El papel de las vacunas en la regresión de las epidemias

Después de leer el libro “Salud e Infección. Auge y decadencia de las vacunas”, de Fernand Delarue (*), del cual la primera edición se hizo en 1977 en francés, y teniendo en cuenta el momento actual que nos encontramos, a finales del 2020 y bajo una pandemia, en la cual los medios de comunicación cada día se encargan de recordarnos que la vacuna es la solución, os quiero presentar algunos extractos de este libro y unas observaciones finales propias.

Antes que nada, situar a Fernand Delarue, nacido en el Estado francés en 1924, profesor parisiense y presidente de la Liga por la Libertad de Vacunación. Es el orientador de los que piensan que es necesario modificar la legislación y actitud mental respecto a las vacunaciones. Así que buena parte de los extractos del libro remiten al Estado francés.

A partir de materiales estadísticos a veces bastante sesgados se extraen conclusiones comparativas que estarían indicando consecuencias más negativas que positivas sobre la aplicación de las vacunas.

Si trazamos un vistazo histórico en torno al desarrollo de los esquemas de inmunización, surge un análisis en dos niveles: el que corresponde a los países de capitalismo avanzado y el que corresponde a la mayoría de países de capitalismo dependiente. La importancia de la eficacia y del sentido de las vacunas, o al menos de las principales vacunas, está en relación muy estrecha con los procesos de desarrollo desigual que caracteriza la constitución del proceso capitalista.

Para toda una serie de autores, las vacunas, constituyen, igual que el desarrollo de la producción masiva de antibióticos, formas de encubrimiento de los procesos reales de enfermedad y mortalidad que afligen en nuestras poblaciones.

El consumidor de vacunas piensa que se beneficia con un producto casi perfecto, perfectamente puesto a punto con una serie de precauciones que suponen que se han tenido en cuenta para asegurar su eficacia e inocuidad. En general, la gente, no sabe nada de lo que realmente pasa. Si tuviera alguna idea, sería el fin de su confianza.

En 1348 la peste negra aniquiló además de dos tercios de la población francesa. En tiempos más próximos, el cólera sembró el miedo durante siglos. Estas dos enfermedades han desaparecido de nuestro país, sin vacunas. Hay que remarcar, que persisten, así como otras enfermedades más, en algunos países, todo y con las vacunaciones.

Son las cifras de morbimortalidad las que permiten a los partidarios de las vacunas creer en su eficacia. Estas, una vez analizadas desde tres ángulos sucesivos complementarios, donde cada uno de ellos aporta razones para dudar de esta eficacia y su incorporación deja ver la prueba de la inexistencia de tal eficacia.

La regresión de las epidemias sin vacunaciones: una evolución parecida en países vacunados y no vacunados

La difteria ha retrocedido casi hasta su desaparición, sin vacunación. Respecto la tuberculosis, desde hace más de un siglo se contempla una gran disminución de la mortalidad en todos los países con un alto nivel de vida. El tétanos no es una enfermedad contagiosa susceptible de engendrar epidemias, a pesar de ello en el conjunto del país, de 1943 a 1947, al menos se vacunaron 5 millones de niños, pero las estadísticas oficiales muestran que la cantidad de muertes infantiles no bajaron de 1943 a 1947. La viruela, desgraciadamente, es difícil comparar el decrecimiento de esta en los países vacunados y en los no vacunados, puesto que la vacunación ha sido practicada en todas partes, a pesar de que en épocas muy diferentes.

La extensión de las epidemias, todo y las vacunaciones: si las vacunaciones hubieran sido las que impidieran las epidemias, habrían ejercido su acción protectora individualmente de forma constante. Ahora bien, nada de esto pasó; los ejemplos son innumerables. Por ejemplo, cuando en Inglaterra se vacunó al máximo de la viruela, no solo el país sufrió los ataques más duros de la viruela, sino que la mayor parte de los casos tuvieron lugar a lo largo de esta época, y entre los vacunados.

Otro ejemplo interesante sobre la polio es cuando en Canadá en 1954 la vacunación fue practicada de forma sistemática. La morbilidad poliomielítica disminuyó progresivamente los siguientes años; con lo cual se quiso atribuir esta declinación de la poliomielitis a la vacuna. En 1959, después de aplicar 20 millones de dosis de vacuna desde el 1955, con la mayor parte de la población infantil vacunada, hubo una agravación brusca de la poliomielitis: hasta llegar a 1959 con 1.080 muertos (5 veces más muertos que los registrados el año anterior).

Una vez más se nos impone que en ausencia de condiciones favorables a la regresión de una enfermedad contra la cual se vacuna, no solo esta regresión no se produce, sino que muy a menudo la vacunación sistemática coincide con una rápida e importante progresión de la enfermedad.

El impacto específico de la vacunación en la evolución de algunas enfermedades

Gran Bretaña es ejemplar en este sentido puesto que el número de casos mortales de la viruela así como el porcentaje de vacunaciones se publican todos los años. A pesar de que en 1872 el censo de vacunaciones no estaba organizado de una manera centralizada, su porcentaje se acercaba al 90%. La espectacular epidemia de 1871 – 1872 que se produjo después de 13 años de vacunaciones voluntarias, seguidas de 18 años de vacunaciones estrictamente obligatorias. Ante el fracaso tan flagrante, aflojaron un poco el ritmo de vacunaciones pero implantaron un programa de higiene: cloacas, desagües, recolección de basura… La viruela retrocedió de forma espectacular. No es posible, en consecuencia, atribuir a la vacuna el papel en la erradicación de esta enfermedad en Gran Bretaña, puesto que la viruela causó estragos en el país cuando el porcentaje de vacunados era el máximo.

Situaciones similares son los casos de difteria en Francia de 1912 a 1960, las muertes por tuberculosis en Dinamarca de 1921 a 1964. Cada uno de ellos muestra el carácter perfectamente ilusorio de la protección o de la eficacia de las vacunas.

Está claro que los ejemplos no engloban la totalidad de la evolución de las diferentes enfermedades epidémicas a todos los países del mundo, ni siquiera de Europa. Se pretende afirmar que todo argumento si llegara a existir, para poder ser apreciado tendría que constar en su contexto y que por más contundente que eventualmente sea no podría prevalecer por encima de los que aquí se han presentado. El objetivo solo apunta a denunciar y a desmitificar las afirmaciones “partidistas” que han querido hundir el estudio racional y crítico de las vacunas a la sombra de los tabúes y de las prohibiciones.

Como síntesis:

  • A igual nivel de vida, las enfermedades evolucionan en curvas paralelas tanto en los países vacunados como en los que no lo están.
  • En ausencia de vacunación, las epidemias retroceden en todos los países donde se eleva el nivel de vida.
  • A pesar de las vacunaciones, las epidemias no experimentan regresión en los países donde las condiciones de higiene o el nivel de vida se lo impiden.
  • Presentar las cifras de regresión de enfermedades a partir del momento en el se empezó a vacunar y omitir las que las precedían es una habilidad publicitaria indigna de la objetividad científica. Sacar la conclusión de que estas regresiones se deben a la vacunación es, al menos, una inexactitud grave.

Persistencia y desarrollo del mito vacunatorio

A finales del siglo XIX, los congresos de la Liga por la libertad de vacunación, eran seguidos por centenares de médicos. Denunciaban los daños de la vacunación antiviruela, así como su ineficacia. Sus conclusiones eran simples: se tiene que abandonar la vacunación. En el momento en que el parlamento francés votó la obligatoriedad de la vacunación antidiftérica, en los medios médicos se desarrolló una gran campaña de oposición: según sus propias observaciones, los médicos reprocharon a la vacuna no solo que no diera protección contra la enfermedad, sino que la provocara, así como que también causara muchos accidentes. Algunos afirmaban que la generalización de la vacuna corría el riesgo de desencadenar una ola de difteria más importante que las conocidas hasta en aquellos momentos. Los hechos les dieron la razón: puesto que la tasa anual de difteria no dejó de crecer, todo y el aumento de las vacunaciones. Todo y esta catástrofe denunciada tantas veces; la vacunación triunfó, una vez la ola epidémica hubo pasado (todas las enfermedades tienen fases de evolución): se le atribuyó a la vacuna el mérito de la victoria.

Contra todos los hechos, triunfó el mito: tal es el poder de la propaganda cuando hay un juego de intereses morales, que se apoyan a la vez en intereses financieros. Los médicos jóvenes, acabados de salir de las facultades, se ven, ingenuamente condicionados a sí mismos en la medida en que las mil de observaciones llevadas a cabo por los adversarios de la vacuna casi nunca llegan a sus manos; de aquí que extraigan tanto de la enseñanza que recibieron como de la propaganda una atribución a las vacunas de su capacidad para erradicar tal o cual enfermedad, la convicción de su eficacia y la inocuidad de aquellas.

En torno la ley, la justicia prácticamente queda sin efecto, y mucho más si el daño del cual se ha estado víctima aparentemente no guarda una relación directa con la vacunación que quiera ser probada (tuberculosis o impotencia sexual después de la vacuna antiviruela o antidiftérica; leucemia, cáncer o disminución intelectual después de cualquier vacuna…)

¿Cual es la posición del Ministerio de Salud Pública, tantas veces atacada? Siempre se niega a considerar que el mal presente es derivado de inoculaciones ocurridas años antes. Algunos de los niños afectados pasan veinte años de agonía antes de morir.

La base de la edificación de la protección es un dogma del que forman parte una serie de confusiones voluntarias, como: la asimilación de los malatos o de los muertos vacunados a los individuos no vacunados. Esta astucia es todavía más grave cuando no permite establecer la prueba de la inocuidad y de la eficacia de una vacuna, la aplicación de la cual, por este hecho, tendrá que ser extendida a toda la población. El profesor Tissot redactó un informe en este sentido. “Los hechos –añadía Tissot– han demostrado que la afirmación según la cual esta vacuna había probado su eficacia y su inocuidad era falsa; puesto que el número de casos de difteria no pararon de aumentar durante los siete primeros años de vacunaciones voluntarias, ni durante los ocho años que siguieron a su obligatoriedad”. Un estudio del doctor Robert Rendu muestra la misma sorprendente aberración en relación a la vacunación antitifoidea.

La negativa a reconocer los accidentes constituye una de las razones que permiten mantener el dogma de la inocuidad de las vacunaciones. Las autoridades francesas prefieren simplemente no establecer ninguna estadística que concierna a los accidentes.

Sorprendentemente hay una escasez de informaciones precisas sobre la cuestión de los trastornos neurológicos consecutivos a la vacunación antivarólica. Sería necesario dar directivas precisas a los médicos con el fin de que sean declarados casos de encefalitis posvacunatoria, así como toda otra complicación que interese al sistema nervioso (Médecine et Hygiene, n.º 710 p.1120)

Algunos ejemplos de alteración de la verdad: La explotación “partidista” de ciertas cifras estadísticas nos dejan sorprendidos. Por ejemplo: el 1871, hubo 116 casos de viruela, de los cuales 112 estaban vacunados y 4 no lo estaban. De estos últimos, dos sucumbieron y lo hicieron 13 de entre los vacunados. Vamos a ver como publicaron las estadísticas oficiales: muertos no vacunados: 50%; muertes vacunados: 12%

Estos porcentajes son matemáticamente exactos, pero su publicación en bruto permite creer que existe una ventaja enorme en los vacunados, con una hecatombe evidente en los no vacunados, es decir, exactamente el contrario de la realidad.

Existen otros tipos de informaciones falaces, de la intoxicación propagandística. Se conoce la historia del joven Joseph Meister, “curado” de la rabia por Pasteur: es una de estas imágenes sagradas que conmueven al público y edifican la leyenda. Pero pocos saben que Max Vone, el propietario del perro que mordió al niño, así como varias personas mordidas el mismo día por aquel animal, conservaron su buena salud, sin seguir ningún tratamiento. Lo cual significa que el perro no estaba rabioso, que Joseph Meister no corría riesgo de contraer la rabia y que si Pasteur lo vacunó, es un poco excesivo deducir de este hecho que lo curó de la rabia. El mito de la vacuna, desde Pasteur hasta nuestros días, se apoya en aproximaciones de este tipo, es decir pura y simplemente en mentiras.

No parece preocuparle a nadie que ninguna vacuna (vacuna contra la rabia) utilizada hasta ahora para el tratamiento del ser humano sea capaz de proteger experimentalmente a los animales infectados, si el tratamiento se inicia varias horas después de la infección (profesor Tadeusz Victor, coloquio de la Sociedad de Patología Infecciosa, diciembre 1974).

La psicología de las masas al servicio del mito. Actualmente los especialistas en propaganda han analizado perfectamente y saben explotar de manera sistemática las imágenes aptas para subyugar las masas: las del investigador, del sabio, del profesor son las más eficaces. El miedo es una herramienta que actúa poderosamente sobre las masas.

El médico desde que inicia sus estudios universitarios, entra en el ciclo especializado: allá entra en la impregnación de la doctrina; no solo a través de las palabras y las clases, sino todavía más a través del silencio. Silencio impuesto a todos los inconformistas y a sus doctrinas disidentes, silencio sobre el peligro de las vacunaciones, sobre la enorme literatura antivacunatoria y sobre sus observaciones… Un espíritu científico exigiría el estudio de estos aspectos diferentes de un mismo problema con el fin de hacer de ellos una síntesis o de someter las teorías a la prueba de los hechos. Si entre sus pacientes, un niño vacunado contrae la enfermedad contra la cual lo ha vacunado creerá siempre que se trata de una coincidencia. Si los casos se multiplican, reconocerá entonces, quizás, que la vacuna puede ser peligrosa; pero seguirá vacunando porque está persuadido de que, en conjunto, la vacunación constituye, a pesar de todo, un bien para la humanidad.

El mecanismo de la compulsión

En materia de vacunaciones, la compulsión no es solo el efecto de leyes que las vuelven obligatorias, ni de procedimientos excesivos por parte de algunos de sus celosos guardianes. Se trata, en primer lugar, de la agresión permanente que sufre nuestra personalidad a través de una propaganda, a veces insidiosa y ligera, otras estrepitosa y brutal, que toca hábilmente en todos los teclados psicológicos de los grandes órganos del condicionamiento.

De este modo se publicaba el 24 de octubre del 1970 un artículo la primera parte del cual se titulaba: “la campaña de la publicidad en la televisión que agotó las reservas; médicos y farmacéuticos no se ponían de acuerdo sobre la oportunidad de su aplicación”. La operación publicitaria que se realizó para promover la venta de esta vacuna superó todas las esperanzas de rentabilidad, puesto que las tres firmas que la fabricaban: Instituto Pasteur, Mérieux y laboratorios Philips-Duphar, desbordados por la demanda masiva que siguió a la campaña, fueron incapaces de suministrarla y se encontraron rápidamente en el límite de agotar las reservas… incluso, la gente empezó a comprar la vacuna al mercado negro.

Aquella campaña permitió que se pusiera de nuevo en la cabeza de la gente el concepto esencial de la vacuna salvadora. Permitió, además, afirmar que la epidemia de gran importancia que “era de tener miedo” (epidemia fantasma, como hemos visto) fue evitada gracias a la vacunación. En 24 horas el pánico se instaló, las fronteras se cerraron, algunos países corrieron el riesgo de bloqueo y de la asfixia económica. Esta campaña permitió al Instituto Pasteur que agotara su stock de vacuna anticolérica, lo cual contribuiría, sin lugar a dudas, a restablecer su equilibrio financiero.

El éxito perfecto de la campaña a favor de la vacuna antipolio del 1957-1958 es una prueba de la que se supo extraer los aprendizajes del pánico general organizado el 1955, y que llevó a vacunar inútilmente a 11 millones de personas en unas semanas. Esta campaña continuó, con intervalos “necesarios por no incomodar las opiniones”, elevando a la categoría de epidemia o de amenaza de epidemia a la aparición de cada caso de polio, sin dejar de recordar el carácter mutilante de esta enfermedad, evocando las victorias a la vacuna y jugando a la vez, con el miedo y la necesidad de protección, hasta llegar a la sanción de obligatoriedad el 1964. El ministro de Salud Pública justificaba de este modo su decreto reciente que instituía la pena de prisión para los resistentes.

La explotación publicitaria de los congresos contribuye enormemente a instalar con solidez en el público, en los médicos y en los parlamentarios, las opiniones deseadas.

El “tornillo” de la vacuna cada vez aprieta con más fuerza, sobre todo a causa de la teoría de la inmunización colectiva.

Los partidarios de la vacunación antivarólica afirmaban al inicio que protegía durante toda la vida. Ahora bien, el fracaso fue flagrante y las epidemias afectaban a los vacunados. Se discutió sobre la tipología de vacunas, pero como que continuaban los fracasos, se impuso la necesidad de revacunar. Como que los fracasos todavía persistían, todo y en las poblaciones más vacunadas, se adoptaron medidas generales de higiene, estableciendo, al mismo tiempo, la obligatoriedad de la vacuna… y se le atribuyó el éxito a esta última. De forma contraria, habría supuesto un gran desprestigio.

En 1938 – 1939 y en 1964, cuando se votaron las leyes de obligatoriedad que concernían a las vacunaciones antidiftérica, antitetánica y antipolio, los legisladores no olvidaron estipular aquello que la administración había impuesto: combinar la obligación penal prevista por cualquier delito con el “chantaje” al mundo educativo impidiendo su entrada a los no vacunados, una coacción enorme, contradictoria con el principio de la obligación escolar. Se vieron, por ejemplo, casos de criaturas excluidas de la escuela por falta de vacunación, a los padres de los cuales se les privó de su seguro social en la medida que sus hijos no asistían en la escuela.
Algunos funcionarios de Salud Pública, más respetuosos con los derechos de los ciudadanos, vacilaron a la hora de recurrir a soluciones de fuerza y a vacunar obligatoriamente a los niños,. Como resulta que si los padres pagaban la multa prevista por la ley contra los refractarios, los niños podían quedar sin vacunar, tuvieron que buscar el medio de obligar a los padres: se trataba de aplicar la ordenanza de diciembre de 1958 relativa a la protección de menores en peligro y que podía llegar a significar “la privación de la patria potestad del hijo”.

Argumentación a favor de las vacunas y su relación con la imposición

El Estado debe imponer la obligatoriedad de la vacunación pues su deber es proteger la población de manera global contra las epidemias. El único medio de prevenirlas es, “evidentemente”, vacunar a nivel global. La vacunación se impone en el momento en que se considera que es por el “bien” de todos.
Los argumentos que se plantean para justificar estas afirmaciones son los siguientes:

  1. Las vacunaciones han pasado suficientes pruebas puesto que gracias a ellas las epidemias han desaparecido.
  2. Los individuos invacunados pueden ser portadores de gérmenes y diseminar la enfermedad.
  3. Por eso, es importante mantener “una barrera de inmunidad”, la única capaz de proteger a la colectividad. Esta “protección vacunatoria” solo puede ser eficaz cuando cubre entre el 80% o el 85% de la población.

Como que el objetivo de este libhro no es convencer, sino sacar a la luz problemas reales para provocar la reflexión, importa poco alinear de nuevo una batería completa de argumentos para contradecir la principal gran afirmación según la cual las vacunaciones habrían pasado ya suficientes pruebas, puesto que las enfermedades correspondientes han desaparecido. Con lo cual hay que recordar las conclusiones que se pueden sacar del examen de las estadísticas:

  1. La amplitud de las enfermedades epidémicas había ya retrocedido en la mitad o en las tres cuartas partes antes de la intervención de las vacunaciones.
  2. Estas de ninguna forma desviaron la curva para precipitar su mejora.
  3. Los “resultados” espectaculares solo aparecieron cuando se vacunó masivamente “en marea baja”
  4. Ninguna vacunación masiva ha podido parar o impedir una recrudescencia de la tasa epidemiológica cuando la vacunación se efectuó en “marea alta”.

Con lo cual se vuelve a confirmar la anterior conclusión: es la elevación del nivel de vida lo que protege y no la vacunación.

Estar convencidos de la eficacia de las vacunaciones, no es una razón para imponerlas. Si son eficaces, no hace falta preocuparse por nada, pero nosotros juzgamos que son peligrosas.

  • De ninguna forma, replican los partidarios de la vacuna. ¡El contagio existe! Si ustedes no están inmunizados pueden contraer la enfermedad y entonces nosotros corremos el riesgo de contaminarnos. Por la seguridad de todos, nadie tendría que poder sustraerse a la vacunación.

  • Si ustedes temen a la enfermedad, al mismo tiempo que pretenden estar inmunizados contra ella, confiesen entonces que reconocen la ineficacia de las vacunas. ¿Ustedes, afirman, en suma, que las vacunas protegen cuando no hay peligro, pero que son inoperantes en caso de amenaza de epidemia o cuando se está en contacto con algún enfermo?

Y ahora en el 2020

Diciembre de 2020, a lo largo del arresto domiciliario iniciado el 13 de marzo del 2019, medidas de “seguridad” se nos imponen: uso de la mascarilla de forma obligatoria para salir a la calle, el uso de hielo hidroalcohólico de forma constante en nuestra vida, el arresto en el municipio a lo largo del fin de semana, el toque de queda de las 10 de la noche a las 6 de la madrugada diario… En fin la normalización de un montón de elementos en nuestras vidas con la supuesta finalidad de hacer bajar las cifras de contagio de la epidemia.

Unos alumnos que tienen que ir a la escuela, un espacio que tendría que ser de aprendizaje y crecimiento del ser, donde tienen que pasar una parte importante de su día sin poderse relacionar con plena libertad y creando barreras de socialización con todos los elementos usados como “seguridad”. Los alumnos que deciden no hacer uso de estos elementos obligatorios salen a los medios, así la sociedad los apunta a ellos y a sus familias, y como elementos disruptivos, en consecuencia al no querer obedecer los aíslan en su domicilio, pudiendo hacer, eso sí, unas clases online.

Campañas publicitarias que ayudan a sembrar el miedo, como: “Cap Fred” que ofrece cada día, la televisión pública de Cataluña, en la cual pretende instruirnos en nuestros actos y no mostrar afecto físico y menos ningún contacto en estos momentos.

La carrera por una vacuna del coronavirus eficaz, efectiva y eficiente llega este invierno con cuatro laboratorios (Moderna, Pfizer, AstraZeneca y Janssen) solicitando autorizaciones de emergencia y dos tecnologías nunca probadas en humanos, que podrían cambiar la historia de las vacunas.
Ahora nos dicen que ya tienen el plan para este inicio de año, y parece ser que para todo el próximo.

Parece que ahora en el 2020 no estamos tan lejos de las reflexiones que Fernand Delaure con su libro (*) nos ha expuesto.

Que no nos dominen con el miedo y no nos instruyan con nuestra salud.

(*) Fernand Delarue, Salud e Infección, Editorial Nueva Imagen, México, 1980

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