Del Big Brother al Big Data

Pierre Verhas
El nuevo juego de moda es “Pokemon Go”. Se trata mediante un smartphone de encontrar y eliminar un máximo de “pokemons”, pequeños personajes ficticios que pueden encontrarse virtualmente en cualquier localización real. Mediante una buena operación de marketing, los promotores de este juego han llevado a millares de usuarios a entregarse a una especie de cacería desplazándose con su móvil a todos los lugares posibles e imaginables tal vez con peligro de su vida, escapando de todo contacto con el mundo tangible. Se pueden encontrar “pokemons” en el campo de Auschwitz, lo que prueba que para las multinacionales del Big Data no hay frontera ni valor moral, y solo cuenta el valor financiero.

Esto inquieta con motivo a las autoridades, que ignoran como luchar contra este fenómeno. Pero su inquietud se centra en la seguridad de los usuarios y no en los daños provocados por la concepción del juego. En un Estado digno de este nombre “Pokemon Go” estaría pura y simplemente prohibido.

Pero “Pokemon Go” da muchos beneficios a sus promotores, potentes empresas multinacionales informáticas. Y, lo más peligroso, la aplicación “Pokemon Go” prepara a sus usuarios para el porvenir que nos deparan estas empresas, es decir, una vida en un mundo en el que no se podrá separar la ilusión del mundo tangible. Viviremos en una caverna de Platón high-tech. ¿Cómo se llega a esto?

Está explicado en una reciente obra titulada “El hombre desnudo, la invisible dictadura de lo digital”, del novelista y antiguo directivo de empresa Marc Dugain, y el periodista especialista en informática del semanario Le Point, Christophe Labbé.

La dictadura digital

Esta dictadura de lo digital lleva el nombre de Big Data. Es la recolección y tratamiento de datos de todo tipo, y sobre todo de individuos, sobre la faz de la tierra. El Big Data es invención e instrumento de los GAFA (Google, Apple, Facebook, Amazon), a los que hay que añadir Uber y sus avatares como Airbnb, etc.

Según Dugain y Labbé, nunca se ha podido disponer de tal cantidad de información. Es “una revolución comparable a la provocó el petróleo en el campo de la energía en el siglo XX”.

Los autores afirman sobre las multinacionales de la información, parafraseando las palabras de Churchill tras la batalla de Inglaterra, que “jamás en la historia de la humanidad un número tan pequeño de individuos habrá concentrado tanto poder y riqueza […] Y, contrariamente al petróleo, brota permanentemente de los oleoductos digitales, el 90 por ciento de la masa de datos disponibles ha sido creada estos últimos años”.

Los empresarios del Big Data no tienen ninguna ética en absoluto. Hay una regla aplicada a la que se ha dado el nombre de regla de Gabor: “Todo lo que es técnicamente posible debe ser efectuado, independientemente de que esta realización sea juzgada moralmente buena o condenable”.

Un poder basado en datos, muchos datos
Otro aspecto bastante sorprendente: el objetivo de la recogida de datos no se conoce, necesariamente, en el momento en que se hace, y el uso que se hará de ello no será necesariamente el que había sido inicialmente previsto. Es pues claro que el objetivo es recoger un máximo de datos, que constituirán una especie de tesoro en el que se apoyarán un día u otro para asentar definitivamente el poder de estas empresas sobre el mayor número posible de seres humanos. Los Big Data construyen su potencia absoluta en detrimento de los individuos que pretender defender y satisfacer.

Y esta supuesta defensa del individuo se hace en contra del Estado, en una trayectoria típicamente libertaria. “He aquí el enemigo: la potencia estatal. Para la mayoría de los empresarios de Silicon Valley, el Estado bajo su actual forma es un obstáculo a abatir. Su temor no es el Big Brother, sino el Big Father”. ¿Por qué?

El Estado es ineficaz, y la democracia no es funcional. Destaquemos que la tan venerada hasta hace poco democracia, casi como un dios del olimpo, es hoy criticada, vilipendiada por todo tipo de razones más o menos pertinentes. En el seno de las instituciones europeas, por ejemplo, la democracia se considera como un obstáculo a la realización de proyectos y planes. Algunos, incluso, quieren transformar la democracia en una especie de antiguo ágora donde los representantes serían elegidos por sorteo.

En realidad no es la democracia la que hay que abatir, sino la política.

Estos empresarios de los GAFA sueñan con “ciudades-nación flotantes escapadas de la soberanía de los Estados”. Esta idea ha germinado en Patri Friedman, nieto del fundador del monetarismo y de la Escuela de Chicago, Milton Friedman. Se nota la herencia.

De esa forma instalarán su poder absoluto. Una de sus armas es el mundo virtual; y los managers de los GAFA lo saben. Como explican los autores, Mark Zuckerberg, patrón de Facebook y los otros grandes de la red, prohíben a sus hijos tener tabletas y smartphones. Se educan en distinguidas escuelas privadas en donde se practica una enseñanza tradicional de calidad. Haz lo que te digo, y no lo que hago…

La alegoría de la caverna de Platón es perfectamente aplicable al mundo virtual creado por los medios en el cual están sumergidos la mayoría de los seres humanos. “El reflejo de la realidad se ha hecho en nuestras cabezas más importe que la propia realidad”, exponen Dugain y Labbé. “El presente no toma sentido más que bajo forma de chuchería pixelizada”. Y constatan “si nos damos cuenta, la digitalización del mundo ha desencadenado una extracción de lo real”. Existen muchos métodos para traficar con la realidad y presentar al público la representación del mundo que debe prevalecer. El primero es amordazar la prensa.

La prensa amordazada

Los periodistas, por ejemplo, cada vez se ven más en la imposibilidad de presentar los hechos tal y como ellos los han visto. Deben describirlos como lo desean los accionistas de los grandes órganos de la prensa escrita y audiovisual. Serge Halimi y Pierre Rimbert, en Le Monde Diplomatique del mes de julio de 2016 informan de lo que sucede en el mundo del periodismo y especialmente en el semanario de “izquierda” l’Obs [Le Nouvel Observateur].

“Tras la Segunda Guerra Mundial, los periodistas disponen de poder de decisión sobre los principales medios. Organizados en sociedades de redactores, se declaran decididos a cuestionar las estructuras que no garantizan al público informaciones a la vez seguras y completas”. Su decisión de no ver nunca más “prevalecer en la prensa los intereses privados sobre el interés general” se debilita a partir de la década de los 80, bajo el efecto de las transformaciones del sector de la comunicación: disminución de los lectores, disminución de los ingresos por publicidad, apogeo de lo digital, concentración empresarial. A la imagen icónica, vehiculada por el cine, de un individuo libre ejerciendo un contrapoder se opone la lúgubre realidad multimedia condenada a fabricar “contenido” en función de las palabras-clave que pululan por las redes sociales.

“… Se debilita a partir de la década de los 80”, es decir, desde el momento en que la revolución neoliberal comienza. Y esto no es fortuito. Halimi y Rimbert añaden: “Esta cascada de rechazos [por parte de las asociaciones de periodistas] rápidamente barridos da alas a los propietarios de los periódicos, que, lógicamente, empujan más lejos sus avances”. En Le Figaro, el senador de derecha Serge Dassault se aseguraba que sus problemas con la justicia serían tratados con discreción (es decir, no tratados en absoluto), que la firma de sus contratos de armamento se saludaría con emoción y que los Estados compradores de los aviones Rafale serían tratados con indulgencia. “No tenemos el derecho de hablar mal de los países en los que Dassault hace negocios”, confesaba un periodista. En lo sucesivo, sin que las sociedades de redactores estén (aparentemente) revelándolo, ha conseguido también que su periódico se metamorfosee con una regularidad de metrónomo en el servidor de los industriales multimillonarios amigos del fabricante de aviones, y grandes anunciantes en Le Figaro.


“Desnudo, brutal y casi siempre mudo, este poder no tiene necesidad de hablar. Nos adelantamos a sus deseos; se le teme tanto más cuanto que no siempre se comprenden sus razones, y no se preocupa en ofrecer ninguna”.

En cuanto al Nouvel Observateur, el semanal de la izquierda “caviar”, siempre cercano al poder cuando el Partido Socialista está al mando, declina desde hace años. Hace dos años se alineó decididamente tras Valls y Macron.

Halimi y Rimbert nos describen las curiosas relaciones entre los propietarios y los directivos del órgano de la izquierda liberal.


Se puede decir que la decisión de ponerse a remolque de un poder desaforado no ha sido coronado con un completo éxito. En diciembre de 2015, el descenso de las ventas se acelera. Los accionistas concedieron un mes al director del periódico para presentarles un proyecto de relanzamiento editorial. Un plazo muy corto, una misión poco definida, paralela a un crédito ya concedido. Nos podemos imaginar que los días de Croissandeau a la cabeza del Observateur están contados. Pero se produce todo lo contrario. Valerosamente, el director se zafa despidiendo a sus dos adjuntos, uno de ello, Aude Lancelin, más a la izquierda que él, pareja de Frederic Lordon, al que despide sobre la marcha, una novedad en la historia de esta publicación.

El 11 de mayo de 2016, el 80 por ciento de los periodistas de la publicación reniegan de Croissandeau. Pero, aún los accionistas, los señores Xavier Niel (pareja de Delphine Amault, hija de Bernard Arnault), Pierre Bergé, Mathieu Pigasse y Claude Perdriel, renovándole inmediatamente su “absoluta confianza”.

Aude Lancelin era el OVI de la banda. Era realmente de izquierda, cercana a la “Nuit debout”. Habría pues transgredido la “línea social-demócrata” del Observateur. Croissandeau ha querido camuflar su despido como una decisión empresarial, pero el accionista Perdriel proclama alto y fuerte que se trata de una decisión política. No se andan con paños calientes. ¡Aude Lancelin está acusada de haber publicado textos “antidemocráticos”, cuyos autores son Alain Badiou, Jacques Ranciere, Emmanuel Todd y Yanis Varoufakis.

En realidad, es el poder el que desea que el Observateur combata a la izquierda radical y desde luego, en esta perspectiva, una Aude Lancelin montando importunaba. Otra garantía democrática que se hundía. Serge Halimi Y Pierre Rimbert concluyen: “El fondo común republicano formado por una prensa defensora de los derechos democráticos y las libertades públicas ha dejado de ser sagrado. En lo sucesivo, el periodismo favorece la deriva autoritaria del poder, y asiente con gusto ponerse al cuello el anillo de hierro de los industriales que lo dominan”.

¿Y los servicios secretos?

Tras el amordazamiento de la prensa de opinión, entran en escena los servicios secretos. Volvamos a “El hombre desnudo”. Tras la caída del Muro, “los servicios secretos han cambiado un enemigo claramente identificado, la Unión Soviética, por una amenaza permanente, con la cual no se puede acordar tregua, o firmar la paz”. Los servicios de inteligencia y el Big Data tienen un objetivo común: la formación más influyente de este siglo en cuestión de recogida de datos y tratamiento de la información mundial. “La parte más potente de los Estados Unidos es, de esa forma, híbrida”. Realmente, no lo necesitan: hay connivencia entre el Estado “profundo” de otras naciones occidentales y las multinacionales del Big Data, instaurando así un gobierno mundial dominador, eliminando los Estados. Es a grandes rasgos lo que denunciaba un Edward Snowden y lo que demuestran los documentos de Wikileaks.

Snowden ha explicado que los servicios secretos pudieron “chupar” los datos de países extranjeros porque estaban almacenados en servidores de empresas privadas estadounidenses. Y no solamente estadounidenses: recordemos el asunto Belgacom (hoy Proximus) bajo el gobierno de Di Rupo. El servidor de esta sociedad semipública contiene los datos de instituciones europeas, y se sabe que han sido pirateadas. Este asunto fue rápidamente tapado. Se ignora si las instituciones europeas y Belgacom han resuelto este problema. Esto es revelador de la debilidad de los Estados occidentales y de sus dirigentes. “La fusión de los servicios de inteligencia con las empresas comerciales de Big Data augura una forma de gobierno mundial no elegido”. Gobierno mundial que es el sueño de algunos intelectuales como Jacques Attali, Bernard Henry Levy y adláteres.

El control de los individuos

Para este nuevo poder no se trata de asegurar el control de los Estados sino de asegurar también el control de los individuos a través de sus conductas. La gestión de cuentas en bancos, los pagos, etc. La venta de este tipo de datos a los operadores puede dar buenos dividendos; es posible obtener conclusiones de los perfiles de cada individuo. Cada individuo debe ser identificado con precisión como consumidor, para que el universo comercial pueda acercarse a sus costumbres y necesidades. Vivimos pues en un mundo que se transforma en un papel secante. “Este espantoso papel secante bebe, absorbe todas las pistas que dejamos en el mundo digital”. Por ejemplo, los usuarios de Facebook, 1,4 millones, han aceptado implícitamente donar a la firma de Mark Zuckenberg la lista de sus amigos, su situación amorosa, su nacimiento, sus fotos personales y sus áreas de interés. De esa forma se despojan de una parte de su intimidad. Datos dados a cambio de un servicio gratuito, con los que el segundo anunciante mundial fabrica su miel. Los libros electrónicos también se chivatean. Los lectores electrónicos registran el tipo de libros escogidos, los hábitos de lectura, etc. Se puede multiplicar hasta el infinito los objetos ahora “conectados” y susceptibles por tanto de alimentar el Big Data. Los ejemplos son abundantes en la obra de Dugain y Labbé.

Del Big Brother al Big Data

Los autores consideran que George Orwell no hubiera podido prever tal sistema de control del conjunto de los seres humanos. Se engañan. Ciertamente, Orwell no hubiera imaginado la tecnología que subyace al Big Data; sin embargo, en su alegórico 1984, el autor inglés ha imaginado un mundo sometido a la vigilancia general en provecho de una élite que controla “el Partido”. Las “telepantallas”, especie de TV interactivas que se imaginó, destinadas a vigilar el conjunto de los habitantes de Oceanía, incluidos los abandonadas por la sociedad que llama “los proles”, no son más que las herramientas de vigilancia general como los innumerables detectores, muy reales estos, que aseguran hoy nuestra vigilancia, no ya en beneficio de un “partido”, sino en el de las empresas multinacionales que aseguran cada vez más su dominio sobre el conjunto del planeta.

Eric Schmidt, el patrón de Google, se regocija. “Cuando se considera el porvenir, con sus promesas y sus desafíos, se ve el anuncio del mejor de los mundos”. ¡O la peor de las pesadillas! Porque Schmidt añade: “Cada vez será más difícil garantizar la vida privada. La razón es que en un mundo de amenazas asimétricas, el verdadero anonimato es demasiado peligroso”. ¿Las amenazas de quién? ¿Del Daesh o de las empresas multinacionales de Big Data?

¿Ha sido de nuevo encadenado Prometeo?

Prometeo y la arrogancia, el destino, el antiguo enfrentamiento. Prometeo, el hombre dios que desafió el destino y a los dioses robando el fuego, está condenado a las cadenas para siempre y a sufrir los peores tormentos. Es el desafío que denuncian Dugain y Labbé. Los empresarios digitales jugarían a ser Prometeos, riéndose de la arrogancia, del destino. En otras palabras, para los autores ya no hay equilibro entre el progreso tecnológico y el interés de la sociedad.

Es abordar mal el problema. Estos gigantes de la “telaraña” no inventan nada. Explotan una tecnología ya relativamente antigua. Todos los ordenadores digitales funcionan bajo los mismos principios desde su invención durante la Segunda Guerra mundial. No han existido auténticas invenciones en este dominio después. Pero la técnica de los ordenadores se ha adaptado a la formidable revolución tecnológica resultado de la crisis petrolera de los años 1970-1980, en donde los cuatro polos tecnológicos, material, energía, la relación con lo vivo, el tiempo, han tomado impulso: el nuevo material son los polímeros, la energía es la renovable, la relación con lo vivo es la microbiología y las manipulaciones genéticas; el tiempo ha pasado del segundo al nanosegundo.

Hay en Dugain y Labbé un rechazo del progreso, lo que está muy de moda hoy. Es una pena. Pero no importa. El control de esta tecnología permitirá a algunos disponer de un poder casi absoluto sobre el mundo. Pero aún no lo tienen. Y en cualquier caso, como todo poder absoluto, se hundirá un día u otro, y el hombre será de nuevo el dueño de sus destinos.

Fuente: http://www.legrandsoir.info/de-big-brother-a-big-data.html

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