La rusofobia vuelve a estar en primer plano

Giulietto Chiesa
El año pasado ya publicamos una entrada ‘El origen de la fobia contra Rusia’ comentando el libro del político suizo Guy Mettan en el que analizaba la rusofobia, remontándola a los tiempos de Carlomagno, nada menos. No era el único. Dominic Basulto escribió otro con el mismo título que no tuvo tanta difusión.

La rusofobia forma parte ya de lo más cutre de la subcultura burguesa. Ahora un político revisionista italiano, Giulietto Chiesa, vuelve sobre el mismo asunto. Chiesa fue corresponsal de los diarios italianos L’Unitá y La Stampa en Moscú, así como diputado del Parlamento europeo. Es un amigo muy amigo de Gorbachov, con quien fundó el World Political Forum. Actualmente colabora en la Red Voltaire y es un comentarista asiduo en las cadenas rusas de televisión.

Acaba de escribir Rusofobia 2.0 sobre este fenómeno siquiátrico que se ha expandido por el mundo como un virus patógeno, que se ha demostrado capaz de alterar el funcionamiento de las neuronas. Sin embargo, a pesar de que se conocen numerosos antídotos capaces de frenar su propagación, los remedios no se venden en las farmacias.

El vector que transmite el contagio son los medios de comunicación, especialmente las televisiones, pero ellos no son más que lo que sus nombres indican: medios, intermediarios. El verdadero origen del virus es la política iniciada por Putin desde su llegada al Kremlin en 1999, que ha alcanzado su cénit en 2014 tras el golpe de Estado fascista en Ucrania y la posterior Guerra de Siria.

Es el mayor fracaso de la medicina científica que se conoce desde los tiempos de Hipócrates. Con Rusia los medios de comunicación hacen vudú, auténticos sortilegios en los que una serie de palabras mágicas (Putin, Kremlin, Moscú) desempeñan el papel de chivos expiatorios.

Por lo demás, a medida que demonizan a Rusia, hay quien la tiene por un baluarte de la lucha contra el imperialismo, lo cual tampoco ayuda demasiado a la medicina científica. Rusia ni quiere ni puede sacar las castañas del fuego a nadie, a ningún país ni a ningún movimiento antimperialista.

Los hay también que, como el propio Chiesa, quieren lo mismo que quiere Rusia, un mundo multipolar, es decir, un imperialismo sin hegemonía en el que en lugar de una única potencia hegemónica haya un puñado de ellas, algo así como lo que se logró en 1945 al crear el Consejo de Seguridad de la ONU, donde cinco países, entre ellos la URSS, tenían un asiento permanente y un derecho de veto.

Es algo que no debería sorprender en absoluto. Mientras el imperialismo exista, habrá fuerzas que se opongan y luchen en su contra. De la misma manera, dado que el imperialismo conduce a la hegemonía, también habrá quienes se opongan a ella, aunque no sepan muy bien los motivos y crean que puede existir un capitalismo sin imperialismo, un imperialismo sin hegemonía, y así sucesivamente.

No es la primera vez, ni será la última, que alguien se lamenta de las consecuencias del capitalismo, pero no del capitalismo mismo. Las confusiones posibles están siendo numerosas, como se puede comprobar a diario en los medios que se pretenden “alternativos”, normalmente por la intervención de una moralidad subconsciente acerca de lo bueno, lo malo y lo menos malo, que es típica de las culturas cristianas. “No es que la política rusa se pueda calificar de buena, pero en comparación con Estados Unidos, es mejor, o es preferible”, dicen algunos.

Otras veces, sobre todo si se refieren a personajes demonizados, como el propio Putin, los intentos de explicación se interpretan como intentos de justificación.

En fin, hay quien, como consecuencia de aversiones recónditas, cree que de los malos de la película nunca se puede obtener nada bueno. Así es posible que todo lo que diga Putin sea mentira… precisamente porque lo dice él. ¿Qué otra cosa cabe esperar de alguien así?

Lo bueno de todo esto es que el sicoanálisis vuelve al primer plano.

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