La generalización de las matanzas imperialistas ha desfigurado la palabra “genocidio”, que es un concepto jurídico preciso. Lo mismo ha ocurrido con el concepto de “piratería” que es un crimen definido por el derecho internacional desde hace décadas. Por fin, la perversión del lenguaje llega a las “vías marítimas internacionales”, como si no fueran parte de algo o de alguien y, en consecuencia, cualquiera pudiera apoderarse de ellas… sobre todo las potencias imperialistas.
Los gobiernos occidentales dicen que el Estrecho de Ormuz es una de esas “vías marítimas internacionales” que debe reabrirse “incondicionalmente”. Sin embargo, el derecho de tránsito por un estrecho, como el de Ormuz, está condicionado al comercio internacional y, por consiguiente, a los momentos de paz.
Sólo hay “derecho de paso” cuando es “inocente”. Por el contrario, cuando una “vía marítima”, sea internacional o no, se militariza para instalar bases militares y desde ella se desata un ataque armado contra un Estado costero cuyo territorio atraviesa, el concepto mismo de acceso “incondicional” es indefendible.
Las guerras imperialistas han alterado irrevocablemente las interpretaciones jurídicas y el panorama estratégico. Por primera vez en la historia moderna, un importante Estrecho se ha utilizado no solo para el comercio o la navegación neutral, sino como corredor marítimo principal para una campaña coordinada de agresión, que incluye ataques, logística, bloqueos y sobrevuelos destinados a destruir la soberanía y la infraestructura de un Estado ribereño.
Las fuerzas estadounidenses e israelíes han utilizado Ormuz como una plataforma de lanzamiento y línea de suministro de facto para operaciones que, según cualquier interpretación de la Carta de la ONU, constituyeron una guerra de agresión.
En medio de una guerra así, la decisión de Irán de regular y, si procede, restringir el paso a buques vinculados a beligerantes no es un cierre arbitrario sino un ejercicio proporcional del derecho a la legítima defensa, amparado por el artículo 51 de la Carta de la ONU, en plena consonancia con la soberanía del Estado ribereño sobre sus aguas territoriales.
Un factor decisivo que despoja aún más al Estrecho de Ormuz de las características y derechos que se atribuyen a las “vías marítimas internacionales” es la densa red de bases militares estadounidenses estacionadas en los Estados árabes costeros que rodean el Golfo Pérsico.
Esas instalaciones, localizadas en Barein, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí y Kuwait, no tienen ningún propósito comercial. Existen explícitamente para atacar a Irán, amenazar sus intereses vitales y facilitar operaciones militares en su contra. El despliegue avanzado de aeronaves, buques de guerra, sistemas de misiles y centros logísticos estadounidenses transforma toda la región del Golfo —incluido el propio Estrecho— en una zona de operaciones armadas avanzadas dirigidas contra un único Estado ribereño.
Según el derecho internacional, un estrecho internacional adquiere su estatus especial de vía de tránsito por su función como corredor neutral que conecta dos masas de agua abiertas o Zonas Económicas Exclusivas (ZEE), utilizadas para la navegación internacional pacífica. Cuando una de las costas de ese corredor se transforma en una plataforma militar permanente destinada a destruir a otro Estado ribereño, la vía marítima deja de funcionar como un estrecho internacional. Se convierte en una extensión de un perímetro militar hostil.
La presencia de las bases militares estadounidenses altera esencialmente el carácter jurídico del Estrecho de Ormuz. A menos que esas bases se retiren por completo de los Estados ribereños del Golfo Pérsico y, posiblemente, se sustituyan por un régimen de seguridad colectiva regional que garantice la seguridad de Irán y de todos los demás Estados, el Estrecho de Ormuz no puede ser considerado una vía marítima internacional con derecho a un tránsito incondicional.
El imperialismo defienda esa ficción, a pesar de que la guerra ha puesto al descubierto su verdadera naturaleza militar. Son los propios imperialistas los que han arruinado el derecho de tránsito por Ormuz con su guerra de agresión.
La reapertura “incondicional” ya no es posible. Es necesario impedir el uso futuro del Estrecho como una vía para facilitar los ataques contra Irán. El derecho a la navegación sólo es legítimo si tiene objetivos pacíficos.