El género «distópico» ha creado un público en esclavitud voluntaria

La llamada «desracionalización de las conciencias» es un concepto lanzado por el historiador ruso Andrei Fursov, que se enmarca en lo que él llama «la triple D»: un programa de desmantelamiento del capitalismo que consiste en desindustrialización, despoblación y desracionalización del comportamiento y de la conciencia.

Así como la Ilustración representó un proceso de racionalización de la sociedad, basado en la ciencia, la crítica y la autonomía del individuo, la desracionalización sería el movimiento inverso. No se trata simplemente de un aumento de la irracionalidad, sino de un cambio estructural en cómo se produce y valida el conocimiento.

La transformación del conocimiento en mercancía, el yo (y no el invividuo) como eje de todas las acciones humanas -el culto a la autoestima o la vanidad, a modo de ejemplo- y la conversión de las relaciones de clase entre los ricos y los pobres en «relaciones de confianza», han hecho que la estructura social capitalista que conocíamos se haya evaporado. Es aquí donde entra la hipótesis del llamado «neofeudalismo», que sostiene que el capitalismo financiero está derivando hacia una estructura social que recuerda al feudalismo medieval por sus relaciones de poder y propiedad.

En este contexto, la desracionalización de la conciencia es la condición que permite la servidumbre voluntaria. Un sujeto que no ejerce su capacidad crítica es un sujeto que acepta su lugar en una jerarquía rígida, incapaz de articular una respuesta colectiva a su propia degradación.

La distopía como «entrenamiento para la resignación»

En este contexto, la función de las series televisivas y las plataformas de streaming no es casualidad. Al inundar el imaginario colectivo con imágenes de futuros invivibles (control total, colapso económico, vigilancia extrema, desigualdad feudal-tecnológica), el sistema cultural normaliza la idea de que no hay alternativa. La utopía, la posibilidad de un futuro radicalmente mejor y racionalmente organizado, desaparece del mapa mental.

Si todo futuro es distópico, ¿para qué luchar por cambiarlo?. La acción política colectiva se vuelve inútil. La conciencia, en lugar de proyectarse hacia la construcción, se entrena en la adaptación y la supervivencia individualista dentro del horror. Es una profecía autocumplida: la desracionalización de la conciencia nos prepara para aceptar un mundo que antes habríamos considerado una pesadilla.

Las series y películas distópicas a menudo contienen críticas mordaces al capitalismo, pero las grandes plataformas de streaming, propiedad de las mismas Big Tech que a menudo se critican, absorben y mercantiliza esa crítica. Ver la distopía se convierte en un acto de consumo que produce una catarsis engañosa: sentimos que hemos «denunciado» el problema, hemos experimentado indignación y miedo desde el sofá, y luego pasamos al siguiente episodio. La energía crítica se disuelve en el entretenimiento.

Pero es más, con esto la capacidad de asombro y de indignación moral se atrofia. Si el futuro ya lo hemos «ensayado» mil veces en la pantalla, cuando sus versiones atenuadas comienzan a aparecer en la realidad (controles sociales digitales, precariedad laboral como servidumbre moderna), las aceptamos con una normalidad irracional. La distopía deja de ser una advertencia y se convierte en un guión que seguimos sin saberlo.

La batalla cultural

Combatir la desracionalización de la conciencia es, por definición, una tarea contracultural. En un entorno que premia la pasividad, el pensamiento mágico y la fragmentación social, la resistencia consiste en recuperar hábitos mentales y relacionales que hasta hace muy poco tiempo formaban parte de la sociedad española. La tendencia a reunirse en grupo, estar en la calle o los actos sociales eran parte de una tradición que, particularmente tras el cambio sociológico que supuso el confinamiento del perìodo 2020-2022, se sustituyó por las plataformas y la comida a domicilio.

La desracionalización ofrece consuelo rápido (una teoría conspirativa que lo explica todo, un gurú que simplifica el mundo). Combatirla significa soportar la incomodidad de la complejidad. Frente al estímulo rápido (el tuit, el vídeo corto, la reacción emocional, el scroll del teléfono móvil), una persona que resiste la desracionalización se obliga a la pausa.

Cuando alguien se queja de su precariedad, de su soledad o de su ansiedad, el comportamiento resistente es traducir ese malestar individual a lenguaje político. Esto implica poner nombre real a lo que le sucede: precariedad inducida, atomización social, desracionalización mediática. Esto devuelve a la persona la dignidad de víctima de un sistema, no de un destino personal.

Urge normalizar entre nuestros iguales el lenguaje político de quienes se atrevieron a hacer la revolución, que también comenzó poniendo nombre a la opresión y a sus responsables.

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