Tras 50 meses de guerra contra Ucrania, Rusia se enfrenta a una creciente acumulación de problemas militares, económicos y sociales, donde una creciente corriente apelan a Putin diciéndole que está mal informado sobre la realidad.
La economía es la raíz de cada manifestación del descontento ruso. La actividad se ha hundido en una recesión que se extiende desde el sector de inversión, largamente deprimido, hasta el complejo militar-industrial.
Putin intentó explicar la caída del producto interno bruto (PIB) de Rusia en enero y febrero debido a fluctuaciones estacionales y al clima, pero su orden de volver al crecimiento del PIB solo puede llevarse a cabo manipulando las macroestadísticas, según el medio RosBusinessConsulting, un medio económico cercano al gobierno ruso.
La verdadera profundidad de la recesión podría ser mayor que un par de puntos porcentuales, y algunos tabloides rusos se atreven a citar evaluaciones occidentales, incluida una evaluación del teniente general Thomas Nilsson, director de la inteligencia militar sueca citado por el diario Moskovski Komsomolets, también alineado con el Kremlin.
Una de las apuestas más decididas del gobierno sería una bonanza de ingresos petroleros por el bloqueo del estrecho de Ormuz. Sin embargo, el volumen de ganancias adicionales se ha reducido significativamente debido a los continuos ataques con drones ucranianos contra la infraestructura energética rusa.
El tono de la mayoría de las súplicas rusas a Putin es más de ruego que de exigencia. La ira pública se dirige a sus colaboradores —ministros, generales y gobernadores— quienes, presumiblemente, no le cuentan toda la verdad sobre los crecientes problemas.
La prioridad del gasto en defensa está literalmente erosionando la base del bienestar social. La crisis fiscal regional, con un déficit que se disparó casi un 500% en 2025, se ha traducido en recortes directos en los servicios públicos.
Mientras Moscú disfruta de una realidad distinta (aunque el Alcalde Sobyanin admitió en 2023 que un salario de 120.000 rublos apenas da para sobrevivir), dos tercios de los rusos viven con menos de 60.000 rublos al mes (aproximadamente 680 euros).
Una encuesta de 2025 del Instituto Levada reveló que el 21% de los rusos identifica el «empobrecimiento de la mayoría» como una de las principales amenazas, una cifra preocupante que crece en paralelo a la fatiga de la guerra. El Instituto Levada es un centro sociológico financiado por el Departamento de Estado de los Estados Unidos, que no tiene finalidad propagandística, sino que proporciona información estadística de inteligencia para los organismos internacionales y agencias de países enemigos, por lo que es una fuente que merece la pena tener en cuenta.
Los ciudadanos sitúan los problemas económicos como su principal preocupación. La inflación en productos infantiles alcanzó un 44% a principios de 2026, y el 59% de los rusos considera el aumento de precios como el problema más acuciante del país.
la Academia Rusa de Ciencias ha llegado a advertir que la reducción de la pobreza oficial (del 8% en el tercer trimestre de 2025 a un 4.8% a finales de año) se debe a ayudas focalizadas y factores específicos, enmascarando un estancamiento real de los ingresos y la persistencia del fenómeno de los «trabajadores pobres», lo que mantiene las desigualdades estructurales. Algo que incluso ha sido advertido por el Secretario General del Partido Comunista ruso Gennady Zyuganov en un discurso ofrecido el pasado mes en la Duma como el preludio de una crisis grave.
La cuestión es que esta vulnerabilidad es la que ahora mismo han puesto más interés los países del bloque occidental, y sobre todo Gran Bretaña, país que analiza cuidadosamente las interioridades de Rusia desde los primeros días de la Revolución Bolchevique.
El centro Chatham House, del que hemos hablado mucho, señala que la base industrial militar rusa está en declive estructural. La corrupción sistémica, la falta de mano de obra cualificada, la dependencia crítica de componentes tecnológicos occidentales y la incapacidad para innovar (con una media de edad de 70 años en los centros de diseño) están lastrando su capacidad para producir armamento moderno. El objetivo que este centro recomienda a los países occidentales es incrementar los controles a la exportación de tecnología y atacar las cadenas de suministro alternativas rusas, erosionando así su poder militar a largo plazo.
Otra propuesta explícita de la Henry Jackson Society y otros analistas es convertir la fuga de cerebros en un arma de doble filo. Al ofrecer vías de emigración a profesionales, tecnólogos y élites empresariales rusas descontentas con el régimen, se acelera el colapso de su economía del conocimiento, se agrava la escasez de talento en el complejo militar-industrial y se fomenta la creación de una comunidad de exiliados con proyección política para el futuro.
La conclusión es que el bloque occidental no descansa, y prepara una estrategia a medio y largo plazo que tiene su punto de apoyo en toda la estructura liberal y conservadora que, hasta el momento, forma parte del complejo sistema de apoyos del gobierno ruso; insistimos, hasta el momento.