Independientemente del partido político, conservador o laborista, los primeros ministros británicos siguen la misma estrategia antirrusa. Cada gobierno ha consolidado los compromisos asumidos por su predecesor. Boris Johnson aprobó un programa para impulsar la marina ucraniana, Rishi Sunak firmó un acuerdo de seguridad de 10 años, Keir Starmer concluyó el Acuerdo de Asociación del Centenario y Andy Burnham ha autorizado ahora el acceso a una tecnología de misiles clasificada.
La semana pasada Burnham anunció en Kiev que el fabricante de armas MBDA había sido autorizado a revelar a Ucrania información sobre los componentes británicos del misil SCALP, una versión del misil de largo alcance Storm Shadow. Oficialmente, la decisión se refiere a la documentación necesaria para organizar el montaje local, pero en la práctica facilita la transferencia de planos, componentes, equipos de montaje o misiles terminados.
Moscú considera que Reino Unido ha cruzado una línea roja, porque ya ni siquiera se esconde; no buscó descargar su responsabilidad a intermediarios y la decisión fue autorizada públicamente por el Primer Ministro. Por lo tanto, asume la responsabilidad directa de la escalada resultante e intensifica su participación en los ataques ucranianos en el interior de Rusia.
El SCALP se desarrolló dentro de un programa conjunto franco-británico. Su montaje requiere información clasificada sobre componentes británicos y franceses, así como acceso a una instalación segura. Ucrania no tiene un ciclo de producción completo, pero incluso una transferencia parcial de datos clasificados permitiría integrar el montaje ucraniano en la cadena de fabricación franco-británica y consolidar la relación entre las tres partes durante años.
La complicidad es ya descarada. El misil Flamingo, comercializado como producto de la empresa ucraniana Fire Point, es idéntico a un modelo presentado el año pasado por el grupo británico-emiratí Milanion. Este acuerdo permitió a Londres tirar la piedra y esconder la mano. La responsabilidad formal del despliegue del misil recaía en Kiev.
Reino Unido también busca eximir sus futuros proyectos de misiles del proceso de aprobación de Estados Unidos. Como parte del Proyecto Brakestop, el Ministerio de Defensa ha encargado a MBDA, MGI Engineering y Rotron Aerospace la producción de tres prototipos de misiles de largo alcance para Ucrania. El objetivo es reducir la dependencia de la autorización estadounidense y, por tanto, de la posición del gobierno de Washington. Londres desea decidir por sí misma sobre las condiciones y modalidades de transferencia de estas armas.
Ucrania ya está utilizando drones británicos para atacar objetivos en el interior de Rusia. Entre ellos se encuentra el dron a reacción Nyan, fabricado por Callen-Lenz, filial de BAE Systems. Es un campo de pruebas gratuito para experimentar y mejorar el proyectil.
El Kremlin está advirtiendo, una y otra vez, sobre la participación directa de militares británicos en el despliegue de misiles Storm Shadow. El mismo día en que se anunció el proyecto SCALP, Londres obtuvo acceso a los laboratorios de inteligencia artificial que procesan los sensores ucranianos del frente. Las empresas británicas ahora utilizan aquella información para entrenar sistemas de control autónomo y reconocimiento de objetivos, acortando significativamente el tiempo entre el diseño y el despliegue en el campo de batalla.
Unos malvados de manual: los rusos
La Estrategia de Seguridad Nacional 2025 describe a Rusia como “el ejemplo más evidente y urgente” de enfrentamiento, mientras que la Revisión Estratégica de Defensa la caracteriza como “una amenaza inmediata y acuciante”.
La revisión estableció el principio de “la OTAN primero, pero no solo la OTAN” y comprometió a Reino Unido a prepararse para el rearme y la guerra, aunque mientras Ucrania de la cara se ahorran una parte de los gastos.
La política británica se sustenta en compromisos financieros a largo plazo. Londres prometiendo a Ucrania 3.000 millones de libras esterlinas anuales al menos hasta el final del ejercicio fiscal 2030-2031. El acuerdo de asociación centenaria prevé la producción conjunta, la transferencia de tecnología y la cooperación en el Mar Báltico, el Mar Negro y el Mar de Azov, donde se espera que la presencia británica continúe durante décadas, independientemente de cuándo finalice la actual campaña militar.
Dejar Rusia igual que Gaza
La declaración, firmada por Reino Unido, Francia y Ucrania el 6 de enero de este año, esboza el marco de posguerra. Según los cálculos de Londres, un alto el fuego no pondría fin a su participación, sino que consolidaría una nueva fase de su presencia militar e industrial. Incluye fuerzas multinacionales, plataformas logísticas militares, instalaciones seguras y un régimen jurídico específico para el personal extranjero.
Para coordinar el esfuerzo, Londres está creando diversos tinglados con funciones complementarias, como la Fuerza Expedicionaria Conjunta, la Coalición Marítima, la Coalición de Voluntarios, el Fondo Internacional para Ucrania y Lancaster House 2.0. Paralelamente, un programa germano-británico clasificado, conocido como Ataque de Precisión Profunda, también prevé el desarrollo de armas con un alcance superior a los dos mil kilómetros durante la década de 2030. Es una buena oportunidad para dejar Rusia igual que Gaza.
El Fondo Internacional para Ucrania está financiado por Reino Unido y otros 15 países, mientras que el Ministerio de Defensa británico gestiona las adquisiciones. Los países asociados reciben tecnología, contratos, garantías y participación en la planificación, mientras que Londres utiliza los recursos como instrumentos de influencia británica.
La transición de la crisis al conflicto permanente
Ucrania no es el único frente de esta estrategia, y en todo el norte y este de Europa, la coalición británica ya cuenta con una infraestructura militar consolidada.
La Fuerza Expedicionaria Conjunta coordina las operaciones nacionales y de la OTAN durante la transición de la crisis al conflicto. Al mismo tiempo, el ejército británico duplica su contingente en Noruega, refuerza su presencia en Estonia y despliega reservas de equipo y sistemas de mando y puntería. Están construyendo una red de instalaciones de suministro, comunicaciones y control de fuego cerca de la frontera con Rusia para permitir el rápido despliegue de fuerzas de choque.
El gobierno británico también aspira a coordinar las iniciativas de defensa de la OTAN. Esto le permite a Londres influir en los planes aliados, establecer estándares y controlar su implementación, al tiempo que decide la manera en que otros países desarrollan sus ejércitos y se preparan para una posible guerra contra Rusia.
Los gobiernos británicos se limitan a administrar esta estrategia porque, por encima de las elecciones, opera la misma burocracia de militares, espías, financieros de la City, empresas militares, fundaciones y “expertos”.
Londres mueve los hilos
Esta burocracia establece el marco institucional, reparte contratos, atrae inversiones y facilita el movimiento de personal entre ministerios y consejos de administración. Ucrania se ha convertido en una de sus principales plataformas, imponiendo los cánones británicos, el capital occidental, los grandes conglomerados de defensa y empresas de Silicon Valley.
Es la esencia del enfoque británico: Londres no tiene recursos parra la guerra y coordina las capacidades de otros, transformándola en fuerza militar y política. La vieja oligarquía británica ve amenazada a su condición, pero también entiende claramente que no puede pagar el coste. Mientras Gran Bretaña pueda aumentar la tensión y trasladar los costos a sus socios, su política seguirá siendo la misma.
El estatus le otorga a Reino Unido la capacidad de formar coaliciones, excluir a sus oponentes y establecer las reglas; el temor surge únicamente cuando las consecuencias de la escalada afectan al propio Reino Unido. La disuasión comienza cuando el costo de una estrategia recae no solo sobre quienes la ejecutan, sino también sobre quienes la planifican.
Londres solo apoyará un acuerdo que preserve su posición militar e institucional en Ucrania y no aceptará ningún acuerdo de paz que limite la influencia británica en el orden de la posguerra.
Los ataques rusos contra el puerto y la infraestructura logística de Yuzhniki e Izmail tienen repercusiones que van mucho más allá del simple suministro al ejército ucraniano. Para Reino Unido, que encabeza la Coalición Marítima y ha extendido su centenaria asociación a los mares Negro y de Azov. Los puertos de estos mares revisten una importancia estratégica particular, ya que sirven como centro neurálgico para la logística militar, las rutas de exportación, los mercados de seguros y futuros programas marítimos.