto, podría darse el caso de que un artista sea un profundo convencido del materialismo dialéctico y, sin embargo, no adoptar una “postura realista” en el arte. Se trataría del llamado “aguijón kantiano” que cita Sastre: “estamos de acuerdo en todo menos en el arte”.

Se llega a situar el arte como una provincia -ya lo hemos dicho- del conocimiento que es un criterio, como se decía en los años sesenta del siglo pasado, “contenidista”, ideológico, según el cual el juicio de una obra ha de establecerse en razón de la concepción del mundo “subyacente”. Desde este punto de vista -que es el de Lukács- del “contenido”, el problema del realismo en el arte y la literatura queda reducido al problema de determinar la “posición” de la obra en el debate ideológico. De modo que la legalidad propia del arte se dictaba en términos heterónomos (políticos, ideológicos). Luego estaría la posición “liberalizadora” de Roger Garaudy donde toda determinación del concepto poético de realismo desaparece para dar paso a la más cruda indeterminación. Para Garaudy, todo arte es realista porque trata de la realidad en definitiva, incluido un cuento de hadas, Kafka, lo fantástico o lo maravilloso de El Mago de Oz. Hay quien se sitúa -o eleva- fuera de estas dos posturas que se ven como “dogmáticas”, sobre todo la primera. En el fondo, a mi parecer, se trata de entender el marxismo -del que hasta puede reclamarse el artista o el crítico- como un corsé y casi una asfixiante camisa de fuerza que oprime la imaginación y la libertad creadora del artista. No se quiere ningún “ismo”.

El artista -se pretende como algo que nos recuerda los postulados de Trotsky aunque no se le cite- no es un médium ni trae ningún recado y no hay, en el arte, un “mensaje” previo. Las cosas no serían tan sencillas como parecen, sino aleatorias e incluso valdría invocar el principio de incertidumbre de Heisenberg según el cual el acto mismo de observar afecta a la estructura del objeto observado. A la tesis del “arte como conocimiento” se opondría la antítesis dialéctica de que el arte es-y-no-es conocimiento. Es “otra cosa”. ¿Qué cosa? No lo sabemos.

Cézanne -hacemos aquí una pequeña digresión- había rechazado la “impresión” (el impresionismo) -invadida de luz envolvente- a favor de una comprensión más profunda de la realidad. En su opinión, un cuadro debe vivir sólo por la fuerza de la pintura sin ayudarse de narraciones extraartísticas. Pero esto no quiere decir renunciar a captar por medio de la pintura el sentido de lo real. El cuadro es el resultado del conocimiento y la emoción al mismo tiempo, organizados por el artista en la imagen. Ya está aquí planteado el problema moderno de la autonomía del arte: el cuadro es un ente en sí con leyes absolutamente propias. Una metafísica.

II

La historia del arte sólo puede considerarse ciencia -seguimos aquí a José Fernández Arenas- desde el momento en que se establecen unos criterios estrictos y unos métodos para estudiar el objeto artístico, lo que no se da hasta el siglo XIX.

Es necesario prescindir de ideas abstractas y de cánones estéticos -como en la época de Wincklemann en pleno siglo XVIII, que inicia la posibilidad de una ciencia del arte, más objetiva, pero permanece prisionero del clasicismo griego- para prestar más atención al dato histórico artístico de la obra en sí misma. El historicismo del siglo XIX, el positivismo y el determinismo conducirán hacia el estudio del medio ambiente, de la técnica, de las formas que permitirían clasificar, ordenar y catalogar las obras de arte como se ordenan las especies vegetales porque, en el fondo, lo que primaba es la clasificación de las colecciones y los museos.

Tal vez haya que afirmar, con las reservas que sean pertinentes, que la historia del arte no puede ser una verdadera ciencia objetiva, sino que lo que hay es una crítica de arte simplemente interpretativa detentada por los capillismos, siempre discutibles y pendientes de verificación o del criterio de falsabilidad (o falibilidad) del más nihilista que escéptico K. Popper.

Aquí cabría preguntarse si el arte progresa. ¿Cuál es el “progreso” o el nexo que va de Velázquez a Mondrian, de los bisontes rupestres al “Guernica” de Picasso? Hay progresos técnicos y estilísticos (romper la perspectiva renacentista), pero ¿artísticos? Incluso se podría hablar de un “regreso” cuando se observan los garabatos de Miró. Los dibujos primitivos de bisontes, los ídolos, los murales bizantinos, se crearon para la magia o el culto. Los vitrales góticos o los murales de Giotto -que sería el primer pintor “burgués”-, tuvieron un origen extraartístico. El “Guernica” no es un cuadro “bello” ni Picasso lo quiso así. Alzaprimaba más el significado que, digamos, el valor estético o el goce de la pintura-pintura. Siempre decía que no se puede pintar lo que no hay frente a onirismos metafísicos. Picasso era un pintor realista (y francés de escuela).

Pero la cosa se complica si nos vamos a la autorreferencialidad que supone la tendencia hacia la abstracción desmaterializada donde, como en Malévich y su “Cuadrado negro sobre fondo blanco” (1913) “no se pintaba nada”. Ante tanta arbitrariedad, sólo parece quedar el criterio del gusto -como se ve, volvemos a lo mismo en lo que parece ser un círculo cerrado e irresuelto o vicioso- como una variable personal que, además, estaría condicionado por la moda, las circunstancias históricas, los prejuicios (“¿pero esto es una mujer?”, le preguntó una dama al Mattisse más fauvista, a lo que respondió: “no, señora, esto es un cuadro“), la educación artística o la carencia de ella.

El lábel aristocrático de Ortega y Gasset dividiría al público entre los que entienden de arte y los que no, o sea, entre la minoría elitista (incluido él, claro) y la mayoría mostrenca. Para Hegel, probablemente, el ideal del arte (que para él se había muerto con el final de la historia (burguesa)) sería la nada absoluta que se aproximaría a su entelequia quimérica (y platónica). Malévich sería hegeliano. Tampoco serviría el “consenso social”. Ni el relativismo ni el dogmatismo resistirían un examen en materia tan subjetiva y hasta arbitraria como es un juicio estético. Según Arthur C. Danto, un crítico estadounidense, “los museos, las galerías, pueden elevar un objeto cualquiera a la categoría de obra de arte”. El famoso mingitorio de Duchamp parece avalar este aserto.

Para los griegos la belleza corporal era un don divino. Las esculturas debían ser bellas como los dioses representados. De ahí se pasa -saltándonos siglos- al feísmo de una máscara africana o un grotesco goyesco. Para Danto, todo empezó con la actitud de los dadaístas que rechazaron la idea de la belleza por no someter su trabajo al gusto de una clase dominante que había llevado a la terrible y traumática carnicería de la I Guerra Mundial. Goya, que era un afrancesado, pinta escenas contra el invasor napoleónico y la barbarie de la guerra. Y, sin embargo, la contemplación de las ruinas griegas nos siguen admirando -nos dice Marx- a pesar de pertenecer a un modo de producción superado.

Una historia del arte como ciencia fija -volvemos a Fernández Arenas-, con unos principios, unos métodos propios y unos medios, que permitan llegar a conclusiones determinadas, no ha existido nunca. Y tal vez no llegue nunca a existir.

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