¿Pedagogía o pandemigogia?

La declaración de una pandemia por parte de la OMS en marzo de este año y la subsiguiente actuación de varios gobiernos del mundo cerrando las escuelas, condenando las personas adultas y menores a arresto domiciliario e impidiendo a los niños y niñas relacionarse entre sí, ha tenido, tiene y tendrá repercusiones importantes en el desarrollo mental de las criaturas.

Así lo afirman diversos estudios derivados de encuestas realizadas durante los períodos de arresto domiciliario. Aunque la inmensa mayoría de artículos publicados por profesionales de la psicología y psiquiatría no ponen en tela de juicio las órdenes emanadas desde los órganos ejecutivos y legislativos, sino que se limitan a recomendar lo que deben hacer ante posibles desórdenes de tipo emocional, cognitivo o funcional de los niños y niñas. Todos ellos tratan de explicar cómo convencer a las criaturas que “es por su bien”, cómo entretenerlos, cómo explicarles que no pueden ver a los abuelos o abuelas, cómo aprender a resignarse a estar encerrados, cómo explicar que no se trata de un castigo, etc., etc.

Pedagogía, paidagogeo del griego paidion “niño”, y agogos “guía, conductor”, ha tenido y tiene diversas interpretaciones a lo largo de la historia, de acuerdo a el sistema político-cultural imperante.

Algunas interpretaciones limitan esta ciencia a un mero instrumento técnico de “cómo” educar, otras de “qué enseñar”. Otras lo definen como un acompañamiento en el desarrollo integral, intelectual, físico, emotivo en el proceso del desarrollo de la personalidad, y entre estas últimas, dos grandes escuelas: las que prestan servicio a las clases dominantes y las que están al servicio del proletariado.

Podemos afirmar, sin lugar a dudas que los sistemas paidológicos oficializados en sociedades basadas en la propiedad privada, tienen por objetivo la reproducción del capital (Marx afirmaba que el capital no es una acumulación de bienes materiales, edificios, maquinaria, etc., sino una reproducción de las relaciones sociales en una escala siempre creciente). Dicho de otro modo, su objetivo es poder configurar una pequeña parte de las criaturas como futuros administradores del capital y otra mayor parte para que queden subordinados a él.

Tal operación paidológica se pone de manifiesto en los contenidos curriculares que definen lo que se tiene que enseñar desde la más tierna infancia, con independencia de los últimos avances de la técnica educativa utilizada. Ya advirtió, acertadamente Ferrer Guardia sobre ello: “Del mismo modo que han sabido arreglarse cuando se ha presentado la necesidad de la instrucción, para que esta instrucción no se convirtiese en un peligro, así también sabrán reorganizar la escuela de conformidad con los nuevos datos de la ciencia para que nada pueda amenazar su supremacía” (Francisco Ferrer Guardia. La Escuela Moderna).

Haciendo un breve repaso histórico dos grandes corrientes en el mundo de la pedagogía se han enfrentado tanto en el área capitalista como en lo que en su momento fue un intento de construcción del socialismo. En los sistemas capitalistas han aparecido diversas corrientes, ya sea impulsada por el pensamiento más liberal, anarquista o comunista. Podemos destacar la corriente liberal de la Institución Libre de Enseñanza de Giner de los Ríos en España, la pedagogía progresista de John Dewey o Georges Snyders, la pedagogía crítica de Paulo Freire o Peter McLaren, la proletaria de Celestine Freinet, la de Josualdo, Ponce, Vasconi… En fin la lista sería larga y no es el objetivo de este escrito. Tan solo apuntar que en la URSS ya desde los primeros años se desencadenó una intensa polémica en torno a un tipo de pedagogía que rompiera con la tradición progresista de la sociedad capitalista, por un lado la escuela experimental del Comisariado del Pueblo, dirigida por Schatzky y la instrumental promulgada por Kairov, siendo ésta última la que se impuso, con una pequeña excepción al finalizar la segunda guerra mundial en la escuela media de Pavlish dirigida por Vasili Sujomlinski. Asimismo en China, en 1957 se vivió un gran debate, por un lado los defensores de la “Pedagogika” de Kairov, cuyo máximo exponente fue Lu Ting-Yi, y los defensores de la revolución cultural. Al final se impusieron las teorías de Liu Shao-Chi y Lu Ting-Yi.

Frente a las recomendaciones conductistas de los profesionales de la enseñanza o la psicología, Sujomlinski señala: “No se puede concebir la escuela en un ambiente artificialmente creado de asepsia ideológica. Alrededor del niño o adolescente bulle una vida compleja y contradictoria, a menudo aquel se encuentra en la encrucijada de diversas influencias. Y lo que hay que hacer no es ponerle a cubierto de influencias ajenas, sino enfrentarlo a ellas, obligar a su pensamiento escudriñador a analizar autónomamente los fenómenos y las situaciones de la vida”. Añade posteriormente: “No admitimos que el maestro se aficione a estos procedimientos de la enseñanza acelerada basados en la opinión de que la cabeza del niño es un mecanismo electrónico capaz de asimilar sin interrupción. El niño es un ser vivo y su cerebro, un órgano sumamente fino y tierno que hay que tratar con cuidado y prudencia… En el juego se revela ante los niños el mundo, se revelan las aptitudes creativas de la personalidad. No hay ni puede haber sin juego un desarrollo mental pleno. El juego es una inmensa ventana por la que penetra en el mundo espiritual de los niños un torrente vivo de ideas y conceptos sobre el mundo circundante. El juego es la chispa que enciende el fuego de la curiosidad y el ansia de saber… ¿Qué significa ser un buen maestro? Un buen maestro es ante todo una persona que ama a los niños, que encuentra alegría en la comunicación con ellos… Cuando el horizonte del maestro es infinitamente más dilatado que el programa escolar, cuando el conocimiento del programa no ocupa el centro del cerebro, sino que queda allá por algún lado de los sectores activos de la corteza cerebral, entonces, y solo entonces, llega el maestro a ser un auténtico artista, un poeta del proceso pedagógico… La dirección de una escuela es, en primer lugar, dirección pedagógica y, allá en último lugar, dirección administrativa” (Vasili Sujomlinski. Pensamiento pedagógico. Progreso 1975).

Estas consideraciones de Sujomlinski vienen al caso de la situación de terror social propiciado desde el gobierno, pero lamentablemente asumido, e incluso magnificado por los representantes de la llamada comunidad educativa. Haciendo un pequeño repaso a las propuestas y reivindicaciones de los sindicatos de la educación, es de lamentar que su gran preocupación sea garantizar la salud del personal educativo, la rebaja los ratios de alumnado por clase, la contratación de más personal, etc. ¿Pero y los niños y niñas? ¡Ah!, éstos pueden ser peligrosos, tal como se queja Manuel Pulido responsable de educación de Comisiones Obreras: “Estamos muy indignados, no podemos confiar en las instituciones, nos obligan a convertirnos en un foco de rebrotes”. Opiniones semejantes son las expresadas por los demás sindicatos de la enseñanza cualquiera que sea su orientación política, priorizando sus intereses corporativos por encima de cualquier reflexión pedagógica con sensibilidad humanista. Otra central sindical lo expresaba de forma similar: “No entendemos que la prevención sea la principal directriz en todos los ámbitos de la sociedad («distancia-manos-mascarilla») pero que estas ideas de máxima prevención no se apliquen en la educación… Hacer pruebas periódicas a todo el personal de los centros y a los alumnos. Haría más eficaz y rápido el sistema de detección y aislamiento de casos. Hay que tener en cuenta que la mayoría de niños son asintomáticos, que en un centro educativo puede llegar a haber cerca de 1.000 personas a la vez y que, por lo tanto, puede haber un gran contagio dentro de un centro sin que nadie se de cuenta, que se extenderá al exterior sin control (padres, abuelos, amigos…). Por eso son del todo necesarias las cribas periódicas para detectar positivos”.

Tal vez en lugar de mirar tanto la televisión podrían leer algunas referencias como por ejemplo en British Medical Journal “Large volume screening at a time of low prevalence has the potential to do more harm than good and some of these strategies should be temporarily suspended” (https://www.bmj.com/content/369/bmj.m1808/rr-22). Los científicos recomiendan, en consecuencia, que los gobiernos pongan fin a los tests masivos, porque carecen de sentido en este momento, ya que contribuyen a crear la ilusión de una epidemia y dan lugar a medidas contraproducentes.

Afirmaciones como las enunciadas por los sindicatos de la enseñanza de atribuir a las criaturas el contagio de sus padres y abuelos, y con ello la posibilidad de su muerte a tenor de las noticias propagadas por los medios de comunicación, es propio de mentalidad enfermiza, de patologías relacionadas con el “delirium tremens” o peor, implementando y divulgando una idea de culpabilidad del mal devenir de sus familiares, lo que aboca a las criaturas a una sensación de terror al pensar en que ellos serían los culpables, creando una relación causa-efecto respecto de la posible muerte de sus abuelos o abuelas, padres, madres o amigos y amigas, cuando a ellos les clasifiquen como “contagiados” por indicadores carentes de certeza.

Maestros de Wikipedia, de TVE, dóciles funcionarios prejuiciosos y sin el conocimiento necesario para realizar una reflexión en torno al mundo de la biología, a sus diferentes concepciones, incapaces de distinguir entre síntoma, signo y síndrome, entre asintomatología, presintomatología y sintomatología, sin saber explicar más allá de la repetición, como loros, del discurso administrativo… Quienes realizan estas afirmaciones sobre la prevención y la seguridad, deberían buscar trabajo en alguna empresa de trabajo anodino y rutinario desvinculado de las relaciones personales, pero no en el mundo de la pedagogía.

El Presidente del Colegio de Biólogos de Euskadi, ha publicado un informe en el que sostiene que los casos asintomáticos de Covid-19 no contagian. “La utilización del término asintomático puede inducir a equívoco con el de «presintomático». El asintomático “no contagia”, el presintomático “muy difícilmente contagia” (se tendrían que dar unas condiciones de relación personal más bien en intimidad) y el sintomático “es difícil que contagie en el exterior”.

Ni un solo interrogante sobre la capacidad inmunizadora de las criaturas, si no padecen alguna patología confirmada, ni una exigencia sobre la necesidad psico-afectiva y de relación humana. Tan solo la preocupación de su estatus docente. Nada nuevo, son funcionarios o funcionarias, y el diccionario define perfectamente que es: “Funcionario: empleado que está al servicio de la administración pública”, algo muy distinto de pedagogo/a que es estar al servicio de las criaturas, por lo tanto no es de extrañar que transmitan el mensaje infodémico emanado de dicha administración pública.

Tal vez habría que plantear en el sistema educativo la sustitución de los funcionarios por pedagogos que tengan como prioridad la relación estrecha vital, física, emocional con las criaturas y, para ello, ser capaces de discernir entre los diversos discursos políticos y científicos alrededor de la apocalíptica pandemia. Si bien es cierto que hay auténticos pedagogos y pedagogas, con amplios conocimientos más allá de los contenidos curriculares dedicados a la enseñanza científica del acompañamiento vital de las criaturas en edad escolar, sus voces quedan censuradas, apagadas por el corporativismo profesional del funcionariado.

“La escuela, en efecto, ha sido siempre el reino de lo cognitivo. Al entrar, a profesores y alumnos se les ha preguntado: ¿qué sabes? A la salida se les ha vuelto a preguntar: ¿qué has aprendido? Pocas veces se pregunta, a unos y a otros: ¿qué sientes?, ¿eres feliz?, ¿sabes expresar tus emociones?, ¿sabes captar las emociones de los demás? Las trabas son la rutina, que es el cáncer de las instituciones, la falta de formación emocional de los docentes, la presión institucional y social sobre el currículum académico. No se puede dar lo que no se tiene” (Santos Guerra: «Una pantalla no es la escuela, la dimensión socializadora exige presencia») ¿En qué han pensado los funcionarios del sistema educativo cuando proponen tomar la temperatura a cada escolar antes de entrar a clase? ¿Se imaginan la sensación de una criatura a la que se le detectan dos o tres décimas por encima de “lo establecido” que se la aparte de los demás como si fuera apestosa? ¿Piensan cual será la reacción de los amigos o amigas a los que se les embrutece su cerebro advirtiéndoles de no acercarse a su amigo o amiga porque alguien dice que “está infectado”? ¿Han pensado lo que la palabra infectado, dicha sin el más mínimo rubor, puede suponer en el consciente y subconsciente de una criatura?

Si en relación a los contenidos de la enseñanza, no dudan en aplicar humildemente los contenidos curriculares emanados de una corrupta Administración al servicio de las clases dominantes, aplican también las órdenes cívico-militares de la guerra contra un fragmento de ARN, en vez de explicar de forma sencilla y clara lo que es un virus, su estructura, su diferencia respecto a una bacteria u otros organismos unicelulares, cuántos millones de virus respiramos y expelemos cada vez… en qué momento pueden causar enfermedad, por qué, cómo debemos cuidar nuestro cuerpo y nuestras emociones… En definitiva, hablar de salud que es la forma natural de los seres humanos, en lugar de transmitir que somos un foco de enfermedad y muerte, lo cual es totalmente falso.

Josualdo, en su trabajo inicial como maestro, se sintió obligado a hacer una fundamental opción: “…o yo respondía con mi trabajo a los intereses de la empresa explotadora de la región (…) o a las necesidades e intereses de los habitantes de la aldea, en su mayoría, obreros y gregarios de la Empresa (…) Desde luego, me decidí por la aldea y los habitantes, porque allí empecé a tener una nueva medida de mis relaciones humanas y el verdadero concepto de las contradicciones sociales que vivía” (Jesús Aldo Sosa Prieto. Vida de un maestro. 1935).

Cuando los asalariados de la enseñanza no recapacitan sobre su labor, mientras el trabajo pedagógico no deje de ser un “modus vivendi” para cualquiera que apruebe unos exámenes, mientras los pedagogos no hagan una apuesta clara de intereses a los que sirven, la destrucción del espíritu crítico y del contenido ético y emocional sobre lo aprendido por las criaturas está asegurada.

La pandemia política y económica, que no un microscópico virus, ha puesto al descubierto la degradación de la sociedad en la cual vivimos. Es más necesario que nunca preguntar qué otro tipo de sociedad queremos, si estamos dispuestos a luchar para conseguirla, y, entonces podremos abordar el tema educativo cuya única preocupación sean las criaturas para ayudarlas a crecer, pensar y actuar de forma crítica con el estado de las cosas.

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