En la diplomacia burguesa no hay principios sino intereses: el caso de India

En febrero el Primer Ministro indio, Narendra Modi, visitó Israel. Fue el primero en dirigirse al Parlamento y recibió la Medalla del Presidente, un galardón inusitado para un dirigente extranjero. Las relaciones indo-israelíes se elevaron a la categoría de “asociación estratégica especial”, con 27 acuerdos bilaterales y un compromiso de coproducción de defensa.

India estuvo comprando petróleo ruso hasta que, a principios de año, Trump les castigó con unos aranceles del 50 por cien. Entonces empezaron a comprar el petróleo en los países del Golfo Pérsico.

Todo cambió dos días después de la marcha de Modi de Tel Aviv, cuando Estados Unidos e Israel iniciaron su agresión contra Irán. La reacción de India fue de un silencio ensordecedor: no condenó los ataques ni ofreció condolencias tras el asesinato del máximo dirigente iraní. Bajo la presión estadounidense, Nueva Delhi eliminó la financiación para el puerto de Chabahar, permitió el colapso del comercio bilateral con Irán y ofreció una respuesta tímida cuando una fragata iraní, que regresaba de ejercicios conjuntos con India, fue hundida cerca de Sri Lanka.

Modi había afianzado a India en el bando israelí-estadounidense y sus detractores lo interpretaron como una capitulación estratégica. Entre los socios de India en los Brics y la OCS —Rusia, China y, especialmente, Irán— los movimientos de Modi generaron desconfianza.

El petróleo lo ha vuelto a cambiar todo de nuevo; India vuelve al redil del que había escapado. La guerra contra Irán redujo el suministro, los precios se dispararon, la rupia se desplomó y Modi se vio obligado a instar a sus ciudadanos a apretarse el cinturón. Sin el petróleo del Golfo y con los aranceles estadounidenses encareciendo la alianza, India volvió sobre sus pasos, recurriendo de nuevo al crudo ruso. La crisis energética perturbó las alianzas de India: el acercamiento con Washington observado apenas unas semanas antes dio paso a un regreso a Moscú, obligado por el petróleo.

En la reunión de Organización de Cooperación de Shaghai (OCS) recién celebrada, India oficializó su viraje, firmando el acuerdo de Bishkek. Condena los ataques que se había negado a condenar en febrero y rinde homenaje a su máximo dirigente, a quien antes se había negado a llorar. El bloque israelí-estadounidense es demasiado costoso.

No obstante, también es cierto que Modi dio algunas patadas al aire. Dijo que los proyectos de conectividad deben respetar la soberanía y la integridad territorial, reiterando la negativa de India a respaldar la Ruta de la Seda y el corredor que atraviesa territorio reclamado por India. También instó directamente a Putin a abandonar la guerra interminable y lograr un alto el fuego en Ucrania.

India será la anfitriona de la próxima cumbre de los Brics en Nueva Delhi, que se reunirá los días 12 y 13 de septiembre. La declaración de Nueva Delhi arrojará más luz sobre la verdadera posición de India y revelará si el reajuste iniciado en Bishkek se mantiene.

Todo depende del petróleo

En la diplomacia burguesa no hay principios sino intereses y, en el caso de India, son petroleros. Los diez miembros de la OCS producen más de 20 millones de barriles diarios de crudo, lo que supone cerca de una quinta parte de la producción mundial, mientras la producción de la OPEP ronda los 27 millones.

Irán es miembro tanto de la OCS como de la OPEP. Excluyendo a Irán, la OCS aún representa aproximadamente dos tercios de la producción de la OPEP. Por su parte, con casi 11 millones de barriles diarios, Rusia produce por sí sola alrededor del 40 por cien de la OPEP y es el pilar de la producción energética de la OCS.

Este año las cifras son excepcionalmente bajas porque la guerra ha reducido la producción iraní y ha limitado significativamente el tráfico de petróleo en el Golfo a través del Estrecho de Ormuz. El volumen de crudo que transita por el Estrecho cayó de unos 21 millones de barriles diarios antes de la guerra a menos de 5 millones en la actualidad.

Lo más significativo es que varios pesos pesados ​​del Golfo pertenecientes a la OPEP —Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Qatar y Kuwait— no son miembros de la OCS, sino sólo oyentes, integrados en su órbita desde 2023. El bloque que recientemente defendió a Irán y condenó la guerra entre Irán y Estados Unidos está integrando gradualmente a los productores del Golfo de los que depende la OPEP.

La asimetría más importante radica en que la OPEP es un cártel de oferta, mientras que la OCS abarca ambos extremos del mercado petrolero. Sus miembros incluyen no solo a Rusia, Irán y Kazajistán en el lado de la oferta, sino también a China e India —el primer y tercer mayor importador mundial de petróleo crudo, respectivamente— en el lado de la demanda.

Ningún otro grupo reúne a los principales vendedores y compradores de petróleo. El compromiso de la declaración con una cooperación energética de la OCS para 2030, un consorcio energético propuesto para la OCS y la ampliación de los pagos en monedas locales son los primeros pasos hacia un proyecto de este tipo: un bloque de productores y consumidores que, con el tiempo, podría fijar precios y compensar una parte significativa del comercio energético mundial fuera del dólar y de la influencia de la OPEP. Este objetivo está lejos de hacerse realidad, pero es lo que confiere a la postura de India un significado característico.

La OCS controla casi cuatro quintas partes de la producción petrolera de la OPEP, los dos principales mercados de importación asiáticos y un número creciente de socios de diálogo del Golfo. India puede parecer oportunista y jugar a dos bandas. La firma de la Declaración puede que sea retórica, un brindis al sol. Lo que va definir la postura de India no van a ser papeles, ni firmas, ni declaraciones, sino el petroleo.

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