La ola de histeria está fabricando una sociedad de déspotas por un lado y asustados por el otro

La Comandancia de Alicante de la Guardia Civil ha publicado un listado de productos “de primera necesidad” que justifican ir a comprar al supermercado o circular por la calle. Hay que comprar y hay que comer lo que diga un comandante de la Guardia Civil.

Por su parte, la alcaldesa de Gijón ha limitado los paseos al perro a 200 metros de casa y solo tres veces al día.

La represión sólo se manifiesta como tal, con su verdadero rostro, cuando alcanza esas cotas máximas, a la vez absurdas y delirantes. Los detenidos lo saben muy bien y los presos también.

A su vez, para que alcance el delirio, la represión necesita impunidad, despotismo, que es la máxima expresión del terror, en este caso del terrorismo de Estado. Es ese punto nada sutil en el que uno se da cuenta de que pueden hacer contigo lo que les de la gana porque no pasa nada.

Hay algo que lo justifica todo, cualquier cosa. En este caso es una pandemia, que a su vez disemina miedo, millones de personas asustadas ante algo que no saben lo que es, de lo que nunca habían oído hablar y ahora escuchan por todas partes.

Para cerrar el círculo del pánico se necesitan personajes grotescos, como un comandante de la Guardia Civil metido a nutricionista, al que ascenderán y colgarán medallas y menciones honoríficas.

Este tipo de comandantes son la foto perfecta del Estado que nos gobierna. Pero no sólo él. Un sujeto así necesita alguien por encima suyo que le respalde, diseñado en el mismo taller de chapa y pintura: el Delegado del Gobierno, el ministro Marlasca, el Director General de la Guardia Civil… toda esa cadena de mando que no sólo no le parará los pies sino que se quedan entusiasmados con su celo inquisidor.

Hay otra cosa que también tranquiliza la mala conciencia de los progres y los defensores de los derechos humanos, que también necesitan sentirse protagonistas en estos momentos tan críticos: la ingenuidad de suponer que lo que está ocurriendo es pasajero.

Es inútil hacerles comprender que en 1821 se introdujo en España la ley marcial y nunca se ha derogado. Que en 1936 los fascistas publicaron un bando declarando el estado de guerra y nunca se ha derogado. Que las leyes antiterroristas promulgadas por los franquistas desde 1947 se han sucedido unas a otras sin solución de continuidad, lo mismo que las de orden público, seguridad ciudadana…

No deberíamos olvidar que la ley marcial la ha impuesto un gobierno del PSOE y de Podemos y ha llegado para quedarse. Si en Mesopotamia las leyes se escribián en las piedras para que duraran eternamente, lo mismo ocurre con el pánico: ha llegado para quedarse porque no hay nada más fácil que dominar a una población que está atemorizada y no sabe por qué, ni de qué.

Eso es exactamente el miedo, un estado que se fabrica sin saber el motivo y, lo que es peor, a pesar de que no haya ningún motivo para tenerlo.

Las personas libres decimos lo siguiente: señor comandante, sepa Usted que vamos a comprar, vamos a comer y vamos a beber lo que nos de la real gana.

Señora alcaldesa de Gijón: vamos a pasear al perro los metros que no de la real gana.

Las personas sólo somos libres cuando aprendemos a decir que no.

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