España ha vivido un incremento inédito de muertes entre el 1 y el 25 de julio de este año

Según la base de datos MoMo (sistema de monitorización de la mortalidad diaria por todas las causas), que depende directamente del Ministerio de Sanidad, se ha registrado un exceso de defunciones entre ambas fechas de 8.655 personas más de lo previsto.

El portal estadístico señala igualmente que solamente 1.823 son atribuibles a las altas temperaturas que se han vivido en toda la península en las últimas semanas. El resto son «causas desconocidas», sin que exista una explicación oficial medianamente clara o veraz; ni siquiera los datos de MoMo están siendo atendidos por la mayoría de medios de comunicación.

No obstante el incremento atribuido a los termómetros también se ha disparado, y tampoco se está buscando explicación. Entre 2006 y 2020 se registraron 188 fallecimientos asociados a golpes de calor o exposición al calor excesivo; la mayoría en mayores de 64 años de edad. Los años más dramáticos en número de muertes fueron 2006, 2015, 2018 y 2019, con 21, 24, 42 y 21 defunciones respectivamente.

En 2020, pese a que en términos anuales fue “el año más cálido junto a 2017”, tan solo se registraron seis muertes (dos en Cataluña y una en Andalucía, Baleares, Extremadura y Murcia), todas ellas en hombres con una edad media de 45 años.

Las respuestas que se están dando hasta ahora siempre tratan de evitar asociar esto al mayor acontecimiento sanitario de los últimos años y que, en condiciones normales, tendría que ser el primer elemento a investigar: la vacunación masiva contra el COVID-19.

Y algunas otras explicaciones apuntan a lo contrario, a que los fallecidos, la absoluta mayoría vacunados, lo han sido por un nuevo «brote» de la enfermedad.

El rechazo a explorar la posible asociación de la vacuna al exceso de mortalidad ha convertido esta hipótesis en una herejía, aunque sea la primera que debería analizarse. Hay que recordar que ninguna de las vacunas COVID estuvo sujeta a las pruebas habituales debido a la «emergencia».

Los pocos estudios que se realizaron se tornaron con el paso de los meses muy defectuosos, y dado que las vacunas solo existen desde hace unos 18 meses, literalmente no ha habido tiempo para hacer ningún tipo de investigación sobre los posibles efectos secundarios a largo plazo de la misma, por lo que todo ello sería un elemento más que convincente para plantear, aunque sea como primera idea, que este exceso de mortalidad pueda tener relación con la campaña de inoculación.

Fuente: Momo

comentarios

  1. Ya advertíamos los ‘científicos pobres y feos’ (outsiders) que en base a la bibliografía existente lo peor de las inoculaciones del Tratamiento Génico Experimental (TGE) se vería reflejado a medio y largo plazo. Evidentemente también cabe añadir la paupérrima y desastrosa asistencia médica pública (iatrogenia y déficit asistencial de calidad), cúmulo por exposición a tóxicos diversos, y el incremento de la mal nutrición e insalubridad en el Estado Español derivado de las distintas políticas sociales. Todo conforma un ‘Totum revolutum’ idóneo para este pérfido caldo generado desde las instancias ‘psicopatocráticas’. Como propugnan los esbirros de la élite, «morirán muchos para que los que queden vivan mejor», una afirmación a la altura de su cosmovisión axiológica.

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