El día en que los negacionistas triunfaron sobre una seudociencia que defendía la gasolina con plomo

Un producto tan tóxico como la gasolina con plomo fue inventado por la multinacional química Du Pont de Nemours, que tuvo que rodearse de una legión de “científicos” a sueldo para ocultar los graves perjuicios de dicha sustancia para la salud pública.

Aquellos “científicos” formaron uno de los más poderosos grupos de presión, que luego sirvió de modelo para otras empresas “científicas” de parecida factura que han causado estragos en la salud de los trabajadores: tabaco, amianto, pesticidas…

Tras la Primera Guerra Mundial, Du Pont había saltado de la química al automóvil, convirtiéndose en accionista de la General Motors y, como es natural, quiso rentabilizar su inversión.

Contrató a un químico e ingeniero mecánico, Thomas Midgley, y le puso al frente de uno de sus laboratorios de investigación.

En aquellos tiempos no todos los vehículos circulaban con gasolina. En el campo se utilizaba etanol, un alcohol industrial fabricado con residuos agrícolas. Algunas empresas querían mezclar la gasolina con el etanol para mejorar el rendimiento del combustible, pero tenía un problema insalvable en una sociedad capitalista: no es patentable, cualquiera puede fabricarlo.

Midgley patentó una solución innovadora como aditivo para la gasolina: el PTE o plomo tetraetílico. Fue una de sus más cien patentes que le convirtieron en un científico muy famoso. General Motors y Du Pont incluso crearon una empresa filial con el nombre del nuevo compuesto químico: Ethyl Corp.

La producción de gasolina con plomo fue un problema desde el principio. En la primera fábrica creada por General Motors para producir el aditivo, la refinería Bayway de Nueva Jersey se produjo un “accidente” que mató a varios trabajadores de la fábrica intoxicados por el plomo. Otros quedaron con gravísimas lesiones de por vida.

El escándalo fue enorme y se nombró una comisión parlamentaria para evaluar el peligro inherente a la producción de gasolina con plomo. Entonces el grupo de presión seudocientífico al servicio de Du Pont se puso en marcha con las típicas triquiñuelas, en especial el soborno de los políticos y funcionarios. “Lo que es bueno para General Motors es bueno para América”, dijo el Presidente Roosevelt.

El ayuntamiento de Nueva York, que había prohibido la gasolina con plomo, se rindió ante la avalancha de presiones monopolistas. Lo mismo le ocurrió al Departamento de Salud después de agotadoras batallas con los expertos.

La estrategia de General Motors para eludir responsabilidades se enseña hoy en las escuelas de periodismo, comunicación y relaciones públicas como modelo de lavado de cara: buscaron a un científico, un mercenario que ejerciera de toxicólogo, para que el producto estrella de General Motors y Du Pont no quedara menoscabado.

Robert Kehoe

Aquel pelele fue Robert Kehoe, que llegó a General Motors de la mano de Charles Franklin Kettering, el inventor del arranque eléctrico de la marca “Delco”, que en ese momento era otra de tantas filiales del dúo General Motors y Du Pont. Dentro de la Universidad de Cincinnati ambas multinacionales crearon para Kehoe un laboratorio, que llevaba el nombre de Kettering. Se trataba de revestir la patraña con el aura del mundo académico y seudocientífico.

La Universidad de Cincinnati le nombró profesor de “medicina industrial” y parecía que Kehoe era uno de los mayores expertos del mundo en “salud laboral”. Como buen mercenario, trabajaba por encargo de las multinacionales. La Universidad se limitaba a poner el membrete en los papeles. Era una fábrica de mentiras, como la de que el compuesto 2-Naftilamina, entonces ampliamente utilizado por Du Pont, no era el carcinógeno que decían los negacionistas.

“Usted dice que nuestro producto es peligroso. Estamos diciendo que no lo es. Demuestre que estamos equivocados”, decía Kehoe. Eran los negacionistas quienes debían demostrar que tal o cual compuesto químico es tóxico y perjudicial para la salud pública. No había evidencias científicas y no se pueden tomar decisiones únicamente sobre la base de especulaciones.

Con el plomo Kehoe pasó a la ofensiva y comenzó a escribir artículos de propaganda vestidos de “ciencia”. Su laboratorio, financiado por General Motors, DuPont y Ethyl, realizó experimentos sobre los beneficios de la gasolina con plomo para la salud pública. El plomo existe de forma natural en el cuerpo humano, decía Kehoe. Los altos niveles detectados en enfermos contaminados con plomo son, por lo tanto, inocuos.

El derroche de dinero de General Motors y Du Pont transformó a Kehoe en un científico de esos que llaman “de referencia” en el asunto del plomo. El resto de la tarea consistía en vilipendiar e insultar a los negacionistas, que eran todos aquellos que se oponían a los manejos de las multinacionales y denunciaban los riesgos del plomo para la salud pública.

No hubo manera de destapar el fraude científico orquestado por Kehoe y sus padrinos en General Motors y Du Pont hasta los años setenta del siglo pasado. Mientras, la población del mundo entero se intoxicaba con el plomo y surgían enfermedades, auténticas plagas, como el cáncer, cuyo verdadero origen había que tapar.

Un ejemplo: el mayor hospital del mundo especializado en cáncer lleva el nombre de Kettering, el mismo del laboratorio de Kehoe. No le pusieron el de General Motors por una pizca de vergüenza.

Un geoquímico que intentaba establecer la edad de la Tierra, Clair Patterson, descubrió que el hombre moderno había aumentado su carga corporal de plomo cien veces y que los niveles de plomo de la atmósfera se habían multiplicado por mil.

Aquello no era ciencia; Patterson era un negacionista y la Inquisición seudocientífica le saltó a la yugular implacablemente. El Servicio Federal de Salud Pública no le renovó su contrato de investigación y el Instituto del Petróleo de Estados Unidos hizo lo mismo. El dúo General Motors y Du Pont también presionaron a la universidad para que le despidieran.

Al profesor Hebert Nedlemann, pediátra neurólogo que se había destacado en la lucha contra el envenenamiento por plomo, le ocurrió lo mismo. Nedlemann acusaba a las empresas petrolíferas de ser responsables de cientos de miles de muertes en Estados Unidos. La respuesta de los grandes monopolios se la pueden imaginar. Le llegaron a expulsar de la universidad y le recortaron los fondos para la investigación. Si no investigas no puedes demostrar nada. En las seudociencias los únicos que pueden demostrar son General Motors, Du Pont y empresas similares.

La gasolina con plomo no se prohibió en Estados Unidos hasta 1975 y en España hasta 2001. También se prohibió la pintura con plomo, las tuberías de plomo y todo lo que contuviera plomo. Kehoe quedó en evidencia silenciosamente, sin estridencias, como si detrás no quedaran los restos de una batalla, porque ya se lo han contado muchos patanes: sobre ciencia no se discute.

El plomo está prohibido, pero nadie lo ha eliminado de las superficies pintadas. Los edificios ya no llevan cañerías de plomo, pero nadie ha eliminado las existentes, que siguen intoxicando a los vecinos. La gasolina con plomo se sigue comercializando en el Tercer Mundo porque allí viven miles de millones de personas cuya suerte nos importa una mierda. Es posible que padezcan muchas enfermedades que, en lugar de prescindir del plomo, necesiten un tratamiento médico a base de fármacos, antivirales o vacunas.

Pero insistimos en lo que no deben perder de vista: el caso de la gasolina con plomo es un modelo de negocio que se ha aplicado con éxito en otras industrias sometidas a debates seudocientíficos similares con terraplanistas, magufos y demás. La verdad siempre está del lado de las empresas capitalistas y sus científicos de prestigio, como Kehoe.

Si quieren saber más sobre el asunto pueden recurrir al artículo publicado por Jamie Lincoln Kitman en la revista The Nation en 2000, o al libro que publicó cinco años después, titulado “The Secret History of Lead”, porque es una historia “secreta”, propia sólo de conspiranoicos y amantes de las revistas de automóviles.

Un marranada parecida de la multinacional Du Pont relata la película “Aguas oscuras”, estrenada el año pasado, también para amantes de los negocios “oscuros”, como el del petróleo.

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