La medicina ya era un brazo armado del poder político a finales del siglo XVIII

El filósofo Giorgio Agamben se ha consolidado, desde el primer confinamiento, como uno de los únicos verdaderos intelectuales europeos, en el sentido que el término tuvo desde la segunda mitad del siglo XIX hasta los años setenta.

Un filósofo no nace ni se forma en una torre de marfil, sino en medio de sus conciudadanos y en interacción con ellos; su conocimiento, su reflexión, no se desarrolla en las nubes, sino en el mundo de los hombres, y debe servir para dar cuenta de él y comprenderlo mejor. A la inversa, un filósofo no es un mago, un profeta, que define lo bueno y dice lo correcto sobre la base de opciones subjetivas.

Si Agamben tomó partido en el asunto covid, fue como filósofo, basándose en los conceptos que había desarrollado en el curso de sus análisis, y en primer lugar el concepto de “nuda vida”.

Al principio fue Foucault y su concepto de “biopoder”: a partir del siglo XVIII, la evolución política no se dirigió (en contra de lo que proclamaba la Ilustración) hacia una mayor libertad, sino al contrario, hacia el totalitarismo. Armado con nuevos conocimientos y técnicas, el poder puede no sólo castigar en caso de transgresión (una operación rudimentaria), sino gobernar la vida entera de todos los sujetos, mediante un cúmulo, no de leyes, sino de simples directivas administrativas que enmarcan la menor de nuestras actividades (Tocqueville, que ya había hecho, ciertamente de forma menos sistemática, esta observación, hablaba, no de biopoder, sino de “monstruo blando”). Pero el análisis foucaultiano sólo puso en cuestión el poder del Estado, y sus seguidores están ahora esencialmente en el campo liberal, y siguen la corriente políticamente correcta: entre ellos no se alza ninguna voz para defender nuestras libertades concretas.

Agamben, en cambio, analiza el verdadero poder, que es el del neoliberalismo, y hace oír su protesta contra un biopoder (poder sobre la vida) que ahora es sólo un tanatopoder (poder de la muerte): el objetivo de “hacer vivir”, justificación de toda la empresa totalitaria, es ahora sólo la máscara de “hacer morir” (no se puede evitar pensar en el poder nazi, que pasó del “espacio vital” -hacer vivir a los alemanes- a los campos de concentración y a la agresión contra la URSS -hacer morir a los no arios-).

El poder médico desempeña aquí un papel fundamental. Es cierto que la medicina ya era un brazo armado del poder a finales del siglo XVIII: permitía, de forma económica (sin “sacar los tanques a la calle“), disciplinar a la población medicalizando la vida, desde el nacimiento hasta la muerte. Pero lo inédito de la crisis de covid es que ejerció su función mediante la negativa a tratar (impuesta por el poder político), organizando así la mortalidad atribuida a covid. El poder pudo así operar en bucle, y de manera absoluta: apoyándose en el número de muertos así obtenido, propagó obsesivamente el miedo a morir, lo que llevó a la aceptación de todas las medidas liberticidas. El paralelismo con la mafia, que extorsiona imponiendo su protección contra los abusos que ella misma comete, es evidente. La política, en el sentido de los debates e intercambios de ideas sobre la mejor manera de resolver los problemas de una comunidad, ha desaparecido así, para ser sustituida por una única pregunta: ¿cómo evitar morir? La vida social, afectiva y cultural, todo lo que conforma el “bios”, ha desaparecido ante el imperativo de la “zoé”, la vida cruda, biológica, la “nuda vida” de Agamben.

Ahora, en el opúsculo de Agamben “Guerra Civil”, publicado en 2015, basado en dos seminarios celebrados en 2001, encontramos una alegoría, o una premonición exacta de la situación actual.

En la segunda parte del libro, Agamben examina el Leviatán de Hobbes a partir de su famoso frontispicio de 1651, que representa a un rey con una espada en una mano y un báculo de obispo en la otra, símbolos de los poderes temporal y espiritual, de pie sobre un paisaje de campo que rodea una gran ciudad. A Agamben le sorprende que esta ciudad (como el campo) esté vacía de habitantes. Pero si se observa con más detenimiento, se advierte que en la parte derecha de la ciudad (izquierda para el lector), la zona del poder político, hay guardias armados, y en la parte izquierda, la zona del poder religioso, hay dos figuras cerca de la catedral, que hay que examinar con una lupa para darse cuenta de que son dos “médicos de la peste”, reconocibles por sus máscaras de largos picos. (Puede sorprender que los médicos, que tratan el cuerpo, aparezcan del lado de las autoridades religiosas: una notable anticipación de nuestros tiempos, en los que la supervivencia del cuerpo ha sustituido a la del alma, y la figura del médico ha suplantado a la del sacerdote). El pueblo está, pues, ausente, representado sólo por las fuerzas que aseguran su sumisión al poder.

¿Cómo no pensar en los dos ciclos que hemos vivido recientemente? Primero, en 2018-19, la revuelta de los chalecos amarillos, sofocada por la policía, armada, en vez de con mosquetes, con escopetas y lanzadores de pelotas de caucho; luego, en 2020-21, el terror covidiano, administrado por los medios de comunicación y los médicos de plató. Estos últimos han sustituido a los “generales de escena” de la Guerra del Golfo, ¿es esto un progreso? En 2003, fue necesaria la guerra para imponer un sistema de información totalitario en el que todos los medios de comunicación, todos los canales, escuchaban lo mismo; hoy, la censura puede imponerse sin ningún problema incluso en tiempos de paz. Pasar de los generales de etapa a los médicos de etapa es, por el contrario, una verdadera escalada de totalitarismo.

Así que este es nuestro “paisaje después de la batalla“: un régimen en el que la política y los ciudadanos han desaparecido; todo lo que queda es, en palabras de Agamben, una “multitud disuelta”, masas atomizadas y no organizadas (los partidos políticos ya no las representan), invisibles, de las que sólo quedan las máscaras (al igual que, del gato de Cheshire, sólo la sonrisa, o más bien la mueca). Sólo la policía puede moverse libremente, sólo los médicos de plató tienen derecho a hablar. Así, la democracia residual de los covid sólo se compone de los dos tipos de perros guardianes que vigilan al rebaño, que se reduce a ser objeto de represión u objeto de cuidado (o de rechazo de cuidado). Nuestro régimen alcanza así la ademia (ausencia de personas) que se describe en el frontispicio del Leviatán.

Esta situación no es realmente patológica, sino que entra en la lógica de la democracia burguesa: el pueblo sólo puede actuar a través de sus representantes, y en cuanto éstos son elegidos, desaparecen como súbditos y sólo tienen que obedecer. Pero hemos llegado al final de esta lógica: el pueblo, que no tiene ningún estatuto jurídico real, ya no está capacitado para elegir a sus representantes, que de hecho están cooptados: la llamada Asamblea Nacional ya no representa nada, y las elecciones presidenciales no son más que un teatro de marionetas cuyos hilos son movidos por los medios de comunicación para distraer a los pacientes potenciales que somos.

Lars von Trier fue un profeta cuando en 1994 hizo de su Gran Hospital, llamado el Reino, la alegoría de todo el país, o más bien de Europa. Será interesante ver qué nos depara la tercera temporada de la serie, prevista para 2022.

Rosa Llorens https://www.legrandsoir.info/medecins-et-policiers-seuls-citoyens-du-regime-covidique-une-analyse-d-agamben.html

comentario

  1. El final del artículo se pregunta qué nos deparará el bonito año nº 2022. Voy a sacar la bola de cristal y a frotarla un poco, a ver qué sale.

    ¿Qué tal una buena ración de CAOS de la mano de un blackout como Dios (oligarca) manda? Por supuesto, nuestros amados oligarcas globales mantendrán una hora al día para el «servicio público» que constituye la indispensable información al ciudadano -¿o quizás más bien manipulación del mundano rebaño? En todo caso no tiréis todavía vuestras teles por la ventana; os van a servir para ver el telediario de las 21:00… el cual nos mantendrá perfectamente informados sobre lo que quieren que pensemos que está pasando (el resto del tiempo, sin emisión alguna; no sé si algunos sobrevivirán sin saber que ha sido de Antonio David y Rociito).

    Y por supuesto, sahionara a todas las páginas web «alternativas» y RRSS que no se puedan controlar. En otras palabras, los apagones les va a servir para lanzar una bomba nuclear de CENSURA. Vosotros que os quejabais (y con razón) de Franco… pues ahora sí que vais a flipar, colegas. Pepinillos de Lodosa vais a flipar.

    Este CAOS también servirá (¡faltaría mas!) para crear una atmósfera apocalíptica que difumine (por comparación) y justifique (por subsiguiente y cacareada falta y falla de la atención médica) la oleada de muertes que ya no se van a poder silenciar a causa del «experimento» genético (salvo literalmente borrando todas las comunicaciones, claro).

    Suena exagerado, ¿verdad? Pues solo lo será hasta que la realidad supere la ficción… como siempre pasa. En todo caso no os preocupéis, ya que Nuestro Amado Rey nos enaltece y Nuestra Policía nos protege. Ale, a gozar todos con sus porras y pelotas; que tienen para repartir a todos.

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