El Tratado de Maastricht impuso el euro en Europa hace 25 años

Se cumplen 25 años de la aprobación del Tratado de Maastricht, firmado en una pequeña localidad holandesa, que hace 25 años puso los cimientos para la creación de una nueva moneda: el euro.

Primero fue el Mercado Común, luego la Comunidad Económica Europea y, después de Maastricht, la Unión Europea. Fue entonces cuando empezaron a aparecer las primeras grietas. En Dinamarca la incorporación al Tratado se sometió a referéndum y ganaron los que se oponían a la nueva moneda. Tuvieron que hacer excepciones y cambios de última hora para que los votos no sirvieran para nada. En Francia el referéndum resultó aprobado por los pelos.

La Unión Europea estrechó sus lazos a medida que entre la población crecía el descontento, lo cual demuestra que Lenin tenía razón, una vez más, cuando dijo, en referencia precisamente a la consigna de los Estados Unidos de Europa, que tales uniones sólo triunfan en etapas de auge económico. Cuando llega la crisis, se impone el “sálvese quien pueda”.

Ahora en Europa la situación se reproduce, mientras los mentecatos de siempre señalan el humo para ocultar el incendio. Critican el euro y proponen la salida de la Unión Europea, como si el epicentro estuviera en Bruselas, y no en el capitalismo.

Hace 25 años en Maastricht, para crear el euro, los países integrantes de la Unión Europea aprobaron un tope de déficit presupuestario del tres por ciento del PIB y del 60 por ciento de deuda pública, que la crisis económica ha tirado por los suelos en todos los países, poniendo de manifiesto otra de las leyes fundamentales del capitalismo que los que hablan de neoliberalismo, de globalización y de transnacionales nunca tuvieron en cuenta: el capital es una relación de producción regulada por el Estado que cambia de un lugar a otro.

Con el tiempo la crisis del capitalismo puso de manifiesto, a quien quisiera verlas, las verdaderas leyes de su funcionamiento (y su disfuncionamiento). Por ejemplo, demostró la ley del desarrollo desigual, de manera que los Estados no se desarrollan (o se hunden) de manera uniforme y acompasada, como creyeron en Maastricht, sino que sus disparidades aumentan con el tiempo.

Sin embargo, en España el gobierno del PSOE dijo todo lo contrario, tanto durante la incorporación al “Mercado Común”, como al firmar el Tratado de Maastricht, como al introducir el euro: tendríamos la misma moneda que Alemania, tendríamos los mismos sueldos que Alemania… seríamos como Alemania. Un cuarto de siglo después, Alemania ha perdido todo el encanto; es el ogro de Europa.

Las legiones de “expertos” que hay en Bruselas no dirigen el capitalismo sino que son dirigidos por él. Naturalmente en 2007 no pudieron evitar el desplome, ni la crisis griega de 2015 (de la que ya nadie se acuerda, como si no existiera).

Pero lo más importante del futuro que le espera al Viejo Continente lo recordó Jean Claude Juncker, el Presidente de la Comisión Europea: hoy somos una parte importante de la economía mundial, una cuarta parte; dentro de diez años seremos sólo el 15 por ciento y dentro de 20 años ningún Estado europeo será miembro del G7.

Aunque se cree el ombligo del mundo, Europa representa hoy un pasado capitalista agotado.

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