El ministro de Asuntos Exteriores de Israel, Gideon Saar, ha anunciado oficialmente la interrupción de todo contacto con la Alta Representante de Asuntos Exteriores de la Unión Europea, Kaja Kallas.
Saar acusa a la dirigente europea de moverse “obsesivamente y con una flagrante falta de imparcialidad” hacia Israel. La gota que desbordó el vaso, según Israel, fue cuando, en algunas discusiones a puerta cerrada con representantes de México, durante una visita entre el 20 y el 22 de mayo, comparó el trato de Israel a los palestinos en los territorios ocupados de Cisjordania con el régimen racista de apartheid que históricamente ha marcado a Sudáfrica.
El dirigente israelí ha suspendido las comunicaciones con Kallas “hasta que retire la calumnia de sangre que ha dirigido al único estado judío en el mundo, que también es la única democracia en Oriente Medio”.
Es un argumento absurdo por el que Israel se erige en el defensor de los judíos y cualquier crítica a Israel se considera como un ataque a los judíos, es decir, el tópico del “antisemitismo”.
En cuanto a la “democracia”, si Israel se erige en su bastión en cualquier lugar del mundo, sería un flaco favor para ella.
Las palabras de Kallas responden a una evidencia muy extendida: Israel es un estado de apartheid que en su frenesí ha llegado mucho más lejos que Sudáfrica. Aquí lo unico que cabe reprochar a Kallas es que lo haya dicho en una reunión confidencia, y no en una rueda de prensa.
Luego Kallas ha hecho lo peor que podía hacer: se ha disculpado ante Israel, reiterando la importancia del diálogo con Tel Aviv. Al mismo tiempo, en su nota Kallas recordó la posición oficial de la Unión Europea, es decir, la “solución de los dos Estados” y la condena de los asentamientos ilegales en Cisjordania, que hacen imposible ese objetivo.
La Unión Europea no da para más, ni siquiera en las declaraciones oficiales porque, bajo cuerda, los europeos son fieles defensores de los crímenes israelíes y hace tiempo que deberían haber roto relaciones diplomáticas con los sionistas.
A pesar de que la Unión Europea no ha sido capaz de imponer sanciones ni siquiera a Ben Gvir, el gobierno de Tel Aviv ha pasado al ataque, volviendo la balanza del revés: un Estado genocida suspende las relaciones con la Unión Europea, mientras la Unión Europea implora el diálogo con los genocidas.
La suspensión de las relaciones diplomáticas tiene como objetivo presionar sobre las cumbres europeas, porque ahora parece posible introducir restricciones comerciales a los productos que proceden de las colonias en Cisjordania.