Prejuicios sobre la lengua vasca

Bianchi

Así titula el madrileño Juan Carlos Moreno Cabrera, catedrático de Lingüística General, un opúsculo del que resumiré sus ideas centrales.

Hay juicios y prejuicios. Los primeros se figuran sentencias firmes. Los segundos son peores: son sentencias verdaderas, consuetudinarias. Ambas letales y fulminantes, socialmente hablando, que no jurídicamente. También hay prejuicios lingüísticos de muy difícil erradicación. Tanto que determinan y condicionan actitudes y modos de comportamiento, v.gr: casticismos y «boronismos» (típico tópico costumbrista de vasco rural duro de mollera) de patulea variopinta.

Señala Moreno Cabrera al menos cinco prejuicios sobre el euskera o lengua vasca que, en el fondo, quieren desprestigiar la lengua madre de la nación vasca sin Estado. El primero dice que el euskara es una lengua muy antigua y arcaica. Es cierto que es antigua… como lo son todas. La lástima, para quienes la odian (en realidad se odia más a quien la habla que a la lengua misma), es que es una lengua que se habla, luego es una lengua contemporánea aunque sea preindoeuropea o ugrofinesa o caucásica o bereber (y no nos estamos choteando). Las lenguas romances, por ejemplo, como el castellano, surgieron del latín vulgar y no de la nada. No existe ni hay lengua nueva. Ni el papiamento. El esperanto o el volapuk son otra cosa, otra historia.

El segundo prejuicio expresa la idea de que el euskera es una lengua aislada perteneciente a una sola familia lingüística. Una especie de fósil sobreviviente, que diría Miguel de Unamuno, bilbaíno él y «euskaldunberri» (que aprendió el idioma vasco), para quien, antropomorfizando la lengua -rasgos típicos del positivismo finisecular de la época-, pedía honor y sincero embalsamamiento (sic) y exequias nobles (resic).

Dice el tercer prejuicio que todas las lenguas habladas se manifiestan en multitud de dialectos. Es cierto. Nos parece que el idioma inglés, pongamos por caso, es único (en la escuela) y, sin embargo, está fragmentado en centenares de variedades que incluyen no sólo los dialectos de Gran Bretaña, sino los que existen en África, América, Asia y Oceanía, o sea, lo que fue parte de su Imperio que, como dijera el malhadado, pero humanista, Nebrija, es acompañado por la lengua. Estaba tan en lo cierto que el dominio actual del inglés -como lengua de trabajo, ya que el chino lo habla más gente, pero dentro de la nación china, básicamente- lo prueba de forma irrefutable.

Unido estrechamente a este tercer prejuicio va el cuarto que, con mala baba y con balín, mantiene que el euskara estándar o euskara «batua» (euskera unificado por encima del euskera dialectal) es una lengua artificial (y quienes la hablan, deduzco, robots). También esto es cierto, en parte. Igual que no lo es menos (de cierto) que todas las lenguas actuales son estándares. ¿O qué fue, si no, la Real Academia Española de la Lengua, fundada en 1713 por Felipe V a imitación, como Borbón que era, de la francesa, sino el propósito de dictar -y «fijar, limpiar y dar esplendor»– normas reguladoras? Ni el español o castellano moderno estándar nació entonces ni el euskera en 1968 (año en que se verificó la unificación de la lengua vasca por «Euskaltzaindia» o Academia de la Lengua Vasca).

Y, por último, el quinto prejuicio que proclama que el euskera -siempre oímos esto- es difícil de aprender. No más que el alemán que uno estudiara con sus declinaciones de mozuelo. No -no es difícil- para niños que ni saben de declinaciones, pues ya mamaron la lengua en sus madrigueras vernáculas antes de ir a la escuela. Lo que me lleva a la coda contra el etnismo lingüístico que ni sabe lo que dice. Para mí tiene más mérito quien aprende algo, una lengua, verbigracia, que quien, sin esfuerzo, la mamó «ab initio» y «ab ovo». Y esto en todos los órdenes.

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