La violencia en el seno del proletariado

La violencia en el seno del proletariado, con su secuela de muertes, violaciones y agresiones las cuales ocupan grandes titulares de prensa, olvida tratar la violencia de clase para enfrentarse al capitalismo, y nos sitúa en el análisis de ángulo estrecho respecto de la “violencia”, como concepto unidimensional e intrínsecamente maligno.

La desigual guerra de la lucha de clases, en la que el proletariado está perdiendo batalla tras batalla, comporta una enfermedad social que se agrava día a día. Esta enfermedad social lleva aparejada unos sentimientos de impotencia y una esquizofrenia galopante. Por un lado se está inmerso en una sociedad de la abundancia, pero ésta es solamente para los que disponen de una demanda solvente y por otro lado la falta de recursos comporta una desvalorización de los roles tradicionales.

Al mismo tiempo los benjamines de las clases medias y acomodadas con sus necesidades económicas resueltas a través de las transferencias de sus progenitores y un futuro que si bien no es halagüeño, si que les da un cierto margen de seguridad los ahorros familiares y así se envalentonan y se otorgan el derecho de pernada ejercido contra mujeres, y en este aspecto no se salvan los que se otorgan el calificativo de “progresistas”, “izquierdistas”, “anti-sistemas” o cualquier otra denominación aparentemente transformadora de la sociedad.

La propiedad de bienes materiales queda para un segmento poblacional del proletariado situado en lo que llamaríamos las nuevas clases medias (funcionariado, trabajadores sindicados fijos de grandes empresas, profesionales, hijos, hijas de la pequeña burguesía que viven de transferencias inter-generacionales, etc.). Para el resto la imposibilidad de acceder a algún tipo de propiedad ya sea vivienda, medios de transporte, ocupación fija y salario digno, etc. Todo ello hace que esta parte del proletariado se agarre desesperadamente a los últimos recursos “privados” a los cuales poder ejercer su poder-propiedad: los miembros de la familia nuclear patriarcal.

Este ejercicio de poder lo sufren en primer lugar las criaturas como símbolos primarios de propiedad, a su lado las mujeres que, transmiten el maltrato recibido hacia los más débiles: sus hijos e hijas pequeños. Y colateralmente, los hijos e hijas ya adultos que se hallan en dicha situación de impotencia descargan sus desafueros hacia los padres y madres ancianos.

En la medida que los núcleos familiares son reducidos a dos personas, introvertidas socialmente, alejadas de los amortiguadores emocionales, sociales y económicos que podría representar una estructura inter-generacional, el estallido de violencia se hace inevitable cuando en el horizonte no cabe otra visión que la de la sociedad capitalista en la cual la valorización de las personas se realiza no por lo que son sino por lo que tienen. Y de este modo una parte del proletariado depauperado se agarra como clavo ardiente a lo que considera “su propiedad” y que mediante el ejercicio de autoridad-poder sobre ella intenta contrarrestar su “no poder” en el seno de la sociedad.

Este es el germen de la llamada violencia machista que, a tenor de las informaciones sobre las diferentes agresiones, se establece mayormente en el seno del proletariado.

Las agresiones por la lacra de los “celos” que atañen a diversos estratos sociales, no son otra cosa que las derivadas del sentido de “pertenencia” de las personas a las cuales se agrede. Es el sentido de la propiedad privada sobre cosas y personas.

Este germen fundamental, interactúa dialécticamente con el modo cultural que implementa el capitalismo, tanto en el fomento y reiteración de tradiciones, que se podría decir que regeneran no solo los modelos capitalistas sino incluso los pre-capitalistas, como el contenido de fondo de buena parte del modelo educativo entendido en su conjunto de etapa pedagógica de las personas, martilleando dicho conjunto de “valores” a través del ocio cinematográfico, los video-juegos, la publicidad tradicional, las apuestas y ludopatías que afectan al proletariado y cuyos efectos —las deudas— se trasladan al espacio doméstico. Sin olvidar las religiones, que persisten por los siglos de los siglos, en el patriarcado como un factor esencial de su “derecho natural”.

En ausencia de lucha de clases protagonizada por el proletariado, que no por el capital, se deriva el sentimiento de impotencia y aislamiento que se traslada en forma violenta hacia los más débiles.

Cuando analizamos los casos de violencia hacia las personas, ya sean mujeres, hombres, criaturas o ancianos, vemos que mayormente se producen en los hogares donde las condiciones están por debajo de lo que podríamos denominar ingresos medios. El proletario, hombre, “macho” inmerso actualmente en un contexto de sumisión al patrono, incapaz de enfrentarse a las injusticias de la explotación capitalista, lejos incluso de exigir las mínimas condiciones de la venta de su fuerza de trabajo, acobardado para denunciar abusos de todo tipo, impotente, descarga su ira acumulada hacia los demás miembros de su núcleo parental, básicamente mujer y criaturas. Y no será a través de un discurso genérico sobre la violencia que se atenuarán y desaparecerán las violencias, será a través de la reorganización del proletariado sindical y políticamente que la ira y la violencia se dirigirá hacia los verdaderos responsables del deterioro ético y material de la sociedad: los y las explotadores que viven del sudor de la mayoría. Cualquier discurso que enturbie la lucha de clases y la intente desviar hacia una lucha de sexos hace un flaco favor a la resolución del problema de la violencia hacia mujeres, criaturas y ancianos.

Dentro de la burguesía, se reproducen igualmente las violencias, pero quedan escondidas, tanto por los medios de comunicación como por parte de las víctimas, de las cuales se “compra” su silencio y solamente se hace público cuando el precio de la compra de dicho silencio no satisface las expectativas de las personas agredidas. Ejemplos suficientes han aparecido en la prensa sensacionalista sobre denuncias de violaciones a mujeres y menores de ambos sexos por parte de renombradas figuras del deporte, la política, la nobleza, las finanzas… Denuncias que han llegado a los tribunales debido a que han fracasado las negociaciones sobre indemnizaciones millonarias solicitadas por las víctimas, las cuales, algunas de ellas se lucran mediante las generosas retribuciones que perciben de las cadenas televisivas para que expresen con el máximo de morbo las vejaciones sufridas. Podemos afirmar sin lugar a dudas que la inmensa mayoría de agresiones sexuales se realizan por parte de la burguesía tanto en lo referente a las violaciones de mujeres como las de menores, tanto varones como hembras, y que la mayoría de las veces quedan en perpetuo silencio al igual que las realizadas por los miembros de las diferentes órdenes religiosas, que cuando se hacen públicos solamente representan la parte superficial del iceberg, quedando en el silencio la mayoría. Poderoso caballero es don dinero.

Muchos jóvenes, alejados de cualquier experiencia inter-generacional, subordinados primero a los sistemas de enseñanza competitivos, después a los medios de comunicación audiovisuales en los cuales impera asimismo la competencia y la violencia desde los llamados “deportivos” hasta los juegos por internet incluyendo además de los aspectos violentos de carácter guerrero los correspondientes al denominado porno en el cual el papel de la mujer es reducido a objeto. Posteriormente la adicción al alcohol y las drogas como medios de evasión.

Todo ello, una mezcolanza de perspectivas frustradas, de falta de educación sentimental, de agresividad personal, de impotencia… muchos hombres se convierten en “manada”, cual animales, para agredir individual o colectivamente a mujeres consideradas por ellos como objetos de deseo y disfrute.

Causa amargura leer eslóganes “progres” como el tuit publicado por Irene Montero en la cuenta oficial del Ministerio de Igualdad que difundió un grito aparentemente feminista «Sola y borracha, quiero llegar a casa”, repetido por mujeres en algunas manifestaciones. Dichos llamamientos no son de extrañar, son la expresión de unos residuos de la pequeña burguesía ilustrada en la cual su subconsciente no alberga otra cosa que el individualismo y la alienación característicos de una semi-clase híbrida que teme al proletariado y es rechazada por la burguesía. Eslóganes parecidos son la antítesis de lo que debería ser un comportamiento social no alienado ni alienante que no tuviera necesidad de emborracharse para poder disfrutar los momentos de asueto. “Soledad y borrachera” indican la concepción reaccionaria individualista del nuevo espíritu del capitalismo como afirma Éve Chiapello (*). Ensalzar lo individual por encima de lo colectivo, alabar la alienación por el alcohol por encima de una mente clara no es un grito de libertad, es un llamamiento a la sumisión, a la dependencia y a la violencia sin sentido, pues es de imaginar la “llegada a casa” de una persona borracha, sea hombre o mujer, y las repercusiones que ello tiene hacia el resto de las personas que cohabitan con los/las beodos: madres, padres, hermanas, hermanos, amigas, amigos… El proletariado debe caminar serena y colectivamente para ejercer la violencia, serena también, contra la clase dominante.

Toda una pléyade de psicólogos, psicoanalistas, educadores sociales, policías especializados, abogados especializados, mediadores, políticos de varios colores y un largo etcétera dicen disponer de las soluciones para evitar tales desmanes y todos ellos disponen de suculentas subvenciones y de grandes titulares en los distintos medios de comunicación siempre y cuando olviden totalmente el carácter de clase de la violencia y escondan las graves contradicciones en el seno de la sociedad. Solamente quedan “autorizadas” aquellas voces que se centran en la dicotomía hombre-mujer. Cierta repugnancia debería sentirse al escuchar voces femeninas que apelando una teórica defensa del “género” al mismo tiempo ejercitan una extrema violencia de clase hacia hombres y mujeres pertenecientes tanto del proletariado autóctono como del conjunto de las sociedades periféricas.

La propuesta de un Pacto Inter-generacional Proletario, no resolvería “per se” estos problemas, pero sí que puede ser el marco idóneo en el cual poder disolver este sentimiento de apropiación, si paralelamente a la familia amplia —natural o asimilada—, se adquiere conciencia de la necesidad de la incorporación a la lucha de clases y con ella la derivación de muchas violencias hacia el verdadero responsable: el capitalismo.

(*) Luc Boltanski y Ève Chiapello, El nuevo espíritu del capitalismo, 1999

comentarios

  1. A mí me metieron una denuncia falsa por celos. Con la gente con la que estuve en el calabozo, de unos diez, uno había dado de hostias a su mujer realmente, y a otro que estaba con collarín le habían dado tal somanta de hostias que no pudo ni hablar con nosotros; el resto habían sido broncas. La mujer, ingenuamente, piensa que utiliza al estado burgués para «castigar» a hombre con su respaldo, pero la realidad es que es el estado burgués el que utiliza a la mujer para reprimir y arrasar la inviolabilidad de la vivienda, la presunción de inocencia, la necesidad de pruebas o la propiedad privada. Por supuesto la que asume el papel de actora es la mujer, y es a quien se le hace poner la firma y denunciar. A todos nos iban retirando la denuncia, menos a un tío de más de cincuenta años que tenía la casa ya pagada, le iban a acompañar dos agentes para recoger sus cosas y le dejaban luego en la puta calle. Normalmente la gente a la que han arruinado la vida y expulsado de su casa, que se quema, no va a por el estado, sino a por la mujer, a quien el estado burgués cede la responsabilidad, la decisión. Me dijo un gitano que de los pocos que había conocido en la cárcel por matar a la mujer, dos lo habían hecho después de haber sido desahuciados por vía de denuncia falsa, para ajustar cuentas. Se está denostando la violencia y la política poque los problemas económicos del proletariado requieren una solución política y ésta a su vez requiere una solución militar.

    1. Decir que las mujeres ponen, con carácter general, denuncias falsas es como decir que las personas que denuncian torturas en comisaria se lo inventan. Ese mensaje tiene como fin último legitimar la opresión.

      También hay quien dice que las personas presas viven como reyes, o que los inmigrantes gozan de subvenciones por venir en patera.

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