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Rehenes políticos

Nicolás Bianchi

La lucha armada de ETA y, por extensión, la del segmento más concienciado políticamente del pueblo vasco, no ha sido tanto –a mi juicio- la brega por la liberación nacional, puesto que Euskal Herria nunca ha sido una colonia de la “metrópolis” española, como la permanente denuncia, empleando vías armadas o pacíficas, de una nación sin Estado que grita su derecho a la autodeterminación y, en su caso, la independencia y, por ende, a formar un Estado. El carácter que adopte este futuro Estado es ya otro cantar que sólo la lucha de clases, en primer término, aparte otros factores, decantará (más que una “sociedad” indiscernible).

En Euskadi no se han enfrentado, militarmente hablando, dos ejércitos. Si así fuera, los militantes de ETA hubieran ido uniformados para enfrentarse a un enemigo que SÍ va uniformado como las FSE. He aquí una diferencia. Otra es que un voluntario de una organización armada que aspira a la independencia de su pueblo –ahora sí cabe hablar de liberación nacional o MLNV- o a la revolución política (que implica la social), está dispuesto a matar y morir por su causa, que no es cualquier causa sino la más democrática de todas, es decir, el derecho a decidir de la población de un territorio geográfico y un marco político concreto y no otro, mientras el ocupante, el invasor, el que oprime nacionalmente a un pueblo determinado, quien va uniformado, quien representa una autoridad “política” ilegítima por antidemocrática y fascista, está dispuesto a matar pero no a morir, ah, esto no. Y ello porque no tiene ninguna causa que defender salvo la de una soldada, esto es, un interés particular frente a una causa desinteresada exceptuando unos objetivos políticos por los que se juega la vida que la hipócrita burguesía tanto consagra otrosí sus piscinas. En conclusión: el carácter político del enfrentamiento armado lo da el enemigo que disimula tal carácter llamando “terrorista” a quienes se resisten a la opresión. Esto ha pasado toda la puta vida y no digo nada nuevo. Para ello, como es sabido, cuentan con la maquinaria propagandística para cloroformar y lobotomizar a eso que llaman la “opinión publica”. Conviene recordar estas cosas, pinten bastos o la ocasión la pinten calva, salvo que estemos hablando de otra cosa. Como también conviene no olvidar –otra diferencia- que ETA (o los GRAPO en su día) que no es un ejército uniformado, no hace prisioneros uniformados del enemigo ni tiene cárceles ni territorios liberados, no es –no era- una guerra convencional (hoy ninguna lo es), aunque me hablen de “cárceles del pueblo” y secuestrados, pero no es lo mismo, mientras que las fuerzas de ocupación invasoras y uniformadas, sí. Que me demuestren lo contrario.

Pues bien, si es verdad, como se viene diciendo, que vivimos nuevos tiempos de cambio de ciclo, es preciso poner en primer lugar y no posponer la lucha por la excarcelación de todos los presos políticos vascos y no vascos. Especialmente los más chantajeados, o sea, los que están enferm os o han cumplido sobradamente su condena. Ellos son la verdadera memoria histórica de los pueblos. Y las auténticas víctimas directas de la opresión terrorista.

Los escritos de Marx sobre el colonialismo

Juan Manuel Olarieta

La burguesía nacionalista, especialmente en Latinoamérica, siempre ha deplorado los escritos de Marx y Engels relativos a la colonización, que consideran como un apoyo al expansionismo europeo, un embellecimiento fruto de una supuesta deformación eurocéntrica que llevó a los fundadores del socialismo científico a convertirse en unos vulgares apologistas de las conquistas y el saqueo del Tercer Mundo.

Es típico de la obnubilación patriotera que considera siempre mejor lo autóctono que lo foráneo: aquí estábamos muy bien hasta que desde fuera llegaron los colonos (o los emigrantes). Los males de una nación siempre proceden de fuera. Los extranjeros son tanto peores en cuanto que los nacionalistas son capaces de vestir lo propio con las mejores galas. En el caso de la colonización, las críticas a la rapiña siempre han solapado la verdadera situación previa a la conquista. Los nacionalistas han creado la falsa impresión de que los problemas de la India, por ejemplo, empiezan con la colonización británica. A veces los problemas también acaban con la propia colonización.

Ellos nunca reconocerán la evidente superioridad (tecnológica, económica y militar) de los colonialistas, ni que la relativa facilidad con la que se extendió el colonialismo en todo el mundo fue -en parte- consecuencia de la profunda descomposición de las sociedades locales, que distaban mucho de ser idílicas. Por ejemplo, en el caso de la India, dice Marx, antes de la llegada de los británicos el asesinato era uno de los «ritos religiosos».

Poner de manifiesto esos aspectos no disimula en absoluto los horrores y crímenes en masa que el colonialismo desencadenó en África, Asia y América. Es necesario hacerlo así para comprobar la manera sesgada en que, a diferencia del proletariado, la burguesía expone la historia.

En sus artículos Marx no escribió postales a la manera turística sobre los parajes exóticos de la India. Se interesó por la sociedad y profundizó en su historia anterior, lo cual no está nada mal para un subcontinente que carecía de ella, es decir, de historia, debiendo recordar a la burguesía nacionalista que Marx precisa que se trata de «historia conocida», o sea, que Marx trata de conocer algo desconocido y es de los pocos que en aquella época -lo mismo que en la actualidad- se interesan por ello y no por monumentos de piedra como el Taj Mahal.

Para tratar de reconstruir la historia de la India Marx se remonta a los tiempos en que fue presa de conquistadores extranjeros, como los árabes, los turcos, los tártaros o los mongoles: «Lo que llamamos historia de la India no es más que la historia de los sucesivos invasores que fundaron sus imperios sobre la base pasiva de esa sociedad inmutable que no les ofrecía ninguna resistencia». En la medida en que la dominación no encontraba resistencia, a los conquistadores les interesaba preservar la sociedad tal cual la encontraron, hasta el punto de que los de fuera acabaron siendo asimilados por los de dentro, lo cual Marx califica como una la ley «inmutable» de la historia: «Los conquistadores bárbaros son conquistados por la civilización superior de los pueblos sojuzgados por ellos».

Al llegar los británicos la India estaba envuelta en una guerra interna, «y mientras todos luchaban contra todos irrumpió el conquistador británico y los sometió a todos». Tras la colonización, dice Marx, la India pasó de un «despotismo asiático» a un «despotismo europeo cultivado» que, además, fue «infinitamente más intenso» que el anterior. El despotismo británico, dice Marx, mantuvo «esclavizada» a la India «con ayuda de un ejército hindú sostenido a costa de la misma India», algo que los nacionalistas tampoco suelen reconocer: la colonización es imposible sin la pasividad e incluso el apoyo de una parte -al menos- de la población local y los sectores sociales que la dirigen.

En la época en la que se escribieron los artículos de Marx sobre la India, hacia 1850, resultan extraordinariamente sorprendentes porque no se dirigían al lector europeo, sino al americano, que sólo 60 años antes también había padecido los estragos del colonialismo británico. Salvo los aficionados a la geografía y las exploraciones, nadie conocía (y menos en Nueva York o Chicago) aquel lejano país poblado por nativos sometidos a la esclavitud, férreamente divididos en castas que apaciguaban su rebeldía con ancestrales supersticiones místicas.

Pero el colonialismo británico tuvo un aspecto diferente de todas las conquistas que hasta entonces se habían impuesto en la India: los invasores no fueron absorbidos por la sociedad local, convirtiéndose en «los primeros conquistadores de civilización superior a la hindú» hasta el punto de que, precisamente por ello, «resultaron inmunes a la acción de esta última».

Marx tenía razón: es una verdadera la ley «inmutable» de la historia. Lo mismo que los demás «pueblos sin historia», también la India estaba destinada a convertirse en una «presa fácil» para cualquier agresor que se dignase fijar su atención en el país. Había sido conquistada por los británicos del mismo modo que antes lo había sido por otros pueblos, un fenómeno que no se puede entender de una manera unilateral sino en toda su amplitud, como un proceso contradictorio y paradógico de destrucción y construcción a la vez: «Las páginas de la historia de la dominación inglesa en la India apenas ofrecen algo más que destrucciones. Tras los montones de ruinas a duras penas puede distinguirse su obra regeneradora. Y sin embargo, esa obra ha comenzado».

En contra de lo que afirman los patrioteros, Marx describe con una claridad pasmosa tanto la destrucción de la sociedad tradicional hindú como su contrario, la construcción de otra nueva sociedad sobre las ruinas de la anterior. Si los nacionalistas no estuvieran tan cegados por sus prejuicios de clase, deberían interesarse especialmente por lo que Marx expone al respecto: paradógicamente el colonialismo británico puso (impuso más bien) los cimientos para edificar «la unidad política de la India» y, por consiguiente, para que el país pudiera lograr su independencia. La espada británica -escribió Marx- es la primera condición para la regeneración de la India, que se fortalecerá y perpetuará con aportaciones como el ferrocarril o el telégrafo eléctrico: «El ejército hindú, organizado y entrenado por los sargentos ingleses, es una condición sine qua non para que la India pueda conquistar su independencia y lo único capaz de evitar que el país se convierta en presa del primer conquistador extranjero».

La torpeza de los nacionalistas queda al descubierto sólo con tener en cuenta que Marx aludía a la independencia de la India con un siglo de antelación, algo que parecía impensable a mediados del siglo XIX. Pero hace ya mucho tiempo que la India logró su independencia, y lo realmente sorprendente es que los independentistas sigan sin querer aprender de la historia real y prefieran inventarse otra diferente.

Tinto de verano

Nicolás Bianchi

En una sociedad dividida en clases, al margen de la mayor o menor agudización de lucha de clases que haya entre ellas, lo que existe, objetivamente, son los intereses distintos y contrapuestos y su expresión político-ideológica traducida en principios políticos. Podrá haber diferentes niveles de lucha de clases en su desarrollo, pero jamás desaparecerá la misma (ni siquiera bajo el socialismo, véase China) justamente porque lo que hay es lucha entre contrarios y no armonía, como quería el socialismo utópico bienintencionado. No se trata, por supuesto, de que el obrero, cuando acude al tajo, le ladre al patrón y le recuerde su condición de explotador y vampiro de la sangre trabajadora. No haremos caricatura. Normalmente ocurre lo contrario, es decir, el asalariado, sabedor de que no es dueño más que de su fuerza de trabajo pero no de los medios de producción que son propiedad del empresario capitalista, se humilla y calla hasta que la situación se le hace insostenible y busca la unidad de la clase obrera y trabajadora tratando de organizarse como mejor modo de enfrentar el modo de producción capitalista que se defenderá pagando a esbirros uniformados y aristócratas con overol (buzo). Porque no es cierto que el empresario sea un “trabajador”. Éste, sea pequeño o grande, invierte un capital con la única idea de obtener una ganancia, un beneficio, lo que parece lógico, sí, pero a costa del sudor de sus empleados que son los que realmente trabajan y son productivos. Sin mano de obra no hay capital que valga. Y es porque las relaciones sociales de producción son capitalistas que existe explotación de las clases trabajadoras y la extracción de plusvalía, independientemente, pero no sin influjo, del desarrollo de las fuerzas productivas. No se me escapa que este “sermón” ya no está de moda y suena jurásico, pero todavía es hoy el minuto en que nadie, en lo fundamental, puede refutármelo. Nadie salvo los monos que se vistan de seda.

Como ven, me puse conferenciante, homilético, impertinente. Y esto en estío, en tiempo de verano, de relax. Lo siento, pero me importuna oír decir –cambio ahora de registro- de alguien que, si sale elegido en unos comicios, gobernará para todos, ”los que me votaron y los que no”. Esto es falso, mendaz. En un régimen de partidos políticos se es partidista. Si, por ejemplo, Bildu decide allá donde ganó por mayoría, quitar la bandera española y colocar sólo la ikurriña, eso es un acto partidista que no busca, ni siquiera aunque lo pretendiese, contentar a todos, precisamente porque… es imposible. Y no tanto por la decisiva lucha de clases, que no siempre está en primer plano en según qué tipo de sociedades, como por la defensa de unos principios políticos que responden a clamores populares. El rival –el enemigo si nos ponemos schmittianos- haría exactamente lo mismo en sentido contrario.

En la sociedad de clases siempre se gobierna contra alguien igual que nunca llueve a gusto de todos. La cuestión es saber quienes son la mayoría y, por supuesto, quién detenta el poder. Quién oprime y quién está oprimido. Y quién se deja oprimir para conservar la piscina.

Ni leninismo ni liberación nacional

Juan Manuel Olarieta

En un reciente artículo un militante de Primeira Linha, Mauricio Castro, tergiversa las concepciones marxistas sobre las naciones y las luchas nacionales para exponer las suyas propias, que son las de la burguesía nacionalista. Por mi parte no voy a seguir su mismo proceder, es decir, no voy a tratar de exponer lo que la burguesía sostiene acerca del problema nacional. De lo que se trata aquí es de restaurar el pensamiento de Marx y Engels al respecto.

En la cuestión nacional Marx y Engels expresaron el punto de vista del proletariado que, como no podía ser de otra forma, es el opuesto al de la burguesía y, por consiguiente, también es un punto de vista opuesto al que Castro y su grupo defienden. Los intentos de Castro por disimular la naturaleza de clase de las posiciones nacionalistas como si fueran las de Marx y Engels son paralelas al intento opuesto, es decir, a hacer pasar a Marx y Engels como nacionalistas y, en definitiva, como burgueses.

Los movimientos nacionalistas que pretenden apoyarse en el marxismo padecen la ilusión de analizar la historia desde el punto de vista nacional, incluso a veces de manera exclusiva, de tal forma que en la historia no son capaces de ver otra cosa que naciones, problemas nacionales y luchas nacionales. Para ello Castro asimila la lucha de clases a la lucha nacional cuando afirma que la explotación, la opresión y el dominio de unas naciones sobre otras constituyen un aspecto de la misma totalidad social y universal.

En definitiva, para la burguesía nacionalista las luchas nacionales son el motor de la historia. Pero ocurre que el marxismo sostiene todo lo contrario y fundamenta la historia sobre unas bases científicas diferentes, de tal manera que a partir de aquí es imposible entenderse siquiera porque no se trata de que la burguesía y el proletariado tengan una concepción distinta de los movimientos nacionales sino una concepción distinta de la historia, de toda la historia, y es obvio que las naciones y las luchas nacionales no son otra cosa que una parte de la historia.

El punto de vista de la burguesía que tan claramente expone Castro es el opuesto al punto de vista de Marx y Engels. Por eso, como él bien dice, en Marx y Engels la cuestión nacional «no fue un tema central» y también por eso mismo tuvieron una «comprensión parcial» del fenómeno nacional y del nacionalismo. Lo que Castro no acaba de rematar, porque su punto de vista de clase se lo impide, es aclarar cuál fue el «tema central» de Marx y Engels, es decir, el hilo conductor a través del cual analizaron el problema nacional que, como es bien sabido, son las clases y la lucha de clases.

No obstante, según confesión propia, Castro no pretende centrarse exactamente en Marx y Engels sino en Lenin, con lo que pone de manifiesto el nudo de este asunto, que también tiene una naturaleza de clase porque la esencia del leninismo conduce a defender que en las condiciones del imperialismo el proletariado debe ponerse al frente de los movimientos nacionales, es decir, que quien debe dirigirlos no es la burguesía sino el proletariado.

El nuevo aspecto que las luchas nacionales adquieren bajo el imperialismo es lo que ha conducido a que, como en el caso de Castro, la burguesía trate de disfrazar sus posiciones de clase con los ropajes del marxismo, o dicho de otra manera: cuando los grupos nacionalistas, como Primeira Linha, se disfrazan de marxistas, lo que tratan es de que la burguesía siga dirigiendo la lucha contra la opresión nacional, poniendo al proletariado bajo su batuta. El nacionalismo y la lucha nacional son la coartada para que el proletariado siga sometido a la burguesía.

El planteamiento marxista-leninista es justo el contrario: el proletariado dirige los movimientos nacionales con su propia organización de vanguardia, con su propia ideología y su propio programa, que es una parte de la revolución socialista. Las posiciones leninistas se enfrentan a las pretensiones de la burguesía de dirigir al proletariado y pretenden todo lo contrario: dado que la lucha nacional es una parte de la lucha contra el imperialismo y dado que en las condiciones del imperialismo la burguesía no puede dirigirla, la única clase capaz de dirigir los movimientos nacionales es el proletariado.

Son, pues, dos posiciones diametralmente opuestas. En el caso de grupos como Primeira Linha la burguesía trata de dirigir al proletariado; en el caso de los comunistas, es el proletariado quien trata de dirigir a la burguesía. A partir de aquí se desprende todo lo demás: mientras proletariado dirige de una manera transparente y no oculta sus objetivos, la burguesía se hace pasar por lo que no es, tergiversa, manipula y retuerce la historia para que se acomode a sus pretensiones. Esa es la esencia del artículo de Castro, cuyos ataques no se ciñen a Marx, Engels y Lenin, sino que se extienden al conjunto de los dirigentes más destacados del movimiento obrero y comunista internacional.

Por mi parte creo que bastará con poner un ejemplo para ilustrar lo que Castro considera como una de esas «contradicciones» de Marx y Engels en su planteamiento de la lucha contra la opresión nacional. Cuando Hungría se independizó de Austria tras la revolución de 1848, Marx y Engels apoyaron al movimiento independentista húngaro. No obstante, de manera inmediata los checos se levantaron a su vez contra los húngaros para lograr exactamente lo mismo, pero Marx y Engels se opusieron esta vez a las pretensiones de los checos.

¿Por qué? La explicación la dieron Marx y Engels y conduce a aclarar algo que los nacionalistas ni quieren ni pueden: el movimiento nacionalista checo estaba dirigido por el zarismo, uno de los focos más importantes de la reacción europea en aquella época. Pero la burguesía analiza las luchas nacionales «en sí mismas», ocultando todo lo demás, como si fueran entes metafísicos porque eso le permite un doble juego. El primero es sacar adelante su propia estrategia: utilizar al movimiento nacional para sus propios intereses de clase. El segundo es tratar confundir diciendo que los ataques a la burguesía son ataques a la nación o a la lucha nacional.

Fuera de las clases y de la lucha de clases, los movimientos nacionales no son nada más que una abstracción puesta fuera de contexto y, por consiguiente, de la historia. Se puede decir aún más claramente, para que no quepan dudas: extraer a un movimiento nacional de la historia es una manipulación. Si, como hace Castro, se extrae no sólo uno sino todos los movimientos nacionales de la historia para criticar a los comunistas, el asunto alcanza cotas de aberración que sólo son posibles en la clase social a la que pertenece el autor del artículo.

La coherencia de clase no tiene nada que ver con la incoherencia nacionalista que los burgueses como Castro han creído encontrar en Marx y Engels. Esa coherencia es la misma con la que el marxismo analiza cualquier otro movimiento social y consiste en preguntar: esa lucha, ¿quién la dirige? Es lo mismo que preguntar: esa lucha, ¿hacia dónde se dirige?, o ¿contra qué o contra quién se dirige? Si se obtiene respuesta a la primera pregunta, se obtienen también a las demás. Por lo tanto, si el movimiento nacional lo dirige la burguesía, la opresión nacional no se va a acabar nunca porque la burguesía no es hoy la clase social capaz de resolverlo, como el artículo de Castro pone de manifiesto. La burguesía no es la solución a la opresión nacional sino parte de esa misma opresión.

(*) Mauricio Castro, Leninismo y liberación nacional, http://www.lahaine.org/index.php?p=79113

Los puntos sobre las íes

Nicolás Bianchi

Hay veces en que, no por sabido, se olvidan los glacis o meollos. Por ejemplo, el paro laboral. Y su obscena utilización como arma arrojadiza puramente electoral. El PP usa la alta cifra de desempleo contra el gobierno del PSOE como si éste fuera el culpable del mismo. Y no el modo de producción capitalista. Un capitalismo en crisis estructural y no coyuntural. Los tiempos de bonanza –como la “industria del ladrillo”– son la excepción y no la norma. En los años 80 tuvo que ser el PSOE quienes gestionaran las brutales reconversiones industriales pues que con un gobierno del PP hubieran sido imposibles y poco menos que se hubiera tomado el Palacio de Invierno. Para el trabajo sucio, mejor la “izquierda”, el PSOE. Hoy ocurre algo similar sólo que el PSOE también está desacreditado. La crisis actual no sería mejor “gestionada” –un término impúdicamente mercantil como si fuéramos grey en manos de oficinistas- por el PP que por el PSOE: el problema es el capitalismo siendo estos partidos parte del problema. Y ello porque están en el mismo barco y viven del mismo cuento.

Como también es una falacia decir que el paro es un “problema” y no una solución para el capitalismo. Es cierto que preferirían un 10% de paro permanente al 20% que sufren, pero no tanto por esa cifra en sí sino por las repercusiones desestabilizadoras para el sistema que pudiera haber. El ”ejército de reserva” de los parados siempre fue un exutorio, un alivio, para el Capital, como decía Marx. Eso frena los salarios.

Marx también decía que, hablando del trabajo enajenado, el obrero es más pobre cuanto más riqueza produce. Un trabajador que es tratado como una mercancía –una “cosa”– que vende lo único que tiene: su fuerza de trabajo a quien es propietario –y toda propiedad es un robo- de los medios de producción en contradicción con el carácter social de la producción, lo pinten como lo pinten. Igual que en la religión: cuanto más pone el hombre de lo mejor de sus virtudes más nobles en un Dios imaginario, fantástico y ensoñado, más vacío y menoscabado se siente: ¡un producto de su mente! Alienación religiosa. El trabajo –dice Marx, lo siento, pero es que con Marx soy muy palizas- es externo al trabajador, no pertenece a su ser. No es feliz, salvo que gane el Athletic. Sólo está contento fuera del trabajo –un domingo comiendo rabas con la compañera, hijos y amigos- y enajenado dentro de él. Su trabajo no es voluntario, sino enajenado. ¿Me pongo apocalíptico? Tal vez. Un animal come pero no “trabaja” (si no eres un buey). Un humano trabaja –“fuerzatrabaja”– para comer. El trabajo no es un fin en sí mismo, sino un medio para satisfacer sus necesidades ¡fuera del trabajo! Si se fijan, el obrero, en horas de asueto, casi nunca habla de su trabajo, si lo tiene, claro, o que le pregunten qué tal le va, es algo “extraño” para él –y hasta “siniestro”-. Por eso juega a la lotería o al cupón pro-ciegos, confiando en la suerte para salir de la maldición bíblica del trabajo… enajenado bajo el capitalismo (los ricos nunca juegan a la lotería).

Un capitalismo cruel y sanguinario que enajena todavía más: solicitarle un trabajo (precario) para recordarnos lo que somos: esclavos modernos. Pero, bueno, en peores imaginarias hemos estado…

¡No me cuentes historias!

Nicolás Bianchi

Así, con esa expresión, suele despacharse a quien parece estar contándote una película, una mentira, una “historia”. La historia, con minúscula, como milonga. Tampoco el teatro se libra de estos desdoros. En las gradas de un campo de fútbol no es infrecuente oír, cuando un futbolista simula tirarse dentro de área rival para provocar un penalti inexistente, que ese jugador “ha hecho teatro”, o sea, no es real lo que hemos visto, aunque, a favor del teatro, diremos que la intención es engañar no tanto al espectador como al árbitro que es, realmente, quien “pica” (o no) y/o decide. Y, sin embargo, algo de teatro sí hay en estos lances. Está el público-espectador que juzga pero no decide, y los actores dizque el jugador que interpreta un “papel” con el fin de que otro actor, el árbitro, sea engañado. En cualquier caso, todos los personajes representan unos roles y cada quien “en su papel”.

Sucede parecido cuando se habla de “memoria histórica” o, como decía Maurice Halbswachs allá por 1920, ”memoria colectiva” o, como propusieron Fentress y Wickman, ”memoria social”. Están los historiadores como actores –y guionistas- de la función, luego el público que somos nosotros y, al final, o desde el principio, el árbitro como juez y parte. Por ejemplo, Garzón, juez estrella hoy estrellado, ese “Roy Bean”, como prohombre justiciero que levanta fosas y cunetas para hacer justicia a las víctimas de la guerra civil del bando republicano y antifascista. En Chile se le adora, en Euskal Herria se le odia y, en el Estado español, para la “izquierda” apesebrada y de pacotilla, de mentirijillas, los de la ceja, pasa por un héroe quien no va a hacer otra cosa que dar la última paletada de tierra a los muertos por la causa popular. Quien usurpa el papel de juez y árbitro al pueblo, que es soberano. Los papeles están cambiados.

La Historia, ahora con mayúsculas, son dos cosas, al menos: lo sucedido en el tiempo (los hechos acaecidos) y el relato de lo sucedido, o sea, cómose cuenta lo acaecido. Y quién lo cuenta. La historiografía se divide en dos hogaño y hodierno: la académica, otrosí profesional, que inaugurara Ranke, para quien “hecho histórico” y “verdad” son la misma cosa, como buen positivista finisecular (los “Annales” y el marxismo hablarían de la “historia condicionada” ergo la “verdad”), y la “historiografía mediática” vulgo historietas que contaba la periodista (¿) Victoria Prego en TVE “narrándonos” la Transición (modélica y exportable) en Hispanistán. La que vale es esta última contada deshistorizadamente y au dessus de la mèlee. La clave de bóveda fue este arquitrabe: callar lo realmente ocurrido (lo histórico) para no reabrir heridas (históricas) en pro de la reconciliación (lucha de clases abolida) de las “dos Españas”. Y que se piense –que se no piense- que Merlín fue un personaje real y Líster un futbolista. Lo nodal es la equidistancia, es decir, todos fueron culpables (en la guerra). Ambos bandos cometieron atrocidades. En los folletines había maniqueísmo, buenos y malos, igual que nos enseñaban los curas en el nacional-catolicismo. Hoy, no: todos fueron unos mal bichos. Conclusión: borrón y cuenta nueva, aquí paz y después gloria hasta que dure este tinglado de la antigua farsa.

¿Llamarán “terroristas” a los voluntarios de ETA en la historia de Euskal Herria dentro de veinte años? Menos mal que ya estaré picha arriba.

Aroma de corrupción entre la burguesía catalana

Juan Manuel Olarieta

Hace un año y medio el militante de «Podemos» y antiguo fiscal del Estado Carlos Jiménez Villarejo publicó un artículo sobre el caso Banca Catalana (*), que conocía muy bien porque fue quien lo «investigó» en 1984: un agujero de 20.000 millones de las antiguas pesetas. Eran los primeros tiempos del gobierno del PSOE.

Lo primero que hay que poner de manifiesto es el carácter oportunista de Villarejo, que entonces guardó silencio porque le importó más su carrera en la fiscalía. Ha tenido que esperar a asegurarse su jubilación para publicar la denuncia, cuando ya no tenía la obligación profesional de denunciar. El mundo al revés.

Pero el artículo de Villarejo tampoco era información exactamente, sino un relato inconexo de corruptelas en el que el fondo de asunto, el capitalismo monopolista de Estado, quedaba enterrado. No hace falta ser fiscal ni investigar mucho en la corrupción para que aparezca siempre la estrecha conexión del capital con el Estado (del que formaba parte Villarejo), la necesidad que tienen los monopolios de recurrir al Estado para competir unos con otros (y con el exterior), así como el chantaje de crear otro Estado si el que tienen no les da lo que necesitan.

Aunque ambos están estrechamente relacionados, el caso Banca Catalana fue mucho más importante que el actual caso Pujol y ambos demuestran la verdadera naturaleza de la burguesía catalana y su juego con el Estado español: la corrupción en Catalunya es el precio que ha tenido que pagar el Estado para mantenerse como tal en Catalunya y para que en Madrid la burguesía catalana (Unió, Convergencia, ERC) sostuviera a la monarquía y a los gobiernos del PSOE.

Hablando de capitalismo lo más normal es que siempre aparezca un precio, o sea, uno que paga y otro que cobra. Al tiempo que la burguesía catalana se convertía en uno de los puntales más importantes del Estado fascista, el precio pagado por el PSOE en los ochenta sirvió para engordar política y económicamente a aquella burguesía. En las condiciones actuales del capitalismo monopolista de Estado una cosa (la política) siempre va ligada a la otra (la economía). No es posible competir (políticamente) sin competir (económicamente) y eso un figurante como Villarejo en una organización de figurantes como «Podemos» deberían saberlo.

Es el catecismo: los partidos típicamente oportunistas nunca tendrán ninguna oportunidad política sin un tinglado capitalista a su lado que les ponga el dinero encima de la mesa, lo cual es especialmente cierto en el caso de los «independentistas», como el BNG o Bildu. Si no disponen de uno, lo tienen que crear, y ese ha sido siempre el llamado «problema de la corrupción» que han padecido los trepas y advenedizos.

En Catalunya la quiebra de Banca Catalana no fue lo que cuenta Villarejo. No fue un asunto personal de los consejeros que, como Pujol, se lucraron sino algo de más calado: el intento de la burguesía catalana de crear algo que nunca tuvo, un grupo financiero propio ligado a un proyecto político. Pero llegó tarde, no sólo porque en los tiempos del monopolismo queda ya muy poco sitio para nadie más, sino porque la banca estaba en crisis y el PSOE se embarcó en un plan de rescate del conjunto del sistema financiero. Sobraban más de la mitad de los bancos.

El PSOE hizo dos cosas en favor de la burguesía catalana: no sólo pagó las deudas con dinero público, faltaba más, sino que manipuló el sistema judicial para que ningún financiero ni político catalán se tuviera que sentar en el banquillo. Como recordó Villarejo, el Fiscal General del Estado prohibió llevar a los tribunales a los implicados en el caso Macià Alavedra aunque cínicamente reconoció que los hechos desprendían “un aroma de corrupción”.

Fue un chantaje mutuo, un acuerdo entre caballeros que contribuyó a asegurar la «gobernabilidad», a reconducir los acontecimientos tras el golpe de Estado del 23-F. Ganaron tiempo, engordaron las arcas (las economicas y las electorales), e incluso arrinconaron al PP, los voceros del centralismo en Catalunya, a quienes relegaron a la marginalidad política. Lo mismo sucedió con otro tipo de organizaciones, típicamente reformistas y de «izquierda», que son tentáculos de la burguesía catalana.

Si tuviéramos memoria histórica recordaríamos la Operación Roca de 1986, otro eslabón del esfuerzo de la burguesía catalana por meter las narices en «Madrid», que para los nacionalistas (catalanes, vascos y gallegos) es una entelequia como El-País-de-Nunca-Jamás. El nombre de Roca sonará como abogado de Cristina de Borbón en el caso Noos. ¿Cómo es posible que la Corona ponga su defensa en manos de un catalanista como Roca? Por lo mismos motivos por los que la referida Cristina empezó su carrera con La Caixa de Catalunya.

¿Se acuerda alguien de todo eso? ¿Se acuerda alguien de que quien llevó de la mano a Roca en su Operación madrileña no era otro que Florentino Pérez? Pero, ¿no es Florentino Pérez un representante típico del monopolismo más vinculado al centralismo madrileño? ¿Acaso no es el presidente del Real Madrid? Al mismo tiempo, ¿no ascendió como testaferro de la Banca March?

La Operación Roca llegó el mismo año en que los tribunales tapaban definitivamente el fraude de Banca Catalana y fue otro fracaso más a apuntar en el pasivo del balance. La Operación Roca fracasó por los mismos motivos por los que fracasó Banca Catalana: iban con retraso, llegaban tarde a la historia.

Pero no todo fueron pérdidas…

Algún eslabón se ha tenido que romper ahora para que alguien haya logrado hundir a un puntal de la transición como Pujol. La historia de la transición ya no se va a poder escribir como hasta la fecha. No sólo Pujol: el propio sistema impuesto durante aquella época (en Catalunya y fuera de ella) ha dejado de ser un poco menos honorable (si es que alguna vez tuvo una pizca de honorabilidad).

Pero no se ha roto un único eslabón sino muchos, por no decir todos: el Estado que pusieron en pie durante la transición se ha venido abajo. El rey abdica, la prensa (El País, El Mundo, La Vanguardia) padece una purga a gran escala, el PSOE naufraga, llegan caras nuevas para sotener los podridos pilares y en el horizonte están a punto de aparecer los nuevos alineamientos de España en el seno del imperialismo.

Nada va a ser como antes. La burguesía catalana ya no espera nada de El-País-de-Nunca-Jamás y vuelve a la carga de la única manera que le queda. Desde «Madrid» la caverna les ha enseñado los dientes cuando preparaban una Diada triomfant para después del verano, una exhibición que les debía llevar a la consulta soberanista en unas condiciones pletóricas. Han hundido su buque insignia. Lo que quizá no se hayan dado cuenta es que han hundido mucho más que eso y con el tiempo se acabarán arrepintiendo. El-País-de-Nunca-Jamás funciona así: quien fabrica más separatistas en Barcelona es el separador de Madrid.

Lo que está claro es que todos y cada uno de los mimbres con los que se tejió el actual tinglado político se han venido abajo. La crisis es galopante, por supuesto la crisis capitalista, pero también la crisis política.

(*)
http://www.elplural.com/opinion/persecuci%c3%b3n-a-catalu%c3%b1a-nada-m%c3%a1s-lejos-de-la-realidad-el-agujero-de-20-000-millones-fue-asumido-por-el-estado/

El punto de vista partidista

Juan Manuel Olarieta

A diferencia de lo objetivo, su contrario, lo subjetivo, tiene mala fama. La ciencia y la buena información tienen que ser objetivas, necesariamente, por antonomasia. Si a una información le acusan de ser subjetiva, es sinónimo de parcial, es decir, de que es sólo una parte que oculta el resto de la información. La buena información es imparcial, o sea no parcial, o sea, aquella que lo cuenta todo, que no oculta absolutamente nada.

Ya lo dijo Hegel: «lo verdadero es el todo»(1). Pero como consecuencia de una trampa estúpida de la ideología modernista y posmodernista hoy a Hegel le acusan, precisamente por ello, lo mismo que a los marxistas, de «totalitario». Los grandes sistemas filosóficos han sido abandonados en favor de las menudencias, lo cual demuestra el tamaño intelectual de los pensadores modernos, que son insignificantes porque no expresan más que menudencias e insignificancias filosóficas, es decir, vulgaridad.

El todo es una aspiración admirable. Al emprender la gigantesca obra intelectual de la Enciclopedia, la burguesía revolucionaria lo intentó, pero es un empeño imposible. Por ejemplo, no hay un manual de economía que explique toda la economía política. Lo que hacen los científicos (y los planes de estudio) es un resumen: de la totalidad toman en consideración una parte que consideran importante y dejan el resto al margen porque la consideran menos importante. Son, pues, esencialmente parciales, es decir, subjetivos.

Pero ni siquiera se dan cuenta. Hacen esa selección (más o menos) conscientemente en función de criterios más o menos acertados y a eso, a una parte, le llaman «imparcialidad». Algunos científicos, como los historiadores, suelen ser aún peores. Dicen bobadas como que han escrito una obra imparcial sobre la guerra civil de 1936, por encima de «prejuicios» porque no se decantan ni por unos (fascistas) ni por otros (antifascistas) porque todos son iguales, todos ellos cometieron crímenes… Este tipo de historiadores son los más cretinos porque son fascistas pero ni siquiera se han dado cuenta de su adscripción ideológica.

Todos en cualquier aspecto del conocimiento (y de la práctica) tenemos un «punto de vista», miramos al universo, al planeta y a la sociedad desde una determinada perspectiva. No puede ser de otra forma. Las cuestiones a plantear son, pues, de dos tipos. El primero es si somos conscientes de nuestro partidismo, porque en caso contrario, el conocimiento degenera a marchas forzadas. El segundo es: una vez que somos conscientes de ello, se trata de comprobar si nuestro punto de vista es el punto de vista correcto, el único que es capaz de empujar el conocimiento hacia adelante.

Eso conduce al aspecto capital del asunto: la subjetividad y la objetividad no son un estado sino un movimiento: el conocimiento marcha unilateralmente desde lo subjetivo a lo objetivo, sin dejar nunca de ser ni una cosa ni la otra. En palabras de Hegel, «el todo es solamente la esencia que se completa mediante su desarrollo»(2), un desarrollo que va de la verdad relativa a la absoluta (3).

Sigamos con el ejemplo de la guerra civil. Antes los manuales de historia mostraban el punto de vista fascista, pero hoy ya nadie lo hace porque los fascistas lo disimulan con su supuesta «neutralidad». Lo que se está imponiendo cada vez con más fuerza es el punto de vista de los republicanos y antifascistas que, como no podía ser de otra forma, es el punto de vista de las masas. Lo mismo ocurre con cualquier otra disciplina. Siempre hay un punto de vista (un punto de partida) desde el cual el conocimiento se desarrolla, de manera que los demás acaban en vías muertas.

En referencia a la filosofía, Lenin lo calificó como «partidismo», un término repleto de contenidos. El partidismo, por ejemplo, proporciona el punto de vista de la práctica, es decir, no el de aquel «neutral», el de quien no se moja, el de quien ve las cosas desde fuera y desde lejos, sino el de quien está en medio de las batalla, el que forma «parte» del asunto, el militante.

Pero el partidismo de Lenin tiene otro aspecto importante: un punto de vista (subjetivo) desarrolla el conocimiento en oposición y lucha con su contrario. En contra de la creencia de los neutrales, un punto de vista no se suma al contrario sino que se enfrenta él. La burguesía no se suma al proletariado, ni el idealismo al materialismo. Si el conocimiento es una forma de movimiento, un desarrollo o un progreso, es porque, al mismo tiempo, es una contradicción, una lucha de contrarios.

Otra ventaja que tienen los que reconocen su partidismo es que reconocen
también el partidismo del contrario, por más que ellos no sean capaces
de verlo y de verse a sí mismos como parciales. Ellos no se consideran a
sí mismos como una parte sino como la totalidad. Por lo tanto, los
demás no tienen cabida, no son científicos, no son objetivos y tienen
que ser expulsados de la ciencia, de la universidad y de todas partes.
Ellos, pobrecillos, creen que las discusiones sólo tienen cabida en el
fútbol o en la política, pero nunca en la ciencia.

La subjetividad no es sólo la de una persona singular. El pensamiento
humano, escribió Engels, no es el de un individuo, «pero no existe sino
como pensamiento individual de muchos millones de hombres pasados,
presentes y futuros»
(4). Por lo tanto, es subjetivo no sólo porque sea
el pensamiento de alguien sino porque es siempre el de una época, el de
una cultura, el de un país o el que corresponde a un determinado grado
de desarrollo de las fuerzas productivas. El conocimiento, decía Engels,
es una categoría histórica: «Sólo podemos conocer en las condiciones de
nuestra época y hasta donde éstas lo permiten»
(5).

La verdad, la ciencia, el conocimiento no son fantasmas ni abstracciones
sino fuerzas históricas, políticas, sociales y morales. Pero también
aquí hay un error bastante común. Por ejemplo, es corriente escuchar que
la historia la escriben los vencedores. De ahí algunos suponen que el
conocimiento se puede imponer o que la verdad es consecuencia de la
fuerza, cuando es justamente al revés, como escribió el filósofo
soviético Kursanov: la fuerza es consecuencia de la verdad (6). Del
mismo modo que hay teorías y concepciones, como las religiosas, que
conducen a callejones sin salida, hay otras que se abren camino, y al
revés: una determinada concepción y una determinada práctica sólo se
abren camino si realmente son científicas.

(1) Hegel, Fenomenología del espíritu, México, 1966, pg.16.
(2) Hegel, Fenomenología del espíritu, cit.
(3) Engels, Anti-Dühring, México, 1968, pgs.80 y stes.
(4) Engels, Anti-Dühring, cit., pg.75.
(5) Engels, Dialéctica de la naturaleza, pgs.44 y 192.
(6) G.Kursanov, Veritas. Fundamentos de le teoría leninista de la verdad y crítica de las concepciones idealistas modernas, Moscú, 1977, pg.6.

La gente y eso y tal

Nicolás Bianchi

Para que no se diga que aquí estamos, algunos, inficionados de un virus anti-Podemos, nos haremos eco de la reseña de unos libros sobre su líder, Pablo Iglesias, y también Juan Carlos Monedero, publicada en el diario EL PAIS por el historiador Santos Juliá. Se verá que no simpatiza mucho con este fenómeno mediático (al igual que EL PAIS) y hasta acaba sibilinamente relacionándolo -a Podemos; hay, por cierto, un grupúsculo venezolano del mismo nombre semibolivariano o medio chavista, aparte del «Yes, we can» de Barack Obama- con la canción que se ve en una escena de la espléndida película «Cabaret» (1972), de Bob Fosse, con unos impagables Liza Minelli y Joel Grey, interpretada por un joven alemán, rubio y repeinado, o sea, ario hiperbóreo de la Walhalla, subido a una mesa ante un nutrido y heteróclito público, titulada -la canción- «Tomorrow belongs to me» (El mañana me pertenece) con el nazismo en alusión a una ilusionante frase donde Pablo Iglesias dice que «el mañana es nuestro». Y es que cuando la cámara va descendiendo del rostro angelical del joven teutón se ve en el brazo un brazalete con la svástica nazi (la svástica es un símbolo oriental, hindú, que hicieron suyo los nazis) y todo el público acaba cantando las estrofas de la canción, menos un anciano que mueve la cabeza de un lado a otro y no de arriba abajo, asintiendo. Desde luego, nosotros no haríamos nunca semejante ejercicio subliminal.

De la lectura del libro «Conversación con Pablo Iglesias» de Jacobo Rivero, Santos Juliá concluye que para Iglesias Turrión el nuevo sujeto político es… «la gente». Así no más y tal cual, como la «multitud» de Negri & Hardt. Y la «gente» está con ellos, con los «antisistema», concepto que niegan tildando de antisistema precisamente a ellos, ¿y quienes son «ellos»?, pues… «la casta». Al «ellos» se le puso un nombre: la casta. Un acierto, para S.J., quien añade: «la gente, convertida en comunidad, pudiera sacar la consecuencia de que si ellos están en el poder es sólo porque nosotros los pusimos (yo no he votado en mi vida, pero, en fin… N. B.), y que ahora, que ya no nos representan, podemos echarlos…»

Se da por hecho que el movimiento Podemos se generó en las acampadas en la Puerta del Sol de Madrid de hace pocos años y con el PSOE todavía en el Gobierno. Y se supone que a esa indignación Podemos la ha dado cauce transformándola en «empoderamiento» -término del que S.J. confiesa ignorarlo todo y que yo creo que es un préstamo de la fraseología feminista, pero igual no- tras infundir en los reunidos la ilusión –«ingrediente imprescindible», subraya S.J.- en un proceso de cambio político: eso es Podemos, concluye S. Juliá.

Compara S.J. a Iglesias con un discurso de Ortega y Gasset pronunciado en 1914, hace 100 años, donde hablaba de acabar con la «vieja política», pero -añade el recensionista- con una diferencia: los líderes de Podemos, como Iglesias recalca, son políticos, no intelectuales. Aunque, eso sí, gente leída y estudiada (los dos líderes son profesores universitarios). Sobre todo, parece ser, por Carl Schmitt, un teórico de entreguerras demoledor del liberalismo político, que les fascina y a quien respetan, lo que, ya ven ustedes, quien firma esto también, para que no se diga otra vez («schmittianos de izquierda», se ha llamado a esto).

Por supuesto, nada de sujetos revolucionarios, clase obrera, partido de corte leninista, eso es una antigualla. Lo moderno, el último alarido de la política (se ve que no han aprendido nada de sus lecturas de Schmitt), es -escribe ahora S. J.- que «los correlatos negativos del voto y del capitalismo brillan por su ausencia. Del voto, porque no ven otra forma de llegar al poder; del capitalismo, porque el socialismo realmente existente, o sea, el comunismo en la URSS, ‘no era bonito’ o, peor aún, ‘era muy feo’ y, más todavía, ‘era horrible’, como dice Iglesias en un alarde de elaboración teórica al servicio de la práctica» (la ironía es de S. Juliá).

No, Podemos, dice S.J., no es una nueva izquierda anticapitalista, ni propone una versión incontaminada de socialismo o comunismo. Nada de eso. «El programa de Iglesias consiste en empoderar a la gente» (la negrita es mía. N. B. ). ¿Cómo se come eso? Ni puta idea, viene a decir S.Juliá, quien pone en boca de Pablo Iglesias que ahora tocan los espacios de debate, o sea, los «espacios de empoderamiento», los «círculos» y, ojo, no toca la organización, la estrategia y las metas finales, eso, ahora, repito, no toca, que diría Jordi Pujol.

Y acaba Santos Juliá: «es cierto que ‘gente’ no es clase obrera. Gente es otra cosa; es un nuevo sujeto colectivo, al que, si mantiene el espíritu de comunidad ilusionada y se empodera, pertenece el futuro». Y aquí es donde relaciona Juliá, para darle, zas, en toda la boca a Iglesias, el «Tomorrow belongs to me» del joven rubio hitleriano. Como si fuera el «You’ll never walk alone» de los «reds» del Liverpool en Anfield road.

Ya puedo ver dentro de veinte años a Pablo Iglesias dando charlas y conferencias (cobradas) presentando sus Memorias tituladas: «Lo intenté, pero no me dejó la caspa, digo la casta». Un buen tipo, sin duda. El hombre lo intentó…

El Tribunal Supremo como cómplice de la corrupción

Juan Manuel Olarieta

La corrupción no es una disfunción sino que ha formado parte integrante del capitalismo y el Estado burgués desde siempre. Nunca ha habido ningún problema de corrupción. La burguesía (sus monaguillos, sus diputados, sus funcionarios) no puede luchar contra la corrupción porque no puede luchar contra sí misma.

La indignación generalizada contra corrupción procede de dos errores. El primero es suponer que bajo el capitalismo lo público (Estado, políticos, jueces) es algo distinto de lo privado (lucro, empresa, acumulación) en lugar de constatar que lo público es un dispositivo al servicio de lo privado, de ganar más y de enriquecerse pronto.

El segundo error procede de imaginar que si bien hay algunos corruptos, también hay que tener en cuenta a los limpios, los buenos de la película, de tal manera que cuando un funcionario o cargo público se corrompe el limpio le vencerá: hará justicia y devolverá el dinero a las arcas de donde lo sacaron.

En este segundo aspecto de la película están involucrados los jueces y fiscales que, junto a la policía, juegan siempre el papel de limpios. Ellos son un mecanismo de seguridad al que recurrir cuando falla del primero, cuando se corrompe. Si un alcalde (el malo) mete mano a la caja del dinero, el asunto se soluciona poniendo los hechos en conocimiento del juez (denuncia), que le meterá en la cárcel, depuranado así el mecanismo de funcionamiento.

La historia de España no conoce ningún caso de ese tipo porque el remedio (jueces, fiscales) es peor que la enfermedad (corrupción). El juez no es nada distinto del alcalde sino más de lo mismo, empezando por el propio Tribiunal Supremo, cuyo papel histórico no sólo ha consistido en garantizar la impunidad sino en reafirmar una y otra vez que si algún juez se creía su papel de limpio y condenaba a un corrupto, debía echar abajo la condena en segunda instancia.

A mediados del siglo XIX la corrupción, es decir, el Estado caciquil fue una de las palancas más importantes de acumulación especulativa de capitales, de frenética corrupción de la oligarquía, que se estaba enriqueciendo répidamente con las emisiones de deuda pública o las concesiones de ferrocarriles, con el dinero público, en definitiva, hasta llegar a la Restauración (1874), caracterizada por Ortega y Gasset como «la corrupción organizada y el turno de los partidos, como manivela de ese sistema de corrupción». Según él, Cánovas fue «un gran corruptor; como diríamos ahora, un profesor de corrupción. Corrompió hasta lo incorruptible».

El Tribunal Supremo, un órgano judicial típicamente burgués, fue la clave de bóveda de aquella corrupción. Basta repasar las sentencias originales de la Sala Segunda, es decir, criminales, dictadas entre 1856, en que se conservan las primeras, y 1860: no aparece ningún proceso dirigido contra aforados, es decir, contra altos cargos. No había corrupción en España, por lo que todos esos historiadores que hablan de plagas tales como el caciquismo, están equivocados.

Sin embargo, en agosto de 1854 el gobierno tuvo que expulsar del país a María Cristina de Borbón (antigua Regente y madre de Isabel II) y Luis José Sartorius (antiguo Presidente del Gobierno) por el llamado caso de «las piedras», una compra fraudulenta de adoquines para unos caminos que jamás se construyeron. Muchísimo dinero que salió de las arcas públicas y fue a parar a los bolsillos (privados) de los Borbones y de un Presidente del Gobierno. En aquel caso destacan varios aspectos a tener en cuenta:

a) fue el gobierno, no los tribunales, quien tomó la medida de expulsarles de España
b) no lo hizo para castigar a los culpables sino para evitar males mayores a los Borbones y a Sartorius y calmar a los indignados de entonces
c) no se hizo gracias a la legalidad sino en contra de ella, es decir, gracias a un previo golpe de Estado que acabó con el gobierno

No obstante, en 1854 algunos diputados de la Asamblea constituyente demostraron su interés por exigir responsabilidades a María Cristina de Borbón, a la que culpaban, junto a los jefes del partido moderado, de muy graves delitos. Solicitaron también la redacción de una nueva ley de responsabilidades, pero sin mayor trascendencia. La Comisión encargada de depurar responsabilidades, de la que formaba parte Alonso Martínez, encontró que las acusaciones eran «habladurías populares», excesivamente genéricas, no demostradas, por lo que había que crear una de esas comisiones parlamentarias «de investigación» que no investiga nada, deja pasar el tiempo hasta que los indignados se calman… o hasta que organizan otro golpe de Estado que devueva las cosas a su sitio.

Por el contrario, en los diez años comprendidos entre 1860 y 1869 hay once casos resueltos por el Tribunal Supremo contra aforados. De ellos siete son en primera instancia, tres son apelaciones y una súplica, interpuesta contra una de las sentencias dictadas en primera instancia por la Sala Segunda y que resolvió el pleno del Tribunal. Son, por tanto, diez asuntos distintos, uno por año, una cifra insignificante para el saqueo de los fondos públicos que estaba llevando a cabo la oligarquía.

Aunque son muy pocos, en todos esos casos hay aspectos muy destacables. El primero es que los cargos públicos nunca violan ni matan. Los delitos que les imputan tienen que ver, o con el dinero o con seguir manteniéndose en el poder, es decir, con pucherazos electorales, que son una consecuencia de los anteriores, o sea, del dinero. Mantener el cargo es una manera de mantener el negocio, y una manera de hacer negocio consiste en detener a las personas o amenazarlas con enviarle a la guardia civil a su casa.

El segundo es que la mayor parte de ellos van dirigidos contra funcionarios judiciales: en seis supuestos se dirige la acción contra jueces, magistrados y fiscales, en tanto tres son contra gobernadores civiles y uno contra un delegado de hacienda. Parece, pues, obvio que los jueces no son nada distinto de la corrupción sino una parte muy importante de ella, o dicho de otra manera, que es el zorro quien cuida de las gallinas.

Otro dato importante es que en cuatro supuestos el procedimiento tiene su origen en las colonias, y más exactamente, todas las apelaciones se dirigen contra sentencias dictadas por las Audiencias de Manila (dos) y La Habana (una), a las que hay que añadir una causa seguida en primera instancia ante el Tribunal Supremo, dirigida contra el presidente de la Audiencia de Puerto Rico. Como se pudiera pensar, no se trata de que en las colonias hubiera más corrupción, sino que había un mayor control sobre la misma, por la propia naturaleza colonial del lugar, que se encontraba militarizado.

Los asuntos sometidos al Tribunal Supremo eran intrascendentes, centrados en el sector más débil del Estado, los funcionarios judiciales, y relativos a asuntos muy alejados del centro neurálgico peninsular donde estaba el poder. En dos de los litigios, además, los acusados estaban ya jubilados, por lo que los hechos no tenían relación con el ejercicio de sus antiguos cargos, pese a lo cual mantenían el aforamiento. Los jubilados no eran tales: seguían controlando los resortes típicos del laberinto burocrático: amiguismo, enchufes, recomendaciones y prebendas.

Los delitos no fueron perseguidos por la fiscalía, que en asuntos de corrupción siempre se lavó las manos como Pilatos porque era una parte de la corrupción. Quienes acusaron fueron personas particulares que sostuvieron la acusación por dos motivos:

a) porque habían sido perjudicados por el saqueo
b) porque también ellos tenían una parte del poder, es decir, influencia, enchufes y recursos para contraatacar judicialmente

Por ejemplo, sólo una de las acusaciones alude a coacciones electorales, y es debido a que se pretendió derribar el molino de un particular, quien denunció los hechos, amén de que en otro caso aparecía el típico  pucherazo de la época: se destituyó a un ayuntamiento en pleno para colocar otro en su lugar de tal manera que se enriquecieran todos un poco.

¿Cuál fue el papel del Tribunal Supremo ante esta situación? Reafirmar la impunidad y proteger a los corruptos:

a) en las causas resueltas en primera instancia contra aforados, todos los fallos, excepto uno, con condena de veinte duros, determinan la libre absolución del acusado.

b) en las apelaciones (segunda instancia), la sentencia revoca siempre la resolución condenatoria dictada en primera instancia y absuelve libremente, excepto un caso en que rebaja las condenas sensiblemente.

La única condena impuesta por el Tribunal Supremo en primera instancia, lo fue en un delito de detención ilegal imputado a un gobernador civil. Pero en un delito tan grave el Tribunal Supremo aprecia dos atenuantes, una, la de obrar «en interés del orden público», y la otra, la de concurrir algo imposible para alguien con los más elementales nociones jurídicas: se trataba de un delito culposo y no doloso. La pena resultó irrisoria, por tratarse de una multa contra un título nobiliario, el Vizconde del Cerro, que disponía de una cuantiosa fortuna.

En segunda instancia, el Tribunal Supremo anule sistemáticamente las sentencias condenatorias de las Audiencias. La única excepción en que mantiene la condena, aún rebajándola sustancialmente, merece también ser destacada ya que es quizá el único delito de cierta relevancia. Tuvo se origen en Colón, en la isla de Cuba, y estuvieron implicados numerosas e importantes autoridades (párroco, teniente de la Guardia Civil, alcaldes, secretarios del gobierno civil y de los ayuntamientos, etc.) encabezados por el teniente gobernador de la provincia, José Agustín Argüelles.

La sentencia tiene el número 81 y fue dictada el 27 de octure de 1866. Se imputaba a los acusados haberse quedado en su propio beneficio con los esclavos procedentes de un alijo introducido en contrabando en la isla, así como de varias falsificaciones de documentos. La condena de la Audiencia de La Habana contra Argüelles fue de 19 años de cárcel, inhabilitación perpetua para todo tipo de cargos públicos y multa de 50.000 pesetas, entre otros conceptos.

Pero el Tribunal Supremo encuentra también esta vez un atenuante, el de obrar parcialmente con autorización del Capitán General de la isla, cuando lo cierto es precisamente todo lo contrario, según se desprende de los propios resultados de la sentencia. Así, deja la condena en 10 años, suspensión sólo por el tiempo de la condena más 700 duros de multa. La condena del párroco fue rebajada de ocho años más la inhabilitación perpetua para cargos parroquiales, a siete años con suspensión para el ejercicio de cargos públicos por el tiempo de la condena. Otras seis condenas privativas de libertad se reducen a multas, al precisar el Tribunal Supremo que la participación de los inculpados lo fue en grado de complicidad o encubrimiento, y no de autoría.

Lo más significativo en la reducción de las condenas son las inhabilitaciones, que pasan de ser perpetuas a limitarse al periodo de la condena, y además, la inhabilitación específica del párroco para el desempeño de sus funciones, se transforma en una suspensión para cargos públicos. Tampoco podemos dejar de reseñar que ello está en relación con un párrafo del fallo que no podemos dejar de transcribir: «Diríjase exposición al Gobierno Provisional -dice la sentencia- manifestando que el Tribunal entiende que la pena de prisión impuesta a los procesados es notablemente excesiva, atendido el grado de malicia y el daño causado por el delito, y que el Gobierno, haciendo uso de su prerrogativa, puede conmutarla en la de cumplimiento».

Los que tienen recursos son los que pueden recurrir. Cuando no es al Tribunal Supremo es al gobierno de turno.

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