El mundo observa la Guerra de Ucrania con ojos diferentes a los nuestros

En octubre del año pasado, ocho meses después del inicio de la Guerra de Ucrania, la Universidad de Cambridge realizó una encuesta en las que preguntó a personas de 137 países diferentes su opinión acerca de Occidente, Rusia y China.

De los 6.300 millones de personas que viven fuera de Occidente, el 66 por cien tiene una opinión positiva de Rusia y el 70 por cien de China. El 75 por cien de los encuestados en el sur de Asia, el 68 por cien de los encuestados en el África francófona y el 62 por cien de los encuestados en el sudeste asiático tienen una opinión positiva de Rusia. La opinión pública sobre Rusia sigue siendo positiva en Arabia Saudí, Malasia, India, Pakistán y Vietnam (*).

Los resultados han sorprendido en Occidente, que se creía el ombligo del mundo. A los intoxicadores de las grandes cadenas de propaganda les resulta difícil entender que dos tercios de la población mundial no estén del lado de la OTAN en la Guerra de Ucrania.

El Ministro de Asuntos Exteriores indio, S. Jaishankar, lo resumió en una entrevista reciente: “Europa tiene que salir de la mentalidad de que los problemas de Europa son los problemas del mundo, pero los problemas del mundo no son los problemas de Europa”.

La mayor parte de los países del mundo soportan una pesada deuda exterior, de la que son benefiarios un pequeño grupo de especuladores asentados en los países occidentales. También padecen la pobreza, la escasez de alimentos, las sequías y los altos precios de la energía. Sin embargo, Occidente apenas ha prestado atención a la gravedad de esos problemas. A pesar de ello quiere que los países periféricos se unan a las sanciones que, aunque aparentemente están dirigidas contra Rusia, afectan a cualquier otro país del mundo que comercia con Rusia.

Las sanciones, pues, van dirigidas contra todos los países del mundo.

Occidente causa problemas que el resto del mundo tiene que sorportar

Muchos países de América Latina, África y Asia ven la Guerra de Ucrania desde una perspectiva diferente a la de Occidente. Para ellos esa guerra es un conflicto europeo, no internacional.

Los países periféricos también ven a la Rusia actual como la sucesora de la antigua Unión Soviética. Recordando la ayuda de la URSS, siguen viendo a Rusia bajo una luz muy favorable.

Son sus antiguas potencias coloniales las que se han agrupado en una alianza, en su mayoría miembros de la Unión Europea y la OTAN o los aliados más cercanos de Estados Unidos en la región Asia-Pacífico. Dicha alianza está formada por países que han sancionado a Rusia. En cambio, muchos países asiáticos, y casi todos los países de Oriente Medio, África y América Latina, intentan mantener buenas relaciones con ambas partes, Rusia y Occidente, evitando las sanciones. Eso se debe a que recuerdan la historia que vivieron bajo las políticas coloniales de Occidente, un trauma con el que aún conviven pero que Occidente ha querido olvidar.

El apoyo de la Unión Soviética, tanto moral como material, fue lo que ayudó a los sudafricanos a derrocar el régimen del apartheid. Por esas y otras razones muchos países africanos siguen viendo con buenos ojos a Rusia. Cuando obtuvieron su independencia, fue la Unión Soviética la que los apoyó. La presa egipcia de Asuán, terminada en 1971, fue diseñada por el Instituto de Proyectos Hidráulicos, con sede en Moscú, y financiada en gran parte por la Unión Soviética. La planta siderúrgica de Bhilai, uno de los primeros grandes proyectos de infraestructuras de la recién independizada India, fue desarrollada por la URSS en 1959.

Otros países que se beneficiaron del apoyo político y económico de la antigua Unión Soviética fueron Ghana, Malí, Sudán, Angola, Benín, Etiopía, Uganda y Mozambique. El 18 de febrero, en la cumbre de la Unión Africana celebrada en Addis Abeba, Etiopía, el ministro de Asuntos Exteriores de Uganda, Jeje Odongo, declaró: “Hemos sido colonizados y hemos perdonado a quienes nos colonizaron. Ahora los colonizadores nos piden que seamos enemigos de Rusia, que nunca nos colonizó. ¿Es justo? No para nosotros. Sus enemigos son sus enemigos. Nuestros amigos son nuestros amigos”.

La Guerra de Ucrania tiene que ver con el futuro de Europa no con el mundo

La historia de la Guerra Fría ha enseñado a los países en desarrollo que enredarse en los conflictos entre grandes potencias conlleva riesgos, pero no les aporta ningún beneficio. Consideran que la Guerra de Ucrania tiene más que ver con el futuro de la seguridad europea que con el futuro del resto del mundo. Desde el punto de vista de esos países, la guerra parece una costosa distracción de sus propios problemas: la subida de los precios de los combustibles y los alimentos, el aumento de los costes de la deuda y la inflación, todo ello exacerbado por las sanciones occidentales contra Rusia.

Un reciente estudio sugiere que hasta 140 millones de personas podrían verse abocadas a la pobreza extrema como consecuencia de la subida de los precios de la energía. No sólo repercuten directamente en la factura energética, sino que también presionan al alza los precios a lo largo de las cadenas de suministro y, en última instancia, en los bienes de consumo, incluidos los alimentos y otros artículos de primera necesidad. Esta inflación generalizada perjudica inevitablemente más a los países en desarrollo que a los occidentales.

Los países en desarrollo están alarmados por la incapacidad de Occidente para entablar negociaciones que podrían haber puesto fin a la guerra, empezando por la oportunidad perdida en diciembre de 2021, cuando Rusia propuso una revisión de los tratados de seguridad para Europa que podría haber evitado la guerra, pero que fue rechazada por Occidente.

Las conversaciones de paz de abril de 2022 en Estambul también fueron rechazadas por Occidente, porque las grandes potencias creen que pueden debilitar a Rusia en una guerra de desgaste.

Estados Unidos ya no domina la economía mundial

La economía mundial ya no está dominada por Estados Unidos ni dirigida por Occidente. Ahora los países periféricos tienen otras opciones. Muchos países ven que su futuro está ligado a países que ya no están dentro de la esfera de influencia de Occidente.

La cuota de Estados Unidos en la producción mundial ha caído del 21 por cien en 1991 al 15 por cien en 2021, mientras que la de China ha aumentado del 4 por cien al 19 por cien en el mismo periodo. China es el mayor socio comercial de la mayoría de los países del mundo, y su PIB en términos de paridad de poder adquisitivo ya supera al de Estados Unidos. En 2021 el PIB combinado de los Brics (Brasil, Rusia, China, India y Sudáfrica) ascendía a 42 billones de dólares, frente a los 41 billones del G7 que encabeza Estados Unidos. Su población de 3.200 millones de habitantes es más de 4,5 veces la población combinada de los países del G7, que suman 700 millones de habitantes.

Los Brics no imponen sanciones a Rusia ni suministran armas al bando contrario. Rusia es un importante proveedor de energía y cereales alimentarios para los países periféricos, mientras que la iniciativa china de la Nueva Ruta de la Seda es un importante proveedor de financiación y proyectos de infraestructuras. Cuando se trata de créditos, alimentos, energía e infraestructuras, la mayor parte de los países del mundo confían en China y Rusia más que en Occidente.

La Organización de Cooperación de Shanghai también crece. Cada vez más países quieren unirse a los Brics y algunos utilizan ahora monedas que les alejan del dólar, el euro y Occidente. Mientras tanto, algunos países europeos corren el riesgo de desindustrializarse debido al aumento del coste de la energía. Eso revela la vulnerabilidad económica de Occidente que no era tan evidente antes de la Guerra de Ucrania.

El futuro de los países en desarrollo está cada vez más claramente ligado a países fuera de la esfera de influencia occidental.

En el orden internacional impera la ley del embudo

El llamado “orden internacional basado en normas” ha sido el baluarte de la posguerra, pero los países periféricos consideran que ha sido diseñado por Occidente e impuesto unilateralmente a otros países. No participaron en su creación sino que tuvieron que adherirse a él. No es que se opongan a un orden internacional basado en normas, sino al contenido de dichas normas tal y como han sido impuestas por las grandes potencias.

También hay que preguntarse si Occidente se aplica a sí mismo ese orden internacional basado en normas. Durante décadas, muchos países han sentido que Occidente manejaba el mundo a su antojo sin tener en cuenta las reglas del juego. Varios países han sido invadidos a su antojo, normalmente sin la autorización del Consejo de Seguridad de la ONU. Entre ellos están la antigua Yugoslavia, Irak, Afganistán, Libia y Siria. ¿Bajo qué reglas fueron atacados o devastados esos países? ¿Esas guerras fueron provocadas o no? Assange languidece en prisión y Snowden permanece en el exilio por tener la audacia de exponer las verdades que se esconden tras estas agresiones y otras similares.

Las grandes potencias han impuesto sanciones económicas a más de 40 países, lo que acarrea penurias y sufrimientos considerables a la población. ¿En qué normas internacionales ha basado Occidente esas sanciones? ¿Por qué siguen congelados los activos de Afganistán en bancos occidentales cuando el país se enfrenta a la inanición y el hambre? ¿Por qué el oro venezolano sigue secuestrado en Reino Unido, cuando el pueblo venezolano vive al nivel de subsistencia? ¿En virtud de qué “orden basado en normas” destruyeron Estados Unidos y Noruega los oleoductos Nord Stream?

Esas cosas eran sabidas y la guerra en Ucrania las ha hecho aún más evidentes.

(*) https://www.bennettinstitute.cam.ac.uk/publications/a-world-divided/

Krishen Mehta https://usrussiaaccord.org/acura-viewpoint-krishen-mehta-the-ukraine-war-viewed-from-the-global-south/

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