Habitualmente, cuando se habla de corrupción, se da por supuesto que perjudica al patrimonio público y eso enfada mucho. Pero cuando la corrupción lega a la medicina, afecta a la salud pública, que es algo secundario en una sociedad capitalista.
La pataforma Disney está emitiendo la película “Dopesick”, que recomendamos encarecidamente para ilustrar la podredumbre. Es una exposición de la proliferación de opioides en Estados Unidos que causó la muerte de medio millón de personas.
El caso del oxicontín muestra que no hay ninguna diferencia entre un narco y una empresa farmacéutica, salvo que en el segundo caso tiene el aval de un organismo público, la FDA, que avala la taxicomanía con falsas etiquetas de “ciencia” y “neutralidad”.
En materia biomédica nada se salva de la podredumbre, como es sabido desde hace muchos años. Donde penetra el capital, la ciencia está ausente, por más que se encuentre respaldada por revistas a las que califican de “prestigiosas”, como The Lancet o New England Journal of Medicine.
Las revistas se utilizan como “argumento de autoridad”, algo que está fuera de la ciencia, por definición. El “prestigio” de esos medios está tan podrido como el mercado biomédico y farmacéutico. Son la voz de su amo, es decir, la industria farmacéutica.
Lo han explicado incluso los editores de las principales revistas “científicas”, como Marcia Angell, antigua editora jefe del New England Journal of Medicine, que en 2004 escribió un libro al respecto (1).
El editor del Journal of the American Medical Association (JAMA) durante más de un cuarto de siglo, Drummond Rennie, también denunció la perversión de la “medicina basada en la evidencia” por el control industrial sobre los ensayos clínicos (2).
Richard Horton, editor jefe de The Lancet, escribió que “las revistas se han transformado en operaciones de lavado de información para la industria farmacéutica” (3).
Richard Smith, que dirigió el British Medical Journal durante veinticinco años, llegó a una conclusión drástica: “Las revistas médicas son una extensión de la rama de marketing de las industrias farmacéuticas” (4).
Los que aparecen en el escaparate como “científicos acreditados” trabajan para las multinacionales. Su tarea es fabricar “corrientes de pensamiento” con ayuda de las publicaciones, exactamente lo mismo que hacen los periódicos, las radios y las televisiones con la “opinión pública”.
Esas “corrientes de pensamiento” conducen a prácticas capaces de llenar los bolsillos de sus jefes y de sus universidades respectivas, convertidas en “recaudadores de fondos”.
Son los “influencers” de la medicina, que en el argot publicitario llaman “kol” (key opinion leaders), es decir, “dirigentes clave de la opinión” que son capaces de acercar el ascua a la sardina de los monopolios farmacéuticos.
La vida y la salud de millones de personas está en juego, pero en el capitalismo eso es una bendición.
(1) The truth about drug compagnies, New York, Random House, 2004
(2) When evidence isn’t: trials, drug companies and the FDA, Journal of Law Policy, 2007, 7 (1), pgs. 991-1012.
(3) The dawn of McScience, New York Review of Books, 2004, 51 (4), pgs. 7-9.
(4) Medical Journals Are an Extension of the Marketing Arm of Pharmaceutical Companies, PLoS Medicine, 2005, 2 (5), e138