El virus no es ningún problema pero el confinamiento ha provocado un desastre en Nigeria

Con 200 millones de habitantes, Nigeria es el país más poblado de África. A la pandemia se le imputan un número insignificante de fallecimientos: 1.163 personas, 6 por millón de habitantes. Allá el virus no es ningún problema, pero un confinamiento absolutamente delirante ha sumido en el hambre a millones de personas.

En junio el Programa Alimentario Mundial de la ONU (PAM) dijo que más de 3,8 millones de personas, principalmente del sector informal, podrían perder su trabajo y la cifra podría aumentar a 13 millones si el confinamiento continuaba por un período de tiempo más largo. “Eso sumaría a los casi 20 millones (23 por ciento de la población activa) que ya están desempleados”, añadió Elisabeth Byrs, portavoz del PAM.

Se estima que en Nigeria 90 millones de personas, casi la mitad de la población, dependen del sector informal para alimentarse a sí mismos y a sus familias.

El cierre de escuelas ha impactado en unos 39 millones de niños y jóvenes, con enormes implicaciones para el aprendizaje, la salud y la nutrición de los escolares.

El confinamiento impide que la población se pueda bastar a sí misma y tenga que depender de la caridad internacional, es decir, que refuerza la dependencia. Los programas de alimentación se han tenido que multiplicar.

Desde mayo el PAM aumentó su asistencia para llegar a 3 millones de hambrientos en Nigeria, incluido el apoyo a los sistemas gubernamentales de protección social en las ciudades de Abuja, Kano y Lagos. El PMA trabaja para ayudar a 1,2 millones de personas mediante la distribución de alimentos en las tres metrópolis nigerianas.

El organismo de la ONU recurre a la red de escuelas para alimentar a los niños y para distribuir, a traves suyo, paquetes de comida. El objetivo es llegar a 9 millones de niños en 3 millones de hogares en los 36 estados del país.

La respuesta caritativa se ha centrado en los pobres de las zonas urbanas, como el barrio de Makoko. Entre los asistidos se encuentra Marceline Wanu, 25 años, madre de cuatro hijos, que vende pescado en el barrio. “Cuando el gobierno dijo que nadie tenía que ir a ninguna parte”, ya no pudo ir al mercado. “Pero al no poder ir al mercado, tampoco había dinero para alimentar a mis hijos a veces y es muy doloroso. Mis hijos solían recibir comida cuando iban a la escuela, pero cuando sus escuelas cerraban, se convertía en una carga extra. Pero desde que dieron los alimentos, nos ha ayudado un poco”.

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