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Diplomacia, negocios y otros chanchullos de la camarilla Trump en Oriente Medio

El yerno de Trump, Jared Kushner, encarna la conexión entre el poder político, las relaciones personales y los intereses empresariales privados. Durante el primer mandato fue un pilar de la política en Oriente Medio y, al mismo tiempo, trabó estrechos contactos con las camarillas gobernantes de Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos.

En septiembre el New Yorker denunció la influencia política de Kushner y sus chanchullos con los especuladores del Golfo (*). En la política exterior de Trump las relaciones diplomáticas y los intereses económicos se confunden cada vez más.

El servicio de inteligencia militar holandés MIVD pirateó el teléfono móvil de Kushner. Apareció una “cuenta Alpha” en el First Abu Dhabi Bank con una de sus empresas. Alrededor de 750 millones de dólares entraron en la cuenta, a través de un banco en Azerbayán. Otra cuenta “Beta” movió alrededor de mil millones de dólares procedentes de Israel.

Los fondos procedían de la colusión entre Kushner, el gobernante emiratí Mohamed Bin Zayed, el príncipe heredero saudí Mohammed Bin Salman y los dirigentes israelíes. Una parte de los fondos se destinaron a proyectos diplomáticos y medidas de seguridad encubiertas.

En 2021 el fondo soberano saudí de inversión pública (PIF) invirtió dos mil millones de dólares en la recientemente fundada empresa de inversión de Kushner, Affinity Partners. Ocurrió sólo unos meses después del final del primer mandato de su suegro.

Entonces circularon críticas a los contactos informales de Kushner con Mohammed Bin Salman, su papel durante la crisis de Qatar y posibles conflictos de intereses. La inversión saudí de miles de millones de dólares disparó las sospechas.

En el sistema de gobierno estadounidense no hay separación entre la responsabilidad pública y los intereses privados. Como confidente de su suegro, Kushner es incontrolable. Fue capaz de influir en la política exterior sin estar sujeto a control institucional, como los miembros del gobierno y los diplomáticos.

La cuestión no es sólo si el dinero ha pasado de unas manos a otras. El factor decisivo es a quién se le permitió disponer de él, qué consideraciones se acordaron y si las decisiones políticas fueron influenciadas por los movimientos en las cuentas corrientes. Vivimos en el mundo de las cuentas secretas y los vínculos directos entre los flujos económicos y las operaciones de política exterior.

El New Yorker no destapa nada que no supiéramos. Pero en Estados Unidos incide en las próximas elecciones de mitad de mandato, que son el termómetro más inmediato para medir el malestar de la población por el aumento del coste de la vida.

(*) https://www.newyorker.com/magazine/2026/09/21/jared-kushners-dollar-diplomacy

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