¿Nos hemos vuelto todos locos o qué?

Juan Manuel Olarieta
El 18 de mayo del año pasado la Asociación Americana de Psiquiatría presentó la última edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders), conocido como DSM-5, en el marco de su congreso anual, celebrado en San Francisco. Como todo lo que tiene su origen en Estados Unidos, han logrado convertirlo en una obra de referencia en la materia. Es la Biblia para los siquiatras del mundo.

La primera edición del Manual, publicada en 1952, tenía 120 páginas y la cuarta, publicada en 1994, casi alcaza las mil. Una edición especial del “Journal of Mental Health” planteaba en 2010 si queda alguien en el mundo al que podamos considerar mentalmente sano.

Lo mismo escribió Allen Frances, que estuvo a cargo de la edición anterior, el DSM-4, en un editorial del diario Los Angeles Times: “Aprendí a través de una dolorosa experiencia cómo pequeños cambios en la definición de los desórdenes mentales pueden crear enormes e indeseadas consecuencias”. Reconoce que con su obra habían contribuído a la creación de tres falsas epidemias que desde entonces se estaban diagnosticando más de la cuenta.

Pero hay algo que nos alivia del este agobio siquiátrico: la transexualidad ya no es un trastorno mental. Por fin se han curado. Antes eran enfermos; ahora ya no. Pero no me preguntéis que pócima mágica les ha curado de su enfermedad, porque el manual no habla de eso para nada.

Otra enfermedad que también desaparece es lo que antes llamaban “trastorno por hiperactividad sexual”, seguramente no porque los enfermos que la padecían se hubieran curado, sino porque no querían curarse por más pastillas de bromuro que les recetaran. En los tiempos de la Viagra era un trastorno demasiado estúpido.

En mi opinión, los transexuales y los hiperactivos sexuales no estaban locos ni antes ni ahora, pero no se si se puede decir lo mismo de los siquiatras, es decir, no se si los que no están bien de la cabeza son ellos que, como tantos otros científicos, se creen sus propias bobadas.

Resulta que en una sociedad capitalista saturada de publicidad, padecemos adicciones de todo tipo. Ahora a las aficiones se les llama adicciones. El que no es adicto a una cosa, es adicto a otra. Estamos trastornados por todo. Somos sicópatas y sociópatas. Somos adictos al juego pero la publicidad de la lotería, el cuponazo, los concursos, los bingos, las apuestas y el póker están por todas partes. Otros son adictos al porno, a las comilonas, a la cocaína, a los videojuegos, a las compras, a la tele…

Lo que está claro es que estas -y otras- enfermedades son inventadas, es decir, no existen en absoluto. Como bien solía decir el doctor Sydney Burwell, profesor de la Universidad de Harvard, “durante los próximos 10 años la mitad de lo que hoy se enseña a los estudiantes de medicina habrá demostrado ser falso, el problema es que ningún profesor sabe qué mitad”(*). ¿Sólo la mitad? Yo creo que bastante más.

Tampoco cabe descuidar otra posibilidad: que los trastornos mentales sean consecuencia del podrido capitalismo que padecemos, es decir, que en lugar de tomar tantas pastillas deberíamos curarnos de nuestros trastornos, delirios y adicciones saliendo a la calle a sujetar una pancarta.

Sobrevivimos gracias a las pastillas. Los especialistas que no las recetan, como los sicoanalistas por ejemplo, padecen todo tipo de ataques por parte de los lacayos de la industria farmacéutica, un negocio que funciona al revés que el resto del mundo: cuantos más enfermos, más saneada marcha su cuenta de resultados. Allen Frances lo ha calificado como “una catástrofe de salud pública”. Un antidepresivo como el Prozac se vende casi tanto como la Coca-Cola: 10 millones de consumidores diarios.

Lo curioso de este asunto es que no vamos al médico para que nos cure nada sino para que nos recete algo, lo que sea, y los médicos recetan lo que antiguamente se llamaba la purga de Benito: cualquier cosa para remediar cualquier enfermedad. Por ejemplo, el Prozac está oficialmente indicado para los deprimidos, para los obsesivo-compulsivos, para la bulimia, para la pérdida de la autoestima, la anhedonia (imposibilidad de sentir placer), el estrés, la ansiedad, la timidez, la tristeza y -sobre todo- para la distimia, que es una especie de depresión de segunda clase.

Una sociedad podrida todo lo pudre. Cualquiera que sea el diagnóstico, quien realmente está enferma es la medicina. Lo mismo te recetan pastillas para que te duermas, que pastillas para que te espabiles por la mañana. Padecemos sobredosis, sobrediagnóstico, sobrefármacos, especialmente con los niños, que no pueden defenderse, no solamente de los médicos sino tampoco de sus padres, que quieren “lo mejor para ellos”. ¿Cada vez hay más niños hiperactivos o cada vez hay más padres que no aguantan a sus hijos en casa?

(*) Cfr. Riding the waves of change together: are we all paying
attention?, Journal of the Medical Library Association, abril de 2008,
vol.96, núm, 2, pgs. 85-87,
http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC2268220/

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